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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
22
—¡Harry! —Hermione le tiraba de la manga, mirando el reloj—. Tenemos
diez minutos para regresar a la enfermería sin ser vistos. Antes de que
Dumbledore cierre la puerta con llave.
—De acuerdo —dijo Harry, apartando los ojos
del cielo—, ¡vamos!
Entraron por la puerta que tenían detrás y
bajaron una estrecha escalera de caracol. Al llegar abajo oyeron voces. Se
arrimaron a la pared y escucharon. Parecían Fudge y Snape. Caminaban aprisa por
el corredor que comenzaba al pie de la escalera.
—... Sólo espero que Dumbledore no ponga
impedimentos —decía Snape—. ¿Le darán el Beso inmediatamente?
—En cuanto llegue Macnair con los dementores.
Todo este asunto de Black ha resultado muy desagradable. No tiene ni idea de
las ganas que tengo de decir a El Profeta que por fin lo hemos atrapado.
Supongo que querrán entrevistarle, Snape... Y en cuanto el joven Harry vuelva
a estar en sus cabales, también querrá contarle al periódico cómo usted lo
salvó.
Harry apretó los dientes. Entrevió la sonrisa
hipócrita de Snape cuando él y Fudge pasaron ante el lugar en que estaban
escondidos. Sus pasos se perdieron. Harry y Hermione aguardaron unos instantes
para asegurarse de que estaban lejos y echaron a correr en dirección opuesta.
Bajaron una escalera, luego otra, continuaron por otro corredor y oyeron una
carcajada delante de ellos.
—¡Peeves! —susurró Harry, asiendo a Hermione
por la muñeca—. ¡Entremos aquí!
Corrieron a toda velocidad y entraron en un
aula vacía que encontraron a la izquierda. Peeves iba por el pasillo dando
saltos de contento, riéndose a mandíbula batiente.
—¡Es horrible! —susurró Hermione, con el oído
pegado a la puerta—. Estoy segura de que se ha puesto así de alegre porque los
dementores van a ejecutar a Sirius... —Miró el reloj—. Tres minutos, Harry.
Aguardaron a que la risa malvada de Peeves se
perdiera en la distancia. Entonces salieron del aula y volvieron a correr.
—Hermione, ¿qué ocurrirá si no regresamos
antes de que Dumbledore cierre la puerta? —jadeó Harry.
—No quiero ni pensarlo —dijo Hermione,
volviendo a mirar el reloj—. ¡Un minuto! —Llegaron al pasillo en que se hallaba
la enfermería—. Bueno, ya se oye a Dumbledore —dijo nerviosa Hermione—. ¡Vamos,
Harry!
Siguieron por el corredor cautelosamente. La
puerta se abrió. Vieron la espalda de Dumbledore.
—Os voy a cerrar con llave —le oyeron decir—.
Son las doce menos cinco. Señorita Granger; tres vueltas deberían bastar. Buena
suerte.
Dumbledore salió de espaldas de la
enfermería, cerró la puerta y sacó la varita para cerrarla mágicamente. Asustados,
Harry y Hermione se apresuraron. Dumbledore alzó la vista y una sonrisa
apareció bajo el bigote largo y plateado.
—¿Bien? —preguntó en voz baja.
—¡Lo hemos logrado! —dijo Harry jadeante—.
Sirius se ha ido montado en Buckbeak...
Dumbledore les dirigió una amplia sonrisa.
—Bien hecho. Creo... —Escuchó atentamente por
si se oía algo dentro de la enfermería—. Sí, creo que ya no estáis ahí dentro.
Entrad. Os cerraré.
Entraron en la enfermería. Estaba vacía,
salvo por lo que se refería a Ron, que permanecía en la cama. Después de oir la
cerradura, se metieron en sus camas. Hermione volvió a esconder el giratiempo
debajo de la túnica. Un instante después, la señora Pomfrey volvió de su
oficina con paso enérgico.
—¿Ya se ha ido el director? ¿Se me permitirá
ahora ocuparme de mis pacientes?
