Apodado "el hombre de las mil caras", Lon Chaney fue la primera gran leyenda del cine de terror, gran estrella del cine mudo e intérprete clave del género fantástico. Nació el 1 de abril de 1883 en Colorado Springs, poco después fue bautizado con el nombre de Leonidas F. Chaney. Sus padres, Frank y Emma, eran sordomudos, hecho que le fue muy útil para su posterior evolución interpretativa en el teatro y el cine ya que la comunicación gestual con sus progenitores le ayudó mucho en sus posteriores creaciones para la pantalla grande.
Desde temprana edad y debido a la incapacidad de su madre debido a dolores reumáticos, Chaney abandonó el colegio para cuidar a sus hermanos pequeños y se unió a varios grupos escénicos de su ciudad natal, entre ellos al de su hermano mayor John Chaney. A los 22 años se casó con la corista Cleva Creighton, pero debido a los problemas mentales derivados del alto consumo de alcohol de esta última tuvo que divorciarse en 1914, no sin antes haber tenido un hijo al que llamaron Creighton Tull Chaney, el posteriormente popular Lon Chaney Jr., futuro continuador de la carrera de su padre en el cine terrorífico. En 1915, contraería matrimonio por segunda y última vez con Hazel Hastings.
Unos años antes, en 1912, Lon Chaney conseguiría un contrato con los estudios Universal para actuar brevemente en varias películas. Tras este primer período, Chaney lograría hacerse un nombre gracias a su caracterización de lisiado en "The Miracle Man" (1919), un film dirigido por George Loane Tucker. Su habilidad con el maquillaje y sus espléndidas caracterizaciones le convertirían en toda una leyenda del séptimo arte y en uno de los actores más conocidos de la década de los 20.
Películas como "The penalty" (1920) de Wallace Worsley, "Oliver Twist" (1922) de Frank Lloyd, "El jorobado de Notre Dame" (1923) de Worsley, "He who gets slapped" (1924) de Victor Seastrom, "El fantasma de la ópera" (1925) de Rupert Julian, "The Monster" (1925) de Roland West, "Tell it to the marines" (1926) de George Hill y sus trabajos con el director Tod Browning como "El trío fantástico" (1925), "Maldad encubierta" (1926), "Garras humanas" (1927), "La casa del horror" (1927), "Los antros del crimen" (1928) y "Los pantanos de Zanzíbar" (1929) avalan la gran trayectoria de este mito del cine.
La llegada del cine sonoro no satisfizo a Chaney, quien se mostraba reacio a este avance técnico. Aún así, debutó en 1930 con un remake realizado por Jack Conway denominado "El trío fantástico", consiguiendo una muy buena interpretación, lo que presagiaba la prosecución de su reinado dentro del cine fantástico en la década iniciada. Cuando Tod Browning quiso realizar una adaptación de la obra de Bram Stoker "Drácula", pensó inmediatamente en su amigo Lon Chaney, pero éste declinó la oferta debido a que estaba sufriendo una pequeña afección de garganta, ocupando su lugar el poco conocido hasta ese entonces actor de origen húngaro Bela Lugosi.
Ese pequeño dolor de garganta ocultaba un temible cáncer que terminó con la vida del actor el 25 de agosto de 1930. Tenía 47 años. Hollywood le rindió un homenaje unas décadas después con el biopic "El hombre de las mil caras" (1957) firmado por Joseph Pevney y protagonizado por James Cagney, Dorothy Malone (en el papel de Cleva) y Jane Greer (representando a su segunda esposa Hazel).
El poder del maquillaje
El Hombre de
las Mil Caras...Así fue como definieron al actor Lon Chaney (1883-1930) debido a que fue
capaz de crear personajes de muy distinta índole (jorobado, ciego, anciano, enano,
mujer...).
Su nombre no nos es extraño gracias a sus
inolvidables interpretaciones en películas como EL FANTASMA DE LA ÓPERA (1925), EL
JOROBADO DE NOTRE DAME (1923), etc. Su habilidad en el arte de la caracterización le
valió el éxito y el reconocimiento del público. Él mismo se ocupaba íntegramente de
la creación de sus personajes gracias a las técnicas de maquillaje que aprendió durante su etapa teatral. Como explica Terenci Moix (La gran historia del
cine. Ed. ABC. Madrid), sus créditos en el arte de la caracterización son muy valiosos y
justifican, por lo espectaculares, su fabulosa repercusión en las taquillas.
En sus mejores creaciones, se reveló un
maestro de la pantomima, lo cual explica su abierto rechazo al cine sonoro. En otros
casos, llevó su afán perfeccionista hasta límites extremos. Por ejemplo, cuando tuvo
que interpretar en The Penalty a un hombre cuyas piernas habían sido amputadas por un
malvado cirujano, se ató las piernas a la espalda y efectuó toda su interpretación
caminando de rodillas.
