
EL DIABLO QUE CONOCEMOS
Las finas e imperativas convocatorias habían
estado susurrando durante días en lo profundo del cerebro de Carnevan. Eran
mudas y apremiantes, y su mente parecía la aguja de una brújula que giraba,
inevitablemente, hacia el punto más próximo de atracción magnética. Le era
bastante fácil enfocar la atención en aquello, pero descubrió que le resultaba
bastante peligroso relajarse. En esos momentos la aguja oscilaba y giraba,
mientras el grito insonoro se hacía más fuerte, sacudiendo los muros de su
conciencia. El significado del mensaje, sin embargo, seguía desconocido para
él.
No existía ni la más remota
posibilidad de que estuviera loco. Gerald Carnevan era neurótico como la
mayoría, y lo sabía. Poseía varios títulos y era socio menor de una floreciente
empresa de publicidad de Nueva York, en la que contribuía con la mayoría de las
ideas. Jugaba al golf, nadaba y era buen compañero en el bridge. Tenía 37 años,
el rostro fino y duro de un puritano, cosa que ni por asomo era, y estaba
siendo chantajeado con delicadeza por su amante. Eso no le caía tan mal, más
que nada porque su mente lógica había evaluado las posibilidades y había
llegado a la conclusión de que valía la pena olvidarse del asunto de inmediato.
Y sin embargo no se había
olvidado. El pensamiento había permanecido en lo más profundo de su
inconsciente y ahora surgía ante Carnevan. Eso, claro, podía ser la explicación
de la... la... de la «voz». Un deseo reprimido de resolver el problema. Parecía
encajar muy bien, si tenía en consideración su reciente compromiso con Phyllis
Mardrake. Phyllis, de estirpe bostoniana, no pasaría por alto los amoríos de su
prometido... si es que llegaban a descubrirse. Diana, que no conocía el recato
pero era adorable, no dudaría en descubrirle si eso llegaba a pasar por su
cabeza.
La brújula volvió a
estremecerse, giró y se detuvo en un punto tenso. Carnevan, que estaba
trabajando horas extras en su despacho, gruñó furioso. Siguiendo un impulso, se
arrellanó en su silla, tiró el cigarrillo por la ventana abierta, y aguardó.
Los deseos reprimidos, según las enseñanzas
de psicología, deberían aparecer al descubierto, en donde se los pudiera
convertir en inofensivos. Con esto en la cabeza, Carnevan borró toda expresión
de su fina y dura cara y aguardó. Cerró los ojos.
A través de la ventana
llegaba el murmullo rugiente de la calle neoyorquina, que disminuía de a poco,
casi imperceptiblemente. Carnevan trató de analizar sus sensaciones. Su
inconsciente parecía cerrado en una caja hermética y tensa. Mientras sus
retinas se ajustaban a la oscuridad voluntaria, tras sus párpados cerrados se
fueron esfumando unos dibujos luminosos.
Mudo, el mensaje llegó a su
cerebro. No podía entenderlo. Era demasiado extraño... incomprensible.
Pero al fin se formaron las
palabras. Un nombre. Un nombre que oscilaba en el borde de la oscuridad,
incordinado. Nefert. Nefert.
Ahora lo reconocía.
Recordaba la semana pasada, cuando asistió, a pedido de Phyllis, a la sesión.
Había sido una reunión tosca y ordinaria, trompetas y luces, y voces
susurrando. La médium hacía sesiones tres veces por semana en un viejo caserón
de piedra cerca de Columbus Circle. Se llamaba Madame Nefert... o así pretendía
llamarse, aunque parecía más irlandesa que egipcia.
Ahora Carnevan sabía que la
orden muda era Ver a Madame Nefert.
II Carnevan abrió los ojos.
Esperaba ver algo diferente, pero la habitación no había cambiado en absoluto.
Lo que le pasaba era lo que había pensado. Una teoría había tomado forma en su
mente, y ahora germinaba en una explosión de enojo causada por el pensamiento
de que alguien había estado manoseando su posesión más exclusiva... su yo. Era,
pensó, hipnotismo. Madame Nefert, de alguna manera, logró hipnotizarlo durante
la reunión, y su curiosas sensaciones de las semanas pasadas eran a causa de la
sugestión post-hipnótica. Resultaba un tanto tomado de los pelos, pero no era
imposible.
Carnevan, como era
publicitario, seguía inevitablemente ciertas líneas de pensamiento. Madame
Nefert hipnotizaba a un visitante y ese visitante volvía a ella preocupado y
sin comprender lo que había pasado. En ese momento la médium le anunciaría, con
toda probabilidad, que haría que los espíritus le dieran una mano. Cuando el
cliente estuviera adecuadamente convencido —lo cual es el primer paso en una
campaña de publicidad—, Madame Nefert mostraría sus cartas, haciéndole saber el
precio de lo que tenía para vender.
Era la primera etapa del
juego. Hacer que el cliente necesite algo; luego, vendérselo.
Estaba muy bien. Carnevan se
levantó, encendió un cigarrillo y se puso la chaqueta. Ajustándose la corbata
ante el espejo, examinó su cara de cerca. Parecía gozar de perfecta salud. Sus
reacciones eran normales. Sus ojos se veían muy controlados.
Bruscamente, sonó el
teléfono. Carnevan lo tomó.
—¿Hola? ¿Diana? ¿Cómo estás,
querida? —a pesar de las actividades chantajistas de Diana, Carnevan prefería
mantener sus relaciones sin roces ni mal entendidos para que por lo menos no se
complicasen más, así que sustituyó el epíteto que le vino a la cabeza por
«querida»—. No puedo —dijo por fin—. Esta noche tengo que hacer una visita
importante. Ahora, espera... ¡No te estoy dejando plantada! Te enviaré un
cheque por correo.
Eso pareció satisfacerle.
Carnevan colgó. Diana todavía ignoraba su próximo matrimonio con Phyllis. Se
sentía algo preocupado por la reacción que tendría su amante ante la noticia.
Diana, con todo su cuerpo glorioso, era muy estúpida; al principio, Carnevan
encontró que ese era un atributo relajante,
ya que le daba una sensación ilusoria de poder en los momentos que
estaban juntos. Ahora, sin embargo, la estupidez de Diana podía convertirse en
un inconveniente.
Ya enfrentaría eso más
tarde. Primero que todo estaba Nefert. Madame Nefert. Una sonrisa maliciosa
asomó a sus labios. Pasase lo que pasase, el título. Siempre había que buscar
la marca comercial, impresionar al consumidor.
Sacó su coche del garaje del
edificio de oficinas y condujo por la ciudad siguiendo la avenida, girando
hacia Columbus Circle. Madame Nefert tenía una sala de estar en la parte
delantera y atrás unos cuantos cuartuchos atiborrados de cosas que nadie jamás
visitaba puesto que, probablemente, contenían su equipo. Una placa en la
ventana proclamaba su profesión.
Carnevan subió los escalones
y llamó. Entró al oír el sonido del zumbador del portero eléctrico, giró a la
derecha y empujó una puerta entreabierta que se cerró a su espalda. Las
cortinas habían sido echadas sobre las ventanas. La estancia estaba iluminada
por el resplandor rojizo y escaso de las lámparas de las esquinas.
