
The Head (1976)
Una mañana, cuando Jon tenía diez años, llovía
demasiado como para que él saliera a matar a alguien.
Desde la parte superior de la cueva contempló la
tormenta, diciéndose que la lluvia era marica, hermano. Pero se sentía bien.
Entonces Jon guardó el cuchillo debajo del cinturón
de su slip y bajó a los túneles para buscar a alguien a quien pudiera
hacérselo. Sólo que no podía atrapar ninguno de los más chicos porque corren
cuando lo ven venir. Y sabe que si no tuviera cuidado alguno de los grandes se
lo haría a él.
A él no le atraía, ni cuando lo hizo Grope, pero al
menos Grope impedía a los otros ofenderlo. Grope era el más grande de toda la
cueva, y no dejaba que nadie se lo hiciera a sus damas mayores o sus chicos
excepto él.
La bronca existía, Grope había salido a cazar
cabezas con la pandilla y Jon no confiaba en los otros. Aunque llovía las
mujeres estaban afuera en los campos y los chicos corrían sueltos por la cueva
con sus cuchillos y mazas, produciendo ruido. Cuando recorría los túneles
laterales, Jon pudo escuchar los sonidos exteriores —risas y gritos y lamentos.
Entonces Jon se mantuvo en medio de la gran cueva
donde las hogueras de las cocinas iluminaban el camino. Cada banda tenía la
suya, con un tullido cuidando que nunca se apagara. Los tullidos eran muy
viejos para cazar o trabajar en los campos y no podían hacer más, por lo que a
la mayoría se los mataba, pero siempre dejaban algunos para cuidar las
hogueras.
Los chicos nunca iban a las hogueras solos. Jon
recuerda que una vez cuando él era un pequeño, Grope encuentra un chico que
trata de robar comida de una olla. Grope lo agarra y lo estrella contra una
roca. Luego ella misma termina en la olla. Los otros chicos ríen, ja, ja, pero
no olvidan. Y después de eso se mantienen lejos de las hogueras, excepto a la
hora de comer.
Por eso, era seguro quedarse en la gran cueva ahora,
pero Jon estaba inquieto, quería hacer algo. Entonces agarró una antorcha y
bajó al túnel lateral de Grope muy despacio y con cuidado, por si alguien se
escondía allí. Pero el túnel estaba vacío y él se arrastró en la oscuridad
hasta que pasó el lugar donde se duerme y encuentra el hueco de entrada a las
madrigueras más allá. Había muchas madrigueras retorcidas a través de la roca y
Jon conocía bien su camino. Casi nunca nadie va hasta allí.
Había rocas caídas dentro de los túneles, demasiadas
para que los grandes treparan, pero Jon empezó a trepar cuando era un chico
pequeño y fue siempre el único. Así encontró el lugar secreto.
El lugar secreto estaba muy abajo. Jon pasó por
rocas caídas, donde las paredes eran lisas. No rocas, las paredes, sino algo
más. Como su cuchillo, duro y brillante. Y entonces él fue donde estaba el
zumbido.
Cuando acudió allí por primera vez, el zumbido lo
asustó, pero se acostumbró después de un tiempo. Nunca lo lastima, sólo algún
ruido detrás de las paredes lisas. Ahora se quedó donde no necesitaba antorcha
porque había luz. La luz venía de algún lado atrás como el zumbido.
Nadie sabía del zumbido o la luz y Jon nunca lo
contó porque era parte del secreto.
El secreto residía en una pequeña cueva de la pared
lisa con más zumbido y guiños de luces de abajo de un estante con perillas. Jon
recuerda cómo lo asustó hace tiempo ver la gran burbuja brillante en el
estante, que él trató de romperlo con una roca pero la roca rebotó. Entonces él
tuerce perillas que no se aflojan, pero viene más luz de la burbuja brillante y
luego pudo ver lo que había dentro.
Eso era el secreto real, flotando dentro de la
burbuja con las cosas largas y finitas que le salían de las orejas y el cuello.
Una gran cabeza, toda arrugada y peluda. Ojos bien
cerrados, boca cerrada también. Muerta.
Hasta que Jon tuerce perillas como hizo la primera
vez. Ahora las chispas saltan de las cosas largas y finitas.
Los ojos se abren, lo miran. La boca se abre
también.
Y la cabeza dice, "Buen día, Jon."
Buen día, Jon.
