
Por STEPHEN KING
Publicado el 23 de Junio
de 2003 en The New Yorker
(Traducción por Andrés
García P.)
El Sueño de Harvey
Janet
se aleja del lavaplatos y, boom, en un instante su esposo por casi treinta años
se encuentra sentado en la mesa de la cocina con una camiseta blanca y un par
de bóxers Gran Perro, observándola. Más y más a menudo ha encontrado un sábado
en la mañana a este entre semana comodoro de Wall Street en ese mismo lugar y
vestido de esa manera: con los hombros caídos y un vacío en el ojo, vello
blanco en sus mejillas, tetillas caídas que se aprecian en la parte de adelante
de la camiseta, el cabello erizado atrás como Alfalfa el de los Little Rascals
envejecido y estúpido. Janet y su amiga Hannah se han asustado una a la otra
últimamente (como niñas contándose historias de fantasmas durante una noche
fuera de casa) intercambiando cuentos de Alzheimer: quién ya no puede reconocer
a su esposa, quién ya no puede recordar los nombres de sus hijos.
No
obstante, no cree realmente que estas apariciones silenciosas de la mañana del
sábado tengan nada que ver con un Alzheimer de inicio temprano; cualquier día
entre semana Harvey Stevens está listo y ansioso de irse hacia las seis y
cuarenta y cinco, un hombre de sesenta que parece de cincuenta (bueno,
cincuenta y cuatro) con cualquiera de sus mejores trajes, y quien aún puede
sellar un negocio, comprar al margen, o vender con los mejores.
No,
piensa, esto es tan sólo practicar a ser viejo, y ella lo odia. Teme que cuando
él se retire será así todas las mañanas, por lo menos hasta que le dé un vaso
de jugo de naranja y le pregunte (con una impaciencia en aumento que no podrá
evitar) si quiere cereal o sólo una tostada. Teme que ella dé la vuelta dejando
lo que esté haciendo y lo vea sentado allí en medio de un mañana demasiado
soleada, Harvey en la mañana, Harvey en camiseta y con sus bóxers, con las
piernas bien separadas para que ella pueda ver la insuficiente hinchazón de su
entrepierna (como si le preocupara) y vea los callos amarillos en los inmensos
dedos de sus pies, que siempre le hicieron pensar en Wallace Stevens engañando
al Emperador del Helado. Sentado allí silencioso dopadamente contemplativo en
vez de listo y ansioso, preparándose para el día. Dios, espera estar
equivocada. Esto hace ver tan leve la vida, tan estúpida de alguna manera. No
puede evitar preguntarse si esto es por lo que lucharon, por lo que criaron y
casaron a tres chicas, por lo que superaron su inevitable infidelidad de edad madura,
por lo que trabajaron y en ocasiones (afrontémoslo) se aferraron. Si aquí es a
donde se llega al salir de los bosques oscuros, piensa Janet, este . . . este
parqueadero . . . ¿entonces por qué alguien lo haría?
Pero
la respuesta es fácil. Porque no sabías. Ignoraste la mayoría de las mentiras
en el camino pero te aferraste a aquella que decía que la vida importaba. Mantuviste un álbum de fotos
y recuerdos dedicado a las niñas, y en él eran aún jóvenes y aún interesantes
en sus posibilidades: Trisha, la mayor, con un sombrero y ondeando una varita
sobre Tim, el cocker spaniel; Jenna, atrapada en pleno salto a través de la
regadora del césped, su gusto por la marihuana, las tarjetas de crédito y los
hombres mayores aún lejos en el horizonte; Stephanie, la menor, en el concurso
de gramática del condado donde “murciélago” resultó ser su Waterloo. En algún
lugar en la mayoría de estas fotografías (usualmente atrás) se encontraban
Janet y el hombre con quien se casó, siempre sonriendo, como si fuera contra la
ley hacer algo diferente.
