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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
17
A Harry se le quedó la mente en blanco a causa de la impresión. Los
tres se habían quedado paralizados bajo la capa invisible. Los últimos rayos
del sol arrojaron una luz sanguinolenta sobre los terrenos, en los que las
sombras se dibujaban muy alargadas. Detrás de ellos oyeron un aullido salvaje.
—¡Hagrid!
—susurró Harry. Sin
pensar en lo que hacia, fue a darse la vuelta, pero Ron y Hermione lo cogieron por
los brazos.
—No podemos —dijo Ron, blanco como una
pared—. Se verá en un problema más serio si se descubre que lo hemos ido a
visitar...
Hermione respiraba floja e irregularmente.
—¿Cómo... han podido...? —preguntó jadeando,
como si se ahogase—. ¿Cómo han podido?
—Vamos —dijo Ron, tiritando.
Reemprendieron el camino hacia el castillo,
andando muy despacio para no descubrirse. La luz se apagaba. Cuando llegaron a
campo abierto, la oscuridad se cernía sobre ellos como un embrujo.
—Scabbers, estate quieta —susurró Ron,
llevándose la mano al pecho. La rata se retorcía como loca. Ron se detuvo,
obligando a Scabbers a que se metiera del todo en el bolsillo—. ¿Qué te
ocurre, tonta? Quédate quieta... ¡AY! ¡Me ha mordido!
—¡Ron, cállate! —susurró Hermione—. Fudge se
presentará aquí dentro de un minuto...
—No hay manera.
Scabbers estaba aterrorizada. Se retorcía con todas
sus fuerzas, intentando soltarse de Ron.
—¿Qué le ocurre?
Pero Harry acababa de ver a Crookshanks acercándose
a ellos sigilosamente, arrastrándose y con los grandes ojos amarillos
destellando pavorosamente en la oscuridad. Harry no sabía si el gato los veía o
se orientaba por los chillidos de Scabbers.
—¡Crookshanks!
—gimió Hermione—. ¡No, vete, Crookshanks! ¡Vete!
Pero el gato se acercaba más...
—Scabbers... ¡NO!
Demasiado tarde... La rata escapó por entre
los dedos de Ron, se echó al suelo y huyó a toda prisa. De un salto, Crookshanks
se lanzó tras el roedor; y antes de que Harry y Hermione pudieran
detenerlo, Ron se salió de la capa y se internó en la oscuridad.
—¡Ron! —gimió Hermione.
Ella y Harry se miraron y lo siguieron a la
carrera. Era imposible correr a toda velocidad debajo de la capa, así que se la
quitaron y la llevaron al vuelo, ondeando como un estandarte mientras seguían
a Ron. Oían delante de ellos el ruido de sus pasos y los gritos que dirigía a Crookshanks.
—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers,
ven aquí...
Oyeron un golpe seco.
—¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.
Harry y Hermione casi chocaron contra Ron.
Estaba tendido en el suelo. Scabbers había vuelto a su bolsillo y Ron
sujetaba con ambas manos el tembloroso bulto.
—Vamos, Ron, volvamos a cubrirnos —dijo
Hermione jadeando—. Dumbledore y el ministro saldrán dentro de un minuto.
Pero antes de que pudieran volver a taparse,
antes incluso de que pudieran recuperar el aliento, oyeron los pasos de unas
patas gigantes. Algo se acercaba a ellos en la oscuridad: un enorme perro
negro de ojos claros.
Harry quiso coger la varita, pero era ya
demasiado tarde. El perro había dado un gran salto y sus patas delanteras le
golpearon el pecho. Harry cayó de espaldas, con un fardo de pelo. Sintió el
cálido aliento del fardo, sus dientes de tres centímetros de longitud...
Pero el empujón lo había llevado demasiado
lejos. Se apartó rodando. Aturdido, sintiendo como si le hubieran roto las
costillas, trató de ponerse en pie; oyó rugir al animal, preparándose para un
nuevo ataque.
Ron se levantó. Cuando el perro volvió a
saltar contra ellos, Ron empujó a Harry hacia un lado y el perro mordió el
brazo estirado de Ron. Harry embistió y agarró al animal por el pelo, pero éste
arrastraba a Ron con tanta facilidad como si fuera un muñeco de trapo.
Entonces, algo surgido de no se sabía dónde
golpeó a Harry tan fuerte en la cara que volvió a derribarlo. Oyó a Hermione
chillar de dolor y caer también. Harry manoteó en busca de la varita,
parpadeando para quitarse la sangre de los ojos.
