
Autor: Raul Bonilla.
Un naufragio en el Triángulo de las Bermudas
"...Qué te reservarás a ti la vida, pobre hijo mío? -pensó Laura-.
Ni tu padre ni tu madre te han podido dar mucha energía.
No sé qué querría más, que fueras un bruto feliz
o tuvieras como yo esta tristeza de sentirte siempre solo
y sin consuelo.
Y al decir esto se le llenaba la cara de lágrimas.
Lloraba como si hubiera fracasado completamente en la vida..."
Pío Baroja
Laura o la soledad sin remedio
Una tal Debra Drewes flotaba a la deriva a bordo de un bote salvavidas en medio de la mar. Se veía fláccida, apagada, sin ganas de vivir. Era uno de los sobrevivientes del naufragio que hubo a unos quinientos kilómetros de aquí, el jueves en la noche. Se trataba de un crucero turístico que Debra se había ganado en un concurso. El boleto era para dos personas, pero ella abordó sola sin despedirse de nadie. No participó de las actividades del crucero ni disfrutó de la claridad del sol o el cielo celeste. Se mantuvo al margen de todo, amargada y deprimida. Poco antes del viaje había terminado una relación de años con un novio celoso e inseguro, y al parecer le estaba dando tiempo al tiempo para sanar sus heridas. Si esto era cierto, debo decir que el tiempo lo estaba tomando con pereza. Al cuarto día de viaje el clima se puso borrascoso y el capitán informó que cambiaría el curso para evadir una tromba que se aproximaba. Debió ser una señora tromba: el barco giró noventa grados y se internó a toda máquina en aguas desconocidas. La tromba se esfumó repentinamente, tal como había aparecido, y el capitán avisó que retornarían al curso normal y que en cuestión de un día o dos llegarían a la isla Bermuda. Debra, cansada sin saber por qué, se fue a dormir temprano mientras hacían este anuncio. Notó un quiebre en la voz del capitán y tuvo la impresión que a pesar de las cartas de navegación y los adelantos con que debía contar la nave, nadie, ni el capitán ni el resto de la tripulación, sabían dónde estaban. Tomó esto a la ligera y se tiró en la litera con la ropa puesta.
Como una hora después, una serie de golpeteos contra la puerta de su camarote, más un griterío inintengible que parecía provenir de todos lados, la despertó. Medio dormida, salió a ver qué ocurría y se encontró con que la gente se había vuelto loca; iba de un lado a otro, unos gritando, otros halandose los cabellos, otros más elevando plegarias, y algunos lamentándose. Había ropa y maletas abiertas tiradas en el suelo. Las puertas de los camarotes estaban abiertas y dentro todo estaba revuelto. En los altoparlantes se escuchaba una voz hablando con miedo sobre la muerte. Debra, abrazada, pisoteada, confundida, fue llevada a empujones por la multitud afuera. Un miembro de la tripulación la agarró por la cintura, de espalda, y la depositó en un bote salvavidas. Antes de que pudiera articular palabra, la echó al mar.
Por casi se vuelca al dar con el agua, pues un extraño burbujeo que se levantaba alrededor de la nave repelió el bote como si le hubiese dado un manotazo. Debra comprendió entonces que habían encallado. Lo raro era que no veía con qué. Las máquinas seguían funcionando y no había nada que se interpusiera al barco, pero no avanzaban. Lo único que había en el agua era el burbujeo, que crecía y agitaba al barco como si fuera de juguete.
Un hombre saltó al agua y Debra se acercó a ayudarlo. Extendió un remo y le dijo que se sujetara. Pero al salir a flote, el hombre estaba muerto. En ese momento Debra miró a su alrededor y se dio cuenta que el agua estaba llena de cadáveres. Y esa pila provenía del burbujeo, donde se revolvían una cantidad increíble de personas, todas pálidas y tiesas, como si debajo del barco se accionaran un gigantesco par de aspas. Otras personas se arrojaron al agua, agotados los botes salvavidas, y todas salían a flote muertas. Ancianas, niños, mujeres. Desde arriba, el miembro de la tripulación le hizo señas a Debra, instándole a que se pusiera a salvo. Ella se alejó tan rápido como pudo, abriéndose paso entre los muertos.
Cuando estuvo a cierta distancia hubo una explosión y las llamas devoraron la nave. Luego el crucero se partió en dos y se hundió. Entonces fueron tres días de delirio, luchando a brazo partido contra el mar bravío, acosada por el cansancio, la desesperanza, sin tener idea de dónde iría a parar o si moriría. Tras tres días de lucha, de dientes destemplados y cabello sobre la frente, una isla se asomó en el horizonte.
