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Bandera

Brasil 1999

11 de julio, domingo

Brasil es destino fácil, sin embargo, cada vez somos más comodones, así que escogemos un viaje organizado para visitar este inmenso país.
Aterrizamos en Salvador de Bahía y una buseta nos conduce hasta el hotel Marazul, a orillas del mar, en la avenida Siete de Septiembre. El hotel dista 8 km. del centro y hacia allí nos dirigimos en cuanto dejamos nuestro escaso equipaje en la habitación.
Subimos a un ómnibus que nos traslada hasta la Praça da Sé, en el centro del Pelourinho. Pelourinho significa picota, no la cereza, sino ese aparato de madera con agujeros para pasar la cabeza y las manos que se utilizó para flagelar, marcar y humillar a los reos. En Salvador funcionó hasta hace sólo 164 años y tuvo varias ubicaciones, ya que los gemidos de los ajusticiados molestaban al vecindario.
El Pelourinho es la zona colonial de Bahía, cuenta con edificios bien cuidados y una vida nocturna muy animada. Durante el día se observan muchos extranjeros recorrer sus calles empedradas y frecuentar las pequeñas tiendas y restaurantes dirigidos al consumo del turista. Para los europeos, los precios nos resultan baratos, su moneda está muy devaluada; por un euro te dan 1.78 reales y la tendencia sigue alcista.
La presencia de la policía turística en el Pelourinho es patente: casi un policía en cada esquina.
Las raciones en los restaurantes son cuantiosas, no te puedes quejar, pueden comer dos por el precio de uno; me temo que no dejaremos Brasil más delgados, nunca logramos adelgazar durante las vacaciones a pesar de las caminatas diarias que nos pegamos.
A las seis de la tarde ya es de noche.
Olodum en acción
En el Largo del Pelourinho se nota bastante movimiento de gente, ¿qué pasará?: el grupo Olodum ha entrado en acción; es todo un espectáculo verlos, habrá más de treinta chavales tocando todo tipos de tambores. ¿Y quiénes son Olodum? Pues una organización cultural no gubernamental que ayuda a los niños de la calle y es muy popular en Bahía.
Cientos de personas contemplamos el espectáculo, codo con codo, y nos sorprende también, la importante presencia policial. Los polis se sitúan entre la gente, subidos sobre unos bancos de madera para vigilar mejor, en grupos de cuatro o cinco, muy atentos a todo lo que ocurre a su alrededor. Tienen cara de pocos amigos, su aspecto es realmente fiero. Desde un balcón de la plaza, un oficial de la policía dirige las operaciones. Cada poco tiempo detienen a algún chaval y se lo llevan a un portal. Y nos preguntamos que hace el personal para que lo detengan. El público es gente joven que ni fuma ni bebe, aparentemente todos están presenciando la actuación musical y no encontramos motivos para semejante demostración de fuerza. Una chica nos dice que están ahí para evitar la confuçao . Su presencia me parece excesiva, desproporcionada. En fin, ellos sabrán.

12 de julio, segunda feria.

El tiempo anda revuelto, es época de lluvias y en el cielo las nubes amenazan con descargar.
Por la mañana tomamos un frescão (ómnibus con aire acondicionado) que nos lleva hasta la playa de Itapoâ. Esta playa se puso de moda hace algunos años entre intelectuales y artistas y Vinicius de Moraes le dedicó los versos de la canción Tarde en Itapoâ. A nosotros nos resulta algo decepcionante, las cloacas vierten aguas negras en ella. Paseamos un poco por la playa. Es invierno para ellos y está claro que la temperatura no les invita al baño, hace frío para los bahianos. Apenas hay 20 personas en toda la playa. La abandonamos antes de que las negras nubes nos rieguen con su agua.
En un puesto callejero, una robusta señora vende carajé picante con quisquillas que no sienta mal como aperitivo.
Recorremos un mercado callejero de poco interés y volvemos al hotel en un taxi justo a tiempo para comenzar el recorrido guiado por el Pelourinho, ya se sabe: Iglesias barrocas, vírgenes y santos a porrillo.

13 de julio, tercera feria.