—¡Lumos! —susurró.
La luz de la varita iluminó un grueso árbol.
Habían perseguido a Scabbers hasta el sauce boxeador; y sus ramas crujían
como azotadas por un fortísimo viento y oscilaban de atrás adelante para
impedir que se aproximaran.
Al pie del árbol estaba el perro, arrastrando
a Ron y metiéndolo por un hueco que había en las raíces. Ron luchaba
denodadamente, pero su cabeza y su torso se estaban perdiendo de vista.
—¡Ron! —gritó Harry, intentando seguirlo,
pero una gruesa rama le propinó un restallante y terrible trallazo que lo
obligó a retroceder.
Lo único que podían ver ya de Ron era la
pierna con la que el muchacho se había enganchado en una rama para impedir que
el perro lo arrastrase. Un horrible crujido cortó el aire como un pistoletazo.
La pierna de Ron se había roto y el pie desapareció en aquel momento.
—Harry, tenemos que pedir ayuda —gritó
Hermione. Ella también sangraba. El sauce le había hecho un corte en el hombro.
—¡No! ¡Este ser es lo bastante grande para
comérselo! ¡No tenemos tiempo!
—No conseguiremos pasar sin ayuda.
Otra rama les lanzó otro latigazo, con las
ramitas enroscadas como puños.
—Si ese perro ha podido entrar, nosotros
también —jadeó Harry, corriendo y zigzagueando, tratando de encontrar un
camino a través de las ramas que daban trallazos al aire, pero era imposible
acercarse un centímetro más sin ser golpeados por el árbol.
—¡Socorro, socorro! —gritó Hermione, como una
histérica, dando brincos sin moverse del sitio—. ¡Por favor...!
Crookshanks dio un salto al frente. Se
deslizó como una serpiente por entre las ramas que azotaban el aire y se agarró
con las zarpas a un nudo del tronco.
De repente, como si el árbol se hubiera
vuelto de piedra, dejó de moverse.
—¡Crookshanks! —gritó Hermione,
dubitativa. Cogió a Harry por el brazo tan fuerte que le hizo daño—. ¿Cómo
sabía...?
—Es amigo del perro —dijo Harry con
tristeza—. Los he visto juntos... Vamos. Ten la varita a punto.
En unos segundos recorrieron la distancia que
les separaba del tronco, pero antes de que llegaran al hueco que había entre
las raíces, Crookshanks se metió por él agitando la cola de brocha.
Harry lo siguió. Entró a gatas, metiendo primero la cabeza, y se deslizó por
una rampa de tierra hasta la boca de un túnel de techo muy bajo. Crookshanks
estaba ya lejos de él y sus ojos brillaban a la luz de la varita de Harry.
Un segundo después, entró Hermione.
—¿Dónde está Ron? —le preguntó con voz
aterrorizada.
—Por aquí —indicó Harry, poniéndose en camino
con la espalda arqueada, siguiendo a Crookshanks.
—¿Adónde irá este túnel? —le preguntó
Hermione, sin aliento.
—No sé... Está señalado en el mapa del
merodeador; pero Fred y George creían que nadie lo había utilizado nunca. Se
sale del límite del mapa, pero daba la impresión de que iba a Hogsmeade...
Avanzaban tan aprisa como podían, casi
doblados por la cintura. Por momentos podían ver la cola de Crookshanks.
El pasadizo no se acababa. Parecía tan largo como el que iba a Honeydukes. Lo
único en que podía pensar Harry era en Ron y en lo que le podía estar haciendo
el perrazo... Al correr agachado, le costaba trabajo respirar y le dolía...
Y entonces el túnel empezó a elevarse, y
luego a serpentear; y Crookshanks había desaparecido. En vez de ver al
gato, Harry veía una tenue luz que penetraba por una pequeña abertura.
Se detuvieron jadeando, para coger aire.
Avanzaron con cautela hasta la abertura. Levantaron las varitas para ver lo que
había al otro lado.
Había una habitación, muy desordenada y llena
de polvo. El papel se despegaba de las paredes. El suelo estaba lleno de
manchas. Todos los muebles estaban rotos, como si alguien los hubiera
destrozado. Las ventanas estaban todas cegadas con maderas.
Harry miró a Hermione, que parecía muy
asustada, pero asintió con la cabeza.
