
Al otro lado del umbral
August Derleth
I
En realidad, esta es la historia de mi abuelo. En cierto
modo, sin embargo, pertenece a la familia entera, y por encima de ella, al
mundo; y ya no existe razón alguna para ocultar los terribles detalles de lo
que sucedió en la casa solitaria, perdida en lo más profundo de los bosques del
norte de Wisconsin.
Las raíces de la
historia retrotraen a las brumas de los
primeros tiempos, muchísimo antes de los principios de la familia Alwyn, pero
de esta parte no sabía yo nada en la época de mi visita a Wisconsin en
respuesta a la carta de mi primo sobre el extraño debilitamiento de nuestro
abuelo. abuelo. Desde niño, había
considerado siempre a Josiah Alwyn algo así como un ser inmortal que no parecía
cambiar a lo largo de los años: era un anciano de pecho abombado, con una cara
llena y carnosa, decorada con un bigote
muy recortados y una pequeña barba que suavizaba la angulosa de su mandíbula
cuadrada. Sus ojos eran oscuros, no demasiado grandes, y sus cejas
pobladas; llevaba el pelo largo, de
suerte que su cabeza tenía un aspecto leonino. Aunque le vi poco mi juventud,
dejó en mí una huella imborrable, durante los breves visitas que nos hacía no se hacía cuando pasaba por la casa
solariega, próxima a Arkham, en
Massachusetts; aquellas cortas visitas de paso hacia remotos rincones del
mundo: el Tíbet, Mongolia, las regiones árticas y ciertas islas poco conocidas
del Pacífico.
Hacía años que no le habían visto, cuando me llegó la carta
de mi primo Frolin, que vivía con él en la vieja mansión que tenía mi abuelo en
el corazón de los bosques y lagos del norte de Wisconsin: «Desearía que
pudieses ausentarte de Massachusetts
los suficiente como para venir hasta aquí. Ha pasado mucha agua bajo los puentes, y ha soplado mucho viento
también, desde la última vez que estuviste.
Francamente, creo que es muy importante que vengas. En las actuales
circunstancias, no sé a quien dirigirme, ya que el abuelo no es el mismo, y
necesito a alguien en quien poder confiar.» No habría nada que fuese claramente
apremiante en la carta, y, sin embargo, daba una extraña sensación de
perentoriedad; había algo entre líneas que inducía, invisiblemente,
intangiblemente, a no dar más que una respuesta a la carta de Frolin; algo en
la frase sobre el viento, en la forma de decir que el abuelo no era el mismo, y
en la necesidad que expresaba de tener a alguien en quien poder confiar.
Pude pedir permiso
en mi cargo de bibliotecario auxiliar de la Miskatonic University de Arkham, en
el mes de septiembre; así que fui. Fui, inquieto por la casi misteriosa
convicción de que le en la necesidad de ir urgentemente era grande: viaje en
avión de Boston a Chicago, y de allí, en tren, al pueblo de Harmon, en lo o más
profundos de la región boscosa de Wisconsin: un lugar de gran belleza natural,
no en lejos de las costas del lago Superior, de suerte que era posible, en días
de viento, escuchar el ruido del agua.
Frolin me esperaba en la estación. Mi primo frisaba casi los
cuarenta años, pero aparentaba unos días menos, con sus ardientes e intensos
ojos castaños, su boca suave y sensitiva, aunque el siempre había oscilado
entre la gravedad y una especie de rudeza contagiosa: «La sangre irlandesa»,
como dijo una vez nuestro abuelo. Le miré directamente a los ojos al darnos la
mano, tratando de descubrir alguna clave de su misteriosa zozobra, pero sólo vi
que estaba efectivamente preocupado, pues sus ojos le traicionaban, al igual
que las aguas de un estanque revelan las turbulencias del fondo, aunque tengan
la superficie como el cristal.
-¿Qué ocurre? -pregunté, sentado a su lado en el cupé,
mientras nos internábamos en la región de altos pinos-. ¿Está en cama el viejo?
Negó con la cabeza.
-¡Oh, no, nada de eso, Tony! -me lanzó una mirada extraña, contenida-.
Ya lo verás. Espera y lo verás.
-¿Qué es, entonces? -insistí-. Tu carta era de lo más
apremiante.
-Esperaba que lo fuera -dijo él, gravemente.
-Sin embargo, no es nada sobre lo que pueda preguntar
-admití-. No obstante, algo pasa.
Sonrió.
-Sí, sabía que comprenderías. Te digo que ha sido
difícil..., enormemente difícil. ¡Pensé en ti un montón de veces antes de
sentarme a escribir esa carta, créeme!
-Pero si no está enfermo... Creí que me decías que no era el
mismo.
-Sí, sí; eso te dije. Ahora espera, Tony; no seas tan
impaciente; lo verás por ti mismo. Es su
mente, creo.
-¡Su mente! -Sentí una clara oleada de sorpresa y pesar,
ante la idea de que el espíritu de nuestro abuelo hubiera comenzado a flaquear;
el pensamiento de que aquel cerebro magnífico hubiera declinado era
intolerable, y me negué a admitirlo-. ¡Eso no! -exclamé-. Frolin, ¿qué diablos
ocurre?
El volvió sus ojos turbados hacia mí, una vez más.
-No lo sé. Pero creo que es algo terrible. Si fuese
solamente el abuelo... Pero está la música, y luego todas esas cosas, los
ruidos y olores y... -Captó mi mirada de asombro y desvió los ojos, casi con un
esfuerzo físico, deteniendo su charla-. Pero se me olvidaba. No me preguntes
más. Aguarda y lo verás por ti mismo -rió brevemente, con una risa forzada-.
Quizá no sea el viejo el que está perdiendo el juicio. He pensado en eso a
veces, también... con razón.
No dijo nada más, pero ahora empezaba a invadirme una
especie de enervante temor, y durante un rato permanecí en silencio junto a él,
pensando solamente que Frolin y el viejo Josiah Alwyn vivían juntos en aquella
vieja casa, ignorando los pinos inmensos de los alrededores y el sonido del
viento, y el fragante humo de las hojas quemadas que el aire arrastraba desde
el noroeste. La noche cayó pronto en esta comarca poblada de oscuros pinos, y
aunque aún se demoraban las últimas claridades en poniente, la oscuridad,
desplegándose hacia arriba en una inmensa oleada azafrán y amatista, tomaba ya
posesión del bosque por el que viajábamos. De la oscuridad brotaban los gritos
de los grandes búhos cornudos y sus primos menores los autillos, prestando una
magia imponderable a la quietud que sólo turbaban la voz del viento y el ruido
del coche a través de la prácticamente solitaria carretera que conducía a la
casa de los Alwyn.
-Ya casi estamos -dijo Frolin.
Las luces del coche cruzaron por encima de un pino
desgarrado, fulminado por un rayo hacía años, el cual alzaba todavía dos ramas
raquíticas arqueadas como brazos retorcidos hacia el camino: un viejo tocón
hacia el que llamaron mi atención las palabras de Frolin, recordándome que
estábamos a media milla de la casa.
-Si el abuelo te preguntara -me pidió entonces-, quisiera
que no le dijeses que te he llamado yo. No sé si le gustaría. Puedes decirle
que te encontrabas no lejos de aquí, y se te ocurrió hacernos una visita.
Nuevamente sentí curiosidad, pero me abstuve de presionar
más a Frolin.
-¿Sabe él que vengo?
-Sí. Le dije que había tenido noticias tuyas y que iba a
bajar a la estación a esperarte.
Comprendí que si el viejo pensaba que Frolin me había
llamado por su salud, se molestaría y quizá se enfadaría; sin embargo, la
petición de Frolin implicaba algo más, más que el simple deseo de salvaguardar
el orgullo del abuelo. De nuevo se despertó en mí esa singular, intangible
alarma, esa sensación repentina, inexplicable de temor.
La casa surgió súbitamente en un claro entre los pinos.
