
LOS OJOS DE LA MOMIA
Robert Bloch
Egipto me ha fascinado siempre; Egipto,
tierra de antiguos y misteriosos secretos. Había leído historias de pirámides y
reyes; había soñado en vastos imperios, tan muertos ahora como los ojos vacíos
de la esfinge. Durante los últimos años había escrito acerca de Egipto, ya que
sus fantásticas creencias y cultos lo convertían para mí en el paraíso de todas
las extravagancias.
Y no es que yo creyera en las grotescas
leyendas de las épocas antiguas; no concedía el menor crédito a la fe en dioses
antropomorfos, con las cabezas y los atributos de animales. Sin embargo, detrás
de los mitos de Bast, Anubis, Set y Thot, captaba las implicaciones alegóricas
de verdades olvidadas. Las leyendas de hombres-animales son conocidas en el
mundo entero, en la erudición racial de todos los climas. La leyenda del
hombre-lobo, por ejemplo, es universal y no ha cambiado desde las tímidas
sugerencias de la época de Plinio. En consecuencia, y dado mi interés por lo
sobrenatural, Egipto me proporcionaba una clave para el conocimiento de la
antigüedad.
Pero en realidad no creía en la existencia
de tales seres o animales en la época de esplendor de Egipto. Lo único que
admitía, a lo sumo, era que tal vez las leyendas de aquella época procedían de
otras épocas mucho más remotas, cuando la primitiva tierra podía albergar tales
monstruosidades, producidas por las mutaciones de la evolución.
Luego, una noche de carnaval en Nueva
Orleans, descubrí una espantosa comprobación de mis teorías. Participé, en el
hogar del excéntrico Henricus Vanning, en un extraña ceremonia sobre el cadáver
de un sacerdote de Sebek, el dios con cabeza de cocodrilo. Weildan, el
arqueólogo, había traído la momia desde Egipto, y la examinamos, a pesar de las
advertencias que nos habían hecho. Confieso que aquel día había bebido un poco
más de la cuenta, y aún ahora no estoy completamente seguro de lo que ocurrió,
exactamente. Los acontecimientos se precipitaron como en una pesadilla. La
momia llevaba una máscara de cocodrilo. Cuando salí corriendo de la casa,
Vanning habla muerto a manos del sacerdote..., o a garras del sacerdote, unas
garras adheridas a la máscara (si es que era una máscara).
No puedo garantizar la autenticidad de los
hechos; mejor dicho, no me atrevo. Conté la historia, y luego decidí abandonar
para siempre el escribir acerca de Egipto y de sus antiguas tradiciones.
Me he atenido escrupulosamente a aquella
decisión, hasta que esta noche una terrible experiencia me ha inducido a
revelar lo que creo que debe de ser contado.
Ése es el motivo de este relato. Los
hechos preliminares son simples; pero todos ellos parecen señalar que estoy
unido a alguna espantosa cadena de experiencias relacionadas entre sí,
elaboradas por un monstruoso dios egipcio del Destino. Como si los antiguos
estuvieran enojados conmigo por mi curiosidad acerca de ellos, y quisieran
castigarla empujándome inexorablemente hacia un horrible final.
Así lo creo, ya que después de mi
experiencia de Nueva Orleans, después de mi regreso a casa decidido a abandonar
para siempre las investigaciones en torno a la mitología egipcia, me vi
atrapado de nuevo.
El profesor Weildan vino a visitarme.
Weildan había pasado de contrabando la momia del sacerdote de Sebek que yo
había visto en Nueva Orleans; le había conocido aquella increíble noche en que
un dios enojado, o su emisario, había descendido aparentemente a la tierra,
para vengarse. El profesor estaba enterado de mi curiosidad, y me había hablado
muy seriamente de los peligros que le acechan al que se dedica a escarbar en el
pasado.
Era un hombre bajito, barbudo, con aspecto
de gnomo. Confieso que su visita me desagradó, ya que su presencia me traía
recuerdos de cosas que me había propuesto olvidar de un modo definitivo. Pero
no podía negarme a recibirle. A pesar de mis tentativas por conducir la
conversación a un terreno más amplio, insistió en hablar de nuestro primer
encuentro. Me contó que a consecuencia de la muerte del recluso Vanning resultó
disuelto el pequeño grupo de ocultistas que aquella noche había conocido
alrededor de la momia.
Pero él, Weildan, no había renunciado a
sus investigaciones acerca de la leyenda de Sebek. Éste, me informo, era el
motivo de su visita. Ninguno de sus antiguos asociados le ayudaría en el
proyecto que tenía entre manos. Tal vez yo estuviera interesado.