Harry salió por la abertura mirando a su
alrededor. La habitación estaba desierta, pero a la derecha había una puerta
abierta que daba a un vestíbulo en sombras. Hermione volvió a cogerse del brazo
de Harry. Miraba de un lado a otro con los ojos muy abiertos, observando las
ventanas tapadas.
—Harry —susurró—. Creo que estamos en la Casa
de los Gritos.
Harry miró a su alrededor. Posó la mirada en
una silla de madera que estaba cerca de ellos. Le habían arrancado varios
trozos y una pata.
—Eso no lo han hecho los fantasmas —observó.
En ese momento oyeron un crujido en lo alto.
Algo se había movido en la parte de arriba. Miraron al techo. Hermione le
cogía el brazo con tal fuerza que perdía sensibilidad en los dedos. La miró.
Hermione volvió a asentir con la cabeza y lo soltó.
Tan en silencio como pudieron, entraron en el
vestíbulo y subieron por la escalera, que se estaba desmoronando. Todo estaba
cubierto por una gruesa capa de polvo, salvo el suelo, donde algo arrastrado
escaleras arriba había dejado una estela ancha y brillante.
Llegaron hasta el oscuro descansillo.
—Nox —susurraron a un tiempo, y se
apagaron las luces de las varitas.
Solamente había una puerta abierta. Al
dirigirse despacio hacia ella, oyeron un movimiento al otro lado. Un suave
gemido, y luego un ronroneo profundo y sonoro. Cambiaron una última mirada y un
último asentimiento con la cabeza.
Sosteniendo la varita ante sí, Harry abrió la
puerta de una patada.
Crookshanks estaba acostado en una
magnífica cama con dosel y colgaduras polvorientas. Ronroneó al verlos. En el
suelo, a su lado, sujetándose la pierna que sobresalía en un ángulo anormal,
estaba Ron. Harry y Hermione se le acercaron rápidamente.
—¡Ron!, ¿te encuentras bien?
—¿Dónde está el perro?
—No hay perro —gimió Ron. El dolor le hacía
apretar los dientes—. Harry, esto es una trampa...
—¿Qué...?
—Él es el perro. Es un animago...
Ron miraba por encima del hombro de Harry.
Harry se dio la vuelta. El hombre oculto en las sombras cerró la puerta tras
ellos.
Una masa de pelo sucio y revuelto le caía
hasta los codos. Si no le hubieran brillado los ojos en las cuencas profundas
y oscuras, habría creído que se trataba de un cadáver. La piel de cera estaba
tan estirada sobre los huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca
dejaba al descubierto sus dientes amarillos. Era Sirius Black.
—¡Expeliarmo! —exclamó, dirigiendo
hacia ellos la varita de Ron.
Las varitas que empuñaban Harry y Hermione
saltaron de sus manos, y Black las recogió. Dio un paso hacia ellos, con los
ojos fijos en Harry.
—Pensé que vendrías a ayudar a tu amigo —dijo
con voz ronca. Su voz sonaba como si no la hubiera empleado en mucho tiempo—.
Tu padre habría hecho lo mismo por mí. Habéis sido muy valientes por no salir
corriendo en busca de un profesor. Muchas gracias. Esto lo hará todo mucho más
fácil...
Harry oyó la burla sobre su padre como si
Black la hubiera proferido a voces. Notó la quemazón del odio, que no dejaba
lugar al miedo. Por primera vez en su vida habría querido volver a tener en su
mano la varita, no para defenderse, sino para atacar... para matar. Sin saber
lo que hacía, se adelanté, pero algo se movió a sus costados, y dos pares de
manos lo sujetaron y lo hicieron retroceder.
—¡No, Harry! —exclamó Hermione, petrificada.
Ron, sin embargo, se dirigió a Black:
—Si quiere matar a Harry, tendrá que matarnos
también a nosotros —dijo con fiereza, aunque el esfuerzo que había hecho para
levantarse lo había dejado aún más pálido, y oscilaba al hablar.
Algo titiló en los ojos sombríos de Black.
—Échate —le dijo a Ron en voz baja— o será
peor para tu pierna.
—¿Me ha oído? —dijo Ron débilmente,
apoyándose en Harry para mantenerse en pie—. Tendrá que matarnos a los tres.
—Sólo habrá un asesinato esta noche
—respondió Black, acentuando la mueca.
—¿Por qué? —preguntó Harry, tratando de
soltarse de Ron y de Hermione—. No le importó la última vez, ¿a que no? No le
importó matar a todos aquellos muggles al mismo tiempo que a Pettigrew... ¿Qué
ocurre, se ha ablandado usted en Azkaban?
