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Bandera

Viaje a China 2004

1 de abril, jueves

China no es todavía un destino fácil para moverte por tu cuenta, a las dificultades del idioma hay que añadir que el alquiler de un coche conlleva ciertas trabas burocráticas que dificultan el trámite. En vista de ello, optamos por un viaje organizado con el Corte Inglés ya que nos asegura la salida con un mínimo de dos personas. El año pasado otra agencia nos canceló el viaje por la virulencia de la fiebre asiática.
Como nunca logro dormir en un avión de manera natural he decidido no sufrir y conseguirlo mediante la química; media pastilla de un hinóptico ha sido suficiente para que me quede traspuesto durante seis horas seguidas. Cuando despierto estamos a tan solo una hora del destino. Llego a Beijing fresco como una rosa.
Aterrizamos con Air France a las 8:30. Nos da la bienvenida Yu, nuestro guía. Habla muy bien español, lo aprendió aquí, en China, con un profesor peruano. El tiempo es frío y soleado y Yu dice que hemos tenido suerte, en los días anteriores, han sufrido desagradables tormentas de arena procedentes del desierto del Gobi. Nos trasladan en un Audi 100 negro, un modelo ya antiguo pero suficientemente amplio y cómodo.
Mi idea preconcebida de China se desmorona; la amplitud de las calles, el derroche de espacio y la altura de los bloques de viviendas me recuerda el centro de muchas ciudades estadounidenses. Me sorprende la calidad y cantidad de los coches que circulan: Volkswagen, Audi, Buick. Yu nos informa que en China fabrican el Audi A4 y el A6 y también otros automóviles bajo licencia de otras marcas, como Ford.
En China ya hay cientos de empresas españolas instaladas, sin embargo, Yu conoce, sobre todo, las pioneras: Transportes Alsa, Chupa-Chups, Cola-Cao, leche Pascual y Pan Rico.
Como no podemos tomar posesión de nuestra habitación de hotel hasta el mediodía, empezamos las visitas inmediatamente. En primer lugar, visitamos el templo de la Gran Campana. El templo se ha aprovechado para montar un museo de campanas antiguas y reúne más de 100 grandes campanas de diferente tamaño y procedencia. La Gran Campana pesa 45 toneladas y tiene una altura de 6.75 m. Está soportada por columnas y vigas de madera. Encuentro el templo muy desangelado y poco cuidado. Somos sus únicos visitantes.
Puerta roja del Templo del Cielo
Más interesante parece el Templo del Cielo, única construcción redonda de China. Los colores tienen su simbología: el amarillo representa el poder, el emperador o la prosperidad, el azul significa el cielo, el rojo encarna la buena suerte y el verde, el pueblo. El templo se construyó entre 1406 y 1420 en homenaje al Dios de la agricultura y la gente solía venir aquí a pedir buena cosecha.
Cuando pregunto a Yu por Taiwán, nos suelta lo que parece una consigna del Partido: "Taiwán es una provincia china y debe seguir siéndolo."
A la una llegamos al hotel, el Beijing International. Subimos al restaurante giratorio del último piso a tomar un variado bufé, mezcla de comida internacional y local.
Nos retiramos a la habitación 1507 para dormir un par de horas que se convierten en cinco. Cuando despertamos son las 19:30 y ya es de noche. En China se cena pronto, así que recorremos los cinco restaurantes del hotel. Todos tienen una pinta estupenda y me gustaría probarlos todos. Cenamos bien y barato en el japonés. La verdad es que comer en China es una gozada para los que disfrutamos con las novedades, cada plato es un descubrimiento y además, incluso los mejores restaurantes de los hoteles sirven comida a precio asequible, aunque hay excepciones.

2 de abril, viernes

Recuerdo cuando era pequeño, en el colegio Santa María de Portugalete, todos los años pasaba un hermano menesiano por las aulas con una hucha pidiendo para los chinitos. Eran finales de los sesenta y los chinos pasaban una gran hambruna. Eso ha quedado ya muy lejos, ahora todos piensan en ahorrar lo suficiente para comprarse un coche y llevar a sus hijos a la universidad.
Están haciendo tambalearse al mundo, el acero ha encarecido su precio un 30% debido a la demanda de China y es difícil encontrar fletes, China los acapara. Se dice también que puede haber problemas de abastecimiento de petróleo debido al incremento de consumo de China. Y esto es sólo el comienzo.
A las nueve quedamos con Yu para visitar la Ciudad Prohibida.
Plaza de Tiananmem
Yu significa universo, pero como todas las palabras chinas, el sonido Yu tiene cuatro tonos, el suyo es el tercero, el primero significa tontería y el cuarto, pescado, Yu nos confiesa que nosotros siempre le llamamos pescado.
La plaza de Tiananmen está enfrente de la Ciudad Prohibida, separadas por la carretera de la calle Paz Eterna, de 42 km de larga. Está muy cerca de nuestro hotel, a menos de un kilómetro y medio.
La mañana es fresca y soleada, de cielo raso y limpio. En la plaza hay bastante turista nacional. El viento incrementa la sensación de frío. Muchos chinos no visten más que una chaqueta pero se ve que también hace frío para ellos, caminan encogidos.
En esta plaza también se localiza el Congreso y el Mausoleo de Mao, donde hay una larga cola de bultos negros esperando para ver el cuerpo momificado del hombre que más sufrimiento ha causado a la nación china. Como podemos comprobar, aún es venerado por muchos.
Para nosotros, la Ciudad Prohibida está abarrotada de gente, aunque Yu dice que no hay demasiada, que tendríamos que verla en verano, entonces sí que hay gente.
Muchos edificios de la Ciudad Prohibida reflejan, mediante simbolismos, el poder que tuvieron los Emperadores. Así, los edificios de doble tejado, el color amarillo de las tejas o los leones de la entrada, todo ello es símbolo del poder del Emperador.
También se repite mucho el número nueve: nueve ventanas, nueve vanos entre columnas, nueve animales mitológicos en los caballetes del tejado, etc. Antiguamente era el número de la buena suerte; actualmente es el ocho.
Las grandes marmitas de hierro a los lados de los edificios no son decorativas sino que servían para algo más práctico: se llenaban de agua para sofocar los incendios, ya que todos los edificios son de madera. Esta peculiaridad de los edificios es lo que ha evitado que perduraran en el tiempo; muchos han sucumbido víctimas de incendios o simplemente se han podrido con el paso del tiempo.
El Emperador solía vivir con dos Emperatrices y unas 70 concubinas. Era atendido por los eunucos, a los cuales se les cortaba los huevos para que no existiese dudas sobre la paternidad de los retoños. Los llevaban siempre consigo - los testículos, digo -, en una bolsita, para ser enterrados enteros cuando murieran.
Fuera de los edificios hay algunas esculturas con significado propio: la grulla es el símbolo de la felicidad, la tortuga de la longevidad y el elefante simboliza la paz.
El suelo de los pabellones es original y lo intentan preservar de diferentes formas, en la mayoría de ellos no permiten el acceso, se curiosean desde la puerta y en el museo nos calzamos unas zapatillas de tela sobre nuestros zapatos.
Y como no, nunca falta una visita diaria a una tienda para turistas, en la de hoy venden perlas de río. El animal que las produce es como una almeja gigante, su carne no debe ser comestible porque la tiene en abundancia y seguro que de serlo valdría más que las perlas que contiene. Después de la obligada visita, Yu nos conduce a un típico comedero para turistas.
Palacio de verano
Por la tarde paseamos por la orilla del lago artificial del Palacio de Verano de los Emperadores.
El Palacio de Verano es un enorme jardín que refleja el espíritu de los últimos años de la dinastía Qing. En su interior tiene un lago artificial, por el que en verano se puede pasear en barca, y una montaña en la que se ha erigido un templo. Entre el lago y la montaña hay varias construcciones imperiales, un largo pasillo decorado con miles de pinturas que reflejan escenas de la historia, la mitología y la poesía china. En uno de los extremos del pasillo hay un bello teatro, y en el otro, un Barco de Mármol.

