
LAS FIGURILLAS DE BARRO
Robert Bloch
Colin había
venido trabajando en aquellas figuritas de arcilla durante mucho tiempo, antes
de darse cuenta de que se movían. Llevaba años con ellas, allí en su habitación,
y había usado en total centenares de kilos de arcilla.
Los médicos le
tenían por loco; el doctor Starr, sobre todo. Pero éste no era más que un
curandero y un zote. No podía comprender por qué Colin no acudía al taller
junto con los demás, para trenzar cestas de mimbre o asientos y respaldos de
esparto. Eso sí que era «terapia ocupacional» de verdad, y no aquella ridiculez
de las figuritas, pacientemente modeladas año tras año. Así eran
indefectiblemente las opiniones del doctor Starr, y más de una vez, Colin habla
sentido ganas de hacerle salir la nariz por el cogote. ¡Vamos!... doctor.
Colin sabía lo
que se hacía. También él había sido médico: doctor Edgar Colin, cirujano...,
neurocirujano, ¡que no es humo de pajas! Había sido un especialista de
renombre, una verdadera autoridad cuando Starr era todavía un interno nervioso
y más que verde. ¡Qué ironía! Ahora Colin se veía encerrado en un manicomio, y
el doctor Starr era su cuidador. Triste gracia. Pero, loco y todo, Colin sabia
más psicopatología de lo que Starr podría nunca aprender.
Colin habla
volado junto con la base de la Cruz Roja en Yprès; no acabó allí, como tantos
otros, pero sus nervios resultaron destrozados. Habían permanecido en coma
varios meses a raíz de aquella dantesca explosión, y cuando se hubo recuperado
físicamente dijeron que tenía dementia praecox, y le enviaron aquí, a
Starr.
Tan pronto como
pudo valerse por sí mismo solicitó barro de modelar. Deseaba ocuparse. Aquellas
grandes manos, de largos y ágiles dedos, hechas a la delicada labor de la
cirugía intracraneal, no habían perdido nada de su destreza ni, por así decir,
de sus ambiciones; ambiciones que no eran sino el deseo ferviente y siempre
renovado de abordar tareas cada vez más difíciles, cada vez más complejas.
Como cirujano,
muchas veces habla realizado piezas anatómicas de yeso con fines didácticos,
actividad que poco a poco fue convirtiéndose en su afición predilecta, hasta el
extremo de que llegó a conocer todos los órganos del cuerpo humano, e incluso
su delicadísima estructura nerviosa, a la perfección. Ahora trabajaba con
arcilla.
Starr le había
animado al principio. Superado el coma, recuperado de su estupor, se habla
sentido revivir gracias a este redescubierto interés. Sus primeras figurillas
de arcilla le habían reportado gran atención y elogios de terceros. Su familia
le envió fondos; compró herramientas adecuadas para su trabajo. La mesa de su
habitación se llenó pronto del instrumental propio del escultor. Era bueno
sentir sus dedos nuevamente activos asiendo, si no lancetas y escalpelos, otros
instrumentos no menos maravillosos: objetos capaces de cortar, tallar y
reformar cuerpos. Arcilla, carne... ¡qué más daba!
No le había
importado al principio, pero con el tiempo sí. Tras meses de esforzada
dedicación, Colin se sentía insatisfecho. Trabajaba ocho, diez, hasta doce
horas al día, pero no se sentía feliz. Sus figuras acabadas corrían
indefectiblemente la misma suerte: eran furiosamente estrujadas para dar, al
fin, contra la pared, convertidas en masas deformes. Su trabajo no era bastante
bueno.
Hombres y
mujeres parecían en efecto réplicas de la realidad, en miniatura. Poseían
músculos, tendones, rasgos muy propios y aun capas epidérmicas y minúsculos
pelos que Colin insertaba pacientemente en sus diminutos cuerpos. Pero ¿de qué
servía todo aquello? Era un fraude, un engaño. En su interior no había sino
arcilla..., ahí estaba el fallo. Colin deseaba crear mortales completos en
miniatura, y para ello debía estudiar más. Fue entonces cuando tuvo su primer
roce con Víctor Starr: al pedir los libros de Anatomía. Starr se había echado a
reír. Con todo, al fin se salió con la suya.