El cuarto estaba desnudo. La
alfombra había sido corrida a un lado. Habían trazado detalles en el suelo con
tiza luminosa. En el centro de un pentágono había un cacharro ennegrecido. Eso
era todo, y Carnevan sacudió la cabeza disgustado. Tal escenario sólo
impresionaría a los más crédulos. Sin embargo, decidió seguir la corriente
hasta que llegase al fondo de aquel asunto publicitario tan peculiar.
Una cortina se apartó,
revelando una alcoba en la que estaba Madame Nefert, sentada sobre una silla
dura y plana. La mujer ni siquiera se había molestado en montar su mascarada de
siempre. Carnevan lo notó de inmediato. Con ese rostro goyuno y colorado y su
pelo lacio parecía una empleada de limpieza salida de una comedia. Llevaba un
batín floreado, que se abría para revelar una ropa interior blanca y sucia,
especialmente en la parte correspondiente a su generoso escote.
La luz roja destellaba en su
cara.
Miró a Carnevan con ojos
vidriosos e inexpresivos.
—Los espíritus están...
—comenzó, y de pronto guardó silencio. Brotó un gemido profundo y sofocado en
su garganta. Todo su cuerpo se retorció, convulsivo.
Reprimiendo una sonrisa,
Carnevan dijo:
—Madame Nefert, me gustaría
hacerle unas cuantas preguntas.
Ella no contestó. Hubo un
largo y pesado silencio. Al cabo, Carnevan inició un movimiento hacia la
puerta, pero la mujer siguió sin moverse.
Estaba llevando el juego
hasta el máximo. Carnevan miró a su alrededor. Vio algo blanco dentro del
cacharro ennegrecido y se acercó para mirar dentro. Luego sintió una náusea
violenta. Sacó un pañuelo y, apretándoselo sobre la boca, giró para enfrentarse
a Madame Nefert.
Pero no pudo hallar
palabras. La cordura volvió a él. Aspiró profundamente, comprendiendo que una imagen
hecha con cartón-piedra casi había destruido su balance emocional.
Madame Nefert no se había
movido. Estaba inclinada hacia adelante, respirando en estertores roncos. Un
hedor débil e insidioso penetró por las narices de Carnevan.
Alguien dijo con viveza.
—¡Ahora!
La mano de la mujer se movió
en un gesto inseguro de tanteo. Al mismo tiempo, Carnevan se dio cuenta de la
presencia de un recién llegado a la habitación. Giró para ver, en medio del
pentágono, una figura pequeña, acurrucada, que lo miraba con firmeza.
La luz roja era débil. Todo
lo que pudo ver Carnevan fue una cabeza y un cuerpo informe oculto por una capa
oscura. El hombre o niño o muchacho estaba en cuclillas. La visión de esa
cabeza, sin embargo, fue suficiente para que su corazón saltara de
excitación... porque no era enteramente humana. Al principio pensó que era una
calavera. El rostro era delgado y tenía una piel pálida y traslúcida, del más
puro marfil, estirada sobre el hueso. La cabeza estaba completamente calva. La
forma de esa cabeza era triangular, delicadamente aguda en los bordes, sin esos
feos salientes en los pómulos que hacen que los cráneos humanos sean tan
repugnantes. Los ojos resultaban inhumanos. Llegaban casi hasta donde debiera
haber estado la línea del cabello, si aquel ser lo hubiera tenido. Eran de un
color gris verdoso, nublados, como de piedra, y salpicados con danzarinas
lucecitas opalescentes.
Era un rostro singularmente
hermoso, con la clara y desapasionada perfección del hueso pulimentado.
Carnevan no pudo ver el cuerpo, que estaba oculto por la capa.
¿Sería esa extraña cara una
máscara? Carnevan supo que no. La sutil e inconfundible sacudida de su ser
físico entero le dijo que estaba mirando algo horrible.
Automáticamente, sacó un
cigarrillo y lo encendió. El ser no se había movido mientras lo observaba.
Carnevan, abruptamente, se dio cuenta de que la aguja de la brújula de su
cerebro había desaparecido.
El humo ascendió en volutas
desde su cigarrillo. Él, Gerald Carnevan, estaba plantado en aquella habitación
iluminada con escasa luz rojiza, con una falsa médium, presumiblemente en falso
trance y... «algo» agazapado a pocos pasos de distancia. Fuera, a una manzana
más allá, se encontraba Columbus Circle, con sus carteles eléctricos y el
intenso tráfico.
Una clave chasqueó en el
cerebro de Carnevan: Luces eléctricas significan publicidad. Haz que el cliente se maraville. Y en este
caso el cliente parecía ser él. La aproximación solía ser destructiva para las
estudiadas tácticas de los vendedores. Carnevan comenzó a caminar directamente
hacia el ser.
Los suaves labios rojos
infantiles se separaron.
—Aguarda —ordenó una voz
singularmente gentil—. No cruces el pentágono, Carnevan. Puedes hacerlo, si
quieres, pero iniciarías un incendio.
—Eso lo estropea todo
—observó el hombre, casi riendo—. Los espíritus no hablan inglés vulgar. ¿Cuál
es el plan?
—Bueno —dijo el otro sin
moverse—. Para empezar, puedes llamarme Azazel. No soy un espíritu. Soy
bastante más que un demonio. En cuanto al inglés vulgar, cuando entro en tu
mundo, naturalmente, me ajusto a él... o me ajustan. Mi propia lengua no se
puede oír aquí. La hablo, pero tú oyes su equivalente en inglés. Mi idioma
queda automáticamente ajustado a tus capacidades.
—Está bien —contestó
Carnevan—. ¿Y ahora qué? —Expelió el humo por la nariz.
—Eres un escéptico —dijo
Azazel, aún inmóvil—. Si abandono el pentágono podría convencerte en un
momento, pero no puedo hacerlo sin tu ayuda. De momento, el espacio que ocupo
coexiste en el espacio de mi mundo y el tuyo. Soy un demonio, Carnevan, y
quiero hacer un trato contigo.
—Espero que empiecen a
resplandecer los flashes en cualquier momento. Pero puedes falsificar cuantas
fotos quieras, si ese es el juego. No pagaré nada por ellas —contestó Carnevan,
pensando en Diana, aunque con ciertas dudas.
—Lo harás —observó Azazel. Y
contó una breve y malintencionada historia acerca de las relaciones de Carnevan
con Diana Bellamy.
Carnevan notó que se
ruborizaba.
—Basta —dijo secamente—. Es
chantaje, ¿verdad?
—Por favor, déjame que te
explique... desde el principio. Entré en contacto contigo en la sesión de la
semana pasada. Para los habitantes de mi dimensión es increíblemente difícil
establecer contacto con seres humanos, pero en esta ocasión lo logré. Implanté
ciertos pensamientos en tu subconsciente y te retuve por medio de ellos.
—¿Qué clase de pensamientos?
—Gratificaciones —dijo
Azazel—. La muerte de tu socio mayor. El traslado de Diana Bellamy. Riqueza.
Poder. Triunfo. Te he cebado los pensamientos secretamente, y así se estableció
un lazo entre nosotros. No lo suficiente, sin embargo, porque en realidad no
pude comunicarme contigo hasta que trabajé sobre Madame Nefert.
—Sigue —dijo tranquilo
Carnevan—. Es una charlatana, claro.
—Claro que sí —sonrió
Azazel—. Pero es celta. Un violín no sirve sin violinista. Yo logré controlarla
y le conduje a hacer los preparativos necesarios para poder materializarme.