Sacando fuerzas de flaqueza, remó durante tres horas hasta tocar tierra. Aún tuvo aliento para arrastrar el bote playa dentro, para que la marea no se lo llevase. Quiso desfallecer, pero decidió que lo mejor era mantenerse despierta y se internó en la isla, que era pura selva. Sus primeros pasos la condujeron a un hombre que se había colgado de un árbol. Era un náufrago como ella, que empezaba a descomponerse. Un millar de gusanos poblaba su vientre y otro tanto caía y se apilaba en la tierra, retorciéndose. Moscas verdes y azules tanteaban su rostro mientras el cuerpo hinchado se mecía sacándole la lengua al viento. Parecía que de un momento a otro estallaría y todas las inmundicias del mundo saldrían disparadas por doquier. Debra lo contempló a cierta distancia, tapándose la nariz, y tomó otro camino. Por allá encontró a otro ahorcado. Cambió de rumbo, pero donde fuera que se aventurara había un muerto colgando de un árbol. Era como si toda la isla estuviera llena de ellos. De entre tantos, había una mujer que colgaba junto a una niña no mayor de diez años. En el tronco había inscrito lo siguiente: “No nos sepulte. La tierra está maldita".
Debra llegó a un cabañal en un claro. Las chozas se levantaban sobre pilastras que las separaban del suelo, como una aldea lacustre, y algunas estaban construidas en la copa de los árboles. Debra entró a la más cercana, pero no quisieron escucharla y la echaron. Los habitantes de la choza no eran negros, sino indios, y no hablaban inglés. Hablaban español. Estas personas —una señora, dos adolescentes, y una anciana— no se sorprendieron cuando aquella mujer irrumpió como loca, haciendo gestos y hablando en una lengua extraña. El menor de los adolescentes la señaló con el dedo sin estirar el brazo. Dijo:
—Otro náufrago.
La anciana, que se sacaba las liendres en la cama que compartían los cuatro, le habló al mayor de los adolescentes sin levantar la vista:
—Sácala, Paco.
El muchacho se levantó del rincón donde se agazapaba y la llevó por la fuerza a la puerta.
—¡Ayuda! ¡Por favor! —imploró.
El muchacho, titubante, volteo a ver a su abuela. La anciana aplastó una liendre con las uñas y repitió la orden:
—Sácala, Paco.
Debra echó una vistazo al otro muchacho, que era casi un niño, y a la señora, que no le decía nada con la mirada, y fue echada.
—De todas formas no hubiéramos podido hacer nada por ella —dijo la anciana mientras el muchacho cerraba puerta y ventanas—. Déjenla que se ahorque como hicieron los otros. Tarde o temprano todos terminaremos haciendo lo mismo.
El resto de los lugareños se asomaron con el barullo y apenas la vieron se encerraron en sus cabañas. Sólo en una al final del claro, bastante apartada de las otras, que no se levantaba sobre pilastras ni tenía puerta en la entrada, fue donde la recibieron. La habitaba un viejo gordo de cabello largo y cara marcada, un ojo virado, labios gruesos y dientes grandes. Estaba sentado en una mesa construida por él mismo, leyendo algo así como un pergamino a la luz de una vela. Aunque le daba la espalda a la entrada y no volteo a ver cuando Debra se asomó adentro, la invitó a pasar con un inglés que, teñido por su acento, no sonaba como inglés y no parecía español.
Ella pasó con recelo, mirando a los lados y arriba, pues aparte del viejo, la mesa y la vela, no se veía nada, y la oscuridad creaba la ilusión de que la cabaña era más grande por dentro que por fuera. A lo poco divisó una cesta de frutas en un mueble. Estiró la mano para coger una, pero se interpuso una araña de patas largas, más grande que su mano, y ella retrocedió.
—No toques nada —le dijo el viejo, aún sin voltear—. El nos prohibió ayudar a alguno de ustedes, so pena de recibir peor castigo del que ya sufrimos.
El viejo entendió por el silencio que ella no le había entendido.
—Me refiero a aquel al que todos tememos sin saber qué es o de dónde vino. Nos habló del naufragio y nos advirtió lo que has oído. Lo único que me permite decirte es que si quieres seguir con vida, deberás derramar sangre inocente. Esa es su condición. El es el dueño de esta isla perdida y las aguas malditas que la rodean. Hace sufrir indefinidamente a quienes la habitamos, y aterroriza y mata a quienes llegan a ella. Ahora que sabes que existe, ten cuidado, porque sabe que le puedes temer. Si deseas ahorcarte como los que llegaron antes que tú, me tiene sin cuidado. Para mí tú ya estás muerta.
