
Vincent McHardy
Nacido el 26 de abril de
1955, el escritor canadiense Vincent McHardy reside normalmente en Agincourt,
Ontario. Después de tres años de estudios de antropología en la universidad de
York, McHardy estuvo viajando algún tiempo, hasta que, recientemente, se
decidió a escribir. Su entusiasmo desde adolescente por la literatura
fantástica (siendo joven leyó 35 libros Dark Shadows y 76 Doc
Savage, en un período de cuatro años, y dice haber leído hasta quince veces
desde que lo tuviese en sus manos por vez primera Something Wicked This Way
Comes [Algo perverso viene de allí], de Ray Bradbury) ha dirigido sus pasos
como escritor hacia la fantasía y el terror. Sus relatos breves han aparecido
en varias publicaciones: Reader's Choice, The Horror Show, Moonscape,
Damnations, y otras. El recuerdo fue publicado por primera vez en una
pequeña revista canadiense, Quarry, y también ha sido vendido para su
emisión por la radio canadiense. McHardy está ahora buscando un editor para que
le publique una colección de sus relatos de terror. Si tiene muchos más tan
espeluznantes como El recuerdo, seguro que recibirá varías propuestas.
La señorita Brock tiró enérgicamente del cajón de su
mesa. En su interior se apilaban los tesoros confiscados entre los alumnos de
la clase 402. Gomas de mascar. Pistolas de agua vacías. Cómics. No era nada
fácil enseñar a 32 estudiantes, pensó la señorita Brock. Era difícil que pasase
un día sin que el apetito del cajón de su mesa fuese saciado con algún nuevo
juguete.
—William, trae eso aquí inmediatamente.
Will se enderezó en su silla. Cogido en falta, se
quedó silencioso, esperando que ella no hubiese visto lo que él sabía que sí
había sido captado por su mirada acechante.
—William, he dicho
ahora.
«¿Por qué ahora? —pensó Will mientras se acercaba a
la mesa—. ¿Por qué, como siempre, todo tiene que ser ahora?»
—Venga, abre la mano. Veamos lo que escondes.
Conteniendo las lágrimas, Will mostró su mano
abierta. Biffle, el payaso en forma de laberinto, mostró sus ojos ciegos y
huecos. Su boca abierta trataba de captar las bolitas que iban de un lado a
otro en el fondo del estuche.
—Vaya, un laberinto. Te buscas problemas por una
baratija como ésta...
—Señorita Brock... —dijo.
—No creo que valga la pena castigarte. Pero no puedo
hacer una excepción, ni siquiera con un alumno favorito. Te quedas castigado
hasta las cuatro. Siéntate.
Mientras regresaba a su sitio, Will pudo oír el
gemido sollozante de Biffle desde el interior de la mesa de la maestra. Había
quedado semicubierto por los tebeos de Tommy Huspens sobre monstruos del cine.
No tenía ninguna oportunidad allí encerrado. Dentro, en la oscuridad. Ellos
podrían...
—William, deja de sollozar —dijo la señorita Brock—.
Ya conoces las normas. No estáis aquí para jugar, sino para aprender. Todos los
juguetes van al cajón. —Luego añadió—: Ahora, chicos, sacad vuestros libros de
geografía.
Will no se enteró de lo que la profesora había dicho;
estaba preocupado a causa de las serpientes que se estaban acercando a su
pupitre. Habían empezado a aparecer en el momento en que ella encerró a Biffle.
Se habían colado por la ventana en grupo compacto, atraídas por el olor de su
miedo. Solo, lejos de la protección de Biffle, tenía que actuar con diligencia.
Temblando, Will extrajo del bolsillo trasero de su
pantalón cuatro plumas de paloma y cuatro de estornino. Sin apartar la vista de
la maestra, las dejó en el suelo, suavemente, colocándolas alrededor de su
silla. Una vez a salvo del peligro que culebreaba por el suelo, se enderezó.
Las serpientes trazaban círculos alrededor del pupitre. Contenidas por el
momento, buscaban un resquicio para avanzar.