Estaba de muy mal humor. Harry y Hermione
pensaron que era mejor aceptar el chocolate en silencio. La señora Pomfrey se
quedó allí delante para asegurarse de que se lo comían. Pero Harry apenas se lo
podía tragar. Hermione y él aguzaban el oído, con los nervios alterados. Y
entonces, mientras tomaban el cuarto trozo del chocolate de la señora Pomfrey,
oyeron un rugido furioso, procedente de algún distante lugar por encima de la
enfermería.
—¿Qué ha sido eso? —dijo alarmada la señora
Pomfrey.
Oyeron voces de enfado, cada vez más fuertes.
La señora Pomfrey no perdía de vista la puerta.
—¡Hay que ver! ¡Despertarán a todo el mundo!
¿Qué creen que hacen?
Harry intentaba oír lo que decían. Se
aproximaban.
—Debe de haber desaparecido, Severus.
Tendríamos que haber dejado a alguien con él en el despacho. Cuando esto se
sepa...
—¡NO HA DESAPARECIDO! —bramó Snape, muy cerca
de ellos—. ¡UNO NO PUEDE APARECER NI DESAPARECER EN ESTE CASTILLO! ¡POTTER
TIENE ALGO QUE VER CON ESTO!
—Sé razonable, Severus. Harry está encerrado.
¡PLAM!
La puerta de la enfermería se abrió de golpe.
Fudge, Snape y Dumbledore entraron en la sala con paso enérgico. Sólo
Dumbledore parecía tranquilo, incluso contento. Fudge estaba enfadado, pero
Snape se hallaba fuera de sí.
—¡CONFIESA, POTTER! —vociferó—. ¿QUÉ ES LO
QUE HAS HECHO?
—¡Profesor Snape! —chilló la señora Pomfrey—,
¡contrólese!
—Por favor, Snape, sé razonable —dijo Fudge—.
Esta puerta estaba cerrada con llave. Acabamos de comprobarlo.
—¡LE AYUDARON A ESCAPAR, LO SÉ! —gritó Snape,
señalando a Harry y a Hermione. Tenía la cara contorsionada. Escupía saliva.
—¡Tranquilícese, hombre! —gritó Fudge—. ¡Está
diciendo tonterías!
—¡NO CONOCE A POTTER! —gritó Snape—. ¡LO HIZO
ÉL, SÉ QUE LO HIZO ÉL!
—Ya vale, Severus —dijo Dumbledore con voz
tranquila—. Piensa lo que dices. Esta puerta ha permanecido cerrada con llave
desde que abandoné la enfermería, hace diez minutos. Señora Pomfrey, ¿han
abandonado estos alumnos sus camas?
—¡Por supuesto que no! —dijo ofendida la
señora Pomfrey—. ¡He estado con ellos desde que usted salió!
—Ahí lo tienes, Severus —dijo Dumbledore con
tranquilidad—. A menos que crea que Harry y Hermione son capaces de
encontrarse en dos lugares al mismo tiempo, me temo que no encuentro motivo
para seguir molestándolos.
Snape se quedó allí, enfadado, apartando la
vista de Fudge, que parecía totalmente sorprendido por su comportamiento, y
dirigiéndola a Dumbledore, cuyos ojos brillaban tras las gafas. Snape dio media
vuelta (la tela de su túnica produjo un frufrú) y salió de la sala de la
enfermería como un vendaval.
—Su colega parece perturbado —dijo Fudge,
siguiéndolo con la vista—. Yo en su lugar; Dumbledore, tendría cuidado con
él.
—No es nada serio —dijo Dumbledore con
calma—, sólo que acaba de sufrir una gran decepción.
—¡No es el único! —repuso Fudge resoplando—.
¡El Profeta va a encontrarlo muy divertido! ¡Ya lo teníamos arrinconado
y se nos ha escapado entre los dedos! Sólo faltaría que se enterasen también de
la huida del hipogrifo, y seré el hazmerreír. Bueno, tendré que irme y dar
cuenta de todo al Ministerio...
—¿Y los dementores? —le preguntó Dumbledore—.
Espero que se vayan del colegio.
