
Hoy en día no resulta difícil para una estudiante obtener unos
ingresos extra dedicándose a cuidar niños algunas noches por semana. Hay
matrimonios jóvenes que no renuncian a salir al cine o al teatro y necesitan de
vez en cuando de los servicios de lo que en argot se denominan «canguras».
Generalmente el trabajo no tiene complicaciones, salvo cuando se trata de niños
difíciles, y si eso ocurre basta con tachar de la lista la casa en cuestión.
Pero, cuidado, porque también podéis encontraros con casos especiales que en un
principio parecen no ofrecer dificultad: un angelote rubio que duerme como un
tronco en su cunita justamente hasta que sus padres abandonan el piso, y
entonces, sólo entonces, se despierta y se le ocurre pedir pipí, agua, un
caramelo y caprichos que en otras circunstancias no se le hubieran antojado. Si
alguna se topa con un asunto de estos es seguro que ya no se podrá seguir en
paz la película de la televisión, o mantener una mínima continuidad en la
sesión de achuchones con el amigo de turno, que generalmente llega una vez que el matrimonio ha abandonado el
piso.
Saber qué casa es recomendable o cuál debe ser
cuidadosamente evitada es algo que acaba intuyéndose a base de experiencia. Pero
ni las más avezadas «canguras» pueden asegurar que no va a surgir un imprevisto
que les amargue la noche. Se cuentan casos como el del matrimonio que
desapareció sin dejar rastro, abandonando a su hijo en manos de su cuidadora
(y, lo que es peor, sin haber abonado sus servicios), o el de la que tuvo que
habérselas con un subnormal de quince años que pretendía ejecutar con su
colaboración actos que, por otra parte y a todas luces, deberían ser
considerados normales.
Sea como fuere, y descartando cualquier ánimo
moralizador, sirva el relato de esta verídica historia para advertencia de las
intrépidas «canguras» que se comprometen, quizá demasiado alegremente, en una
tarea que, lejos de resultar cómoda, puede convertirse a veces en algo
sumamente inquietante.
* * *
Lucía pulsó el timbre y al cabo de unos instantes se
sintió observada a través de la mirilla. Se oyó el descorrerse de un cerrojo de
seguridad y alguien desde el interior del piso le franqueó la entrada. Una
mujer alta y delgada, vestida de noche con sobria elegancia, apareció en el
umbral.
—¿Qué desea? —preguntó cortésmente pero con
sequedad.
—Vengo por lo del niño —repuso Lucía.
La mujer pareció vacilar un momento, pero luego una
cierta sonrisa afloró a sus labios y retrocedió invitando con un gesto a Lucía.
—Pase, por favor. Estaba terminando de arreglarme
—dijo.
En el salón, un hombre que contemplaba la noche a
través del amplio ventanal se volvió cuando ellas entraron.
—El señor Mayer —dijo la mujer.
El caballero se aproximó a Lucía y le tendió la
mano, que la muchacha estrechó notando un ligero pinchazo. Después advirtió que
el objeto punzante era un anillo de considerables proporciones que figuraba una
especie de coleóptero o araña, en cuyo lomo queratinoso había incrustada una
piedra de un rojo muy oscuro. Al poco rato la señora Mayer regresó al salón con
pasos silenciosos.
—Está dormido —dijo dirigiéndose a Lucía—. No creo
que se despierte antes de que nosotros volvamos, pero en todo caso aquí hay un walky-talky
que permite escuchar cualquier ruido procedente del dormitorio. De todas
formas —continuó—, le ruego que no entre en la habitación de no ser
completamente imprescindible. Y desde luego —añadió—, que él no la vea: es una criatura muy
sensible y podría asustarse.
—Si me pidiera agua... —dijo Lucía.
—No la pedirá —aseguró con firmeza la mujer—. En
todo caso, pero solamente en último extremo explicó—, allí hay algo que le
agrada y que suele calmarle —añadió señalando un biberón colocado en una
estantería—. Déjelo a su alcance y salga de la habitación.
—¿Pueden dejarme un número de teléfono por si
surgiera algún imprevisto? —preguntó Lucía.
El señor Mayer se volvió hacia ella con cierta
brusquedad.
—¿Qué quiere decir, señorita?
