
—No duró mucho tiempo —dijo la voz resentida de Mrs.
Renner.
Lucy Butterfield volvió la cabeza sobre la
almohada, de modo que pudiera escuchar mejor los murmullos que sonaban al otro
lado de la puerta de su dormitorio. Estaba dispuesta a espiar una conversación
en aquella casa de sucesos extraños, si con ello pudiera encontrar alguna clave
que la condujera a la misteriosa desaparición de Cora Kent.
—Porque no era una buena mujer, señora. Fue
demasiado para ella. Tendría usted que haberlo sabido, si es que Kathy no lo
supo.
Lucy sabía que aquélla era la voz de Aaron Gross, el
pobre anciano a quien, según le había explicado su patrona, había recogido de
una mísera granja del condado para que le hiciera los recados. Era una voz aguda
y cacareante, bastante en consonancia con el hombre seco y menudo a quien
pertenecía.
—¡Shhh.,.! ¿Quieres despertarla?
Lucy se sentó entonces en la cama, ya completamente
despierta ante aquellas voces bajas que sonaban en el pasillo, fuera de su
dormitorio. El saber que no querían que escuchara lo que su patrona y el hombre
estaban discutiendo, introdujo cierta fascinación —medio maliciosa, medio en
serio— en su acción de escuchar, casi involuntaria.
—Kathy tiene que ser alimentada —dijo el agudo
murmullo de Mrs. Renner—. ¡Escúchala ahora! ¿Cómo voy a hacerla callar?
¡Dímelo!
Lucy también escuchó. Desde una de las habitaciones
cerradas situadas a lo largo del pasillo, escuchó un suave gemido, dándose
cuenta entonces de que lo que había estado oyendo desde hacía varias noches no
era un sueño. Kathy Renner, de doce años de edad, confinada en su cama a causa
de las fiebres reumáticas, y a quien se le negaba el solaz de una simpática
compañía por temor a que la excitación pudiera producirle un ataque al corazón,
estaba gimiendo suavemente:
—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá! ¡Tengo hambre!
¡Aquella pobre niña! Allí sola durante todo el día,
sin nadie con quien hablar, y llorando toda la noche a causa del hambre. El
asco de Lucy se sublevó contra la falta de eficacia de Mrs. Renner. ¿Cómo podía
una madre escuchar aquel lastimero ruego sin atenderlo? Se escuchó la voz ronca
de Mrs. Renner, como si un inexplicable presentimiento le impulsara a dar una
explicación:
—¡Escúchala! ¡Oh, mí pequeña Kathy! No puedo
soportarlo. No puedo llegar hasta ellos esta noche, pero mañana voy a sacar esa
madreselva,
Los ojos grises de Lucy vagabundearon por la
habitación, hasta posarse con extrañeza sobre un jarrón alto de madreselvas
amarillas, débilmente visible en la semipenumbra de una estantería situada en
el viejo escritorio, entre las dos ventanas que daban al sur. Era para ella
algo muy agradable el que su patrona se las trajera diariamente frescas, pues
su dulce y penetrante perfume parecía formar parte de la vida campesina a la que
se había entregado durante unas vacaciones de dos semanas, dejando por ese
tiempo su nuevo y responsable puesto de jefe de compras en el departamento de
lencería de Munger Brothers, en Filadelfia.
—No lo haga, señora. Lo sentirá si lo hace. ¡No lo
haga! —protestó agudamente la quejumbrosa voz de Aaron—. Ya sabe lo que sucedió
con la otra chica. No puede seguir así, señora. Si ahora sucede lo mismo, no
será como la primera vez, y entonces tendrá un problema doble. Acuérdese de mis
palabras. ¡No lo haga! Los accidentes son una cosa; pero a
propósito es otra. Permítame coger una estaca aguda, señora, y...
—¡Silencio! Vuelve a la cama, Aaron. Déjame esto a
mí. Después de todo, yo soy la madre de Kathy. No vas a detenerme. No voy a
permitir que siga teniendo hambre. Te digo que vuelvas a la cama.
—Bueno, la puerta de ella está cerrada y hay
madreselvas dentro. Esta noche no puede hacer nada —accedió Aaron, con un
gruñido.
Los pasos se fueron alejando suavemente por el
pasillo. La antigua granja holandesa de Pennsylvania, situada en la región de
Haycock, se hundió en el silencio, a excepción del quejumbroso gemido
procedente de la habitación de la niña.
—¡Mamá! ¡Tengo hambre! ¡Mamá!
