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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
21
—Asombroso. Verdaderamente asombroso. Fue un milagro que quedaran todos
con vida. No he oído nunca nada parecido. Menos mal que se encontraba usted
allí, Snape...
—Gracias, señor ministro.
—Orden de Merlín, de segunda clase, diría yo.
¡Primera, si estuviese en mi mano!
—Muchísimas gracias, señor ministro.
—Tiene ahí una herida bastante fea. Supongo
que fue Black.
—En realidad fueron Potter; Weasley y
Granger, señor ministro.
—¡No!
—Black los había encantado. Me di cuenta
enseguida. A juzgar por su comportamiento, debió de ser un hechizo para
confundir. Me parece que creían que existía una posibilidad de que fuera
inocente. No eran responsables de lo que hacían. Por otro lado, su intromisión
pudo haber permitido que Black escapara... Obviamente, creyeron que podían
atrapar a Black ellos solos. Han salido impunes en tantas ocasiones anteriores que
me temo que se les ha subido a la cabeza... Y naturalmente, el director ha
consentido siempre que Potter goce de una libertad excesiva.
—Bien, Snape. ¿Sabe? Todos hacemos un poco la
vista gorda en lo que se refiere a Potter.
—Ya. Pero ¿es bueno para él que se le conceda
un trato tan especial? Personalmente, intento tratarlo como a cualquier otro.
Y cualquier otro sería expulsado, al menos temporalmente, por exponer a sus
amigos a un peligro semejante. Fíjese, señor ministro: contra todas las normas
del colegio... después de todas las precauciones que se han tomado para
protegerlo... Fuera de los límites permitidos, en plena noche, en compañía de
un licántropo y un asesino... y tengo indicios de que también ha visitado
Hogsmeade, pese a la prohibición.
—Bien, bien..., ya veremos, Snape. El
muchacho ha sido travieso, sin duda.
Harry escuchaba acostado, con los ojos
cerrados. Estaba completamente aturdido. Las palabras que oía parecían viajar
muy despacio hasta su cerebro, de forma que le costaba un gran esfuerzo
entenderlas. Sentía los miembros como si fueran de plomo. Sus párpados eran
demasiado pesados para levantarlos. Quería quedarse allí acostado, en aquella
cómoda cama, para siempre...
—Lo que más me sorprende es el comportamiento
de los dementores... ¿Realmente no sospecha qué pudo ser lo que los hizo
retroceder; Snape?
—No, señor ministro. Cuando llegué, volvían a
sus posiciones, en las entradas.
—Extraordinario. Y sin embargo, Black, Harry
y la chica...
—Todos estaban inconscientes cuando llegué
allí. Até y amordacé a Black, hice aparecer por arte de magia unas camillas y
los traje a todos al castillo.
Hubo una pausa. El cerebro de Harry parecía
funcionar un poco más aprisa, y al hacerlo, una sensación punzante se acentuaba
en su estómago.
Abrió los ojos.
Todo estaba borroso. Alguien le había quitado
las gafas. Se hallaba en la oscura enfermería. Al final de la sala podía
vislumbrar a la señora Pomfrey inclinada sobre una cama y dándole la espalda.
Bajo el brazo de la señora Pomfrey, distinguió el pelo rojo de Ron.
Harry volvió la cabeza hacia el otro lado. En
la cama de la derecha se hallaba Hermione. La luz de la luna caía sobre su
cama. También tenía los ojos abiertos. Parecía petrificada, y al ver que Harry
estaba despierto, se llevó un dedo a los labios. Luego señaló la puerta de la
enfermería. Estaba entreabierta y las voces de Cornelius Fudge y de Snape
entraban por ella desde el corredor.
La señora Pomfrey llegó entonces caminando
enérgicamente por la oscura sala hasta la cama de Harry Se volvió para
mirarla. Llevaba el trozo de chocolate más grande que había visto en su vida.
Parecía un pedrusco.
—¡Ah, estás despierto! —dijo con voz animada.
Dejó el chocolate en la mesilla de Harry y empezó a trocearlo con un pequeño
martillo.
—¿Cómo está Ron? —preguntaron al mismo tiempo
Hermione y Harry.
—Sobrevivirá —dijo la señora Pomfrey con
seriedad—. En cuanto a vosotros dos, permaneceréis aquí hasta que yo esté bien
segura de que estáis... ¿Qué haces, Potter?
Harry se había incorporado, se ponía las
gafas y cogió su varita.
—Tengo que ver al director —explicó.
—Potter —dijo con dulzura la señora Pomfrey—,
todo se ha solucionado. Han cogido a Black. Lo han encerrado arriba. Los
dementores le darán el Beso en cualquier momento.
—¿QUÉ?
Harry saltó de la cama. Hermione hizo lo
mismo. Pero su grito se había oído en el pasillo de fuera. Un segundo después,
entraron en la enfermería Cornelius Fudge y Snape.
—¿Qué es esto, Harry? —preguntó Fudge, con
aspecto agitado—. Tendrías que estar en la cama... ¿Ha tomado chocolate? —le
preguntó nervioso a la señora Pomfrey
—Escuche, señor ministro —dijo Harry—.
¡Sirius Black es inocente! ¡Peter Pettigrew fingió su propia muerte! ¡Lo hemos
visto esta noche! No puede permitir que los dementores le hagan eso a Sirius,
es...
Pero Fudge movía la cabeza en sentido
negativo, sonriendo ligeramente.
—Harry,
Harry; estás confuso. Has vivido una terrible experiencia. Vuelve a acostarte. Está todo bajo
control.
—¡NADA DE ESO! —gritó Harry—. ¡HAN ATRAPADO
AL QUE NO ES!
—Señor ministro, por favor; escuche —rogó
Hermione. Se había acercado a Harry y miraba a Fudge implorante—. Yo también lo
vi. Era la rata de Ron. Es un animago. Pettigrew, quiero decir. Y..
—¿Lo ve, señor ministro? —preguntó Snape—.
Los dos tienen confundidas las ideas. Black ha hecho un buen trabajo con
ellos...
—¡NO ESTAMOS CONFUNDIDOS! —gritó Harry.
—¡Señor ministro! ¡Profesor! —dijo enfadada
la señora Pomfrey—. He de insistir en que se vayan. ¡Potter es un paciente y
no hay que fatigarlo!