Debra dio la vuelta y se marchó. No tenía ganas de seguir en ese lugar. Avanzaba entre los árboles, intentando llegar al otro lado de la isla, cuando la tierra se abrió y la quiso tragar. Fue cuestión de segundos. El suelo selvático, húmedo y lodoso, adquirió la consistencia de la arena movediza y empezó a girar sobre si mismo, como si estuviera vivo, creando un remolino que lo arrastró todo: plantas, rocas, animales, árboles. Debra hubiera muerto a no ser porque cuatro náufragos que estaban en un árbol cercano le arrojaron una liana y la sacaron halando entre todos. El remolino desapareció tan pronto como los pies de Debra dejaron de estar en contacto con el suelo y la maleza cubrió todo rastro del suceso.
Los cuatro náufragos eran los sobrevivientes de un grupo de doce personas que habían llegado a la isla el día anterior. La tierra se tragó a un par junto con el bote apenas llegaron, y otras dos murieron de la misma forma antes que buscaran refugio en los árboles. El viejo de la cabaña se les presentó y les dijo más o menos lo que le había dicho a Debra. La esposa de uno de los sobrevivientes se ahorcó en un arranque de locura, tras habérsela pasado llorando todo el día, en un momento que la descuidaron. Su viudo y otros dos hombres fueron a buscar al viejo para matarlo y así sobrevivir aplicando un poco de justicia poética, pero la tierra se tragó a los tres y dejó ileso al viejo.
Los que quedaron con vida fueron de rama en rama hasta que encontraron un árbol alto con tronco grueso que les pareció que no podía ser tragado por la tierra, y pernoctaron en él, amarrados a las ramas para no caer durante el sueño. Habían pasado todo el día buscando la manera de salir de ese predicamento, desesperados, cuando escucharon el temido retumbo y rescataron a Debra del remolino.
—La tierra no se tragó mi bote —dijo Debra después de haberlos escuchado—. Aún tiene que estar en la playa —y decidieron ir a buscarlo.
El viaje les tomó hasta la tarde. Llegar a la playa fue sencillo, no más que, andando por las ramas, avanzaron con lentitud. Lo arduo fue encontrar el bote. Lo buscaron más de tres horas, yendo siempre al norte, según especulación de Debra, antes de dar con él. El sol se ocultaba para entonces y la marea empezaba a subir.
Uno de los náufragos, Chuck, aconsejó esperar a que el sol se ocultara del todo para abordar el bote, porque a lo mejor la fuerza maligna que habitaba la isla estaría dormida. Otro, Drew, dijo que de ser así, toda esa gente que colgaba de los árboles hubiera esperado a que anocheciera para escapar, en vez de ahorcarse como lo hicieron. “Lo que debemos hacer —propuso— es confundir a lo que sea que esté bajo la tierra, corriendo cada uno en una dirección distinta. Uno de nosotros empuja el bote al mar y los otros se echan al agua y nadan a él".
Todos estuvieron de acuerdo en hacerlo así. A nadie se le ocurrió algo mejor. Por si acaso, esperaron a la noche antes de hacerlo, pero todas formas fracasaron: la tierra, lejos de confundirse, se tragó primero a Drew, que fue al que le tocó empujar el bote, y luego fue por Dick, otro de los náufragos, que iba a ser el primero en llegar al agua. Debra, Chuck, y otra mujer, Nancy, volvieron a los árboles. Nancy y Chuck treparon a un mismo árbol mientras que Debra lo hizo a otro.
Estos dos, tras compartir una mirada de incertidumbre, se pusieron a hacer el amor, seguros que iban a morir. Debra no supo qué hacer, incómoda y consciente de su soledad. Finalmente se durmió sin darse cuenta. Nancy y Chuck terminaron rápidamente y se acordaron de Debra. Nancy, de espaldas a la rama, debajo de Chuck, descubrió, al mirar sobre su hombro, la silueta del brazo de Debra, colgando inmóvil de la fronda, cinco metros más allá. La llamaron sin obtener respuesta. Chuck, recordando lo demacrada que estaba, dedujo que se había desmayado. Se pusieron a charlar, embargados nuevamente por los nervios, y terminaron hablando sobre lo que les había dicho el viejo; eso de derramar sangre inocente si querían seguir con vida.
Agotada como estaba, Debra, ya sea por la gran tensión, ya sea por miedo a caer al suelo, abrió los ojos al rato y vio a Chuck en una rama cercana, sosteniendo una navaja de hoja brillante. Chuck se le lanzó encima al mismo tiempo que ella saltó a otra rama. A ambos le falló el tino y cayeron. Debra, aunque adolorida, se levantó al instante, y en una reacción que ya era natural, buscó un árbol. Chuck se interpuso, lanzando un navajazo y abriéndole de tajo la mejilla. El estaba de espaldas a la selva. Ella de espaldas al mar. Chuck le lanzó otro navajazo, esta vez al cuello. Debra lo evadió dando la vuelta y echando a correr. Vio una enorme roca en la arena a la que podía subirse y se dirigió allá. Chuck le pisaba los talones, lanzándole navajazos que teñían su espalda de rojo, como su cara.