Lucy permaneció despierta durante mucho rato. No
conseguía dormirse mientras continuaba aquel desgraciado murmullo. Teniendo
como fondo aquel extraño sonido, sus pensamientos se detuvieron en la razón de
su estancia en la granja de Mrs. Renner, alejada del camino, en el condado de
Bucks. Todo había comenzado con la desaparición de Cora Kent, la inmediata
superior de Lucy en el departamento de lencería de Munger Brothers. Al final de
su período de vacaciones, Cora no había vuelto al trabajo, y las
investigaciones realizadas sólo pudieron poner de manifiesto el hecho de su
desaparición. Se había marchado al campo en su cupé, llevándose un pequeño
telar y cajas de hilos de colores.
A Lucy le había agradado la señorita Kent como
compañera de trabajo y por eso consintió de mala gana en hacerse cargo de su
responsabilidad. Alguien tenía que asumir la tarea y Lucy era la siguiente. Le
tocaba su período de vacaciones tres semanas después del de la señorita Kent y
ella insistió en disfrutarlas como una preparación parcial para hacerse cargo
de su nuevo trabajo. Decidió recorrer el campo para ver si podía descubrir
alguna clave que explicara la misteriosa desaparición de Cora Kent. Tenía la
sensación de que Cora no se podía haber alejado mucho, así es que estableció su
cuartel general en Doylestown, capital del condado de Bucks, mientras continuaba
la tarea de detective que ella misma se había impuesto.
Encontró una pista en la región de Haycock, en las
afueras de Quakertown, donde había numerosas granjas aisladas. En el museo de
Doylestown se enteró de los nombres de los tejedores de la comarca y, después,
sus preguntas la llevaron a la granja de Mrs. Renner. Al tercer día de su
período de vacaciones, Lucy llegó a un acuerdo con Mrs. Renner para pasar una
semana en su granja, con pensión completa, y recibir lecciones con el propósito
de aprender a tejer. En la habitación del piso superior que daba a la fachada y
que iba a ser la suya, Lucy lanzó una exclamación de entusiasmo al ver la
colcha que cubría la vieja cama, los tapetes que había en el lavabo, y el
antiguo escritorio con sus altas estanterías y cajones a ambos lados del
elevado espejo. La atención de Lucy se dirigió hacía un sillón tapizado con un
material que, según Mrs. Renner, había sido tejido por ella misma, pero, por
encima de todo, se sintió atraída por el antimacasar prendido con un alfiler en
el respaldo del sillón. Mrs. Renner dijo con una cierta inquietud que aquello
no lo había tejido ella misma, y su mirada evitó rápidamente los ojos
escrutadores de Lucy. Propuso comprárselo e inmediatamente Mrs. Renner
desprendió el alfiler y dijo secamente:
—Tómelo. Nunca me gustó. Me agrada esta oportunidad
de desprenderme de él.
Cuando Lucy regresó a Doylestown para recoger sus
pertenencias, escribió una breve nota dirigida a la madre de Stan y le incluyó
el antimacasar. Dio también a su futura suegra la dirección de Mrs. Renner.
Lucy sabía que la madre de Stan, con la que mantenía excelentes relaciones,
quedaría encantada con aquel tejido antiguo, y estaba segura de que se lo
enseñaría a Stan cuando viniera a casa a pasar con ella el fin de semana,
después de terminar las clases semanales de sus ya avanzados estudios de
medicina.
El antimacasar no tenía un aspecto tan estrafalario
como le había parecido al principio. Era una bonita obra de artesanía, aun
cuando el dibujo central había sido hecho de cualquier modo. Los bloques
decorativos de las esquinas y de las partes central superior e inferior no
estaban tan pobremente diseñadas, y las marcas irregulares que cruzaban el
centro eran divertidas; parecían una especie de símbolos antiguos. Mrs. Brunner
quedaría encantada al recibir una pieza de un tejido evidentemente original.
Lucy se prometió a sí misma descubrir quién había confeccionado aquel tejido,
una vez contara con la confianza de la patrona.
Preguntó directamente a Mrs. Renner si Miss Cora
Kent había estado alguna vez en aquel lugar. La patrona la observó de una forma
extraña y negó haber escuchado siquiera aquel nombre. El viernes por la mañana,
su segundo día de estancia en la granja Renner, Aaron Gross trajo a Lucy un
paquete de la lavandería de Doylestown, donde ella había dejado ropa a lavar.
El hombre actuó con tanta desconfianza y temor que Lucy quedó extrañada. Cuando
ella deshizo el paquete y apartó la envoltura, él la cogió y la arrugó como si
temiera que alguien se diera cuenta de que ella había dado su dirección antes
de acudir a la granja. Lucy contó las pequeñas piezas; había once en lugar de
diez. Había un pañuelo que no le pertenecía y que tenía bordadas unas
iniciales. Fue entonces cuando Lucy recibió el primer impacto de una siniestra
intuición. El pañuelo llevaba las iniciales «C. K.». Cora Kent tenía que
haberlo dejado en alguna parte, por aquel vecindario.