—¡No estoy fatigado, estoy intentando
explicarles lo ocurrido! —dijo Harry furioso—. Si me escuchan...
Pero la señora Pomfrey le introdujo de
repente un trozo grande de chocolate en la boca. Harry se atragantó y la mujer
aprovechó la oportunidad para obligarle a volver a la cama.
—Ahora, por favor; señor ministro... Estos
niños necesitan cuidados. Les ruego que salgan.
Volvió a abrirse la puerta. Era Dumbledore.
Harry tragó con dificultad el trozo de chocolate y volvió a levantarse.
—Profesor Dumbledore, Sirius Black...
—¡Por Dios santo! ¿Es esto una enfermería o
qué? Señor director; he de insistir en que...
—Te pido mil perdones, Poppy, pero necesito
cambiar unas palabras con el señor Potter y la señorita Granger. He estado
hablando con Sirius Black.
—Supongo que le ha contado el mismo cuento de
hadas que metió en la cabeza de Potter —espetó Snape—. ¿Algo sobre una rata y
sobre que Pettigrew está vivo?
—Eso es efectivamente lo que dice Black —dijo
Dumbledore, examinando detenidamente a Snape por sus gafas de media luna.
—¿Y acaso mi testimonio no cuenta para nada?
—gruñó Snape—. Peter Pettigrew no estaba en la Casa de los Gritos ni vi señal
alguna de él por allí.
—¡Eso es porque usted estaba inconsciente,
profesor! —dijo con seriedad Hermione—. No llegó con tiempo para oír...
—¡Señorita Granger! ¡CIERRE LA BOCA!
—Vamos, Snape —dijo Fudge—. La muchacha está
trastornada, hay que ser comprensivos.
—Me gustaría hablar con Harry y con Hermione
a solas —dijo Dumbledore bruscamente—. Cornelius, Severus, Poppy Se lo ruego,
déjennos.
—Señor director —farfulló la señora Pomfrey—.
Necesitan tratamiento, necesitan descanso.
—Esto no puede esperar —dijo Dumbledore—.
Insisto.
La señora Pomfrey frunció la boca, se fue con
paso firme a su despacho, que estaba al final de la sala, y dio un portazo al
cerrar. Fudge consultó la gran saboneta de oro que le colgaba del chaleco.
—Los dementores deberían de haber llegado ya.
Iré a recibirlos. Dumbledore, nos veremos arriba.
Fue hacia la puerta y la mantuvo abierta para
que pasara Snape. Pero Snape no se movió.
—No creerá una palabra de lo que dice Black,
¿verdad? —susurró con los ojos fijos en Dumbledore.
—Quiero hablar a solas con Harry y con
Hermione —repitió Dumbledore.
Snape avanzó un paso hacia Dumbledore.
—Sirius Black demostró ser capaz de matar
cuando tenía dieciséis años —dijo Snape en voz baja—. No lo habrá olvidado.
No habrá olvidado que intentó matarme.
—Mi memoria sigue siendo tan buena como
siempre, Severus —respondió Dumbledore con tranquilidad.
Snape giró sobre los talones y salió con paso
militar por la puerta que Fudge mantenía abierta. La puerta se cerró tras ellos
y Dumbledore se volvió hacia Harry y Hermione. Los dos empezaron a hablar al
mismo tiempo.
—Señor profesor; Black dice la verdad:
nosotros vimos a Pettigrew
—Escapó cuando el profesor Lupin se convirtió
en hombre lobo.
—Es una rata.
—La pata delantera de Pettigrew... quiero
decir; el dedo: él mismo se lo cortó.
—Pettigrew atacó a Ron. No fue Sirius.
Pero Dumbledore levantó una mano para detener
la avalancha de explicaciones.
—Ahora tenéis que escuchar vosotros y os
ruego que no me interrumpáis, porque tenemos muy poco tiempo —dijo con
tranquilidad—. Black no tiene ninguna prueba de lo que dice, salvo vuestra
palabra. Y la palabra de dos brujos de trece años no convencerá a nadie. Una
calle llena de testigos juró haber visto a Sirius matando a Pettigrew. Yo mismo
di testimonio al Ministerio de que Sirius era el guardián secreto de los
Potter.
—El profesor Lupin también puede testificarlo
—dijo Harry, incapaz de mantenerse callado.
—El profesor Lupin se encuentra en estos
momentos en la espesura del bosque, incapaz de contarle nada a nadie. Cuando
vuelva a ser humano, ya será demasiado tarde. Sirius estará más que muerto. Y
además, la gente confía tan poco en los licántropos que su declaración tendrá
muy poco peso. Y el hecho de que él y Sirius sean viejos amigos...
—Pero...
—Escúchame, Harry. Es demasiado tarde, ¿lo
entiendes? Tienes que comprender que la versión del profesor Snape es mucho
más convincente que la vuestra.
—Él odia a Sirius —dijo Hermione con
desesperación—. Por una broma tonta que le gastó.
—Sirius no ha obrado como un inocente. La agresión
contra la señora gorda..., entrar con un cuchillo en la torre de Gryffindor...
Si no encontramos a Pettigrew, vivo o muerto, no tendremos ninguna posibilidad
de cambiar la sentencia.
—Pero usted nos cree.
—Sí, yo sí —respondió en voz baja—. Pero no puedo
convencer a los demás ni desautorizar al ministro de Magia.
Harry miró fijamente el rostro serio de
Dumbledore y sintió como si se hundiera el suelo bajo sus pies. Siempre había
tenido la idea de que Dumbledore lo podía arreglar todo. Creía que podía sacar
del sombrero una solución asombrosa. Pero no: su última esperanza se había
esfumado.
—Lo que necesitamos es ganar tiempo —dijo
Dumbledore despacio. Sus ojos azul claro pasaban de Harry a Hermione.
—Pero... —empezó Hermione, poniendo los ojos
muy redondos—. ¡AH!
—Ahora prestadme atención —dijo Dumbledore,
hablando muy bajo y muy claro—. Sirius está encerrado en el despacho del
profesor Flitwick, en el séptimo piso. Torre oeste, ventana número trece por
la derecha. Si todo va bien, esta noche podréis salvar más de una vida
inocente. Pero recordadlo los dos: no os pueden ver. Señorita Granger, ya
conoces las normas. Sabes lo que está en juego. No deben veros.