Después de un descanso de una hora en nuestro hotel, nos llevan a ver una actuación de acrobacias, de un nivel técnico similar al Circo del Sol, aunque con menos tecnología y música enlatada.
Cenamos en el restaurante giratorio de nuestro hotel un buen bufé donde la gozamos, ya que la inmensa mayoría de los platos nos son desconocidos.
Después, salimos a dar una vuelta y nos topamos con una casa de masajes. Son las once y nos asombra que esté abierto, nos reciben seis empleados de amplia sonrisa, haciendo dos filas. Uno de ellos nos conduce escaleras abajo hasta la recepción. Aquí nadie sabe inglés, pero nos enseñan la tabla de tarifas; la sesión mínima es de hora y media y cuesta 120 yuanes, o sea 12 €. A nosotros nos parece suficiente con una hora. Eso es más difícil de explicar por señas. Afortunadamente, un nariz alta ha terminado su sesión y pasa por la recepción a pagar. El hombre habla inglés y también chino, así que les traslada nuestra petición y ya no hay duda de lo que queremos. Nos asombra lo grande que es el lugar. Recorremos un largo pasillo. A ambos lados hay puertas abiertas donde se ve a tres o cuatro chinos, siempre hombres, sentados en butacas con las piernas desnudas por debajo de la rodilla apoyadas sobre un taburete acolchado. A su vera tienen alguna bebida y enfrente, la televisión encendida.
A nosotros también nos pasan a una habitación más pequeña con dos sillones y una mesita en el medio. Nos encienden la televisión y nos ofrecen el mando a distancia. Después de unos minutos aparecen nuestros masajistas: una chica y un chico que aún no han cumplido los veinticinco años. El chico atiende a mi mujer y la chica a mí. Nos meten los pies en sendas palanganas con agua muy caliente y nos preguntan si queremos que echen unos polvos al agua. No sé lo que contiene el sobre pero adelante. Después de secar nuestros pies empieza la manipulación que es algo más violenta de lo que imaginaba. No se trata sólo de masaje sino que de vez en cuando te golpean con el puño en las pantorrillas y en las corvas. Hay ocasiones en que el dolor está cerca. Inesperadamente, la hora se nos hace corta, de buena gana hubiera estado más tiempo. Cuando salimos de la habitación nos conducen a otra sala acristalada cerca de la recepción, parece una peluquería, aquí nos dan un repaso a la espalda de propina, nos sentamos en un taburete y nos echan hacia delante sobre una repisa de la pared, con los brazos cruzados y la cabeza sobre ellos. Nos cubren la espalda con una sábana y unos buenos mozos nos masajean la espalda con garbo. Salimos como nuevos. A la salida, nos regalan... ¡unos calcetines!

3 de abril, sábado

Partimos hacia la Gran Muralla. Salir de Beijing no es fácil, hay más coches de los que las carreteras pueden absorber. Las autopistas de entrada y salida de Beijing están colapsadas. Los letreros de la autopista son de color verde y están escritos en chino y en inglés, así que no hay problema, hasta te avisan de mantener la distancia de seguridad en inglés. Los carriles de las autopistas los clasifican como: overtaking lane, carriage lane y parking lane.
Estamos rodeados de coches por todas partes y vamos a paso de burra, así que me entretengo observándolos. La marca más vendida parece Volkswagen, de los que se fabrican es China seis modelos: Jetta, Santana, Polo, Golf, Bora y el Passat. También se ve mucho los Citröen, Nissan, Jeep, Hunday, Mercedes, el Buick Shanghai, Jimbei, Suzuki y hasta un Rolls Royce. El modelo más utilizado por la clase pudiente parece ser el Audi, casi siempre con los cristales tintados en negro. Los modelos nacionales son el Jimbei y el Xiali, de tecnología Toyota. Parece que aquí se lleva mucho lo de forrar los asientos.
El año pasado se compraron dos millones de coches, esto no parece mucho para la población de China pero ¡el incremento anual es del 50%!
Petrochina vende la gasolina a 0.35 € el litro.
Grandes carteles publicitarios a ambos lados de la autopista anuncian casas de lujo en el Napa Valley.
El paisaje es amarillento, agostado, dicen que sufren una gran sequía.
Las estaciones están muy marcadas en Beijing, los inviernos son muy fríos, se llegan a alcanzar los –14ºC y los veranos muy calurosos, de 40ºC. No es extraño que todo el mundo vista menos abrigado que nosotros. A muchos hombres les es suficiente un jersey y una chaqueta. Yo llevo un plumífero y un gorro de lana y no me estorba.
En el peaje de la autopista hay una caseta para el cobrador, igual que en todas partes, sin embargo, para agilizar el paso de los vehículos, no nos esperan dentro de la cabina sino que hay dos señoritas de uniforme sentadas sobre una silla de madera con una maleta negra donde guardan la recaudación, una antes de la cabina y otra detrás, así atienden el doble de coches.
Yu nos comenta que acaba de comprar el derecho de uso de un piso por 70 años. Tiene una superficie de 80 m² y le ha costado 35000 €, el precio normal es de 50000 pero se lo han rebajado porque ha aportado un piso antiguo de su abuelo.
Cerca de las estaciones de tren o de las paradas de autobús hay extensos aparcamientos para las bicicletas.
Un pasatiempo muy extendido aquí es volar cometas, aunque las glorietas y otros lugares cerca de las carreteras se me antojan lugares poco adecuados.
Desde el coche vemos los peludos camellos de Mongolia.
Después de un sencillo almuerzo en un comedero para turistas, visitamos la parte reconstruida de la Gran Muralla. Existen otros lugares donde se puede encontrar la muralla en su estado original, en Simatai, por ejemplo, a 110 km al noreste de Beijing, pero las comunicaciones no son todavía buenas.
Desde el centro de visitantes, podemos escoger caminar hacia la derecha o hacia la izquierda. Yu nos recomienda la derecha, el recorrido es más suave, pero está lleno de gente. Elegimos la izquierda, de mayor pendiente pero mucho menos concurrida, como se ve en la foto.
La Gran Muralla
Durante el paseo por la muralla nos detenemos frecuentemente para contemplar a lo lejos como serpentea sobre las colinas como si fuera la cresta dorsal de un dragón. Realmente impresiona, uno no deja de asombrarse ante el esfuerzo sobrehumano que implica la construcción de semejante muro de 6000 km. En una de nuestras paradas para descansar (la subidita en algunos lugares es de órdago), coincidimos con dos mozos del ejército que supongo hacen patrulla para que ningún turista se pase de la raya. Nos reímos las muelas cuando vemos a uno de estos tiarrones manipular un bolso de señora que hace juego con el verde de su uniforme. Gustosamente se hacen una foto con nosotros y el bolso.
Recorremos la muralla hasta que alcanzamos los restos de la verdadera, totalmente destruida por el paso del tiempo. A juzgar por la estética de las ruinas, el trabajo de reconstrucción ha sido muy bueno, ha quedado muy parecida al original.
En realidad, la muralla no ofreció la resistencia esperada al ataque enemigo, para pasar no tenían más que sobornar a los centinelas, además, a los ejércitos enemigos les sirvió de autopista para sus desplazamientos.
A las cuatro dejamos con pena la Gran Muralla. Para evitar el intenso tráfico, nos conducen por un atajo de firme menos cuidado pero más despejado. Vemos que están construyendo nuevos centros de visitantes para ver la muralla, que se abrirán, nos dicen, para este verano. Esto va a ser como un parque de atracciones, ya hay un trenecito y un funicular que te sube hasta uno de los torreones, así recorres la muralla bajando y los abuelitos y los niños se cansan menos. Hay que pensar en todos.
Pasamos cerca de un cementerio. En China incineran a la gente y lo que hay en los cementerios son tan solo las cenizas.
Yu nos deja en el hotel y en 45 minutos estamos en la calle de nuevo, rumbo a una cena de pato laqueado. Está vez se trata de un restaurante en el que los únicos occidentales somos nosotros. Nos llenan la mesa de comida y el pato es el broche final, el cocinero sale para trocearlo. Está genial con la piel churruscada y calentito. Para finalizar, una sopa y manzana como fruta. Nunca falta una sopa en ninguna comida china. Ya se sabe, tanto la sopa como el arroz ayudan a conseguir la sensación de hartazgo y no hay que olvidar que la historia de China está llena de hambrunas. A las hambrunas deben que cocinen tanta variedad de platos: perros, gatos, escorpiones, babosas, tortugas, ranas, serpientes, saltamontes, en fin, casi todo lo que se pueda comer. Los perros se crían en granjas y los llaman perros de hierba, son de pelaje amarillento.
Y esto no es nada comparado con el canibalismo desplegado en algunos pueblos durante la revolución cultural. En un pueblo se zamparon unos 500 disidentes con galas de gran festín. - Pásame un muslito de intelectual, Chin Chou, que está bien rico -.
A la vuelta observamos mucha gente cerca de la carretera, Yu nos dice que son gente mayor que baila con abanicos.
Después de descansar unos minutos, salimos de nuevo. Atravesamos el centro comercial que está enfrente de nuestro hotel hasta dar con la Estación Central. La entrada está restringida sólo para los usuarios con billete y al entrar, las maletas son examinadas con rayos X y todo el mundo es grabado en video. A nosotros nos dejan entrar. También hay una sala vip, otra sala para discapacitados, etc. Todo muy moderno.
Los alrededores de la estación están llenos de tiendas de comestibles. A estas horas, pocos transitan por la calle pero la suciedad del suelo delata la cantidad de gente que ha pasado por aquí a lo largo del día.
En una pequeña librería, compramos unos cedés de música clásica china.