Esta mañana la temperatura es muy agradable, así que decidimos caminar los 8 km que separan nuestro hotel del Pelourinho. A la altura del Campo Grande caen unas gotas. Me quedo pasmado ante la cantidad de ómnibuses que circulan por esta ciudad; allá donde mire, veo uno.
Según nos acercamos al Pelourinho, el tráfico y el número de comercios aumenta. También nos sorprende la cantidad de publicaciones que existen en Brasil, los kioscos están empapelados.
Los centros comerciales abundan. En uno de ellos, compramos algunos cedés de música del país y decidimos comer algo. Se trata del sistema de comida al quilo y cada tienda está especializada en un tipo de cocina; todo tiene buen aspecto, sobre todo los postres. Nos decidimos por la comida thai para recordar algunos sabores de nuestra estancia en Tailandia.
Un policía nos para cuando caminamos hacia el mercado Modelo por la carretera, según él, ese camino es peligroso y amablemente nos aconseja tomar el ascensor Lacerda, dice que es más seguro. Desde la balaustrada observo la carretera; ahí andan los típicos chavales que se ganan unos reales cuidando los coches y poco más. El recorrido no parece tan peligroso, pero, por si acaso, hacemos caso al poli, que es lugareño y sabe lo que se cuece.
Grupo musical
En el Mercado Modelo nos encontramos con más artesanía dirigida a los turistas. Resulta entretenido.
Cenamos unas langostas en Casa Gamboa, están a buen precio y hay que aprovechar.
Después, en el escenario del Largo del Pelourinho, un grupo de chicas se prepara para actuar. La media de edad es de veintipocos años, llevan tops brillantes y van muy arregladas y maquilladas. El grupo es numeroso: hay batería, bajo, guitarra, teclados y seis chicas más aporreando tambores de todos los tamaños.
Aunque el espectáculo se demora por la lluvia, la espera vale la pena, saben lo que se hacen. Están a muy poco de dar un espectáculo realmente entretenido, quizá deberían marcar más el ritmo con el bajo y la guitarra eléctrica para sonar algo más pop y menos africano. La omnipresencia de los tambores en todas las canciones la encuentro excesiva, resta variedad al concierto. De todas formas, el show es vistoso y sudan la camiseta. Aguantamos hasta el final. La policía parece querer quitar protagonismo a los músicos. De vez en cuando se pasean por las primeras filas haciéndose notar. No lo acabamos de entender.

14 de julio, cuarta feria.

Nos levantamos temprano para visitar la isla de Itaparica. El viaje resulta algo pesado, pasamos más tiempo en el barco que en la isla. El tiempo anda loco, tan pronto llueve como hace sol. El animador del grupo canta unas canciones mientras aporrea unos tambores que suenan realmente bien.
Hacemos una parada en otra isla. Una vez en la playa la fina lluvia intermitente continua. Los chamizos de la playa no tienen sanitarios y hay que mear en las cabañas que amablemente nos ceden los lugareños. Viven rodeados de perros, gatos y gallinas. El suelo de las cabañas es de tierra y no tienen ni agua corriente ni luz eléctrica. Antes de entrar al servicio llenamos un balde de agua de un bidón que hay en el exterior y después lo cedemos al siguiente.
En la playa nos sirven unas pequeñas langostas, algunas de ellas están pasadas, saben ligeramente a amoniaco, me han tomado el pelo.
Zarpamos con una hora de retraso. La organización no es su fuerte y tampoco parece importarles mucho. Algunos barcos se dan golpes tremendos contra el malecón.
Tras 45 min. más de navegación desembarcamos en Itaparica. Afortunadamente luce el sol y podemos bañarnos.
A la vuelta, el tiempo empeora. Cuando llegamos a Bahía es noche cerrada y llueve a cántaros. Un frescão nos conduce al hotel.
A las once damos una vuelta por los alrededores del hotel para cenar algo. Sigue lloviendo de manera intermitente. Unas pizzas nos sirven de cena.

15 de julio, quinta feria.