Harry no entendía nada. Dumbledore se alejó y
al llegar a la puerta se volvió.
—Os voy a cerrar con llave. Son —consultó su
reloj— las doce menos cinco. Señorita Granger; tres vueltas deberían bastar.
Buena suerte.
—¿Buena suerte? —repitió Harry, cuando la
puerta se hubo cerrado tras Dumbledore—. ¿Tres vueltas? ¿Qué quiere decir?
¿Qué es lo que tenemos que hacer?
Pero Hermione rebuscaba en el cuello de su
túnica y sacó una cadena de oro muy larga y fina.
—Ven aquí, Harry —dijo perentoriamente—.
¡Rápido!
—Harry, perplejo, se acercó a ella. Hermione
estiró la cadena por fuera de la túnica y Harry pudo ver un pequeño reloj de
arena que pendía de ella—. Así. —Puso la cadena también alrededor del cuello
de Harry—. ¿Preparado? —dijo jadeante.
—¿Qué hacemos? —preguntó Harry sin
comprender.
Hermione dio tres vueltas al reloj de arena.
La sala oscura desapareció. Harry tuvo la
sensación de que volaba muy rápidamente hacia atrás. A su alrededor veía pasar
manchas de formas y colores borrosos. Notaba palpitaciones en los oídos. Quiso
gritar; pero no podía oír su propia voz.
Sintió el suelo firme bajo sus pies y todo
volvió a aclararse. Se hallaba de pie, al lado de Hermione, en el vacío vestíbulo,
y un chorro de luz dorada bañaba el suelo pavimentado penetrando por las
puertas principales, que estaban abiertas. Miró a Hermione con la cadena
clavándosele en el cuello.
—Hermione, ¿qué...?
—¡Ahí dentro! —Hermione cogió a Harry del
brazo y lo arrastró por el vestíbulo hasta la puerta del armario de la
limpieza. Lo abrió, empujó a Harry entre los cubos y las fregonas, entró ella
tras él y cerró la puerta.
—¿Qué..., cómo...? Hermione, ¿qué ha pasado?
—Hemos retrocedido en el tiempo —susurró
Hermione, quitándole a Harry, a oscuras, la cadena del cuello—. Tres horas.
Harry se palpó la pierna y se dio un fuerte
pellizco. Le dolió mucho, lo que en principio descartaba la posibilidad de que
estuviera soñando.
—Pero...
—¡Chist! ¡Escucha! ¡Alguien viene! ¡Creo que
somos nosotros! —Hermione había pegado el oído a la puerta del armario—.
Pasos por el vestíbulo... Sí, creo que somos nosotros yendo hacia la cabaña de
Hagrid.
—¿Quieres decir que estamos aquí en este
armario y que también estamos ahí fuera?
—Sí —respondió Hermione, con el oído aún
pegado a la puerta del armario—. Estoy segura de que somos nosotros. No parecen
más de tres personas. Y... vamos despacio porque vamos ocultos por la capa
invisible. —Dejó de hablar; pero siguió escuchando—. Acabamos de bajar la
escalera principal...
Hermione se sentó en un cubo puesto boca
abajo. Harry estaba impaciente y quería que Hermione le respondiera a algunas
preguntas.
—¿De dónde has sacado ese reloj de arena?
—Se llama giratiempo —explicó
Hermione—. Me lo dio la profesora McGonagall el día que volvimos de vacaciones.
Lo he utilizado durante el curso para poder asistir a todas las clases. La
profesora McGonagall me hizo jurar que no se lo contaría a nadie. Tuvo que
escribir un montón de cartas al Ministerio de Magia para que me dejaran tener
uno. Les dijo que era una estudiante modelo y que no lo utilizaría nunca para
otro fin. Le doy vuelta para volver a disponer de la hora de clase. Gracias a
él he podido asistir a varias clases que tenían lugar al mismo tiempo, ¿te das
cuenta? Pero, Harry, me temo que no entiendo qué es lo que quiere Dumbledore
que hagamos. ¿Por qué nos ha dicho que retrocedamos tres horas? ¿En qué va a
ayudar eso a Sirius?
Harry la miró en la oscuridad.
—Quizás ocurriera algo que podemos cambiar
ahora —dijo pensativo—. ¿Qué puede ser? Hace tres horas nos dirigíamos a la
cabaña de Hagrid...
—Ya estamos tres horas antes, nos dirigimos a
la cabaña —explicó Hermione—. Acabamos de oírnos salir.
Harry frunció el entrecejo. Estaba
estrujándose el cerebro.
—Dumbledore dijo simplemente... dijo
simplemente que podíamos salvar más de una vida inocente... —Y entonces se le
ocurrió—: ¡Hermione, vamos a salvar a Buckbeak!
—Pero... ¿en qué ayudará eso a Sirius?
—Dumbledore nos dijo dónde está la ventana
del despacho de Flitwick, donde tienen encerrado a Sirius con llave. Tenemos
que volar con Buckbeak hasta la ventana y rescatar a Sirius. Sirius
puede escapar montado en Buckbeak. ¡Pueden escapar juntos!
Hermione parecía aterrorizada.
—¡Si conseguimos hacerlo sin que nos vean
será un milagro!
—Bueno, tenemos que intentarlo, ¿no crees?
—dijo Harry. Se levantó y pegó el oído a la puerta—. No parece que haya nadie.
Vamos...
Harry empujó y abrió la puerta del armario.
El vestíbulo estaba desierto. Tan en silencio y tan rápido como pudieron,
salieron del armario y bajaron corriendo los escalones. Las sombras se
alargaban. Las copas de los árboles del bosque prohibido volvían a brillar con
un fulgor dorado.
—¡Si alguien se asomara a la ventana..!
—chilló Hermione, mirando hacia atrás, hacia el castillo.
—Huiremos —dijo Harry con determinación—. Nos
internaremos en el bosque. Tendremos que ocultarnos detrás de un árbol o algo
así, y estar atentos.
—¡De acuerdo, pero iremos por detrás de los
invernaderos! —dijo Hermione, sin aliento—. ¡Tenemos que apartarnos de la
puerta principal de la cabaña de Hagrid o de lo contrario nos veremos a
nosotros mismos! Ya debemos de estar llegando a la cabaña.
