
¡AQUÍ, DAEMOS!
August Derleth
Martin Webly no era el pastor más
apropiado para la parroquia de Millham en la región Sur del país: hombre activo
y oficioso, de elevada estatura, ojos relucientes y mandíbula de aspecto
decidido. La parroquia, empero, se había visto casi arruinada por la bondadosa
administración del anciano doctor Williamson, el predecesor de Webly. El hecho
de que dejara las finanzas en estado deplorable no se le puede censurar, por
más que fuera esto un problema para el nuevo vicario. Realmente, muchos de los
feligreses sostenían que un problema de tal magnitud serviría de mucho para
suavizar al reverendo Webly. Otros manifestaron pena.
No obstante, allí estaba él, y allí
pensaba quedarse.
No era casado, y tenía un ama de llaves,
un jardinero, y empleaba de tanto en tanto a un chófer. Tomó completa posesión
de la vicaría, y antes de una quincena se portaba ya como si siempre hubiera
vívido en el pueblo. Dentro de esa misma quincena, también, el vicario se
informó a fondo con respecto a los problemas financieros de la parroquia. No se
sintió complacido, y así lo expresó en su siguiente sermón. Es más, dijo que
"algo debía hacerse", hablando con tal firmeza que varios de sus
oyentes despertaron de su letárgica aceptación del statu quo. Después de
dar la debida consideración a la enormidad del problema, añadida al
conocimiento de la incapacidad de la parroquia para conseguir fondos, volvieron
a caer en su letargo y se dispusieron a esperar a que el reverendo Webly
solucionara todo.
No aguardaron más que diez escasos días
cuando ya el vicario anunció la solución.
Había encontrado algunos antiguos papeles,
dijo, que indicaban que había un tesoro enterrado en la tumba de Nicholas
Millham, hecho caballero póstumamente unos tres siglos atrás, y se proponía
investigar el asunto desde el siguiente lunes. Declaró también que prefería que
sus ayudantes fueran algunos de sus feligreses.
La solución era tan disparatada como
imposible. En primer lúgar, todos conocían esa leyenda desde hacía tiempo, y
nadie hizo nunca nada al respecto. ¿Por qué no?, preguntó el vicario. Porque
todos creían en ciertas leyendas locales; porque se consideraba una
irreverencia hacerlo, y porque se dudaba de la existencia del supuesto tesoro.
Martin Webly se mantuvo inconmovible; echó hacía adelante su prominente
barbilla, entornó los párpados y afirmó que no toleraría supersticiones ni
tonterías por el estilo, y que la parroquia debía entender eso desde el
principio.
El domingo siguiente fue al estudio del
vicario el anciano sir Basil Hether, quien era la autoridad local en todos los
temas, desde el cuidado de las plantas hasta el de la astronomía.
-He venido a verle respecto a la tumba de
Millham -anunció.
-Comenzamos el lunes próximo -repuso el
vicario en tono alegre.
-Así me han dicho; pero claro está que no
puede usted hacerlo; bien sabe que hay una maldición sobre esa tumba.
El reverendo se acarició la barbilla y
tomó luego algunos antiguos papeles que estaban sobre su escritorio.
-Sí, sí -replicó, con cierto desdén en la
voz-. Esa maldición. Veamos; creo que tengo aquí una copia. Sí, aquí está.
Hether extendió la mano y desplegó
lentamente los documentos, demostrando cierto respeto. Observó atentamente lo
escrito.
-Parece estar bien claro -declaró
pensativamente-. El latin se puede traducir fácilmente, y aquí se advierte que
si se toca la tumba será eso causa de serias dificultades.
El reverendo volvió a tomar el antiguo
documento y lo miró con los labios fruncidos y los párpados entornados,
demostrando claramente su escepticismo.
-Me alegro de que lo vea usted tan claro.
Yo no lo considero así. "El que ose abrir esta tumba libera hasta la
muerte a mi compañero que será el suyo...". Es una traducción libre,
¿verdad?
Hether asintió.
-Y bastante clara, según me parece.
Webly no hizo comentario alguno. Dejó el
documento, apoyó las manos sobre el vientre, mientras observaba al anciano con
impaciencia mal disimulada.
-No obstante, el lunes comenzamos el
trabajo. No creo que nos lleve mucho tiempo. Y si los hombres tienen
inconvenientes por esta superstición, yo mismo lo haré.
Hether pareció aliviado.
-Entonces no está tan mal la cosa -dijo
reflexivamente-, Según entiendo la maldición, sólo recae sobre el que abra la
tumba; de modo que no echará usted ningún azote sobre la parroquia.