A las 5:30 ya estamos de pie y a las 6:15 nos plantamos en la puerta del hotel, el ómnibus llega puntual y nos traslada al aeropuerto. Durante el trayecto observamos la vegetación a ambos lados de la carretera, ¡qué densidad de masa vegetal! Las epifitas crecen sobre las ramas de los árboles y caen al suelo formando una auténtica cortina vegetal.
La carretera está regada por los charcos resultado de la lluvia de ayer, aún no se han evaporado.
El avión sale con retraso pero llega puntual al aeropuerto Antonio Carlos Jobim de Río de Janeiro. Nos recoge Susana.
Desde el ómnibus vemos la enorme cantidad de favelas de los suburbios de Río. De los siete millones que tiene Río, dos y medio viven en favelas.
El hotel Miramar está en la misma Avenida Atlántica, en la playa de Copacabana. Hace calor y el cielo es azul, por fin.
Esta bahía tiene un encanto especial, probablemente debido a las redondeadas formas de las montañas que rodean Río.
En Río hay tiendas de sucos en cada esquina, la variedad es tal que uno no sabe que pedir. Los hay de melancia (sandía), tangerina, manga, bacurí, pinga, acerola, sapotí, pessego, abacaxi (piña), genipayo, melão, cupuaçu, limão graviola, maracuyá, amendoim, mamão, bacurí, abacatada, etc. Un sinfín de sabores nuevos donde elegir. Y si a los sucos les añadimos leche tenemos la vitamina.
Vista nocturna desde el Pan de Azúcar
Por la tarde, un teleférico nos eleva hasta los 575 m., cota del Pan de Azúcar. La vista desde aquí es magnífica, casi mágica. La clave está, una vez más, en las montañas que dividen la ciudad y la circundan. La vista nocturna sobre Río es espectacular. El magnetismo que ejerce sobre nosotros es tal que nos sentamos en un banco y esperamos como embrujados hasta el último teleférico de la noche.
Después de cenar visitamos el mercado de artesanía que tenemos enfrente del hotel. Hay mucha concentración de motoristas, no sabemos porqué.
En una pequeña plaza nos encontramos con un espectáculo improvisado del deporte nacional: capoeira. Parecen alumnos que aplican las lecciones aprendidas en plena calle. Tres de ellos cantan y tocan el berimbau y los demás completan el círculo, alternándose los bailarines-luchadores en el centro. La capoeira es una danza que proviene de antiguos esclavos negros que escaparon y vivían en comunidades alejados de sus opresores, el baile data del siglo XVII.

16 de julio, sexta feria.

Caminamos por el paseo de la playa hasta Leblón. Cuando se pasea por las calles comerciales de Ipanema y Leblón te olvidas de que estamos a escaso metros de la miseria de las favelas. Hasta el color de las aceras es distinto al resto de la ciudad.
A la vuelta hacia Copacabana nos tumbamos un rato en la playa de Ipanema.
Avenida Atlántica y playa de Copacabana
En la misma playa tienen verdaderos gimnasios al aire libre.
Abundan los adolescentes de cuerpos cuidados, la mayoría hombres. Curiosamente no se tumban, sino que permanecen de pie formando grupos, casi siempre del mismo sexo.
Los famosos y diminutos bikinis de Río sólo se ven en los escaparates de las tiendas de bañadores, la mayor parte de las chicas visten prendas de baño algo más discretas.
Charlamos con un socorrista que nos pregunta por nuestra nacionalidad. Nos comenta las dificultades de la vida en Brasil. Dice que muchas medicinas son fraudulentas, ni a veces los médicos lo son realmente. Está interesado en saber muestras profesiones.
Cenamos un magnífico bufé en el hotel Río Othon Palace de Copacabana, amenizado por un cuarteto de música clásica.
Por la noche, las chicas (o lo que fuera) de la calle esperan a sus clientes en la avenida Atlántica a escasos metros de las patrullas de la policía.

17 de julio, sábado.

