
Los gatos de Père Lachaise
Neil Olonoff
Los gatos de Père Lachaise :
fue publicada en Francia en A Touch of Paris, una revista en lengua inglesa
dedicada a los turistas que visitan esa ciudad, y yo nunca hubiera llegado a
encontrarla si otro escritor, Tim Sullivan, no me hubiera llamado la atención
sobre ella.
Neil
Olonoff nació en Brooklyn en 1950, se graduó en la universidad de Oklahoma, y
normalmente reside en Miami, Florida. Estaba viviendo en París en la época en
que escribió esta historia, enseñando inglés y escribiendo artículos para una
revista de noticias, Metro. El director de A Touch of Paris expresó su interés
acerca de algún relato de ficción relacionado con París, y Olonoff respondió
con Los gatos de Pére Lachaise. El director de la revista le puso un nuevo
título a la historia, no tan efectivo, a mi modo de ver. He restituido aquí el
título original a petición del autor. Olonoff ha trabajado también como
auxiliar en psiquiatría y como exportador, entre otros trabajos, y ha vivido un
año en Sao Paulo, Brasil. Es una de las personas que difícilmente dejan crecer
la hierba bajo sus pies. Hace poco, Olonoff me escribía diciendo: «Estoy
terminando mi primera novela, empezada hace cuatro años. Trata de la muerte».
Bateman
odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido media mañana
intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear. Ahora,
subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se sentía más irritado
aún por tener que abrirse camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol
en los amplios escalones. Al llegar casi arriba, cansado de mirar
constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola. El maullido fue lo
suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, pensó divertido. Pero
los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello, arquearon sus
lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa mirada por encima del
hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.
Se
entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre estaba
sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a
la puerta del homo funerario. A Bateman le recordó aquella vez en que había
observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y Alicia, hacía
doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la ausencia de Alicia.
¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena excusa, por supuesto, o
quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se decidió por el resfriado.
Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de
reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera culpable.
La puerta
del homo crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo en su
interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de pino
avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La puerta
descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro
colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de
Pierre al no ver a Alicia a su lado. Bateman dijo:
—Lo
sentimos mucho. Pierre.
Pierre
respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su
hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El grupo
se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron
cruzando la gran plaza pavimentada.
Oscar, el
difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a causa de la
bebida, pero de una forma más bien macabra. Osear se había ahogado tras perder
el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante una tormenta.
Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. La policía lo encontró
allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero
Osear había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su
muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el
famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir
adelante con el funeral de los pobres.
—Hemos
tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las
cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.
Bateman
alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo
de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las
manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y las hojas
de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.
—¿Cómo
está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está
bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los sentimientos
de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía mucho,
junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y
Janine? —preguntó Pierre.
—También
está bien —dijo Bateman.
Janine
era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.
Pierre
era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar
buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él,
consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad.
Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.
Su camino
se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían en el
cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde detrás de
las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y Bateman supuso
que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.
—Mira
esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman
sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier cosa que
Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero, pensó,
estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía mirar al frente y
captar los más notables detalles de los caminos del cementerio. Mientras
pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada uno. Bateman
se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez primera, de la
diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo
obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las exigencias de
los convencionalismos simplemente no existieran.
Alicia
también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña galería de
arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en el
entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la
fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario
ante la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.
Bateman
se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la colección de
arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva York.
Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas telefónicas
que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes aéreos.
Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara
permanentemente a París. Pocos años más tarde, Bateman abría su propia galería.
Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.
Pierre
permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine,
preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a
la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y
de algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.
Bateman
imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el
amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a otra
mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido
capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.
Durante
aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo
su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento de él o a
la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la
llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se pusiera al
aparato. Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba, pero a medida
que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a
dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de protesta.
Bateman
miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida y poco
imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso
período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol
vio cómo desaparecía la cola de un gato.
—Me
pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que les da de
comer?
Pierre se
echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie de
agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía sonido
alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza, pero
por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:
—Hablé
con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú llegaras.
Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye
tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de ladrillo —dijo
Pierre.
DeLaye
era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su padre, para
la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh,
entiendo.
—Los
ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es mucho
trabajo.
—¡Dios
mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.
Pierre
miró al atigrado gato.
—Sí, es
uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia acerca de
los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué
se trata?
El gato
atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que adoptan cuando
están hambrientos.
—Los
hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos grados —dijo
Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan economizarlo
reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos no tengan
oportunidad de enfriarse.
—Eso
tiene sentido.
—Sí,
excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A menudo,
cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido
congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan completamente
reducidos a cenizas.
—Estás
bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno,
generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette?
¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o
menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un problema
mayor.