Y
entonces un día cometiste el error de mirar por encima de tu hombro y
descubriste que las niñas habían crecido y que el hombre con el que luchabas
por seguir estando casada se sentaba con las piernas aparte, sus piernas
blanquecinas, observando en el sol, y por Dios que podía parecer de cincuenta y
cuatro con cualquiera de sus mejores trajes, pero sentado ahí en la mesa de la
cocina así parecía de setenta. Demonios, setenta y cinco. Se veía como lo que
los matones de “Los Soprano” llamaban un ente.
Voltea
de nuevo al lavaplatos y estornuda delicadamente, una, dos, tres veces.
“¿Cómo
están esta mañana?” pregunta él, refiriéndose a su sinusitis, refiriéndose a
sus alergias. La respuesta es no muy bien, pero, al igual que un número de
cosas malas, sus alergias veraniegas tienen su lado bueno. Ya no tiene que
dormir con él ni pelear por las cobijas a media noche; ya no tiene que escuchar
el ocasional pedo tibio mientras los
soldados de Harvey se consumen aún más en el sueño. La mayoría de noches
durante el verano ella logra seis, incluso siete horas, y eso es más que
suficiente. Cuando cae el otoño y él se vuelve a mudar del cuarto de invitados,
pasarán a ser cuatro, y gran parte de ellas, tormentosas.
Un
año, sabe, él no volverá a mudarse a su cuarto. Y aunque no se lo dice –heriría
sus sentimientos, y todavía no le gusta lastimar sus sentimientos; esto es lo
que hace ahora las veces de amor entre ellos, al menos en lo que a ella compete
– se alegrará.
Suspira
y toma la jarra de agua del lavaplatos. La mueve en sus manos. “No tan mal”,
dice.
Y
entonces, justo cuando está pensando (y no por vez primera) en cómo su vida ya
no tiene sorpresas, ningunas profundidades maritales por explorar, él dice en
una voz extrañamente casual, “Afortunadamente no dormiste anoche conmigo, Jax.
Tuve un mal sueño. Realmente me desperté gritando”.
Ella
está sorprendida. ¿Hace cuánto no la llamaba Jax, en vez de Janet o Jan? El
último es un apodo que ella odia en secreto. La hace pensar en esa empalagosa
actriz de “Lassie” cuando era niña, el niñito (Timmy, su nombre era Timmy)
siempre caía en un pozo o era mordido por una serpiente, o atrapado por una
roca, ¿y qué clase de padres ponen la vida de su hijo en las manos de un jodido
collie?
Se
giró de nuevo hacia él, olvidando la jarra aún con un último huevo en ella, el
agua ya apenas tibia. ¿Tuvo un mal sueño? ¿Harvey? Intenta recordar cuándo ha
mencionado Harvey alguna vez haber tenido algún sueño cualquiera y no tiene
suerte. Todo lo que le llega es un vago recuerdo de sus días de cortejo, Harvey
diciéndole algo como “Soñé contigo”, ella lo suficientemente joven como para
pensar que era dulce en vez de falaz.
“¿Que
tú qué?”
“Me
desperté gritando”, dice. “¿No me escuchaste?”
“No”.
Todavía observándolo. Preguntándose si está bromeando. Si es alguna clase de
chiste matutino bizarro. Pero Harvey no es un hombre de bromas. Su idea de
humor es contar anécdotas en la comida sobre sus días en la Armada. Ella las ha
escuchado todas al menos cien veces.
“Gritaba
palabras, pero no era realmente capaz de decirlas. Era como si ... no sé... no
pudiera cerrar mi boca para decirlas. Sonaba como si me hubieran golpeado. Y mi
voz era más baja. Para nada como mi propia voz”. Se detiene. “Me escuché, y me
obligué a detenerme. Pero estaba temblando, y tuve que prender la luz por un
momento. Intenté orinar, y no pude. Estos días parece que siempre puedo orinar
–un poco, de cualquier forma– pero no esta mañana a las dos y cuarenta y
siete”. Se detiene sentado allí al sol. Ella puede ver las motas de polvo
volando en la luz. Parecen darle un halo.
“¿Cuál
fue tu sueño?” pregunta, y aquí sucede una cosa extraña: por primera vez en
acaso cinco años desde que se quedaron despiertos hasta media noche discutiendo
si debían conservar o vender la acción de Motorola (terminaron vendiéndola),
ella está interesada en algo que él tiene que decir.