4 de abril, domingo

Hoy hace un día estupendo, buena temperatura para pasear y cielo azul, así que nos acercamos andando hasta el Friendship Store, un centro comercial para turistas que no vale la pena, poca iluminación, vitrinas del siglo pasado y artículos sin interés. Sin embargo, el de enfrente, el Scitech Plaza, es todo lo contrario, lo mejor de lo mejor para los nuevos millonarios comunistas. Marcas de élite y precios en consonancia. Los zapatos de Kenzo son un derroche de imaginación y de buen gusto y sus precios oscilan entre los 200 y 300 €. Y lo nunca visto: en la fachada del Scitech Plaza, un gran cartel anuncia la marca de automóviles más exclusiva del mundo: Rolls Royce, de los que veremos más unidades en estos trece días en china que el resto de mi vida en España.
A las 13:30, nuestro guía nos lleva a comer al restaurante del hotel Novotel. Bastante bien. Aquí nos encontramos con una familia de Santurce que precisamente tienen el viaje de regreso en la misma fecha que nosotros. Dicen que lo están pasando bien aunque a sus pequeños aún les cuesta apreciar las excelencias de la cocina china.
En la tienda de chucherías del aeropuerto probamos unas fresas secas con textura de gominolas, muy ricas. También venden mucha fruta escarchada. Se nota que soy goloso, ¿no? Hay hasta una frutería. La librería cuenta con más dependientes que clientes; una chica en cada fila de anaqueles.
En la cola de facturación observo que todos los hombres llevan bolso, bien sea de mano o con correa sobre el hombro. En Occidente se intentó introducir hace muchos años pero no cuajó.
El avión que nos lleva a Xiam es de los grandes, el pasaje está compuesto mayormente de occidentales, la mayor parte en edad de jubilación, ya se sabe, es cuando por fin has pagado la hipoteca y te has librado de los hijos.
Llegamos de noche a Xiam, donde nos da la bienvenida nuestra nueva guía, Malva. Malva tiene veinticinco años y es guapa, muy extrovertida y habladora. Nos pregunta como fue nuestra historia de amor, si tenemos hijos. Ella no quiere tenerlos, pero su novio sí.
La autopista desde el aeropuerto hasta Xiam está iluminada. Los puentes llevan pegados una cinta azul que al reflejar la luz simula que fueran luces de neón.
Malva nos previene del área musulmana, nos advierte que tengamos cuidado, que es el único lugar donde se producen robos y que son menos limpios que los chinos. Nuestra guía de bolsillo dice exactamente lo contrario.
Aquí notamos una mayor densidad de población que en Beijing, se observa mucha más gente por la calle.
Malva nos explica que no se puede construir ningún edificio de altura superior a la Pagoda de la Gran Oca. En el subsuelo hay muchos yacimientos arqueológicos y antes de levantar un edificio se debe certificar que no existe ninguno donde se pretende construir. Tienen dificultades incluso para excavar el metro.
Una vez instalados en el hotel, salimos a recorrer la ciudad. Las calles principales están llenas de gente.
Xiam tiene seis millones de habitantes y es una de las ciudades más ricas del interior de China. Sus calles y tiendas presentan un aspecto moderno, muy occidental.
La muralla de siete kilómetros que rodea el centro de Xiam se conserva en perfecto estado y está adornada en plan festivo, con bombillas de colores. Las calles principales están muy iluminadas y hay muchos coches negros sobre las aceras que dificultan el movimiento de los viandantes.
Al lado de la muralla hay una pista de baile al aire libre donde bailan parejas al son de ritmos occidentales, aunque desconozco las canciones.
A diferencia de Beijing, aquí no hay pasadizos subterráneos para cruzar las calles, sino semáforos, y te la juegas, los coches no hacen mucho caso de los peatones. De hecho, yo diría que, en general, los conductores de toda China se comportan como si las señales y normas de tráfico no fueran obligatorias, sino más bien... orientativas.
En el centro de Xiam hay un centro comercial enorme y de aspecto muy moderno.
Hoy no tenemos ganas de cenar en un restaurante, así que compramos en un puesto callejero unas nueces saladas, mangos, naranjas y mangostinas. El sabor de las naranjas es idéntico al que estamos acostumbrados en España.