Pensando todavía en las intenciones de
Hermione, Harry echó a correr delante de ella. Atravesaron los huertos hasta
los invernaderos, se detuvieron un momento detrás de éstos y reanudaron el
camino a toda velocidad, rodeando el sauce boxeador y yendo a ocultarse en el
bosque...
A salvo en la oscuridad de los árboles, Harry
se dio la vuelta. Unos segundos más tarde, llegó Hermione jadeando.
—Bueno —dijo con voz entrecortada—, tenemos
que ir a la cabaña sin que se note. Que no nos vean, Harry
Anduvieron en silencio entre los árboles, por
la orilla del bosque. Al vislumbrar la fachada de la cabaña de Hagrid, oyeron
que alguien llamaba a la puerta. Se escondieron tras un grueso roble y miraron
por ambos lados. Hagrid apareció en la puerta tembloroso y pálido, mirando a
todas partes para ver quién había llamado. Y Harry oyó su propia voz que decía:
—Somos nosotros. Llevamos la capa invisible.
Si nos dejas pasar; nos la quitaremos.
—No deberíais haber venido —susurró Hagrid.
Se hizo a un lado y cerró rápidamente la
puerta.
—Esto es lo más raro en que me he metido en
mi vida —dijo Harry con entusiasmo.
—Vamos a adelantarnos un poco —susurró Hermione—.
¡Tenemos que acercarnos más a Buckbeak!
Avanzaron sigilosamente hasta que vieron al
nervioso hipogrifo atado a la valla que circundaba la plantación de calabazas
de Hagrid.
—¿Ahora? —susurró Harry
—¡No! —dijo Hermione—. Si nos lo llevamos
ahora, los hombres de la comisión creerán que Hagrid lo ha liberado. ¡Tenemos
que esperar hasta que lo vean atado!
—Eso supone unos sesenta segundos —dijo
Harry. Les empezaba a parecer irrealizable.
En ese momento oyeron romperse una pieza de
porcelana.
—Ya se le ha caído a Hagrid la jarra de leche
—dijo Hermione—. Dentro de un momento encontraré a Scabbers.
Efectivamente, minutos después oyeron el
chillido de sorpresa de Hermione.
—Hermione —dijo Harry de repente—, ¿y si
entráramos en la cabaña y nos apoderásemos de Pettigrew?
—¡No! —exclamó Hermione con temor—. ¿No lo
entiendes? ¡Estamos rompiendo una de las leyes más importantes de la brujería!
¡Nadie puede cambiar lo ocurrido, nadie! Ya has oído a Dumbledore... Si nos
ven...
—Sólo nos verían Hagrid y nosotros mismos.
—Harry, ¿qué crees que pasaría si te vieras a
ti mismo entrando en la cabaña de Hagrid? —dijo Hermione.
—Creería... creería que me había vuelto loco
—dijo Harry—. O que había magia oscura por medio.
—Exactamente. No lo comprenderías. Incluso
puede que te atacaras a ti mismo. La profesora McGonagall me dijo que han
sucedido cosas terribles cuando los brujos se han inmiscuido con el tiempo.
¡Muchos terminaron matando por error su propio yo, pasado o futuro!
—Vale —dijo Harry—, sólo era una idea. Yo pensaba
nada más que...
Pero Hermione le dio un codazo y señaló hacia
el castillo. Harry movió la cabeza unos centímetros para tener una visión más
clara de la puerta central. Dumbledore, Fudge, el anciano de la comisión y
Macnair, el verdugo, bajaban los escalones.
—¡Estamos a punto de salir! —dijo Hermione en
voz baja.
Efectivamente, un momento después se abrió la
puerta trasera de la cabaña de Hagrid y Harry se vio a sí mismo con Ron y con
Hermione saliendo por ella con Hagrid. Sin duda era la situación más rara en
que se había visto, permanecer detrás del árbol y verse a sí mismo en el huerto
de las calabazas.
—No temas, Buckbeak —dijo Hagrid—. No
temas. —Se volvió hacia los tres amigos—. Venga, marchaos.
—Hagrid, no podemos... Les diremos lo que de
verdad sucedió.
—No pueden matarlo...
—¡Marchaos! Ya es bastante horrible y sólo
faltaría que además os metierais en un lío.
Harry vio a Hermione echando la capa
invisible sobre los tres en el huerto de calabazas.
—Marchaos, rápido. No escuchéis.
Llamaron a la puerta principal de la cabaña
de Hagrid. El grupo de la ejecución había llegado. Hagrid dio media vuelta y se
metió en la cabaña, dejando entreabierta la puerta de atrás. Harry vio que la
hierba se aplastaba a trechos alrededor de la cabaña y oyó alejarse tres pares
de pies. Él, Ron y Hermione se habían marchado, pero el Harry y la Hermione que
se ocultaban entre los árboles podían ahora escuchar por la puerta trasera lo
que sucedía dentro de la cabaña.
—¿Dónde está la bestia? —preguntó la voz fría
de Macnair.
—Fu... fuera contestó Hagrid.
Harry escondió la cabeza cuando Macnair
apareció en la ventana de Hagrid para mirar a Buckbeak. Luego oyó a
Fudge.
—Tenemos que leer la sentencia, Hagrid. Lo
haré rápido. Y luego tú y Macnair tendréis que firmar. Macnair, tú también
debes escuchar. Es el procedimiento.
El rostro de Macnair desapareció de la
ventana. Tendría que ser en ese momento o nunca.
—Espera aquí —susurró Harry a Hermione—. Yo
lo haré.
Mientras Fudge volvía a hablar; Harry salió disparado
de detrás del árbol, saltó la valla del huerto de calabazas y se acercó a Buckbeak.
—«La Comisión para las Criaturas Peligrosas
ha decidido que el hipogrifo Buckbeak, en adelante el condenado, sea
ejecutado el día seis de junio a la puesta del sol...»
Guardándose de parpadear; Harry volvió a
mirar fijamente los feroces ojos naranja de Buckbeak e inclinó la cabeza.
Buckbeak dobló las escamosas rodillas y volvió a enderezarse. Harry
soltó la cuerda que ataba a Buckbeak a la valla.