De manera que
Colin aprendió a duplicar perfectamente la estructura ósea del hombre, sus
órganos, los intrincados sistemas arterial y venoso. Vino por último el gran
triunfo de dominar las glándulas y los nervios con sus complejas terminaciones
sensitivas... Le llevó años y fueron miles los intentos fallidos y las figuras
destrozadas. Hizo esqueletos de arcilla, colocó vísceras de igual material en
el interior de formas cada vez más complicadas y perfectas. Era una labor
delicada y de gran precisión. Era algo demencial, pero le libraba de pensar.
Llegó al extremo de poder reproducir cualquier elemento del organismo con los
ojos cerrados. Por fin se decidió a reunir todos sus conocimientos, creó
esqueletos de arcilla y los fue dotando de todos sus órganos, inclusive el
sistema nervioso, minúsculo, apenas perceptible, y de vasos, glándulas,
estructura dérmica, tejido muscular..., de todo.
Luego vino el
gran paso: ¡el cerebro! Se aprendió todas y cada una de sus circunvoluciones,
la textura del cerebro, las terminaciones y el origen de cada nervio, los
repliegues de la materia gris cortical... Estudiar, estudiar, no tenía más
objeto que éste, pese a las risas, a lo que los demás decían, a la monotonía de
tantos años de reclusión.
El doctor Starr
acudía a verle de vez en cuando con la vana intención de hacerle desistir de
aquella absorción fanática. A Colin le daban ganas de echarse a reír en sus
barbas. Starr temía que aquella desusada ocupación no hiciera más que agravar
el estado de su paciente. Este, en cambio, sabía que era lo único que le
conservaba todavía la razón.
Y es que,
últimamente, cuando no estaba trabajando, Colin notaba que le estaban
ocurriendo cosas extrañas. Las antiguas deflagraciones parecían reproducirse de
nuevo en su cabeza, con efecto impreciso aún, pero cierto, en su cerebro, que
parecía ir desenrollándose como un ovillo. Se sentía desorganizado. A veces se
le antojaba que no era ya una persona, sino un millar, y que no tenía un
cuerpo, sino mil estructuras distintas y separadas, como en sus hombrecillos de
barro. No era un ser humano unificado, sino un corazón, unos pulmones, un
hígado, un sistema vascular, una mano, una pierna, una cabeza, elementos
perfectamente individualizados y distintos entre sí, que iban desasociándose
cada vez más. Su cerebro y su cuerpo habían dejado de ser una entidad. Todo en
él parecía adquirir una vida propia. Los nervios ya no funcionaban coordenadamente
con la sangre. El brazo no siempre seguía a la pierna.
A la postre,
cada célula era una unidad. Con la llegada de la muerte, uno no abandonaba la
vida de golpe. Algunos órganos lo hacían antes que otros, algunas células
duraban más. Pero ¡no debiera ser así en vida! Sin embargo, era. Aquella
conmoción violenta, fuera cual fuese su efecto, propiciaba aquella gradual
anarquía orgánica.
Debía seguir
trabajando para conservar la razón. En una o dos ocasiones trató de explicar al
doctor Starr lo que ocurría, a fin de que éste le hiciera objeto de especial
observación; no porque aquello le importara, sino porque acaso la ciencia
pudiese obtener algunos datos importantes sobre su caso. Como de costumbre,
Starr se había reído.
Colin siguió
con su trabajo. Ahora construía cuerpos... Cuerpos reales. Le llevó varios días
el completar el primero, con labios delicadamente tallados, estructuras
auriculares y ópticas correctas, y uñas que encajaban perfectamente en las
extremidades. La labor le mantenía con vida. ¡Era fascinante ver una mesa llena
de minúsculas miniaturas de hombres y mujeres!
El doctor Starr
no opinaba igual. Una tarde sorprendió a Colin inclinado sobre tres diminutas
pellas de arcilla, en las que, absorto, aplicaba sus finísimas lancetas atendiendo
a un esquema extraído de un libro.
-¿Qué está
haciendo? -preguntó.
-Cerebros para
mis hombres -respondió Colin.
-¿Cerebros?
¡Santo Dios!
Starr miró por
encima del hombro de su paciente. Sí ¡eran cerebros! Reproducciones
pequeñísimas y perfectas del cerebro humano, impecables en todos sus detalles,
formadas capa sobre capa, con terminales nerviosas independientes, con un
completo sistema vascular..., ¡para incorporar a cráneos de arcilla!
-¿Qué...?
-exclamó Starr.
-No me interrumpa.
Estoy poniéndoles los pensamientos -sentenció Colin.
¿Pensamientos?