Había sido construida por un tío de nuestro abuelo en tiempos de la
colonización de Wisconsin, allá por la década de 1850: uno de los Alwyn
marineros de Innsmouth, ese pueblo extraño y oscuro de la costa de
Massachusetts. Era una construcción muy poco atractiva, adosada a la falda del
monte como una vieja arrugada y ridículamente ataviada. Desafiaba muchas normas
arquitectónicas, sin que por ello dejase de reflejar las facetas de la
arquitectura de 1850, adoptando el más grotesco y pomposo aspecto de las
construcciones de aquel entonces. Poseía una amplia galería, uno de cuyos
costados conducía directamente a los establos donde antiguamente se guardaban
caballos, birlochos y calesas, y donde ahora se albergaban dos coches, único
rincón del edificio que mostraba alguna evidencia de haber sido restaurado
desde que lo construyeron. La casa alzaba dos plantas y media sobre un sótano;
probablemente -la oscuridad me impedía precisarlo con seguridad- estaba pintada
todavía del mismo horrible color castaño; y a juzgar por la luz que salía de
las ventanas encortinadas, el abuelo no se había tomado la molestia de instalar
la luz eléctrica, contingencia para la que venía yo bien preparado, provisto de
una linterna y una vela eléctrica, con pilas de repuesto para las dos.
Frolin metió el coche en el garaje, lo aparcó allí y sacó un
poco de equipaje, abriendo la marcha hacia la puerta de la entrada, una gran
pieza de roble de gruesos entrepaños, decorada con una enorme y ridícula aldaba
de hierro. El vestíbulo estaba a oscuras, aunque de la puerta entreabierta del
fondo surgía una débil luz que, no obstante, bastaba para iluminar
espectralmente la amplia escalera que conducía al piso superior.
-Te llevaré primero a tu habitación -dijo Frolin, siguiendo
escaleras arriba con el paso seguro del que frecuenta constantemente el lugar-.
Hay una linterna en el pilar de la escalera, en el descansillo -añadió-, por si
la necesitas. Ya conoces al viejo.
Encontré la luz y la encendí, entreteniéndome lo
imprescindible, de modo que cuando subí a reunirme con Frolin, éste estaba ya
junto a la puerta de mi habitación, la cual, como observé, se encontraba
directamente encima de la entrada de la casa y, por tanto, orientada al oeste,
como la propia casa.
-Nos está prohibido utilizar ninguna habitación de aquí
arriba que dé al este del vestíbulo -dijo Frolin, clavando en mí sus ojos, como
si dijese: «¡Ya sabes lo raro que se ha vuelto!» Esperó a que hiciera yo algún
comentario, pero como seguí callado, prosiguió-: Así que tengo la habitación
contigua a la tuya, y Hough está al otro lado de la mía, en el extremo sudeste.
A propósito, como habrás adivinado, Hough está preparando algo de comer.
-¿Y el abuelo?
-Seguramente estará en su despacho. Recordarás la
habitación.
Efectivamente, conocía aquella extraña habitación sin
ventanas, construida bajo las explícitas indicaciones de nuestro tío-bisabuelo
Leander, habitación que ocupaba casi toda la parte trasera de la casa, más el
lado noroeste completo, y todo el ancho del costado oeste, salvo el pequeño
ángulo sudoeste, acaparado por la cocina, cuya luz había visto yo filtrarse en
el vestíbulo, al entrar. El despacho se había construido adentrándose en la
ladera misma de la montaña, por lo que la pared este no tenía ventanas; pero no
había razón, salvo la excentricidad del tío Leander, para no haber abierto
ventanas en la pared norte. Aproximadamente en el centro de la pared este,
efectivamente, y empotrado en el muro, había un enorme cuadro que llegaba del
suelo al techo y ocupaba una anchura de casi dos metros. Si esta pintura,
ejecutada al parecer por algún amigo desconocido de tío Leander -si no por mi
propio tío-bisabuelo- hubiese tenido algún rasgo de genio o de talento fuera de
lo usual, semejante ostentación podría haberse pasado por alto; pero no era
así; se trataba de una representación prosaica por demás de un paisaje del
norte de la comarca, en el que se veía una ladera, con una cueva rocosa que se
abría en el centro del cuadro, un sendero borroso que conducía a ella, una
bestia impresionante que evidentemente pretendía ser un oso, tan común en otro
tiempo en esta región, dirigiéndose hacia ella, y por encima, algo que parecía
una nube siniestra perdida entre los pinos, alzándose oscuramente en derredor.
Esta dudosa obra de arte dominaba el despacho completa y absolutamente, a pesar
de las estanterías de libros que ocupaban casi todo el espacio disponible de
las paredes de la habitación, y de la absurda colección de rarezas diseminadas
por todas partes: trozos de piedra y madera curiosamente labrados, extraños
recuerdos de la vida marinera de nuestro tío-bisabuelo. El despacho tenía toda la
falta de vida de un museo y, sin embargo, respondía a mi abuelo como algo vivo;
hasta la pintura de la pared parecía adquirir frescor cuando él entraba.
-No creo que nadie que haya entrado en esa habitación pueda
olvidarla -dije con una mueca.
-Se pasa casi todo el tiempo ahí. No sale apenas, y supongo
que cuando llega el invierno sólo aparece a la hora de las comidas. Se ha
llevado allí la cama también.
Me estremecí.
-No puedo imaginarme que se pueda dormir en esa habitación.
-Ni yo. Pero ya sabes, está trabajando en algo, y creo
sinceramente que tiene trastornado el juicio.
-¿Otro libro de viajes, quizá?
Movió negativamente la cabeza.
-No, creo que es una traducción. Algo distinto. Un día
encontró unos viejos papeles de Leander, y desde entonces parece haber
empeorado progresivamente. -Alzó las cejas y se encogió de hombros-. Vamos.
Hough tendrá ya preparada la cena, y tú tendrás ocasión de juzgar por ti mismo.
Las críticas observaciones de Frolin me habían predispuesto
a ver a un anciano consumido. Al fin y al cabo, nuestro abuelo tenía setenta y
tantos años, y no podía vivir eternamente. Pero físicamente no había cambiado
en absoluto, por lo que pude apreciar. Allí estaba sentado para cenar: aún era
el mismo anciano fuerte, su bigote y su barba no eran blancos, sino de un gris
acerado, y su pelo era negro y abundante; tenía la cara igual de gruesa y
colorada que siempre. En el momento de entrar yo, estaba comiendo con apetito
un muslo de pavo. Al verme, alzó las cejas un poco, se quitó el muslo de la
boca, y me saludó con el mismo calor que si me hubiese ausentado media hora.
-Tienes buen aspecto -dijo.
-Y tú -dije yo-. Estás hecho un curtido veterano.
Hizo una mueca.
-Muchacho, estoy detrás de la pista de algo nuevo: una
región inexplorada, distinta de las africanas, asiáticas y árticas.
Lancé una mirada a Frolin. Evidentemente, esto era nuevo
para él; fueran cuales fuesen las alusiones que nuestro abuelo había dejado
escapar sobre sus actividades, no incluían esta novedad.
Me preguntó sobre mi viaje al Oeste, y el resto de la cena
lo pasamos hablando de los demás parientes. Observé que el anciano volvía
insistentemente sobre los largamente olvidados parientes de Innsmouth: ¿Qué
había sido de ellos? ¿Les había visto alguna vez? ¿Qué aspecto tenían? Como yo
no sabía prácticamente nada de nuestros parientes de Innsmouth, y abrigaba la
firme convicción de que todos habían muerto durante la extraña catástrofe en la
que muchos de los habitantes de esa apartada ciudad desaparecieron en el mar,
no pude serle de ninguna ayuda. Pero el giro de estas preguntas inocentes me
desconcertaba no poco. En mi condición de bibliotecario de la Miskatonic
University, había oído extrañas e inquietantes alusiones al caso de Innsmouth,
y a la intervención de la policía federal, así como otras historias sobre
extraños agentes, carentes todas ellas de ese esencial halo de veracidad que
hiciera verosímil la explicación de los terribles acontecimientos que habían
ocurrido en dicha ciudad. Quiso saber, por último, si había visto yo algún
retrato de ellos, y cuando le dije que no, se quedó manifiestamente
decepcionado.
