
BALU
August Derleth
Una semana después de la muerte de su
padre, Walter fue a vivir con su tía Thea. Era huérfano, pero se sentía igual
que siempre. Naturalmente, le echaba de menos, pero no lo había perdido todo.
Todavía le quedaba Balú, aunque a su tía y
a su primo Harold (que tenía once años, uno más que él) no les gustaba nada
aquel gato negro con los ojos verdes. Sabía, con el instinto peculiar de los
niños, que procurarían forzarle a echar de la casa a Balú.
Valientemente se hizo dueño del cuarto que
1e habían asignado e hizo una plaza para Balú, a pesar de la insistencia de su
tía en que «el gato» estaría mejor en la bodega, donde había ratones.
-Este es un gato especial -le dijo-. Este
es Balú. Papá me lo trajo de Egipto. Balú es como una persona, pero es muy
viejo. Tiene más años que yo; más años que esta casa. Papá dijo que Balú tiene
más años que América.
La tía Thea mostró su desprecio, pero no
dijo nada.
Unos días después llegaron sus maletas,
una llena de ropa y otra de libros y recuerdos de la vida con su padre -su
madre había muerto hacía muchos años. Era rubio y fuerte, en contraste con su
primo Harold, que era muy delgado, y de carácter independiente, porque había
vivido casi solo muchos años en la casa de su padre cuando éste estaba fuera en
sus viajes de exploración.
-Espero que te guste vivir aquí, Walter
-dijo su tía cuando bajó la primera noche para cenar-. Vamos a ayudarte a
olvidar la pérdida de tu padre.
-Gracias, tía -dijo gravemente. Pero no se
dejó engañar. Harold no le quería. Ignoraba cuánto pagaban a su tía por
cuidarle, pero,sabía que era una suma muy elevada. Además, Harold no le quería,
y sabía también que encontraría dificultades con Balú. Pero intentaba
sobrevivir.
Sólo llevaba allí dos días cuando Harold
empezó a atormentarle por «aquel gato».
Lo que le molestaba más de Harold era su aire superior, como si el año que le
llevaba le diera poderes sobre él.
-Mi madre dice que no hay nada de especial
en tu gato -dijo una vez.
-Pues sí, es especial -contestó Walter.
-No lo creo.
-Mi padre le encontró en Egipto. Se lo dio
una sacerdotisa. Una sacerdotisa de Thoth. Balú es una persona especial.
-Un gato no es una persona.
Balú, extendido sobre el escritorio, no
dio importancia a la conversación. Parecía una gran almohada negra al
reflejarse en el espejo. Sus orejas eran como bolsas negras, muy estiradas. Sus
patillas, largas y hermosas. Sus ojos, verdes como jade. Estaba sentado,
mirando friamente hacia el infinito, más allá de las paredes de la habitación.
-Además -continuó Harold con desprecio-,
mi madre dice que tío William era raro.
-¡No es verdad!
-¡Sí, es verdad!
-Mi padre fue un gran explorador. ¿Qué
hacía tu padre?
Harold no pudo contestar. Había perdido
esa batalla.
Balú se levantó y se estiró con gracia
delicada. Bajó y se acercó a Walter restregándose contra él. Estaba claro que
Walter le agradaba. Anduvo con cuidado y desprecio alrededor de Harold.
-No le gustas a Balú.
-Es un sentimiento mutuo.
El segundo ataque de Harold llegó al cabo
de unas semanas. Empezó a decir que los criados tenían miedo a Balú. No habla
más que dos, que eran negros. Era verdad que los negros tenían miedo a Balú;
siempre pasaba así. Walter se acordó de un negro viejo que había trabajado para
su padre. Odiaba al gato y lo esquivaba. Las mujeres eran peores. Les había
oído decir:
-¡Ese gato es un brujo! Balú tiene el
espíritu malo. Espero que se muera. Es viejo, tan viejo como el mundo.
-Melissa y Lou tienen miedo de Balú -dijo
Harold.
-Los negros siempre tienen miedo de Balú
–contestó Walter con desprecio-. ¿Sabes por qué?
-No, dime.
-Porque comprenden a Balú. Papá me dijo
que los negros sienten cosas que nosotros no sentimos. Saben que Balú es viejo
y especial.
-¡Qué tonterías!
-No son tonterías.
-¡Eres un mentiroso!
Walter se enfadó. -¡No miento nunca, no
tengo por qué. Balú es...
-Balú es un gato negro y muy feo
-interrumpió Harold-. Lo deberíamos matar.
-¡No digas esas cosas! ¡Fuera, fuera!
-Walter levantó los puños.