—Nada va a ocurrir, querido —intervino la señora
Mayer recalcando las palabras y mirándole fijamente a los ojos.
—Es la costumbre —musitó Lucía excusándose.
—Naturalmente —ratificó la mujer sin apartar los
ojos de su esposo. Y aproximándose a la mesa escribió algo en una hoja de papel
que situó bajo el teléfono—. Aquí tiene —dijo—, pero no utilice este numero de
no ser estrictamente necesario.
—¿El nombre? —preguntó la joven.
—¿Cómo?
—¿Cuál es el nombre del niño?
Un espeso silencio descendió sobre la habitación. El
señor Mayer entreabrió los labios como para decir algo, pero ningún sonido
salió de su boca. La señora Mayer apartó la vista del rostro de su esposo y
miró a Lucía esbozando una sonrisa forzada.
—No lo hemos bautizado —explicó por fin—. En
realidad es fruto de una adopción.
—Pero lo llamarán de algún modo —adujo la muchacha.
—Desde luego... —respondió la señora Mayer sin dar
otra aclaración.
Un fuerte viento barrió las nubes y la luna llena
hizo su aparición. Se oyó un aullido lastimero y el hombre lobo hundió sus
garras en la garganta del periodista...
Lucía disminuyó el volumen de la televisión y prestó
atención al minúsculo altavoz conectado con el dormitorio del pequeño. Le había
parecido percibir un sonido procedente del walky-talky, pero tras unos
instantes de escucha volvió a depositar el receptor sobre el diván y reguló el
volumen de la televisión hasta que los alaridos del hombre lobo y los
estertores del periodista alcanzaron una intensidad discreta. Alargó su mano
para tomar la revista que había estado hojeando y advirtió que estaba fuera de
su alcance. Por alguna razón, a la que seguramente no era ajeno el hombre lobo,
cuando había vuelto a sentarse lo había hecho en la parte del diván que le
permitía contemplar toda la habitación teniendo la pared a su espalda.
Las imágenes se sucedían en la pantalla del
televisor, pero Lucía las contemplaba distraídamente: los Mayer se habían
marchado y ella no se había vuelto a acordar de preguntarles el nombre del
niño. Claro que en caso de necesidad siempre existía la posibilidad de llamarle
cosas como «rico», «bonito», «encanto», con voz melodiosa y dulce. Realmente
conocer el nombre era importante, pero podía suplirse adoptando un tono de voz
afectuoso y desde luego exento de cualquier vacilación que pudiera dejar
translucir el miedo.
La presentadora se despidió de los espectadores
deseándoles un feliz descanso, y su imagen quedó congelada unos segundos en la
pantalla luciendo una estereotipada sonrisa que, incapaz de mantener por más tiempo,
se convirtió en una mueca horrorosa una décima de segundo antes de que su
rostro desapareciera definitivamente. La pantalla quedó en blanco y un
estridente pitido invadió la estancia. Lucía se abalanzó sobre el televisor
temiendo que aquel sonido despertara a la criatura y lo desconectó de un
manotazo. Se hizo un silencio súbito y la muchacha lamentó que las emisiones
hubieran finalizado.
Examinó detenidamente el salón y se detuvo
especialmente en las fotografías enmarcadas en plata sobre la repisa de la
chimenea: el matrimonio Mayer y su hijo eran el tema de todas ellas. La señora
Mayer sostenía en brazos a la criatura, pero las ropitas infantiles abrigaban
de tal forma al niño que era imposible ver siquiera la punta de su nariz. En
otras, la madre aparecía sentada cerca de la cuna del bebé y rodeándola con sus
brazos, pero en ninguna de ellas era posible contemplar ni un dedo de la
criatura.
Algunas instantáneas mostraban solamente la cunita
sin nadie alrededor, y había una en la que aparecía la madre sosteniendo en
brazos a su hijo, que mostraba haberse desarrollado extraordinariamente, pero
que continuaba vestido con prendas propias de un recién nacido. En aquella
fotografía hubiera podido contemplarse el rostro de la criatura si no hubiera
sido porque alguien había recortado cuidadosamente la porción de cartulina
correspondiente a la cabeza del niño.