-Mira -dijo con desaliento-, no hay retratos de tío Leander,
pero las gentes de Harmon que le conocieron me contaron hace años que era un
hombre muy casero, que su aspecto les recordaba al de una rana. -Súbitamente
pareció más animado, comenzó a charlar con un poco más de vivacidad-. ¿Tienes
idea de lo que eso significa, muchacho? No, por supuesto. Sería esperar
demasiado...
Guardó silencio durante un rato, tomando a sorbos su café,
tamborileando sobre la mesa con los dedos, y mirando fijamente al vacío con
expresión singularmente preocupada, hasta que, de pronto, se levantó y abandonó
la habitación, invitándonos a que fuésemos a su despacho cuando hubiéramos terminado.
-¿Qué opinas ? -preguntó Frolin, tan pronto como oímos
cerrarse la puerta del despacho.
-Es extraño -dije-. Pero no veo nada anormal, Frolin. Me
temo...
El sonrió lúgubremente.
-Espera. No emitas un juicio todavía; apenas hace dos horas
que estás aquí.
Nos dirigimos al despacho después de cenar, dejando que
recogieran la mesa Hough y su esposa, quienes habían servido a mi abuelo
durante veinte años en esta casa. El despacho estaba intacto, aparte la adición
de la vieja cama doble, arrimada contra la pared que separaba esta habitación
de la cocina. Mi abuelo estaba esperándonos, evidentemente, o más bien
esperándome a mí; y si había tenido motivos para considerar críptico al primo
Frolin, no hay palabra adecuada para calificar la subsiguiente conversación con
mi abuelo.
-¿Has oído hablar alguna vez del Wendigo? -preguntó.
Admití que había tenido ocasión de leer referencias a este
tema, juntamente con otras leyendas indias de la región del Norte: consistía en
la creencia en un ser sobrenatural y monstruoso, de aspecto horrendo, que
habitaba en las grandes soledades de los bosques.
Quiso saber si había pensado yo alguna vez que podía existir
una relación entre esta leyenda del Wendigo y los elementos aéreos; y al
contestar yo en sentido afirmativo, me expresó su curiosidad por saber cómo
había llegado a conocer la leyenda india, tomándose el trabajo de explicarme
que su pregunta no tenía nada que ver con el Wendigo.
-En mi condición de bibliotecario, tengo ocasión de
tropezarme con un montón de cosas raras -contesté.
-¡Ah! -exclamó, echando mano de un libro que tenía cerca de
su butaca-. Entonces, conoces indudablemente este libro.
Miré el pesado volumen de negra encuadernación, cuyo título
en letras de oro iba estampado en el lomo únicamente: The Outsider and Others,
de H. P. Lovecraft.
Asentí.
-Lo tenemos en nuestras estanterías.
-¿Lo has leído?
-Sí, claro. Es muy interesante.
-Entonces habrás leído lo que cuenta acerca de Innsmouth en
su extraño relato, La sombra sobre Innsmouth. ¿Qué piensas de ello?
Reflexioné apresuradamente, traté de recordar la historia, y
en seguida me vino a la memoria: era un cuento fantástico de horribles seres
acuáticos, progenie de Cthulhu, bestia de origen primordial que vivía en las
profundidades del mar.
-Ese hombre tenía bastante imaginación.
-¡Tenía! ¿Es que ha muerto?
-Sí, hace tres años.
-¡Ah! Y yo que pensaba aprender de él...
-Pero seguramente su ficción... -empecé.
Me detuvo.
-Si no puedes dar ninguna explicación sobre lo que ocurrió
en Innsmouth, ¿cómo puedes estar tan seguro de que su relato es ficticio?
Admití que no podía; pero el anciano pareció perder todo
interés. A continuación sacó un voluminoso sobre que tenía pegados muchos
sellos de tres centavos de 1869, tan apreciados por los coleccionistas, y
extrajo de él varios papeles que, según dijo, tío Leander había dejado con
instrucciones de que fueran arrojados a las llamas. Su deseo, empero, no se
había cumplido, explicó mi abuelo, y habían venido a parar a sus manos. Me
tendió unas hojas y me pidió mi opinión, sin apartar un momento sus sagaces
ojos de mí.
Las hojas pertenecían evidentemente a una carta larga,
escrita a mano y con las frases más torpes que cabe imaginar. Además, muchas de
dichas frases carecían de sentido, y la hoja que tenía yo delante estaba
repleta de alusiones extrañas. Mis ojos captaron palabras tales como Ithaqua,
Lloigor, Hastur; hasta que no devolví las hojas a mi abuelo, no se me ocurrió
que había leído esas palabras en otro sitio, no hacía mucho tiempo. Pero no
dije nada. Expliqué que no podía evitar la sensación de que tío Leander
escribía con innecesaria confusión.
Mi abuelo rió entre dientes.
-Creía que lo primero que se te ocurriría iba a ser algo muy
parecido a mi propia reacción; pero no, ¡me has fallado! ¡Indudablemente, está
claro que todo esto está en clave!
-¡Naturalmente! Eso explicaría la torpeza de sus líneas.
Mi abuelo sonrió con afectación.
-Una clave bastante simple, pero adecuada..., totalmente
adecuada. Todavía no he terminado de descifrarla. -Golpeó el sobre con el
índice-. Parece que se refiere a esta casa, y hay una advertencia, repetida más
de una vez, sobre que hay que tener cuidado de no traspasar el umbral, so pena
de horribles consecuencias. Muchacho, he cruzado y recruzado cada uno de los
umbrales de este edificio docenas de veces, sin consecuencias de ningún género.
Así que, por lo tanto, en alguna parte debe haber un umbral que no he cruzado
aún.
No pude reprimir una sonrisa ante su animación.
-Si a tío Leander se le extravió el juicio, el tuyo no
parece irle muy en zaga -dije.
La conocida impaciencia de mi abuelo salió repentinamente a
la superficie. Apartó los papeles de mi tío de una manotada, nos despidió a los
dos con la otra, y dio a entender claramente que tanto Frolin como yo habíamos
dejado de existir para él en ese instante.
Nos levantamos, murmuramos alguna disculpa y abandonamos la
habitación.
En la semioscuridad del vestíbulo, Frolin me miró sin decir
nada, contentándose con fijar sus ojos furibundos en los míos durante un minuto
largo, antes de dar media vuelta y llevarme arriba, donde nos despedimos y nos
retiramos cada uno a nuestra alcoba a descansar.
II
La actividad nocturna de la mente subconsciente ha sido
siempre de hondo interés para mí, ya que me parece que se abren oportunidades
sin límite ante cada individuo que está alerta. Muchas son las veces que me he
ido a la cama agobiado por un problema, para encontrarlo resuelto -en la medida
en que soy capaz de resolverlo- al despertar. De las otras actividades más
tortuosas de la mente nocturna sé menos. Pero lo que sí sé es que esa noche me
retiré dándole vueltas a la cabeza sobre dónde me había tropezado con las
extrañas palabras de mi tío Leander, con la más enérgica y lúcida razón, y que
me dormí por último sin haber encontrado respuesta a esta cuestión.
Sin embargo, cuando me desperté en la oscuridad, unas horas
más tarde, supe inmediatamente que había leído esos extraños nombres propios en
el libro de H. P. Lovecraft que teníamos en la Miskatonic, y sólo en segundo
lugar me di cuenta de que alguien golpeaba a mi puerta, y que llamaba con voz
apagada:
-Soy Frolin. ¿Estás despierto? Quiero pasar.