Luego te traje hasta aquí.
—¿Y esperas que te crea?
Los hombros del otro se
agitaron intranquilos.
—Ahí está la dificultad. Si
me aceptas, te serviré bien, muy bien, en verdad. Pero no lo harás hasta que
creas.
—Yo no soy Fausto —contestó
Carnevan—. Aun cuando creyese en ti. ¿Por qué te imaginas que iba a... ?
Se detuvo. III
Durante un segundo reinó el silencio. Carnevan, furioso, dejó caer el
cigarrillo y lo aplastó.
—Todas las leyendas de la
historia —murmuró—. Folklore... todo folklore. Tratos con demonios. Y siempre a
un precio. Pero soy ateo, o agnóstico. No estoy seguro de lo que soy. No puedo
creer que tenga un... alma. Cuando muera, se acabó todo.
Azazel le estudió pensativo.
—Naturalmente que tiene que
haber un precio —una expresión curiosa cruzó el rostro del ser. Había burla en
ella, y miedo también. Cuando volvió a hablar, lo hizo presuroso—: Puedo
servirte, Carnevan. Puedo complacer tus deseos... creo que todos.
—¿Por qué me elegiste a mí?
—La sesión me atrajo. Eras
el único presente allí con quien podía establecer contacto.
Apenas halagado, Carnevan
frunció el ceño. Le resultaba imposible creerlo. Por último dijo:
—Me interesaría... si
pensase que esto no es sólo una simple añagaza, un truco. Cuéntame más. Lo que
podrías hacer por mí.
Azazel habló con mayor
detenimiento. Al terminar, los ojos de Carnevan brillaban.
—Incluso un poco de eso...
—Resulta bastante fácil
—apremió Azazel—. Todo está preparado. La ceremonia no cuesta mucho y yo te
guiaré paso a paso.
Carnevan chasqueó la boca
sonriendo.
—Ahí está. No puedo creerlo.
Me digo a mí mismo que no es real. En lo más profundo de mi cerebro trato de
encontrar la explicación lógica. Y todo es demasiado fácil. Si estuviese
convencido de que tú eres lo que dices y que puedes...
Azazel le interrumpió.
—¿Sabes algo acerca de
teratología?
—¿Eh? Oh... lo que cualquier
hombre vulgar.
El ser se levantó despacio.
Llevaba, según vio Carnevan, una voluminosa capa de algún material oscuro,
opaco, tornasolado.
—Si no hay otro modo de
convencerte —dijo el ser—, y puesto que no puedo dejar el pentágono... debo
emplear este medio.
Una premonición enfermante
cruzó por la mente de Carnevan mientras veía las delicadas y esbeltas manos
operando en los cierres de la capa. Azazel la apartó a un lado.
Cerró la prenda casi en un
instante. Carnevan no se había movido. Pero un hilo de sangre le caía por la
barbilla.
Luego silencio hasta que el
hombre intentó hablar. Un ruido áspero y crujiente sonó en la habitación.
Carnevan, por fin, pudo encontrar su voz.
Las palabras le salieron en
un semichillido. Gritó con brusquedad y se fue a un rincón, en donde se quedó
plantado, con la frente apretada contra la pared. Cuando regresó, tenía el
rostro más compuesto, aunque el sudor relucía en él.
—Sí —dijo—. Sí.
—Muy bien... —aprobó Azazel.
A la mañana siguiente,
Carnevan estaba sentado en su escritorio y hablaba tranquilo con un demonio que
estaba instalado cómodamente en un sillón, invisible e inaudible para todos
excepto para él. La luz del sol entraba de soslayo por la ventana y una fría
brisa llevaba entre sus alas el apagado clamor del tránsito. Azazel parecía
increíblemente real allí sentado, su cuerpo oculto por la capa, su hermosa
cabeza como la de una calavera creada por la luz solar.
—Habla en voz baja —le avisó
el demonio—. Nadie puede oírme, pero pueden oírte. Susurra... o simplemente
piensa. Para mí será suficiente.
—Está bien —Carnevan se
frotó la mejilla recién afeitada—. Será mejor que tracemos un plan. Ya sabes
que has de ganarte mi alma.
—¿Eh? —el demonio pareció
perplejo durante un segundo; luego rió por lo bajo—. Estoy a tu servicio. —En primer lugar, no debemos despertar
sospechas. Nadie creería la verdad. Pero no quiero hacerles pensar que estoy
loco... aunque quizá lo esté —agregó Carnevan con lógica—. Pero ahora no
consideraremos ese punto. ¿Qué hay de Madame Nefert? ¿Cuánto sabe ella?
—Nada en absoluto —contestó
Azazel—. Se encontraba en trance y yo la controlaba. No recordó nada cuando
despertó. Sin embargo, si prefieres, la puedo eliminar.
Carnevan levantó la mano.
—¡Calma! Ahí es donde las
personas como Fausto cometieron sus errores. Se volvieron déspotas, borrachos
por el poder a más no poder. Cualquier asesinato que cometamos tendrá que ser
necesario. ¡Vaya! ¿Cuánto control tengo sobre ti?
—Una buena cantidad —admitió
Azazel.
—¿Si te pidiese que te
matases tú mismo... lo harías?
Por toda respuesta, el
demonio tomó un cortapapeles del escritorio y lo hundió profundamente en su
capa. Recordando lo que había debajo de aquella prenda, Carnevan apartó la
vista apresuradamente.
Sonriendo, Azazel volvió a
colocar el cuchillo en su sitio, diciendo:
—El suicidio es imposible en
un demonio.
—¿Es que no se te puede
matar?
Hubo un corto silencio.
Luego Azazel aclaró:
—Por lo menos tú no puedes
hacerlo.
Carnevan se encogió de
hombros.
—Estoy estudiando todas las
posibilidades. Quiero saber qué terreno piso. Pero, sin embargo, debes
obedecerme. ¿Es eso cierto?
Azazel asintió.
—Bueno. No me interesa que
hagas caer sobre mi regazo un millón de dólares en oro, como solías hacer. En
esa forma el oro es ilegal, y la gente haría preguntas. Cualquier ventaja que
consiga debe venir de manera natural; sin despertar la más ligera sospecha. Si
Eli Dale muriese, la firma se quedaría sin socio mayor. Yo conseguiría su
lugar. Eso entraña bastante dinero para mis propósitos.
—Puedo convertirte en dueño de la mayor fortuna del mundo —sugirió el
demonio.
Carnevan rió un poco.
—¿Y qué? Todo sería
demasiado fácil para mí. Yo quiero experimentar las cosas por mí mismo... con
alguna ayuda tuya. Si uno hace trampas mientras se divierte jugando al solitario
es distinto a falsear todo el juego. Tengo mucha fe en mí mismo. Y quiero
justificarla, construir mi ego. La gente como Fausto se equivocó. El rey
Salomón debió haberse muerto de aburrimiento. Nunca utilizó su cerebro y
apuesto a que se le quedó atrofiado. ¡Fíjate en Merlín! —Carnevan sonreía—.
Estaba tan acostumbrado a convocar a los diablos para que hiciesen lo que
deseaba que un joven zoquete le sacó cuanto quiso sin ninguna dificultad. No
Azazel... quiero que muera Eli Dale, pero de manera natural.
El demonio miró sus esbeltas
y pálidas manos.
