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Viaje a Bali 2000

16 de abril, domingo

El viaje con Garuda no se nos ha hecho demasiado pesado a pesar de que hemos recorrido medio mundo para llegar hasta aquí.
El Meliá es un buen hotel del gueto turístico de Nusa Dua, todo muy cuidado y dispuesto para el placer; perfecto para pasar las primeras horas en la isla y hacer frente al cambio de horario.
Para empezar, cenamos en el restaurante asiático del hotel y paseamos por los alrededores, hasta la zona de los tenderetes con chucherías para turistas. Por casualidad, topamos con una agencia de alquiler de vehículos. Está cerrada, sin embargo, mientras echamos un vistazo a los todo-terreno, un hombre sale de no se sabe dónde y nos ofrece a un precio razonable un Dahihatsu Feroza de impecable aspecto. Nos interesa, está muy cerca del hotel y el precio de 25 dólares al día, incluido el seguro a todo riesgo, es mejor de lo esperado. Mañana volveremos para negociar el precio y los detalles.

17 de abril, lunes.

Tomamos un taxi a Denpasar. El andoba no pone el taxímetro aunque se lo exijo, así que abandonamos el taxi. Nos sigue con el coche y hace señas de que ya funciona.
Conducir hasta Denpasar lleva su tiempo, la distancia no es grande, pero el tráfico es infernal. Me sorprende lo poco que avanza el taxímetro. Llegamos al museo de Denpasar por sólo 7000 rupias. El taxista no habla inglés, pero a todas luces se ve que el taxímetro no funciona bien, me pide 25000, unos 2.80 euros. Nos deja enfrente del Museo de Bali, en la plaza Puputan.
El tráfico es tremendo, ruidoso, irrespirable y caótico.
Llamamos mucho la atención de los escolares, que nos saludan desde la distancia.
Puestos de frutos secos en el exterior del mercado de Kumbasari
Visitamos el mercado de Kumbasari. Inmediatamente se nos pega al lado una sonriente señorita que amablemente nos sirve de guía. Aquí tampoco hay mucho que ver. En los puestos de especias nos piden precios que nos parecen desorbitados. Se ríen ante nuestras ofertas, mucho más bajas que sus precios. Es difícil saber si son muy buenos actores o realmente el precio que les ofrecemos es bajo, tampoco somos unos expertos en especias.
En general, las mercancías están bien presentadas, aunque en el piso inferior, la carne y el pescado echan en falta las cámaras frigoríficas y apestan. El calor y la humedad de Bali no es buen aliado de la conservación de los alimentos.
Ya en la calle, entramos en una tienda de cedés para escuchar algo de música autóctona. Se agradece los ventiladores de la tienda y los vasos de agua encapsulada con que nos obsequian. A pesar de mi buena voluntad de comprar algo, me tengo que marchar de vacío; las canciones son muy comerciales, demasiado edulcoradas y simplonas.
La música más característica de Bali es el complejo gamelán. Es una orquesta de percusión compuesta por gongs, metalófonos, platillos, tambores y alguna flauta. Suele acompañar a todos los acontecimientos religiosos y teatrales y suena realmente dura para el oído occidental, da la impresión de no llevar ninguna dirección, de total improvisación.
Una señora que aparentemente trabaja en el establecimiento nos sigue allá donde vamos. Estamos acostumbrados a estas muestras de amabilidad de los lugareños y aprovechamos para que nos indique dónde se encuentra el banco más cercano. Nos acompaña hasta la mismísima ventanilla.
La cantidad de billetes que nos devuelven por unos pocos dólares es inaudita, nuestras riñoneras son incapaces de tragarse todo el fajo.
De vuelta al hotel, cenamos en un chiringuito del mercadillo, a 300 m. del hotel. En los travesaños del techo desfilan los roedores, ratas grandes como hacía tiempo no veía. A pesar de los animalitos, encargamos unas langostas para mañana.
Después de cenar, paseamos por La Galería; poquísima gente, aunque el Meliá parece casi lleno.

18 de abril, martes

Día de descanso total, hay que aprovechar las instalaciones del hotel.
Mono realizado con papaya por el personal del hotel
Pasamos la mañana en la playa. Los lugareños aprovechan para vender sus mercancías: pareos, relojes de imitación, conchas marinas, etc. Las playas son magníficas: limpias, poca gente, con forma de concha y protegidas por una barrera de coral.
Los animadores del hotel enseñan a una pareja algunos movimientos de una danza balinesa. Me quedo con las ganas, si fuera más lanzado me hubiera metido en el ajo. Desde luego, los movimientos no son fáciles, además de piernas y manos intervienen los dedos, manos, cabeza y hasta los ojos. En origen, los bailes formaban parte de los rituales religiosos, hoy en día, los ancianos se quejan que con las actuaciones para los turistas se está perdiendo el verdadero sentido espiritual. En Bali existen multitud de danzas pero todas se inspiran en el gambuh, danza utilizada en las cortes javanesas hace más de 1.000 años.
La habilidad manual de esta gente no conoce límites; al igual que en Tailandia son capaces de hacer verdaderas obras de arte con flores y frutas, como este mono modelado a partir de la pulpa de una papaya.
A las dos nos acercamos a degustar las langostas del chiringuito. Las pedimos al ajillo y resultan muy entretenidas de comer.
De vuelta a la playa del Meliá, nos sorprendemos de encontrar una marea tan baja, el agua está a 200 m. Nos quedamos en la piscina hasta que anochece.
Cenamos en La Galería, entretenidos por las ratas, las ranas y la lluvia.