La señorita Brock permaneció de cara a la pizarra,
dando a Will la oportunidad de formular un último conjuro. Sacó del bolsillo de
su camisa la piel seca de una serpiente. Desmenuzándola hasta convertirla en un
fino polvo, la esparció por encima del pupitre. Humedeciéndose los dedos,
escribió ocho veces la palabra FUERA. Luego, hizo una pelotita con los
residuos. Las serpientes dejaron de moverse acechando. Sus lenguas colgaban
lánguidas. Will se volvió hacia la ventana y lanzó afuera la pelotita.
Estaba a salvo, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Qué podía
pasarle sin la protección de Biffie? Él debía regresar. Era su única
oportunidad. Biffle ya le había demostrado su magia, desde la primera vez que
apareció en la vida de Will.
Éste tenía cuatro años, y había ido a la ciudad a
realizar las compras navideñas con su hermano mayor. La luz del semáforo estaba
en ámbar, y John gritó: «Corre, lo conseguiremos». Fue entonces cuando Will vio
a Biffle sentado sobre un banco lleno de nieve. Él se paró y Biffie sonrió.
John cruzó y lo atropellaron. Biffie había salvado a Will y condenado a su
hermano.
Su amistad había sido sellada con sangre. Nacida
entre la sangre, debía concluir con sangre.
¿Por qué había permitido que ella viese a Biffle?
Falta de precaución era todo lo que se le ocurría. Ella siempre se había
portado muy bien con él. Nunca le regañaba. Jamás le pegó, como hacían sus
padres. Se había sentido seguro en la escuela, y había bajado la guardia.
Tantos años de rapiña la habían vuelto avariciosa. No
tenía suficiente con las chucherías de los otros. Buscaba con avidez algo
grande como postre. Lo había olido. Lo había cogido, masticado y tragado.
Biffle pudriéndose en la oscuridad... Ella no estaría dispuesta a devolvérselo
por las buenas, y él no tema fuerza para obligarla. Podía intentar hacer un
trato con ella, pero no poseía nada factible para realizar un intercambio. ¿Qué
hacer? Estaba perdido. Había gastado todos sus recursos en mantener alejadas a
las serpientes; ellas no se habrían atrevido a sacar las cabezas si Biffle
hubiese permanecido con él. Solo, era débil, una hoja seca sacudida por la
brisa más suave.
Desde su solitario observatorio, contempló a la
señorita Brock desplegando su magia. Su poder como bruja era incomprensible.
Nunca la había visto usando conjuros, marcas o movimientos con las manos. Pero
sabía en cada momento lo que estaba haciendo cada uno de ellos. Estando de
espaldas, cogía en falta a los truhanes y los castigaba con fría determinación.
Nadie cuestionaba su autoridad.
Will observó como una gota de sudor se le formaba a
la maestra en la barbilla, resbalaba y se le deslizaba por el cuello hasta
perderse en las profundidades del vestido.
La campana del recreo rescató a los alumnos de los
misterios de la geografía. Al igual que las cuentas de un collar roto, se
desparramaron por el ardiente asfalto del patio. Los juegos y charlas
acapararon la actividad de los chicos. Se formaron grupos. Algunos continuaban
los debates interrumpidos el día anterior. La actividad se adueñó de todos y
cada uno de los muchachos, excepto de Will. Observando y a la espera, se sentó
a la sombra, apoyándose en el muro de ladrillos opuesto al edificio del vigilante.
Podía llegar en cualquier instante, desde cualquier
punto. Pero él estaba preparado. Sin la protección de Biffle no se atrevía a
darles alguna oportunidad jugando como los otros muchachos. Su método de
defensa era burdo; una última solución a la desesperada. Se sentó dentro de un
círculo trazado con tiza, media circunferencia sobre el suelo y la otra media
sobre la pared. Marcó los cuatro puntos cardinales con las siglas B-I-F-F.
Entre sus piernas abiertas dibujó a Biffle. Puso color en sus tristes ojos
vacíos, y le cerró la boca abierta por el miedo. Norte, sur, este y oeste
alrededor del dibujo: depositó cuatro canicas transparentes. Por el momento,
era todo lo que podía hacer.
Un nubarrón tapó el sol, y la temperatura descendió.
Hojas de yerba seca corrieron por el patio, confundiéndose con el alquitrán.
Will se apercibió del cambio y cerró las piernas. Henry Kenner y su banda
dieron la vuelta a la esquina y lo vieron. Will conocía a Henry, quien se había
proclamado a sí mismo cabecilla del recreo, y sabía que iba a tratar de sacar
partido de esa oportunidad.