También había una nota de la lavandería, escrita a
lápiz. El pañuelo había sido enviado equivocadamente a otro cliente y se
devolvía ahora, pidiendo disculpas, a la dirección de su propietaria. Aquello
significaba que Cora Kent había estado en la granja Renner. Mrs. Renner había
mentido deliberadamente al decir que nunca escuchó aquel nombre.
Lucy levantó la mirada al oír el sonido de una blusa
almidonada. Se encontró con Mrs. Renner, que miraba fijamente el pañuelo de
Cora, con las cejas fruncidas, los labios apretados, y sus ojos negros casi
cerrados. Mrs. Renner no dijo nada: sólo se quedó mirando fijamente. Después, de
repente, se volvió de espaldas y entró en la casa. Lucy se sintió alterada sin
saber exactamente por qué, pues la deliberada mentira de Mrs. Renner era, en sí
misma, un misterio.
Esta sólo era una de las pequeñas cosas que
empezaron a preocuparla, como, por ejemplo, la puerta cerrada con llave de la
habitación donde estaba confinada Kathy Renner. Mrs. Renner le había dicho en
un tono definitivo que no deseaba que nadie molestara a Kathy excitándola, pues
podía sufrir un ataque al corazón a causa de sus fiebres reumáticas. Al
parecer, Kathy se pasaba el día durmiendo, pues a Lucy se le pidió que no
hiciera ruido en la casa durante el día. Por la noche, el ruido no molestaba a
la pequeña niña enferma ya que, de todos modos, se mantenía despierta.
Ahora, Lucy estaba sentada en la cama, escuchando
las llorosas quejas de la niña. ¿Por qué la madre de Kathy no daba algo de
comer a la pobre niña? El morirse de hambre no estaba incluido en ningún
régimen contra las fiebres reumáticas. Se escuchó el débil sonido de una puerta
abriéndose y los lamentos disminuyeron. Después, Lucy se acostó, deslizándose
cómodamente en la cama, dispuesta a dormir, con la sensación de que ya se
habían atendido las necesidades de Kathy.
Las enigmáticas observaciones de Mrs. Renner y la malhumorada
desaprobación de Aaron sobre el comportamiento de su patrona, refiriéndose a
alguna otra ocasión anterior, se fueron desvaneciendo con el sueño en la aún
activa mente de Lucy. No fue hasta la tarde del día siguiente cuando, al entrar
en su habitación para coger las tijeras que podría necesitar en su aprendizaje
con el telar, se dio cuenta, recordando repentinamente las palabras de su
patrona murmuradas la noche anterior, de que el jarrón de madreselvas brillaba
por su ausencia. Se preguntó inútilmente qué relación podría existir entre los
lamentos de hambre de Kathy y las madreselvas. E, incluso, con ella misma.
Con la vaga idea de obstaculizar el propósito de
Mrs. Renner, insinuado la noche del viernes a Aaron, Lucy se las arregló para
arrancar varías ramas de lilas y de madreselvas, asomándose por la ventana
abierta, evitando astutamente el tener que llevarlas a través de toda la casa.
Las colocó en el pesado vaso de gres para los dientes que se encontraba en el
anaquel del lavabo. Lucy pensó maliciosamente que, para quitar aquellas flores,
Mrs. Renner tendría que ponerse al descubierto y explicarle qué razones tenía
para llevárselas.
La patrona había limpiado una mesa en la gran sala
de estar del piso bajo, donde el elevado telar de Mrs. Renner ocupaba mucho
espacio, y había dejado sobre ella un pequeño telar de unos treinta y cinco
centímetros de anchura. Lucy lo examinó con interés, pues reconoció
inmediatamente uno de los modelos vendidos en la tienda donde trabajaba. No le
dijo nada de esto, pero miró con desconfianza a Mrs. Renner cuando la mujer le
explicó que se trataba de una máquina muy antigua que le había dado hacía años
una antigua estudiante que ya no la necesitaba. Había una urdimbre blanca de
hilo en punto de cruz, para realizar un bordado sencillo, explicó Mrs. Renner.
—¿Qué clase de bordado puede hacerse en punto de
cruz? —preguntó Lucy, pensando en el antimacasar que había enviado a la madre
de Stan; la pieza con la pequeña mano atravesada sobre figuras bordadas en
ella.
—Toda clase de bordados —contestó Mrs. Renner—. Con
punto de cruz se puede hacer casi todo. La mayor parte se trata de trabajo
hecho a mano —manipuló las palancas ilustrando lo que decía a medida que
hablaba—. Será mejor que, al principio, haga usted bordados sencillos. El
trabajo hecho a mano no resulta tan fácil y ocupa mucho más tiempo.