En el maquillaje de «El jorobado de Nuestra
Señora» necesitaba cuatro horas y media de preparación y requería setenta y dos libras
de goma sobre su espalda para recrear la joroba y para el maquillaje de EL FANTASMA DE LA
OPERA (The phantom of the opera, 1925) se colocó alambres en el interior de la nariz para
aumentar el tamaño de las aletas.
En otra ocasión para parecer que era tuerto
de un ojo se introdujo clara de huevo en el ojo.
Muchos jóvenes maquilladores de la década
de 1940 intentaron copiar este maquillaje en el que, aparte de los alambres colocados en
el interior de la nariz, se utilizó masilla para la nariz, dientes postizos, peluca con
la parte frontal calva y pronunciados realces y sombreados para la distorsión facial.
Lon Chaney (Jr.) relataba que su padre
mantenía su camerino de maquillaje cerrado para todo el mundo y cuando tenía que hacer
retoques o modificaciones se suspendía el rodaje y se iba solo a su santuario, y no
salía de él hasta que estaba seguro de que su aspecto era el que deseaba tener. El padre
no reveló sus secretos a su hijo, por lo que una gran parte de su arte murió con él. En
la edición de 1929 de la Enciclopedia Británica, Lon Chaney contribuyó con una
descripción general sobre las técnicas de maquillaje cinematográfico.
Más tarde, James Cagney le rindió homenaje
en THE MAN OF THOUSAND FACES (1957). Aunque los primeros maquillajes «de terror» se
realizaban trabajosamente con antiguos materiales, en las recreaciones posteriores se
emplearon piezas de látex, que son mucho más fáciles de colocar en los intérpretes y
que se puede colocar con anterioridad a su utilización.
Por ejemplo, el maquillaje de La Momia (The
Mummy, 1932) consistía en una complicada envoltura de tela alrededor del cuerpo, que se
cubría con cola de pegar y que se espolvoreaba con Fuller´s Earth para simular un cuerpo
en descomposición, mientras que, posteriormente, se creó el mismo efecto cubriendo un
traje con una pintura base de látex grisácea.
De hecho, fue en el artículo que escribió
para la edición de la Enciclopedia Británica donde explica detalladamente los entresijos
de la caracterización cinematográfica y la dificultad en la que se ven inmersos quienes
trabajan para que estos personajes fantásticos resulten creíbles. Así, Chaney explica
que la necesidad del maquillaje en las películas fue evidente desde el comienzo del cine,
pero pocos de los principios del maquillaje teatral fueron aplicados al nuevo arte.
Los actores se dieron cuenta de que el
maquillaje teatral producía en el film un efecto totalmente diferente. También, con la
invención de la película pancromática (gracias a las famosas pruebas Mazda, de 1928)
dio mayor libertad de acción con los colores, permitiendo así la vuelta al natural, y
eliminando el maquillaje directo, para permitir que el rostro fuera filmado más
rápidamente. Al mismo tiempo, explicaba en ese artículo algunos rasgos que se
conseguían con un meticuloso y estudiado proceso de maquillaje.
Por ejemplo, para
hinchar el rostro, a menudo se recurría al algodón entre los dientes y las mejillas.
Este material era también utilizado para fabricar ojeras: se corta un poco en forma de
medialuna, se fijaba al rostro y se cubría con un poco de aceite de oliva. Para lograr
una nariz más ancha, como la de los negros, era necesario cortar tres pedazos de tres
octavos de pulgar de la funda de goma de los cigarros e introducirlos en la nariz.
La figura de Lon Chaney fue sin duda alguna
de vital importancia para el desarrollo de importantes caracterizaciones. Con él,
aparecieron personajes que conseguían producir en el espectador la sensación de terror y
miedo porque estaba llenos de realismo.
Lon Chaney fue uno de esos hombres del cine
que se preocupó por innovar e investigar en la creación de métodos útiles para
confeccionar sus personajes. Tan preocupado estaba porque el resultado de sus
caracterizaciones fuera lo más óptimo posible que en una ocasión tuvo que soportar
durante todo el rodaje una membrana de huevo dentro del ojo para simular un accidente.
Hoy en día las técnicas de maquillaje son
mucho más sofisticadas porque los maquilladores cuentan con una gran evolución en este
campo y también se echa mano de los efectos especiales y de las recreaciones por medio
del ordenador.
Lejos estamos de aquellas primitivas
técnicas que eran realizadas trabajosamente con materiales caseros (algodón, aceite,
clara de huevo, etc) pero que resultaban tan creíbles como los de hoy en día.
De hecho, figuras clásicas como La Momia,
Frankenstein, Drácula o El hombre invisible, nos siguen cautivando e impresionando.