—«... sentenciado a muerte por decapitación,
que será llevada a cabo por el verdugo nombrado por la Comisión, Walden
Macnair...»
—Vamos, Buckbeak —murmuró Harry—, ven,
vamos a salvarte. Sin hacer ruido, sin hacer ruido...
—«... por los abajo firmantes.» Firma aquí,
Hagrid.
Harry tiró de la cuerda con todas sus
fuerzas, pero Buckbeak había clavado en el suelo las patas delanteras.
—Bueno, acabemos ya —dijo la voz atiplada del
anciano de la Comisión en el interior de la cabaña de Hagrid—. Hagrid, tal vez
fuera mejor que te quedaras aquí dentro.
—No, quiero estar con él... No quiero que
esté solo.
Se oyeron pasos dentro de la cabaña.
—Muévete,
Buckbeak —susurró Harry
Harry tiró de la cuerda con más fuerza. El
hipogrifo echó a andar agitando un poco las alas con talante irritado. Aún se
hallaban a tres metros del bosque y se les podía ver perfectamente desde la
puerta trasera de la cabaña de Hagrid.
—Un momento, Macnair; por favor —dijo la voz
de Dumbledore—. Usted también tiene que firmar. —Los pasos se detuvieron. Buckbeak
dio un picotazo al aire y anduvo algo más aprisa.
La cara pálida de Hermione asomaba por detrás
de un árbol.
—¡Harry;
date prisa! —dijo.
Harry aún oía la voz de Dumbledore en la
cabaña. Dio otro tirón a la cuerda. Buckbeak se puso a trotar a regañadientes.
Llegaron a los árboles...
—¡Rápido, rápido! —gritó Hermione, saliendo
como una flecha de detrás del árbol, asiendo también la cuerda y tirando con
Harry para que Buckbeak avanzara más aprisa. Harry miró por encima del
hombro. Ya estaban fuera del alcance de las miradas. Desde allí no veían el
huerto de Hagrid.
—¡Para! —le dijo a Hermione—. Podrían oírnos.
La puerta trasera de la cabaña de Hagrid se
había abierto de golpe. Harry Hermione y Buckbeak se quedaron inmóviles.
Incluso el hipogrifo parecía escuchar con atención.
Silencio. Luego...
—¿Dónde está? —dijo la voz atiplada del
anciano de la comisión—. ¿Dónde está la bestia?
—¡Estaba atada aquí! —dijo con furia el
verdugo—. Yo la vi. ¡Exactamente aquí!
—¡Qué extraordinario! —dijo Dumbledore. Había
en su voz un dejo de desenfado.
—¡Buckbeak! —exclamó Hagrid con voz
ronca.
Se oyó un sonido silbante y a continuación el
golpe de un hacha. El verdugo, furioso, la había lanzado contra la valla. Luego
se oyó el aullido y en esta ocasión pudieron oír también las palabras de
Hagrid entre sollozos:
—¡Se ha ido!, ¡se ha ido! Alabado sea, ¡ha
escapado! Debe de haberse soltado solo. Buckbeak, qué listo eres.
Buckbeak empezó a tirar de la cuerda, deseoso de
volver con Hagrid. Harry y Hermione la sujetaron con más fuerza, hundiendo los
talones en tierra.
—¡Lo han soltado! —gruñía el verdugo—.
Deberíamos rastrear los terrenos y el bosque.
—Macnair; si alguien ha cogido realmente a Buckbeak,
¿crees que se lo habrá llevado a pie? —le preguntó Dumbledore, que seguía hablando
con desenfado—. Rastrea el cielo, si quieres... Hagrid, no me iría mal un té. O
una buena copa de brandy.
—Por... por supuesto, profesor —dijo Hagrid,
al que la alegría parecía haber dejado flojo—. Entre, entre...
Harry y Hermione escuchaban con atención:
oyeron pasos, la leve maldición del verdugo, el golpe de la puerta y de nuevo
el silencio.
—¿Y ahora qué? —susurró Harry, mirando a su
alrededor.
—Tendremos que quedarnos aquí escondidos
—dijo Hermione con miedo—. Tenemos que esperar a que vuelvan al castillo.
Luego aguardaremos a que pase el peligro y nos acercaremos a la ventana de
Sirius volando con Buckbeak. No volverá por allí hasta dentro de dos
horas... Esto va a resultar difícil...
Miró por encima del hombro, a la espesura del
bosque. El sol se ponía en aquel momento.
—Habrá que moverse —dijo Harry, pensando—.
Tenemos que ir donde podamos ver el sauce boxeador o no nos enteraremos de lo
que ocurre.
—De acuerdo —dijo Hermione, sujetando la
cuerda de Buckbeak aún más firme—. Pero hemos de seguir ocultos, Harry,
recuérdalo.
Se movieron por el borde del bosque, mientras
caía la noche, hasta ocultarse tras un grupo de árboles entre los cuales podían
distinguir el sauce.
—¡Ahí está Ron! —dijo Harry de repente.
Una figura oscura corría por el césped y el
aire silencioso de la noche les transmitió el eco de su grito.
—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers,
ven aquí...
Y entonces vieron a otras dos figuras que
salían de la nada. Harry se vio a sí mismo y a Hermione siguiendo a Ron. Luego
vio a Ron lanzándose en picado.
—¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.
—¡Ahí está Sirius! —dijo Harry. El perrazo
había surgido de las raíces del sauce. Lo vieron derribar a Harry y sujetar a
Ron—. Desde aquí parece incluso más horrible, ¿verdad? —añadió mientras el
perro arrastraba a Ron hasta meterlo entre las raíces—. ¡Eh, mira! El árbol
acaba de pegarme. Y también a ti. ¡Qué situación más rara!
El sauce boxeador crujía y largaba puñetazos
con sus ramas más bajas. Podían verse a sí mismos corriendo de un lado para
otro en su intento de alcanzar el tronco. Y de repente el árbol se quedó
quieto.
—Crookshanks ya ha apretado el nudo
—explicó Hermione.
—Allá vamos... —murmuró Harry—. Ya hemos
entrado.
En cuanto desaparecieron, el árbol volvió a
agitarse. Unos segundos después, oyeron pasos cercanos. Dumbledore, Macnair,
Fudge y el anciano de la Comisión se dirigían al castillo.