—Vaya, vaya, mira a quién tenemos aquí —dijo Henry
cuando se hubo aproximado—. Pero si es el favorito de la profesora... ¿Qué te
pasa? Pareces enfermo. Deberías visitar al veterinario.
—Oye, éste puede servir —dijo Fred Bollo, el
compinche de Henry—. ¿Por qué no le muestras a él la fotografía? Quizá le
levante la moral.
—Acabas de leerme los pensamientos, Fred. Toma,
favorito, échale un vistazo a tu señorita.
Henry se sacó del bolsillo de la chaqueta una
fotografía arrugada y con un gesto lleno de arrogancia se la plantó a Will
delante de los ojos.
Will intentó mantenerlos cerrados, pero le fue
imposible. Justo en el momento en que lo intentó, supo que el círculo había
sido violado. La intriga del mal había derrumbado su única defensa. La húmeda
mano de Henry sostenía un retrato de la señorita Brock desnuda, abierta como un
pez destripado. La fotografía era una burda falsificación; la cabeza la habían
recortado de un panfleto de la Asociación de Padres y Maestros, y el cuerpo de
una revista para hombres. Sin embargo, el efecto sobre Will fue auténtico.
Will trató de apoderarse de la fotografía,
incorporándose enérgicamente.
—¿Cómo os habéis atrevido, ignorantes? ¿Cómo osáis
intentar arrebatarle el alma? ¡Dadme eso!
Pero, anticipándose a sus movimientos, Henry le dio
un empujón y lo aprisionó contra la pared. Sus secuaces se adelantaron y
sujetaron a Will, cogiéndolo por los brazos.
—Eh, tú, no te lo tomes así. Te estoy haciendo un
favor. Estás aquí para ser educado, ¿no? Bien, ellos no te van a enseñar este
tipo de cosas. Te estoy mostrando lo que ellos no quieren que sepas,
¿entiendes? Estás en deuda conmigo.
Henry alzó la arrugada fotografía y la pasó ante los
rostros de su pandilla.
—Os digo que el favorito va a empezar a comprender
quién manda aquí.
Risas de burla brotaron del corrillo.
Fred fue el primero en dejar de reír, apercibiéndose
de lo que había en el lugar donde Will había estado sentado.
—Will, mira esto. Alguien ha perdido sus canicas —dijo.
—Aja —rugió Henry—. Es una lástima lo poco que se
preocupa la gente de sus pertenencias. Las dejan por ahí tiradas, haciendo que
se extravíen. Bueno, deben aprender por el camino difícil.
De un violento puntapié, las mandó lejos de sus
disposiciones alrededor de la órbita.
—¡Pandilla! —gritó, abriéndose paso.
El grupo se alejó remoloneando; dudaban si debían
darle a Will un toque definitivo.
Relajándose, Will se dejó caer y empezó a llorar. A
través de sus irritados ojos pudo ver el rostro de Biffle pateado. Indagando en
lo hondo de sus bolsillos, Will extrajo dos monedas de plata. Se las colocó
bajo la lengua, y se concentró en sus lágrimas. Pestañeando, provocó que dos
gruesos lagrimones se deslizasen por sus mejillas. Cayeron sobre el rostro de Biffle,
y éste pudo ver. Tocándose la cara con un dedo, Will trasladó otra lágrima, y
Biffle pudo hablar.
—Por ahora estamos a salvo. Esperemos y veamos.
Tenemos tiempo —dijo.
Las clases de la tarde se convirtieron en una
pesadilla. Will esperaba que Henry fuese descubierto, su imagen vudú destruida,
su maldición exterminada. Pero la señorita Brock ignoró tal posibilidad. El
poder de Henry había acabado con la clarividencia interior de la maestra. El
silencio se hizo en el aula, y empezó la lección. Pronto se haría evidente que
la señorita Brock estaba en peligro.
La primera evidencia no tardó en acontecer. A los
diez minutos de empezada la clase, el trozo de tiza que ella estaba usando se
partió en dos. Los trozos que quedaron eran demasiado pequeños para escribir
con comodidad. Cuando se aproximaba a un armario próximo a su mesa en busca de
otra barra, patinó, se rompió el tacón del zapato y se dio un fuerte golpe en
la espalda. Pasó el resto de la jornada con constantes dolores.