Me negué en redondo a hacer algo que
tuviera relación con la egiptología.
Weildan se echó a reír. Comprendía
perfectamente mi actitud, dijo, pero tenía que permitirle que se explicara. Su
actual proyecto no tenía nada que ver con la brujería ni con las artes
mánticas. Se trataba, sencillamente, de una oportunidad para ajustar cuentas
con los Poderes de las Tinieblas, si es que yo era tan ingenuo como para
aplicarles ese nombre.
Se explicó. En resumen, quería que le
acompañara a Egipto, a una expedición particular. No tenía que preocuparme por
los gastos; necesitaba a un hombre joven como ayudante, y no podía confiar en
ningún arqueólogo profesional, por motivos especiales.
En los últimos años, sus estudios se
habían concentrado exclusivamente en las leyendas del Culto del Cocodrilo, y
había dedicado todos sus esfuerzos a descubrir las tumbas secretas de los
sacerdotes de Sebek. Ahora, por fuentes dignas de crédito, conocía el
emplazamiento de una tumba subterránea en la cual reposaba la momia de un
adorador de Sebek.
No iba a malgastar palabras dándome más
detalles; lo esencial del asunto era que la momia podía ser extraída fácilmente
de la tumba, sin necesidad de efectuar trabajos de excavación, y que no existía
el menor peligro de maldiciones o de venganzas. Por lo tanto podíamos ir hasta
allí solos, en el mayor secreto. Y nuestra visita sería provechosa. No sólo se
apoderaría de la momia sin ninguna intervención oficial, sino que, además, su
fuente de información -la cual podía garantizar con su reputación personal- le
había revelado que la momia estaba enterrada con un montón de joyas sagradas.
Lo que me ofrecía, pues, era una oportunidad única, segura y secreta para
hacerme rico.
Tengo que admitir que la perspectiva no me
desagradó. A pesar de mis anteriores experiencias, estaba dispuesto a correr un
riesgo a cambio de una adecuada compensación. Y, además, aunque estaba decidido
a evitar toda relación con el misticismo, el asunto tenía un aspecto de
aventura que me atraía.
Weildan explotó hábilmente mis
sentimientos; ahora me doy cuenta. Habló conmigo por espacio de varias horas, y
volvió al día siguiente, hasta que obtuvo mi asentimiento.
Embarcamos en el mes de marzo, y llegamos
a El Cairo tres semanas más tarde, después de una breve escala en Londres. La
excitación del viaje nubla los recuerdos de mis contactos personales con el
profesor; sé que se mostró muy obsequioso y tranquilizador en todo momento,
insistiendo en que nuestra pequeña expedición era completamente inofensiva.
Disipó por completo mis escrúpulos acerca de la inmoralidad que representaba el
saquear una tumba; cuidó de nuestros visados, e inventó no sé qué historia para
que nos permitieran viajar al interior.
Desde El Cairo fuimos en tren hasta
Karthum. Allí era donde el profesor Weildan proyectaba reunirse con su «fuente
de información»: un guía nativo, que no era más que un espía al servicio del
arqueólogo.
La revelación no me afectó tanto como
podía haberme afectado en parajes más vulgares. La atmósfera del desierto
parecía un fondo adecuado para la intriga y la conspiración, y por primera vez
comprendí la psicología del vagabundo y del aventurero.
Resultó muy emocionante vagar por las
retorcidas callejas del barrio árabe la noche en que visitarnos la choza del
espía. Weildan y yo entramos en un patio oscuro y silencioso, y fuimos
introducidos en una lóbrega habitación por un beduino alto, de nariz de halcón.
El hombre acogió calurosamente al profesor. Unos billetes cambiaron de dueño.
Luego, el árabe y mi compañero se retiraron a una habitación interior. Oí el
leve susurro de sus voces: la excitada de Weildan, en tono interrogante,
mezclándose con el gutural inglés del indígena. Permanecí sentado en la
oscuridad, esperando. Las voces subieron de tono, como si discutieran. Parecía
como si Weildan tratara de aplacar o tranquilizar, en tanto que la voz del guía
tenía una nota de advertencia y de temor.
Luego oí pasos. La puerta de la habitación
interior se abrió, y apareció el indígena en el umbral. Su rostro tenía una
expresión suplicante cuando me miró, y de sus labios brotó un torrente de
palabras incomprensibles, como si en sus excitados esfuerzos para advertirme
hubiera recurrido inconscientemente a su idioma natal. Ya que me estaba
advirtiendo contra algo, indudablemente.