—Sí, tendrán que irse —dijo Fudge, pasándose
una mano por el cabello—. Nunca creí que intentaran darle el Beso a un niño
inocente..., estaban totalmente fuera de control. Esta noche volverán a
Azkaban. Tal vez deberíamos pensar en poner dragones en las entradas del
colegio...
—Eso le encantaría a Hagrid —dijo Dumbledore,
dirigiendo a Harry y a Hermione una rápida sonrisa. Cuando él y Fudge dejaron
la enfermería, la señora Pomfrey corrió hacia la puerta y la volvió a cerrar
con llave. Murmurando entre dientes, enfadada, volvió a su despacho.
Se oyó un leve gemido al otro lado de la
enfermería. Ron se acababa de despertar. Lo vieron sentarse, rascarse la cabeza
y mirar a su alrededor.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Harry? ¿Qué
hacemos aquí? ¿Dónde está Sirius? ¿Dónde está Lupin? ¿Qué ocurre?
Harry y Hermione se miraron.
—Explícaselo tú —dijo Harry, cogiendo un poco
más de chocolate.
Cuando Harry; Ron y Hermione dejaron la enfermería al día siguiente a
mediodía, encontraron el castillo casi desierto. El calor abrasador y el final
de los exámenes invitaban a todo el mundo a aprovechar al máximo la última
visita a Hogsmeade. Sin embargo, ni a Ron ni a Hermione les apetecía ir, así
que pasearon con Harry por los terrenos del colegio, sin parar de hablar de
los extraordinarios acontecimientos de la noche anterior y preguntándose dónde
estarían en aquel momento Sirius y Buckbeak. Cuando se sentaron cerca
del lago, viendo cómo sacaba los tentáculos del agua el calamar gigante, Harry
perdió el hilo de la conversación mirando hacia la orilla opuesta. La noche
anterior; el ciervo había galopado hacia él desde allí.
Una sombra los cubrió. Al levantar la vista
vieron a Hagrid, medio dormido, que se secaba la cara sudorosa con uno de sus
enormes pañuelos y les sonreía.
—Ya sé que no debería alegrarme después de lo
sucedido la pasada noche —dijo—. Me refiero a que Black se volviera a escapar
y todo eso... Pero ¿a que no adivináis...?
—¿Qué? —dijeron, fingiendo curiosidad.
—Buckbeak. ¡Se escapó! ¡Está libre!
¡Lo estuve celebrando toda la noche!
—¡Eso es estupendo! —dijo Hermione,
dirigiéndole una mirada severa a Ron, que parecía a punto de reírse.
—Sí, no lo atamos bien —explicó Hagrid,
contemplando el campo satisfecho—. Esta mañana estaba preocupado, pensé que
podía tropezarse por ahí con el profesor Lupin. Pero Lupin dice que anoche no
comió nada.
—¿Cómo? —preguntó Harry.
—Caramba, ¿no lo has oído? —le preguntó
Hagrid, borrando la sonrisa. Bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Snape
se lo ha revelado esta mañana a todos los de Slytherin. Creía que a estas
alturas ya lo sabría todo el mundo: el profesor Lupin es un hombre lobo. Y la
noche pasada anduvo suelto por los terrenos del colegio. En estos momentos
está haciendo las maletas, por supuesto.
—¿Que está haciendo las maletas? —preguntó
Harry alarmado—. ¿Por qué?
—Porque se marcha —dijo Hagrid, sorprendido
de que Harry lo preguntara—. Lo primero que hizo esta mañana fue presentar la
dimisión. Dice que no puede arriesgarse a que vuelva a suceder.
Harry se levantó de un salto.
—Voy a verlo —dijo a Ron y a Hermione.
—Pero si ha dimitido...
—No creo que podamos hacer nada.
—No importa. De todas maneras, quiero verlo.
Nos veremos aquí mismo más tarde.
La puerta del despacho de Lupin estaba abierta. Ya había empaquetado la
mayor parte de sus cosas. Junto al depósito vacío del grindylow, la
maleta vieja y desvencijada se hallaba abierta y casi llena. Lupin se
inclinaba sobre algo que había en la mesa y sólo levantó la vista cuando Harry
llamó a la puerta.