Pudo oír su voz que lo decía, pero pudiera ser que
no fuera la mañana: el tiempo no tenía importancia aquí. Y no era realmente su
voz —sólo la emisión artificial del mecanismo alimentado por el débil impulso
eléctrico de su lengua y nervios laríngeos; amplificada electrónicamente, como
su audición.
¿Cómo era la vieja frase? Inteligentes como el
demonio, estos chinos. Inapropiado, por supuesto. Los chinos no habían
perfeccionado esta variación de la técnica criónica; de hecho se había llegado
a ella exactamente antes del amenazado holocausto termonuclear. Ellos habían
anticipado los resultados, y ésta era la solución. Una solución química, en la
cual el cerebro era preservado y reactivado eléctricamente.
Era la única salida que habían encontrado. No podían
salvar la atmósfera, no podían salvar los artefactos, no podían salvar la vida
humana. Pero tal vez, bajo estas condiciones, pudieran salvar el conocimiento.
Razonaron que todo conocimiento registrado es
perecedero —libros y cintas y microfilms están sujetos a la desintegración. O,
aunque se preserven, a la mala interpretación. Y las computadoras no eran la
solución; no se podía generar energía perpetua ni mantenerla en una escala
suficiente como para alimentar grandes unidades, y no tendrían ninguna utilidad
para quien no tuviera un sofisticado entrenamiento.
La única fuente segura de sabiduría seguía siendo la
mente. Seleccionad las mentes, seleccionad los poquísimos psicológicamente
aptos para soportar semejante stress y preservadlos. Ubicadlos en refugios de
seguridad estratégicamente situados a gran profundidad, y enganchadlos a los
mecanismos autosuficientes de input y output. Más tarde o más temprano alguien
los encontrará. Habrá supervivientes; eventualmente la atmósfera se desprenderá
de la polución. Entonces los remanentes de la raza humana, preparados para la
regeneración, tropezarían con las reservas secretas, las secretas fuentes de
ciencia y arte y saber que estaban esperando para reconstruir un nuevo mundo de
las ruinas.
Ese había sido el plan. Había otras mentes
enterradas en varios lugares subterráneos de alta seguridad; podía ser que no
hubieran sido aún descubiertas, podía ser que no lo fueran nunca. Pero la ley
de posibilidades, la ley de accidente, había llevado a esta resurrección.
Yo soy la resurrección y la vida, dijo el Señor. Y
un pequeño niño los conducirá. Un niño, merodeando por
las cuevas y dando con esta unidad, manipulando torpemente los artilugios
extraños, reactivando su conciencia.
Miró a la criatura agachada frente a él. Borrosa,
indistinta, fuera de foco. Mejor corregir eso.
—Jon, ¿puedes oírme?
La figura agachada cabeceó.
-Bien. Ahora escucha atentamente. ¿Recuerdas lo que
te dije las otras veces que viniste, sobre los interruptores?
La criatura pestañeó. Algo lo estaba desconcertando.
Interruptor. No entendía la palabra. ¿Qué término conocería?
—La perilla, Jon. La perilla de la izquierda.
La criatura cabeceó nuevamente, y se inclinó hacia
adelante.
—Allí. Empújala para arriba. Despacio —no mucho—
solo un poquito. Así está mejor.
Sí, ahora podía ver con claridad. ¿Pero era mejor?
¿Era realmente mejor tener una visión clara de esta figura semidesnuda,
este antropoide blanco? Ni siquiera blanco, en realidad, sino un nuevo cruce
étnico de Caucásico y Negroide, un producto de generaciones de endogamia en la
oscuridad perdida.
Sus confrontaciones previas habían producido poco
más que el conocimiento del nombre de Jon; su gente no tenía historia, ninguna
conciencia de continuidad. Por lo que Jon sabía, siempre habían vivido en
cuevas, siempre escarbando la cicatrizada superficie exterior y superior para
encontrar yemas para los cocimientos, siempre cazando grupos de otras cuevas
para complementar ocasionalmente con carne su dieta diaria. Tenían fuego,
resguardo, armas toscas, la semblanza de supervivencia de una subcultura urbana
basada en el concepto de agrupación y territorio. Todo esto era lo que había
recogido en pacientes interrogatorios, y tal vez era todo. Salvajes.
Desechó la idea; no era importante. Lo que importaba
ahora era que esta criatura era todo lo que quedaba de la humanidad. La
esperanza del futuro, la única esperanza superviviente.
Podía hablar. "Cuéntame algo, hermano."
Hermano. Esta
criatura pertenecía a la humanidad, a lo que quedaba de ella. Despojado de
todo, arrancado de la civilización, su lenguaje se reducía a una jerga tosca.