Me levanté, me puse la bata y encendí mi vela eléctrica. A
todo esto, Frolin había entrado en la habitación; su cuerpo delgado temblaba
ligeramente, quizá de frío, pues la brisa de la noche de setiembre que entraba
por mi ventana no era ya veraniega.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
Se acercó a mí, con una luz extraña en los ojos, y puso una
mano sobre mi brazo.
-¿No oyes ? -preguntó-. Dios mío, quizá sea mi cabeza...
-¡No, espera! -exclamé.
De alguna parte del exterior, venía al parecer una música
espectralmente hermosa: «Son flautas» , pensé.
-Es la radio del abuelo -dije-. ¿La suele escuchar a estas
horas?
La expresión de su cara acalló mis palabras.
-La única radio de la casa la tengo yo. Está en mi
habitación y no está tocando. Incluso te diré que tiene las pilas gastadas.
Además, ¿has oído alguna vez esa clase de música por la radio?
Escuché con renovado interés. La música parecía extrañamente
apagada, y no obstante, se oía bien. Observé, por otra parte, que no tenía una
dirección definida: mientras al principio parecía provenir del exterior, ahora
daba la sensación de que brotaba de debajo de la casa. Era como una rara
melodía de flautas y caramillos.
-Es una orquesta de flautas -dije.
-O son las siringas de Pan -dijo Frolin.
-Esos instrumentos ya no se usan -objeté distraídamente.
-En la radio -puntualizó Frolin.
Le miré sorprendido; él me devolvió la mirada con seriedad.
Se me ocurrió que su poco natural gravedad tenía una razón de ser, ya deseara
él o no expresar con palabras esa razón. Le cogí del brazo.
-Frolin, ¿qué ocurre? Te noto alarmado.
Tragó saliva.
-Tony, esa música no viene de ninguna parte de la casa.
Viene de fuera.
-Pero ¿quién iba a estar fuera? -pregunté.
-Nadie, ningún ser humano.
Por fin habíamos llegado. Casi con alivio, afronté esta
posibilidad que había temido admitir ante mí mismo y que debía afrontar.
Nadie..., ningún ser humano.
-Entonces, ¿ quién? -pregunté.
-Creo que el abuelo lo sabe -dijo-. Ven conmigo, Tony. Deja
la luz; podemos hallar el camino a oscuras.
En el vestíbulo, me detuvo una vez más su mano tensa,
sujetándome del brazo.
-¿Has notado eso? -susurró, siseante-. ¿Has notado eso
también ?
-El olor -dije-. Es un olor vago, impreciso, a agua, a peces
y a ranas y a habitantes de lugares acuáticos.
-¿Y ahora? -dijo él.
Súbitamente, el olor a humedad había desaparecido y en su
lugar penetraba rápidamente un frío, derramándose en el vestíbulo como algo
vivo la indefinible fragancia de la nieve, la apagada humedad del aire cargado
de nieve.
-¿Comprendes por qué estaba yo preocupado ? -preguntó
Frolin.
Sin darme tiempo a contestar, abrió la marcha escaleras abajo
hasta la puerta del despacho del abuelo, por debajo de la cual brillaba aún una
delgada raya de luz amarilla. Me daba cuenta, a cada escalón que descendíamos,
de que la música aumentaba de volumen, aunque no se hacía más comprensible, y
ahora, ante la puerta del despacho, se hizo evidente que provenía de dentro, y
que la extraña variedad de olores venía igualmente de dentro. La oscuridad
parecía palpitar de amenaza, cargada de un terror inminente y presagioso que
nos envolvía como en una concha, hasta el punto de que Frolin temblaba a mi
lado.
Alcé impulsivamente la mano y llamé.
No hubo respuesta en el interior, ¡pero en el instante en
que sonó el golpe en la puerta, la música se detuvo, y los extraños olores se
desvanecieron en el aire!
-¡No debías haber hecho eso! -susurró Frolin-. Si él...
Empujé la puerta. Cedió a mi presión y se abrió.
No sé qué esperaba ver allí en el despacho, pero desde luego
no lo que vi. El aspecto de la habitación no había cambiado un ápice, quitando
el hecho de que el abuelo se había acostado y la lámpara seguía ardiendo.
Permanecí inmóvil unos instantes sin atreverme a creer el testimonio de mis
ojos, estupefacto ante la prosaica escena que presenciaba. ¿De dónde había
surgido la música que yo había oído? ¿Y los olores y fragancias del aire? La
confusión se apoderó de mis pensamientos y estaba a punto de retirarme, turbado
ante la expresión de descanso de mi abuelo, cuando habló él:
-Pasa, pasa -dijo, sin abrir los ojos-. Así que has oído la
música también, ¿no? Había empezado a preguntarme por qué no la oía nadie más.
Es mongólica, me parece. Hace tres noches era claramente india, del Norte otra
vez, de Canadá y de Alaska. Creo que hay lugares donde Ithaqua es adorado
todavía. Sí, sí..., y hace una semana, oí las últimas notas tocadas en el
Tíbet, en la prohibida Lhassa de hace años, de hace décadas.
-¿Quién la tocaba? -exclamé-. ¿De dónde viene?
Abrió los ojos y se nos quedó mirando.
-Salía de aquí, creo -dijo, colocando la palma de la mano
sobre el manuscrito que tenía delante, las hojas escritas por mi
tío-bisabuelo-. Y la tocaban los amigos de Leander. Es la música de las
esferas, muchacho... ¿Das crédito a tus sentidos?
-La he oído. Y Frolin también.
-¿Y qué pensará Hough? -murmuró el abuelo. Suspiró-: Casi lo
tengo, creo. Sólo falta determinar con cuál de ellos se comunicaba Leander.
-¿Con cuál? -repetí-. ¿Qué quieres decir?
Cerró los ojos y la sonrisa le volvió brevemente a los
labios.
-Al principio creía que era Cthulhu; Leander era marinero,
al fin y al cabo. Pero ahora me pregunto si no serían criaturas del aire:
Lloigor, quizá, o Ithaqua, al que creo que algunos indios llaman el Wendigo.
Hay una leyenda que dice que Ithaqua se lleva a sus víctimas consigo a los
espacios lejanos que hay por encima de la Tierra..., pero se me está olvidando
todo otra vez, mi mente divaga.
Sus ojos se abrieron, y vi que nos miraban con una expresión
singularmente lejana.
-Es tarde -dijo-. Necesito dormir.
-¿De qué estaba hablando, en nombre de Dios? -preguntó
Frolin, ya en el vestíbulo.
-Vamos -dije.
Pero una vez en mi habitación, con Frolin aguardando a
escuchar expectante lo que yo tuviera que decir, no supe cómo empezar. ¿Cómo
hablar del saber preternatural que encerraban los textos prohibidos de la
Miskatonic University, el espantoso Libro de Eibon, los oscuros Manuscritos
Pnakóticos, el terrible Texto de R'lyeh, y el más tenebroso de todos, el
Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred? ¿Cómo contarle todas las cosas que
se agolparon en mi mente al escuchar las extrañas palabras de mi abuelo, los
recuerdos que emergían de lo más profundo...? ¿Cómo hablarle de los
Primordiales, seres antiquísimos de increíble perversidad, dioses viejos que en
un tiempo poblaron la Tierra y todo el universo que ahora conocemos, y quizá mucho
más, y de los dioses arquetípicos del bien, y de las fuerzas del antiguo mal,
ahora sometidas, y sin embargo, irrumpiendo eternamente, manifestándose en
cortos períodos, de manera horrible, en el mundo de los hombres? Y si antes mi
memoria no había sido lo bastante clara, o los había rechazado con la fuerza de
mis prejuicios inherentes, ahora evocaba sus nombres terribles: Cthulhu, guía
poderoso de las fuerzas de las aguas de la Tierra; Yog-Sothoth y Tsathoggua,
moradores de las profundidades terrestres; Lloigor, Hastur e Ithaqua, el
Ser-Nieve y EI-Que-Camina-en-el-Viento, que son elementos aéreos todos ellos.