Carnevan se encogió de
hombros.
—¿Puedes cambiar de forma?
—Claro.
—¿Convirtiéndote en
cualquier cosa?
Por toda respuesta Azazel se
transformó, en rápida sucesión, en un gran perro negro, en un lagarto, en una
serpiente de cascabel y en el propio Carnevan. Finalmente adoptó su forma y
volvió a relajarse en la silla.
—Ninguno de esos disfraces
te ayudaría a matar a Dale —gruñó Carnevan—. Tenemos que pensar en algo de lo
que no sospeche. ¿Conoces lo que son los gérmenes de la enfermedad, Azazel?
El otro asintió.
—Lo conozco gracias a tu
mente.
—¿Podrías transformarte en
microbios?
—Si me dices los que deseas,
podría localizar una muestra, duplicar su estructura atómica y entrar en ella
con mi propia fuerza vital.
—Meningitis vertebral —dijo
pensativo Carnevan—. Es bastante fatal. Mandaría a un hombre a la tumba. Pero
te averiguaré si es un microbio o un virus.
—Eso no importa —dijo
Azazel—. Localizaré algún portaobjetos que tenga muestras del género... En
cualquier hospital habrá. Y luego me materializaré dentro del cuerpo de Dale
como la misma enfermedad.
—¿Será lo mismo?
—Sí.
—Perfecto. La enfermedad se
propagará, supongo, y eso será el fin de Dale. Si no resulta, probaremos otra
cosa.
Volvió a su trabajo y Azazel
desapareció. La mañana transcurrió muy despacio. Carnevan comió en un
restaurante cercano, preguntándose qué estaría haciendo su demonio, y se sintió
bastante sorprendido al descubrir que tenía mucho apetito. Durante la tarde
telefoneó a Diana. Ella había descubierto su compromiso con Phyllis y había
telefoneado a Phyllis.
Carnevan colgó reprimiendo
su rabia violenta. Después de un breve instante, marcó el número de Phyllis. Le
dijeron que no estaba en casa.
—Dígale que iré a verla esta
noche —gruñó, y colgó con fuerza el receptor. Fue casi un alivio ver, de
repente, la forma desmadejada de Azazel en el sillón.
—Ya está —dijo el demonio—.
Dale tiene meningitis vertebral. Todavía no lo sabe, pero la enfermedad se
propaga muy rápidamente. Fue un experimento curioso, pero resultó.
Carnevan trató de
tranquilizar su mente. Estaba pensando en Phyllis. Se había enamorado de ella,
claro, pero la chica era tan condenadamente rígida, tan increíblemente
puritana... Él había dado un resbalón en el pasado; a ojos de ella, eso podía
ser suficiente para terminar con todo. ¿Rompería el compromiso? Seguramente no.
En esta época los pecadillos amorosos se daban más o menos como sentados,
incluso ante una chica que se ha criado en Boston. Carnevan se estudió las
uñas.
Al cabo de un momento buscó
una excusa para ver a Eli Dale y solicitarle consejo sobre algún problema poco
importante del negocio, y escrutó con atención el rostro del viejo. Dale estaba
colorado y con los ojos brillantes, pero por otra parte parecía normal. Sin
embargo, sobre él estaba impresa la marca de la muerte. Carnevan lo sabía.
Aquel hombre moriría, el cargo de socio ejecutivo de la firma recaería sobre
otra persona... y se habría dado el primer paso en el plan de Carnevan.
En cuanto a Phyllis y
Diana... ¡Oh, después de todo, poseía un demonio particular! Teniendo el
control de sus poderes podría resolver también ese problema. Claro que Carnevan
no sabía aún como hacerlo; en cada caso deberían utilizarse primero, pensó, los
métodos ordinarios. No debía depender demasiado de la magia.
Despidió a Azazel y condujo
su coche hasta la casa de Phyllis. Pero antes se detuvo en el apartamento de
Diana. La escena fue breve y tormentosa.
IV Morena, esbelta, furiosa y
adorable, Diana dijo que no le permitiría que se casase.
—¿Por qué no? —quiso saber
Carnevan—. Después de todo, querida, si es cuestión de dinero te lo puedo
solucionar.
Diana dijo cosas
desagradables acerca de Phyllis. Tiró un cenicero al suelo y lo pisoteó.
—¿Así es que no soy bastante
buena para que te cases conmigo? ¡Pero ella sí, ¿no?!
—Siéntate y cállate —sugirió
Carnevan—. Trata de analizar tus sentimientos...
—¡Tú, pez inmundo de sangre
fría!
—... y fíjate qué terreno
pisas. No estás enamorada de mí. El manejarme como una marioneta te hace
experimentar una sensación de poder y posesión. No quieres que otra mujer me
tenga.
—¡Compadezco a la mujer que
te tenga! —gritó Diana, eligiendo otro cenicero. Era bastante bonita, pero
Carnevan no estaba de humor para apreciar la belleza.
—Está bien —dijo—.
Escúchame; si no armas escándalo no te faltará dinero... ni nada... Pero si
tratas de crearme problemas, lo lamentarás.
—No se me asustas fácilmente
—repuso Diana—. ¿A dónde vas? Supongo que a ver a ese espantapájaros rubio ¿no?
Carnevan le regaló una
sonrisa imperturbable. Se puso el abrigo y desapareció.
Condujo hasta la casa de la
espantapájaros rubia, donde encontró dificultades, aunque no imprevistas. Por
último convenció a la doncella y fue conducido a enfrentarse con un bloque de
hielo sentado en silencio en el diván. Ese bloque de hielo era la señora
Mardrake.
—Phyllis no desea verte,
Gerald —dijo ella. Su boca puritana parecía morder las palabras.
Carnevan se ajustó los
pantalones, metafóricamente hablando, y comenzó su discurso. Habló bien. Tan
convincente fue la historia de que Diana era un mito, de que todo el asunto
había sido preparado por un enemigo personal, que la señora Mardrake, después
de una lucha interna de cierta consideración, al fin capituló.
—No debe haber escándalo
—dijo por último—. Si creyese que había una palabra de verdad en lo que esa
mujer dijo a Phyllis...
—Todo hombre de mi posición
tiene enemigos —continuó Carnevan, recordando de ese modo a su anfitriona que,
maritalmente hablando, era un pez digno de ser pescado. Ella suspiró.
—Muy bien, Gerald. Pediré a
Phyllis que te vea. Espera aquí.
Salió de la estancia y
Carnevan reprimió una sonrisa. Sin embargo, sabía que no sería tan fácil
convencer a Phyllis.
Su prometida no apareció
inmediatamente. Carnevan imaginó que la señora Mardrake encontraba dificultades
en convencer a su hija de la buena fe del novio. Recorrió la habitación,
sacando el atado de cigarrillos y luego guardándolo otra vez. ¡Qué casa más
victoriana!
Una gruesa Biblia familiar que
descansaba en un atril le llamó la atención. Como no tenía otra cosa que hacer
se acercó y la abrió al azar. Un pasaje pareció destacar.
«Si cualquier hombre adora a
la bestia y a su imagen y recibe su marca en la frente o en su mano, beberá el
vino de la ira de Dios.»
Fue quizás una reacción
instintiva lo que hizo que Carnevan alzase la mano para tocarse la frente.
Sonrió con desdén. ¡Superstición!
Sí... pero había demonios.