Aquello era una verdadera locura, ¡era el colmo! Starr contemplaba la escena
maravillado. ¿Pensamientos en cerebros para muñecos de barro?
Al día
siguiente, Colin notó que sus hombrecillos de barro se movían.
«Frankenstein
-murmuró Colin-. Soy Frankenstein. -Su voz se convirtió en un susurro-. No, no
soy como Frankenstein. Soy como Dios, sí, como Dios.
»¿Por qué no?
-se dijo-. ¿Qué sabemos de la Creación, de la Vida? Fisiológicamente, el cuerpo
humano no es más que un mecanismo adaptado para reaccionar ante los estímulos.
Duplicad este mecanismo perfectamente y ¿por qué no ha de vivir? Quizá
la vida sea simple electricidad.
Mientras Colin
hablaba así, en voz baja, para sí mismo, las figurillas de barro le
contemplaban y asentían al unisono.
«Además, me
estoy desintegrando. Estoy perdiendo mi identidad. Puede que una parte de mi
substancia vital haya sido transferida, incorporada a estos nuevos cuerpos.
Mi... enfermedad... quizá tenga que ver con ello, aunque no alcanzo a
qomprender cómo.»
Sin embargo,
algo sí acertaba a presumir. Si aquellas figuras estaban animadas por su vida,
él podría controlar sus acciones, de igual modo que controlaba las de su
cuerpo. Las había creado, les había dado parte de si. Eran él.
Se acurrucó en
un extremo de la habitación, quedo, absorto en sus pensamientos. Y las figuras
se movieron.
Colin cerró los
ojos y se echó atrás estremecido. ¡Era verdad!
El esfuerzo de
tanta concentración le había cubierto de sudor. Se sentía exhausto y le faltaba
la respiración. Su propio cuerpo se debilitaba por momentos, como sometido a un
vaciamiento interior. ¿Por qué no? Había dirigido cuatro mentes a la vez,
ejecutado acciones coherentes con cuatro cuerpos; era demasiado, pero real.
«Soy Dios»
susurró. «Dios».
¿Y qué? ¿De qué
iba a servirle aquello? Era un demente, recluído en un asilo. ¿Cómo usar su
poder?
-Primero,
experimentar -exclamó en voz alta.
-¿Qué?
El doctor Starr
había entrado sin hacer ruido. Sobresaltado, Colin miró de reojo a sus
figurillas, totalmente inmóviles ahora, afortunadamente.
-Me decía tan
sólo que debo experimentar con mis muñecos de arcilla -respondió
apresuradamente. El médico enarcó las cejas.
-¿Ah, si? Sabe,
Colin, he estado pensando. Quizá este trabajo no sea en verdad bueno para
usted. Parece cansado, agotado casi. Tengo la impresión de que se está causando
un daño innecesario con todo esto; me temo, por tanto, que deberé prohibirle
que siga modelando.
-¿Prohibírmelo?
El doctor Starr
asintió con la cabeza.
-Pero, no
puede... precisamente ahora que... quiero decir, ¡es imposible! Es todo lo que
tengo y lo que me conserva vivo. Sin mi trabajo yo...
-Lo siento.
-No puede.
-El médico soy
yo, Colin. Mañana retiraremos el barro. Quiero que tenga la oportunidad de
reencontrarse a sí mismo, de vivir de nuevo.
Colin nunca
había sido violento. Ahora, el doctor sintió de pronto su garganta atenazada
por unos dedos poderosos que hacían presa en su vena yugular con precisión
qulrúrgica. Se echó atrás en pánico y trató de repeler la agresión al tiempo
que gritaba ahogadamente para llamar la atención de los enfermeros. La
irrupción de éstos le libró in extremis. Colin fue reducido y atado al
lecho.
Había oscurecido
cuando el paciente despertó de un mundo plagado de odios. Estaba solo. Se
habían ido; el día también. Mañana, ellos y la luz volverían de nuevo para
despojarle de sus figurillas... ¡sus queridas criaturas! ¡Sus obras vivientes!
Las destrozarían, pero ¿podrían en verdad aniquilar la vida? ¡Sería un
asesinato!
Colin sollozó
amargamente mientras pensaba en ello y se prodigaba en sus ensoñaciones. ¡Lo
que podría haber hecho con sus poderes! ¡No había límites! Habría construido
docenas, centenares de figurillas, y habría aprendido a concentrarse
mentalmente para lógrar controlar y dirigir a voluntad una verdadera horda.