—Te he visto venir —dijo Lupin sonriendo.
Señaló el pergamino sobre el que estaba inclinado. Era el mapa del merodeador.
—Acabo de estar con Hagrid —dijo Harry—. Me
ha dicho que ha presentado usted la dimisión. No es cierto, ¿verdad?
—Me temo que sí —contestó Lupin. Comenzó a
abrir los cajones de la mesa y a vaciar el contenido.
—¿Por qué? —preguntó Harry—. El Ministerio de
Magia no lo creerá confabulado con Sirius, ¿verdad?
Lupin fue hacia la puerta y la cerró.
—No. El profesor Dumbledore se las ha
arreglado para convencer a Fudge de que intenté salvaros la vida —suspiró—. Ha
sido el colmo para Severus. Creo que ha sido muy duro para él perder la Orden
de Merlín. Así que él... por casualidad... reveló esta mañana en el desayuno
que soy un licántropo.
—¿Y se va sólo por eso? —preguntó Harry.
Lupin sonrió con ironía.
—Mañana a esta hora empezarán a llegar las
lechuzas enviadas por los padres. No consentirán que un hombre lobo dé clase a
sus hijos, Harry. Y después de lo de la última noche, creo que tienen razón.
Pude haber mordido a cualquiera de vosotros... No debe repetirse.
—¡Es usted el mejor profesor de Defensa Contra
las Artes Oscuras que hemos tenido nunca! —dijo Harry—. ¡No se vaya!
Lupin negó con la cabeza, pero no dijo nada.
Siguió vaciando los cajones. Luego, mientras Harry buscaba un argumento para
convencerlo, Lupin añadió:
—Por lo que el director me ha contado esta
mañana, la noche pasada salvaste muchas vidas, Harry. Si estoy orgulloso de
algo es de todo lo que has aprendido. Háblame de tu patronus.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Harry anonadado.
—¿Qué otra cosa podía haber puesto en fuga a
los dementores?
Harry contó a Lupin lo que había ocurrido. Al
terminar, Lupin volvía a sonreír:
—Sí, tu padre se transformaba siempre en
ciervo —con—firmó—. Lo adivinaste. Por eso lo llamábamos Cornamenta. —Lupin
puso los últimos libros en la maleta, cerró los cajones y se volvió para mirar
a Harry—. Toma, la traje la otra noche de la Casa de los Gritos —dijo,
entregándole a Harry la capa invisible—: Y... —titubeó y a continuación le
entregó también el mapa del merodeador—. Ya no soy profesor tuyo, así que no me
siento culpable por devolverte esto. A mí ya no me sirve. Y me atrevo a creer
que tú, Ron y Hermione le encontraréis utilidad.
Harry cogió el mapa y sonrió.
—Usted me dijo que Lunático, Colagusano,
Canuto y Cornamenta me habrían tentado para que saliera del colegio..., que lo
habrían encontrado divertido.
—Sí, lo habríamos hecho —confirmó Lupin,
cerrando la maleta—. No dudo que a James le habría decepcionado que su hijo no
hubiera encontrado ninguno de los pasadizos secretos para salir del castillo.
Alguien llamó a la puerta. Harry se guardó
rápidamente en el bolsillo el mapa del merodeador y la capa invisible.
Era el profesor Dumbledore. No se sorprendió
al ver a Harry.
—Tu coche está en la puerta, Remus —anunció.
—Gracias, director.
Lupin cogió su vieja maleta y el depósito
vacío del grindylow.
—Bien. Adiós, Harry —dijo sonriendo—. Ha sido
un verdadero placer ser profesor tuyo. Estoy seguro de que nos volveremos a
encontrar en otra ocasión. Señor director; no hay necesidad de que me acompañe
hasta la puerta. Puedo ir solo.
Harry tuvo la impresión de que Lupin quería
marcharse lo más rápidamente posible.
—Adiós entonces, Remus —dijo Dumbledore
escuetamente. Lupin apartó ligeramente el depósito del grindylow para
estrecharle la mano a Dumbledore. Luego, con un último movimiento de cabeza
dirigido a Harry y una rápida sonrisa, salió del despacho.