Era de estos seres de quienes mi abuelo había hablado; y la conclusión que
había sacado resultaba demasiado clara para que pudiese pasarse por alto, o aun
interpretarse de otro modo: que mi tío-bisabuelo había vivido en la apartada y
ahora deshabitada ciudad de Innsmouth, que había tenido trato con al menos uno
de estos seres. Y había otro corolario al que él no había llegado, pero que se
desprendía de algo que había dicho por la tarde: que en algún lugar de la casa
había un umbral que un hombre no debía atreverse a trasponer, y que había un
peligro acechando al otro lado de ese umbral que no era sino la vía de
retroceso en el tiempo, el camino de espantosa comunicación con los dioses
primordiales que tío Leander había tenido.
Y sin embargo, no había captado toda la importancia de las
palabras de mi abuelo. Aunque había dicho mucho, aún había mucho más por decir,
y más tarde no pude culparme de no haber comprendido plenamente que las
actividades de mi abuelo se orientaban hacia el descubrimiento de ese umbral
secreto del que tío Leander hablaba tan crípticamente en sus cartas... ¡y a
cruzarlo! En la confusión mental en que ahora me encontraba, preocupado con la
antigua mitología de Cthulhu, Ithaqua y los dioses arquetípicos, no seguí los
evidentes indicios que conducían a tan lógica conclusión, posiblemente porque
temía instintivamente llegar demasiado lejos.
Me volví a Frolin y se lo expliqué lo más claramente que
pude. El escuchó atentamente, haciendo de cuando en cuando alguna pregunta
concreta, palideciendo ligeramente ante determinados detalles que no podía yo
dejar de mencionar, y no se mostró tan escéptico como yo había pensado. Esto
era en sí prueba del hecho de que aún había más cosas por descubrir sobre las
actividades del abuelo e incidentes de la casa, aunque yo no me di cuenta
inmediatamente. Sin embargo, iba a tardar poco en averiguar algo más sobre la
razón fundamental de que Frolin hubiese aceptado en seguida mi explicación,
necesariamente breve.
A mitad de una pregunta, dejó de hablar de repente, y asomó
a sus ojos una expresión que indicaba que su atención se había desviado de mí,
de la habitación, a algo más allá; se quedó en la actitud del que escucha, e
impulsado por su gesto, me esforcé yo también por averiguar qué era lo que oía.
«Es sólo la voz del viento en los árboles, que se ha elevado
ahora un poco -pensé-. Va a haber tormenta.»
-¿Oyes ? -preguntó él en un susurro estremecido.
-No -respondí quedamente-. Sólo el viento.
-Sí, sí... el viento. Te lo escribí, recuerda. Escucha.
-Vamos, Frolin, ten serenidad. Sólo es el viento.
Me dirigió una mirada compasiva y, dirigiéndose a la
ventana, me hizo señas de que le siguiera. Me acerqué y me puse a su lado. Sin
decir palabra, señaló hacia la oscuridad que envolvía la casa. Tardé un momento
en acostumbrar mis ojos a la noche, pero después pude ver la línea de árboles
recortada fuertemente contra el cielo limpio y estrellado. Y entonces,
instantáneamente, comprendí.
Aunque el viento rugía y tronaba alrededor de la casa, nada
turbaba la quietud de los árboles que tenía ante mis ojos: ¡ni una hoja, ni una
copa, ni una ramita se mecía lo que es el espesor de un cabello!
-¡Dios mío! -exclamé, y retrocedí, alejándome del cristal
como para borrar la visión de mis ojos.
-¿Comprendes ahora? -preguntó él, retirándose de la ventana
también-. Yo ya lo he oído otras veces.
Se quedó inmóvil, como aguardando, y yo también esperé; a la
sazón, el ruido del viento había alcanzado una intensidad sobrecogedora, de
suerte que parecía como si la vieja casa fuera a ser arrancada de la ladera y
lanzada valle abajo. En efecto, hubo un leve temblor en el mismo momento en que
lo estaba pensando: una extraña vibración, como si la casa se estremeciera, y
los cuadros de las paredes se movieran ligeramente, de manera casi furtiva,
casi imperceptible, y sin embargo, inequívocamente visible. Miré a Frolin, pero
su semblante no se había alterado; siguió allí, escuchando, de modo que
comprendí que aún no habíamos llegado al final de esta singular manifestación.
El ruido del viento era ahora un terrible, demoníaco aullido, acompañado de
notas de música que por un momento se hicieron distintas, aunque tan
perfectamente mezcladas con la voz del viento que al principio no se
distinguían. La música era semejante a la de antes, como de flautas, y de
cuando en cuando, de instrumentos de cuerda, pero ahora mucho más violenta,
resonando con aterrador desenfreno, con un carácter de abominable maldad. Al
mismo tiempo, ocurrieron otras dos manifestaciones. La primera fue el ruido
como de caminar de alguien, de un gran ser cuyos pasos parecieron penetrar en
la habitación desde el corazón mismo del viento; ciertamente, no se produjeron
dentro de la casa, aunque había en ellos el inequívoco crescendo que denotaba
su gradual aproximación. El segundo fue un repentino cambio de temperatura.
La noche, fuera, era calurosa para el mes de setiembre en el
nórdico estado de Wisconsin, y la casa, también, se había mantenido
razonablemente confortable. Ahora, de pronto, coincidiendo con los pasos que se
acercaban, la temperatura comenzó a descender rápidamente, de modo que en poco
tiempo el aire de la habitación se enfrió, y tanto Frolin como yo tuvimos que
ponernos más ropa para no resfriarnos. Sin embargo, esto no parecía ser la
culminación de las manifestaciones que tan claramente esperaba Frolin: seguía
de pie, sin decir nada, aunque sus ojos, encontrándose con los míos de tiempo
en tiempo, eran lo bastante elocuentes como para expresar su pensamiento. No sé
el tiempo que permanecimos allí, escuchando los aterradores sonidos, antes de
producirse el final.
Pero, súbitamente, Frolin me cogió del brazo, y con un ronco
susurro, exclamó:
-¡Ahí! ¡Ahí están! ¡Escucha!
El ritmo de la espectral música había cambiado
repentinamente y decrecía desde el violento frenesí anterior ; ahora se
transformó en una melodía de una dulzura casi insoportable, con cierto matiz
melancólico, y resultaba tan agradable como perversa había sido la anterior;
sin embargo, la nota de terror no había desaparecido completamente. Al mismo
tiempo, se hizo evidente un sonido de voces que se elevaron progresivamente en
una especie de cántico, desde algún lugar de detrás de la casa..., como del
despacho.
-¡Gran Dios del cielo! -grité, aterrado a Frolin-. ¿Qué
ocurre ahora?
-Es por el abuelo -dijo-. Tanto si lo sabe él como si no,
ese ser viene y canta para él -sacudió la cabeza y cerró los ojos un instante,
antes de añadir amargamente en voz baja e intensa-: ¡Si hubiese quemado esos
malditos papeles de Leander, como debía haber hecho...!
-Casi podrían entenderse las palabras -dije, escuchando
atentamente.
Se oían palabras, pero no palabras que yo hubiese oído
nunca; eran una especie de berridos horribles y primitivos, como si alguna
criatura bestial, dotada de media lengua, aullase sílabas de insensato horror.
Echamos a correr y abrimos la puerta; inmediatamente, los sonidos parecieron
más claros, de forma que lo que yo había tomado por muchas voces era sólo una,
capaz, no obstante, de producir la ilusión de multiplicidad. Las palabras -o
quizá sería mejor que dijese sonidos, sonidos bestiales- se elevaban desde
abajo como un aullido sobrecogedor:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua! Ithaqua cf'ayak vulgthumm. ¡Ia! ¡Uhg!