Lucía creyó notar determinado olor e inspiró
profundamente para cerciorarse. En efecto, se aproximó al pasillo al fondo del
cual se hallaba la habitación del niño y advirtió que, a pesar de que la puerta
continuaba cerrada, el olor parecía proceder del dormitorio. Avanzó unos pasos
y la intensidad de las emanaciones aumentó. ¿Qué hacer si lo que sospechaba era
cierto? Nadie la había dado instrucciones para cambiar al bebé, pero parecía
lógico intentarlo si se había producido lo que imaginaba; en algún sitio tenía
que haber pañales de repuesto. Por otra parte, la señora Mayer le había
advertido que no entrase en la habitación si no era completamente imprescindible.
¿Podría considerarse este como un caso de emergencia? Lo que no sería
posible evitar, a no ser que efectuara la operación en completa oscuridad, era
que el niño la viera, y había sido prevenida expresamente sobre este
particular.
Finalmente decidió no darse por enterada del pequeño
suceso y, tumbándose en el diván, comenzó a hojear otra revista, pero estaba
tan sugestionada que, al poco rato, el olor procedente de la habitación se le
hizo insoportable. Realmente la intensidad de aquellas emanaciones era
excesiva, y por otra parte, ya no estaba segura de que procedieran de
excrementos infantiles. Al salón iban llegando oleadas pestilentes, que tan
pronto parecían resultado de la descomposición de un cuerpo muerto como
efluvios desprendidos de una ciénaga putrefacta. Instantes después el olor
parecía el propio de una pocilga, y al rato la fetidez parecía sumergir a la
muchacha en las profundidades de un nauseabundo pozo negro.
No pudiéndolo soportar por más tiempo, Lucía se
levantó del diván y abrió las ventanas de par en par. Con la oleada de frío que
invadió la estancia, el repugnante olor pareció disiparse en parte, pero la
temperatura exterior era muy baja y la muchacha optó por abrir y cerrar los
balcones cada cierto tiempo.
Al cabo de una media hora el hedor fue cediendo, y
la joven corrió de nuevo las cortinas dejando las ventanas tal y como las había
encontrado. La pestilencia había sido tan intensa que los vestidos de Lucía se
hallaban impregnados de aquel nauseabundo olor. Con ánimo de disipar
definitivamente las repulsivas emanaciones, encendió un cigarrillo, y al frotar
la cerilla contra el raspador creyó oír pronunciar su nombre en una especie de
murmullo. Permaneció inmóvil un momento con el oído atento al menor ruido, pero
ningún susurro vino a sumarse al rumor del aire que golpeaba obstinadamente los
cristales. La noche se había tornado desapacible y parecía como si algo pugnara
por penetrar a través de las ventanas con el concurso del viento.
La muchacha consultó su reloj y comprobó con
desánimo que no eran más que las doce menos diez. Abandonó definitivamente la
revista, en cuya lectura no era capaz de concentrarse, y dio unos pasos por la
habitación. La puerta del fondo del pasillo la atraía tomo si se tratase de un
imán. Avanzó cautelosamente hasta situarse a pocos centímetros de ella y acercó
su cabeza a la superficie de madera. No se oía ni el más leve susurro. Cuando
se encontraba a mitad del pasillo creyó de nuevo que alguien había pronunciado
su nombre, pero la especie de suspiro que dio forma a aquel desmayado «Lucía»
parecía proceder de la habitación del pequeño y del comedor, al mismo tiempo.
¿Acaso el walky-talky habría amplificado aquel bisbiseo o sólo se trataba
del roce de una sábana que su imaginación había transformado en un murmullo
articulado?
Regresó al comedor y sus ojos se posaron sobre el
pequeño transmisor que yacía sobre el diván. Se aproximó con el oído atento y
percibió el rumor de sus propios pasos. Aquel aguzar el sentido del oído
era la causa de que ahora captara inevitablemente, de forma clara y distinta,
una serie de ruidos en los que hasta el momento no había reparado. Hasta ella
llegaban perfectamente individualizados el batir del viento en las ventanas, el
goteo de un grifo en algún lugar de la casa, los ocasionales crujidos de los
muebles, el rechinar de las tablas del parquet, que se reacomodaban tras su
paso; el nervioso tiritar de un frigorífico y la respiración. Sobre todo
aquella respiración.
Se aproximó a la estantería y tomó la botella en
forma de biberón que le había mostrado la señora Mayer. Poco faltó para que la
dejara estrellarse contra el suelo cuando vio de cerca su contenido.