Desde su posición, dos hileras más atrás, Will podía
ver como Henry estaba contemplando el retrato de ella. La señorita Brock estaba
perdida; confundida, iba de un desastre a otro. Ella debería tomar
precauciones, formar una defensa, lanzar un conjuro, incluso podía usar los
tesoros que guardaba en su mesa. Ni lo intentó. Se sentó y quedó prendida del
mágico magnetismo que la sonrisa de Henry tema.
El ataque final se produjo a las tres menos diez. La
señorita Brock se acercó al armario en busca de un mapa. Pasaron unos instantes
y luego ella lanzó un grito. Todos los ojos confluyeron sobre ella, que
apareció totalmente cubierta de pintura. Azul, rojo y amarillo, los colores le
goteaban por el lado izquierdo de su cara, y se esparcían sobre su frente. El
estante que soportaba los potes de pintura se había caído de sus soportes
cuando ella intentó tirar del mapa.
Henry la tenía en la palma de la mano, pensó Will.
Podía cerrar el puño y estrujarla cuando él quisiese. Pero decidió aguardar y
seguir jugando por un rato. La muerte sería lenta y dolorosa.
No había nada que hacer. La señorita Brock dio por
finalizada la clase antes de la hora, y le dijo a Will que viniese una hora
antes el día siguiente, para cumplir con su castigo. Nunca antes había hecho
esto. Su sentido del orden se había debilitado. Estaba perdida. Y no tenía
nadie en quien confiar.
Will se acordó de un roedor que había matado a tiros
tiempo atrás. El animal se quedó sentado tras recibir los tres impactos.
Vomitaba sangre. Tenía la muerte encima. Y enfrentándose al hecho de ser
contemplado por la mirada llena de satisfacción de Will y morir humillado ante
él, el roedor usó sus últimas energías para deslizarse debajo de unas piedras.
Allí murió, comprimido entre la fría tierra, solo.
La señorita Brock se iba a ir a su casa a morir. La
gracia y la belleza de sus enseñanzas se acabarían para siempre. El recuerdo de
una gloria pasada, el aula, una tumba era un lugar demasiado cruel para su
memoria. La muerte era una comunión privada. Y podía acontecerle esa noche, en
su casa, a solas.
—Bien patanes. Fútbol —gritó Henry, abriéndose paso
entre los muchachos.
La mayoría de ellos fue detrás de su líder hasta el
campo. Will fue el último en salir. Luego se quedó mirando cómo empezaba el
partido.
—Mejor. Estará ocupado durante el encuentro. Me está
otorgando el tiempo suficiente —masculló Will.
Will cruzó el campo pensando en su historia favorita.
En las horas de lectura siempre se entretenía con la historia de David y
Goliat. Le maravillaba cómo David había vencido al gigante. En contra de todas
las previsiones, intentó lo imposible y lo consiguió. Will lo intentaría
también.
El campo finalizaba en una torrentera que lo separaba
de unos sembrados. Will escogió una piedra del tamaño de su mano, y se escondió
en la torrentera a la espera de Henry. Éste nunca dejaba de coger ese atajo
para ir a su casa. De repente, empezó a llover. Will se escondió más todavía.
El partido sería interrumpido. Sobre la cresta de la ladera apareció la cabeza
de Henry. Medio deslizándose, medio tropezando, alcanzó el fondo. Empezó a
trepar por la pendiente opuesta, y estaba a medio camino cuando Will, saltando
de su escondite, le lanzó la piedra. Henry cayó de espaldas. Sus ojos quedaron
en blanco, vidriosos.
—Te han abandonado tus ejércitos. Goliat. Han salido
corriendo. Y yo me voy a asegurar de que nunca más te levantes. Will abrió su
cuchillo de monte y empezó su trabajo.
La señorita había pensado llamar al día siguiente por
la mañana, excusando su presencia por el resfriado que había cogido la tarde
anterior. Aquel maldito coche se negó a que le cerrasen la ventanilla, que
permaneció abierta durante todo el largo trayecto desde la escuela hasta su
casa. Cuarenta kilómetros bajo la lluvia y con el frío viento entrando con toda
libertad en el coche. Honestamente, el día anterior había sido el peor de toda
su carrera como profesora. Había estado a punto de tirar la toalla. Pero la
devoción y su optimismo la hicieron reconsiderar sus ideas. Si un caballo te
tira, vuelve a montarlo de inmediato, si no tendrás miedo el resto de tu vida,
solía decir. Hoy todo iría mejor.