“No
sé si quiero decirte”, dice, sonando extrañamente tímido. Se gira, toma la
trituradora de pimienta, y empieza a pasársela de una mano a otra.
“Dicen
que si cuentas tus sueños no se harán realidad”, le dice ella, y aquí está la
Cosa Extraña No. 2: en un instante Harvey la ve, de una manera en que no la ha
visto en años. Incluso su sombra sobre la pared por encima de la tostadora se
ve de alguna manera más allí. Ella piensa, se ve como si él importara, ¿y por
qué debería ser así? ¿Por qué, justo cuando estaba pensando que la vida es
vana, debería parecer tan plena? Es una mañana de verano al final de Junio.
Estamos en Connecticut. Cuando llega junio siempre estamos en Connecticut.
Pronto uno de los dos irá por el periódico, qué estará dividido en tres partes,
como Gaula.
“¿Eso
dicen?” Él considera la idea, con las cejas alzadas (necesita depilarlas otra
vez, otra vez tienen ese aire salvaje, y él nunca lo sabe), pasándose entre las
manos la trituradora de pimienta. Le gustaría decirle que dejara de hacer eso,
que la pone nerviosa (como la negritud exclamativa de su sombra en la pared,
como su mismo corazón palpitante, que de repente ha empezado a acelerar su
ritmo sin ninguna razón), pero no quiere distraerlo de lo que quiera que suceda
en su cabeza de sábado por la mañana. Y entonces él deja a un lado la
trituradora de cualquier modo, lo que debería estar bien pero de alguna forma no
lo está, porque ésta tiene su propia sombra –se desplaza por la mesa como la
sombra de una pieza de ajedrez inmensa, incluso las tostadas que hay allí
tienen sombras, y no tiene idea de por qué eso la asusta pero así es. Piensa en
el gato de Cheshire diciéndole a Alicia “Todos aquí estamos locos”, y de
repente no quiere escuchar el estúpido sueño de Harvey, el que lo hizo
despertar gritando y sonando como un hombre con un golpe. De repente no quiere
que la vida sea algo más que vana. Vano está bien, vano es bueno, sólo miren a
las actrices de las películas si tienen alguna duda.
Nada
debe anunciarse, piensa febrilmente. Sí, febrilmente, como si tuviera un flash
caliente, aunque habría podido jurar que todo ese sin sentido terminó hace dos
o tres años. Nada debe anunciarse, es la mañana del sábado y nada debe
anunciarse.
Abre
la boca para decirle que lo dijo al revés, lo que realmente dicen es que si
cuentas tus sueños se volverán verdad, pero es muy tarde, él ya está hablando y
a ella se le ocurre que éste es su castigo por pensar que la vida es vana. La
vida es realmente como una canción de Jethro Tull, plena como un ladrillo,
¿cómo pudo haber pensado lo contrario alguna vez?
“Soñé
que era de mañana y que bajaba a la cocina”, dice. “Mañana del sábado, igual a
esta, sólo que tú no te habías levantado aún”.
“Siempre
me levanto antes que tú los sábados”, dice ella.
“Lo
sé, pero esto era un sueño”, dice pacientemente, y ella puede ver los vellos
blancos en el interior de sus muslos, donde los músculos están deteriorados y
decaídos. Una vez él jugó tenis, pero aquellos días se fueron. Ella piensa, con
una viciosidad que le es completamente ajena, Tendrás un ataque al corazón,
hombre blanco, eso es lo que acabará contigo, y tal vez discutirán poner un
anuncio de tu muerte en el diario, pero si una actriz de películas B de los
cincuenta muriera ese día, o una bailarina medio famosa de los cuarenta, ni
siquiera te darían eso.
“Pero
era como hoy”, dice él. “Quiero decir, el sol brillaba”. Él levanta una mano y
agita las motas dándoles vida alrededor de su cabeza y ella quiere gritarle que
no haga eso, que no molestara así al universo.