Harry se sentó en su silla vacía, mirando al
suelo con tristeza. Oyó cerrarse la puerta y levantó la vista. Dumbledore
seguía allí.
—¿Por qué estás tan triste, Harry? —le
preguntó en voz baja—. Tendrías que sentirte muy orgulloso de ti mismo después
de lo ocurrido anoche.
—No sirvió de nada —repuso Harry con
amargura—. Pettigrew se escapó.
—¿Que no sirvió de nada? —dijo Dumbledore en
voz baja—. Sirvió de mucho, Harry. Ayudaste a descubrir la verdad. Salvaste a
un hombre inocente de un destino terrible.
«Terrible.» Harry recordó algo. «Más grande y
más terrible que nunca.» ¡La predicción de la profesora Trelawney!
—Profesor Dumbledore: ayer; en mi examen de
Adivinación, la profesora Trelawney se puso muy rara.
—¿De verdad? —preguntó Dumbledore—. ¿Quieres
decir más rara de lo habitual?
—Sí... Habló con una voz profunda, poniendo
los ojos en blanco. Y dijo que el vasallo de Voldemort partiría para reunirse
con su amo antes de la medianoche. Dijo que el vasallo lo ayudaría a recuperar
el poder. —Harry miró a Dumbledore—. Y luego volvió a la normalidad y no
recordaba nada de lo que había dicho. ¿Sería una auténtica profecía?
Dumbledore parecía impresionado.
—Pienso que podría serlo —dijo pensativo—.
¿Quién lo habría pensado? Esto eleva a dos el total de sus profecías auténticas.
Tendría que subirle el sueldo...
—Pero... —Harry lo miró aterrorizado: ¿cómo
podía tomárselo Dumbledore con tanta calma?—, ¡pero yo impedí que Sirius y
Lupin mataran a Pettigrew! Esto me convierte en culpable de un posible regreso
de Voldemort.
—En absoluto —respondió Dumbledore
tranquilamente—. ¿No te ha enseñado nada tu experiencia con el giratiempo,
Harry? Las consecuencias de nuestras acciones son siempre tan complicadas, tan
diversas, que predecir el futuro es realmente muy difícil. La profesora
Trelawney, Dios la bendiga, es una prueba de ello. Hiciste algo muy noble al
salvarle la vida a Pettigrew.
—¡Pero si ayuda a Voldemort a recuperar su
poder...!
—Pettigrew te debe la vida. Has enviado a
Voldemort un lugarteniente que está en deuda contigo. Cuando un mago le salva
la vida a otro, se crea un vínculo entre ellos. Y si no me equivoco, no creo
que Voldemort quiera que su vasallo esté en deuda con Harry Potter.
—No quiero tener ningún vínculo con Pettigrew
—dijo Harry—. Traicionó a mis padres.
—Esto es lo más profundo e insondable de la
magia, Harry. Pero confía en mí. Llegará el momento en que te alegres de
haberle salvado la vida a Pettigrew.
Harry no podía imaginar cuándo sería.
Dumbledore parecía saber lo que pensaba Harry.
—Traté mucho a tu padre, Harry, tanto en
Hogwarts como más tarde —dijo dulcemente—. Él también habría salvado a
Pettigrew, estoy seguro.
Harry lo miró. Dumbledore no se reina. Se lo
podía decir.
—Anoche... pensé que era mi padre el que
había hecho aparecer mi patronus. Quiero decir... cuando me vi a mí mismo al
otro lado del lago, pensé que lo veía a él.
—Un error fácil de cometer —dijo Dumbledore—.
Supongo que estarás harto de oírlo, pero te pareces extraordinariamente a
James. Menos en los ojos: tienes los de tu madre.
Harry sacudió la cabeza.
—Fue una idiotez pensar que era él —murmuró—.
Quiero decir... ya sé que está muerto.
