
EN
EL BOSQUE DE VILLEFERE
Robert E. Howard
EL
SOL SE OCULTABA. Las inmensas sombras se extendían
rápidamente
por el bosque. En aquel extraño crepúsculo
de
un día de fines de verano veía ante mí el sinuoso
sendero
que desaparecía entre los ingentes árboles.
Temblaba
y miraba ocasionalmente por encima del hombro
con
cierto temor. Millas a mis espaldas se hallaba el
pueblo
más próximo... millas al frente se hallaba el
siguiente.
Miraba
a derecha e izquierda mientras continuaba la
marcha
y, de vez en cuando, lanzaba un vistazo hacia
atrás.
También de vez en cuando me detenía
bruscamente,
empuñando el estoque, al oír la rotura de
los
ramajes que desvelaba la presencia de algún
animal.
¿Un animal?
Sin
embargo, el sendero continuaba, y yo lo seguía,
pues,
de todos modos, no podía hacer nada mejor.
Mientras
avanzaba, pensaba: "Mi propia imaginación va
a
jugarme una mala pasada si no estoy atento. ¿Quién
va
a acechar en este bosque excepto las criaturas que
lo
pueblan habitualmente, ciervos y otros animales
parecidos?
¡Fuera todas esas estúpidas leyendas
pueblerinas!".
Y
así continué caminando mientras el crepúsculo
desaparecía
e iba siendo sustituido por las tinieblas.
Las
estrellas empezaron a titilar y las hojas de los
árboles
murmuraron a impulso de la ligera brisa. Me
detuve,
al poco, en seco; saltóme la espada a la mano,
pues,
justo ante mí, tras un recodo del sendero,
alguien
cantaba. No podía distinguir las palabras,
pero
el acento era extraño, casi bárbaro.
Me
abrigué rápidamente tras un gran árbol, con un
sudor
frío perlándome la frente. No tardó el cantor en
aparecer.
Era un hombre alto y delgado, indistinto en
el
crepúsculo. Me encogí de hombros. No tenía que
temer
de un hombre.
Salté
de detrás del árbol que me ocultaba, levantando
la
punta de la espada.
—¡Alto!
No
manifestó sorpresa alguna.
—Por
favor, amigo mío, manejad vuestra espada con
cuidado
— dijo.
Un
poco avergonzado, abatí el arma.
—Acabo
de llegar a este bosque —dije para
disculparme—,
Había oído hablar de los salteadores. Os
pido
perdón. ¿Dónde se encuentra la ruta que conduce a
Villefére?
—Corbieu,
os habéis equivocado —me respondió—.
Debisteis
tomar la desviación de la derecha. La
dejasteis
atrás hace unos instantes. Yo mismo me
dirijo
a Villefére. Si aceptáis mi compañía, os
guiaré.
Dudé.
Pero, ¿por qué razón había de hacerlo?
—Naturalmente.
Me llamo Montour, de Normandía.
—Yo
soy Carolus, el Lobo.
—¡No!
—exclamé, dando un paso hacia atrás. Me miró,
sorprendido.
—Perdonadme
—dije—. ¡El nombre es muy extraño!
—Mis
ancestros fueron grandes cazadores —me respondió.
No
me ofreció la mano.
—Excusad
mi sorpresa —dije mientras bajábamos por el
sendero—,
pero apenas puedo distinguir vuestro rostro
en
la oscuridad.
Sentí
cómo reía, aunque no emitió sonido alguno.
—Mirar
cuesta poco —contestó. Me acerqué a él y salté
hacia
atrás al tiempo que se me erizaba el cabello.
—¡Una
máscara! —exclamé—. ¿Por qué portáis máscara,
messiret
—Como
consecuencia de un voto —me explicó—. Siendo
perseguido
por una manada de perros, hice el juramento
de
llevar máscara durante un tiempo si escapaba de
ellos.
—¿Perros,
messire'!
—Lobos
—replicó vivamente—. He dicho lobos. Caminamos
en
silencio durante un trecho. Más tarde, mi compañero
añadió:
—Me
sorprende que atraveséis de noche este bosque. Muy
poca
gente se aventura por estos caminos, ni siquiera
de
día.
—Estoy
obligado a alcanzar la frontera —contesté—.
Acaba
de firmarse un tratado con los ingleses y el
Duque
de Borgoña debe ser informado. Los aldeanos
intentaron
disuadirme de que hiciera el camino de
noche.
Me hablaron de un... lobo que, según ellos,
acecha
en este bosque.
—Aquí
es donde se bifurca el sendero hacia Villefére
—dijo,
y pude ver un estrecho sendero sinuoso que no
había
visto al pasar ante él, instantes antes. Se
sumía
en la oscuridad de los árboles. Temblé.
—¿Deseáis
volver al pueblo?
—¡No!
—exclamé—. ¡No, no! Guiadme.
El
sendero era tan estrecho que tuvimos que caminar
uno
tras otro, él precediéndome. Le examiné
con
cuidado.
Era alto, mucho más alto que yo, delgado y
filiforme.
Vestía ropas que procedían, evidentemente,
de
España. Una larga espada colgaba a su cintura.
Caminaba
con largas y ágiles zancadas, sin hacer
ruido.