“Podía
ver mi sombra en el piso y nunca se había visto tan brillante o plena”. Hace
una pausa, luego sonríe, y ella ve lo quebrados que están sus labios.
“Brillante es una palabra chistosa para referirse a una sombra ¿o no? ‘Plena’,
también”.
“Harvey–”
“Me
acerqué a la ventana”, dice él, “y miré fuera y vi que había una abolladura en
el costado del Volvo de Friedman, y supe –de alguna manera– que Frank había
estado bebiendo y que la abolladura ocurrió camino a casa”.
Ella
siente de pronto que se desmayará. Vio la abolladura del Volvo de Frank
Friedman ella misma, cuando salió a la puerta a ver si el periódico había
llegado (y no era así), y pensó lo mismo, que Frank había estado en la Calabaza
y había tocado algo en el parqueadero. ¿Cómo se ve el otro tipo? había sido su
pensamiento exacto.
La
idea de que Harvey también ha visto esto la interpreta como si él estuviera
jugando con ella por una extraña razón. Ciertamente es posible; el cuarto de
invitados donde él duerme en las noches de verano tiene una esquina sobre la
calle. Sólo que Harvey no es ese tipo de hombre. “Jugar” no es el “método” de
Harvey Stevens.
Ella
tiene sudor en las mejillas, la frente y el cuello, puede sentirlo, y su
corazón late más rápido que nunca. Realmente hay una sensación de algo que se
acerca, y ¿por qué estaría pasando justo ahora? ¿Ahora, cuando el mundo está en
silencio, cuando los planes son tranquilos? Si lo he pedido, lo siento, piensa
... o tal vez realmente está rezando. Admítelo, por favor admítelo.
“Fui
a la nevera”, dice Harvey, “y miré dentro, y vi una bandeja de huevos cubierta.
Me encantó –¡quería almorzar a las siete de la mañana!”
Él
ríe. Janet –Jax– observó a la jarra en el lavaplatos. Al único huevo hervido
que quedaba. Los otros habían sido rotos y sus yemas habían sido sacadas. Se
encuentran en una taza tras los platos. Junto a la taza está el frasco de
mayonesa. Ella ha estado planeando servir los huevos al almuerzo, junto con una
ensalada verde.
“No
quiero oír el resto”, dice, pero con una voz tan baja que apenas puede
escucharse ella misma. Alguna vez estuvo en el Club de Teatro y ahora no podía
proyectar su voz a través de la cocina. Los músculos de su pecho se sentían
flácidos, como se verían las piernas de Harvey si intentara jugar tenis.
“Pensé
en comerme uno solo”, dice Harvey, “y entonces pensé, No, si hago eso ella me gritará.
Y el teléfono sonó. Lo contesté al instante porque no quería despertarte, y
aquí viene lo escabroso. ¿Quieres escuchar la parte escabrosa?”
No,
piensa ella desde su lugar junto al lavaplatos. No quiero escuchar la parte
escabrosa. Pero a la vez quiere escuchar la parte escabrosa, todo el mundo
quiere escuchar la parte escabrosa, todos estamos locos aquí, y tu madre
realmente dijo que si contabas tus sueños no se harían realidad, lo que quiere
decir que se supone que debes contar las pesadillas y guardarte los sueños
buenos para ti, ocultarlos como un diente bajo la almohada. Tienen tres niñas.
Una de ellas vive cerca en el camino, Jenna la alegre divorciada, homónima a
una de los gemelos Bush, y Jenna no detesta eso; estos días insiste en que la gente
la llame Jen. Tres niñas, lo que significa muchos dientes bajo muchas
almohadas, muchas preocupaciones por los extraños en autos que ofrecen paseos y
dulces, lo que habría significado muchas precauciones, y en cómo esperaba que
su madre tuviera la razón, que contar un mal sueño es como poner una estaca en
el vampiro del corazón.
“Alcé
la bocina”, dice Harvey, “y era Trisha”. Trisha es su hija mayor, que
idolatraba a Houdini y a Blackstone antes de descubrir a los chicos. “Sólo dijo
una palabra al comienzo, apenas ‘Papá’, pero sabía que era Trisha. ¿Sientes eso
de que siempre sabes?”