—El antimacasar que me dio es trabajo hecho a mano,
¿verdad? —probó a preguntar Lucy.
Mrs. Renner le lanzó una mirada extrañamente velada.
—Mañana podrá usted bordar una toalla blanca de
algodón con orillas de colores —dijo bruscamente—. No vale la pena empezar esta
noche. Es un trabajo difícil con las lámparas de queroseno.
Lucy dijo que apenas si podía esperar. Le parecía
increíble estar a punto de confeccionar los bordados de una toalla con sus
propias manos y dentro de los breves límites de un mismo día. De todos modos,
se dirigió a su habitación bastante temprano y, tal y como había hecho desde el
principio, cerró la puerta con llave, una costumbre adquirida en las pensiones
de la ciudad donde había vivido. Se agitó en su profundo sueño y se despertó
ante el sonido del pomo de la puerta, que giró cautelosamente; después, pudo
escuchar unos débiles pasos que se retiraban y el gemido de la pequeña niña
enferma, quejándose:
—¡Mamá, tengo hambre!
Le pareció escucharlo tan cerca que, por un momento,
casi creyó que la niña se encontraba muy cerca de su puerta cerrada con llave.
Creyó oír decir a la niña:
—¡Mamá, no puedo entrar! ¡No puedo entrar!
A la mañana siguiente, Mrs. Renner no se encontraba
evidentemente muy bien. Sus ojos estaban rodeados por círculos oscuros y
llevaba un pañuelo algo suelto y atado alrededor de su cuello, aunque el calor
sofocante del día parecía suficiente como para haberle hecho renunciar a
cualquier artículo de ropa superflua. Cuando Lucy se sentó ante el telar, ella
le enseñó a cambiar los hilos, y preparó la lanzadera para efectuar un tejido
sencillo; después, la dejó allí trabajando y se dirigió al piso superior para
arreglar la habitación de su huésped. Cuando bajó, momentos después, se dirigió
directamente hacia Lucy, con una expresión ceñuda en el rostro y los labios
duramente apretados.
—¿Puso usted esas flores en su habitación?
—preguntó.
Lucy dejó el trabajo y volvió el rostro hacia Mrs.
Renner, fingiendo sorpresa, pero su intuición le dijo que en aquella pregunta
se escondía mucho más de lo que aparecía en la superficie.
—Me gustan mucho las flores —murmuró, con
desaprobación.
—No son buenas en una habitación por la noche
—espetó Mrs. Renner—. No son saludables por la noche. Esa es la razón por la
que saqué las otras. No quiero que haya flores en mis dormitorios por la noche.
El tono de su voz era el de una orden y el
resentimiento natural de Lucy, así como su ahora excitada curiosidad, le
hicieron mostrarse rebelde.
—No tengo ningún miedo a tener flores en mi
habitación por la noche, Mrs. Renner —insistió con tozudez.
—Bueno, yo no las quiero —dijo la patrona con un
tono de voz y una actitud airados.
Lucy elevó las cejas.
—No veo ninguna buena razón para discutir por unas
pocas flores, Mrs. Renner.
—He tirado esas flores, señorita. Y no necesita
traer más, porque haré lo mismo con ellas. Si quiere usted permanecer en mi
casa, tendrá que pasárselas sin flores en su dormitorio.
—Si lo plantea de esa forma, desde luego que no
llevaré flores a mi dormitorio. Pero, con franqueza, debo decirle que eso de
que no sean saludables me parece algo tonto.
Mrs. Renner avanzó con paso decidido. Parecía
sentirse satisfecha ante la afirmación de su autoridad como dueña de la casa.
El resto del domingo se pasó iniciando a Lucy en las intrincadas tareas del
bordado decorativo con punto de cruz, hasta el punto de que cuando llegó la
noche, Lucy ya había terminado una pequeña toalla de algodón blanco, con bordes
en color.
Aquella noche, Lucy se quedó medio dormida en la
hamaca. El aire fresco del campo y el abundante suministro de buena comida
campestre se combinaron para llevar una rápida pesadez a sus párpados. Se
despertó cuando un pequeño perro callejero, al que había visto de vez en cuando
salir y entrar en el establo de la granja Renner, comenzó a ladrar furiosamente
alrededor de las raíces de unos arbustos cercanos, poniendo finalmente al
descubierto un pequeño frasco azul casi lleno de pastillas blancas. Apartó al
perro y recogió el frasco, mirándolo curiosamente. Un escalofrío de recelo
recorrió su cuerpo.