5 de abril, lunes

Soldados de terracota de Xiam
A las 9 nos ponemos en marcha hacia los soldados de terracota. Malva no cesa de hablar en toda la hora que dura el trayecto, con nosotros o con el chofer. Su tío es ingeniero y hasta hace ocho años vivía en una casa pequeña, ahora tiene dos pisos y una casa en el campo. Los pisos en China son grandes, el de sus padres es de unos 120 m², claro que, ambos son profesores de Universidad. El padre de Malva es doctor en filología inglesa y profesor de inglés y ella ha escogido el idioma español para que no la fiscalicen. Aunque tiene novio, vive en casa de sus padres, así, ahorra más.
Esta semana, Xiam acoge una reunión sobre desarrollo interno y todos los hoteles están llenos, incluso se nota que el tráfico es más intenso.
El mundialmente famoso Ejercito de Terracota se descubrió en 1974, desde entonces, donde sólo había campos y huertas, se ha levantado toda una ciudad. El campesino que descubrió el lugar firma ahora libros en la tienda del complejo turístico. Visitamos el museo y el lugar donde se encuentra el ejército.
Después de almorzar visitamos la Pagoda de la Gran Oca, que es un pequeño templo budista. La puerta del centro sólo se abre para los nuevos monjes que ingresan en el templo, renunciando a la vida seglar.
Visitamos la muralla de la ciudad. Tiene 14 km de perímetro. Uno de sus torreones contiene una tienda para turistas, alfombras, cuadros, cerámica, etc.
A las ocho tomamos un taxi hacia el restaurante-espectáculo Dinastía Ming para ver una representación de danza y música. El taxista se toma la libertad de darnos un recorrido turístico adicional no solicitado que a pesar de todo no supera un euro.
Espectáculo Dinastia Tang
El público está compuesto, en su inmensa mayoría, por narices altas en edad de disfrutar de la jubilación, están terminando la cena y a juzgar por sus caras, han comido muy bien. Mientras cenan, un grupo musical nos entretiene. En la mesa aledaña vemos una reunión de hombres de negocios chinos, todos pasan de los cincuenta y ninguno tiene canas. Teñidos, por supuesto. Después de recoger las mesas, comienza el espectáculo principal. El local se llena a rebosar. Hay que descubrirse ante el nivel instrumental de los músicos y ante la claridad del sonido que sale de los altavoces. A la salida, compramos el cedé con la música del espectáculo.
Malva nos habla un poco sobre la caligrafía y la pintura. La caligrafía china está considerada un arte y se inspira, como el resto de las artes, en la naturaleza. Cada trazo sugiere la forma de un objeto natural, por tanto, las piezas de caligrafía no tienen porqué ser ni simétricas ni perfectas, sino que deben transmitir un sentimiento de vida y de ritmo. Los trazos se hacen siempre de izquierda a derecha, de arriba a abajo y de afuera hacia adentro. En la caligrafía y en la pintura no se permite retocar ni sombrear. La línea es el elemento básico y no las luces y las sombras, como en el arte occidental.

6 de abril, martes

Mañana libre. Salimos hacia el museo. Los taxis son realmente baratos, nuestros recorridos rara vez superan el euro. En el museo vemos algunas figuras de terracota y restos del primer papel encontrado en el mundo, invento chino.
Otro taxi nos conduce hasta el barrio musulmán. La calle principal está llena de puestos de comida con dulces, pinchos de carne, pistachos, nueces, etc. Lástima que nuestro limitado tiempo sólo nos permite dedicarle media hora, se merece más, parece más interesante que el resto de la ciudad, que poco se diferencia de cualquier ciudad europea.
Otro taxi nos conduce al hotel justo a tiempo para ser transportados al aeropuerto.
El chino es el idioma más hablado del mundo, tres veces más que el castellano y su antigüedad es asombrosa: 4000 años. El chino mandarín, el que se habla en Beijing, es hablado por dos tercios de la población y es el considerado como estándar, aunque ellos lo consideran un dialecto más. Los demás dialectos son: el wu, el cantonés, el euquinés o min, el haka y el ilsiangués. Difieren en la pronunciación pero todos se escriben igual. Incluso un japonés puede leer chino parcialmente y viceversa, pero no se entienden hablando.
El chino es un lenguaje tonal, es decir, cada palabra se puede decir en cuatro tonos y dependiendo de su tono el significado es diferente. Por ejemplo, yi en el tono primero significa: uno, ropa, doctor, curar. En el segundo tono: tía, duda, apropiado, cambiar. En el tercer tono yi significa ya, causa, mediante. En el cuarto tono: fácil, extraño, beneficio.
Un buen diccionario puede tener hasta 50000 caracteres. Un niño aprende unos 2000 para los diez años, pero sólo hasta los veinte o treinta años es capaz de leer un periódico o una novela.
La mayor parte de los caracteres chinos contienen dos partes, una indica su significado y otra su sonido.
También pueden estar compuestos por varios caracteres mezclados o contener un ideograma raíz, así árbol, mesa y leña tienen en común el ideograma raíz madera.
Parece un idioma complejo, ¿no se podría simplificar? Durante muchos siglos, la simplificación del lenguaje no ha interesado a las clases altas, ya que conocer más palabras suponía mayor rango social. Sin embargo, en 1955 se simplificaron unos 1700 caracteres y después se ha continuado hasta alcanzar a casi la mitad de los símbolos más utilizados. La última aportación es el pinyin y data de 1958; consiste en emplear nuestro alfabeto romano como ayuda a la pronunciación de su idioma. Si ojeas algún libro infantil, verás que sobre los caracteres chinos, se escribe su pronunciación en pinyin, que les indica el sonido, lo que significa que antes deben conocer las letras de nuestro alfabeto.
Buscar una palabra en el diccionario no es tan difícil como puede parecer, en realidad, está ordenado por pronunciación, como el nuestro. Cuando una palabra es poco conocida por antigua, también se pone encima su pronunciación en caracteres occidentales (pinyin).
Le preguntamos a Malva si los chinos son machistas y su respuesta es: ¡síííí!. Siempre que va con su novio por una acera procura que ella camine por la parte más próxima a los edificios y en los semáforos se pone delante de ella. Malva no está de acuerdo con esto, se siente mal con tanta protección, asegura que sabe cuidar muy bien de si misma.
En las medicinas, los chinos tienen que pagar el 70% y el resto lo paga el Estado, cuando la enfermedad es grave, el Estado paga más porcentaje. Algunos se jubilan a los 50 años pero la pensión que les queda es muy pequeña.
Malva nos confirma lo que suponíamos; están derribando todo las barriadas viejas y alzan en su lugar amplias avenidas con edificios nuevos.
Le preguntamos también si es costumbre habitual que los chinos se tiñan el pelo y parece que duda, “Si el jarrón es antiguo no importa que esté roto”, me dice, señalando mis canas.
Pesca con cormoranes en Guilín
Volamos a Guilin en un avión abarrotado de narices altas. La temperatura en Guilin es estupenda, estamos en la franja subtropical y se nota. Llueve ligeramente. Noto como mis labios ya no se secan, como en Beijing, la humedad es más alta que en Xiam o en Beijing.
Nuestro nuevo guía se llama Chang y es de pocas palabras. No sé si le cuesta hablar español o el hombre es algo tímido, creo que las dos cosas. En el trayecto del aeropuerto al hotel observo muchas motos, Chang me confirma que hay tres veces más motos que coches, aquí las matrículas son más baratas que en Beijing y en Xiam. En Beijing no vi ni una sola moto.
Preguntamos a Chang por las elecciones de los alcaldes, dice que China es una democracia (¿?) imperfecta, que los candidatos son escogidos por el gobierno y aunque la gente vota, en realidad, salen los que ellos quieren. Chang es el primer guía algo crítico que tenemos.
Hoy nos apetece algo de marisco y buscamos un restaurante en el centro peatonal. Nos conducen hasta la antesala de la cocina donde se hallan los viveros con los animales. El restaurante no parece muy limpio, todo el suelo está empapado y algunos cocineros fuman un cigarrillo a la fresca. Escogemos unas gambas y varios bueyes que resultan de carne muy fina.
Paseamos por el parque paralelo al río y distinguimos el regreso de los pescadores con cormoranes. Cada pescador lleva cuatro o cinco que se zambullen constantemente bajo la luz de los focos.