Sí.
Siente que siempre se sabe. Cómo siempre conoces a los tuyos, desde la primera
palabra, al menos hasta que crecen y se vuelven de alguien más.
“Dije,
‘Hola, Trish, ¿por qué llamas tan temprano, querida? Tu madre aún está
acostada’. Y al comienzo no hubo respuesta. Pensé que me había colgado y luego
escuché unos soniditos como susurros. No palabras sino medias palabras. Como si
intentara hablar pero casi nada le saliera porque no lograba reunir la fuerza o
tomar aire. Y fue allí cuando me empecé a preocupar”.
Bueno,
entonces, él es muy lento, ¿o no? Porque Janet –quien fue Jax en Sarah
Lawrence, Jax en el Club de Teatro, Jax la que da excelentes besos a la
francesa, Jax la que fumó Gitanos y afectaba el placer de los que tomaban
tequila– Janet ha estado asustada por un buen rato ahora, estaba asustada
incluso antes de que Harvey mencionara la abolladura en el costado del Volvo de
Frank Friedman. Y pensar en eso la hace pensar en la conversación telefónica
que tuvo con su amiga Hannah hace menos de una semana, aquella que progresó
eventualmente hasta las historias de fantasmas del Alzheimer. Hannah en la
ciudad, Janet acomodada en la silla de la ventana en la sala y observando su
propiedad de un acre en Westport, a todas las hermosas cosas en crecimiento que
la hacen estornudar y que se le lloriqueen los ojos, y antes de que la
conversación llegara al Alzheimer habían discutido primero sobre Lucy Friedman
y luego sobre Frank, y ¿cuál de ellos lo había dicho? ¿Cuál de ellos había
dicho, “Si no hace algo con la bebida y conducir eventualmente va a matar a
alguien”?
“Y
entonces Trish dijo lo que sonaba como un ‘lisio’ o ‘lisa’, pero en el sueño yo
sabía que estaba ¿elidiendo? . . . ¿Es esa la palabra? Elidiendo la primera
sílaba y que lo que realmente decía era ‘policía’. Le pregunté qué de la
policía, qué intentaba decir sobre la policía, y me senté. Justo allí”. Señaló
a la silla en lo que llaman el rincón del teléfono. “Hubo más silencio, luego
unas cuantas más de esas medias palabras, aquellas medias palabras susurradas.
Me estaba enloqueciendo con eso, pensé, la reina del Teatro, como siempre fue,
pero luego dijo ‘número’, tan claro como una campana. Y supe –por la forma en
que intentaba decir ‘policía’– que intentaba decirme que la policía la había
llamado a ella porque no tenían nuestro número”.
Janet
asiente torpemente. Decidieron sacar su número de la lista hace dos años
porque los reporteros la pasaban llamando a Harvey por el desastre de Enron.
Usualmente a la hora de la cena. No porque él tuviera algo que ver con Enron
per se, sino porque aquellas grandes compañías de energía eran como una
especialidad para él. Incluso había pertenecido a una comisión Presidencial
unos años antes, cuando Clinton había sido el gran kahuna y el mundo había sido
(en su humilde opinión, por lo menos) un lugar ligeramente mejor y más seguro.
Y mientras habían muchas cosas sobre Harvey que ya no le gustaban, algo que
sabía perfectamente bien era que él tenía más integridad en su dedo meñique que
todos esos corruptos de Enron juntos. Podría haberse algunas veces aburrido de
la integridad, pero sabe lo que es.
¿Pero
no tiene la policía una forma de hallar los teléfonos que no están en lista?
Bueno, tal vez no si tienen prisa de hallar algo o decirle algo a alguien.
Además, los sueños no tienen que ser lógicos ¿o sí? Los sueños son poemas del
subconsciente.