Al entrar en el aula a las ocho menos cuarto se
alegró de ver que Will ya estaba allí, sentado en su pupitre, y a la espera de
su castigo.
—William, ¿por qué has venido un cuarto de hora
antes?
—Ya lo sé, pero estoy aquí desde mucho antes —le
contestó Will, enderezándose sobre su silla.
—¿De verdad? ¿Es eso cierto? ¿Qué razones tienes? La
mayoría de muchachos odian el venir y no pueden aguardar al momento de salir.
¿Qué hace que tú seas diferente?
—Quería arreglar todo lo que ocurrió ayer, todas
aquellas cosas terribles.
La señorita Brock sonrió burlonamente mientras
ascendía el escalón de la tarima. Sí, esa era la razón por la que no había
tomado la baja.
—Oh, venga,
William. Tampoco fui tan dura contigo.
No quise serlo. Era la primera vez que tenías un patinazo. Todos nos
equivocamos alguna vez, y tarde o temprano siempre pagamos por nuestros
errores. No quería imponerte ningún castigo. Pero tengo que dar ejemplo ante
los otros muchachos. Si paso por alto tus faltas, ¡Dios sabe qué acabarían
haciendo los otros!
—Yo...
—¿Qué fue eso?
—¿Qué fue qué, señorita Brock?
—He oído un zumbido. Igual que... William, ¿qué fue
eso?
Will bajó la vista hacia Biffle y lo sacudió un poco
más.
—Oh, es tan sólo un amigo. La hemos estado esperando.
Sonrojándose de ira, tomó a Biffle. Will se quedó
sentado.
—Pero si es igual que el de ayer. Has tenido la
desvergüenza de traer otro juguete estando castigado.
La señorita Brock pateó el suelo con sus tacones.
Luego, arrepentida de su debilidad, tomó a la mesa haciendo sonar fuertemente
sus pasos.
—De acuerdo, William, te voy a dar la oportunidad de
mostrarme cuántos juguetes más tienes guardados. Te has ganado dos semanas de
castigo.
—Está equivocada, señorita Brock —dijo Will levantándose—;
sólo tengo un Biffle. No existen más.
—¿Biffle? ¿Quién es Biffle? Te estoy hablando de ese
pasatiempo. Yo...
A mitad de la frase se dio cuenta de que el cajón de
su mesa había sido forzado. La cerradura estaba rota, y trozos de astillas
rasgadas emergían del borde de la mesa.
—Pequeño vándalo. Lo has roto tú. Me has estado
robando en el cajón.
Levantando su puño, lanzó con fuerza a Biffle por
encima del pupitre de Will, hasta que cayó al suelo despachurrándose. El
zumbido finalizó. Las bolitas se habían introducido en los agujeros de los
ojos.
—Sucio ladrón. ¿Qué más has cogido?
Abrió el cajón con un tirón violento, y miró en él.
Había cinco objetos. El retrato estaba en el centro. Emplazados a su alrededor
se hallaban dos ojos, una lengua y una mano derecha.
Will la miró compasivo, tratando de hablar por encima
de los alaridos de la señorita Brock.
—Sabía que la estaban martirizando. Tenía que
intentarlo. No quería que muriese. Y estoy contento de haberlo cazado a tiempo.
Tuve suerte de que no me viese; era demasiado fuerte. Pero no se dio cuenta de
que yo, un niño pequeño, lo estaba aguardando, hasta que fue demasiado tarde
para él.
»No se vaya. Ya no tiene nada que temer. Yo se lo he
capturado. Se lo he ofrecido junto con sus ojos que la contemplaban, junto con
su lengua que hablaba mal de usted, y con su mano que la tocaba. Usted está en
el centro. Le he devuelto el control.
»Señorita Brock, levántese. No se preocupe. Biffle
dice que ahora está bien. Él no es celoso. Puede quedarse con nosotros. A él le
gusta usted.
»No se preocupe más.
Nosotros la protegeremos.