Había visto un frasco igual en la mesa del despacho
de Cora Kent, y Cora le había comentado algo en el sentido de que el ajo era
bueno para las personas inclinadas a la tuberculosis. Lucy desenroscó la tapa
del frasco y olió su contenido. El olor era inconfundible. Deslizó rápidamente
el frasco en el interior de su blusa. Ahora, no tenía la menor duda de que Cora
Kent había estado allí antes que ella, como huésped de la casa Renner. Ahora
sabía que el pequeño telar debía ser el de Cora. Otra prueba muda era el
pañuelo con las iniciales.
Lucy subió a su habitación y volvió a cerrar la
puerta con llave. Como una medida adicional de precaución, deslizó el respaldo
de una silla bajo el pomo de la puerta. Por primera vez desde que llegó allí,
empezó a sentir cierta amenaza sobre su propia seguridad. Sus pensamientos se
dirigieron hacia las flores que Mrs. Renner había apartado de la ventana. ¿Por
qué aquella mujer había adoptado una posición tan dura en esa cuestión? ¿Por
qué le había dicho al viejo Aaron que iba a «sacar las madreselvas»? ¿Qué había
en las madreselvas que impulsara a Mrs. Renner a quitarlas de la habitación de
su huésped, como sí aquello tuviera algo que ver con las quejas de Kathy
Renner: «¡Mamá, tengo hambre!»?
Lucy no podía situar en su lugar correcto todas las
piezas del rompecabezas. Pero la expresa mención de las madreselvas le hizo
tomar la decisión de arrancar algunas más de la parra que subía por la pared de
la ventana. Si Mrs. Renner no las quería en la habitación. Lucy estaba decidida
a tenerlas allí. Abrió lentamente la ventana y se asomó al exterior. Quedó
paralizada. Todos los brotes de madreselvas que se encontraban al alcance de la
mano habían, sido violentamente arrancados y arrojados al suelo, bajo la
ventana. Alguien había previsto ya su reacción. Volvió a cerrar la ventana y se
sentó en el borde de la cama, extrañada e inquieta. Si Mrs. Renner abrigaba
inicuos propósitos misteriosamente relacionados con la ausencia de madreselvas,
Lucy sabía que no podría enfrentarse adecuadamente a la situación que pudiera
plantearse.
Podría haber sido muy divertido a plena luz del día.
Podría haberse dirigido hacia el cobertizo donde estaba aparcado su coche. Aun
cuando «ellos» hubieran averiado el vehículo, Lucy suponía que siempre podría
andar o echar a correr hasta alcanzar la carretera principal, por donde, sin
duda alguna, pasarían camiones y coches; pero no era ésa la situación, en la
aislada granja Renner, oculta detrás de colinas pobladas de espesos bosques.
Se dijo a sí misma que se estaba comportando como
una boba demasiado imaginativa, estúpida y supersticiosa. ¿Qué tendrían que ver
las madreselvas con su propia seguridad personal? Se preparó para meterse en la
cama y apagó con decisión la lámpara de queroseno. Se sintió invadida por el
cansancio y no tardó en caer en un profundo sueño. No escuchó, pues, el
sibilante murmullo de Mrs. Renner:
—¡Shhh...! ¡Kathy! Puedes venir ahora, Kathy. Está
dormida. Mamá ha sacado las madreselvas. Ya puedes entrar. ¡Shhh...!
Tampoco escuchó la quejumbrosa protesta del viejo
Aaron:
—No puede hacer eso, señora. Déjeme que coja la
estaca. Será mucho mejor de ese modo, señora.
Ningún sonido llegó hasta Lucv, profundamente
dormida en su habitación cerrada con llave. Sus sueños eran extraordinariamente
reales v cuando finalmente se despertó, en la mañana del lunes, se encontró
lánguidamente echada en la cama, recordando el último sueño en el que una niña
vestida de blanco se había acercado tímidamente a su cama, deslizándose junto a
ella hasta que sus propios brazos rodearon a la pequeña y tímida intrusa. La
niña acercó sus pequeños y cálidos labios a su cuello, en lo que Lucy creyó ser
un beso, un beso como Lucy no había experimentado jamás en su vida. Sintió una
punzada cruel. Pero cuando se disponía a protestar por la falta de cuidado de
la niña, su mente y sus músculos se vieron invadidos por una completa
relajación, como si todo su ser la estuviera abandonando para salir al
encuentro de aquellos labios infantiles que se adherían con tanta fuerza a su
cuello. Fue un sueño muy inquietante y su recuerdo dejó en ella una mezcla de
antipatía y fascinación.