Webly ignoró la estocada y preguntó acerca
de las leyendas que existían respecto a Nícholas Millham. Había oído
insinuaciones, por supuesto, pero muy pocas personas deseaban hablar del viejo.
¿Qué había de raro en él?
Hether no parecía tener inhibición alguna.
Explicó que el viejo sir Nicholas Millham practicaba la demonología, y hubo
muchos acontecimientos raros que se le atribuyeron por falta de mejor
explicación. Además estaba el caso de su muerte; aparentemente, Millham la
presintió e hizo construir el sepulcro y poner la maldición sobre la losa
justamente una semana antes de que muriera en un accidente.
A Webly 1e resultó dificultoso contenerse.
Recordó a su visitante que estaban en el siglo veinte y no en la Edad Media.
-Pero no me ha dicho usted nada respecto
al compañero de Millham, al cual alude en forma tan misteriosa -continuó-.
Supongo que tenía un compañero..., ¿O es suponer ya mucho?
Si sir Basil Hether notó el sarcasmo del
vicario, no quiso darlo a entender.
-Oh, sí, varios -repuso-. Pero su favorito
era un enorme perro negro llamado Daemos, y dice la leyenda que en las noches
oscuras, las aldeas oían la voz del viejo llamando a su perro: "¡Aquí,
Daemos! ¡Aquí, Daemos!".
-¡Qué nombre más raro para un perro!
Hether se puso de pie para retirarse.
-No del todo -contestó benignamente-. No
le parecería tan raro si toma usted en cuenta su raíz griega, y su empleo en
nuestro propio idioma: daimon o daemon o demonio. Me
imagino que Millham tenía sentido del humorismo.
El reverendo decidió in mente
dedicar algunas plegarias a sir Basil Hether, y le condujo a la puerta, sin
prestar atención a los comentarios y sacudones de cabeza del ancíano. El
vicario era hombre práctico, y borró de su mente las advertencias del anciano
mucho antes de que Hether ascendiera al automóvil que le esperaba frente a la
puerta.
El lunes comenzó el trabajo, y todos
pusieron buen cuidado de no hacer ningún daño. El vicario se dijo a sí mismo y
a sus feligreses que no era un vándalo. Sin embargo, se vio obligado a importar
trabajadores de otro pueblo; sin malgastar muchas palabras, el viejo Hether le
había dado a entender que tendría dificultades con los obreros de la aldea, y
tenía razón. El vicario consiguió gente de afuera, predicó un sermón sobre las
supersticiones y dedicó su atención al asunto que tenía entre manos. Estaba
ansioso por descubrir el monto del tesoro, y quería saber si alcanzaría para
pagar la deuda de la parroquia, cosa que complacería mucho a sus superiores,
mejorando sus posibilidades de un ascenso. Por el momento no consideró la
posibilidad de ser ascendido a otro plano.
Para el miércoles el ataúd estaba listo
para ser abierto, y el vicario, fiel a su palabra, sallé de su estudio y lo
abrió. Se encontró con los restos de sir Nicholas Millham, un pequeño cofre de
joyas y una espesa masa de polvo oscuro que se elevó como una nube de niebla
por sobre el ataud y desapareció casi en seguida. Una mirada a las joyas fue
suficiente para convencer al reverendo que el problema financiero de la
parroquia estaba resuelto por el momento. No pudo menos que regresar a su
estudio y telefonear al viejo Hether a fin de anunciarle su triunfo.
Sir Basil no se mostró entusiasmado. A
decir verdad, pareció extrañamente indiferente; de manera que el vicario tuvo
la desagradable impresión de estar hablando con alguien que esperaba fastidiado
el final de sus palabras para colgar el tubo y olvidarlas.
Empero, su triunfo le satisfacía
enormemente. Anunció un servicio especial de acción de gracias para esa tarde,
y pronunció un largo sermón sobre la bondad de la Providencia, a pesar del
hecho de que la mayoría de sus feligreses no se hallaban presentes. Estaba allí
el viejo Hether y algunos extraños, atraídos sin duda por el desacostumbrado
repicar de campanas, y curiosos respecto a los relatos que se corrían de boca
en boca aceca del hallazgo del nuevo vicario.
Una vez terminado el servicio religioso,
Webly calculó el valor del tesoro, llegando a 1a conclusión de que, con
cuidado, le quedaría un fondo de reserva una vez que hubiera pagado las deudas
de la parroquia. Fue mientras estaba ocupado en esto, ya avanzada la noche,
cuando sonó la campanilla del teléfono y le habló el viejo Hether para inquirir
si el vicario estaba bien.