Habría creado un mundo propio, poblado de criaturas que le obedecerían a
rajatabla. Compañeros, esclavos..., diferentes tipos de cerebro y, por tanto,
de mentalidad e idiosincrasia. ¡Una verdadera civilización particular!
Y aún más.
Podría haber creado una raza. Una nueva raza, susceptible de propagarse ¡y
siempre a su servicio! Un centenar de figurillas de manos diestras y dientes
afilados podrían dar al traste con los barrotes de su celda, y atacar a los
enfermeros y guardianes para devolverle la libertad. Y luego ¡al mundo! al
mando de un ejército de barro; de unidades diminutas, cierto, pero capaces de
ocultarse fácilmente en el terreno y de desplazarse sin ser vistas en cualquier
lugar. Puede que un día hubiera un mundo poblado de pequeños hombrecillos de
arcilla, adiestrados por él y prestos a sus órdenes.
Ahora, todo
habla terminado. Puede que estuviera loco, con tales pensamientos y sueños. Era
inútil. Pero de algo estaba seguro: sin el barro enloquecería aún más. Se daba
cuenta de que su cuerpo iba enajenándose de él. Sus ojos, que reflejaban ahora
la luz de la luna, no parecían formar parte ya de su organismo.
Todo venía de
la excitación de aquella tarde. El gran descubrimiento, y luego la estúpida
decisión de Starr. ¡Starr! El era el causante de sus males, el único
responsable. Le había llevado a la locura. A un estado horrible y desconocido
de conflicto mental que no era capaz siquiera de comprender. Starr le había
sentenciado a muerte. ¡Si tan sólo pudiere pagarle en igual moneda!
Quizá sí.
Quizá pudiese
matar a Starr.
¿Cómo?
Tenía que
averiguar los planes de Starr, sus ideas.
¿Cómo?
Enviándole un
hombrecillo de barro.
¿Qué?
Sí, destacando
un emisario de barro. Aquella tarde se había concentrado en la tarea de darles
vida.
Pero ¿cómo
hacerlo? La arcilla es, al fin y al cabo, arcilla. Los pies de barro se
desgastarían antes de mucho..., no habría tiempo de recorrer todo el pasillo de
ida y vuelta. Y los oídos... por muy perfectos que fueran, estallarían al
estimulo de sonidos reales.
«Piensa, piensa
-sé decía-, Orden en las ideas, sobre todo. Sí, hay un modo...
»Claro, es
posible! -exclamó Colin con voz ahogada. Su locura, su cruel destino era su
salvación. Si sus facultades se desorganizaban y le cabía el poder de proyectar
su yo en el barro, ¿por qué no proyectar también facultades especiales en las
figurillas?
La luz de la
lámpara no iluminó tanto su rostro como la sonrisa que lo distendía. Tomó una
figurilla y empezó a trabajar en sus pies.
El hombrecillo
estaba descendiendo de la mesa. Ahora se deslizaba por una de las patas...,
llegó al suelo. Colin notó el impacto en sus propios pies. ¡Sí!, los suyos.
El piso vibró
atronadoramente. ¡Claro! Era un temblor infinitesimal, imperceptible al oído
humano, sonoro y rotundo para sus oídos de arcilla, para sus oídos. Otra parte
de él -los propios ojos de Colin- observó el quiebro de la figurilla para
salvar el vano entre puerta y marco. Luego, oscuridad. En tensa concentración,
el sudor vino a bañar su cuerpo.
El Colin de
barro no podía ver. Carecía de ojos, Pero el instinto y la memoria le guiaban.
Había irrumpido
en un mundo de gigantes. Apareció el pie de un coloso. Colin se tendió junto al
zócalo. Sus pasos producían monstruosas vibraciones.
Siguió su
camino. El instinto le guió hasta la puerta correcta, la cuarta corredor abajo.
Se deslizó por debajo de ella, tropezó con la alfombra. Aquellas hebras
medirían más de un palmo, se dijo, y cortaban como navajas. Más arriba
resonaban estruendos, unas voces. Dos titanes atronaban el espacio...
El doctor Starr
y el profesor Jerris. Jerris podía pasar; tenía visión de las cosas, pero
Starr...
Colin se
agazapó bajo la imponente barrera del sillón, escaló aquella ladera y alcanzó
por fin las elevadas crestas de las rodillas de Starr. Se esforzó por
distinguir las palabras retumbantes.
-Este hombre,
Colin, está acabado; te lo digo. Claudicación total incipiente. Intentó
atacarme esta tarde cuando le dije que iba a llevarme sus figurillas de barro.