19 de abril, miércoles

Ha llovido durante toda la noche y sigue lloviendo.
Puntualmente, a las once, nos traen el Feroza. Hay un pequeño problema con el cierre centralizado que deja los intermitentes parpadeando. Nos acercamos por la agencia de alquiler, no tiene importancia, aseguran, se apaga con alguno de los seis pulsadores del llavero. El problema es que cada vez es con uno diferente.
Ponemos rumbo a Ubud. El tráfico es muy intenso y algo caótico. Paramos en algunos de los pueblos del recorrido. Cada pueblo está especializado en algún tipo de artesanía: Celuk en piezas de filigrana de plata y joyería; Batubulan en tallas realizadas sobre piedra y antigüedades; Sukawati en artículos religiosos como sombrillas, calendarios y ofrendas; Mas en esculturas de madera y galerías de arte; Giangyar en textiles como brocados o batik, muebles de bambú y madera, etc.
Muchas de las figuras de madera que se venden en las tiendas para turistas no tienen ningún valor artístico, son simples recuerdos. Los pueblos de Mas, Kemenuh y Sumampan sí que tienen algunos artistas de calidad y algunos trabajos son auténticas obras de arte que alcanzan precios astronómicos. Estos artistas se han adaptado muy bien al gusto occidental. El poder del dinero, amigo.
Bali necesita tanta madera para sus tallas y muebles que importa cantidades ingentes de otras islas como Borneo o Sumatra. Las maderas que utilizan son la teka, la nanjea, el ébano y el tamarindo. Muchas de estas maderas son caras y algunos recurren a la picaresca de barnizarlas y pintarlas para oscurecerlas y después venderlas como maderas nobles, así que cuidado.
Las carreteras dividen a los pueblos en dos y todas las tiendas importantes están aquí. Las aceras son estrechas y cada pocos metros están levantadas dejando ver el canal del alcantarillado. Un despiste y se va uno derecho a la cloaca.
Resulta incómodo pasear por las calles de los pueblos, hay continuos desniveles en las aceras y siempre debemos tener cuidado donde pisamos si queremos volver enteros. La causa es que se considera la acera como parte de la tienda y no de la calle, por tanto, cada propietario decora su trozo de acera según sus gustos: unos con peldaños, otros sin ellos, o ponen macetas de bienvenida o alfombras, etc. El caso es que caminar por las aceras se parece mucho a una carrera de obstáculos.
Paramos en Celuk y visitamos alguna tienda de cuberterías de plata. Los precios son prohibitivos, al menos para nuestro bolsillo. Cada pieza, sea cuchara o tenedor, oscila entre los 300 y los 500 dólares, aunque luego el vendedor nos comenta que tienen descuentos de hasta un 80%. O sea, que un cubierto de 300 dólares se puede quedar en unos 60, cifra bastante más razonable, aún así... La plata utilizada por los artistas balineses es en su mayoría importada de fuera de Indonesia excepto una pequeña parte que se extrae cerca de Singaraja.
Me siento un poco alicaído por el calor, así que paramos en un supermercado y compramos unas galletas y agua. La lluvia ha remitido bastante. El aspecto de los supermercados es igual a cualquiera europeo, incluso las marcas de los productos son las mismas. Se imponen las multinacionales, ya se sabe. A este paso, con tantas fusiones sólo habrá un solo banco en el mundo, una sola multinacional de la alimentación, un solo fabricante de automóviles, etc.
Aparcamos en la carretera principal, cerca de un mercado. Un guardia de tráfico con amplia sonrisa nos facilita la maniobra y nos cobra 500 rupias, unos 6 céntimos por aparcar.
En el mercado venden aguacates, salakes, papayas enormes, mangos, durianes, mangostinas, rambután, litchies y otras frutas desconocidas para nosotros que habrá que probar. También vemos unas macadamias enormes que aquí utilizan sólo para condimentar los cocidos.
La ropa que venden es de mucho colorido, aunque el diseño y la calidad, para mi gusto, es inferior a la de Tailandia.
A las cinco llegamos a Ubud para buscar alojamiento. Hay mucha oferta: cabañas, bungalows, villas. No sé muy bien cual es la diferencia entre ellos. El primer hotel donde lo intentamos es súper exótico. Nos recibe la estatua de dos cerdos sonrientes de tamaño natural en pleno coito. Buen comienzo. Las cabañas son realmente curiosas, están elevadas sobre cuatro columnas, y se accede al piso superior por escaleras de madera. La parte baja es la sala y está al aire libre, a la vista de todo el mundo. El piso superior no es de paredes sólidas sino un trenzado de cañas. El baño también está abajo, detrás de una mampara y como casi siempre, al aire libre. Nos gusta el sitio, es muy original y estéticamente llamativo, pero demasiado expuesto a la naturaleza salvaje. O sea, que ofrece pocas barreras físicas a todo tipo de animalitos y no queremos pasarnos la noche pendientes de los múltiples ruidos que escuchemos. Y lo de menos son las lagartijas y los mosquitos…
En el Jalan-Jalan
Las villas del balneario Jalan-Jalan nos ofrecen lo que buscamos. Tiene una piscina realmente acogedora con un mural de piedra en un lateral y un seto de arbustos en el otro. Al lado de la piscina, un yacusi al aire libre. Nos enseñan las villas familiares, son inmensas, de dos pisos y llenas de comodidades. Nos decidimos por una villa estándar, la 105, por 60 dólares que se convierten en 30 si nos quedamos más de una noche.
Descargamos nuestro escaso equipaje y vamos derechos a la piscina.
Para cenar nos acercamos a un restaurante cercano. Hay poca gente. Nos conducen hasta una terraza superior en la que estamos solos, parece una torreta de un castillo. Pedimos platos asiáticos, nos dejamos aconsejar por la espigada camarera. La presentación de los platos es impecable y el precio irrisorio. Mientras cenamos sigue lloviendo y un motorista da con sus huesos en el suelo. Se levanta un poco dolorido y sigue su camino. Son las diez y volvemos hacia el Jalan-Jalan, no es aconsejable andar de noche por las calles llenas de socavones de Ubud.
De camino al hotel, la brisa de la noche trae una sucesión inconfundible de acordes en afinación en sol abierta: Honky Tonk Women. Se trata de una banda que ameniza una fiesta de cumpleaños en un hotel aledaño, de clientela mayoritariamente asiática. Nos acercamos; no lo hacen nada mal, sobre todo el guitarrista, el sonido es metálico y áspero. La gente baila y desfilan haciendo corros. Falla un poco el cantante, pero el resto de la banda ha machacado mucho las canciones. No le auguro mucho futuro al gamelán.
Al regresar al Jalan-Jalan vemos cinco personas metidas en la piscina, con velas encendidas y los ojos cerrados, parecen en actitud mística, como rezando...