-Es claro que estoy bien -replicó él-.
¿Qué quiere usted decir?
-Perdone usted mi curiosidad - murmuró sir
Basil-. Ya le dije que soy supersticioso. A propósito, si me necesita usted, mi
teléfono está al lado de mi cama.
El vicario lo despachó con cajas
destempladas. Cuando colgó el auricular, estaba convencido que convendría dar
una serie de conferencias sobre los malos efectos de la superstición.
Cuando apagó la luz y se fué a la cama, su
mente estaba ocupada en idear varias frases efectivas y resonantes para emplear
en sus conferencias.
Durante la noche le despertó algo que
creyó ser el ruido de la lluvia sobre el cristal de la ventana; pero, al
recobrar por completo los sentidos, le pareció que lo que oía era el sonido que
hace un perro al husmear. Al mismo tiempo llegó a sus oídos el alboroto
infernal que producían los perros de la aldea al ladrar furiosamente, como si
algo les hubiera asustado o enfurecido. Se sentó en la cama y escuchó
atentamente; el husmeo se repitió.
Era ridículo pensar que un animal pudiera
estar husmeando su ventana. El vicario dormía en el primer piso, y no había en
absoluto ninguna forma de trepar hasta allí, pues las paredes eran
completamente perpendiculares y no había sobre ellas ni una enredadera. Sin
embargo, siguió oyendo ese sonido extraño, acompañado de vez en cuando por una
especie de gemido o gruñido, y sin que cesaran por un momento los ladridos de
todos los perros de la aldea. Al fin, irritado, se leyantó y fue hacia la
ventana.
Desde allí se dominaba el camino y el
farol de la esquina. Casi lo primero
que vió fué un hombre de pie en la intersección; se hallaba el desconocido en
las sombras; sin embargo, su rostro era claramente visible: una cara larga,
oscura y saturnina, con ojos que parecían dos lagos de sombras; no era
exactamente joven, pero tampoco parecía viejo, a excepción del aspecto
apergaminado de la piel que cubría sus enjutas facciones. Era alguien a quien
el vicario no conocía.
Mientras le estaba mirando, el vicario
observó que el desconocido no se hallaba solo; un enorme perro salió del patio
de la vicaría y se acercó a su lado. Le pareció curioso a Webly el hecho de que
tanto el hombre como el perro se volvieran a mirar atentamente hacía su ventana
antes de volverse y desaparecer en dirección al cementerio.
-¡Qué cosa extraña! - murmuró el
sacerdote.
Se quedó allí un momento más, y a poco
notó que los ladridos de los perros habían cesado. No se le ocurrió pensar que
callaron en el momento en que el desconocido y su perro pudieron haber llegado
al cementerio. En algunos respectos, el vicario era muy poco imaginativo; sí
hubiera llamado por teléfono al viejo Hether, tal vez se habría salvado del
peligro que corría.
Resultó algo enloquecedor; pero desde
aquella noche en adelante, todo pareció salir mal. El obispo le puso en
aprietos por haber abierto la tumba sin investigar primero si existía algún
otro medio de conseguir el dinero, y sin haber convencido a la parroquia de su
derecho a abrirla. Con eso se desvanecía la posibilidad de un ascenso. Antes
del mediodía, su jardinero renunció, después de haber expuesto su caso con gran
estolidez.
-Es porque los perros ladran tanto, y
usted ya sabe lo que eso significa, señor.
-No, no sé lo que significa -respondió el
vicario con truculencia.
-Hay perros extraños por los alrededores,
señor.
-¿Ah, sí?
Pagó al jardinero y lo despidió, no sin
rencor. Ya comenzaba a comprender que ni siquiera un hombre de su categoría
podía educar a los aldeanos por el simple procedimiento de negar la verdad de
sus leyendas y creencias.
Como era de esperarse, antes de que
terminara el día se presentó el viejo Hether. El vicario no estaba de humor
para recibirle; pero el viejo se presentó como si esperara ser recibido con los
brazos abiertos.
-¿Oyó los perros anoche? -preguntó Hether.
-¿Quién no los oyó?
-Ya me pareció; yo también los oí. Creí
que eso le haría pensar un poco.
-¡Qué locos son los mortales! -citó el
vicario significativamente.