¡Cualquiera hubiera dicho que se trataba de cachorros vivos de su propiedad!
Puede que él lo piense así.
Ahora. hablaba
Jerris.
-Sí, puede que
él lo crea así. Y que para él, y a todos los efectos, lo sean. En cualquier
caso..., pero ¿qué haces tú con un muñeco colgando en tu pierna?
¿Muneco en mi
pierna? ¡Colin!
En su lecho,
recluido en su habitación, Colin trató desesperadamente de retirar la vida de
su creación, de despojarla del oído y de las sensaciones cinestésicas, que eran
las de su otro yo de barro, pero fue demasiado tarde. Se produjo una conmoción
increíble; algo se cerró violentamente en torno a su persona..., siguió un
estrujamiento agónico...
Colin se hundió
desmadejadamente en su lecho y su mundo se pobló de destellos rojizos.
La luz le dio
en pleno rostro. Se incorporó. ¿Habría soñado?
«¿Soñado?»,
susurró.
No oía. ¡Estaba
sordo!
¡Su oído! Lo
habla proyectado en la figurilla de barro, y había sido destruido cuando Starr
la estrujó. ¡Era sordo!
El pensamiento
era demencial. Colin saltó bruscamente del lecho, lleno de pánico, y rodó de
bruces por los suelos.
¡No se tenía en
pie! ¡No podía andar!
Los pies
estaban en la figurilla; así lo había querido él, y de su obra no quedaba más
que una masa deforme. ¡No podía andar!
Enajenación de
sus facultades, de sus miembros; entonces, ¡era real! Sus oídos, sus piernas se
habían incorporado de alguna manera misteriosa al hombre de arcilla. Ahora los
había perdido. ¡Gracias a Dios, que no había cedido sus ojos!
Pero era
horrorosa la visión de aquellos muñones donde habían estado sus piernas;
terrible el buscar en sus oídos unas crestas óseas ahora ausentes. Era horrible
y era odioso. Starr era el culpable. Había dado muerte a un hombre y reducido a
la invalidez a otro.
Allí y ahora.
Colin lo planeó todo minuciosamente. Tenía el poder. Podía animar sus
figurillas de barro y también concederles una vida especial. Concentrándose,
sirviéndose de su propia y peculiar desintegración física podía trasplantar
parte de sí mismo a la materia. Muy bien, pues. Starr pagaría.
Colin
permaneció encamado. No se levantó para la visita vespertina. Starr no debía
ver sus piernas sin darse cuenta de que ya no oía.
Colin fingió
sumirse en el letargo, la introspección característica del esquizoide. Starr no
dijo más y abandonó bruscamente la estancia con su requisa.
La sonrisa se
dibujó lenta, pero resueltamente. Colin tomó la figurilla oculta debajo de las
ropas del lecho. Era un hombre perfecto, de brazos extraordinariamente
musculosos, de uñas largas y afiladas. Los dientes tampoco eran malos. Pero,
estaba incompleto, carecía de rostro.
Colin puso
manos a la obra, con prisas, pues se acercaba la noche. Buscó un espejo, y
mientras trabajaba en su creación sonreía como quien comparte una gracia con
alguien... o con algo. Cayeron las sombras, .y Colin siguió trabajando, de
memoria. Delicadamente, diestramente, como un artista, como creador que insufla
hálito vital en el barro. Vida en barro...
-¡Te digo que
esa condenada cosa estaba viva! -exclamó Jerris. Por fin había perdido
su compostura, olvidándose de su cargo-. ¡Lo vi bien!
Starr sonrió.
-Era barro,
nada más, y lo aplasté -replicó-. No discutamos más por esto.
Jerris hizo un
gesto vago con las manos. Sí, arcilla... y anoche, cuyo recuerdo asociado al de
aquella figurilla minúscula, perfectamente formada, asida a la pernera del
pantalón de Starr, donde nada podría haberse adherido durante mucho
tiempo. Asida, sí, y cuando Starr la estrujó, ¿no era acaso una
estructura osteiforme, aunque de barro, no eran vísceras colgantes lo que se
habla visto? ¿Fue un retorcimiento agónico o un efecto de la luz?
-¡Déjate de
cavilaciones y acuéstate! -concluyó Starr sofocando a duras penas una carcajada
irónica-. Deja de preocuparte por un demente. Colin está loco, y en lo sucesivo
le trataré como tal. He tenido ya demasiada paciencia. Habrá que usar la
fuerza. Y... yo, de ti no volvería a hablar de hombrecitos de barro y demás.