20 de abril, jueves

Para las diez estamos desayunando al borde de la piscina del Jalan-Jalan; unos fideos fritos salteados con verduras y un zumo de fruta de la pasión, mi favorito.
A las once nos dirigimos andando al famoso Parque de los Simios. El parque está a tiro de piedra de nuestro hotel y en el camino cruzamos un sinfín de vistosas tiendas para turistas. Por supuesto, nunca faltan las diminutas ofrendas a los dioses a la entrada de cada establecimiento.
Ofrendas a los dioses
Estas ofrendas consisten en unos pocos granos de arroz dispuestos sobre unas hojas de banano dobladas en forma de pequeña cajita, el fin es obtener un reparto igualitario de las energías negativas y positivas del cosmos. ¡Casi ná!
Los simios son divertidos y muy sinvergüenzas, como todos los primates. No esperan a que se les ofrezca los pequeños plátanos, sino que los toman sin contemplaciones. La familiaridad de estos monos con el hombre es tal, que tenemos que sortearlos para bajar las escaleras. En un rincón escondido del parque encontramos un estanque con peces chinos y un árbol sorprendente, le cuelgan multitud de lianas. La humedad en esta zona del parque es tal que mis gafas se empañan.
Después, callejeamos por Ubud. Hay muchas tiendas de ropa. Dentro de las tiendas el calor es asfixiante, en estas condiciones, el regateo es una actividad muy pesada. Casi siempre ofrecemos un tercio del precio de salida, se llevan las manos a la cabeza y dicen que es imposible, que pierden dinero, después vamos muy poco a poco subiendo hasta alcanzar la mitad, que suele ser el precio final. También usamos el viejo truco de abandonar la tienda varias veces, etc, en fin, siempre igual.
Durante la comida, mi mujer no se arriesga y pide unos clásicos noodles, pensando en los fideos delgaditos con vegetales que tanto nos gustan, pero no, al igual que en Tailandia, por este nombre atiende también la sopa de tiras de noodles, y esto es precisamente lo que le traen. Yo me aventuro con un Guindara, pescado local parecido al bonito pero sorprendentemente sabroso. Nos gusta tanto que repetimos.
Por la calle hay multitud de vendedores de entradas para el espectáculo de danzas de la tarde. Una señora mayor trata de vendernos unas localidades, le digo que ya lo pensaremos, que si decidimos ir le compraré las entradas a ella.
En la calle principal, el tráfico es abundante y las aceras parecen una carrera de obstáculos, así que nos metemos por calles más estrechas y sin tráfico. Aquí se vive a otro ritmo. La calle es de unos 3 m de ancha y a ambos lados las viviendas son de una o dos alturas como mucho. En Bali, por ley, la altura de los edificios nunca puede superar la de los cocoteros de los alrededores.
Aunque se ve que limpian a menudo, el musgo y los líquenes están por todas partes, en cualquier lugar crece una planta y la sensación de humedad es grande. Vemos unas cuantas pensiones y anuncios de habitaciones para alquilar. Circula poca gente y apenas se oye ruido. Seguimos el camino hasta que deja de estar asfaltado. En cuanto desaparecen las casas, la vegetación se apodera de los márgenes del camino.
A la vuelta charlamos con el dueño de una tienda de figuras de artesanía, el hombre está sentado en el par de escaleras de acceso a su tienda leyendo un periódico. Habla español bastante bien, charlamos sobre las peculiaridades de la vida en Bali, sobre las diferencias culturales con occidente. Como en el resto de Asia, nunca se debe saludar a una persona estrechándole la mano izquierda, es la mano impura, la mano que se utiliza para limpiarse el trasero en el baño (ayudado por el chorro de agua de una manguerita, claro). Por lo mismo, cuando se come con las manos, se emplea la derecha.
La cabeza es la parte más pura del cuerpo al estar más cerca del cielo, por lo que no se debe tocar a alguien la cabeza y en especial la de los niños. Los pies se consideran la parte más impura, al sentarse, tenemos que evitar señalar a alguien con los pies y menos mostrar la planta. Tampoco está bien visto indicar o señalar a con el índice, para ello, los balineses utilizan la mano abierta y extendida. En los templos está prohibida la entrada a las mujeres durante la menstruación.
También tienen la creencia de que es una desgracia el nacimiento de dos bebés gemelos pero de diferente sexo, piensan que durante el embarazo ambos le dieron al sexo. Ya ves tú, tan pequeños. Para purificar a los niños y a la comunidad es necesario realizar una serie de complejos y caros rituales.
Baile en Ubud
A las siete y media asistimos al espectáculo de danzas folclóricas. La señora de las entradas nos ve desde la otra acera y rauda nos las endosa. Y yo que creía que todos los extranjeros teníamos la misma pinta para los lugareños, pero no, nos ha reconocido al instante.
Mientras se desarrollan los primeros números caen unas pocas gotas. Así empiezan todos los aguaceros: con unas pocas gotas. Nuestra experiencia nos dice que tenemos dos minutos para cobijarnos antes de que empiece a caer una imponente tromba de agua. Lo dicho: el aguacero nos pilla en pleno traslado a otro escenario cubierto, al otro lado de la calle. En quince minutos reanudan el espectáculo, se ve que este traslado es muy habitual. Las danzas resultan vistosas y el teatro de máscaras, algo aburrido.
De vuelta al hotel presenciamos una fiesta de barrio, religiosa, por supuesto. Los hombres llevan un pequeño turbante blanco anudado a la cabeza, el udeng. Luego viene el sapuari, una camisola blanca o crema que cae por encima del kamang, un largo faldón que les cubre hasta los tobillos y sobre el que se anuda el sapot kuneng, otro más corto y de color diferente al primero, sujeto con un cinturón de tela.
Las mujeres han abandonado la bonita costumbre de exhibir sus pechos desnudos y ahora se cubren con un kabayak, blusa de sugerentes transparencias de encajes ceñida al cuerpo y de un solo color, generalmente muy vivo. Sobre el kabayak se ata el selendang, una cinta ancha a la altura de las caderas que sujeta al kamang, una falda larga que al contrario que la de los hombres se enrolla de izquierda a derecha.
Ofrendas
Todos guardan silencio mientras un sacerdote lee alguna oración de un libro sagrado. Magnífico micrófono inalámbrico, por cierto. En unos cuencos se apilan montones de frutas, muy ordenadas y relucientes, de casi un metro de altura, coronado por un centro de flores. La tradición impone que lo bello que satisface a los dioses se coloque en la parte superior, lo podrido y menos agradable se coloque en la base para satisfacer a las deidades negativas. Los colores también tienen su significado religioso: rojo para Brahma, negro o verde para Wishnu y blanco para Siwa.
Después de que el sacerdote purifica las ofrendas con agua sagrada y alguna oración, las mujeres se ponen en fila y colocan sobre sus cabezas las torres de frutas y regresan a sus casas. Para los balineses hinduistas, la parte más sagrada del cuerpo es la cabeza, por eso todas las ofrendas de las ceremonias se portan sobre la cabeza.
Por el camino compro una papaya de tamaño gigante que me estaba llamando desde un puesto de fruta.

