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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
18
Era tan absurdo que les costó un rato comprender lo que había dicho.
Luego, Ron dijo lo mismo que Harry pensaba:
—Están ustedes locos.
—¡Absurdo! —dijo Hermione con voz débil.
—¡Peter Pettigrew está muerto! ¡Lo mató hace
doce años!
Señaló a Black, cuya cara sufría en ese
momento un movimiento espasmódico.
—Tal fue mi intención —explicó, enseñando los
dientes amarillos—, pero el pequeño Peter me venció. ¡Pero esta vez me vengaré!
Y dejó en el suelo a Crookshanks antes
de abalanzarse sobre Scabbers; Ron gritó de dolor cuando Black cayó
sobre su pierna rota.
—¡Sirius, NO! —gritó Lupin, corriendo hacia
ellos y separando a Black de Ron—. ¡ESPERA! ¡No puedes hacerlo así! ¡Tienen
que comprender! ¡Tenemos que explicárselo!
—Podemos explicarlo después —gruñó Black,
intentando desprenderse de Lupin y dando un zarpazo al aire para atrapar a Scabbers,
que gritaba como un cochinillo y arañaba a Ron en la cara y en el cuello,
tratando de escapar.
—¡Tienen derecho... a saberlo... todo! —jadeó
Lupin sujetando a Black—. ¡Es la mascota de Ron! ¡Hay cosas que ni siquiera yo comprendo!
¡Y Harry...! ¡Tienes que explicarle la verdad a Harry, Sirius!
Black dejó de forcejear; aunque mantuvo los
hundidos ojos fijos en Scabbers, a la que Ron protegía con sus manos
arañadas, mordidas y manchadas de sangre.
—De acuerdo, pues —dijo Black, sin apartar la
mirada de la rata—. Explícales lo que quieras, pero date prisa, Remus. Quiero
cometer el asesinato por el que fui encarcelado...
—Están locos los dos —dijo Ron con voz
trémula, mirando a Harry y a Hermione, en busca de apoyo—. Ya he tenido
bastante. Me marcho.
Intentó incorporarse sobre su pierna sana,
pero Lupin volvió a levantar la varita apuntando a Scabbers.
—Me vas a escuchar hasta el final, Ron —dijo
en voz baja—. Pero sujeta bien a Peter mientras escuchas.
—¡NO ES PETER, ES SCABBERS! —gritó Ron, obligando a la
rata a meterse en su bolsillo delantero, aunque se resistía demasiado. Ron
perdió el equilibrio. Harry lo cogió y lo tendió en la cama. Sin hacer caso de
Black, Harry se volvió hacia Lupin.
—Hubo testigos que vieron morir a Pettigrew
—dijo—. Toda una calle llena de testigos.
—¡No vieron, creyeron ver! —respondió Black
con furia, vigilando a Scabbers, que se debatía en las manos de Ron.
—Todo el mundo creyó que Sirius mató a Peter
—confirmó Lupin—. Yo mismo lo creía hasta que he visto el mapa esta noche.
Porque el mapa del merodeador nunca miente... Peter está vivo. Ron lo tiene
entre las manos, Harry.
Harry bajó la mirada hacia Ron, y al
encontrarse sus ojos, se entendieron sin palabras: indudablemente, Black y
Lupin estaban locos. Nada de lo que decían tenía sentido. ¿Cómo iba Scabbers
a ser Peter Pettigrew? Azkaban debía de haber trastornado a Black, después
de todo. Pero ¿por qué Lupin le seguía la corriente?
Entonces habló Hermione, con una voz
temblorosa que pretendía parecer calmada, como si quisiera que el profesor
Lupin recobrara la sensatez.
—Pero profesor Lupin: Scabbers no
puede ser Pettigrew... Sencillamente es imposible, usted lo sabe.
—¿Por qué no puede serlo? —preguntó Lupin
tranquilamente, como si estuvieran en clase y Hermione se limitara a plantear
un problema en un experimento con grindylows.
—Porque si Peter Pettigrew hubiera sido un
animago, la gente lo habría sabido. Estudiamos a los animagos con la profesora
McGonagall. Y yo los estudié en la enciclopedia cuando preparaba el trabajo. El
Ministerio vigila a los magos que pueden convertirse en animales. Hay un
registro que indica en qué animal se convierten y las señales que tienen. Yo
busqué «Profesora McGonagall» en el registro, y vi que en este siglo sólo ha
habido siete animagos. El nombre de Peter Pettigrew no figuraba en la lista.
Iba a asombrarse Harry de la escrupulosidad
con que Hermione hacía los deberes cuando Lupin se echó a reír.
—¡Bien otra vez, Hermione! —dijo—. Pero el
Ministerio ignora la existencia de otros tres animagos en Hogwarts.
—Si se lo vas a contar; date prisa, Remus
—gruñó Black, que seguía vigilando cada uno de los frenéticos movimientos de Scabbers—.
He esperado doce años. No voy a esperar más.
—De acuerdo, pero tendrás que ayudarme,
Sirius —dijo Lupin—. Yo sólo sé cómo comenzó...