Dios, ¿cómo se podía educar esto? ¿Cómo
podría tan sólo comunicarse con claridad? Pero tenía que hacerlo, debía, era el
único camino.
—Cómo hablar de algo, hermano.
Y él habló.
Otra vez, como tantas otras antes, le contó a Jon la
historia. Le contó de los viejos tiempos, los días de la inocencia antes de las
guerras, cuando la gente caminaba libre y orgullosa sobre la faz de la tierra y
construía sus ciudades resplandecientes cuyas agujas se perdían en lo alto;
construían sus esperanzas más altas aún, remontándose a las estrellas.
Eso es lo que era para Jon, un cuento. Estaba
escuchando, siempre escuchaba, pero obviamente no creía. No más de lo que la
humanidad había creído en el Jardín del Edén.
De algún modo, por supuesto, este nuevo mundo era
el Jardín del Edén del cual hablaba —la Tierra antes de la Caída. Y la
creciente disidencia que había conducido a la guerra —la lucha racial,
política, religiosa, ideológica, sexual, con su falta de comunicación a todo
nivel— había sido como la torre de Babel. Hasta la misma guerra final era como
un Diluvio que aniquilaba el mundo. Sus supervivientes no se refugiaron en la
cima de las montañas; en su lugar estaban dentro de ellas. Los hijos de Noé,
agazapados en esta cueva.
Se escuchó a sí mismo —a la emisión mecánica de su
pensamiento- y reconoció en qué medida todo ello sonaba como un cuento de
hadas. Así le sonaban a él los relatos bíblicos en los viejos tiempos. Fábulas,
fantasías, folklore. Si para él había sido difícil concebir la simplicidad del
Jardín del Edén, cuánto más difícil debía de ser para Jon percatarse de la realidad
de una civilización complicada.
Y sin embargo era verdad. Había existido la
esperanza de un paraíso en la tierra, hasta que la humanidad lo convirtió en un
infierno. Para la mayoría, el infierno había sido una horrorosa pesadilla de
dolor y miedo, repentina y breve, seguida de un olvido piadoso. Pero el
verdadero significado de infierno les había sido revelado solamente a unos
pocos, como él. Él sabía realmente lo que era el infierno.
El infierno era eterno.
El infierno era una oscuridad que nunca moría, una
pesadilla que nunca terminaba. El infierno era el dolor y el miedo de estar
vivo y consciente en esa oscuridad, absolutamente aislado, incapacitado de ver,
o hablar o aun moverse. El infierno era estar a solas con sus pensamientos para
siempre; pensamientos que no dormían jamás, pensamientos que resonaban
eternamente con un griterío inaudible que destrozaba el cráneo.
Ése era su infierno, antes de que Jon lo
encendiera. Y ése era su infierno cuando Jon lo apagaba, dejándolo solo en la
oscuridad.
Por eso ahora no importaba realmente si Jon le creía
o no, siempre que estuviera dispuesto a escucharlo. Porque si estaba escuchando
no lo apagaría.
Sigue hablando, manténlo interesado. Cuéntale de cualquier cosa, de todo. Del radar, los láseres, la
fisión, la fusión, los super y subsónicos, el microcosmos, el macrocosmos, los
dáctilos y pterodáctilos, de todas las maravillas y tropiezos del mundo.
—Y entonces, Jon, comenzarnos la conquista del
espacio. Aterrizamos en la luna.
—Ya lo contaste —Jon se puso de mal humor; estaba
aburrido—. Cuenta de grandes matanzas.
Grandes matanzas. La guerra. Él no quería hablar de la guerra; eso era Información Reservada, Alta
Seguridad, las órdenes selladas y la directiva que lo habían mandado aquí al
Área Secreta. Operación Supervivencia —así la habían denominado, el
procedimiento que lo situó bajo el cuchillo en el momento mismo en que la
tierra temblaba y las cimas se derrumbaban sobre su cabeza. Pero había
obedecido, todos habían obedecido; los científicos y cirujanos transpirando al
esgrimir sus escalpelos bajo las hirvientes luces electrónicas antes de la
oscuridad final. Sus palabras le volvieron a la mente.
—Pero maldito sea, ¿no lo entiende? No es la muerte
¡estará vivo! Es inevitable que alguien lo encuentre tarde o temprano y cuando
esto suceda, cuando lo enciendan, usted renacerá. Y también la raza humana
renacerá con el saber por usted conservado.
Ésa era la esperanza que había sido depositada junto
a él en la oscuridad, el propósito que lo había sostenido a través del vacío
terrible, interminable.