Acercándose a la zona del diván para contemplarla mejor a la luz de la lámpara,
Lucía comprobó asqueada que lo que había en la botella era una sustancia
coagulada de un extraño color. Por otra parte, la tetina de goma de aquel
biberón aparecía deformada quizá por efecto de un calor intenso, al menos esto
fue lo que Lucía deseó pensar, porque resultaba poco tranquilizador saberse a
pocos metros de un bebé cuya boca pudiera acoplarse a aquel extraño adminículo.
Como acaece a veces en que comenzamos de pronto a
oír el tictac de un reloj que ha estado funcionando sin interrupción, así Lucía
advirtió que del pequeño altavoz del walky-talky surgía a intervalos
regulares un sonido que podría ser identificado con el de la cadenciosa
respiración de un durmiente, salvo por un detalle: cada inspiración duraba un
intervalo de tiempo desmesurado, y era seguida de una expiración igualmente
prolongada. Cada una de las fases de aquella respiración, si es que lo era, se
extendía durante treinta y cinco o cuarenta segundos. Lucía se aproximó al
altavoz para que el silbido del viento al colarse por alguna rendija del balcón
no interfiriera en la escucha. Con el oído prácticamente pegado al transmisor,
su vista fue a parar sobre el biberón situado en la pequeña mesa cercana. Por
un momento le pareció que el nauseabundo líquido coagulado, de un extraño rojo
oscuro, iba perdiendo rigidez y comenzaba a resultar pastoso por algunos
puntos. En efecto, manteniendo sus ojos sobre el biberón, notó que su contenido
se licuaba en ciertas zonas, pero no caprichosamente, sino siguiendo el ritmo
de la singular respiración. Como si la repulsiva masa estuviese sometida a
movimientos de sístole y diástole, su volumen se expandía con cada inspiración
que salía del altavoz para contraerse seguidamente al tiempo de la expiración.
De esta forma el contenido de la botella fue pasando al estado líquido cada vez
con mayor rapidez, porque el ritmo de la respiración y paralelamente los
movimientos de aquella masa se iban acelerando. Lucía se levantó de su asiento
y se acercó al pasillo al final del cual se encontraba la puerta del
dormitorio. La respiración era ahora angustiosamente precipitada y tenía algo
de agónico estertor. Al llegar el ritmo a un cierto punto casi paroxístico,
algo rodó desde la mesa al suelo y se oyó un ruido de cristales rotos. La joven
regresó al comedor y vio que la botella se había hecho añicos y el líquido
repulsivo se extendía por la alfombra en una gran mancha palpitante. Al mismo
tiempo se oyó un formidable estertor como de alguien que despierta de una
terrible pesadilla, y la monstruosa respiración recuperó el cadencioso ritmo
primitivo.
La muchacha fue retrocediendo pegada a la pared
hasta la puerta del piso. Se mantuvo inmóvil unos instantes y luego, con un
rápido movimiento, empuñó el pomo del cerrojo y tiró con todas sus fuerzas.
Como ella ya suponía de antemano, aunque se hubiera negado a aceptarlo, la
barra del cerrojo no se movió ni un milímetro. A punto de perder la serenidad
volvió a tirar hasta que le dolió la mano, pero obtuvo el mismo resultado.
La respiración se fue mezclando en el pequeño
altavoz con un extraño gemido, una especie de llanto ahogado, como cuando una
criatura desconsolada trata de pedir algo. Después se oyeron varios suspiros
prolongados y del walky-talky surgió un susurro que se fue articulando.
Una voz agónica pronunció varias veces el nombre de Lucía, y la muchacha,
reuniendo las escasas fuerzas que le quedaban, decidió entrar en el dormitorio
del bebé con la intención de poner fin a aquella incertidumbre. Avanzó
lentamente por el pasillo. Asió el pomo de la puerta y lo hizo girar,
deteniéndose unos instantes para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad
en que estaba sumida la habitación. La respiración comenzó a agitarse,
adquiriendo un ritmo exacerbado, como de gigantesco fuelle, al tiempo que algo
pronunciaba el nombre de Lucía repetidamente. De súbito una oleada de hedor
insoportable llegó hasta la muchacha, que trató de contener la respiración,
hasta que no pudo más y otro torbellino de fetidez nauseabunda inundó sus
pulmones. Poco a poco su vista se fue acomodando a la oscuridad y pudo ver la
cuna cubierta de encaje amarillento: sus ojos recorrieron con asombro aquel
desproporcionado lecho infantil. Evidentemente, el ocupante de aquella cuna
podía disponer de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho.