Lupin se detuvo en seco. Había oído un
crujido tras él. La puerta de la habitación acababa de abrirse. Los cinco se
volvieron hacia ella. Lupin se acercó y observó el rellano.
—No hay nadie.
—¡Este lugar está encantado! —dijo Ron.
—No lo está —dijo Lupin, que seguía mirando a
la puerta, intrigado—. La Casa de los Gritos nunca ha estado embrujada. Los
gritos y aullidos que oían los del pueblo los producía yo. —Se apartó el
ceniciento pelo de los ojos. Meditó un instante y añadió—: Con eso empezó
todo... cuando me convertí en hombre lobo. Nada de esto habría sucedido si no
me hubieran mordido... y si no hubiera sido yo tan temerario.
Estaba tranquilo pero fatigado. Iba Ron a interrumpirle
cuando Hermione, que observaba a Lupin muy atentamente, se llevó el dedo a la
boca.
—¡Chitón!
—Era muy pequeño cuando me mordieron
—prosiguió Lupin—. Mis padres lo intentaron todo, pero en aquellos días no
había cura. La poción que me ha estado dando el profesor Snape es un
descubrimiento muy reciente. Me vuelve inofensivo, ¿os dais cuenta? Si la tomo
la semana anterior a la luna llena, conservo mi personalidad al
transformarme... Me encojo en mi despacho, convertido en un lobo inofensivo, y
aguardo a que la luna vuelva a menguar. Sin embargo, antes de que se
descubriera la poción de matalobos, me convertía una vez al mes en un peligroso
lobo adulto. Parecía imposible que pudiera venir a Hogwarts. No era probable
que los padres quisieran que sus hijos estuvieran a mi merced. Pero entonces
Dumbledore llegó a director y se hizo cargo de mi problema. Dijo que mientras
tomáramos ciertas precauciones, no había motivo para que yo no acudiera a
clase. —Lupin suspiró y miró a Harry—. Te dije hace meses que el sauce
boxeador lo plantaron el año que llegué a Hogwarts. La verdad es que lo
plantaron porque vine a Hogwarts. Esta casa —Lupin miró a su alrededor
melancólicamente—, el túnel que conduce a ella... se construyeron para que los
usara yo. Una vez al mes me sacaban del castillo furtivamente y me traían a
este lugar para que me transformara. El árbol se puso en la boca del túnel para
que nadie se encontrara conmigo mientras yo fuera peligroso.
Harry no sabía en qué pararía la historia,
pero aun así escuchaba con gran interés. Lo único que se oía, aparte de la voz
de Lupin, eran los chillidos asustados de Scabbers.
—En aquella época mis transformaciones
eran... eran terribles. Es muy doloroso convertirse en licántropo. Se me
aislaba de los humanos para que no los mordiera, de forma que me arañaba y
mordía a mí mismo. En el pueblo oían los ruidos y los gritos, y creían que se
trataba de espíritus especialmente violentos. Dumbledore alentó los rumores...
Ni siquiera ahora que la casa lleva años en silencio se atreven los del pueblo
a acercarse. Pero aparte de eso, yo era más feliz que nunca. Por primera vez
tenía amigos, tres estupendos amigos: Sirius Black, Peter Pettigrew y tu padre,
Harry, James Potter. Mis tres amigos no podían dejar de darse cuenta de mis
desapariciones mensuales. Yo inventaba historias de todo tipo. Les dije que mi
madre estaba enferma y que tenía que ir a casa a verla... Me aterrorizaba que
pudieran abandonarme cuando descubrieran lo que yo era. Pero al igual que tú,
Hermione, averiguaron la verdad. Y no me abandonaron. Por el contrario,
convirtieron mis metamorfosis no sólo en soportables, sino en los mejores
momentos de mi vida. Se hicieron animagos.
—¿Mi padre también? —preguntó Harry atónito.
—Sí, claro —respondió Lupin—. Les costó tres
años averiguar cómo hacerlo. Tu padre y Sirius eran los alumnos más
inteligentes del colegio y tuvieron suerte porque la transformación en animago
puede salir fatal. Es la razón por la que el Ministerio vigila estrechamente a
los que lo intentan. Peter necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener de
James y Sirius. Finalmente, en quinto, lo lograron. Cada cual tuvo la
posibilidad de convertirse a voluntad en un animal diferente.
—Pero ¿en qué le benefició a usted eso?
—preguntó Hermione con perplejidad.
—No podían hacerme compañía como seres
humanos, así que me la hacían como animales —explicó Lupin—. Un licántropo sólo
es peligroso para las personas. Cada mes abandonaban a hurtadillas el castillo,
bajo la capa invisible de James. Peter, como era el más pequeño, podía
deslizarse bajo las ramas del sauce y tocar el nudo que las deja inmóviles.
Entonces pasaban por el túnel y se reunían conmigo. Bajo su influencia yo me
volvía menos peligroso. Mi cuerpo seguía siendo de lobo, pero mi mente parecía
más humana mientras estaba con ellos.