7 de abril, miércoles

A las siete salimos con rumbo al embarcadero para subir a un barco que navegará durante cuatro horas por el río Li hasta Yuansho entre las formaciones de karst.
Estas formaciones de conos de karst tiene su explicación: el agua de lluvia acidificada por el dióxido de carbono del aire y los desperdicios vegetales del suelo se filtra por las grietas de la caliza y tiene un efecto, digamos, corrosivo sobre la caliza, que se disuelve aún más. Tras miles de años, esta acción ha creado estrechos canales y conductos de agua que han erosionado las piedras hasta producir profundos desfiladeros, dividiendo las montañas en bloques aislados.
Formaciones de karst en las orillas del Yangtzé
En las orillas vemos infinidad de patos y gente pescando sobre lanchas de bambú. Llueve ligeramente, según nuestro guía, una fina lluvia con algo de niebla es la mejor atmósfera para recorrer el paisaje de estas montañas. El recorrido es entretenido, la gente no para de hacer fotos a este peculiar paisaje. Algunos vendedores ambulantes de artesanía que navegan en canoas de bambú nos abordan en maniobras bastante arriesgadas.
Llegamos a Yanshuo, una pequeña población que vive del turismo y que como el resto de China sufre una tremenda fiebre constructora. El lugar se está ampliando con más hoteles y restaurantes.
Volvemos a Guilin en la buseta. Después de un pequeño descanso en el hotel salimos a recorrer sus calles.
Visitamos el supermercado de un centro comercial, hay cientos de alimentos que desconocemos, por no decir todos. En la pescadería tienen tortugas vivas, parece un plato muy popular. Los paquetes de arroz más pequeños son de cinco kilos.
En el exterior del centro comercial, sobre la acera, unos aficionados representan una obra teatral sobre un escenario bien montado, con diminutos micrófonos inalámbricos sujetos a su solapa y un decorado de fondo. Ignoramos la trama de la obra, aunque adivinamos que el tema son las relaciones personales entre miembros de una familia.
En la plaza central hay un gran escenario permanente y dos pantallas de video gigantes a los costados.
Cenamos en el restaurante del Sheraton. En la carta hay verdaderos manjares, como la aleta de tiburón con papaya o la sopa de nido de golondrina, ambos pasan de los 35 €, platos muy caros cuando el resto rara vez alcanza los 10 € y sobre todo, abundan los de 3 y 5 €. Como ves, en general, la comida es realmente barata en China, incluso en los buenos restaurantes.

8 de abril, jueves

Por la mañana, antes de bajar a desayunar, echamos una ojeada a la calle y vemos a grupos de gente mayor, en perfecta formación, hacer movimientos gimnásticos, dirigidos por una monitora. Se ve que le dan mucha importancia al tema de la salud. Parece que tanto los jubilados como la monitora son vecinos del barrio y se lo montan juntos así de bien.
Gimnasia matutina colectiva
A las diez nos espera Chang y el conductor para llevarnos a la Cueva de la Flauta, descubierta por un campesino. Es grande y una de las mejores que he visto. A veces se dan conciertos de música clásica en el interior. Interesante.
En el campo hay plantaciones de arroz, aquí se recogen dos cosechas por año, más al sur, hasta tres.
Hay estanques con agua por todas partes.
Después nos llevan a comer al restaurante de un antiguo hotel, ahora sólo se alojan políticos del Partido Comunista y según Chang, las habitaciones son mejores que las del Sheraton. Por la apariencia del restaurante creo que Chang exagera. A este Chang se le ve un poco crítico con el régimen.
Junto a nosotros comen en mesas redondas otros orientales, no parecen chinos ya que no se dan maña con los palillos, les cuesta manejarlos tanto como a nosotros. Eso sí, comen muy rápido y dejan las mesas como si hubiera habido una batalla campal.
El aeropuerto está casi desierto, ni rastro de grupos organizados de narices altas. En nuestro avión vuelan hombres de negocios de maletín negro y aspecto orgulloso y un grupo de ancianos con gorrito rojo que parecen salidos de la China más profunda y rural, tienen aspecto de asustados y los mofletes sonrosados. Dentro del avión, las azafatas les quitan unos botes de cartón que huelen muy fuerte, parecidos a las cajas con palomitas que se compran en los cines. Se ve que es una especie de comida seca que se mezcla con agua caliente para hacer sopa. Se los retiran al despegar y los devuelven más tarde.
En Hanzhou nos recibe Wo, un señor mayor, bajito y muy simpático que habla perfecto español. Tiene una dentadura perfecta.
Desde la autopista vemos que los edificios son modernos y muy peculiares, todos tienen una especie de torreón en la azotea. En las casas utilizan mucho los cristales tintados, de espejo, quizá para amortiguar la luminosidad durante el verano.
Nos conduce hasta el hotel Lakeview, que está muy bien situado, a pocos metros del lago central.
Inmediatamente salimos a dar un paseo. Intentamos dar la vuelta al lago.
Hanzhou es una ciudad próspera, hay nivel; los taxis son casi todos Volkswagen Passat muy nuevos y hay muchas colas para entrar en los restaurantes. Al lado del lago hay una zona de tiendas y restaurantes muy nueva, de hecho en algunas tiendas todavía están trabajando en los últimos detalles.
El agua del lago se aprovecha para crear un ambiente veneciano con canales y puentes. Las lucecitas de adorno alrededor de las palmeras y la vegetación tropical contribuye a imaginar que está uno en Miami y no en el sur de China.
En los aparcamientos de algunos restaurantes se ven Mercedes, BMW serie siete y coches americanos. Sin embargo, igual que en Beijing, cuando nos desviamos hacia las calles más secundarias, los edificios son más antiguos y precarios, aunque en sus bajos se han instalado ya tiendas de estilo occidental que cuentan con modernos ordenadores de pantalla extraplana.
En un ensanche de la acera vemos una pescadería que tiene ocupado medio pavimento con sus acuarios. Es todo un espectáculo, los dueños nos observan y se ríen cuando ven que nos sorprendemos ante algunos de los animales. Hay holoturias de mucho colorido, anguilas y otros peces desconocidos para nosotros.