El tono era
conminatorio. Jerris se encogió de hombros una vez más y abandonó el despacho.
Starr apagó las
luces y se aprestó a la duermevela de su guardia de noche. Jerris conocía bien
sus costumbres.
Era sorprendente
cómo le habla afectado aquel asunto, se decía Jerris, pasillo abajo. La visión
de aquella figurilla le habla conmovido muy desagradablemente. La obra era tan
perfecta, ¡tan asombrosamente precisa en sus detalles más mínimos! Sin embargo,
era todo barro, simple y ordinaria arcilla. No se había movido cuando Starr se
hizo con ella. Las costillas se hundieron, los ojos saltaron de órbitas
perfectamente modeladas y rodaron grotescamente sobre la mesa... ¡era para
enfermar! ¡Y el vello, finísimo, de barro también, como los jirones de aquella
piel asombrosamente dispuesta en sucesivas capas! Colin, loco o sano, era un
genio.
Jerris sacudió
la cabeza asintiendo para sí mismo. Pero... ¡qué diablos...! Tuvo que parpadear
varias veces.
Y... lo vio.
Como una rata
pequeña, presurosa, huyendo pasillo abajo sobre dos patas, en vez de cuatro. Un
ratón sin pelo, sin rabo. Un ratoncillo que proyectaba contra la pared la
sombra perfecta y diminuta de... ¡un hombre! Tenía rostro y levantó la
mirada. Jerris casi llegó a creer que lo había visto; más aún, que aquellos
ojos le habían guiñado. Era un minúsculo roedor hecho de arcilla... no,
era un hombre en miniatura como los que construía Colin.
Ahogó una
exclamación. Estaba loco, como todos, como Colin. Pero... había entrado en el
despacho de Starr, se movía, poseía ojos y rostro, y era de arcilla.
No lo pensó dos
veces. Echó a correr, pero no hacia el consultorio sino en dirección a las
habitaciones de los pacientes. Buscó las llaves, tenía un juego supletorio.
¡Qué largo se le hizo el instante y qué torpes se le antojaron los dedos!
Abrió, al fin. Y dio la luz.
Fue un momento
infinito el que dedicó, horrorizado, a la contemplación de lo que yacía en el
lecho... De aquello con muñones en lugar de piernas, desmadejado entre cinceles
y martillos, con un espejo caído sobre el pecho, en cuyo azogue se revelaba un
rostro dormido, que no era rostro.
Sí, el momento fue
largo. El alarido procedente de la habitación de Starr debía haberse producido
treinta segundos antes, quizá, de que Jerris lo oyera. Luego fueron unos
gemidos, y, paralizado, siguió con la vista fija en aquella faz sin rostro, que
iba descomponiéndose como rasgada por manos invisibles hasta convertirse en
pulpa.
Ocurrió así.
Algo arrancó el semblante del hombre yacente separando la cabeza del cuello. El
gemido se reprodujo a lo lejos, al otro extremo del pasillo...
Corrió como
nunca. Fue el primero en alcanzar el consultorio, un minuto antes que los
demás. Vio lo que esperaba ver.
Starr aparecía
hundido en su silla, con la cabeza caída a un lado. El hombrecillo de barro
habla hecho su trabajo y el doctor Starr estaba muerto. La diminuta figura
marrón habla clavado unas uñas maravillosamente formadas en la garganta del
durmiente y con destreza qulrurgica y ayuda, quizá, de los dientes, habla
sajado la yugular, precisamente en su punto más vuluerable. Starr murió antes
de que pudiera librarse de aquella imagen humana diabólicamente perfecta, cuya
cabeza y rostro arrancó, no obstante, en su último espasmo agónico.
Jerris tiró de
la figurilla y la estrujó entre sus enfebrecidos dedos, ahora marrones y
pegajosos.
Antes de que
acudieran los demás tuvo tiempo aún de recoger del suelo la cabeza arrancada,
en cuyo rostro increiblemente perfecto y diminuto brillaba con infinita
grandeza la sonrisa triunfal de la muerte.
Estremecido de
horror, Jerris aplastó también el pequeño rostro de Colin, el creador.
Las figurillas
de barro. Robert Bloch
Mannikins of horror. Trad. Carlos M. Sánchez Rodrigo
Horror selección
3. Libro Amigo 399
Editorial
Bruguera, 1976