—¿Piensas que los muertos a los que hemos
querido nos abandonan del todo? ¿No crees que los recordamos especialmente en
los mayores apuros? Tu padre vive en ti, Harry, y se manifiesta más claramente
cuando lo necesitas. ¿De qué otra forma podrías haber creado ese patronus tan
especial? Cornamenta volvió a galopar anoche. —Harry tardó un rato en
comprender lo que Dumbledore acababa de decirle—. Sirius me contó anoche cómo
se convertían en animagos —añadió Dumbledore sonriendo—. Una hazaña
extraordinaria... y aún más extraordinario fue que yo no me enterara. Y entonces
recordé la muy insólita forma que adoptó tu patronus cuando embistió al señor
Malfoy en el partido contra Ravenclaw. Así que anoche viste realmente a tu
padre... Lo encontraste dentro de ti mismo.
Y Dumbledore abandonó el despacho dejando a
Harry con sus confusos pensamientos.
Nadie en Hogwarts conocía la verdad de lo ocurrido la noche en que
desaparecieron Buckbeak, Sirius y Pettigrew, salvo Harry; Ron, Hermione
y el profesor Dumbledore. Al final del curso, Harry oyó muchas teorías acerca
de lo que había sucedido, pero ninguna se acercaba a la verdad.
Malfoy estaba furioso por lo de Buckbeak.
Estaba convencido de que Hagrid había hallado la manera de esconder el
hipogrifo, y parecía ofendido porque el guardabosques hubiera sido más listo
que su padre y él. Percy Weasley, mientras tanto, tenía mucho que decir sobre
la huida de Sirius.
—¡Si logro entrar en el Ministerio, tendré
muchas propuestas para hacer cumplir la ley mágica! —dijo a la única persona
que lo escuchaba, su novia Penelope.
Aunque el tiempo era perfecto, aunque el
ambiente era tan alegre, aunque sabía que había logrado casi lo imposible al
liberar a Sirius, Harry nunca había estado tan triste al final de un curso.
Ciertamente, no era el único al que le
apenaba la partida del profesor Lupin. Todo el grupo que acudía con Harry a la
clase de Defensa Contra las Artes Oscuras lamentaba su dimisión.
—Me pregunto a quién nos pondrán el próximo
curso —dijo Seamus Finnigan con melancolía.
—Tal vez a un vampiro —sugirió Dean Thomas
con ilusión.
Lo que le pesaba a Harry no era sólo la
partida de Lupin. No podía dejar de pensar en la predicción de la profesora
Trelawney. Se preguntaba continuamente dónde estaría Pettigrew, si estaría
escondido o si habría llegado ya junto a Voldemort. Pero lo que más lo
deprimía era la perspectiva de volver con los Dursley. Durante media hora, una
gloriosa media hora, había creído que viviría en adelante con Sirius, el mejor
amigo de sus padres. Era lo mejor que podía imaginar, exceptuando la
posibilidad de tener allí otra vez a su padre. Y aunque era una buena noticia
no tener noticias de Sirius, porque significaba que no lo habían encontrado,
Harry no podía dejar de entristecerse al pensar en el hogar que habría podido
tener y en el hecho de que lo había perdido.
Los resultados de los exámenes salieron el
último día del curso. Harry, Ron y Hermione habían aprobado todas las
asignaturas. Harry estaba asombrado de que le hubieran aprobado Pociones.
Sospechaba que Dumbledore había intervenido para impedir que Snape lo
suspendiera injustamente. El comportamiento de Snape con Harry durante toda la
última semana había sido alarmante. Harry nunca habría creído que la manía que
le tenía Snape pudiera aumentar; pero así fue. A Snape se le movía un músculo
en la comisura de la boca cada vez que veía a Harry, y se le crispaban los
dedos como si deseara cerrarlos alrededor del cuello de Harry.
Percy obtuvo las más altas calificaciones en
ÉXTASIS. Fred y George consiguieron varios TIMOS cada uno. Mientras tanto, la
casa de Gryffindor; en gran medida gracias a su espectacular actuación en la
copa de quidditch, había ganado la Copa de las Casas por tercer año
consecutivo. Por eso la fiesta de final de curso tuvo lugar en medio de ornamentos
rojos y dorados, y la mesa de Gryffindor fue la más ruidosa de todas, ya que
todo el mundo lo estaba celebrando. Incluso Harry, comiendo, bebiendo, hablando
y riendo con sus compañeros, consiguió olvidar que al día siguiente volvería a
casa de los Dursley.