¡Cthulhu fhtagn! ¡Shub-Niggurath! ¡Ithaqua
naflfhtagn!
Increíblemente, la voz del viento se elevaba y rugía cada
vez más terriblemente, hasta el punto que pensé que la casa iba a salir
despedida al vacío en cualquier momento, y Frolin y yo de sus habitaciones, y
que nos iba a succionar el aliento de nuestros cuerpos desamparados. En la
confusión de espanto y asombro que se apoderó de mí, pensé en ese instante en
mi abuelo, que estaba abajo en el despacho, y, haciendo una seña a Frolin, eché
a correr hacia la escalera, decidido, a pesar de mi horrible miedo, a ponerme
entre el anciano y lo que le amenazase, fuera lo que fuese. Corrí a su puerta y
me abalancé contra ella, y una vez más, como antes, cesaron todas las
manifestaciones: como el chasquido de un interruptor, cayó el silencio, que
momentáneamente se hizo aún más terrible.
Se abrió la puerta, y nuevamente me encontré ante mi abuelo.
Estaba sentado todavía como lo habíamos dejado antes, aunque
ahora tenía los ojos abiertos, la cabeza un poco erguida y la mirada fija en el
enorme cuadro de la pared este.
-¡En nombre de Dios! -grité-. ¿Qué es eso?
-Espero averiguarlo muy pronto -contestó con gran dignidad y
gravedad.
Su absoluta carencia de temor sosegó algo mi propia alarma,
y entré un poco más en la habitación, seguido de Frolin. Me incliné sobre su
cama, procurando que fijara su atención en mí, pero siguió mirando el cuadro
con singular intensidad.
-¿Qué estás haciendo ? -pregunté-. Sea lo que fuere,
encierra peligro.
-Un explorador como tu abuelo difícilmente estaría
satisfecho si no fuera así, muchacho -replicó con tono agrio y práctico.
Yo sabía que era verdad.
-Prefiero morir con las botas puestas a hacerlo aquí en la
cama -prosiguió-. En cuanto a lo que has oído, no sé cuánto has oído tú...,
pero es algo por el momento inexplicable. Pero quisiera llamar tu atención
hacia la extraña acción del viento.
-No había viento -dije-. Me he asomado.
-Sí, sí -dijo con cierta impaciencia-. Muy cierto. Y sin
embargo, ahí estaba el ruido del viento, y todas esas voces del viento... tal
como las he oído en Mongolia, en las grandes regiones nevadas, en la lejana y
secreta meseta de Leng, donde el pueblo Tcho-Tcho adora a extraños dioses
antiguos... -De pronto se volvió hacia mí, y sus ojos me parecieron
enfebrecidos-. ¿Te he hablado del culto a Ithaqua, al que algunos indios de
Manitoba superior llaman a veces El-Que-Camina-en-el-Viento, y otros,
efectivamente, el Wendigo, y sobre sus creencias de que
El-Que-Camina-en-el-Viento ejecuta sacrificios humanos y se lleva a sus
víctimas a parajes apartados de la Tierra, abandonándolas finalmente muertas?
¡Oh!, hay historias, muchacho, y leyendas muy extrañas... y algo más -se
inclinó hacia mí ahora con fiera intensidad-: Yo mismo he visto cosas..., cosas
encontradas en un cuerpo caído del aire..., cosas que no es posible que existan
en Manitoba, cosas que pertenecían a Leng, a las islas del Pacífico -y me
despidió con un movimiento de brazo, y una expresión de disgusto cruzó por su
rostro-. No me crees. Piensas que desvarío. ¡Vete, regresa a tu sueño mezquino,
y espera tu final a lo largo de la eterna miseria de monotonía, día tras día!
-¡No! Cuéntamelo ahora.
-Hablaré contigo por la mañana -dijo él cansadamente,
echándose hacia atrás.
Me tuve que contentar con eso: era duro como el diamante, y
no había forma de ablandarle. Le di las buenas noches de nuevo, y me retiré al
vestíbulo con Frolin, que movía la cabeza lenta, negativamente.
-Cada vez está peor -susurró-. Cada vez el viento sopla con
más fuerza, el frío es más intenso, las voces y la música más claras... ¡y el
ruido de esos pasos más terrible!
Dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras; tras un
momento de vacilación, le seguí.
Por la mañana, mi abuelo mostraba su habitual aspecto
saludable. En el momento de entrar yo en el comedor, estaba hablando a Hough,
evidentemente en respuesta a una petición, pues el viejo criado se mantenía
respetuosamente inclinado mientras oía decir a mi abuelo que él y la señora
Hough podían efectivamente tomarse una semana de vacaciones a partir de este
momento, si la salud de la señora Hough requería ir a Wausau a visitar a un
especialista. Frolin me miró a los ojos con crispada sonrisa; su rostro había
perdido algo de color, lo que le daba un aspecto pálido y trasnochado, aunque
comía con bastante apetito. Su sonrisa, y la breve mirada significativa de sus
ojos hacia Hough cuando se retiraba, manifestaron a las claras que esta
necesidad que les había sobrevenido a Hough y a su esposa era un modo de
combatir las manifestaciones que tanto me habían perturbado en mi primera noche
en la casa.
-Bueno, muchacho -dijo el abuelo alegremente-, ya casi se te
ha ido el aspecto macilento que tenías anoche. Confieso que estaba preocupado
por ti. Supongo que tampoco te sentirás tan escéptico como antes.
Rió entre dientes, como si acabara de decir un chiste. Por
desgracia, yo no pude considerarlo así. Me senté y empecé a comer un poco,
mirándole de cuando en cuando, esperando a que empezara la explicación de los
extraños sucesos de la noche anterior. Como en seguida me di cuenta de que no
tenía intención de explicarme nada, me vi obligado a pedírselo expresamente,
cosa que hice con toda la dignidad posible.
-Siento mucho que no hayas podido descansar -dijo-. El hecho
es que ese umbral del que habla Leander debe de encontrarse en algún lugar del
despacho; anoche sentí la absoluta certeza de que era así, antes de que
irrumpieras en mi habitación por segunda vez. Además, parece incuestionable que
al menos un miembro de la familia tuvo relaciones con alguno de aquellos
seres... Leander, naturalmente.
Frolin se inclinó hacia delante.
-¿Crees en ellos?
Nuestro abuelo sonrió agriamente.
-Debería resultar evidente que, cualesquiera que sean mis
poderes, el alboroto que oísteis anoche difícilmente pudo ser provocado por mí.
-Sí, por supuesto -concedió Frolin-. Pero algún otro
agente...
-No, no; queda por determinar solamente cuál. El olor a agua
es signo de la progenie de Cthulhu, pero los vientos podrían deberse a Lloigor,
o a Ithaqua, o a Hastur. Pero las estrellas no están en la posición favorable
para que sea Hastur -prosiguió-. Así que debemos quedarnos con los otros dos.
Son ellos, o uno de ellos, los que están justamente al otro lado del umbral.
Quiero saber qué hay más allá de ese umbral, si puedo descubrirlo.
Parecía increíble que mi abuelo hablase con tanta
indiferencia sobre estos seres antiguos; su aire prosaico era en sí mismo tan
alarmante como los acontecimientos de la noche. La temporal sensación de seguridad
que había sentido yo al verle desayunar desapareció; empecé a tener conciencia
nuevamente de ese creciente temor que había experimentado cuando me aproximaba
a la casa, la pasada tarde, y lamentaba haber forzado mi interrogatorio.