21 de abril, viernes

Visitamos el museo de arte de Ubud, el mercadillo y algún Pura.
En Giansang coincidimos con otra ceremonia religiosa. Se lo toman muy en serio, se nota mucho fervor. Intentamos introducirnos dentro del templo pero no llevamos los sarongs preceptivos y nos llaman la atención sobre nuestro aspecto. En el coche llevamos dos pareos, así que nos los ponemos. De todas formas les observamos desde la puerta de entrada, hay tanto recogimiento que estremece.
A diferencia de otras islas de Indonesia, en Bali existe un gran respeto por las tradiciones y una gran cohesión social gracias a los banjar. ¿Y qué son los banjar? Son como una extensión de la casa y de la familia, es como una cooperativa de vecinos que reparte las tareas y en la que participan cada uno de los vecinos. Por ejemplo, las celebraciones religiosas están financiados por los miembros del banjar o la reforma de una carretera que une un templo con el banjar. Muchos de los poderes administrativos y políticos de Bali se rigen por las decisiones del banjar que cumple las funciones de consejo local, seguridad, sanidad y desarrollo.
Incluso la populosa Denpasar o pueblos como Kuta o Legian, están integrados también dentro de la estructura de los banjar. Hay algunas responsabilidades dentro del banjar que están consideradas más importantes incluso que las obligaciones familiares.
La jefatura del banjar recae sobre los klian, miembros elegidos democráticamente dentro de la comunidad pero que han de ser refrendado por los dioses. El sistema de semiautonomía del que gozan los banjar ha derivado en la creación de dos administraciones dentro de su estructura. El kliang adat es el responsable de la administración de los asuntos internos del banjar y el kliang dinas es el encargado de los asuntos que tengan relación con el gobierno regional de la isla. Es, en definitiva, una especie de alcalde.
Super hoja
El banjar dispone hasta de su propio banco donde se puede pedir un préstamo para la compra de herramientas para el campo, animales o materiales de construcción para la casa. Todos los integrantes del banjar están obligados a ayudar a los otros miembros, bien con el préstamo de sus herramientas o con la ayuda en las tareas del campo.
Dentro del banjar hay un pabellón abierto, bale banajar donde se reúnen sus miembros para charlar, jugar a las cartas, beber licor de arroz u organizar las peleas de gallos y donde cada cual tiene su turno adjudicado para cocinar.
Bali cuenta con el índice de criminalidad más bajo de toda Indonesia con una media de dos robos con fuerza al año. Esto es debido también a la organización de los banjar que tienen también sus propias fuerzas de seguridad. Hace unos años se dieron algunos robos a turistas en los callejones de Kuta, los banjares locales tomaron cartas en el asunto y comenzaron a patrullar las calles. Cualquiera que no fuese un turista o miembro de algún banjar cercano tenía que dar muchas explicaciones a las patrullas para estar allí. Ya no se producen robos en la zona de Kuta.

22 de abril, sábado

A las once, salimos hacia el lago Batur. Nos adentramos en el Bali más profundo: las carreteras empeoran, se estrechan y los socavones menudean. Aunque el estado del pavimento es malo, el tráfico es inexistente, así que tampoco es mayor problema; sólo poco antes de Penelokan, en una subida, ante dos grandes socavones, tengo que echar marcha atrás y volverlo a intentar, a la segunda intentona pasamos. En realidad, no es necesario un todo terreno para circular en Bali.
A partir de Penelokan la carretera es buena.
Las terrazas de arroz crean un paisaje místico, de cuento de hadas. Nos gustaría bajar a contemplarlo pero en cuanto paramos el coche nos rodean los chavales y vendedores de artesanía para turistas.
Al llegar a la caldera hay un control para turistas.