—¡En cuanto bajamos por el pasadizo! —dijo
Hermione—. ¡Ojalá Dumbledore hubiera venido con nosotros...!
—Macnair y Fudge habrían venido también —dijo
Harry con tristeza—. Te apuesto lo que quieras a que Fudge habría ordenado a
Macnair que matara a Sirius allí mismo.
Vieron a los cuatro hombres subir por la
escalera de entrada del castillo y perderse de vista. Durante unos minutos el
lugar quedó vacío. Luego...
—¡Aquí viene Lupin! —dijo Harry al ver a otra
persona que bajaba la escalera y se dirigía corriendo hacia el sauce. Harry
miró al cielo. Las nubes ocultaban la luna.
Vieron que Lupin cogía del suelo una rama
rota y apretaba con ella el nudo del tronco. El árbol dejó de dar golpes y
también Lupin desapareció por el hueco que había entre las raíces.
—¡Ojalá hubiera cogido la capa! —dijo Harry—.
Está ahí... —Se volvió a Hermione—. Si saliera ahora corriendo y me la llevara,
no la podría coger Snape.
—¡Harry, no nos deben ver!
—¿Cómo puedes soportarlo? —le preguntó a
Hermione con irritación—. ¿Estar aquí y ver lo que sucede sin hacer nada?
—Dudó—. ¡Voy a coger la capa!
—¡Harry, no!
Hermione sujetó a Harry a tiempo por la parte
trasera de la túnica. En ese momento oyeron cantar a alguien. Era Hagrid, que
se dirigía hacia el castillo, cantando a voz en grito y oscilando ligeramente
al caminar. Llevaba una botella grande en la mano.
—¿Lo ves? —susurró Hermione—. ¿Ves lo que
habría ocurrido? ¡Tenemos que estar donde nadie nos pueda ver! ¡No, Buckbeak!
El hipogrifo hacia intentos desesperados por
ir hacia Hagrid. Harry aferró también la cuerda para sujetar a Buckbeak.
Observaron a Hagrid, que iba haciendo eses hacia el castillo. Desapareció. Buckbeak
cejó en sus intentos de escapar. Abatió la cabeza con tristeza.
Apenas dos minutos después las puertas del
castillo volvieron a abrirse y Snape apareció corriendo hacia el sauce, en pos
de ellos.
Harry cerró fuertemente los puños al ver que
Snape se detenía cerca del árbol, mirando a su alrededor. Cogió la capa y la
sostuvo en alto.
—Aparta de ella tus asquerosas manos —murmuró
Harry entre dientes.
—¡Chist!
Snape cogió la rama que había usado Lupin
para inmovilizar el árbol, apretó el nudo con ella y, cubriéndose con la capa,
se perdió de vista.
—Ya está —dijo Hermione en voz baja—. Ahora
ya estamos todos dentro. Y ahora sólo tenemos que esperar a que volvamos a
salir...
Cogió el extremo de la cuerda de Buckbeak y
lo amarró firmemente al árbol más cercano. Luego se sentó en el suelo seco,
rodeándose las rodillas con los brazos.
—Harry, hay algo que no comprendo... ¿Por qué
no atraparon a Sirius los dementores? Recuerdo que se aproximaban a él antes
de que yo me desmayara.
Harry se sentó también. Explicó lo que había
visto. Cómo, en el momento en que el dementor más cercano acercaba la boca a
Sirius, algo grande y plateado llegó galopando por el lago y ahuyentó a los
dementores.
Cuando terminó Harry de explicarlo, Hermione
tenía la boca abierta.
—Pero ¿qué era?
—Sólo hay una cosa que puede hacer retroceder
a los dementores —dijo Harry—. Un verdadero patronus, un patronus poderoso.
—Pero ¿quién lo hizo aparecer?
Harry no dijo nada. Volvió a pensar en la
persona que había visto en la otra orilla del lago. Imaginaba quién podía
ser... Pero ¿cómo era posible?
—¿No viste qué aspecto tenía? —preguntó
Hermione con impaciencia—. ¿Era uno de los profesores?
—No.
—Pero tuvo que ser un brujo muy poderoso para
alejar a todos los dementores... Si el patronus brillaba tanto, ¿no lo iluminó?
¿No pudiste ver...?
—Sí que lo vi —dijo Harry pensativo—. Aunque
tal vez lo imaginase. No pensaba con claridad. Me desmayé inmediatamente
después...
—¿Quién te pareció que era?
—Me pareció —Harry tragó saliva, consciente
de lo raro que iba a sonar aquello—, me pareció mi padre.
Miró a Hermione y vio que estaba con la boca
abierta. La muchacha lo miraba con una mezcla de inquietud y pena.
—Harry, tu padre está..., bueno..., está
muerto —dijo en voz baja.
—Lo sé —dijo Harry rápidamente.
—¿Crees que era su fantasma?
—No lo sé. No... Parecía sólido.
—Pero entonces...
—Quizá tuviera alucinaciones —dijo Harry—.
Pero a juzgar por lo que vi, se parecía a él. Tengo fotos suyas... —Hermione
seguía mirándolo como preocupada por su salud mental—. Sé que parece una
locura —añadió Harry con determinación. Se volvió para echar un vistazo a Buckbeak,
que metía el pico en la tierra, buscando lombrices. Pero no miraba realmente al
hipogrifo.
Pensaba en su padre y en sus tres amigos de
toda la vida. Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta... ¿No habrían estado
aquella noche los cuatro en los terrenos del castillo? Colagusano había vuelto
a aparecer aquella noche, cuando todo el mundo pensaba que estaba muerto. ¿Era
imposible que su padre hubiera hecho lo mismo? ¿Había visto visiones en el
lago? La figura había estado demasiado lejos para distinguirla bien, y sin
embargo, antes de perder el sentido, había estado seguro de lo que veía.
Las hojas de los árboles susurraban movidas
por la brisa. La luna aparecía y desaparecía tras las nubes. Hermione se sentó
de cara al sauce, esperando.
Y entonces, después de una hora...