Si mi abuelo sabía algo, no lo manifestó. Siguió hablando
con el tono del profesor que realiza una investigación científica para
beneficio del auditorio que tiene delante. No cabía duda, dijo, que existía una
relación entre los sucesos de Innsmouth y el contacto exterior no humano de
Leander Alwyn. ¿Abandonó Leander la ciudad de Innsmouth originalmente por el
culto a Cthulhu que existía allí, porque él también se vio aquejado de esa
singular transformación facial que afectó a tantos habitantes de la maldita
Innsmouth, confiriéndoles aquella extraña fisonomía de batracio que horrorizó a
los investigadores federales que fueron a inspeccionar el caso? Quizá fuera
eso. En todo caso, al dejar atrás el culto de Cthulhu, se abrió camino hacia
las regiones inexploradas de Wisconsin y estableció contacto de algún modo con
alguno de los otros seres más antiguos, Lloigor o Ithaqua; todos ellos, hay que
decir, fuerzas elementales del mal. Al parecer, Leander Alwyn era un hombre
perverso.
-Si hay alguna verdad en todo esto -exclamé-, entonces
habría que hacer caso de la advertencia de Leander. ¡Abandona ese descabellado
empeño en descubrir el umbral del que hablas!
Mi abuelo me miró un instante con calculada indulgencia;
pero era evidente que no se sentía aludido por mi explosión.
-Ahora que me he embarcado en esta exploración, pienso
seguirla. Al fin y al cabo, Leander murió de muerte natural.
-Pero, según tu propia teoría, había tenido relaciones con
esos... seres -dije-. Tú no tienes ninguna. Te atreves a salir -a los espacios
desconocidos, por así decir, sin tener en cuenta los horrores que puedes
encontrar.
-Cuando estuve en Mongolia me tropecé con horrores también.
Jamás en la vida pensé que saldría con vida de Leng. -Calló, meditabundo, y
luego se levantó lentamente-. No; me propongo descubrir el umbral de Leander. Y
esta noche, oigáis lo que oigáis, no tratéis de interrumpirme. Sería una
lástima que, después de tanto tiempo, me volviese a retrasar vuestra
impetuosidad.
-Y cuando hayas descubierto el umbral -exclamé-, ¿qué?
-No estoy seguro de que quiera cruzarlo.
-Puede que no dependa de ti el elegir.
Me miró un instante en silencio, sonrió amablemente, y
abandonó la habitación.
III
Aun ahora que ha pasado tanto tiempo, me resulta difícil
narrar los acontecimientos de aquella noche catastrófica, por lo vívidamente
que me vuelven a la memoria, a pesar del prosaico ambiente de la Miskatonic
University, donde tantos y tan tremendos secretos se ocultan en textos antiguos
y poco conocidos. Y sin embargo, para comprender los difundidos acontecimientos
que ocurrieron después, es preciso conocer los sucesos de aquella noche.
Frolin y yo pasamos la mayor parte del día revisando los
libros y papeles de mi abuelo, con intención de comprobar ciertas leyendas a
las que se había referido en sus conversaciones, no sólo conmigo, sino con
Frolin antes de mi llegada. A lo largo de toda su obra aparecían infinidad de
alusiones crípticas, pero no encontramos más que un relato relacionado con
nuestra investigación: una historia algo oscura, declaradamente de origen
legendario, concerniente a la desaparición de dos habitantes de Nelson,
Manitoba, y un oficial de la Policía Montada de la Royal Northwest, y la
reaparición de los tres como llovidos del cielo, helados y muertos o
moribundos, balbuciendo palabras sobre Ithaqua, El-Que-Camina-en-el-Viento, y
sobre muchos lugares de la faz de la Tierra, y portando consigo extraños
objetos, propios de lejanas regiones, que jamás se había sabido que poseyeran
en vida. La historia era increíble, y sin embargo, estaba claramente
relacionada con la mitología consignada en The Outsider and Others y las que se
relataban en los Manuscritos Pnakóticos, el Texto de R'lyeh y el terrible
Necronomicón.
Aparte de esto, no encontramos nada que se relacionase de manera
palpable con nuestro problema, así que nos resignamos a esperar a que llegase
la noche.
En la comida y la cena, preparadas por Frolin en ausencia de
Hough, mi abuelo se comportó con la normalidad de costumbre, sin aludir para
nada a su extraña aventura, comentando solamente que ahora tenía la prueba
concreta de que había sido Leander quien había pintado ese poco atractivo
paisaje de la pared este del despacho, y que esperaba que pronto -dado que
estaba llegando al final de su tarea de descifrar la larga y vaga carta de
Leander- descubriría la clave esencial de ese umbral del que hablaba, y al que
se refería ahora cada vez más. Cuando se levantó de la mesa, nos advirtió de
nuevo solemnemente que no le interrumpiésemos por la noche, so pena de causarle
el mayor disgusto, y acto seguido se metió en aquel despacho, del que no volvió
a salir ya nunca.
-¿Crees que vas a poder dormir? -me preguntó Frolin cuando
nos quedamos solos.
Negué con la cabeza.
-Imposible. Permaneceré en vela.
-Creo que no le gustaría que nos quedásemos abajo -dijo
Frolin, frunciendo levemente el ceño.
-Me iré entonces a mi habitación -dije-. ¿Y tú?
-Me quedaré contigo, si no te importa. El se propone llegar
al final, y no hay nada que podamos hacer hasta que nos necesite. Puede llamar...
Yo tenía la desagradable convicción de que si mi abuelo nos
llamaba, sería demasiado tarde, pero me abstuve de expresar mis temores en voz
alta.
Los sucesos de esa noche empezaron como en la anterior: con
los acordes de aquella música espectralmente hermosa, como de flautas, que
brotaba de la oscuridad que envolvía la casa. Después, al cabo de un rato,
comenzó el viento, y el frío, y la voz ululante. Y entonces, precedido por un
aura de maldad tan grande que casi nos asfixiaba en la habitación, sucedió algo
más, algo indeciblemente espantoso. Frolin y yo estábamos a oscuras; yo no me
había molestado en encender mi vela eléctrica, dado que ninguna luz podría
revelarnos el origen de todas estas manifestaciones. Fui a la ventana y, cuando
el viento empezó a levantarse, miré una vez más hacia la línea de árboles,
pensando que, con toda certeza, se agitarían con la enorme embestida del
viento; pero una vez más, no vi nada, ni un leve movimiento en esa quietud. Ni
una nube tampoco en el cielo; las estrellas brillaban vivamente, las
constelaciones del verano descendían hacia el borde occidental de la Tierra
indicando el otoño en el firmamento. El ruido del viento se había elevado
invariablemente, de forma que ahora adquirió la furia de un ventarrón; y no obstante,
ni un movimiento turbaba la línea de árboles más oscuros que la negrura del
cielo.
Pero súbitamente -tan súbitamente que por un instante
parpadeé en un esfuerzo por convencerme de que un sueño había nublado mi
visión-. en una amplia zona del firmamento ¡desaparecieron las estrellas! Me
puse de pie y pegué la cara contra el cristal. Era como si hubiese surgido una
nube de repente en el cielo, a la altura casi del cenit; pero no era posible
que surgiese ninguna nube a esa velocidad. A ambos lados, y por encima,
brillaban aún las estrellas. Abrí la ventana y me asomé, tratando de seguir el
oscuro perfil que se recortaba contra las estrellas. ¡Era el perfil de un
animal inmenso, una horrible caricatura de hombre, la cual elevaba hasta el
cielo lo que semejaba una cabeza, y allí, en el lugar donde podían situarse los
ojos, resplandecían con un rojo encendido como dos estrellas de fuego! ¿O eran
estrellas? En ese mismo instante, los ruidos de pasos que se aproximaban
aumentaron hasta tal punto que la casa se estremecía y temblaba con sus
vibraciones, la furia demoníaca del viento se elevó a unas proporciones
indescriptibles, y el ulular alcanzó tal grado que resultaba enloquecedor.
-¡Frolin! -llamé roncamente.
Noté que se ponía a mi lado, y un instante después sentí que
me apretaba frenéticamente el brazo. ¡Así pues, él también lo había visto, no
era una alucinación, ni un sueño, ese ser gigantesco que se recortaba sobre las
estrellas y se movía!
-¡Se mueve! -susurró Frolin-. ¡Oh, Dios, viene hacia aquí!