Pero eso no era lo que Jon quería oír. Estaba
nuevamente reticente, rascándose una axila.
Más matanza —dijo Jon—. Bombas. Tú sabes, hermano.
—Yo no sé —dijo él—. Y tú tampoco sabes. Tú
no eres un hombre —eres un niño. Por eso debes escucharme, escucharme y
aprender. Hay otras cosas en la vida además de matar y comer y copular. Si me
escuchas puedo enseñarte.
—Cuenta cómo haces bombas —Jon sonrió—. Algún día yo
mato a Grope.
—No, esa no es la forma.
Jon sacudió la cabeza porfiadamente.
—¡Cuéntame!
Contarle ¿qué? Dónde estaban las palabras, cómo
podía llegar a él, enseñarle, rescatarlo del salvajismo, sacar a su gente de la
barbarie. ¿Y qué palabras servirían —las de Jesús, Buda, Mahoma, Lao Tsé,
Platón, Spinoza, Confucio, Shakespeare? ¿Qué profetas, sacerdotes, filósofos,
sabios o eruditos en la historia de la humanidad le podían mostrar la solución?
Tenía que encontrar ahora esas palabras, por el bien
de Jon, por su propio bien, aunque sólo fuera para que no lo apagara, para no ser
vuelto a ese silencio incesante, a esa oscuridad ciega. Un cerebro, enterrado
vivo dentro de una montaña.
Montaña. Desierto. ¿No había conducido Moisés a una
multitud nómada a través del desierto, y escalado una montaña? Supongamos que
la Babel bíblica y el Diluvio fueran alegorías. Supongamos que hubiera habido
entonces una destrucción termonuclear ¿y la misma solución? Los científicos de
una civilización olvidada habían dado con el secreto de la salvación,
preservando una inteligencia viva hasta el día en que fuera encontrada por
algún primitivo sobreviviente, escondida a la espera de traer nuevamente al
mundo la luz de la verdad. Supongamos que Moisés hubiera ido a las montañas,
encontrado la cueva, tropezado con ese mecanismo, encendiéndolo, y oído la voz
de Dios.
Firme, ahora, A Dios
no le espantaría la oscuridad como le espantaba a él, Dios no tendría temor de
ser apagado. Tú no eres Dios. Recuérdalo.
Pero puedes ser la voz de Dios.
Tú puedes ser la voz de Dios y Jon puede ser Moisés.
Háblale con las palabras de Dios, para que pueda conducir a su gente a la
Tierra Prometida.
—No matarás —dijo.
Jon frunció el ceño, sacudiendo la cabeza.
—Yo mato a Grope. Ves.
—No. Grope es tu padre. Honra a tu padre y a tu
madre, ¿entiendes?
Jon gesticuló, los ojos desasosegados, resentidos.
No estaba interesado.
¡Pero tenía que haber un camino! Un
camino para la salvación de Jon y de los otros, un camino para la salvación de
sí mismo. Porque si era apagado otra vez, sabía que se volvería loco, final e
irrevocablemente loco, y no habría ninguna voz de Dios, sólo el contorsionar,
el arañar, el desesperado retorcerse de su cerebro a punto de explotar, sólo en
la oscuridad, para siempre. Habría oscuridad en los cielos y la tierra, y sin
su voz, Dios estaría muerto. Jon estaba buscando la perilla. Buscando, aburrido
e impaciente.
Él no podía impedirlo. Sólo Dios tenía ese poder.
Salvación. La salvación por medio de la oración. Sí, ése era el camino.
Entonces habló. Habló las únicas palabras que
salvarían al mundo, las palabras que nunca morían, las palabras de sabiduría,
las palabras de los tiempos, las palabras de Dios.
—El Señor es mi pastor: Nada me faltará. Él me ha
hecho yacer en verdes praderas; Él me ha conducido a las aguas calmas. Él ha
restaurado mi alma.
Ahora Jon escuchaba. ¿Entendería? ¿Había quedado en
esta criatura la humanidad suficiente como para comprender la verdad? La
respuesta decidiría para siempre su destino, el destino de Jon, el destino del
mundo, el destino de Dios.
Entonces Jon sonrió y la respuesta llegó.
—Eso es basura, hermano —dijo Jon.
Y lo apagó.
La cabeza. Robert Bloch
The Head (The Ides Of Tomorrow, 1976).
Traducción: Mirta Rosemberg.
Los idus del mañana. Selección de Terry Carr
Col. Fenix. Adiax, 1982