Lucy sabía que ya era hora de levantarse. Se sentó
en la cama. Se sentía cansada, casi débil y, de algún modo, con muy pocos
ánimos para realizar el más mínimo esfuerzo físico. Era como si algo la hubiera
abandonado, pensó, exhausta. Elevó involuntariamente una mano, llevándosela al
cuello. Sus dedos notaron una pequeña protuberancia, como dos pequeños
pinchazos, allí donde la niña de su sueño la había besado de un modo tan
extraño e intenso. Lucy se levantó de la cama y se dirigió hacia el espejo. Vio
con toda claridad aquellas dos marcas en su cuello, como si un gran escarabajo
hubiera cortado la carne delicada con sus agudas mandíbulas. A la vista de
aquellos enrojecidos pinchazos, lanzó un débil grito.
Ahora estaba convencida de que algo andaba mal.
También estaba segura de que ese algo tenía que ver con ella. Era incapaz de
analizar con precisión la naturaleza de lo que andaba mal, pero sabía que
existía algo perjudicial en la misma atmósfera de la granja Renner. Se sintió
invadida por un terror irracional. ¿Podría llegar hasta su coche y escapar? ¿Escapar...?
Se quedó mirando fijamente el cuello, reflejado en el espejo, tocándose con
suavidad las marcas rojas. No podía dar ninguna coherencia a sus pensamientos y
se encontró con que únicamente estaba pensando en una cosa: en huir. En
realidad, no podía expresar con palabras de qué tenía que huir, pero sabía que
debía abandonar la granja Renner lo antes posible; y aquella necesidad se fue
convirtiendo en una convicción cada vez más fuerte a cada momento que pasaba.
En su mente sólo aparecía con toda claridad un pensamiento inquietante e
incontrovertible: Cora Kent había visitado la granja Renner y nadie la había
visto desde entonces.
Lucy se vistió con precipitación y se las arregló
para salir de la casa sin encontrarse con su patrona. Halló su automóvil donde
lo había dejado, en el cobertizo situado en la parte trasera del establo.
Parecía estar bien, pero cuando se acercó descubrió con desmayo que tenía dos
pinchazos. Como era normal, sólo disponía de una rueda de recambio. Y ni
siquiera sabía cómo sacar o colocar aquella rueda de recambio, y mucho menos
reparar la segunda rueda pinchada. Le sería imposible alejarse en su automóvil
de la granja Renner. Se quedó mirando fijamente el inútil vehículo, con
desánimo.
La voz aguda de Aaron Gross llegó suavemente a sus
oídos. Se volvió, para enfrentarse a él con una mirada acusadora.
—¿Qué le ha pasado a mi coche? ¿Quién...?
—No puede usted utilizarlo ahora mismo, señorita,
con esos dos pinchazos —dijo Aaron, con su tono quejumbroso—. ¿Quiere que lleve
las ruedas a un garaje para que se las arreglen?
—Eso sería estupendo —contestó con alivio—. Pero no
sé cómo sacarlas.
—Yo tampoco, señorita. No sé nada de máquinas.
La impaciencia y el recelo se mezclaron en la voz de
la joven. Abrió el portaequipajes y comenzó a sacar las herramientas.
—Creo que podré elevar el coche, Aaron. Nunca lo he
hecho hasta ahora, pero quiero disponer del coche para ir a la ciudad. De
compras —añadió rápidamente, tratando de sonreír con despreocupación.
Aaron no hizo ningún comentario. Permaneció en un
extremo del cobertizo, observándola, mientras ella trataba de colocar el gato y
empezaba después a elevar el coche del suelo.
—Necesitaré una caja para mantener elevada esta
parte cuando coloque el gato debajo de la otra rueda —sugirió.
Aaron se marchó.
Lucy consiguió desprender el tapacubos, pero, a
pesar de sus frenéticos intentos con las tuercas y los pernos, no consiguió
mover nada. Se detuvo llena de desesperación, en espera de que Aaron represara
con la caja. Pensó que podría convencerle para que fuera a buscar un mecánico a
la ciudad. Respirando con dificultad y despeinada, salió del cobertizo para
buscarle. Al salir, Mrs. Renner apareció ante ella, con los ojos casi cerrados
y los labios contraídos en una mueca.
—¿Hay algo que ande mal? —preguntó Mrs. Renner, mientras
con sus dos gruesas manos acariciaba suavemente el delantal azul que cubría sus
anchas caderas.
—Mi coche tiene dos pinchazos. No puedo comprender
cómo ha ocurrido —dijo Lucy.
El rostro de Mrs. Renner permaneció impasible. Más
que preguntar, afirmó:
—No necesita ir a la ciudad. Aaron puede hacer sus
recados.
—¡Oh! Pero yo quiero ir a la ciudad —insistió Lucy
con vehemencia.
—No necesita su coche hasta que no se marche de aquí
—dijo Mrs. Renner con frialdad.
Observó a Lucy con un rostro impasible, después, le
volvió la espalda y se dirigió hacia la casa sin pronunciar ninguna otra
palabra.