En aquel momento Phyllis
entró con el aspecto de Evangelina en Acadia, con la mismísima expresión que
debió adoptar la heroína de Longfellow. Reprimiendo el poco galante impulso de
darle una patada, Carnevan trató de tomarle las manos, fracasó, y la siguió
hasta el diván.
El puritanismo y la
educación tienen sus desventajas, pensó. Eso se hizo más evidente cuando,
pasados diez minutos, Phyllis seguía sin convencerse de la inocencia de
Carnevan.
—No se lo dije todo a mi
madre —afirmó ella con tranquilidad—. Esa mujer dijo cosas... Bueno, me di
cuenta de que decía la verdad.
—Te amo —afirmó Carnevan de
manera inconsecuente.
—No. O jamás te habrías
enredado con esa mujer.
—¿Incluso aunque ocurriese
antes de conocerte?
—Podría perdonar muchas
cosas, Gerald, pero no eso —continuó tozuda la muchacha.
—Tú no quieres un marido
—observó Carnevan —. Tú quieres la imagen de un santo.
Era imposible romper la
calma rígida de la muchacha. Carnevan perdió el dominio de sí mismo. Discutió y
suplicó, despreciándose por hacerlo de ese modo. De todas las mujeres del mundo
tenía que enamorarse de la más estricta y puritana de todas. El silencio de
ella tenía la cualidad de enfurecerle casi hasta el punto de la histeria.
Sintió ganas de gritar obscenidades en aquella habitación tranquila, en aquella
atmósfera casi religiosa. Sabía que Phyllis le estaba humillando terriblemente,
y en lo más hondo de su ser algo se agitó de manera cruda bajo los latigazos
que no podía impedir.
—Te amo, Gerald —fue todo lo
dijo ella—. Pero tú no me quieres. No puedo perdonarte eso. Por favor, vete
antes que se pongan peores las cosas.
Salió de la casa, temblando
de furia, acalorado y enfermo al darse cuenta de que había fracasado al
mantener su pose. ¡Phyllis, Phyllis, Phyllis! Un iceberg imperturbable.
Ella no conocía nada de humanidad. Las emociones jamás existieron en su pecho,
a menos que estuviesen también educadas, envueltas en una red de encajes. Una
muñeca de porcelana esperando que el resto del mundo también lo fuese. Carnevan
se quedó plantado junto a su coche, temblando de rabia, deseando más que nada
en el mundo herir a Phyllis como él había sido herido.
Algo se agitó dentro del
coche. Era Azazel, la capa envolviendo su oscuro cuerpo, el rostro blanco,
huesudo, sin expresión.
Carnevan extendió un brazo
señalando a la casa.
—¡La chica! —dijo con
aspereza—. Ella... ella.
—No es necesario que hables
—murmuró Azazel—. Leo tus pensamientos. Haré lo que deseas.
Se fue. Carnevan saltó al
coche, colocó la llave en el encendido y puso el motor en marcha con furia.
Mientras el vehículo empezó a moverse oyó un grito agudo y cortante saliendo de
la casa que acababa de abandonar.
Detuvo el coche y volvió
corriendo, mordiéndose el labio.
V El dictamen del médico que
llamaron de inmediato fue que Phyllis Mardrake había sufrido una fuerte
impresión nerviosa. El motivo era desconocido, pero era fácil presumir que
tenía algo que ver con su entrevista con Carnevan, quien nada dijo para
desmentir tal suposición. Phyllis, simplemente, yacía y se retorcía, con los
ojos vidriosos. En algunas ocasiones sus labios formaban palabras.
—La capa... bajo la capa...
Y luego reía y gritaba
alternativamente, hasta que el cansancio se apoderaba de ella.
Se recuperaría, pero después
de algún tiempo. Entretanto fue enviada a una clínica particular, en donde se
ponía histérica cada vez que veía al doctor Joss, que resultó ser un hombrecito
calvo. Sus murmullos sobre capas se hicieron menos frecuentes y ocasionalmente
se le permitió a Carnevan visitarla... porque ella preguntó por él. La pelea
había sido olvidada y Phyllis reconoció que se había equivocado en sus
opiniones.
Cuando estuviese del todo
bien se casaría con Carnevan. Y no habría más conflictos.
El horror que había visto
quedaba profundamente encerrado en su cerebro, emergiendo sólo durante el
delirio y en sus frecuentes pesadillas. Carnevan se sentía agradecido de que no
se acordase de Azazel.
Él, sin embargo, veía mucho
al demonio aquellos días... porque estaba preparando un cruel y maligno plan.
Comenzó poco después del
colapso de Phyllis, cuando Diana siguió telefoneándole al despacho. Al
principio Carnevan hablaba un poco con ella. Luego se dio cuenta de que la
mujer era, en realidad, la responsable de la casi enajenación mental de Phyllis.
Resultaba claro que tenía
que sufrir ella. No la muerte; cualquiera podía morir. Eli Dale, por ejemplo,
ya estaba fatalmente enfermo de meningitis vertebral. Pero era necesaria una
forma más sutil de castigo... una tortura tal como la que estaba sufriendo
Phyllis.
Mientras convocaba al
demonio y le daba instrucciones, el rostro de Carnevan adoptó una expresión que
no era agradable de ver.
—Lenta, gradualmente, ella
ha de volverse loca —dijo—. Debe tener tiempo de darse cuenta de lo que ocurre.
Proporciónale... retazos, por hablar así. Una serie acumulativa de
acontecimientos inexplicables; te daré los detalles completos cuando los
elabore. Ella me dijo que no se asusta fácilmente —terminó Carnevan y se
levantó para servirse una bebida. Ofreció otra al demonio, pero él se la
rechazó.
Azazel estaba sentado en un
rincón oscuro del apartamento, mirando de tanto en tanto por la ventana, desde
donde veía, muy abajo, Central Park.
A Carnevan le asaltó un
súbito pensamiento:
—¿Cómo reaccionas ante esto?
Se supone que los demonios son malos. ¿Te causa placer... lastimar a la gente?
El hermoso rostro del cráneo
se volvió hacia él.
—¿Sabes lo que es el mal,
Carnevan?
El hombre añadió un poco de
soda en el vaso.
—Comprendo. Cuestión de
semántica. Claro, es un término arbitrario. La humanidad ha creado sus propios
niveles de...
Los ojos oblicuos y
opalescentes de Azazel brillaron.
—Eso es un antropomorfismo
moral, un egotismo. No habéis considerado el medio ambiente. Las propiedades
físicas de vuestro mundo causan el bien y el mal, como ya sabéis.
Era la sexta bebida de
Carnevan y sintió ganas de discutir.
—Es algo que no entiendo del
todo; la moralidad viene de la mente y de las emociones.
—Todo río tiene su fuente
—repuso Azazel—. Pero hay una gran diferencia entre el Mississippi y el
Colorado. Si los seres humanos hubiesen evolucionado, en... bueno, en mi mundo,
por ejemplo... el molde completo del bien y del mal habría sido distinto. Las
hormigas tienen estructura social. Pero no es como la vuestra. El medio
ambiente es distinto.
—Hay diferencia también
entre hombres e insectos.
El demonio se encogió de
hombros.
—No somos parecidos. Menos
parecidos que tú y una hormiga. Ambos tenéis básicamente dos instintos comunes:
el de autoconservación y el de la propagación de la especie. Los demonios no se
pueden propagar.