La cosa duró unos segundos; luego, la mano
de Weildan cayó sobre su hombro, obligándole a girar en redondo. La puerta
volvió a cerrarse, y se oyó de nuevo la voz del árabe, subiendo de tono, hasta
convertirse en un grito. Weildan gruñó algo ininteligible; a continuación se
oyó el rumor de una pelea, un ahogado estampido, luego silencio.
Transcurrieron varios minutos antes de que
la puerta se abriera y apareciera Weildan, secándose la frente. Sus ojos
evitaron los míos.
-Ese tipo ha armado una trifulca por la
recompensa -explicó, mirando al suelo-. Pero tengo la información. Quería más
dinero. Y ha salido a pedírselo a usted. Me he visto obligado a disparar un
tiro para asustarle; estos indígenas son muy excitables.
Cuando nos marchamos de allí no dije nada,
ni hice ningún comentario ante la actitud apresurada y furtiva de Weildan
mientras regresábamos a nuestro hotel a través de las oscuras callejas.
Asimismo, fingí estar distraído cuando mi
compañero se secó las manos con su pañuelo y volvió a meterse éste
apresuradamente en el bolsillo.
Pensé que podía resultarle embarazoso
explicar la presencia de aquellas manchas rojas...
Debí sospechar entonces, debí abandonar el
proyecto inmediatamente. Pero no podía saber, cuando a la mañana siguiente Weildan
propuso que diéramos un paseo a caballo a través del desierto, que nuestro
punto de destino era la tumba.
Los preparativos fueron de lo más
inocente. Dos caballos, con un ligero almuerzo en las alforjas; una pequeña
tienda «contra el calor del mediodía», dijo Weildan; y emprendimos la marcha,
solos. Como si saliéramos de merienda al campo. Weildan no liquidó la cuenta
del hotel ni dijo una palabra a nadie.
Salimos de la ciudad y cabalgamos por la
llanura arenosa que se extendía bajo un cielo intensamente azul. Cabalgamos por
espacio de una hora. Weildan parecía estar preocupado; no cesaba de escrutar el
monótono horizonte, como si buscara algo; pero ni por un instante sospeché sus
verdaderos propósitos.
Casi tropezamos con las piedras antes de
que yo las viera; un gran montón de rocas blancas surgiendo del centro de una
pequeña duna. Su forma parecía indicar que las rocas visibles formaban un
fragmento infinitesimal de las piedras ocultas debajo de la arena; aunque ni en
su tamaño ni en su forma había nada anormal. Surgían de la duna, semejantes a
una docena de otros montones de rocas que habíamos visto antes.
Weildan sugirió que desmontáramos,
plantáramos la pequeña tienda y almorzáramos. Clavamos las estacas en el suelo
arenoso, arrastramos unas cuantas piedras planas al interior de la tienda para
que nos sirvieran de mesa y de asientos, y nos dispusimos a almorzar.
Entonces, mientras comíamos, Weildan hizo
estallar la bomba. Las rocas situadas delante de nuestra tienda, dijo,
ocultaban la entrada a la tumba. La arena, el viento y el polvo del desierto
habían realizado su tarea a la perfección, ocultando el santuario a los
intrusos. Su cómplice indígena, guiado por suposiciones y rumores, había
descubierto el lugar de un modo que no había querido explicar.
Pero la tumba estaba allí. Ciertos
manuscritos y pergaminos atestiguaban el hecho de que no estaba sujeta a
vigilancia. Lo único que temamos que hacer era apartar las piedras que
bloqueaban la entrada y descender. Weildan volvió a subrayar el hecho de que yo
no corría el menor peligro.
Me había cansado de representar el papel
de tonto. Interrogué a Weildan estrechamente ¿Por qué había de estar enterrado
en un lugar tan solitario un sacerdote de Sebek?
Porque, afirmó Weildan, él y los suyos
huían probablemente hacia el sur en el momento de producirse su muerte. Quizás
había sido expulsado de su templo por un nuevo faraón; en aquella época,
además, los sacerdotes eran también magos y brujos, y a menudo se veían
perseguidos o cxpulsados de las ciudades por los enfurecidos ciudadanos. Al
huír, había muerto y le habían enterrado allí.
Éste, explicó Weildan, era el motivo de la
escasez de tales momias. Habitualmente, el corrompido culto de Sebek enterraba
a sus sacerdotes bajo las bóvedas secretas de sus propios templos ciudadanos.