Balú les interrumpió con un extraño sonido
de cólera. Su rabo erizado estaba lleno de amenazas.
-Si me araña, le daré una patada.
-Balú no araña.
-¿Qué hdce, salvo estar sentado?
-Balú caza ratones.
-Pues siempre le das comida cuando estamos
en la mesa -dijo Harold en tono de acusación.
-Creo que esa comida que le doy ya está
muy bien pagada.
-Bueno, pero si el gato no se marcha vamos
a perder a Melíssa y Lou, y mi madre se enfadará muchísimo.
-Balú va donde yo voy -contestó Walter con
firmeza-. Y yo me quedo donde Balú esté.
Balú ronroneó contento, pero no levantó la
cabeza.
La tía Thea se dio cuenta de la animosidad
que existía entre los dos muchachos. Lo sentía, pero no hizo nada para
evitarlo. Esperaba que pasara con el tiempo. Pero era una mujer simple y se
inclinaba siempre por Harold sin darse cuenta. Hablaba con indiferencia de
William Bayle. Decía que sus viajes no valían la pena, que había sido un hombre
muy raro y que no se había preocupado de su hijo.
Todo fue difícil para Walter. Echó de
menos a su padre. Se dio cuenta de que ya no tenía su protección, y de que así
no podría ser independiente. Deseaba que su padre viviera todavía y que todo
volviera a estar como antes.
Un día encontró a Harold maltratando a
Balú. Balú estaba en un rincón y Harold estaba echando libros sobre él, sus
libros. Se lanzó sobre Harold, le golpeó y Harold cayó sobre la cama.
-¡Te matará si vuelves a molestarle!
Harold se levantó. -No le hice daño -dijo
tercamente.
Walter se acercó a Balú y le acarició,
hablándole con dulzura.
-¡Vete de mi cuarto!
-Esta es nuestra casa, no tuya -dijo
Harold, desafiante.
Walter se volvió. -¡Vete!
Harold se aproximó a la puerta y
desapareció.
Walter miró al gato. -¿Te hizo daño, Balú?
Balú parecía entenderle. Le tocó, pero no
sentía dolor alguno. Walter empezó a recoger los libros.
-Le mataré -murmuró.
Después de aquel día no dejaba a Balú
solo; el gato le seguía a todas partes, aunque las negras tenían mucho miedo de
él. Tía Thea se enfadaba. Pero se acordaba del dinero e intentaba aprovecharse
de la situación.
Harold siguió molestando a Walter. Cuando
jugaban al tenis procuraba, por lo menos una vez, tirar la pelota a Balú.
Walter sabía que lo hacía expresamente, pero no podía probar nada; no podía más
que dejar el juego y volver a la casa furioso, por no tener justificación para
pegarle.
Cuando jugaban en la casa, Harold
aprovechaba cualquier oportunidad para pisar el rabo del gato. Pero Balú no se
quejaba nunca, se limitaba a lamerse la parte pisada. Cuando Walter gritaba, su
tía defendía a Harold:
-Fue un accidente -decía una y otra vez.
Pero Walter sabía bien que no era por
accidente. Después, Walter le ignoraba y su primo acudía a su habitación para
hablarle siempre de Balú.
-Melissa tiene tanto miedo del gato, que
hoy ha roto una docena de huevos.
-Ese gato lleva aquí casi tres meses y aún
no ha cazado un solo ratón...
-El gato ha arañado nuestros muebles...
-Mi madre dice que tu padre no estaba en
sus cabales...
Pero al fin recurrió a métodos más
directos. Una tarde, creyendo que Walter estaba en el dentista, entró en su
cuarto con un arma ingeniosa: un tenedor atado a un palo. Cerró con cuidado
puertas y ventanas, y empezó la caza del gato.
Le había hecho dos heridas cuando Walter
llegó.
Walter se lanzó sobre él, pero Harold
mismo se hizo varios arañazos y heridas con su propia arma. Siguiendo su
carácter vengativo, le dijo a su madre que había sido el gato el que se lo
había hecho. Tía Thea insistió con Walter en que debían deshacerse de Balú.
Walter se mantuvo firme, pero no denunció a su primo.
Durante la noche, Batá le despertó.
-¿Qué tienes, Balú?
El gato maulló con un tono insistente. Con
una pata tiró de la sábana y parecía que quería decir: Ven y verás.