-Así es -convino sir Basil, extrayendo de
su bolsillo un libro encuadernado en cuero-. Le traje un libro que me pareció
le gustaría ver. Hay un retrato del viejo Millham en él.
El vicario tomó el libro, observando su
título: Demoniología de la Región Sur. En la primera página halló el
retrato y miró las facciones de Nicholas Millham. Instantáneamente recibió la
impresión extraña de ver a un conocido, aunque no pudo ubicarle. Frunció el
ceño un momento antes de devolver el volumen.
-Se supone que ese perro negro, que tiene
a su lado en el retrato, es su familiar. Me figuro que conocerá usted la
leyenda respecto a los practicantes de la magia negra y sus compañeros demoníacos,
los que tomaban formas raras, pero muy a menudo la de un perro negro –manifestó
Hether.
-Ya he visto esa cara en otra parte -dijo
el vicario.
-¿Conoce usted el libro, eh?
-Oh, no.
-Debe conocerlo. Solamente en él se
encuentra el retrato de Millham. Nunca se ha vuelto a reimprimir, que yo sepa,
y el libro es muy raro.
La conversación no fue muy agradable, y
finalizó poco después.
Recién cuando sir Basil se hubo retirado,
el vicario recordó dónde había visto esa extraña cara enjuta... ¡era el rostro
del visitante nocturno que estuviera en pie bajo el farol de la esquina!
Esa noche cometió el error de trabajar
hasta tarde en la iglesia, aunque el trabajo que tenía que hacer allí podía
haberlo dejado para otro momento. Es posible que el vicario obrara así a
propósito, debido a que sir Basíl le indicó claramente que no le convendría
estar fuera de su casa por la noche.
Cuando salió para dirigirse a la vicaría,
notó de inmediato los ladridos furiosos de todos los perros de la aldea. Notó
también que le observaban, y, al mirar a su alrededor desde la relativa
seguridad de la escalinata del templo, alcanzó a distinguir una figura de pie a
la entrada del cementerio, situado a poca distancia de allí.
Descendió los escalones y emprendió la
marcha hacia las luces de la vicaría. A sus espaldas se elevó el grito de un
hombre, y el vicario pensó cuán placentero resultaba oír las voces de los
labriegos en la oscuridad: hombres en los campos, en camino a sus hogares, en
busca de sus animales... En el momento mismo en que se le ocurrían estas ideas,
comprendió el significado de las palabras que oyera. No pudo creer en la
evidencia de sus propios sentidos. Acababa de oír la voz de un hombre que
llamaba insistentemente, con voz extrañamente amenazadora:
-¡Aquí, Daemos! ¡Aquí, Daemos!
Atemorizado, giró sobre sus talones.
Alcanzó a distinguir un enorme sabueso negro, de ojos enrojecidos
y fauces abiertas, que se lanzaba contra él. Sus contornos eran indefinidos y
se veía a través de su cuerpo la figura alta y oscura del desconocido cuyo
rostro saturnino y de expresión demoníaca era el del difunto Nicholas Millham.
Entonces se le echó encima el sabueso, y el vicario se desplomó a tierra
mientras aún resonaban en sus oídos los ladridos furiosos de los perros de la
aldea.
Uno de los sacristanes le encontró poco
después de medianoche. El vicario no presentaba un espectáculo agradable; tenía
la garganta destrozada y muchas laceraciones, aparte del cercenamiento de la
yugular. Cuando se llevó a cabo la investigación oficial, el coroner decidió
que el reverendo Webly había encontrado la muerte al ser atacado por un perro
extraviado, "de tamaño considerable", y recomendó que se aplicara una
multa cuantiosa a los aldeanos que permitieran que sus perros anduvieran
sueltos por la noche.
Sin embargo, sir Basil Hether no quiso
correr ningún riesgo. Seguro de que la maldición de la tumba de Millham se
aplicaba solamente a la apertura del sepulcro y no al hecho de que se
extrajeran las joyas, hizo algunas diligencias y llamó a un caballero, de muy
mala reputación (debido a sus prácticas de algunas artes poco recomendables), y
le encargó que volviera a cerrar la tumba con los exorcismos correspondientes.
Siendo hombre que sentía un respeto muy
saludable por las leyendas locales, no olvidó de colocar de nuevo sobre la
tumba la maldición de Millham, para que sirviera de advertencia a cualquier
futuro Webly que osara mostrar su desprecio por las creencias de los aldeanos.
¡Aquí, Daemos! August Derleth.
Trad. Julio Vacarezza
Cuentos del Más Allá. Colección Centauro, 56
Acme Agency, 1951