Incapaz de moverse, contemplaba el inmenso mueble
fascinada, mientras en sus oídos resonaban violentos estertores procedentes de
aquel lecho y su garganta ardía sumergida en aquella fétida atmósfera.
De pronto se produjo un movimiento que agitó la gasa
con que estaba cubierta la cuna y, produciendo un ruido ensordecedor, el
palpitante abdomen de aquel ser se precipitó contra el suelo.
Incapaz de ver más, Lucía huyó de la habitación y
aproximándose al teléfono tomó la hoja de papel que la señora Mayer había
depositado bajo el aparato y marcó aquel número con mano trémula: al cabo de
unos instantes llegó hasta su oído la señal de que la línea estaba ocupada.
Insistió nuevamente mientras del dormitorio de la criatura surgían descomunales
golpes. La tercera vez que marcó y obtuvo el tono de ocupado se sintió
desfallecer porque supo que desde aquel número no le llegaría ninguna ayuda: la
cifra que aparecía escrita en el papel era la misma que estaba escrita en el
disco del teléfono que sus manos aferraban.
Inclinándose para no golpear el techo, la criatura
avanzó bamboleándose por el pasillo. El pánico de Lucía llegó al paroxismo
cuando, con el tercero y más sutil de sus sentidos, percibió a la criatura: la
fetidez embotaba su olfato, la fatigosa respiración y aquellos chasquidos como
de crustáceo herían sus oídos, pero la visión de aquel ser enorme y vacilante
que desprendía baba por su boca disforme, la multitud de endebles patas
agitándose sin cesar, y la nauseabunda palpitación de aquel viscoso cuerpo la
dejaron paralizada.
La criatura avanzó hacia ella produciendo chasquidos
con un par de apéndices cartilaginosos y dejando un pegajoso rastro tras de sí.
Un instante después el cuerpo de la muchacha quedó bajo su sombra y Lucía se
sintió presa de innumerables patas temblorosas.
Cuando a punto de perder el sentido creía haber
llegado ya al límite del horror, la criatura la oprimió contra ella y las manos
de la infortunada joven palparon un repugnante tejido blando y viscoso. Y como
si el destino no quisiera dejar ningún cabo suelto, la opresión fue tan brutal
que el rostro de la muchacha chocó contra aquella masa nauseabunda, y la lengua
de la infeliz víctima, a punto ya de ser estrangulada, gustó el infame sabor
del monstruo.
* * *
Alguien introdujo la llave en la cerradura y el
cerrojo se descorrió suavemente. El señor Mayer cedió el paso a su mujer y
ambos entraron en el piso.
—Me pregunto si cabrá en tres bolsas de basura
—comentó ella al tropezar con un hueso pelado.
—Eso es tarea tuya, querida —respondió el señor
Mayer.
—No hace falta que me lo recuerdes —replicó la dama
al parecer molesta.
—A propósito —comentó el caballero—. Hay un detalle
que me gustaría discutir.
—¿De qué se trata? —inquirió la señora despojándose
del echarpe.
—El nombre —repuso él concisamente.
—Cierto. Fue un momento difícil.
—Y no quiero que vuelva a repetirse —puntualizó
Mayer severo.
—Está bien: Juanito, Pedro, Luciano, Antonio... —enumeró ella—. O bien: Rosa,
Cristina, Carmen, María Luisa...
—¡No! —rechazó el señor Mayer. Y añadió tras unos
momentos de reflexión: ¡Ya lo tengo! Un nombre evocador, clásico y a la vez
actual. ¡Se llamará Gregorio! Para todos, se llamará Gregorio...
La dama pareció complacida, y depositando sobre una
silla su echarpe cuidadosamente doblado se dirigió hacia la habitación del
fondo del pasillo al tiempo que decía con voz cantarina:
—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Dónde está esa criatura?
Asómate, rey mío. ¡Goyito! ¿Has cenado bien, precioso?
Fin.