—¡Ya salen! —exclamó Hermione. Se pusieron en
pie. Buckbeak levantó la cabeza. Vieron a Lupin, Ron y Pettigrew
saliendo con dificultad del agujero de las raíces. Luego salió Hermione. Luego
Snape, inconsciente, flotando. A continuación iban Harry y Black. Todos
echaron a andar hacia el castillo. El corazón de Harry comenzaba a latir muy
fuerte. Levantó la vista al cielo. De un momento a otro pasaría la nube y la
luna quedaría al descubierto...
—Harry —musitó Hermione, como si adivinara lo
que pensaba él—, tenemos que quedarnos aquí. No nos deben ver. No podemos hacer
nada.
—¿Y vamos a consentir que Pettigrew vuelva a
escaparse? —dijo Harry en voz baja.
—¿Y cómo esperas encontrar una rata en la
oscuridad? —le atajó Hermione—. No podemos hacer nada. Si hemos regresado es
sólo para ayudar a Sirius. ¡No debes hacer nada más!
—Está bien.
La luna salió de detrás de la nube. Vieron
las pequeñas siluetas detenerse en medio del césped. Luego las vieron moverse.
—¡Mira a Lupin! —susurró Hermione—. Se está
transformando.
—¡Hermione! —dijo Harry de repente—. ¡Tenemos
que hacer algo!
—No podemos. Te lo estoy diciendo todo el
tiempo.
—¡No hablo de intervenir! ¡Es que Lupin se va
a adentrar en el bosque y vendrá hacia aquí!
Hermione ahogó un grito.
—¡Rápido! —gimió, apresurándose a desatar a Buckbeak—.
¡Rápido! ¿Dónde vamos? ¿Dónde nos ocultamos? ¡Los dementores llegarán de un
momento a otro!
—¡Volvamos a la cabaña de Hagrid! —dijo
Harry—. Ahora está vacía. ¡Vamos!
Corrieron todo lo aprisa que pudieron. Buckbeak
iba detrás de ellos a medio galope. Oyeron aullar al hombre lobo a sus
espaldas.
Vieron la cabaña. Harry derrapó al llegar a
la puerta. La abrió de un tirón y dejó pasar a Hermione y a Buckbeak,
que entraron como un rayo. Harry entró detrás de ellos y echó el cerrojo. Fang,
el perro jabalinero, ladró muy fuerte.
—¡Silencio, Fang, somos nosotros!
—dijo Hermione, avanzando rápidamente hacia él y acariciándole las orejas para
que callara—. ¡Nos hemos salvado por poco!
—dijo a Harry.
—Sí...
Harry miró por la ventana. Desde allí era
mucho más difícil ver lo que ocurría. Buckbeak parecía muy contento de
volver a casa de Hagrid. Se echó delante del fuego, plegó las alas con
satisfacción y se dispuso a echar un buen sueñecito.
—Será mejor que salga —dijo Harry pensativo—.
Desde aquí no veo lo que ocurre. No sabremos cuándo llega el momento.
—Hermione levantó los ojos para mirarlo. Tenía expresión de recelo—. No voy a
intervenir —añadió Harry de inmediato—. Pero si no vemos lo que ocurre, ¿cómo
sabremos cuál es el momento de rescatar a Sirius?
—Bueno, de acuerdo. Aguardaré aquí con Buckbeak...
Pero ten cuidado, Harry. Ahí fuera hay un licántropo y multitud de dementores.
Harry salió y bordeó la cabaña. Oyó gritos
distantes. Aquello quería decir que los dementores se acercaban a Sirius... El
otro Harry y la otra Hermione irían hacia él en cualquier momento...
Miró hacia el lago, con el corazón redoblando
como un tambor. Quienquiera que hubiese enviado al patronus, haría aparición
enseguida.
Durante una fracción de segundo se quedó ante
la puerta de la cabaña de Hagrid sin saber qué hacer. «No deben verte.» Pero
no quería que lo vieran, quería ver él. Tenía que enterarse...
Ya estaban allí los dementores. Surgían de la
oscuridad, llegaban de todas partes. Se deslizaban por las orillas del lago. Se
alejaban de Harry hacia la orilla opuesta... No tendría que acercarse a ellos.
Echó a correr. No pensaba más que en su
padre... Si era él, si era él realmente, tenía que saberlo, tenía que
averiguarlo.
Cada vez estaba más cerca del lago, pero no
se veía a nadie. En la orilla opuesta veía leves destellos de plata: eran sus
propios intentos de conseguir un patronus.
Había un arbusto en la misma orilla del agua.
Harry se agachó detrás de él y miró por entre las hojas. En la otra orilla los
destellos de plata se extinguieron de repente. Sintió emoción y terror: faltaba
muy poco.
—¡Vamos! —murmuró, mirando a su alrededor—.
¿Dónde estás? Vamos, papá.
Pero nadie acudió. Harry levantó la cabeza
para mirar el círculo de los dementores del otro lado del lago. Uno de ellos se
bajaba la capucha. Era el momento de que apareciera el salvador. Pero no veía
a nadie.
Y entonces lo comprendió. No había visto a su
padre, se había visto a sí mismo.
Harry salió de detrás del arbusto y sacó la
varita.
—¡EXPECTO PATRONUM! —exclamó.
Y de la punta de su varita surgió, no una
nube informe, sino un animal plateado, deslumbrante y cegador. Frunció el
entrecejo tratando de distinguir lo que era. Parecía un caballo. Galopaba en
silencio, alejándose de él por la superficie negra del lago. Lo vio bajar la
cabeza y cargar contra los dementores... En ese momento galopaba en torno a las
formas negras que estaban tendidas en el suelo, y los dementores retrocedían,
se dispersaban y huían en la oscuridad. Y se fueron.
El patronus dio media vuelta. Volvía hacia
Harry a medio galope, cruzando la calma superficie del agua. No era un
caballo. Tampoco un unicornio. Era un ciervo. Brillaba tanto como la luna...
Regresaba hacia él.
Se detuvo en la orilla. Sus pezuñas no
dejaban huellas en la orilla. Miraba a Harry con sus ojos grandes y plateados.
Lentamente reclinó la cornamenta. Y Harry comprendió:
—Cornamenta —susurró.
Pero se desvaneció cuando alargó hacia él las
temblorosas yemas de sus dedos.
Harry se quedó así, con la mano extendida.