9 de abril, viernes

Nuestro nuevo guía es el jefe de la agencia en Hanzhou y cada dos por tres está colgado del móvil. Se ve que en estas fechas están desbordados de turistas y hasta él ha salido a la calle. Ni tan siquiera nos dice su nombre.
Visitamos la Pagoda budista de las Seis Armonías, la colina y luego damos una vuelta en barco por el lago. Por todas partes hay turistas, la mayor parte son nacionales, claro, después vienen los japoneses y luego los coreanos.
Mientras esperamos a nuestro barco, mi mujer compra una sombrilla para el sol y algunos turistas chinos le piden permiso para posar con ella en una foto. El acceso a los barcos se realiza mediante una simple tabla. Subimos raudos al piso superior descubierto para sentarnos. Por un momento me viene a la mente la tragedia de hace seis años del lago Bañolas, donde murieron 21 jubilados franceses al exceder la capacidad del barco. Sobre una placa figura el número máximo de personas que puede transportar: 120. Cuento a los que hay a mi alrededor y calculo aproximadamente los que puede haber en el piso de abajo y me quedo más tranquilo, no llegamos al límite.
Nuestro guía nos dice que un ingeniero puede ganar en torno a las 500 € y un obrero, unos 80 mensuales.
Después de comer en el restaurante de un hotel y ver otra tienda más, esta vez de té, tomamos el tren de las 14:40 hacia Suzhou, con parada en Shanghai.
Viajamos en primera y en nuestro vagón no hay un solo sitio libre. Entre el pasaje se ven algunos narices altas, no muchos. El tren está impecable, limpio y de amplios y cómodos asientos. Por el pasillo no cesan de pasar vendedores con carritos ofreciendo bebidas y chucherías, el equivalente a nuestras bolsas de patatas fritas, ganchitos, palomitas, etc.
Cuando paramos en Shanghai llamamos a casa, es el cumpleaños de mi padre. Casi nos da vergüenza sacar nuestro móvil, normal en España pero una antigualla al compararlo con las miniaturas que se ven por aquí. Seguro que piensan que lo moderno son los móviles grandes. La comunicación es perfecta, clara y potente, como si estuviéramos en casa.
Por la ventanilla vemos extensiones enormes de campos amarillos de colza.
Llegamos a la estación de Suzhou que está atestada de gente, como todas las estaciones chinas. Se hace difícil andar con nuestras maletas contra la corriente humana que viene a la contra.
Aquí nos recibe Paloma, simpática chica, muy natural y equilibrada. Dosifica la información y no se queda corta ni nos aturulla con exceso de ella. La estación tiene su zona específica de aparcamiento para las busetas, a unos doscientos metros de la salida, y hay que acarrear con las maletas hasta allí.
Suzhou cuenta con una historia de más de 2500 años. Se fundó como capital del reino de Wu en el 514 a.C. y hasta ahora ha sido el centro político, económico y cultural de esta región.
Jardines de Suzhou
Los jardines más antiguos pertenecieron al rey Wu. El primer jardín privado fue el de Pijiang, del siglo IV. A este le siguieron muchos más, sobre todo, durante el despegue económico de las dinastías Ming y Qing, siglo XVI al XVIII, cuando se construyeron unos 200 jardines. Docenas de ellos han sobrevivido en buen estado hasta hoy. Durante nuestra corta estancia en la ciudad sólo veremos dos: el del Maestro de Redes y el del Administrador Humilde.
Suzhou tiene sólo unos tres millones de habitantes y el próximo año acogerá una reunión de la Unesco sobre ciudades que son patrimonio de la humanidad, así que la ciudad está patas arriba, con obras por todas partes. La calle de acceso a nuestro hotel está completamente levantada: nuevas aceras, nuevo asfalto y nuevas tuberías. Las fachadas de algunos edificios también están llenas de andamios.
Estamos en el Suzhou Hotel el tiempo justo para dejar las maletas. Por indicación de Paloma, asistimos a un espectáculo en el jardín del Maestro de Redes, eufemismo poético de pescador. Se trata de diversas manifestaciones artísticas: ópera, teatro y fundamentalmente música. Resulta entretenido y de buen gusto.
Luego cenamos en el restaurante recomendado por Paloma, a tiro de piedra del jardín.
A la vuelta, entramos en una tienda de cedés donde tienen algo de música pop occidental, como Rod Stewart, REM, Rolling Stones, U2, Norah Jones. Cedés originales al increíble precio de 1 €. ¿La razón? Combatir la piratería.

