Por qué los monos no hablan
narrados
a los niños por H. C. Granch
Ed.
Molino, Barcelona - 1944

En
aquellos tiempos remotos en que los animales hablaban, los monos convivían en
las aldeas con los hombres y con ellos conversaban.
Pero
sucedió un día que los mortales humanos celebraban una gran fiesta; por espacio
de una semana tocaron, durante el día, el tam-tam, y bailaban y bebían sin
cesar en las noches.
A
raudales corría el vino de palma, porque el jefe de la aldea había ordenado
poner doscientas tinajas llenas de tan confortable vino en la plaza pública del
pueblo.
Todo
el mundo había bebido hasta saciarse, pero él, como correspondía a tan poderoso
jefe, había bebido mucho más que los otros. Por esto, al despuntar el día,
tembláronle las piernas como dos tiernas palmeras, sus ojos distinguían las
cosas confusamente y su corazón sentíase inundado en un mar de felicidad.
Sus
mujeres le llevaron cuidadosamente al palacio, pero él se negó a quedarse allí
y, saliendo de nuevo, encaminóse hacia la aldea de los monos.
Cuando
llegó, los monos, riendo y saltando a cual más, se apretujaron a su alrededor;
ya uno le daba un tirón al taparrabos, ya otro le arrebataba el gorro; éste le
sacaba la lengua, aquél le volvía la espalda o le hacía un gesto desvergonzado
de burla. Y así la diversión era mayúscula, siendo el rey el hazmerreír de
todos los monos.
El
jefe, ya entrado en años, se irritó sobremanera al observar la irrespetuosa
conducta de los monos y, montando en cólera, fue a quejarse ante el dios Nzamé.
Éste
escuchó atentamente la queja del jefe de los hombres y, queriendo hacer rápida
y ejemplar justicia, llamó al jefe de los monos.
Una
vez el jefe de los monos estuvo en su presencia, Nzamé le preguntó muy
enfadado:
-
Dime por qué tu gente ha insultado de modo tan grosero a tu padre, el jefe de
los hombres.
El
jefe de los monos no supo qué contestar.
Entonces
Nzamé dijo con acento severo:
-
Desde hoy en adelante, tú y tus hijos serviréis a los hombres, y ellos os
castigarán. Así, desde ahora mismo quedáis sometidos a su autoridad.
El
jefe de los hombres y el jefe de los monos se marcharon.
Pero
cuando el primero ordenó al segundo que fuese a trabajar, el jefe de los monos,
a pesar de las órdenes recibidas, contestó con la mayor insolencia:
-
¡Estás soñando! ¿A mí hacerme trabajar? Vamos, que no estás bien de la cabeza.
El
jefe de los hombres no insistió. Llegó a la aldea, se acostó y así que hubo
descansado, maduró un plan para vengarse de los desvergonzados monos.
En
cuanto llegó la fiesta siguiente, ordenó colocar en el centro de la plaza de la
aldea centenares de tinajas, llenas de rico vino de palma.
Pero
en el vino había mandado echar la hierba que hace dormir.
Advirtió
a los suyos que no bebieran de otras tinajas que de aquellas que ostentaban una
señal determinada; luego invitó a los monos a la fiesta.
Los
simios no podían rehusar honor tan señalado y, en consecuencia, fueron a
divertirse y a beber de lo lindo.
Pero,
¡ay!, en cuanto hubieron bebido, todos sintieron invencibles deseos de dormir.
Y
quedaron los monos sumidos en un profundo sueño, y el jefe de los hombres ordenó,
entonces, que los atasen. Ya todos atados, los hombres empezaron a manejar los
látigos.
Los
monos, al sentir los latigazos, despertaron al instante, recobrando una
agilidad verdaderamente extraordinaria, una agilidad nunca vista. Saltaban y
bailaban maravillosamente.
Terminada
la memorable paliza, los monos andaban agachados, buscándose los pelos y
rascándose.
Entonces
el jefe de los hombres ordenó que los señalasen con un hierro ardiente y luego
les obligó a hacer los trabajos más penosos de la aldea.
Los
monos no tuvieron más remedio que obedecer.
Pero
un día, hartos de trabajar y sufrir, desesperados, se presentaron ante el jefe
de los hombres para reclamar mejores tratos.
-
Perfectamente - contestó el jefe -. Ahora veréis el trato que os doy.
Al
punto ordenó a sus guerreros que azotasen a los monos y les cortasen la lengua.
-
Así - dijo, terminada la operación ya se han acabado las reclamaciones. ¡Y a
trabajar, gandules!
Los
monos, indignados, no podían proferir más que unos sonidos inarticulados, pero
como en lugar de obtener justicia, habían sido tratados con peor crudeza y
menos caridad, decidieron huir a la selva.
Los
descendientes de aquellos monos nacieron dotados de lengua, pero como temen que
los hombres vuelvan a apoderarse de ellos para hacerles trabajar, no han
pronunciado desde entonces una sola palabra.
Saltan
y brincan como el día que les dieron de palos y lanzan gritos, muchos gritos,
eso sí...
Fin.