Aquellos santuarios habían sido destruidos hacía muchísimo tiempo. Por lo
tanto, sólo en circunstancias especiales como ésta, un sacerdote expulsado era
enterrado secretamente en un lugar donde su momia difícilmente podía ser
localizada.
-Pero, ¿y las joyas? -insistí.
Los sacerdotes eran ricos. Un brujo
fugitivo llevaría encima sus riquezas. Y al morir era enterrado con ellas,
naturalmente. Era una peculiaridad de ciertos sacerdotes renegados la de ser
momificados con los órganos vitales intactos, debido a que tenían alguna
superstición acerca de la resurrección terrenal. Ese era el motivo de que sus
momias resultaran tan difíciles de descubrir. Probablemente, la cámara
mortuoria no era más que un agujero del tamaño de la caja que contenía la momia
excavado en la pared de piedra. Podíamos entrar con toda tranquilidad. En el
séquito de tales sacerdotes había siempre varios expertos artífices capaces de
embalsamar adecuadamente el cadáver; hacer un buen trabajo sin extraer los
órganos vitales exigía mucha habilidad, y los principios religiosos hacían
indispensable aquella operación final. Por lo tanto, no teníamos por qué
preocuparnos: encontraríamos a la momia en buenas condiciones.
Weildan se mostró muy locuaz. Demasiado
locuaz. Me explicó la facilidad con que pasaríamos subrepticiamente la caja con
la momia envuelta en la tela de nuestra tienda de campaña; cómo se las
arreglaría para sacar la momia y las joyas del país, con la ayuda de una
empresa de exportación indígena.
Redujo a polvo cada una de las objeciones
que formulé; y sabiendo que, al margen de su carácter personal como hombre, era
un reputado arqueólogo, me vi obligado a admitir su autoridad en la materia.
Había un solo punto que me preocupaba
vagamente: su accidental referencia a alguna superstición relativa a la
resurrección terrenal. El entierro de una momia con los órganos intactos
parecía una extravagancia. Sabiendo lo que sabía acerca de las actividades de
los sacerdotes en relación con los ritos de nigromancia y brujería, quería
evitar la más leve de las posibilidades de atraer la desgracia sobre mi cabeza.
Sin embargo, Weildan acabó por
convencerme, y después de almorzar abandonamos la tienda. Las rocas que
ocultaban la entrada de la tumba no nos causaron grandes dificultades. Habían
sido colocadas hábilmente, de modo que parecía que formaban un solo cuerpo con
las rocas del terreno, pero nosotros descubrimos las intersecciones. Tuvimos
que apirtar cuatro grandes piedras que formaban un bloque delante de una negra
abertura que descendía hacia las entrañas de la tierra.
¡Habíamos encontrado la tumba!
A la vista de aquel oscuro agujero,
recordé todo lo que sabía acerca del corrompido culto de Sebek, con su
mescolanza de mito, fábula y espantosa realidad.
Pensé en los ritos subterráneos bajo
templos que ahora se habían convertido en polvo; en la espantosa adoración de
grandes ídolos de oro: ídolos con cuerpo de hombre y cabeza de cocodrilo.
Recordé las historias sobre adoraciones paralelas, con una relación entre sí
equivalente a la del satanismo respecto al cristianismo; sacerdotes que
invocaban a dioses con cabeza de animal que más parecían demonios que deidades
benéficas. Sebek era un dios dual, y sus sacerdotes le habían dado a beber
sangre. En algunos templos había criptas, y en aquellas criptas se encontraban
ídolos del dios en forma de cocodrilo de oro. El animal tenía unas mandíbulas
provistas de colmillos, y en sus fauces eran introducidas muchachas vírgenes. A
continuación las mandíbulas eran cerradas, y los colmillos de marfil llevaban a
cabo el sacrificio, de modo que la sangre se deslizara por la garganta de oro y
el dios quedara apaciguado. No era extraño que aquellos sacerdotes hubieran
sido expulsados de sus templos y que aquellos santuarios del pecado hubieran
sido destruidos.
Uno de aquellos sacerdotes había huido
hasta aquí y había muerto. Ahora reposaba en su tumba, debajo de mis pies,
protegido por la cólera de su antigua divinidad. La idea no resultaba
tranquilizadora, ni mucho menos.
Tampoco resultaban tranquilizadoras las
emanaciones que ahora surgían de la abertura en la roca. No era el vaho de la
descomposición, sino el casi palpable olor de una increíble antigüedad.