Después de comprar unos cedés de música brasileña (Ellis Regina, Jobim, Marisa Monte, Simone, Maria Bethania, Milton Nascimento, Gal Costa, Caetano Veloso, etc), nos subimos a un ómnibus que nos lleva hasta el centro de Río. Aquí se ven indigentes tirados en cualquier esquina y muchos edificios están ligeramente mejor que los de La Habana Vieja de Cuba. Nos acercamos hasta la Plaza Tiradentes donde esta noche toca Djavan. No hay suerte, está todo el aforo vendido.
Seguimos hasta la calle Buenos Aires, donde ya están desmantelando los puestos callejeros. Este mercado está más dirigido al carioca que a los turistas y tiene un aspecto bastante desaliñado y decadente.
Desde el centro, un omnibús nos conduce hasta la falda del Corcovado. Antes de tomar el trenecito que nos sube al Cristo comemos en Mamma Rosa.
Mucha niebla en el monte Corcovado
Cuando llegamos al Cristo nos encontramos con algo que no esperábamos: niebla y fresco. Una niebla tan espesa que apenas deja ver la escultura. La atmósfera es espectral, de película de terror. Casi no nos vemos entre nosotros. Un grupo numeroso de adolescentes no para de berrear canciones de contenido religioso. Yo diría que para combatir la rasca que sopla. La supuesta magnífica vista se deja intuir cuando algún golpe de viento abre claros en la niebla. Las luces dibujan la silueta de la ciudad que se percibe con nitidez, pero de manera parcial. Un visto y no visto.
Tomamos otro ómnibus y en un decir Jesús nos plantamos en el centro comercial Río Sul de Botafogo. En Rio las distancias son grandes pero la velocidad suicida a la que circulan los ómnibuses las hace cortas. Además de superar el endemoniado torniquete situado frente al cobrador, existe otro problema: mantener la verticalidad en el instante de pagar. Es un momento delicado: con una mano hay que sostener el monedero y con la otra extraer el dinero, por tanto, hay que buscar el equilibrio abriendo las piernas y apoyando el trasero en algún lugar, aún así se corre el riesgo de golpearse la cabeza contra cualquiera de las columnillas verticales que abundan en el ómnibus. Pero una vez llegado al asiento el peligro ha pasado. Entonces sólo queda disfrutar de la pericia de los conductores, particularmente al tomar las curvas. Ahora me explico la razón por la que Brasil da tan buenos conductores de Formula Uno: antes han sido todos motoristas en Río. Superdivertido, toda una experiencia.
El centro comercial Río Sul está atestado de gente, casi hay que caminar en fila india. Es uno de los más grandes que haya visto. Nos resulta agobiante. Todo está a tope, es complicado encontrar una mesa libre para tomar algo tranquilamente. En información preguntamos a una bella adolescente el número del ómnibus que nos lleva de nuevo a la Plaza Tiradentes.
Tomar un ómnibus es una actividad que te mantiene con la mente despierta: hay que estar con la mirada bien atenta en cada ómnibus que aparece casi derrapando por la curva. El número sólo se divisa cuando lo tenemos a 100 m. Si es el nuestro, levantamos rápidamente el brazo para que pare. Hay paradas señalizadas, pero la cantidad de ómnibuses es tal que paran donde encuentran un hueco, y esto puede ser 50 m por delante o por detrás del punto teórico. Y como la gente apenas tarda seis segundos en bajarse y subirse del bus hay que correr para que no se vaya sin ti. Por no andar listos, perdemos el primero. Tras una tensa espera de diez minutos tenemos de nuevo nuestro número enfilado, esta vez, andamos más listos y lo pillamos.
La Plaza Tiradentes está en el centro, zona nada recomendable de día y mucho menos de noche. La última parada del ómnibus queda a 100 m de la plaza, sólo hay que cruzar la avenida y atravesar dos calles, sin embargo, la cobradora del autobús, velando por nuestra seguridad, se baja, nos conduce hasta otro ómnibus y nos mete por la puerta del conductor, como si fuéramos niños de pecho. Este ómnibus nos deja en la parada de la misma plaza, a 10 m del teatro.
Hay mucha gente y varias filas para entrar. Por la cantidad de personal que no está en las filas y las caras largas que tienen, deduzco que demasiada gente se ha quedado sin entrada y ha tenido la misma idea que nosotros. Esperaba encontrar al típico padre de familia que vende la entrada porque el niño se ha puesto malo o algo parecido, pero no, se necesita que se pongan muchos niños malos para que entren las más de cien personas que esperamos. Hay un gran contraste entre los que tienen entrada y los que no. A los primeros se les ve eufóricos, hablan y sonríen y de vez en cuando miran con el rabillo del ojo a los pobres infelices que no tienen influencias ni son tan importantes como para conseguir una de las invitaciones, ya que, por lo que comenta el personal, en este concierto, que va a ser grabado para el próximo álbum en vivo de Djavan, han funcionado mucho las invitaciones.
La espera no sirve de mucho, nadie suelta una entrada.
Salimos pitando para Copacabana, al mercado jipi nocturno y a tomar un refrescante coco natural en las terrazas del paseo de la avenida Atlántica.

18 de julio, domingo.