Y
ahora, porque no podía soportar más quedarse callada, va a la puerta de la
cocina y mira fuera al brillante día de junio, observa Sewing Lane, que es su
pequeña versión de lo que supone es el sueño americano. ¡Qué calmada reposa
esta mañana, con un trillón de gotas de rocío aún brillando en la hierba! Y aún
su corazón martilleaba en su pecho y el sudor resbalaba por su rostro y quiere
decirle que debe detenerse, no debe contar su sueño, este sueño terrible. Debe
recordarle que Jenna vive cerca en el camino –Jen, es decir, Jen la que trabaja
en el Video Stop en la villa y se pasa demasiadas noches los fines de semana
bebiendo en la Calabaza con aquellos como Frank Friedman, quien es tan viejo
que podría ser su padre. Lo cual es indudablemente parte de la atracción.
“Todas
estas pequeñas medias palabras susurradas”, está diciendo Harvey, “y no iba a
hablar. Luego escuché ‘asesinada’, y supe que una de las niñas estaba muerta.
Simplemente lo supe. No Trisha, porque estaba hablando por teléfono, sino Jenna
o Stephanie. Y estuve tan asustado. Realmente me senté allí preguntándome cuál
quería que fuera, como la jodida Elección de Sophie. Empecé a gritarle. ‘¡Dime
cuál! ¡Dime cuál ¡Por Dios, Trish, dime cuál!’ Sólo entonces el mundo real
empezó a desangrarse ... asumiendo que exista tal cosa. . . .”
Harvey
emitió una risita, y a la luz brillante de la mañana Janet ve que hay una
mancha roja en el medio de la abolladura en el costado del Volvo de Frank
Friedman, y en medio de la mancha hay un manchón que podría ser tierra o
incluso cabello. Puede ver a Frank conduciendo yéndose hacia las aceras a las
dos de la mañana, demasiado borracho incluso para entrar al corredor, mucho
menos al garaje –la puerta es estrecha y todo eso. Ella puede verlo
tambaleándose hasta la casa con la cabeza gacha, respirando fuertemente. Viiva
eer toooro.
“Para
entonces supe que estaba en la cama, pero podía escuchar esta voz baja que no
sonaba en absoluto como la mía, sonaba como la voz de un extraño, y no pude
entender nada de lo que decía. ‘Iiime ual, iiii-ee ual’, así es como sonaba. ‘Iii - eee ual,
Ish!’ ”.
Dime
cuál. Dime cuál, Trish.
Harvey
quedó en silencio, pensando. Considerando. Las motas de polvo bailaban
alrededor de su rostro. El sol hacía que su camiseta casi fuera demasiado
resplandeciente para verla; es una camiseta de un anuncio de detergente.
“Me
quedé allí esperando que corrieras y vieras qué estaba mal”, dice finalmente.
“Me quedé allí con la piel de gallina, y temblando, diciéndome que sólo era un
sueño, como tú lo haces, desde luego, pero también pensando en lo real que era.
Qué maravilloso, en una manera horrible”.
Se
detiene de nuevo, pensando en cómo decir lo que sigue, inconsciente de que su
esposa ya no lo escucha. La que era Jax está usando toda su mente, sus
considerables poderes de pensamiento, para obligarse a cree que lo que ve no es
sangre sino la pintura interior del Volvo donde la original se levantó por el
golpe. “Pintura interior” son dos palabras que su subconsciente ha estado más
que dispuesto a evocar.
“Es
sorprendente lo lejos que llega la imaginación, ¿o no?” dice finalmente. “Un
sueño como ese es cómo un poeta –uno de los realmente grandes– debe ver su
poema. Cada detalle tan claro y tan brillante”.
Queda
en silencio y la cocina pertenece al sol y a las motas bailarinas; afuera, el
mundo está quieto. Janet observa el Volvo a través de la calle; parece palpitar
en sus ojos, plenos como ladrillo. Cuando suena el teléfono, gritaría si
pudiera reunir el suficiente aire, cubriría sus oídos si pudiera levantar las
manos. Escucha a Harvey levantarse e ir hasta el rincón al sonar de nuevo, y
una tercera vez.
Es
un número equivocado, piensa ella. Tiene que serlo, porque si cuentas tus
sueños no se vuelven realidad.
Harvey
dice, “¿Alo?”