
El pacto de amistad
Hans Christian Andersen
No hace
mucho que volvimos de un viajecito, y ya estamos impacientes por emprender otro
más largo. ¿Adónde? Pues a Esparta, a Micenas, a Delfos. Hay cientos de lugares
cuyo solo nombre os alboroza el corazón. Se va a caballo, cuesta arriba, por
entre monte bajo y zarzales; un viajero solitario equivale a toda una caravana.
Él va delante con su «argoyat», una acémila transporta el baúl, la tienda y las
provisiones, y a retaguardia siguen, dándole escolta, una pareja de gendarmes.
Al término de la fatigosa jornada, no le espera una posada ni un lecho mullido;
con frecuencia, la tienda es su único techo, en medio de la grandiosa
naturaleza salvaje. El «argoyat» le prepara la cena: un arroz pilav; miríadas
de mosquitos revolotean en torno a la diminuta tienda; es una noche lamentable,
y mañana el camino cruzará ríos muy hinchados. ¡Tente firme sobre el caballo,
si no quieres que te lleve la corriente!
¿Cuál será la recompensa para tus fatigas? La más sublime, la más rica. La
Naturaleza se manifiesta aquí en toda su grandeza, cada lugar está lleno de
recuerdos históricos, alimento tanto para la vista como para el pensamiento. El
poeta puede cantarlo, y el pintor, reproducirlo en cuadros opulentos; pero el
aroma de la realidad, que penetra en los sentidos del espectador y los impregna
para toda la eternidad, eso no pueden reproducirlo.
En muchos apuntes he tratado de presentar de manera intuitiva un rinconcito de
Atenas y de sus alrededores, y, sin embargo, ¡qué pálido ha sido el cuadro
resultante! ¡Qué poco dice de Grecia, de este triste genio de la belleza, cuya
grandeza y dolor jamás olvidará el forastero!
Aquel pastor solitario de allá en la roca, con el simple relato de una
incidencia de su vida, sabría probablemente, mucho mejor que yo con mis
pinturas, abrirte los ojos a ti, que quieres contemplar la tierra de los
helenos en sus diversos aspectos.
- Dejémosle, pues, la palabra -dice mi Musa-. El pastor de la montaña nos
hablará de una costumbre, una simpática costumbre típica de su país.
Nuestra casa era de barro, y por jambas tenía unas columnas estriadas,
encontradas en el lugar donde se construyó la choza. El tejado bajaba casi
hasta el suelo, y hoy era negruzco y feo, pero cuando lo colocaron esta a
formado por un tejido de florida adelfa y frescas ramas de laurel, traídas de
las montañas. En torno a la casa apenas quedaba espacio; las peñas formaban
paredes cortadas a pico, de un color negro y liso, y en lo más alto de ellas
colgaban con frecuencia jirones de nubes semejantes a blancas figuras
vivientes. Nunca oí allí el canto de un pájaro, nunca vi bailar a los hombres
al son de la gaita; pero en los viejos tiempos, este lugar era sagrado, y hasta
su nombre lo recuerda, pues se llama Delfos. Los montes hoscos y tenebrosos
aparecían cubiertos de nieve; el más alto, aquel de cuya cumbre tardaba más en
apagarse el sol poniente, era el Parnaso; el torrente que corría junto a
nuestra casa bajaba de él, y antaño había sido sagrado también. Hoy, el asno
enturbia sus aguas con sus patas, pero la corriente sigue impetuosa y pronto
recobra su limpidez. ¡Cómo recuerdo aquel lugar y su santa y profunda soledad!
En el centro de la choza encendían fuego, y en su rescoldo, cuando sólo quedaba
un espeso montón de cenizas ardientes, cocían el pan. Cuando la nieve se
apilaba en torno a la casuca hasta casi ocultarla, mi madre parecía más feliz
que nunca; me cogía la cabeza entre las manos, me besaba en la frente y cantaba
canciones que nunca le oyera en otras ocasiones, pues los turcos, nuestros
amos, no las toleraban. Cantaba:
«En la cumbre del Olimpo, en el bajo bosque de pinos, estaba un viejo ciervo
con los ojos llenos de lágrimas; lloraba lágrimas rojas, sí, y hasta verdes y
azul celeste: Pasó entonces un corzo:
- ¿Qué tienes, que así lloras lágrimas rojas, verdes y azuladas? - El turco ha
venido a nuestra ciudad, cazando con perros salvajes, toda una jauría.