No
tardó en ponerse a hablar de viajes y aventuras.
Habló
de numerosos países y mares que había visto, y
discutió
de muchos temas extraños. Y así, mientras
conversábamos,
nos fuimos hundiendo cada vez más en el
bosque.
Imaginé
que seria francés. Sin embargo, tenía un
acento
muy raro que no era ni francés, ni español, ni
inglés,
y que ni siquiera evocaba ninguna lengua que
yo
hubiera oído antes. Extrañamente se equivocaba en
algunas
palabras y, en otras, era incapaz de
pronunciarlas.
—Este
camino no es muy frecuentado, ¿no es así?
—pregunté.
—No
mucho, efectivamente —respondió, riendo
silenciosamente.
Temblé. Todo estaba muy oscuro y las
hojas
susurraban entre las ramas.
—Un
demonio acecha en este bosque —dije.
—Eso
dicen los aldeanos —contestó—, pero yo, que he
atravesado
este bosque muy a menudo, nunca le he visto
la
cara.
Empezó
a hablar entonces de raras criaturas de las
tinieblas
y la luna se fue levantando y las sombras se
deslizaron
entre los árboles. Levantó el rostro hacia
la
luna.
—Apresuraos
—dijo—. Debemos llegar a nuestro destino
antes
de que la luna alcance el cénit. Apretamos el
paso.
—Dicen
—proseguí—, que hay un hombre-lobo acechando en
estas
regiones boscosas.
—Podría
ser —contestó, y argumentamos ampliamente
sobre
aquel tema.
—Las
viejas pretenden —me reveló— que, si se mata a un
hombre-lobo
bajo su forma lobuna, sólo entonces, está
verdaderamente
muerto. Pero si es muerto bajo su forma
humana,
la mitad de su alma vivirá siempre en aquel
que
lo haya matado. Pero, apresurémonos, la luna casi
ha
llegado al apogeo.
Desembocamos
en un pequeño claro iluminado por la
luna.
El desconocido dejó de andar.
—Descansemos
un instante —pidió.
—No,
sigamos —le apremié—. No me gusta este lugar. Rió
silenciosamente.
—Vamos
—dijo—. Es un precioso calvero. Es tan
agradable
como la sala de un banquete y yo mismo he
celebrado
fiestas aquí frecuentemente. ¡Ja, ja, ja!
Mirad,
voy a enseñaros un paso de baile. —Empezó a
saltar
de un lado para otro, echando la cabeza hacia
atrás
y riendo silenciosamente. Pensé que aquel hombre
estaba
loco.
Mientras
continuaba con su demencial danza, miré a mi
alrededor.
El sendero no continuaba más allá... se
cerraba
en el claro.
—Adelante
—dije—. Debemos continuar. ¿Acaso no oléis
el
rancio aroma de fiera que impregna el calvero? Por
aquí
hay una madriguera de lobos. Puede que estén
cerca
de nosotros, deslizándose para rodearnos en este
preciso
momento.
Se
dejó caer a cuatro patas, saltando más alto que mi
cabeza,
y vino hacia mí con un raro movimiento
serpenteante.
—Este
baile se llama la Danza del Lobo —dijo. Y mis
cabellos
se erizaron.
—¡No
os acerquéis! —Di un paso hacia atrás y, con un
grito
penetrante que levantó vibrantes ecos en el
bosque,
saltó hacia mí. Aunque la espada le colgaba
del
cinturón, no la desenvainó. Mi estoque estaba casi
fuera
cuando se agarró a mi brazo y me arrojó a tierra
violentamente.
Le arrastré en mi caída y ambos
golpeamos
contra el suelo. Liberando una de mis manos
con
un movimiento ágil, le arranqué la máscara. Un
grito
de horror escapó de mis labios. Ojos de bestia
brillaban
bajo la máscara, blancos colmillos
reflejaban
la luz de la luna. Aquella era la cara de
un
lobo.
En
un instante, los colmillos me amenazaron la
garganta.
Manos ganchudas me arrancaron la espada.
Golpeé
con los puños aquella horrible faz, pero las
mandíbulas
se cerraron sobre mi hombro, asiéndolo
firmemente,
mientras las garras intentaban abrirme la
garganta.
Me encontré de espaldas. El mundo se diluía.
Golpeé
ciegamente. Mi mano cayó, cerrándose
automáticamente
en la empuñadura de mi daga. La
desenvainé
y asesté una cuchillada. Retumbó un
terrible
grito semibestial... un aullido. Titubeante,
me
incorporé. A mis pies se hallaba un hombre-lobo.
Me
incliné, blandiendo la daga, pero me detuve
levantando
la vista. La luna flotaba en el cielo, casi
en
el cénit. Si mataba a la criatura bajo su forma
humana,
su terrible espíritu se albergaría en mí para
siempre.
Me senté a esperar. La criatura me miraba con
sus
ardientes ojos de lobo. Los largos miembros
filiformes
parecieron encogerse, curvarse. Los pelos
parecieron
crecer hasta recubrirle el cuerpo. Temiendo
enloquecer,
me apoderé de la espada del hombre-lobo y
le
hice pedazos. Luego, tirando la espada a lo lejos,
eché
a correr y huí por los bosques.