Intentamos parar en un mirador alejado de los cazaturistas. Es inútil. Enseguida corren los críos hacia nosotros para vendernos sus postales y lápices de colores. Es difícil no hacerles caso, le rodean a uno de tal forma que es imposible andar.
Seguimos hasta el embarcadero del lago. Sin bajar aún del coche ya tenemos a cuatro personas alrededor. ¡Y vaya pintas! Más de uno no se bajaría al verlos. Por supuesto, todos se ofrecen a llevarnos hasta el cementerio de Trunyan. Nosotros preferimos las barcas oficiales. La tarifa la encontramos algo cara, así que hacemos cuentas y esperamos a que recale más gente para que nos salga el viaje más barato. Al de pocos minutos aparece una pareja muy joven de indonesios. A ellos también les parece muy caro, así que les ofrezco la posibilidad de ir los cuatro en la misma barca y aceptan. Nos sale el viaje por 30750 rupias por persona (3,44 €).
Después de media hora de viaje llegamos al famoso cementerio de Trunyan. Hay más de diez “guías” esperándonos. El ambiente no es saludable, demasiada gente esperando sus propinas y muy pocos turistas. Esto es la Gran Turistada. Se dice que el árbol que cobija los restos emana un olor que enmascara las emanaciones fétidas de los cuerpos que descansan sin enterrar. Un "guía" nos ofrece un trozo de corteza del árbol para oler. No huelo a nada. El cuerpo más reciente data de hace ocho años, según ellos. Hay unas seis tumbas al aire y sólo una de ellas contiene un esqueleto medio envuelto en un sarong. Eso sí, hay calaveras hasta para marcar el camino. No dudo que hace cincuenta años se dejaran los cuerpos pudrirse a la intemperie, ahora esto es sólo una trampa para turistas.
Cuando nos marchamos piden su propina, les doy 10000 rupias y no parecen satisfechos, también quieren que dejemos algo en el cuenco del suelo. Siguen pidiendo dinero hasta que llegamos al barco. Ni caso. Se ponen realmente pesados. Ya en la barca nos sentimos algo más seguros, pero nos rodean dos viejecitos en sus canoas de tronco de árbol, probablemente lo más genuino del lugar. Ella se acerca al lado de mi mujer y él al mío. Nos extienden su mano pidiendo. Cuando miro a la cara de ella me quedo petrificado, es de película de terror. Es toda arrugas y tiene pelos de bruja, la dentadura es casi inexistente y negra, está en los huesos. Menudo susto me ha dado la vieja, si me sale de noche tendría pesadillas.
Trunyan tiene buen aspecto y sus paredes blancas de ladrillo distan mucho de la aldea remota que uno espera encontrar en este apartado lugar. Desde la barca se ven los desmontes y terraplenes típicos de una carretera; no están tan aislados como quieren dar a entender.
Seguimos hacia la decadente Singaraja. En el camino, paramos en Kintimani, donde se encuentra el segundo templo más importante de Bali: el Pura Ulon Danu Batur.
Kintimani
Tenemos suerte, están celebrando algo. Todo el pueblo está vestido con sus mejores galas y se dirigen al Pura. Las calles están engalanadas con estandartes de colores y la policía regula el tráfico. En cuanto ponemos pie en tierra, casi sin darnos cuenta, una mujer nos coloca un sarong a la cintura, nos los vende o alquila para que podamos ver la ceremonia. La verdad es que resulta de lo más espectacular todo este tinglado. No tenemos mucho tiempo para llegar a Singaraja antes de que anochezca, así que, muy a nuestro pesar tenemos que conformarnos con una breve ojeada al lugar de la ceremonia.
El camino se hace pesado, la carretera es muy virada y no está iluminada. De todas formas, rara vez paso de los 50 km/h, dado el tráfico, lo angosto de la carretera, la poca iluminación y los mil y un incidentes que pueden surgir en el camino.
Cruzamos Singaraja de noche, es una ciudad de grandes avenidas y mucho comercio, de aspecto más moderno que Denpasar.
Nos alojamos en Lovina Beach, en la 306 del Bali Taman Beach Hotel.