Se alejó despavorido de la ventana, y yo también. Pero un
instante después, la sombra del cielo había desaparecido, y volvían a brillar
las estrellas. El viento, no obstante, no había disminuido un ápice en
intensidad; si era posible, se hacía más feroz y violento por momentos; la casa
entera se estremecía y temblaba, mientras aquellas pisadas atronadoras sonaban
y resonaban en el valle que se abría ante la casa. Y el frío se fue
intensificando, de modo que el aliento nos salía en forma de un vapor blanco en
el aire: era un frío como de los espacios exteriores.
Por encima de la confusión de la mente, pensé en la leyenda
que contaban los papeles de mi abuelo: la leyenda de Ithaqua, cuya
característica consistía en el frío y la nieve de las lejanas regiones árticas.
Estaba recordando esto, cuando un coro espantoso de aullidos, cántico triunfal
de miles de bocas bestiales, me lo borró todo de la mente:
-¡Ia! ¡Ia! ¡Ithaqua, Ithaqua! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai! Ithaqua cf'ayak
vulgtumm vugtlagln vulgtumm. ¡Ithaqua fhtagn! ¡Ugh! ¡Ia! ¡Ia! ¡Ai! ¡Ai! ¡Ai!
Al mismo tiempo, sobrevino un estallido atronador, e
inmediatamente después, la voz de mi abuelo se elevó en un grito terrible, un
grito que se convirtió en un alarido de mortal terror, de forma que los nombres
que quiso pronunciar -el de Frolin y el mío- se perdieron, se ahogaron en su
garganta bajo la fuerza del horror que se le había manifestado.
Y tan repentinamente como se dejó de oír su voz, cesaron
todos los demás fenómenos, dejando ese silencio espectral y prodigioso que nos
envuelve como una nube de fatalidad.
Frolin llegó a la puerta de la habitación antes que yo,
aunque no me quedé atrás. Se cayó en mitad de la escalera, pero se incorporó a
la luz de mi vela eléctrica, que había cogido yo al salir, y juntos arremetimos
contra la puerta del despacho, llamando al anciano.
No contestó ninguna voz, aunque la raya amarilla de la
puerta probaba que aún ardía la luz de su lámpara.
La puerta estaba cerrada por dentro, de modo que fue
necesario derribarla para poder entrar.
No encontramos rastro alguno de mi abuelo. En la pared este,
en cambio, se abría una gran cavidad, donde había estado la pintura, ahora
tumbada en el suelo -una abertura rocosa que conducía a las profundidades de la
tierra-, y por encima de todo cuanto había en la habitación se extendía la
marca de Ithaqua: una fina capa de nieve, cuyos cristales brillaban como un
millón de joyas diminutas bajo la luz amarilla de la lámpara de mi abuelo.
Aparte del cuadro, sólo la cama estaba desordenada, ¡como si el abuelo hubiera
sido arrebatado de ella por una fuerza prodigiosa!
Corrí apresuradamente adonde el anciano había guardado el
manuscrito de tío Leander, pero no estaba; no había ni rastro de él. Frolin dio
un grito repentino, y señaló el cuadro que tío Leander había pintado, y luego
el boquete que se abría ante nosotros.
-Estaba ahí... el umbral -dijo.
Y vi lo mismo que él, como lo había visto el abuelo, pero
demasiado tarde: ¡el cuadro de tío Leander no era más que la representación del
lugar donde se había construido la casa para ocultar la cavernosa abertura de
la ladera, el umbral secreto sobre el que advertía el manuscrito de Leander, el
umbral por el que mi abuelo había desaparecido!
Aunque no hay mucho que añadir, queda por revelar el más
maldito de todos los hechos extraños. La policía del condado practicó una
inspección completa de la caverna, auxiliada por algunos intrépidos aventureros
de Harmon; descubrió que tenía varias aberturas, y comprobó que cualquiera que
quisiese llegar hasta la casa a través de la caverna, habría tenido que entrar
por una de las innumerables hendiduras descubiertas en los montes de los
alrededores. La naturaleza de las actividades de tío Leander quedó revelada
tras la desaparición del abuelo. Frolin y yo nos vimos en serias dificultades
debido a las sospechas de la policía del condado, pero finalmente nos pusieron
en libertad, al no aparecer el cuerpo de mi abuelo.
Pero desde esa noche, comenzaron a esclarecerse ciertos
hechos; hechos que, a la luz de las alusiones de mi abuelo, juntamente con las
horribles leyendas contenidas en los libros raros que guardamos aparte aquí, en
la biblioteca de la Miskatonic University, son condenables y condenablemente
incontrovertibles.
El primero de ellos es la serie de gigantescas huellas de
pies encontradas en la tierra en el lugar donde se alzó aquella noche la sombra
que cubría las estrellas de los cielos, la increíble anchura y profundidad que
tenían, como si hubiese caminado por allí un monstruo prehistórico, y los pasos
de un kilómetro de extensión que se dirigían más allá de la casa y desaparecían
en una grieta que conducía a la caverna secreta, dejando un rastro idéntico al
descubierto en la nieve al norte de Manitoba donde aquellos desdichados
viajeros, y el oficial enviado a buscarles, desaparecieron de la faz de la
Tierra.
El segundo es el descubrimiento del cuaderno de notas de mi
abuelo, junto con una parte del manuscrito de tío Leander, encontradas ambas
cosas en una capa de hielo, en el interior de los nevados bosques que hay más
arriba de Saskatchewan, con todos los indicios de haber caído desde una gran
altura. La última anotación estaba fechada el día de su desaparición, a finales
de setiembre; el cuaderno no fue hallado hasta el mes de abril del siguiente
año. Ni Frolin ni yo nos atrevimos a exponer la explicación de su extraña
aparición que en seguida nos vino a la cabeza, y juntos quemamos aquella
horrible carta y la imperfecta traducción que nuestro abuelo había hecho,
traducción que en sí misma, tal como estaba escrita, con todas las advertencias
contra el terror del otro lado del umbral, había servido para invocar del
exterior a una criatura tan horrible que jamás ha intentado nadie describirla,
ni aun esos escritores antiguos cuyos tenebrosos relatos se hallan difundidos
por toda la faz de la Tierra.
Y por último, la prueba más concluyente, la más tremenda de
todas: el descubrimiento, siete meses más tarde, del cadáver de mi abuelo en
una pequeñísima isla del Pacífico, no lejos de Singapur, al sudeste, y el
singular informe que dieron de su estado: perfectamente conservado, como en
hielo; tan frío, que nadie pudo tocarlo con las manos desnudas hasta los cinco
días de su descubrimiento; aparte de esto, estaba el hecho singular de que lo
encontraron medio enterrado en arena, ¡como si "hubiese caído de un
aeroplano"! Ni a Frolin ni a mí nos pudo caber la menor duda; ésta era la
leyenda de Ithaqua: se llevaba a sus víctimas consigo hacia regiones apartadas
de la Tierra en el tiempo y el espacio, antes de deshacerse de ellas. Y era
innegable que mi abuelo había estado vivo durante parte de ese viaje, y si
abrigábamos alguna duda sobre ello, las cosas encontradas en sus bolsillos,
recuerdos recogidos de extraños y secretos lugares -y que nos enviaron a
nosotros-, constituían el testimonio irrebatible y definitivo: la placa de oro,
con una representación miniada de una lucha entre seres antiguos, la cual
llevaba en su superficie inscripciones con trazos cabalísticos, placa que el
doctor Backham de la Miskatonic University identificó como procedente de alguna
región situada más allá de la memoria del hombre; el abominable libro escrito
en birmano, que revelaba horripilantes leyendas de esa lejana y oculta meseta
de Leng, tierra del terrible pueblo Tcho-Tcho; y finalmente, ¡la repulsiva y
bestial miniatura, tallada en piedra, de una monstruosidad infernal caminando
sobre los vientos, por encima de la Tierra!