Weildan se cubrió la nariz y la boca con
un pañuelo, y yo le imité.
A continuación encendió su lámpara de
bolsillo y penetró en la tumba. Su tranquilizadora sonrisa se desvaneció en la
oscuridad a medida que descendía por el suelo de piedra que conducía al
pasadizo interior.
Le seguí, dejando que abriera el camino.
Si habla alguna trampa, algún artificio para castigar a los intrusos, era justo
que se cebara en Weildan, y no en mí. Además, de este modo podía mirar hacia
atrás y ver el tranquilizador espacio de cielo azul recortado por la abertura
rocosa.
Pero no por mucho tiempo. El pasadizo
formaba una curva a medida que descendía. No tardamos en vernos rodeados de
profundas sombras que se espesaban alrededor de la débil claridad proyectada
por la linterna.
Weildan había acertado en su suposición;
el lugar era simplemente una larga caverna rocosa que conducía a una cámara
interior apresuradamente excavada. Allí encontramos las losas que cubrían el
féretro. El rostro de Weildan tenía una expresión de triunfo cuando se volvió
hacia mí gesticulando excitadamente.
Había sido fácil..., demasiado fácil, ahora
me doy cuenta. Pero en aquel momento no sospechamos nada. Incluso yo estaba
empezando a desechar mis recelos iniciales. Después de todo, el asunto
resultaba de lo más vulgar; el único elemento enervante era la oscuridad...,
pero en una galería excavada en la roca no cabía esperar otra cosa.
Finalmente, perdí todo temor. Weildan y yo
apartamos las losas y contemplamos el bello féretro que había debajo. Lo
sacamos y lo colocamos de pie contra la pared. El profesor se inclinó para
examinar la abertura en la roca que había contenido el sarcófago. Estaba vacía.
-¡Qué raro! -murmuró-. ¡No hay ninguna
joya! Deben de estar en el ataúd.
Colocamos la pesada caja de madera en el
suelo. El profesor empezó a trabajar. Operaba lenta, cuidadosamente, rompiendo
los sellos y el encerado exterior. El dibujo que adornaba el féretro era muy
complicado, y estaba realizado a base de láminas de oro y plata. Había
numerosas inscripciones y jeroglíficos, que el arqueólogo no se entretuvo en
descifrar.
-Esto puede esperar -dijo-. Veamos primero
lo que hay dentro.
Transcurrió algún tiempo antes de que
consiguiera levantar la primera tapadera. Weildan trabajaba delicada y
cuidadosamente. La linterna empezaba a perder su potencia: la pila se estaba
consumiendo.
La segunda tapadera era un duplicado más
pequeño de la primera, pero el rostro que aparecía dibujado en ella era más
detallado. Parecía un intento de reproducir más concienzudamente los verdaderos
rasgos del sacerdote momificado.
-La hicieron en el templo -explicó
Weildan-. Se la llevaron en la huída.
Nos inclinamos sobre la tapadera,
examinando aquel rostro a la mortecina claridad de la linterna. Bruscamente, y
casi al mismo tiempo, hicimos un extraño descubrimiento. ¡El rostro carecía de
ojos!
-Era ciego -comenté.
Weildan asintió, luego miró el rostro más
de cerca.
-No -dijo-. El sacerdote no era ciego, si
este retrato es exacto. ¡Le arrancaron los ojos!
Examiné las cuencas, que estaban vacías,
confirmando aquella espantosa verdad. Weildan señaló excitadamente una hilera
de figuras jeroglíficas que adornaban los lados del féretro. Mostraban al
sacerdote en los estertores de la muerte. Dos esclavos armados con unas pinzas
estaban inclinados sobre él.
Una segunda escena mostraba a los esclavos
arrancando los ojos del muerto. En una tercera, los esclavos insertaban unos
objetos brillantes en las cuencas ahora vacías. El resto de la serie eran
escenas de las ceremonias fúnebres, con una espantosa figura con cabeza de
cocodrilo en último término: el dios Sebek.
-Extraordinario -fue el comentario de
Weildan-. ¿Comprende el significado de esos dibujos? Fueron hechos antes
de la muerte del sacerdote. Demuestran que había decidido que le arrancaran los
ojos antes de morir, y que en su lugar colocaran esos objetos brillantes. ¿Por
qué se sometió voluntariamente a semejante tortura? ¿Qué son esas cosas
brillantes?
-La respuesta debe de estar dentro
-contesté.