23 de abril, domingo

El tiempo es magnífico, así que seguimos disfrutando de la piscina del hotel y de la tranquilidad del lugar.
Después de comer damos una vuelta por la playa. Sobre la arena descansan barcos de pescadores y también se ven chabolas al lado de la playa, muchos niños jugando, cerdos negros, gallinas, gatos, etc.
Regresamos al hotel a pie, por la carretera. Hay tan poco tráfico que podemos pasar algunos minutos escuchando sólo los sonidos de la selva. Este silencio sólo es roto por alguna que otra moto, vehiculo habitual entre los balineses. Habrá que ver Asia dentro de treinta años, cuando su nivel de vida sea similar al de occidente. El mundo es de ellos, al ritmo que se reproducen nos van a borrar del planeta.
Por la noche, nos acercamos a un chiringuito a degustar una magnífica langosta de dos quilos al módico precio de veinticuatro euros. Nos lleva un buen rato el acabar con el bicho, pero el rato que se pasa es de lo más entretenido. La cerveza nacional Bintang está muy bien y además los botellines de 0.6 litros tienen un tamaño como es debido, no esos botellines de juguete que sirven en Europa.
Descansamos en las tumbonas del hotel mirando las estrellas fugaces, con el sonido del mar de fondo.

24 de abril, lunes

Cascada Git-Git
Dejamos el Taman y ponemos rumbo a la Cascada Gitgit.
Después de pasar Singaraja nos cae una tromba de agua de impresión. La carretera se convierte en río. Por los arcenes muchos escolares caminan empapados, parecen acostumbrados a estos aguaceros, muchos llevan sandalias de plástico y otros van descalzos y con los deportivos liados al cuello.
Cuando llegamos a la turística cascada apenas llueve, pero cae sirimiri. El sendero de hormigón que lleva al pie de la pequeña catarata está repleto de puestos para turistas. El río baja en ejarbe, teñido de chocolate. El suelo resbala y la humedad es muy alta.
Seguimos hasta el lago Beratan, lugar de recreo de los balineses acomodados. Es temporada baja y casi no hay nadie. Algunos hoteles están cerrados. Nos alojamos en el Enjung Beji Resort, al lado del templo Ulur Danu. Es un complejo turístico muy cuidado, sobre todo, los jardines. Sin embargo, está como muerto. El restaurante cierra por la noche y a pesar de intentar buscar alguno abierto en el pueblo no lo encontramos, parece ser que todos los habitantes del pueblo están ensayando las representaciones de alguna celebración religiosa próxima. En la lejanía se oye el sonido del gamelán.
Nos quedamos sin cenar.