- ¡Los echaré de las islas -dijo el corzo-, los echaré de las islas al mar
profundo!-. Pero antes de ponerse el sol el corzo estaba muerto; antes de que
cerrara la noche, el ciervo había sido cazado y muerto».
Y cuando mi madre cantaba así, se le humedecían los ojos, y de sus largas
pestañas colgaba una lágrima; pero ella la ocultaba y volvía el pan negro en la
ceniza. Yo entonces, apretando el puño, decía: -¡Mataremos a los turcos!-. Mas
ella repetía las palabras de la canción: «- ¡Los echaré de las islas al mar
profundo! -. Pero antes de ponerse el sol, el corzo estaba muerto; antes de que
cerrara la noche, el ciervo había sido cazado y muerto».
Llevábamos varios días, con sus noches, solos en la choza, cuando llegó mi
padre; yo sabía que iba a traerme conchas del Golfo de Lepanto, o tal vez un
cuchillo, afilado y reluciente. Pero esta vez nos trajo una criaturita, una
niña desnuda, bajo su pelliza. Iba envuelta en una piel, y al depositarla,
desnuda, sobre el regazo de mi madre, vimos que todo lo que llevaba consigo
eran tres monedas de plata atadas en el negro cabello. Mi padre dijo que los
turcos habían dado muerte a los padres de la pequeña; tantas y tantas cosas nos
contó, que durante toda la noche estuve soñando con ello. Mi padre venía
también herido; mi madre le vendó el brazo, pues la herida era profunda, y la
gruesa pelliza estaba tiesa de la sangre coagulada. La chiquilla sería mi
hermana, ¡qué hermosa era! Los ojos de mi madre no tenían más dulzura que los
suyos. Anastasia -así la llamaban- sería mi hermana, pues su padre la había
confiado al mío, de acuerdo con la antigua costumbre que seguíamos observando.
De jóvenes habían trabado un pacto de fraternidad, eligiendo a la doncella más
hermosa y virtuosa de toda la comarca para tomar el juramento. Muy a menudo oía
yo hablar de aquella hermosa y rara costumbre.
Y, así, la pequeña se convirtió en mi hermana. La sentaba sobre mis rodillas,
le traía flores y plumas de las aves montaraces, bebíamos juntos de las aguas
del Parnaso, y juntos dormíamos bajo el tejado de laurel de la choza, mientras
mi madre seguía cantando, invierno tras invierno, su canción de las lágrimas
rojas, verdes y azuladas. Pero yo no comprendía aún que era mi propio pueblo,
cuyas innúmeras cuitas se reflejaban en aquellas lágrimas.
Un día vinieron tres hombres; eran francos y vestían de modo distinto a
nosotros. Llevaban sus camas y tiendas cargadas en caballerías, y los
acompañaban más de veinte turcos, armados con sables y fusiles, pues los
extranjeros eran amigos del bajá e iban provistos de cartas de introducción.
Venían con el solo objeto de visitar nuestras montañas, escalar el Parnaso por
entre la nieve y las nubes, y contemplar las extrañas rocas negras y escarpadas
que rodeaban nuestra choza. No cabían en ella, aparte que no podían soportar el
humo que, deslizándose por debajo del techo, salía por la baja puerta; por eso
levantaron sus tiendas en el reducido espacio que quedaba al lado de la casuca,
y asaron corderos y aves, y bebieron vino dulce y fuerte; pero los turcos no
podían probarlo.
Al proseguir su camino, yo los acompañé un trecho con mi hermanita Anastasia a
la espalda, envuelta en una piel de cabra. Uno de aquellos señores francos me
colocó delante de una roca y me dibujó junto con la niña, tan bien, que
parecíamos vivos y como si fuésemos una sola persona. Nunca había yo pensado en
ello, y, sin embargo, Anastasia y yo éramos uno solo, pues ella se pasaba la
vida sentada en mis rodillas o colgada de mi espalda, y cuando yo soñaba,
siempre figuraba ella en mis sueños.
Fin.