· · ·
Cuando a la mañana siguiente el expreso de Hogwarts salió de la
estación, Hermione dio a Ron y a Harry una sorprendente noticia:
—Esta mañana, antes del desayuno, he ido a
ver a la profesora McGonagall. He decidido dejar los Estudios Muggles.
—¡Pero aprobaste el examen con el 320 por
ciento de eficacia!
—Lo sé —suspiró Hermione—. Pero no puedo
soportar otro año como éste. El giratiempo me estaba volviendo loca. Lo he
devuelto. Sin los Estudios Muggles y sin Adivinación, volveré a tener un
horario normal.
—Todavía no puedo creer que no nos dijeras
nada —dijo Ron resentido—. Se supone que somos tus amigos.
—Prometí que no se lo contaría a nadie —dijo
gravemente. Se volvió para observar a Harry, que veía cómo desaparecía
Hogwarts detrás de una montaña. Pasarían dos meses enteros antes de volverlo a
ver—. Alégrate, Harry —dijo Hermione con tristeza.
—Estoy bien —repuso Harry de inmediato—.
Pensaba en las vacaciones.
—Sí, yo también he estado pensando en ellas
—dijo Ron—. Harry, tienes que venir a pasar unos días con nosotros. Lo
comentaré con mis padres y te llamaré. Ya sé cómo utilizar el felétono.
—El teléfono, Ron —le corrigió Hermione—. La
verdad, deberías coger Estudios Muggles el próximo curso...
Ron no le hizo caso.
—¡Este verano son los Mundiales de quidditch!
¿Qué dices a eso, Harry? Ven y quédate con nosotros. Iremos a verlos. Mi
padre normalmente consigue entradas en el trabajo.
La proposición alegró mucho a Harry.
—Sí... Apuesto a que los Dursley estarán
encantados de dejarme ir... Especialmente después de lo que le hice a tía
Marge...
Mucho más contento, Harry jugó con Ron y
Hermione varias manos de snap explosivo, y cuando llegó la bruja con el
carrito del té, compró un montón de cosas de comer; aunque nada que contuviera
chocolate.
Pero fue a media tarde cuando apareció lo que
lo puso de verdad contento...
—Harry —dijo Hermione de repente, mirando por
encima del hombro de él—, ¿qué es eso de ahí fuera?
Harry se volvió a mirar. Algo muy pequeño y
gris aparecía y desaparecía al otro lado del cristal. Se levantó para ver
mejor y distinguió una pequeña lechuza que llevaba una carta demasiado grande
para ella. La lechuza era tan pequeña que iba por el aire dando tumbos a causa
del viento que levantaba el tren. Harry bajó la ventanilla rápidamente, alargó
el brazo y la cogió. Parecía una snitch cubierta de plumas. La introdujo en el
vagón con mucho cuidado. La lechuza dejó caer la carta sobre el asiento de
Harry y comenzó a zumbar por el compartimento, contenta de haber cumplido su
misión. Hedwig dio un picotazo al aire con digna actitud de censura. Crookshanks
se incorporó en el asiento, persiguiendo con sus grandes ojos amarillos a
la lechuza. Al notarlo, Ron la cogió para protegerla.
Harry recogió la carta. Iba dirigida a él. La
abrió y gritó:
—¡Es de Sirius!
—¿Qué? —exclamaron Ron y Hermione,
emocionados—. ¡Léela en voz alta!
Querido Harry:
Espero que recibas esta
carta antes de llegar a casa de tus tíos. No sé si ellos están habituados al correo
por lechuza.
Buckbeak y yo estamos
escondidos. No te diré dónde por si ésta cae en malas manos. Tengo dudas acerca
de la fiabilidad de la lechuza, pero es la mejor que pude hallar, y parecía
deseosa de acometer esta misión.
Creo que los dementores
siguen buscándome, pero no podrán encontrarme. Estoy pensando en dejarme ver
por algún muggle a mucha distancia de Hogwarts, para que relajen la vigilancia
en el castillo.