Sin hacer más comentarios, Weildan reanudó
su trabajo. Sacó la segunda tapadera. La linterna se estaba apagando. En una
oscuridad casi absoluta, el profesor se enfrentó con la tercera tapadera.
Finalmente, consiguió levantarla.
El féretro quedó abierto.
A la mortecina claridad de la linterna,
vimos la momia.
Una ola de vapor surgió del ataúd: un
horrible olor a especias y a gases que traspasó los pañuelos anudados alrededor
de la nariz y garganta. El poder de conservación de aquellas emanaciones
gaseosas era evidentemente enorme, ya que la momia no estaba vendada ni
amortajada. Ante nuestros ojos apareció un cadáver desnudo y moreno, en un
sorprendente estado de conservación. Inmediatamente, concentramos nuestra
atención en sus ojos..., o en el lugar donde habían estado.
Dos grandes discos amarillos ardían hacia
nosotros a través de la oscuridad. No eran diamantes, ni zafiros, ni ópalos, ni
ninguna piedra conocida; su enorme tamaño descartaba toda posibilidad de
incluirlas en una categoría corriente. No estaban cortadas ni talladas, y sin
embargo cegaban con su brillo: un centelleo que hería nuestras retinas como
fuego.
Aquéllas eran las joyas que habíamos
venido a buscar..., y valía la pena haberlo hecho. Me disponía a arrancarlas,
pero la voz de Weildan me contuvo.
-No lo haga -me advirtió--. Las sacaremos
más tarde, sin dañar la momia.
Oí su voz como si llegara de muy lejos. No
tuve conciencia de volver a incorporarme. En realidad, permanecí inclinado
sobre aquellas centelleantes piedras. Contemplándolas fijamente.
Parecían estar creciendo hasta convertirse
en dos lunas amarillas. El contemplarlas me fascinaba: todos mis sentidos
parecían concentrados en su belleza. Y ellas, a su vez, concentraban su fuego
sobre mí, bañando mi cerebro en un calor que me aturdía y me debilitaba
insensiblemente. Mí cabeza ardía.
No podía apartar la mirada, aunque tampoco
deseaba hacerlo. Aquellas gemas eran fascinantes.
Hasta mis oídos llegó débilmente la voz de
Weildan. Me pareció notar que palmeaba mi hombro.
-¡No mire! -Su voz sonaba absurdamente
excitada-. No son..., piedras naturales. Son un presente de los dioses..., por
eso el sacerdote quiso que sustituyeran a sus ojos cuando muriera. Son
hipnóticas..., aquella teoría de la resurrección...
Apenas me di cuenta de que rechazaba
bruscamente al profesor. Pero aquellas piedras dominaban mis sentidos,
obligándome a rendirme. ¿Hipnóticas? Desde luego que lo eran; podía sentir el
cálido fuego amarillo inundando mi sangre, latiendo en mis sienes, deslizándose
hacia mi cerebro. La linterna se había apagado definitivamente, lo sabía, y sin
embargo la cámara estaba bañada en la radiante claridad amarilla que despedían
aquellos deslumbrantes ojos. ¿Amarilla? No..., ahora era roja; una brillante
luminosidad escarlata, en la cual leí un mensaje.
¡Las piedras estaban pensando!
Poseían una mente, o, mejor dicho, una voluntad. Una voluntad que anulaba mis
sentidos. Una voluntad que me hacía olvidar mi cuerpo y mi cerebro, en un
esfuerzo para perderme a mí mismo en el éxtasis rojo de su ardiente belleza.
Deseaba ahogarme en el fuego; en el fuego que me estaba conduciendo fuera de mí
mismo, hasta el punto que experimenté la sensación de precipitarme hacia las
piedras..., de penetrar en ellas..., en otro cuerpo...
Y luego quedé libre. Libre, y ciego en la
oscuridad. Con un repentino sobresalto, me di cuenta de que debía de haberme
desmayado. Por lo menos me había caído, ya que ahora estaba tendido de espaldas
contra el suelo de piedra de la caverna. ¿Contra el suelo de piedra? No...,
contra un suelo de madera.
Era muy raro. Podía notar la madera al
tacto. La momia reposaba sobre madera. No podía ver. La momia estaba ciega.
Noté el contacto de mi piel seca,
escamosa, leprosamente desconchada.
Mi boca se abrió. Una voz -una voz que era
la mía pero que no era la mía- gritó:
-¡Dios mio! ¡Estoy dentro del cuerpo de
la momia!
Oí una exclamación y el ruido de un cuerpo
chocando contra el suelo. Weildan.