—La mayor parte de las
autoridades en el tema están de acuerdo con eso —admitió Carnevan—.
Posiblemente ello da una razón a las variantes. ¿Cómo es que hay tantísimas
clases de demonios?
Azazel le interrogó con los
ojos.
—Oh... ya sabes. Gnomos y
duendecillos, hombres lobos, vampiros...
—Hay más clases de demonios
que las que conoce la humanidad —dijo Azazel—. La razón resulta muy evidente,
vuestro mundo tiende hacia un molde fijo, un estado de éxtasis. Ya sabes lo que
es la entropía. La última mira de vuestro universo es la unidad. Inmutable y
eterna. Vuestras ramificaciones de la evolución se encontrarán finalmente y
permanecerán en un único tipo fijo. Las desviaciones, como el dinormis y el
alca, morirán como murieron los dinosaurios y mamuts. Al final vendrá el éxtasis.
Mi universo tiende hacia la anarquía física. En el principio había sólo un
tipo. En el fin habrá el caos más profundo.
—Vuestro universo es como
una copia en negativo del mío —meditó Carnevan—. ¡Pero... espera! ¡Dices que
los demonios no pueden morir! Y tampoco pueden propagarse. ¿Entonces cómo
evolucionan?
—Dije que los demonios no se
pueden suicidar —apuntó Azazel—. La muerte nos puede llegar, pero desde una
fuente exterior. Esto también se aplica a la procreación.
Era todo demasiado confuso
para Carnevan.
—Debéis tener emociones. La
autoconservación implica miedo a la muerte.
—Nuestras emociones no son
la vuestras. Clínicamente, puedo analizar y comprender las reacciones de
Phyllis. Ella se creyó muy rígida, y ha luchado inconscientemente contra esa
opresión. Nunca reconoció, ni siquiera para sí, su deseo de liberarse. Pero tú
eres un símbolo para ella; secretamente te admira y te envidia, porque eres un
hombre y, como se imaginaba, capaz de hacer lo que quieres. El amor es un falso
sinónimo para la propagación, como el alma es un deseo de recubrir de pureza lo
que surge a partir de la autoconservación. Nada existe. El cerebro de Phyllis
es una masa de inhibiciones, miedos y esperanzas. El puritanismo, para ella,
representa la seguridad. Por eso no pudo perdonarte tu asunto con Diana. Fue
una excusa para retirarse a la seguridad de su antiguo sistema de vida.
Carnevan escuchaba
interesado.
—Sigue.
—Cuando aparecí ante ella,
la sorpresa física fue violenta. El subconsciente la gobernó durante un momento.
Por eso se reconcilió contigo. Es una escapista; su antigua seguridad le
pareció un fracaso, así que ahora cumple con su deseo de escapar y su necesidad
de protección accediendo a casarse contigo.
Carnevan se preparó otra
bebida. Recordó algo.
—Acabas de decir que el alma
no existe... ¿verdad?
El cuerpo de Azazel se agitó
bajo la ancha capa.
—Me entendiste mal.
—No lo creo —repuso
Carnevan, sintiendo un frío e inmortal horror bajo el cálido torpor del licor—.
Nuestro trato fue que te serviría a cambio de mi alma. Ahora implicas que no
tengo alma. ¿Cuál fue tu verdadero motivo?
—Tratas de asustarte a ti
mismo —murmuró el demonio, sus extraños ojos alerta—. A través de la historia
se ha fundado la hipótesis de que existe el alma.
—¿De veras?
—¿Y por qué no?
—¿Cómo es un alma? —preguntó
Carnevan.
—No podrías imaginarlo
—repuso Azazel—. No hay punto de comparación. A propósito, Eli Dale murió hace
dos minutos. Eres ahora el socio mayor de la firma. ¿Puedo felicitarte?
—Gracias —asintió Carnevan—.
Cambiaremos de conversación si gustas. Pero intentaré descubrir la verdad tarde
o temprano... Si no tengo alma, tú preparas alguna otra cosa. Sin embargo...
volvamos a lo de Diana.
—Tú deseas que se vuelva
loca.
—Yo deseo que tú la vuelvas
loca. Ella es del tipo esquizofrénico, esbelta y de largos huesos. Tiene una
estúpida confianza en sí misma. Ha construido su vida sobre el cimiento de las
cosas reconocidamente reales. Hay que destruir esas cosas.
—¿Y bien?
—Teme a la oscuridad —dijo
Carnevan, y su sonrisa era muy desagradable—. Sé sutil, Azazel. Ella oirá
voces. Uno a uno sus sentidos comenzarán a fallar. O mejor, a engañar. Olerá
cosas que nadie percibe. Oirá voces. Tendrá sabor de veneno en su comida,
comenzará a sentir sensaciones... desagradables. Si es necesario, puede por
fin... tener visiones.
—Esto es el mal, supongo
—observó Azazel levantándose de la silla—. Mi interés es puramente clínico.
Puedo discernir que tales asuntos son importantes para ti, pero no iré más
lejos.
Sonó el teléfono. Carnevan
se enteró de que Eli Dale había muerto... Meningitis vertebral.
Para celebrarlo se sirvió
otra copa y brindó en dirección a Azazel, que había desaparecido para visitar a
Diana. El rostro delgado y duro de Carnevan estaba ligeramente enrojecido por
el licor que había consumido. Se plantó en el centro del apartamento y giró
despacio, mirando los muebles, los libros, el diván. Tendría que encontrar otra
vivienda pronto, más grande y mejor. Una casa adecuada a una pareja recién
casada. Se preguntó cuánto tiempo tardaría Phyllis en recuperarse por completo.
Azazel... ¿Qué es lo que
buscaba aquel demonio?, se preguntó. Ciertamente su alma no. ¿Y entonces qué
buscaba? VI Una noche, dos semanas después, llamó al timbre de la puerta del
apartamento de Diana. Ella preguntó quién era y abrió una rendijita antes de
dejar pasar a Carnevan. Se quedó sorprendido al ver los cambios sufridos por la
mujer.
La alteración de su cara era
poco tangible. Diana se mantenía bajo un control de hierro, pero su maquillaje
era demasiado espeso. Eso en sí ya era revelador. Constituía un símbolo del
esfuerzo mental que le costaba oponerse contra la invasión síquica. Carnevan
preguntó solícito:
—Gran Dios, Diana ¿qué te
pasa? Por teléfono parecías histérica. Ya te dije anoche que vieses a un
médico.
Ella buscó un cigarrillo.
Cuando Carnevan lo encendió, le temblaban ligeramente las manos.
—Lo hice. No... no me fue de
mucha ayuda, Gerald. Me alegro de que no estés furioso conmigo.
—¿Furioso? Vamos, siéntate.
Te prepararé algo de beber. Ya sobrepasé mi enfado; nos llevamos bien juntos y
Phyllis... bueno, no pudimos cortar nuestro pastel y comérnoslo. Está en un
asilo, ya sabes, y pasará mucho antes de que se recupere. Incluso quizá puede
ser una demente toda la vida... —dudó Carnevan.
Diana se echó hacia atrás el
pelo negro y se volvió para mirarle en el diván.
—Gerald, ¿crees que me estoy
volviendo loca?
—No. No —contestó él—. Creo
que necesitas descanso, o un cambio.