Hay algo que no llegué a
contarte durante nuestro breve encuentro: fui yo quien te envió la Saeta de
Fuego.
—¡Ja! —exclamó Hermione, triunfante—. ¿Lo
veis? ¡Os dije que era de él!
—Sí, pero él no la había gafado, ¿verdad?
—observó Ron—. ¡Ay!
La pequeña lechuza, que daba grititos de
alegría en su mano, le había picado en un dedo de manera al parecer afectuosa.
Crookshanks llevó el envío a la oficina de
correos. Utilicé tu nombre, pero les dije que cogieran el oro de la cámara de
Gringotts número 711, la mía. Por favor, considéralo como el regalo que
mereces que te haga tu padrino por cumplir trece años.
También me gustaría
disculparme por el susto que creo que te di aquella noche del año pasado cuando
abandonaste la casa de tu tío. Sólo quería verte antes de comenzar mi viaje
hacia el norte. Pero creo que te alarmaste al verme.
Te envío en la carta algo
que espero que te haga disfrutar más el próximo curso en Hogwarts.
Si alguna vez me necesitas,
comunícamelo. Tu lechuza me encontrará.
Volveré a escribirte pronto.
Sirius
Harry miró impaciente dentro del sobre. Había
otro pergamino. Lo leyó rápidamente, y se sintió tan contento y reconfortado
como si se hubiera tomado de un trago una botella de cerveza de mantequilla.
Yo, Sirius Black, padrino de Harry Potter,
autorizo por la presente a mi ahijado a visitar Hogsmeade los fines de semana.
—Esto le bastará a Dumbledore —dijo Harry
contento. Volvió a mirar la carta de Sirius—. ¡Un momento! ¡Hay una posdata...!
He pensado que a tu amigo Ron tal vez le
guste esta lechuza, ya que por mi culpa se ha quedado sin rata.
Ron abrió los ojos de par en par. La pequeña
lechuza seguía gimiendo de emoción.
—¿Quedármela? —preguntó dubitativo. La miró
muy de cerca durante un momento, y luego, para sorpresa de Harry y Hermione, se
la acercó a Crookshanks para que la olfatease.
—¿Qué te parece? —preguntó Ron al gato—. ¿Es
una lechuza de verdad?
Crookshanks ronroneó.
—Es suficiente —dijo Ron contento—. Me la
quedo.
Harry leyó y releyó la carta de Sirius
durante todo el trayecto hasta la estación de King’s Cross. Todavía la apretaba
en la mano cuando él, Ron y Hermione atravesaron la barrera del andén nueve y
tres cuartos. Harry localizó enseguida a tío Vernon. Estaba de pie, a buena
distancia de los padres de Ron, mirándolo con recelo. Y cuando la señora
Weasley abrazó a Harry, confirmó sus peores suposiciones sobre ellos.
—¡Te llamaré por los Mundiales! —gritó Ron a
Harry, al despedirse de ellos. Luego volvió hacia tío Vernon el carrito en que
llevaba el baúl y la jaula de Hedwig. Su tío lo saludó de la manera
habitual.
—¿Qué es eso? —gruñó, mirando el sobre que
Harry apretaba en la mano—. Si es otro impreso para que lo firme, ya tienes
otra...
—No lo es —dijo Harry con alegría—. Es una
carta de mi padrino.
—¿Padrino? —farfulló tío Vernon—. Tú no
tienes padrino.
—Sí lo tengo —dijo Harry de inmediato—. Era
el mejor amigo de mis padres. Está condenado por asesinato, pero se ha escapado
de la prisión de los brujos y ahora se halla escondido. Sin embargo, le gusta
mantener el contacto conmigo... Estar al corriente de mis cosas... Comprobar
que soy feliz...
Y sonriendo ampliamente al ver la expresión
de terror que se había dibujado en el rostro de tío Vernon, Harry se dirigió a la salida de la estación,
con Hedwig dando picotazos delante de él, para pasar un verano que
probablemente sería mucho mejor que el anterior.