Pero, ¿qué era aquel otro sonido
crujiente? ¿Quién tenía mi forma?
Aquel maldito sacerdote, soportando la
tortura para que sus cuencas pudieran contener las piedras hipnóticas,
presentes de los dioses como prenda de resurrección eterna..., enterrado con
fácil acceso a la tumba... Las piedras me habían hipnotizado, habíamos cambiado
de formas, y ahora él andaba.
El supremo éxtasis de horror fue lo único
que me salvó. Me incorporé a ciegas sobre unos miembros marchitos, y unos
brazos en descomposición ascendieron hasta mi frente, buscando lo que yo sabía
que tenía que haber allí. Mis dedos muertos arrancaron las piedras de mis ojos.
Luego me desmayé.
El despertar fue espantoso, ya que yo
ignoraba lo que iba a encontrar. Temía adquirir conciencia de mí mismo..., de
mi cuerpo. Pero mi alma se albergaba de nuevo en carne cálida, y mis ojos
podían ver a través de la amarillenta oscuridad. La momia estaba tendida en su
féretro, y resultaba espantoso contemplar las cuencas vacías; la cambiada posición
de sus miembros era una horrible confirmación de lo sucedido.
Weildan estaba en el mismo lugar en que
había caído, con el rostro amoratado por la muerte. La impresión habla sido
demasiado fuerte.
Junto a él estaban las fuentes de la
luminosidad amarilla: la diabólica llama de las piedras gemelas.
Aquello fue lo que me salvó: el arrancar
aquellos monstruosos instrumentos de transferencia de mis sienes. Sin la
voluntad de la momia detrás de ellos, era evidente que no conservaban su
permanente poder. Me estremecí al pensar en semejante transferencia al aire
libre, donde el cuerpo de la momia se hubiera descompuesto rápidamente, sin ser
capaz de arrancar las piedras. Entonces, el alma del sacerdote de Sebek, metida
en mi cuerpo, hubiera regresado a la tierra, realizándose así la resurrección.
Era una idea horrible.
Recogí apresuradamente las gemas y las
envolví en mi pañuelo. Luego me marché de allí, dejando a Weildan y a la momia
tal como estaban, y regresando a la superficie con la ayuda de la claridad proporcionada
por unas cerillas.
Fue muy agradable contemplar el cielo
nocturno dc Egipto, ya que por entonces había oscurecido.
Cuando vi aquella limpia oscuridad,
la pesadilla de mi reciente experiencia en la diabólica negrura de la tumba me
sacudió de nuevo, y eché a correr como un loco a través de la arena hacia la
pequeña tienda.
En las alforjas había whisky; me serví una
dosis generosa y di gracias al cielo por la lámpara de petróleo que acababa de
encontrar. Luego colgué un espejo de la pared de la tienda y permaneqí más de
tres minutos contemplándome a mí mismo, asegurándome de mi propia identidad.
Después saqué la máquina de escribir portátil y la coloqué sobre la mesa de
piedra.
Sólo entonces me di cuenta de mi
subconsciente propósito de manifestar la verdad por escrito. Durante
algún tiempo luché conmigo mismo..., pero aquella noche no podía pensar en
dormir, ni en regresar a través del desierto. Al final, recobré la serenidad.
Escribí el presente relato.
Ahora, ya he contado la historia. Mañana abandonaré
Egipto para siempre..., abandonaré aquella tumba, después de cubrir la entrada
de modo que nadie pueda penetrar nunca en aquella subterránea cámara de horror.
Mientras escribo, me siento agradecido a
la luz que borra el recuerdo de la silenciosa oscuridad y del sonido sombrío.
Agradecido, también, a la tranquilizadora imagen del espejo que desvanece la
idea de aquellos terribles instantes en que las gemas que el sacerdote de Sebek
tenía por ojos me contemplaron fijamente y yo cambié. ¡A Dios gracias,
las arranqué a tiempo!
Tengo una teoría acerca de aquellas gemas:
eran una trampa. Resultaba espantoso creer en la capacidad de hipnosis de un
cerebro muerto hace tres mil años. Pero no cabe otra explicación. Cuando al
sacerdote moribundo le arrancaban los ojos, para colocar en su lugar las
piedras preciosas, su mente estaba concentrada en una sola idea: vivir, usurpar
de nuevo la carne. Aquella idea, transmitida a las gemas, fue conservada por
ellas a través de los siglos hasta que los ojos de un descubridor se posaran en
su hipnótico brillo. Entonces, el sacerdote muerto asumió la forma del hombre,
y la conciencia del hombre penetró en el cuerpo de la momia. ¡Y pensar que el
hombre en cuestión era yo!