Ella no lo escuchaba. Tenía
la cabeza inclinada a un lado como si escuchase una inaudible voz.
Mirando de reojo, Carnevan
vio a Azazel plantado a la otra parte de la estancia, invisible para la chica
pero aparentemente no silencioso.
—¡Diana! —gritó con viveza.
Ella abrió los labios. Su
voz era insegura mientras lo miraba con consternación.
—Lo siento. ¿Qué decías?
—¿Qué dijo el médico?
—Casi nada —no deseaba
seguir discutiendo aquello. En su lugar tomó la bebida que Carnevan le había
preparado, la miró y tomó un sorbo. Luego dejó el vaso.
—¿Ocurre algo malo?
—preguntó el hombre.
—No. ¿Qué gusto tiene para
ti?
—Bueno.
Carnevan se preguntó que es
lo que había gustado Diana en su bebida. Quizás almendras amargas. U otra de
las ilusiones maestras de Azazel. Pasó los dedos por el pelo de la chica,
sintiendo un escalofrío de poder mientras lo hacía. Una odiosa especie de
venganza, pensó. Era raro que la aflicción de Diana no le conmoviese en lo más
mínimo. Sin embargo, no era básicamente malo, lo sabía muy bien. El viejo,
antiquísimo problema de las normas arbitrarias... El bien y el mal.
Azazel habló y sus palabras
las oyó únicamente Carnevan.
—Su control no puede durar
mucho más. Creo que mañana se derrumbará. Una maniática depresiva puede
suicidarse, así que trataré de evitarlo. Cada arma peligrosa que toque parecerá
quemarla.
Abiertamente, sin previo
aviso, el demonio desapareció. Carnevan lanzó un gruñido y acabó su bebida. Por
el rabillo del ojo vio algo que se movía.
Lentamente volvió la cabeza,
pero aquello ya no estaba. ¿Qué había sido? Algo así como una sombra negra,
informe, imprecisa. Las manos de Carnevan temblaron. Profundamente sorprendido,
dejó el vaso y contempló el apartamento.
La presencia de Azazel jamás
le había afectado de ese modo antes. Probablemente era una reacción
inconsciente; sin duda había estado manteniendo un rígido control sobre sus
nervios, sin advertirlo. Después de todo, los demonios son sobrenaturales.
Por el rabillo del ojo vio
de nuevo la brumosa oscuridad. Esta vez no se movió mientras trataba de
analizarla. La cosa oscilaba al borde del alcance de su visión. Sus ojos se
movieron un poco y entonces aquello también desapareció.
Una nube negra, informe.
¿Informe? ¡No! Era, pensó,
en forma de huso inmóvil y rígida sobre su eje. Las manos le temblaban más que
nunca.
Diana le miraba.
—¿Qué te pasa, Gerald? ¿Te
estás poniendo nervioso?
—Demasiado trabajo en la
oficina —explicó—. Ya sabes que ahora soy el nuevo socio principal. Me
marcharé. Será mejor que vuelvas al médico mañana.
Ella no contestó,
limitándose a mirarle mientras salía del apartamento.
Conduciendo hacia su casa,
Carnevan captó de nuevo, levemente, la forma negra y brumosa. Ni una sola vez
pudo verla con claridad. Oscilaba
justo al borde de su visión. Notó, aunque no pudo ver, ciertos rasgos imprecisos
sobre ella. No pudo ni definir ni deducir cómo eran. Pero le temblaban las
manos.
Fría, furiosamente, su
inteligencia luchó contra el terror irracional de su parte física. Se enfrentó
a la cosa extraña. O... no... no se enfrentó; siempre se escapaba y desaparecía.
¿Azazel?
Invocó e nombre del demonio,
pero no tuvo respuesta. Marchando hacia su apartamento, Carnevan se mordió el
labio inferior y pensó con ahínco. Cómo... por qué...
¿Qué era lo que hacía tan
horripilante... tan irracional a esta... aparición?
No lo sabía, a menos que
fuese, quizás, el vago atisbo de rasgos en la negrura, esa situación que nunca
le permitía definir una imagen. Notó que esos rasgos eran indescriptibles, y
sin embargo sentía la perversa curiosidad de contemplarlos directamente.
Una vez a salvo en su
apartamento, volvió a ver el huso negro al borde de su visión, próximo a la
ventana. Giró rápidamente para enfrentarse con él, pero se desvaneció. En ese
momento se apoderó de Carnevan una oleada de horror. El sentimiento mortal, enfermizo,
de que podía ver aquello, hizo que todo su ser físico se revolviese.
—Azazel —llamó en voz baja.
Nada.
—¡Azazel!
Carnevan se sirvió una
bebida, encendió un cigarrillo y buscó una revista. No tuvo más molestias hasta
que se acostó. Pasó la noche con tranquilidad. Pero por la mañana, en cuanto
abrió los ojos, algo negro y en forma de huso se alejó mientras miraba en su
dirección.
Telefoneó a Diana; parecía
mucho mejor, según dijo ella. Al parecer Azazel no estaba trabajando. A menos
que la cosa negra fuese... Azazel. Carnevan marchó apresurado a su despacho,
hizo que le subiesen café y luego sólo bebió la leche. Sus nervios necesitaban
tranquilidad, no un estimulante. VII La cosa negra apareció en el despacho dos
veces durante aquella mañana. En cada ocasión se produjo en Carnevan la
terrible sensación de que si lo miraba directamente los rasgos se le
aparecerían con claridad. Y a su pesar intentó mirarlo. Vanamente, claro.
Su trabajo se resintió. Al
poco salió y fue hasta el sanatorio a ver a Phyllis. Ella estaba mucho mejor y
habló del próximo matrimonio. Mientras el huso negro se retiraba
apresuradamente a través de la soleada y agradable habitación, las palmas de
las manos de Carnevan estaban húmedas.
Lo peor de todo, quizás, era
darse cuenta de que si lograba mirar fijamente al fantasma se volvería loco.
Pero quería hacerlo. Eso lo sabía perfectamente bien. Su reacción física e
instintiva así se lo decía. Nada que perteneciese a este Universo o a cualquier
otro remotamente emparentado podría producir un vacío tan profundo en su
cuerpo, la sensación sorprendente de que su estructura celular trataba de
encogerse intentando alejarse del huso.
Volvió con el coche a
Manhattan y evitó por poco sufrir un accidente en el puente George Washington a
causa de su estupidez de cerrar los ojos para no ver algo que seguía estando
allí cuando los volvió a abrir. El sol ya se había puesto. Las iluminadas
torres de Nueva York se alzaban contra el cielo púrpura. Su limpieza geométrica
parecía carente de calor, inhóspita y poco hospitalaria. Carnevan se detuvo en
un bar, se tomó dos whiskys y se fue cuando una madeja negra pasó corriendo por
el espejo, cruzándolo de lado a lado.
De regreso a su apartamento,
se sentó con la cabeza entre las manos durante casi cinco minutos. Cuando
levantó la cara tenía una expresión dura y maligna. Sus ojos destellaban
ligeramente; luego se deprimió.
—Azazel —dijo... y luego con
voz más alta—. ¡Azazel! ¡Soy tu amo! ¡Aparece!
Su pensamiento decidido,
duro como el hierro, analizó la situación. Detrás yacía un terror informe. ¿Era
Azazel la madeja negra? ¿Se le aparecería por completo?