Luego, con un vuelco del corazón, oyó tras él un ruido de cascos. Se dio la
vuelta y vio a Hermione, que se acercaba a toda prisa, tirando de Buckbeak.
—¿Qué has hecho? —dijo enfadada—. Dijiste que
no intervendrías.
—Sólo he salvado nuestra vida... Ven aquí,
detrás de este arbusto: te lo explicaré.
Hermione escuchó con la boca abierta el
relato de lo ocurrido.
—¿Te ha visto alguien?
—Sí. ¿No me has oído? ¡Me vi a mí mismo, pero
creí que era mi padre!
—No puedo creerlo... ¡Hiciste aparecer un patronus
capaz de ahuyentar a todos los dementores! ¡Eso es magia avanzadísima!
—Sabía que lo podía hacer —dijo Harry—,
porque ya lo había hecho... ¿No es absurdo?
—No lo sé... ¡Harry,
mira a Snape!
Observaron la otra orilla desde ambos lados
del arbusto. Snape había recuperado el conocimiento. Estaba haciendo aparecer
por arte de magia unas camillas y subía a ellas los cuerpos inconscientes de
Harry, Hermione y Black. Una cuarta camilla, que sin duda llevaba a Ron,
flotaba ya a su lado. Luego, apuntándolos con la varita, los llevó hacia el
castillo.
—Bueno, ya es casi el momento —dijo Hermione,
nerviosa, mirando el reloj—. Disponemos de unos 45 minutos antes de que
Dumbledore cierre con llave la puerta de la enfermería. Tenemos que rescatar a
Sirius y volver a la enfermería antes de que nadie note nuestra ausencia.
Aguardaron. Veían reflejarse en el lago el
movimiento de las nubes. La brisa susurraba entre las hojas del arbusto que
tenían al lado. Aburrido, Buckbeak había vuelto a buscar lombrices en
la tierra.
—¿Crees que ya estará allí arriba? —preguntó
Harry, consultando la hora. Levantó la mirada hacia el castillo y empezó a
contar las ventanas de la derecha de la torre oeste.
—¡Mira! —susurró Hermione—. ¿Quién es?
¡Alguien vuelve a salir del castillo!
Harry miró en la oscuridad. El hombre se
apresuraba por los terrenos del colegio hacia una de las entradas. Algo
brillaba en su cinturón.
—¡Macnair! —dijo Harry—. ¡El verdugo! ¡Va a
buscar a los dementores!
Hermione puso las manos en el lomo de Buckbeak
y Harry la ayudó a montar. Luego apoyó el pie en una rama baja del arbusto
y montó delante de ella. Pasó la cuerda por el cuello de Buckbeak y la
ató también al otro lado, como unas riendas.
—¿Preparada? —susurró a Hermione—. Será mejor
que te sujetes a mí.
Espoleó a Buckbeak con los talones.
Buckbeak emprendió el vuelo hacia el oscuro cielo.
Harry le presionó los costados con las rodillas y notó que levantaba las alas.
Hermione se sujetaba con fuerza a la cintura de Harry, que la oía murmurar:
—Ay, ay, qué poco me gusta esto, ay, ay, qué
poco me gusta.
Planeaban silenciosamente hacia los pisos más
altos del castillo. Harry tiró de la rienda de la izquierda y Buckbeak viró.
Harry trataba de contar las ventanas que pasaban como relámpagos.
—¡Sooo! —dijo, tirando de las riendas todo lo
que pudo.
Buckbeak redujo la velocidad y se detuvieron. Pasando
por alto el hecho de que subían y bajaban casi un metro cada vez que Buckbeak
batía las alas, podía decirse que estaban inmóviles.
—¡Ahí está! —dijo Harry, localizando a Sirius
mientras ascendían junto a la ventana. Sacó la mano y en el momento en que Buckbeak
bajaba las alas, golpeó en el cristal.
Black levantó la mirada. Harry vio que se
quedaba boquiabierto. Saltó de la silla, fue aprisa hacia la ventana y trató
de abrirla, pero estaba cerrada con llave.
—¡Échate hacia atrás! —le gritó Hermione, y
sacó su varita, sin dejar de sujetarse con la mano izquierda a la túnica de
Harry.
—¡Alohomora!
La ventana se abrió de golpe.
—¿Cómo... cómo... ? —preguntó Black casi sin
voz, mirando al hipogrifo.
—Monta, no hay mucho tiempo —dijo Harry,
abrazándose al cuello liso y brillante de Buckbeak, para impedir que se
moviera—. Tienes que huir, los dementores están a punto de llegar. Macnair ha
ido a buscarlos.
Black se sujetó al marco de la ventana y
asomó la cabeza y los hombros. Fue una suerte que estuviera tan delgado. En
unos segundos pasó una pierna por el lomo de Buckbeak y montó detrás de
Hermione.
—¡Arriba, Buckbeak! —dijo Harry,
sacudiendo las riendas—. Arriba, a la torre. ¡Vamos!
El hipogrifo batió las alas y volvió a
emprender el vuelo. Navegaron a la altura del techo de la torre oeste. Buckbeak
aterrizó tras las almenas con mucho alboroto, y Harry y Hermione se
bajaron inmediatamente.
—Será mejor que escapes rápido, Sirius —dijo
Harry jadeando—. No tardarán en llegar al despacho de Flitwick. Descubrirán tu
huida.
Buckbeak dio una coz en el suelo, sacudiendo la
afilada cabeza.
—¿Qué le ocurrió al otro chico? A Ron
—preguntó Sirius.
—Se pondrá bien. Está todavía inconsciente,
pero la señora Pomfrey dice que se curará. ¡Rápido, vete!
Pero Black seguía mirando a Harry.
—¿Cómo te lo puedo agradecer?
—¡VETE! —gritaron a un tiempo Harry y
Hermione.
Black dio la vuelta a Buckbeak, orientándolo
hacia el cielo abierto.
—¡Nos volveremos a ver! —dijo—.
¡Verdaderamente, Harry, te pareces a tu padre!
Presionó los flancos de Buckbeak con
los talones. Harry y Hermione se echaron atrás cuando las enormes alas volvieron
a batir. El hipogrifo emprendió el vuelo... Animal y jinete empequeñecieron
conforme Harry los miraba... Luego, una nube pasó ante la luna... y se
perdieron de vista.