Las gemas están en mi poder; tengo que
examinarlas. Quizá las autoridades arqueológicas de El Cairo puedan
clasificarlas; en cualquiera de los casos, son bastante valiosas. Pero, Weildan
está muerto; no debo hablar de la tumba... ¿Cómo puedo explicar el asunto? Las
dos gemas son tan raras, que van a despertar la natural curiosidad. Hay algo
extraordinario en ellas, aunque la suposición del pobre Weildan en el sentido
de que eran un presente del dios Sebek es completamente absurda. Sin embargo,
el cambio de color que se produce en ellas no es normal; como tampoco es normal
el brillo hipnótico que poseen...
¡Acabo de efectuar un sorprendente
descubrimiento! He sacado las gemas de mi pañuelo y las he mirado. ¡Parecen
estar aún vivas!
Su brillo no ha cambiado..., su
luminosidad es tan intensa aquí como lo era en la oscuridad de tumba; como lo
era en las cuencas vacías de la momia. Son amarillas, y al mirarlas percibo
aquella misma presciencia de vida interior...
¿Amarillas? No..., ahora están
enrojeciendo..., enrojeciendo. No debo mirarlas; me recuerdan demasiado aquella
otra vez. Pero son, tienen que ser, hipnóticas.
Ahora, el rojo es vivísimo, y arde
furiosamente. Al contemplarlas, me siento bañado en un fuego que no quema tanto
como acaricia. Ahora ya no me importa; es una sensación agradable. No tengo por
qué apartar la mirada.
No tengo por qué apartarla..., a menos
que...
¿Conservarán las gemas su poder incluso
sin estar en las cuencas de los ojos de la momia?
Vuelvo a sentirlo..., deben de
conservarlo... No quiero volver al cuerpo de la momia..., ahora no podría
arrancar las piedras y volver a adquirir mi propia forma..., al arrancarlas
aprisioné la idea en las gemas.
Tengo que apartar la mirada. Puedo
escribir, puedo pensar..., pero esos ojos delante de mí..., crecen y crecen
hasta convertirse en lunas amarillas..., apartar la mirada.
¡No puedo! Más rojas..., más rojas...,
tengo que luchar contra ellas, evitar que me dominen. Mi cabeza está
ardiendo..., no experimento ninguna sensación..., tengo que luchar..., tengo
que luchar...
Ahora puedo apartar la mirada. He vencido
a las gemas. Me encuentro perfectamente.
Puedo apartar la mirada... pero no
puedo ver. ¡Estoy ciego! Ciego..., las gemas no están ya en las cuencas...,
la momia está ciega.
¿Qué es lo que me ha sucedido? Estoy
sentado en la oscuridad, escribiendo a máquina a ciegas. ¡Ciego, como la momia!
Tengo la sensación de que ha sucedido algo; una sensación muy rara. Mi cuerpo
parece más ligero.
Ahora lo sé.
Estoy en el cuerpo de la momia. Lo sé. Las
gemas..., la idea que conservaban..., y ahora, algo está saliendo de aquella
tumba abierta.
Está andando hacia el mundo de los
hombres. Lleva mi cuerpo, y buscará presas y sangre para ofrecerlas en acción
de gracias por la resurrección.
Y yo estoy ciego. ¡Ciego... y desmenuzándome!
El aire..., ésta es la causa de la
desintegración. Los órganos vitales intactos, dijo Weildan, pero yo no puedo
respirar. No puedo ver. Tengo que escribir..., avisar. Quienquiera que vea esto
debe enterarse de la verdad. Avisar.
El cuerpo se desintegra rápidamente. Ahora
no puedo levantarme. Maldita magia egipcia ¡Aquellas gemas! Alguien tiene que
matar a la cosa que salió de la tumba.
Los dedos..., apenas puedo golpear las
teclas. Se niegan a funcionar. Se están desmenuzando. Despacio. Tengo que
avisar. No puedo hacer retroceder el carro... ahora.
no puedo pulsar la tecla de las
mayúsculas. los dedos se van desintegrando. desmenuzándose a causa del aire.
los dedos tengo que avisar contra la magia de sebek los dedos apenas puedo
escribir con los nudillos
maldito sebek
sebek sebek sebek sebe seb seb seb se s s sssssss s s s
Los ojos de la momia. Robert Bloch
The Eyes of the Mummy. Trad. José A. Llorens
Narraciones terroríficas VI
Acervo, 1969