Saltó de la cama y quedó en el suelo
esperando que Walter le siguiera. Walter encendió la luz y vio al gato saltar
sobre la librería. En el segundo estante había un libro grande que Balú empujó
con la pata hasta que cayó al suelo. Era uno sobre Egipto, en el que su padre
había escrito unas notas, «EL Libro de los Muertos». Miró a Balú, que
claramente esperaba algo. Pasó de una página a otra mientras Balú le observaba
fijamente. De repente, puso una pata sobre una de las páginas. Sus ojos verdes
se dilataron como dos mares, en los que se movía una procesión extraña de
egipcios antiguos, sacerdotes de Bast, animales con alas, gatos, hombres.
Hombres y gatos del pasado. La imagen cesó.
Walter se inclinó para leer la escritura
de su padre. Lo leyó con cuidado, intentando comprenderlo. Decía algo de
transformar una persona en otra. Todos los detalles estaban allí.
Balú le miró intensamente.
Walter colocó el libro en el estante, se
acostó y soñó. Soñó con el tiempo y el espacio, con pirámides, hombres
antiguos, con cosas que no comprendía, cosas perdidas en el tiempo.
Tres días más tarde invitó a Harold a
jugar en su cuarto.
-¿A qué vamos a jugar?
-A un juego nuevo, juego de
transformación.
-No he jugado a eso.
-Claro que no.
Harold entró en el cuarto y observó los
cambios que Walter había hecho.
-Lo has cambiado todo.
-Sí. Tenía que hacerlo.
-¿Por qué has dibujado estos círculos?
-Son parte del juego.
-Mi madre se enfadará.
-Quédate aquí, Harold, dentro de este
circulo, y Balú tiene que sentarse en el otro. Así.
-¿Sabe el gato jugar a esto?
-Sí sabe. Balú es muy listo, Harold. Es
más listo que tú o yo, más listo que nadie.
-¡Cállate y vamos a jugar!
-Bueno. Yo tengo que ponerme de rodillas
delante de ti y decir unas palabras. Entonces algo sucederá.
-¡Qué tontería!
-¡No, es verdad! ¡Por favor, Harold, te lo
pido! Quédate ahí.
-Como quieras.
Walter confiaba en haber comprendido lo
que había escrito su padre.
Balú estaba sentado en uno de los círculos
pintados con tiza, y Harold en el otro. Harold miró con curiosidad los signos y
jeroglíficos que Walter había copiado del libro.
-¿Qué significan estas cosas?
-Es parte del juego.
-Pero, ¿qué son?
-No lo sé. De verdad, Harold. Es parte del
juego, que debe jugarse así.
-La semana que viene cumpliré doce años.
Ya soy demasiado mayor para estos juegos de niños.
-¡Cállate y escucha!
Leyó las palabras. Las entonó.
Nada sucedió de momento; pero, de pronto,
el gato saltó en el aire, con el pelo erizado. Empezó a escupir y arañar al
aire. La lengua le salía de la boca y empezó a emitir sonidos mitad de animal,
mitad humanos. Pero ninguna palabra pudo oírse.
Walter, asustado, miró a Harold.
No sabía exactamente cómo, pero Harold
había cambiado. Había en sus ojos una nueva luz. Parecían los ojos de Balú.
Harold se puso de rodillas, luego se extendió en el suelo y lamió las manos de
Walter.
Había pasado mucho tiempo. Tía Thea quería
saber lo que estaba ocurriendo en el cuarto de Walter. Desde el piso bajo
preguntó qué hacían. Walter contestó indeciso.
-Estamos aquí, tía Thea.
-¿En dónde?
-En mi habitación.
-¿Está Harold contigo?
-Sí, tía.
-¿Qué está haciendo?
Walter tragó saliva y dijo que Harold
estaba leyendo. No podía decirle que Harold se encontraba en aquellos momentos
en el cuarto ropero cazando ratones. Walter deseó con todos sus fuerzas que las
características de su encarnación anterior desaparecerían pronto. En caso
contrario, tía Thea le haría preguntas que no podría contestar. Sin embargo,
sintió que podría contar con Balú.
En la siguiente carta que tía Thea
escribió al albacea de la fortuna de Willian Bayle no pudo resistir el deseo de
decirle algo sobre el cambio.
«Le agradará mucho saber que los chicos ya
se entienden bien. Es una cosa marevillosa ver tal transformación. Admito que
anteriormente Harold no era muy simpático con Walter, pero ahora le muestra
todo su cariño, y Walter ha adoptado la costumbre rara de llamar a su primo
Balú (el nombre de su gato, que mató un día al encontrarle en un estado
incurable de locura). Otra cosa rara: las criadas negras, que anteriormente
adoraban a Harold, ahora parecen temerle como a la rabia. Pero supongo que son
de esperar estas extrañas reacciones de la gente inculta...»
August Derleth (como
Stephen Grendon): Balú
Historias para no dormir, Vol.II nº3. 1968