—¡Azazel! ¡Soy tu amo!
¡Obedece! ¡Yo te convoco!
El demonio se plantó ante
Carnevan, materializándose de la nada. El rostro hermoso, de color hueso
pálido, estaba inexpresivo; las pupilas enormes de aquellos ojos oblicuos y
opalescentes parecían impasibles. Bajo la capa negra, el cuerpo de Azazel se
estremeció una vez y se quedó inmóvil.
Con un suspiro, Carnevan se
hundió en su silla.
—De acuerdo —dijo—. ¿Qué te
propones ahora? ¿Cuál es tu plan?
Azazel contestó tranquilo.
—Volví a mi mundo. Me
hubiese quedado allí de no haberme llamado tú.
—¿Qué es esa... qué es esa
cosa en forma de huso?
—No es de tu mundo —dijo el
demonio—. Tampoco del mío. Me persigue.
—¿Por qué?
—Vosotros tenéis historias
de hombres que han sido hechizados. A veces por demonios. En mi mundo... yo fui
hechizado.
Carnevan chasqueó los
labios.
—¿Por esa cosa?
—Sí.
—¿Y por qué?
Los hombros de Azazel
parecieron unirse.
—No lo sé. Excepto que es
muy horrible y me persigue.
Carnevan alzó las manos y se
apretó con fuerza los ojos.
—No, no. Es demasiado
locura. Algo hechizando a un demonio. ¿De dónde vino?
—Conozco mi universo y el
tuyo. Eso es todo. Esa cosa, creo, vino de afuera de nuestros sectores
temporales.
En un súbito fogonazo de
comprensión, Carnevan dijo:
—Por eso ofreciste servirme.
El rostro de Azazel no
cambió.
—Sí. La cosa se me acercaba
más y más. Pensé que si entraba en tu universo podría escapar. Pero me siguió.
—Y no podías entrar en mi
mundo sin mi ayuda. Todo esa charla sobre mi alma fue un cuento.
—Sí. Esa cosa me seguía.
Luego huí, regresando a mi universo, y no me persiguió. Quizá no puede hacerlo.
Puede ser que sólo pueda moverse en una dirección... desde su mundo al mío, y
luego al tuyo, pero no en el otro sentido. Se quedó aquí, lo sé.
—Se ha quedado —dijo
Carnevan muy pálido—, para hechizarme.
—¿Siente usted el mismo
horror que yo hacia eso? —interrogó Azazel—. Me lo he preguntado. Somos tan
diferentes físicamente...
—Nunca he podido verla de
lleno. ¿Tiene rasgos?
Azazel no contestó. El
silencio pendía en la habitación.
Por fin Carnevan se inclinó
hacia adelante en su sillón.
—La cosa te hechiza... salvo
que vuelvas a tu propio mundo. Entonces me hechiza a mí. ¿Por qué?
—No lo sé. Es algo extraño
para mí, Carnevan.
—¡Pero eres un demonio!
Tienes poderes sobrenaturales...
—Sobrenaturales para ti. Hay
poderes sobrenaturales para los demonios.
Carnevan se sirvió una
bebida. Tenía los ojos contraídos.
—Muy bien. Tengo bastante
poder sobre ti para mantenerte en este mundo, o no habrías regresado cuando te
convoqué. Así que estamos en un punto muerto. Mientras permaneces aquí, esa
cosa te perseguirá. No dejaré que vuelvas a tu mundo, porque entonces volverá a
perseguirme a mí... como lo ha estado haciendo. Aunque parece haberse ido
ahora.
—No se ha ido —dijo Azazel
sin la menor expresión.
El cuerpo de Carnevan se
estremeció incontroladamente.
—Mentalmente me puedo
proponer no tener miedo. Físicamente la cosa es... es...
—Es horrible incluso para mí
—concluyó Azazel—. Yo sí la he visto directamente. Si me mantienes en ese mundo
tuyo, eventualmente me destruirá.
—Los humanos hemos
exorcisado a los demonios —destacó Carnevan—. ¿No hay algún modo que puedas
exorcizar a esa cosa?
—No.
—¿Un sacrificio sangriento?
—sugirió Carnevan nervioso—. ¿Agua bendita? ¿Campanas, libros y velas? —Notó lo
estúpido de sus proposiciones al mismo tiempo que las hacía.
Pero Azazel se quedó
pensativo.
—Nada de eso. Pero quizá la
fuerza vital... —la capa oscura se estremeció.
Carnevan dijo:
—Según el folklore, los
seres elementales han sido exorcizados. Pero primero es necesario hacerlos
visibles y tangibles. Darles ectoplasma, sangre... no sé. 34.
El demonio asintió despacio.
—En otras palabras,
trasladando la ecuación a su mínimo común denominador. Los humanos no pueden
luchar contra un espíritu sin cuerpo, pero cuando ese espíritu queda confinado
en un recipiente de carne, resulta sujeto a las leyes físicas terrestres. Creo
que ese es el camino, Carnevan.
—¿Quieres decir...?
—La cosa que me persigue es
del todo extraña. Pero si puedo reducirla a su esencia, la podré destruir. Como
podría destruirte a ti si no hubiera prometido servirte. Bueno, claro, si tu
destrucción me ayudase. Pongamos que ofrezco un sacrificio a esa cosa. Debe,
por cierto tiempo, participar de la naturaleza de la cosa que asimile. La
fuerza humana vital lo haría...
Carnevan escuchaba ansioso.
—¿Resultaría?
—Creo que sí. Daré a esa
cosa un sacrificio humano y un demonio puede destruir con facilidad a un ser
humano.
—Un sacrificio...
—Diana. Será más fácil,
puesto que realmente ya he debilitado la fortaleza de su conciencia. Debo
derribar todas las barreras de su cerebro... un sustituto síquico del cuchillo
de sacrificio de las religiones paganas.
Carnevan apuró de un trago
el contenido de su vaso.
—¿Entonces puedes destruir
la cosa?
Azazel asintió.
—Eso creo. Pero lo que
quedará de Diana no será humano de ninguna manera. Las autoridades te harán
preguntas. Sin embargo, trataré de protegerte.
Y se desvaneció antes de que
Carnevan pudiese objetar algo. El apartamento estaba mortalmente tranquilo.
Carnevan miró a su alrededor, esperando ver alejarse aquella madeja para evitar
su mira directa. Pero no había rastros de nada sobrenatural.
Aún seguía sentado en la
silla media hora más tarde, cuando sonó el teléfono. Carnevan respondió:
—Sí... ¿quién? ¿Qué?
¿Asesinato?... No, iré en seguida.
Colgó el aparato y se
incorporó, los ojos brillantes. Diana estaba muerta... muerta. Asesinada
horriblemente, y había ciertos factores que confundían a la policía. Bueno, se
encontraba a salvo. Quizá habría algunas sospechas, pero jamás se podría probar
nada. No había estado cerca de Diana en todo el día.
—Te felicito, Azazel —dijo
en voz baja Carnevan. Aplastó el cigarrillo y se volvió para buscar su abrigo
en el armario.
La madeja negra había estado
esperando tras él. Esta vez no se alejó cuando la miró. No huyó. Y entonces
Carnevan pudo verla de otra manera. Advirtió cada rasgo de lo que erróneamente
había imaginado como un huso de niebla negra.
Lo
peor de todo es que Carnevan no se volvió loco.