—¡Mrs. Renner! —llamó Lucy—. ¡Mrs. Renner! Quisiera
que Aaron llevara las dos ruedas a la ciudad para que las reparen, pero no
puedo sacarlas.
Mrs. Renner siguió su camino y desapareció en el
interior de la casa sin volverse, y sin dar la menor señal de haber escuchado
sus palabras.
Desde el interior del establo le llegó la voz
quejumbrosa y precavida de Aaron:
—Señorita, ¿quiere que le pida al mecánico que
venga?
—¡Oh, Aaron! Eso sería maravilloso. Podría pagarle
bien... a él y a usted. Dígale que yo sola no puedo sacar esas dos ruedas.
Con eso sería suficiente, se dijo a sí misma. Una
vez que el mecánico estuviera allí, bajaría su maleta y se las arreglaría para
marcharse con él a la ciudad y para que alguien fuera a recoger su coche en
cuanto las ruedas estuvieran reparadas. Quería marcharse de allí antes de que
cayera la noche. Mientras Aaron permanecía fuera, trabajaría en el telar que,
ahora estaba convencida, había pertenecido a Cora Kent. Así no despertaría las
sospechas de Mrs. Renner.
Regresó a la casa andando lentamente. Se sintió
contenta al comprobar que Mrs. Renner estaba arriba arreglando el dormitorio;
podía escuchar sus pasos cuando caminaba de un lado a otro de la gran cama.
Lucy se sentó ante el telar y comenzó a probar con un hilo de color, para ver
si podía hacer una cenefa ornamental como la del antimacasar que enviara a la
madre de Stan. No era tan difícil como había imaginado, y avanzó mucho más
rápidamente de lo que había pensado; era casi como si otros dedos estuvieran
colocando el hilo en su lugar, en vez de los suyos. Comenzó a confeccionar la
cenefa con una creciente excitación. Los hilos sueltos de las esquinas parecían
serpientes enroscadas que se elevaban sobre sus colas, y el del centro era como
una serpiente con la cola en la boca. Pasó el tiempo. El bordado avanzaba, y
ella tenía casi la impresión de que sus dedos eran guiados.
—¡Cómo! —dijo de pronto en voz alta, extrañada ante
lo que había bordado en tan corto espacio de tiempo—. ¡Si parece un S-O-S!
—¿De veras? —siseó entonces Mrs. Renner
significativamente.
Estaba justo detrás de Lucy, mirando fijamente los
símbolos bordados con sus ojos casi cerrados y la boca contraída en una mueca.
Cogió las tijeras que estaban sobre la mesa y cortó el bordado de través con
deliberada intención. Al cabo de un instante, la obra de Lucy había quedado
destruida sin remedio.
—¡Así! —exclamó Mrs. Renner con oscura decisión.
Las manos de Lucy se elevaron hacia su boca para
ahogar un horrorizado grito de protesta. Por un momento, no pudo expresar
ninguna palabra. El significado de aquella acción resultó demasiado claro para
ella. De repente se dio cuenta de quién había tejido el antimacasar. Sabía por
qué se habían elegido las serpientes adaptables como motivo de decoración. Miró
a Mrs. Renner, reflejando en su asombrado rostro todas aquellas ideas y se
dispuso a enfrentarse con ella, con todo el coraje y la fortaleza de propósito
que pudo encontrar en sí misma.
—¿Qué le sucedió a Cora Kent? —preguntó a bocajarro,
elevando la cabeza, con los ojos muy abiertos y llenos de horror—. Estuvo aquí.
Sé que estuvo aquí. ¿Qué le hizo usted? —y como si las palabras hubieran
surgido de repente en su mente, preguntó—: ¿Sacó usted las madreselvas de su
habitación?
Asombrosamente, Mrs. Renner pareció desmoronarse.
Empezó a retorcerse las manos, en inútiles gestos de desesperación. Su actitud
de indomable decisión desapareció mientras inclinaba el cuerpo de un lado a
otro, como una autómata.
—No duró mucho tiempo, ¿verdad? —siguió preguntando
Lucy con implacable crueldad, al recordar en el fondo de sus pensamientos la
conversación escuchada.
Mrs. Renner retrocedió dando traspiés y se
desmoronó, encogida, en un sillón.
—¿Cómo sabe eso? —preguntó con voz ronca,
añadiendo—: Yo no sabía que estaba enferma. Tenía que alimentar a Kathy, ¿no es
cierto? Pensé que...
—Pensó que duraría más tiempo, ¿no es así? En
realidad, no quería que Kathy la matara, ¿verdad?
Aaron se encontraba en la puerta de la cocina. En su
mano sostenía una robusta estaca, uno de cuyos extremos terminaba en una punta
aguda. En la otra mano tenía un pesado mazo de madera.