25 de abril, martes

Llegamos hasta Jatiluwih para admirar las mejores vistas de los campos de arroz. Las carreteras son secundarias y las señales brillan por su ausencia. Apenas hay circulación.
Campos de arroz
Comemos en la terraza de una pequeña cantina en la carretera. Las vistas son inmejorables, pero falla la comida: el pescado que me ponen es de río y está muy pasado, me lo como porque tengo hambre, que si no...
En muchos pueblos observamos una gran cantidad de vehículos aparcados frente a un banjar o junto a la carretera. Suele ser señal de que en su interior está teniendo lugar una pelea de gallos. Las peleas de gallos son sin duda una de las actividades de juego más populares y que más pasión levantan entre los balineses. Son completamente legales, siempre que no se celebren más de cinco combates y está limitado exclusivamente al público masculino.
Al circular por las carreteras de la áreas rurales de Bali, es frecuente ver cestas de mimbre alineadas en el suelo con gallos en su interior. Dicen que es para potenciar su agresividad y para que se distraigan con el paso de vehículos. A los gallos se les acopla unos afilados espolones de acero de unos 10 cm de longitud que sirven para matar al rival. Durante las peleas, la gente apuesta millones de rupias que cambian rápidamente de mano. Los intermedios entre peleas son aprovechados también para los juegos de azar. El kokokan consiste en apostar a uno de los seis animales y figuras representados sobre un tapete, la suerte de los dados se encarga entonces de decidir cual de ellos es el vencedor. El bola adil es un juego similar a este, las figura poseen una forma cóncava y sobre estas se lanza una bola que rodará hasta pararse en una de ellas, que será la ganadora.
Llegamos a Ubud al anochecer, después de varias horas de conducir por las oscuras y jeroglíficas carreteras balinesas. Nos alojamos de nuevo en el Jalan-Jalan. Cenamos pato en un buen restaurante de Ubud.

26 de abril, miércoles

Dejamos el Jalan-Jalan, no sin antes darnos un buen masaje en el propio hotel. Mi mujer y yo pasamos a diferente sala. El joven masajista me pide que me desnude por completo y que me tumbe sobre una mesa. Cubre mi sexo con una toallita, se impregna las manos con algo de aceite y pasa a la acción. El masaje termina en una bañera llena de agua muy caliente, flores y sales. No está mal.
Antes de dejar Ubud echamos una ojeada a las galerías de arte con objeto de comprar algún cuadro. La mayor parte de los cuadros son muy similares; el típico abigarrado trozo de naturaleza densamente poblado de verdes hojas. En realidad, la mayor parte de estos cuadros están pintados a lapicero por maestros y después sus alumnos rellenan los trazos como si se tratase de librillos de colorear infantiles. Esto genera unas obras muy similares y de escasa calidad pero que al parecer, se venden bien. En los escasos cuadros de temática más original e individualista no encontramos precios razonables, a nuestro entender, los cuadros no valen lo que piden.
Paramos en Bangli, donde están desmantelando un mercadillo que ya se ha celebrado.
En Bali hay unos 50000 templos y ahora ponemos rumbo en dirección norte, hacia el Pura Besakih, el templo madre de Bali. La carretera que lleva a Besakih está flanqueada por penjors, largas pértigas de bambú que representan a las montañas sagradas. La punta se inclina hacia el suelo de donde cuelga un penacho de hojas y cintas de colores representando la cola del Barong, criatura mitológica, mitad perro y mitad león, que encarna la lucha eterna entre el bien y el mal. En su parte media, en ocasiones, se colocan pequeños altares también de bambú donde se depositan las ofrendas. Algunos tienen largas telas en forma de grandes banderolas con los colores de los dioses (negro, amarillo, blanco o rojo).
Templo madre Besakhi
Como es habitual en toda atracción turística de primer orden, tratan de exprimir al turista todo lo que pueden. En la carretera hay un control policial, unos guardias te piden unas rupias sin darte recibo alguno, es un control con el objetivo de sacarse un dinero extra.
Más adelante encontramos un aparcamiento. Qué raro que no cobren por aparcar. El templo está en la cima de una pequeña colina y desde el aparcamiento hasta allí se sube por una carretera recta, en su inicio nos topamos con otro control, esta vez, quieren que nos cubramos las piernas con unos sarongs, a pesar de que llevamos pantalones largos, y cobrar por ellos, claro. Volvemos al coche y nos vestimos con los nuestros. Es inútil, quieren su dinerito y hay que dárselo, y una vez más, sin ningún recibo.
La carretera está afortunadamente cortada al tráfico y en sus orillas se despliegan multitud de puestos de vendedores de fruta y de artesanía local. Demasiada gente mezclando espiritualidad con lucro para mi gusto.
Templo madre Besakhi
No esperábamos encontrarnos con tanta gente, hay miles de personas. El colorido de los trajes de las balinesas es sensacional, muy llamativo. El punto negativo del lugar son los falsos guías que no nos permiten movernos con libertad, son chavales que se ponen bastante pesados si no les permitimos que nos acompañen como guías.
La visita merece la pena, el lugar es espectacular y se pueden ver las ofrendas y las bendiciones de los sacerdotes. Los templos principales están consagrados, como siempre, a Siwa, Wisnu y Brahma.
Al regresar hacia el coche nos hacemos con una buena provisión de mangostinas y maracuyás, dos de mis frutas preferidas.
De Besakhi nos dirigimos a Candi Dasa, donde nos alojamos en un bungalow.