—¡Dale! ¡Dale! —se le escuchaba a gritar a Nancy desde los árboles— ¡Mátala!
Debra brincó para subirse a la roca. Chuck la emuló, lanzando un navajazo. La hoja dio contra la roca, cerca de la pierna de Debra, partiéndose. Ella le pateó el rostro y lo derribó. La tierra se lo tragó. Nancy lloró amargamente al amante perdido. Llamaba a Debra y le decía cosas como:
—¡Vas a pagar por esto, maldita! ¡Te va a costar muy caro! —y así pasó una hora.
La marea alcanzó su punto más alto. Llegó al bote y lo arrastró. Se trataba de un momento decisivo. Nancy había descubierto un árbol de tronco chueco cuya rama más larga se prolongaba a la roca, faltándole metros para tocarla, y trepaba por ahí ágilmente. Era ahora o nunca, y Debra lo sabía. “Pero a lo mejor la marea atrae el bote lo suficiente para que salte y lo alcance. A Nancy le falta un buen trecho para llegar acá. Aún tengo tiempo… Ahí está el bote. No, no. Está muy lejos. Ya se fue. En la próxima será".
Nancy aterrizó sobre su espalda, quedando Debra boca abajo contra la roca y Nancy sentada sobre ella. La jaló por los cabellos y estrelló su cara contra la piedra, y la volvió a jalar por los cabellos y estrelló su cara otra vez. Hizo esto varias veces. En la tercera ocasión, a Debra se le rompió la nariz. En la quinta, se le abrió una brecha en la frente. Nancy la levantó, sin soltarla de los cabellos, y le conectó sendos rodillazos en el vientre. Seguidamente, cogió aire para echarla a la arena y que se la tragara la tierra. Debra se zafó de un tirón y le propinó un puñetazo a Nancy. Ella cayó al otro lado de la roca, sosteniendo en la mano un mechón de cabellos rojos. Debra corrió al bote, que abandonaba la costa y se adentraba en la mar, seguida por Nancy, que intentaba detenerla.
La primera en subir fue Debra. Lo primero que hizo fue tomar uno de los remos y atacar a Nancy, que no más tenía medio cuerpo dentro y le pedía que la ayudara. Nancy no se bajó hasta que Debra le pegó de canto en la cabeza, y entre el cabello y la sangre se asomó el cráneo. La tierra se la tragó en el momento que la marea se retiró. Cuando esta volvió a bañar la costa, el remolino aumentó y Debra, junto con el bote, se precipitaron adentro.
En su interior, entre la roca y la arena, esqueletos y cuerpos medio descompuestos, medio carcomidos, giraban sin cesar, surgiendo a la vista, y luego eran vueltos a tragar por el remolino, siempre yendo hacia abajo, al agujero negro que se distinguía al final, donde, por un momento, Debra creyó advertir la forma de un ojo.
El agua, que iba delante, inundó el remolino, disolviéndolo. Debra salió a flote junto con los muertos, que se contaban por cientos, y tras un breve rodeo por la costa, el bote volvió al mar. Debra recuperó uno de los remos, el cual flotaba cerca del bote. El otro lo había aferrado contra su pecho todo ese tiempo. Tomó uno en cada mano y se alejó de la isla. Remó como loca toda la noche, y cuando volvió en sí, estaba amaneciendo. Soltó los remos, se echó sobre la cubierta del bote, y se rió, intercalando las carcajadas con sollozos.
Se había salvado. No podía creerlo. Jamás le había pasado nada bueno en toda su vida y ahora había salido sana y salva de aquel infierno. Se sintió bendita, en paz. Sintió que la vida le había dado una segunda oportunidad.
De pronto, el bote se detuvo sin razón aparente. Debra se reincorporó y miró a todos lados: el mar seguía en su vaivén, pero el bote estaba varado, y por más que Debra remó y remó, no se movió. Debra sintió un estremecimiento y el extraño burbujeo que había visto cuatro días atrás surgió debajo del bote y lo rodeó, zarandeando a este y a su tripulante a medida que crecía. Debra pegó un grito al tiempo que el bote se partió en dos y vio, a sus pies, al agua abrirse como un par de fauces para tragarla. No hubo sangre ni cuerpo que saliera a flote para advertir del peligro a los marinos. Sólo unas cuantas tablas se salvaron de la voracidad del mar, y las olas las diseminaron una vez que cesó el burbujeo. El crepúsculo le dio paso al sol y sus rayos dieron luz al mundo, dormido hasta ese momento. Una brisa suave llevó el olor salino a través de los kilómetros a la isla perdida, acariciando con dedos translúcidos los cuerpos descompuestos que colgaban de los árboles y los indios asustados que salían de sus chozas a vivir otro día con incertidumbre. Y todo volvió a ser como era antes.
FIN