Después de desayunar y ponerme morado de mamao, como siempre, nos acercamos a la favela más cercana al hotel. Por supuesto, no nos adentramos por los estrechos callejones, no parece aconsejable andar por el corazón de las favelas con nuestra pinta de guiris. Paseamos por las calles más anchas que aparentan ofrecer mayor seguridad.
Las condiciones de vida en las favelas han mejorado mucho en los últimos treinta años: han cambiado los listones de madera y el techo de chapa ondulada por el ladrillo, tienen fontanería y electricidad y a pocas le falta la antena parabólica. El transporte y la educación ha mejorado, sin embargo, vivir en una favela es hoy todavía un estigma social, está muy mal visto y la gente procura ocultarlo. Además, las favelas son sinónimo de tráfico de drogas y de terrible inseguridad; los asesinatos son numerosos. La gente procura mudarse a mejores barrios en cuanto tiene la oportunidad. En cuanto a la sanidad, aún hay mucho por hacer: las negras aguas fecales discurren ladera abajo y hay bolsas de basura acumuladas en la calle como de hace dos semanas. Al menos, últimamente, las autoridades ayudan, y los 2.5 millones que habitan las favelas de Río cuentan con numerosos programas de asistencia. Esperemos que funcionen.
Seguimos andando hasta el mercado de la plaza General Osorio, más conocido como el mercado jipi de Ipanema. Aquí compro un cuadro al oleo que me gusta y me hago una foto con la pintora.
Comemos en un restaurante de a quilo muy concurrido y molón y ponemos rumbo al lago. Esta zona es de gente pudiente, se ve que tiene nivel. Este barrio de clase alta tampoco se libra de las verjas y barrotes en las ventanas y en los portales.
La vista desde el lago es magnífica: las luces de los edificios del otro lado, las redondeadas montañas, el brillo de las luces en el agua, esta magnífica temperatura... Nos sentamos en un banco del paseo y admiramos el paisaje que tenemos ante nosotros.
Paseamos por la calle en memoria de Vinicius de Moraes, gran poeta, diplomático e iniciador del movimiento de la bossa nova, corría 1958. Vinicius compuso junto con Antonio Carlos Jobim, Baden Powell, Carlos Lyra, Ari Barroso, Edu Lobo, Dorival Caymmi, Francis Hime y Toquinho algunas de las canciones más bellas de la bossa nova, incluida la archiconocida Garota de Ipanema. Por cierto, aún tuvo tiempo para casarse ocho veces.
Estamos cansados de andar y al pasar por delante de una Iglesia entramos a descansar. Están ensayando con guitarras y percusión. Nos sentamos. En los pasillos laterales hay cola para confesarse. Poco a poco se va llenando hasta que la gente abarrota la iglesia. Que diferencia con las iglesias españolas, donde la media de edad del público ronda los setenta años, aquí aún acude mucha gente joven a la llamada de la religión. Hay que reconocer que estas misas son más entretenidas que en España: reparten octavillas con las letras de las canciones y el personal participa mucho, cantan, alzan los brazos y los mueven a los lados, el sacerdote oficiante se acerca a las primeras filas y orienta el micro a los feligreses, anima al público a cantar como si de James Brown se tratase. Viva la juerga.
A unos mosquitos les ha debido gustar mis piernas, porque me han puesto fino.
Seguimos andando hasta la playa de Copacabana, no sin antes parar en una suquería y devorar mi suco diario, esta vez de morango. ¡Ah, cómo los voy a extrañar en España!
Cenamos un cabrito asado y caemos rendidos en la cama.

19 de julio, segunda feria.

Volamos a Fozz de Iguazu. Nos trasladan en una buseta. En el trayecto al aeropuerto charlamos con Blanca y Pilar. Visitaron el Pan de Azúcar y el Corcovado en el ómnibus del tour, como reinonas. También se apuntaron a un espectáculo de folclore brasileño, no parecen muy satisfechas, el teatro estaba en plena remodelación.
Al darnos la tarjeta de embarque nos avisan que el anterior vuelo a Iguazu aún no ha despegado; hay niebla en el aeropuerto de destino. Tenemos suerte y el nuestro sale puntual. Al pasar por los rayos X me detectan el insecticida y tengo que facturar la maleta.
Hacemos escala en Curitiba.
Una buseta nos conduce al hotel Das Cataratas, un hotel de estilo colonial, de amplios pasillos y acertada decoración.
Sin tiempo aún para respirar ni ver nuestra habitación, nuestro guía nos quiere vender todos los paquetes imaginables: 60 $ por ver la parte argentina, 100 $ por añadir la presa de Itaipu y una comidita, 40 $ por el Macuco Safari y no sé cuántos más por sobrevolar la catarata en helicóptero. Nos quedamos con el Macuco Safari, dentro de media hora, hay que aprovechar que aún hay sol. Mañana veremos las cataratas desde el lado argentino.
La ascensión por el río resulta muy divertida, el río baja en ejarbe con las aguas de color chocolate y el gomón se desliza suave sobre el agua, como si tuviera una cámara de aire debajo. El trayecto es emocionante. Cuando estamos junto al pie de una catarata, el timonel nos pregunta si queremos acercarnos más. Una pareja argentina del escañil posterior grita: ¡Contra la pared, contra la pared! Nos acercan tres veces a la catarata; quedamos empapados. Y los de atrás: ¡Es agua bendita! Así me gusta, que haya cachondeo.
Al atardecer visitamos el lado brasileño de la catarata, muy cerca de nuestro hotel. La humedad lo impregna todo.