10 de abril, sábado

A las 8:15 nos recoge Paloma para iniciar las visitas. Comenzamos con el jardín del Maestro de Redes . El nombre está dado en homenaje a un pescador que salvó la vida al señor de la casa.
Jardín del Maestro de Redes
Los propietarios buscaban una armonía con la naturaleza dentro de su propia casa. Las rocas de las orillas y de los estanques son especiales y traídas de muy lejos, se tallaban y se sumergían en agua y se dejaban así unos diez años para lograr estas formas. El agua del estanque se renueva cada cuatro años para evitar que se corrompa.
A la salida de la casa nos encontramos con unos obreros abriendo una zanja, hay uno cada dos metros.
Damos un paseo en barca por los canales. No merece la pena, esto no es Venecia, las cloacas vierten sobre los canales y el agua está todo lo sucia que cabe esperar.
Luego visitamos un jardín más grande: el del Administrador Humilde, otro eufemismo, ya que el propietario fue un ministro de justicia retirado que hizo una gran fortuna gracias a las malas artes. Se dice que después de la gran política se retiró a su casa a ocuparse de la política simple: cuidar los árboles, el jardín, leer.
El jardín es realmente grande y está muy concurrido, como siempre. Es sábado y mucha gente viene desde Shanghai a visitarlo. Por todas partes se ven grupos de niños o de ancianos con sus gorras rojas o amarillas siguiendo las banderitas de colores de los guías.
Los chinos son unos maestros de la decoración floral, en primavera usan las azaleas, en verano, las flores de loto, en otoño, las peonías. Las flores siempre están sobre macetas, no nacen del césped, así, pueden cambiar la decoración o combinar los colores con más facilidad.
El jardín tienen una parte dedicada a los bonsáis, hay unos setecientos. Paloma nos corrige: los bonsáis son también invento chino, no japonés. Algunas creaciones son auténticas obras de arte.
A los japos les llaman demonios y a los occidentales nariz alta, no nariz grande, como se cree normalmente. Algunos chinos tienen verdaderos problemas para sujetar las gafas ya que apenas tienen caballete.
Visitamos la Montaña del Tigre, una pagoda budista que ha estado al borde del colapso. Está inclinada hacia el norte, porque el terreno cede.
Visitamos el Centro de Investigación de Bordado de Seda. Tienen obras a la venta que alcanzan los 12000 €. Suzhou ha sido un centro textil muy importante, sin embargo, la introducción masiva de máquinas ha incrementado enormemente la tasa de paro en el sector.
Para almorzar, nos trasladan a un comedero muy grande lleno de habitaciones privadas. Está atestado de grupos organizados y a nosotros nos pasan a una habitación cerrada. El lugar deja mucho que desear, las camareras parecen cansadas y todo tiene aspecto desaliñado y algo sucio.
Entre los animales de los acuarios del restaurante distinguimos un animal muy raro, como si fuera una especie de raya prehistórica, desconozco el nombre.
Paloma se extraña de que comamos los peces ya cadáveres, aquí siempre los comen bien frescos. Ellos comen también ranas, que se crían en granjas. Ella ha consumido una vez perro y dice que no estaba mal. Las serpientes no son de granja, se capturan en el campo, aunque no es un plato habitual, es bastante caro.
Paloma nos dice que le parece más racional utilizar cuchillos y tenedores que los palillos, de esta forma, las mujeres no tienen que trocear tanto la comida y trabajan menos en la cocina. Con el aumento del nivel de vida, es posible que se vaya dejando de lado los palillos, ya que una de las razones de su empleo es su bajo precio.
Los chinos suelen cenar en torno a las 18:30, pero a veces, si después van de compras, pueden volver a comer a eso de las nueve.
Cuerdas sobre los árboles
Le preguntamos también por la finalidad de las cuerdas que vemos alrededor de los árboles. Tienen varias finalidades: primero, protegen al árbol durante el transporte, y segundo, cuando llueve se empapan y después van soltando el agua poco a poco. Nunca las quitan, dejan que el crecimiento del árbol y la humedad las rompa.
Es hora de tomar el tren para Shanghai. La estación está atiborrada de gente, algo digno de ver.
En Shanghai nos recibe Wong, otro jefe que ha salido de la oficina para atender el exceso de demanda de turistas. De lejos parece un chaval con su flequillo de adolescente, aunque a corta distancia se notan sus, ¿quizá 45 años? Se advierte rápidamente que es miembro del Partido.
Nos abruma con una retahíla de datos numéricos sobre la ciudad. Shanghai tiene 17 millones de habitantes sobre una superficie de 79 por 79 km. Tres millones son población flotante. Está experimentando un crecimiento brutal, cercano al 16% anual desde hace diez años. Se están barriendo antiguos barrios enteros y construyendo modernos y espaciosos pisos con aire acondicionado. La media de superficie habitable es de 120 m². El ingreso anual por habitante es de unos 4.000 dólares en Shanghai, frente a los 900 dólares de media del país.
Shanghai ha duplicado su población en 50 años, sin embargo, las migraciones en China no se producen libremente, antes de 1978, el Estado controlaba la inmigración a través de la tarjeta hukou de residente: era obligatorio permanecer en su lugar de nacimiento. Sólo se podía emigrar con permiso oficial. Emigrar era casi imposible ya que sólo se obtenían los cupones de arroz, carne y tela de algodón con la tarjeta hukou.
Con el auge económico, las regiones costeras necesitaban mano de obra y las autoridades chinas alentaron la migración, pero controlada, los emigrantes debían obtener de sus autoridades locales permiso para ir a trabajar fuera de su lugar de origen. Esos permisos sólo se conceden si los solicitantes pueden justificar un alojamiento en la ciudad y un empleo. Además, deben obtener un permiso de trabajo, renovable todos los años por el equivalente de 8 €. A diferencia de los obreros y de los empleados de oficina, los comerciantes ambulantes y los vendedores al por menor han de solicitar una licencia comercial. Sólo una vez franqueadas todas estas barreras burocráticas se les autoriza oficialmente a permanecer en la ciudad.
Sin embargo, esta es la teoría, la práctica es que uno de cada cuatro inmigrantes en Shanghai no señala su presencia a las autoridades. La economía china se ha privatizado hasta tal punto que los individuos necesitan menos del Estado. Los productos básicos son abundantes y los cupones de alimentación ya carece de sentido para muchos, lo que reduce la dependencia de la gente frente al Estado. Y los inmigrantes son demasiado numerosos para que la policía pueda controlar a todos.
Calles de Shanghai
Mientras nos cuenta estas cosas, la buseta nos conduce por la autopista entre altos edificios de viviendas y oficinas realmente modernos. Esto tiene pinta de capitalismo salvaje y crecimiento brutal y desordenado.
Shanghai sueña con otro gran evento internacional: la exposición universal del 2010.
Wong parece que hubiera conseguido su puesto por oposición y se supiera el temario de memoria. Como siempre, no se olvida de Taiwán, pertenece a China y no dejarán que se independice. Lo llevan en el alma todos los chinos. Pero cuidado, los taiwaneses no pertenecen a la etnia mayoritaria han.
Insiste en programarnos la tarde a su manera. Quiere que pasemos una tarde romántica en no sé qué sitio lleno de discotecas y mucha marcha. También nos va a llevar a uno de los mejores restaurantes de Shanghai, donde hace poco cenó el presidente de Francia. Bueno, pensamos, en ese caso, será decente. Además, ¡aquí trabaja uno de los mejores camareros del mundo!..¿eh?
Como los chinos cenan pronto, nos damos prisa en dejar las maletas en el hotel Huating y Wong nos conduce hasta el citado restaurante. Es muy grande y está abarrotado, pensamos que será difícil que cenemos sin reserva y aunque no entendemos chino yo juraría que precisamente eso le están diciendo a Wong, que no tenemos reserva y que no es posible darnos de cenar. Después de una pequeña discusión entre ellos, nos dicen que esperemos, que sí, que cenaremos aquí. Tras diez minutos de espera, entretenidos mirando las clásicas fotografías de personajes famosos que cuelgan de las paredes, nos invitan a pasar. El 90 % de los clientes son nacionales. Observo que las camareras tienen cara de explotadas: expresión seria y cansada y desdén en la mirada.
Wong insiste en que él escogerá por nosotros, cree conocer nuestros gustos. Malo. Pone tanta vehemencia en complacernos que le dejamos hacer, temiendo lo peor, claro. Sospechamos que la mayor parte de los platos son algo picantes y está escogiendo exclusivamente los que no lo son. La carta trae algunas fotografías de los platos. Antes de que Wong me quite la carta de la mano, me fijo en uno de los platos: sopa de aleta de tiburón con carne de marisco. Yo quiero de eso. Wong cree que es demasiado caro y que se puede comer bien y barato con otras delicias. Insisto: quiero sopa de aleta de tiburón. Efectivamente, lo que nos temíamos sucede. Wong ha pedido platos insulsos y poco arriesgados. Los chinos no utilizan la sal y si los platos no van aderezados con sus salsas resultan nada sabrosos. Total, que si exceptuamos mi capricho, que resulta francamente bueno, lo demás no pasa de la calificación de aprobado. La cocina china es, sin duda, si no la mejor, una de las mejores del mundo, pero lleva su tiempo conocerla, como todo.
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Calle Nanjing en Shanghai
Salimos, eso sí, con la barriga bien llena y tomamos un taxi hacia parte peatonal de la famosa Nanjing, de la que tanto nos ha hablado Wong. Ciertamente, la primera toma de contacto con Nanjing impresiona. Las luces de neón se amontonan en las fachadas de los edificios luchando por llamar la atención de los transeúntes. La vitalidad de esta ciudad alucina, son las diez y todo está abierto, por la calle la gente se hace fotos con el enjambre de luces de neón de fondo y monta en los trenecitos eléctricos que recorren la zona.
Hay multitud de tiendas de comestibles. Me asombra el gran espacio que ocupan las tiendas con chucherías: bombones, caramelos, gominolas, frutos secos, encurtidos, escarchados y mil preparaciones de frutas convertidas en golosinas. También hay una sección de, digamos, carnicería, donde se puede comprar hasta jamón curado, de aspecto exterior muy similar al nuestro y con un sabor muy personal.
Por lo que vemos, el ritmo de construcción es frenético, las excavadoras siguen trabajando durante toda la noche. Se dice que una de cada cuatro grúas de construcción que existen en el mundo ha trabajado en Shanghai.
Intentamos llegar hasta el Bund, el paseo del puerto, pero cuando la Nanjing deja de ser peatonal, las aceras se colapsan de gente y se hace difícil andar con comodidad. Notamos el cansancio en las piernas y decidimos volver al hotel en taxi.
Llegamos al hotel con el tiempo suficiente para probar las magníficas instalaciones deportivas de la tercera planta. La piscina y el yacuzzi bien merecen una visita. El Huating es un hotel muy recomendable.