Los ojos de Mrs. Renner se fijaron rápidamente en la
estaca. Lanzó un grito, débil.
Aaron se introdujo en la cocina y Lucy escuchó sus
pasos, subiendo las escaleras.
Mrs. Renner estaba gimoteando y gritaba
frenéticamente:
—¡No! ¡No!
Parecía sentirse totalmente desprovista de fortaleza
física, incapaz de levantarse del sillón en el que se había hundido su cuerpo.
Continuó gritando lastimosamente, protestando por algo que las vertiginosas
conjeturas de Lucy no podían convertir en pensamientos tangibles.
En el piso de arriba se abrió una puerta. Los pasos
de Aaron se detuvieron. Durante un largo y terrible momento, se hizo el más
absoluto silencio. Hasta Mrs. Renner dejó de gritar. Era como si la casa y todo
lo que hubiera en ella estuvieran esperando un acontecimiento irrevocable.
Después, sobre el mar de silencio, se extendió un
largo y penetrante grito de atormentada agonía. El grito murió en amplias
oleadas, absorbido poco a poco por la profunda quietud, como si el silencio
hubiera terminado por apoderarse de él.
Mrs. Renner se deslizo hacia el suelo, inconsciente.
Mientras su cuerpo caía del sillón, sólo pronunció una palabra:
—¡Kathy!
Sus labios se apartaron ligeramente para permitir
que escapara el sonido.
Lucy permaneció junto al telar, sin moverse, frente
a su obra destrozada. Era como si se sintiera incapaz de iniciar la escena
siguiente del drama, viéndose obligada a esperar su llegada. Surgió con un
sonido de ruedas y de frenos y una voz que pronunciaba su nombre repetidas
veces.
—¡Lucy! ¡Lucy!
¡Cómo! Era Stan. ¿Cómo era que Stan había llegado
hasta allí? ¿Cómo es que ahora sus brazos la rodeaban en un gesto de
protección? Fue entonces, cuando Lucy encontró su propia voz.
—Aaron ha matado a Kathy con una estaca afilada y un
mazo —dijo, sintiéndose enferma.
La voz de Stan parecía llena de una serenidad
tranquilizadora.
—Aaron no ha matado a Kahy. Kathy estaba muerta
desde hace muchas semanas.
—Imposible —balbució Lucy—. La he estado escuchando,
noche tras noche, pidiendo ser alimentada.
—¿Alimentada, Lucy? Todo lo que Kathy quería era
sangre. Su madre trató de satisfacerla, pero no pudo, de modo que Kathy tomó lo
que Cora Kent pudo darle, y Cora no pudo resistir el esfuerzo
—Mrs. Renner dijo que Cora no resistió mucho...
Stan la apretó contra sí y ella se sintió segura
entre los brazos fuertes y protectores del hombre.
—Lucy, ¿hizo ella...?
Lucy se tocó el cuello. Incomprensiblemente, los
puntos rojos habían desaparecido.
—Creo que se acercó una vez, Stan —dijo con
indecisión—. Pero creí que era un sueño. Ahora, las marcas rojas han
desaparecido.
—Eso se lo puedes agradecer a la acción de Aaron. El
ha sido quien ha terminado con el vampirismo de Kathy.
Stan se inclinó sobre la mujer postrada.
—No es más que un desvanecimiento —dijo.
—¿Y Aaron...?
—Está perfectamente sano y no hará daño a nadie,
Lucy. Lo que ha hecho no será comprendido por las autoridades, pero dudo que
hagan otra cosa que declararle loco, pues cualquier examen demostrará que Kathy
estaba muerta mucho antes de que él introdujera esa estaca puntiaguda en
su corazón.
—¿Cómo lo sabías, Stan?
—Por el antimacasar que le enviaste a mí madre.
—¿Con el S-O-S en el borde? —se aventuró a preguntar
Lucy.
—Así es que también has descubierto eso, ¿eh, Lucy?
¿Sabías que aquella pobre joven bordó símbolos taquigráficos en toda la pieza?
En cuanto me di cuenta de que decían «Vampiro, peligro, muerte, Cora Kent», me
vine para acá, a buscarte.
—¿Qué le ocurrirá ahora a Mrs. Renner?
—Eso es algo difícil de decir. Pero puede ser
acusada de asesinato si es que encuentran el cuerpo de Cora.
Lucy se estremeció.
—Lo más probable es que esté mentalmente enferma,
querido. Probablemente, nunca se dio cuenta de que Kathy estaba muerta. Su
castigo puede que no sea muy severo.
—Vamos, Lucy. Recoge tus cosas. Regresas a la ciudad
conmigo y allí informaremos a las autoridades de lo que ha ocurrido.