20 de julio, tercera feria.

Lado argentino de las cataratas
Día de visita del lado argentino de las cataratas. Nos acompañan Blanca, Pilar y una pareja muy joven: él es mejicano y ella gallega, andarán por los veintipocos y a lo largo del día se cambiarán tres veces de ropa. Ya ves, unos tanto y otros tan poco. El mundo es así de diverso, gracias a ello tira para delante.
Mi tendencia a empacar poca ropa en los viajes hace que no disponga ni de un solo pantalón largo. Hace algo de frío y yo ando en pantalones cortos y camiseta. Los argentinos vienen de su invierno y por tanto bien abrigados, miran alucinados mis pies casi desnudos.
Hacemos cola para embarcar en los botes que nos llevan a la garganta del diablo. Agua en el río, lluvia en el aire y humedad en el cuerpo. Gracias al fino plástico que compramos ayer en el Macuco Safari no siento el viento que sopla y no lo paso del todo mal. En esta época es conveniente traer al menos un jersey.
Se mire por donde se mire, estas cataratas son impresionantes y muy fotogénicas. Los caminos a modo de miradores que te llevan de aquí para allá están bien llevados, te meten casi en el corazón mismo de las cataratas. Agua, agua y más agua por todas partes. Y unas ganas tremendas de mear...
Comemos en el hotel y envuelto en el pareo de mi compañera tomamos el ómnibus a Fozz de Iguazu, ciudad de 200000 habitantes, tranquila y agradable por lo que se ve.
Nos sorprende gratamente las pastelerías; están muy bien surtidas de magníficos pasteles y tartas. La gente viste de invierno, con guantes y hasta con bufanda. No es para tanto, caramba.
Como devorador de fruta que somos compramos maracuyá, un mango, fruta del conde y un enorme aguacate para consumirlo en Mallorca.
A las 6:20 es ya noche cerrada, volvemos al hotel. Al ómnibus se suben dos parejas de adolescentes argentinos dispuestos a pasar la noche de acampada dentro del parque. En la barrera de entrada, el guarda del parque los hace bajar, mañana a las ocho podrán entrar, ahora está cerrado.

21 de julio, cuarta feria

Día de vuelta hacia España.
Hacemos una escala en Sao Paulo de casi cinco horas, así que decidimos visitar la ciudad, nos acompañan Blanca y Pilar.
Sao Paulo tiene 16 millones de habitantes, que se dice pronto. La cantidad de gente que recorre sus calles es impresionante, una vorágine. Damos unas vueltas por el centro y comemos algo en el café Gerondín, moderno y lleno de ambiente. Por segunda vez me encuentro en un baño de Brasil una cajita de papeles higiénicos pegada a la pared, entre los urinarios, su finalidad es secarse la última gotita que siempre queda sobre el glande después de mear. Se agradece el detalle.
A las nueve regresamos en un taxi al aeropuerto.

22 de julio, jueves

Empalmamos Brasil con una semana en la isla de Mallorca. Después de una escala en Madrid, aterrizamos en la Isla de la Calma antes del anochecer.
En la playa de Es Trench, Mallorca
Una buseta nos recoge en el aeropuerto y nos conduce hasta nuestro alojamiento en Can Picafort, en la bahía de Alcudia. El estudio es minúsculo, con espacio justo para la cama. Lo mejor: la terraza, la vista sobre la playa y ese maravilloso mar Mediterráneo.
Me encanta disfrutar de nuevo de esta isla y recorrer sus estrechas y solitarias carreteras entre muros de piedra. La Isla de la Calma nunca defrauda. Durante cuatro veranos consecutivos pasé en Puerto Alcudia mis vacaciones de verano y fueron realmente animadas. Para mí, esta zona de Puerto Alcudia y Puerto Pollensa es de lo mejor de Mallorca. Todavía se pueden encontrar calas y playas recónditas donde no hay un alma.
Las noches mallorquinas siempre me han fascinado, esa leve brisa que corre desde el atardecer y que puebla los paseos y terrazas con lugareños y turistas, es un auténtico lujo, de lo mejorcito del Mediterráneo. Buen broche final para estas vacaciones

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