11 de abril, domingo

Wong nos espera a las nueve para comenzar el recorrido guiado. El tipo este es como escuchar una cinta grabada. Cuando le hacemos una pregunta, rara vez sabe la respuesta, hace como que no ha oído y sigue con su explicación, exactamente donde lo había dejado. Se sabe el temario de memoria. Hay veces que pienso que sólo se sabe los sonidos, no el significado de lo que cuenta, pero no, eso no puede ser.
Primera parada: el templo de Buda de Jade. Visita interesante, ya que hemos coincidido con la celebración del cumpleaños del buda y hay un buen festejo montado, muchos seguidores vestidos con túnicas negras cantan oraciones mientras caminan en fila con velas entre sus manos. Wong nos instruye en más cosas de las que somos capaces de asimilar y encima, de vez en cuando, nos examina. El Buda de Jade fue escondido tras la foto de Mao durante la revolución cultural. En un pispás nos cuenta también la vida del primer buda: Siddharta Gautama Sakyamuni. La visita vale la pena.
Una de la cosas más graciosas de Shanghai es ver en las calles principales la ropa secándose colgando de perchas sobre los cables de telefonía o electricidad, a pie de los rascacielos. Calzoncillos y bragas rozando las cabezas de los transeúntes.
Ahora nos conduce al Bund, el paseo del puerto. Aquí, Wong nos describe uno por uno los edificios neoclásicos que jalonan el paseo con detalles de sus inquilinos: compañías de seguros, embajadas, la española entre ellas, Hotel de la Paz, etc. Se lamenta de que todavía no haya barcos de lujo para transportar por el Huangpu a turistas tan honorables como nosotros.
Visitamos el jardín Yu Yuan. Es del pelo que los jardines de Suzhou aunque más desgastado. Perteneció a Pan Yunduan, que se pasó 20 años y gastó todos sus ahorros en construir el jardín para complacer a sus ancianos padres.
El jardín está de bote en bote. Entre tanta gente es inevitable rozarse o caminar muy cerca de los demás; no pasa nada, se tolera sin ningún agobio, están acostumbrados.
Descripción del jardín, según Wong: “El artista ha mojado su sentimiento de paisaje para conseguir eco de belleza.” Precioso.
El jardín está lleno de símbolos, el dragón es una muletilla que significa multitud de cosas: la patria, el vigor masculino, el Emperador, la buena cosecha, etc. Este dragón sólo tiene cuatro dedos, cinco hubiera sido un reto para el Emperador, son como los galones en el ejército.
Wong nos suelta el ideario del Partido: Para preparar a personas de talento, hay que educar a los niños con el amor a la patria, afecto al pueblo, entusiasmo por el trabajo, afición a la ciencia y a la tecnología y el cuidado de los bienes públicos. Lo suelta de carrerilla, tiene la lección bien aprendida.
Posando en al Ciudad Vieja
Ahora visitamos el Shanghai antiguo, una manzana de edificios antiguos abarrotada de gente. El edificio estrella parece la casa de té, rodeada por un estanque de hormigón y se accede a él a través de un puente en zigzag. Así, si te persigue el demonio, no te alcanzará, ya que sólo es capaz de correr en línea recta...
Luego nos dejan en el mercadillo de ropa de imitación donde compramos algunas cosillas. A eso de las 19:30 regresamos al hotel en taxi.
Para relajarnos, nos dan un masaje de cuerpo entero en el hotel. Mi mujer sale con una sonrisa de oreja a oreja, como una rosa y yo...destrozado, mi masajista se ha ensañado con cada uno de mis músculos. Siempre al borde del dolor. No he dicho ni pío porque suponía que el masaje chino sería así.
Luego piscina, jacuzzi y a la cama, a follar. ¡Esto es vida!

12 de abril, lunes

Día libre. Llueve. Salimos a las diez y tomamos el metro hasta la Plaza del Pueblo. Moverse en el metro de Shanghai es tan fácil como en cualquier otro sitio; todo está en inglés. Sobre las paredes de los vagones del metro cuelgan monitores extraplanos donde se suceden los anuncios publicitarios.
Nos asombra lo pegados que van en los bancos corridos, se apretujan hasta nueve personas en un espacio donde seis sería el límite de comodidad. Cuando dos de ellos abandonan el asiento los demás respiran aliviados.
Nos bajamos en la Plaza del Pueblo, aquí está el museo de la ciudad y también el Centro de Planificación Urbanística. Dentro, una enorme maqueta del futuro Shanghai de 2020 informa a los siete millones de habitantes del centro, de lo que les espera a sus viejos barrios.
Nuestro destino es el museo. A la entrada dejamos los paraguas envueltos en un plástico y fijados con un anillo y una llave. El museo de Shanghai es de primera, con buenas explicaciones y muy organizado. Hay secciones de caligrafía, pintura, cerámica, trajes étnicos, monedas, etc. Alquilamos un aparato de audio con explicaciones en español. Las exposiciones se iluminan con luces de presencia.
Permanecemos hasta la hora de cierre. Todavía llueve. Paseamos por Nanjing y volvemos al Bund para ver el ambiente que crea la iluminación nocturna. En la orilla opuesta se divisa el Pudong, zona económica especial y hasta hace pocos años, un simple campo con casuchas, ahora, su desarrollo es brutal, es el corazón financiero de la ciudad. Entre los pisos 54 y 87 del rascacielos Jin Mao, tercer edificio más alto del mundo, se ha instalado el hotel Hyatt, y cuando sus huéspedes quieren saber el tiempo que hace, tienen que llamar a recepción ya que frecuentemente esas alturas están envueltos en neblina.
En un centro comercial, comemos unos pasteles en Bread´s, yo me tomo dos nam indios, me encanta su sabor especiado. Es típico que la elaboración de la comida se haga a la vista del público, generalmente siempre con mascarillas. A veces, también hemos visto por la calle a gente con mascarilla, la causa es la polución o para evitar contagiar los resfriados. El uso de guantes blancos por los taxistas también es habitual, la razón es que en verano sudan mucho las manos y así agarran mejor el volante. Aunque ahora no es verano, muchos se han acostumbrado a llevarlos y los usan durante todo el año. Además, les da un toque de distinción.
Se puede atravesar el río Huangpu hasta Pudong a través de un trenecito que discurre por un túnel, llegamos a la boca del túnel, pero es muy tarde y ya ni sentimos las piernas. Volvemos en taxi al hotel.

13 de abril, martes

Como no somos ajenos al encanto del mercadillo de imitaciones, tomamos el metro hasta allí. Se impone el regateo, por supuesto. El caso es que siempre se compra lo que se quiere, no importa que se divida el precio por tres o por cuatro, siempre se llega a un acuerdo, a pesar de los iniciales aspavientos del vendedor.
Otro taxi nos conduce hasta la Ciudad Vieja, hoy martes hay mucha menos gente que el domingo. Hacemos algunas compras más y volvemos al hotel para hacer las maletas. A las cuatro salimos para dar una vuelta y matar el tiempo que nos queda hasta las seis, hora de ir al aeropuerto.
Chinos en bicicletas en un semáforo
Caminamos por una amplia avenida. Es hora punta y nos encontramos con mucho movimiento de gente, escolares que vuelven del colegio, algunos de la mano de sus abuelos, autobuses abarrotados y muchos ciclistas. A la vuelta, el humo de los coches de la calle principal nos asfixia, así que nos metemos por calles paralelas. Entramos en una barriada a la que se accede a través de una gran puerta de hierro. Nos sorprende la tranquilidad que nos envuelve a un paso de la vorágine. Parece un barrio de gente sencilla, tiene pequeños parques donde la gente mayor hace ejercicios en máquinas articuladas. El barrio es peatonal y el suelo es de adoquines cuadrados: También hay un mercado de barrio donde venden animales vivos: peces, ranas, tortugas, anguilas, etc. Los lugares de comida son uno de los sitios más divertidos que se puede visitar en China, sea un mercado de barrio o un supermercado. Es donde más diferencias culturales se percibe con Occidente.
Ante un semáforo en rojo, hacemos una foto a los cientos de ciclistas que esperan. Muchos de ellos se ríen las muelas cuando ven que nos llama la atención la escena. La inmensa mayoría de las bicicletas pertenecen a la remesa que China compró a Rusia hace muchos años, también se empiezan a ver algunas con cambios de marchas o con ruedas más anchas, tipo de montaña, pero estas son una minoría.
Cenamos un excelente bufé en el hotel y a las 20:00 salimos con Wong hacia el aeropuerto.
El aeropuerto es muy moderno, tiene un techo espectacular y es realmente bonito. Hay muy poca gente. El avión sale puntual.
Hemos encontrado una China mucho más avanzada de lo que pensábamos. Nuestro viaje ha pisado mayormente paisajes urbanos y probablemente el nivel de desarrollo de los pueblos será otra historia. Mis lecturas antes del viaje me advertían de que China era un país tan diferente a Occidente que regresaba uno con los valores trastocados. Nada de eso nos ha ocurrido, de hecho, creo que son sus valores los que corren peligro, su espejo es Occidente y en esa dirección se encaminan todos sus pasos, a gran velocidad. Me atrevería a apuntar que China se convertirá en la siguiente gran potencia mundial. Al tiempo.

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