27 de abril, jueves

Visitamos el pueblo Bali-Aga más conocido: Tenganan. Está más cuidado de lo que es habitual, se nota que es muy turístico. Podemos pasear con tranquilidad y nadie nos persigue para vendernos algo. Bali-Aga significa original de Bali y estos pueblos se ven como los auténticos descendientes de los moradores más antiguos de la isla. Son altivos e independientes y representan los mayores conservadores de las viejas tradiciones de sus ancestros.
Tenganan se considera socialmente y económicamente separado del resto de Bali, Dicen que es tal la obsesión por el aislamiento en Tenganan que hay una persona especialmente destinado a barrer el pueblo después de la visita de los extranjeros para borrar sus huellas. Dicen también, que si alguien escoge cónyuge fuera del pueblo queda excluido de la comunidad y debe abandonar el pueblo. Quizá sea verdad pero a mí me parece una exageración, el pueblo está ciertamente rodeado por un muro de piedra y la puerta de acceso es pequeña pero no están tan aislados como aparentan. El pueblo está muy limpio y claramente orientado al turismo, eso sí, la gente del pueblo ni tan siquiera nos mira. Genial. A la entrada hay un puestecito con un chico que vende calendarios hechos a mano. No sé cual de los tres calendarios que rigen el Bali vende: el gregoriano, el Saka o lunar de 12 meses o el Pewukon que combina diversos ciclos de duración variable a lo largo de sus 210 días.
A la sombra de un árbol, un grupo de hombres juegan a las cartas. También vemos un pájaro multicolor en una jaula.
Las mujeres se afanan en una cocina al aire libre, parece como si estuvieran preparando comida para alguna celebración, hay comida para alimentar a todo el pueblo. Los chavales calzan deportivos de marca y montan en bicicletas de montaña. Los gallos de pelea descansan en campanas de bambú trenzado, los ponen a todos en fila uno al lado del otro, dicen que para que se piquen entre ellos y así fomentar su agresividad. Y por supuesto, no faltan las tiendas de artesanía del exclusivo tejido de Tenganan, el gringsing y también, cestillos de mimbre, que andan desparramados en la calle.
Baños de Tirta Ganga
Visitamos también los baños públicos al aire libre de Tirta Gangga donde los chavales se lanzan en pelotas al agua sagrada. El agua es cristalina y el fondo de las piscinas está lleno de vida vegetal y animal.
Desde el aparcamiento de los baños oímos un golpe seco, a la salida del aparcamiento, una pareja de franceses ha tenido un accidente con el coche, se han incorporado a la carretera por el carril derecho y han chocado de frente con una furgoneta de turistas; afortunadamente nadie ha resultado herido. Nos acercamos para ofrecerles las señas de nuestro alojamiento por si necesitan alguna ayuda.
A la vuelta, es noche cerrada y nos cae una tormenta impresionante, tenemos que parar en el arcén la carretera, los limpia no dan abasto y no se ve nada. Sin embargo, los balineses siguen conduciendo sus motocicletas como si nada. Los demás vehículos tampoco ven nada: a veces, los coches se paran detrás del nuestro, creyendo que estamos en la carretera parados y no es así, estamos fuera del asfalto. En veinte minutos, que se hacen muy largos, el aguacero ha remitido y retomamos el camino hacia nuestro hotel.

28 de abril, viernes

Regresamos al Meliá de Nusa Dua justo a las doce. Devolvemos el Feroza y nos dedicamos el resto del día a zanganear en la playa, que de vez en cuando, no es mala actividad.

29 de abril, sábado

Visitamos Kuta, como no. Esto me recuerda Patong, en Phuket. Todos estos centros playeros son siempre iguales, visto uno, vistos todos.
Intento comprar un polo de Ralph Laurent y no hay manera. Kuta tiene al menos tres tiendas donde exclusivamente venden estos polos, pues todas tienen el mismo defecto: los polos están doblados sobre un cartón sobre las estanterías y colocados unos encima de otros y claro, el sol ha decolorado la parte expuesta, con lo que todos, absolutamente todos, presentan un rectángulo decolorado por el sol, imposible de arreglar. Vaya desastre.
Y damos por finalizada nuestra estancia en la isla más exótica e hinduista de Indonesia donde aún perviven algunas de las tradiciones más antiguas del mundo. Ha sido fascinante. Los balineses son gente muy orgullosa y celosa de sus tradiciones y tienen una organización que parece funciona muy bien, al menos hasta ahora ha mantenido a Bali como la menos problemática de las islas de Indonesia.
Lo que nos ha quedado claro es que Bali es demasiado compleja para ser abarcada en quince días.

Danza folclórica balinesa

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