—Date prisa, Remus —gritó Black, que seguía
mirando a Scabbers con una horrible expresión de avidez.
—Ya llego, Sirius, ya llego... Al
transformarnos se nos abrían posibilidades emocionantes. Abandonábamos la Casa
de los Gritos y vagábamos de noche por los terrenos del colegio y por el
pueblo. Sirius y James se transformaban en animales tan grandes que eran
capaces de tener a raya a un licántropo. Dudo que ningún alumno de Hogwarts
haya descubierto nunca tantas cosas sobre el colegio como nosotros. Y de esa
manera llegamos a trazar el mapa del merodeador y lo firmamos con nuestros
apodos: Sirius era Canuto, Peter Colagusano y James Cornamenta.
—¿Qué animal...? —comenzó Harry, pero
Hermione lo interrumpió:
—¡Aun así, era peligroso! ¡Andar por ahí, en
la oscuridad, con un licántropo! ¿Qué habría ocurrido si les hubiera dado
esquinazo a los otros y mordido a alguien?
—Ése es un pensamiento que aún me reconcome
—respondió Lupin en tono de lamentación—. Estuve a punto de hacerlo muchas
veces. Luego nos reíamos. Éramos jóvenes e irreflexivos. Nos dejábamos llevar
por nuestras ocurrencias. A menudo me sentía culpable por haber traicionado la
confianza de Dumbledore. Me había admitido en Hogwarts cuando ningún otro director
lo habría hecho, y no se imaginaba que yo estuviera rompiendo las normas que
había establecido para mi propia seguridad y la de otros. Nunca supo que por mi
culpa tres de mis compañeros se convirtieron ilegalmente en animagos. Pero
olvidaba mis remordimientos cada vez que nos sentábamos a planear la aventura
del mes siguiente. Y no he cambiado... —Las facciones de Lupin se habían
tensado y se le notaba en la voz que estaba disgustado consigo mismo—. Todo
este curso he estado pensando si debería decirle a Dumbledore que Sirius es un
animago. Pero no lo he hecho. ¿Por qué? Porque soy demasiado cobarde. Decírselo
habría supuesto confesar que yo traicionaba su confianza mientras estaba en el
colegio, habría supuesto admitir que arrastraba a otros conmigo... y la
confianza de Dumbledore ha sido muy importante para mí. Me dejó entrar en
Hogwarts de niño y me ha dado un trabajo cuando durante toda mi vida adulta me
han rehuido y he sido incapaz de encontrar un empleo remunerado debido a mi
condición. Y por eso supe que Sirius entraba en el colegio utilizando artes oscuras
aprendidas de Voldemort y de que su condición de animago no tenía nada que
ver... Así que, de alguna manera, Snape tenía razón en lo que decía de mí.
—¿Snape? —dijo Black bruscamente, apartando
los ojos de Scabbers por primera vez desde hacía varios minutos, y
mirando a Lupin—. ¿Qué pinta Snape?
—Está aquí, Sirius —dijo Lupin con disgusto—.
También da clases en Hogwarts. —Miró a Harry, a Ron y a Hermione—. El
profesor Snape era compañero nuestro. —Se volvió otra vez hacia Black—: Ha
intentado por todos los medios impedir que me dieran el puesto de profesor de
Defensa Contra las Artes Oscuras. Le ha estado diciendo a Dumbledore durante
todo el curso que no soy de fiar. Tiene motivos... Sirius le gastó una broma
que casi lo mató, una broma en la que me vi envuelto.
—Le estuvo bien empleado. —Black se rió con
una mueca—. Siempre husmeando, siempre queriendo saber lo que tramábamos...
para ver si nos expulsaban.
—Severus estaba muy interesado por averiguar
adónde iba yo cada mes —explicó Lupin a los tres jóvenes—. Estábamos en el
mismo curso, ¿sabéis? Y no nos caíamos bien. En especial, le tenía inquina a
James. Creo que era envidia por lo bien que se le daba el quidditch... De todas
formas, Snape me había visto atravesar los terrenos del colegio con la señora
Pomfrey cierta tarde que me llevaba hacia el sauce boxeador para mi
transformación. Sirius pensó que sería divertido contarle a Snape que para
entrar detrás de mí bastaba con apretar el nudo del árbol con un palo largo.
Bueno, Snape, como es lógico, lo hizo. Si hubiera llegado hasta aquí, se habría
encontrado con un licántropo completamente transformado. Pero tu padre, que
había oído a Sirius, fue tras Snape y lo obligó a volver, arriesgando su propia
vida, aunque Snape me entrevió al final del túnel. Dumbledore le prohibió
contárselo a nadie, pero desde aquel momento supo lo que yo era...
—Entonces, por eso lo odia Snape —dijo
Harry—. ¿Pensó que estaba usted metido en la broma?
—Exactamente —admitió una voz fría y burlona
que provenía de la pared, a espaldas de Lupin.
Severus Snape se desprendió de la capa
invisible y apuntó a Lupin con la varita.