—¿El
cerebro?
—Oh, sí.
Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy difícil de
quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse a una
temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo para
incinerar un cadáver congelado.
—Ya
entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como
sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una esquina.
Habían
llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de ellas
obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley Davidson,
1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre una losa de
granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».
Se
detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con tiza o
pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para
Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se
sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo
transcurrido.
Había un pequeño
grupo de ciclistas descansando en aquella curva del camino. La bicicleta era
una estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran lisos y libres de
tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre las tumbas; por eso habían
dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las
tumbas cubiertas de hierba. Bateman y Pierre podían oír sus risas mientras
examinaban las anticuadas inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos
hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando directamente por entre
las tumbas sin preocuparse por el sendero que había entre ellas. Bateman apartó
la vista. El sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y
media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no
ver las profanaciones practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock
norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios.
Minutos más tarde, Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a
las bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus
máquinas.
Bateman
podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde
instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una
extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán permanecía
de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y
la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una docena de
enormes gatos. Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de gatos se
contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro,
como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando, procedente del
Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia los agazapados
gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba del perro,
alejándolo.
Hubo
sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el
recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía
seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contema los restos de Víctor Hugo
estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de
Rothschild y Gertrude Stein.
Las
tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie de silla
baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y rezar,
llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar
coronas. Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna
permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada
como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de
botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado
asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.
¿Era su
imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada particularmente salvaje?
Nunca le habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus bocas, mostrando
la punta de sus lenguas, sus ojos vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino,
los encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de
nuevo su reloj. ¡Casi las seis! Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo
para llamar a Pierre, y se encontró ante su rostro. Disimuló su impresión con
una risa nerviosa.
—¡Oh,
estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo
Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente
debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar.
—Por un momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya era demasiado
tarde para rectificar—. Por supuesto, me refiero a Alicia.
—Por
supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De
veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué?
—preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.
Estaba
irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez que
veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de metal, en
su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.
En un
tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y
denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió incómodo
caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su cuero cabelludo.
¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna
especie de venganza física? Nunca había dicho una palabra en contra de Bateman,
nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de transmitir uno de sus
mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como era
posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel pensamiento. Pierre era
diez veces más generoso que él. Se merecía su simpatía, su ayuda, no su
desprecio.
—Antes me
estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.
Pierre andaba
con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman se sintió más
avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista. Parecía
como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.
—Sí
—dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante conocer
la verdad.
—No sigo
tus... —dijo Bateman.
—Los
gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú piensas
que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como
sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de
comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre,
estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la
misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a
qué te refieres —murmuró Bateman.
—No
importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.
Habían
salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared de
nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una placa
grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados con un «Réservée».
Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio, con el imponente
edificio silueteado ahora por el rojizo sol.
Abandonaron
la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de viejas
tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo
alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas y
bien cuidadas.
—Dijo que
lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente
para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban
entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó
con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.
—¡Increíble!
—oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman
salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal. Allí
había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro
oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una de las
criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente
fuera de la pequeña estructura de piedra.
—Echa una
ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña
—dijo Bateman—. Mira ahí.
Había no
menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta de otra
tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando descubrir
qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía ningún deseo de
ensuciarse los pantalones en aquel suelo.
—No
podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí dentro.
Bateman
dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de
plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que arrodillarse en el prie-dieu
para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente.
No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con sus retorcidas
circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un cerebro de aquel tamaño, y ya
estaba parcialmente consumido. Por los gatos, supuso.
Sufrió un
violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó contra la
pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido y el
crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme gato,
sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. Empezó a
alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la
puerta de la tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un
accidente. Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por
el angosto espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo
de un robusto candado con cerradura de combinación, de los usados en las
cadenas para bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a
nadie.
—¡Abre,
Pierre! —gritó.
No hubo
respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó
arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de que
se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.
«Meaouuu»,
oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de almohadilladas patas. El
enorme rostro de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus malignos
ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.
Lanzó
todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al
primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era inútil. No
podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato de la ventana saltó
al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.
El enorme
gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza como si
sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor y lanzó
una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en el
reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado
a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en aquel
claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.
—¡Pierre!
—gritó—. ¡Por el amor de Dios!
Hubo
varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente en el
suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él y
sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba surcos
junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas como
cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba a
los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.
—¡Que
alguien me ayude! —gritó.
Entonces
vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su rostro
la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están
atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son
gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.
Había el
asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada seguía siendo
compasiva.
Uno de
los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de
dolor.
Pierre
había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el
amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia?
Pierre
detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.
Bateman
se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre desaparecía de su
vista.
—No te
preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.