—¡Harry!
—sollozó Hermione—. ¡Cállate!
—¡ÉL MATÓ A MIS PADRES! —gritó Harry.
Y haciendo un último esfuerzo se liberó de
Ron y de Hermione, y se lanzó.
Había olvidado la magia. Había olvidado que
era bajito y poca cosa y que tenía trece años, mientras que Black era un hombre
adulto y alto. Lo único que sabía Harry era que quería hacerle a Black todo el
daño posible, y que no le importaba el que recibiera a cambio.
Tal vez fuera por la impresión que le produjo
ver a Harry cometiendo aquella necedad, pero Black no levantó a tiempo las
varitas. Harry sujetó por la muñeca la mano libre de Black, desviando la
orientación de las varitas. Tras propinarle un puñetazo en el pómulo, los dos
cayeron hacia atrás, contra la pared.
Hermione y Ron gritaron. Vieron un resplandor
cegador cuando las varitas que Black tenía en la mano lanzaron un chorro de
chispas que por unos centímetros no dieron a Harry en la cara. Harry sintió
retorcerse bajo sus dedos el brazo de Black, pero no lo soltó y golpeó con la
otra mano.
Pero Black aferró con su mano libre el cuello
de Harry.
—No —susurró—. He esperado demasiado tiempo.
Apretó los dedos. Harry se ahogaba. Las gafas
se le habían caído hacia un lado.
Entonces vio el pie de Hermione, salido de no
se sabía dónde. Black soltó a Harry profiriendo un alarido de dolor. Ron se
arrojó sobre la mano con que Black sujetaba la varita y Harry oyó un débil
tintineo.
Se soltó del nudo de cuerpos y vio su propia
varita en el suelo. Se tiró hacia ella, pero...
—¡Ah!
Crookshanks se había unido a la lucha,
clavándole las zarpas delanteras en el brazo. Harry se lo sacudió de encima,
pero Crookshanks se dirigió como una flecha hacia la varita de Harry.
—¡NO! —exclamó Harry, y propinó a Crookshanks
un puntapié que lo tiró a un lado bufando. Harry recogió la varita y se dio
la vuelta.
—¡Apartaos! —gritó a Ron y a Hermione.
No necesitaron oírlo dos veces. Hermione, sin
aliento y con sangre en el labio, se hizo a un lado, recogiendo su varita y la
de Ron. Ron se arrastró hasta la cama y se derrumbó sobre ella, jadeando y con
la cara ya casi verde, asiéndose la pierna rota con las manos.
Black yacía de cualquier manera junto a la
pared. Su estrecho tórax subía y bajaba con rapidez mientras veía a Harry
aproximarse muy despacio, apuntándole directamente al corazón con la varita.
—¿Vas a matarme, Harry? —preguntó.
Harry se paró delante de él, sin dejar de
apuntarle con la varita, y bajando la vista para observarle la cara. El ojo izquierdo
se le estaba hinchando y le sangraba la nariz.
—Usted mató a mis padres —dijo Harry con voz
algo temblorosa, pero con la mano firme.
Black lo miró fijamente con aquellos ojos
hundidos.
—No lo niego —dijo en voz baja—. Pero si
supieras toda la historia...
—¿Toda la historia? —repitió Harry, con un
furioso martilleo en los oídos—. Los entregó a Voldemort, eso es todo lo que
necesito saber.
—Tienes que escucharme —dijo Black con un
dejo de apremio en la voz—. Lo lamentarás si no... si no comprendes...
—Comprendo más de lo que cree —dijo Harry con
la voz cada vez más temblorosa—. Usted no la ha oído nunca, ¿verdad? A mi
madre, impidiendo que Voldemort me matara... Y usted lo hizo. Lo hizo...
Antes de que nadie pudiera decir nada más,
algo canela pasó por delante de Harry como un rayo. Crookshanks saltó
sobre el pecho de Black y se quedó allí, sobre su corazón. Black cerró los ojos
y los volvió a abrir mirando al gato.
—Vete —ordenó Black, tratando de quitarse de
encima al animal. Pero Crookshanks le hundió las garras en la túnica.
Volvió a Harry su cara fea y aplastada, y lo miró con sus grandes ojos
amarillos. Hermione, que estaba a su derecha, lanzó un sollozo.
Harry miró a Black y a Crookshanks,
sujetando la varita aún con más fuerza. ¿Y qué si tenía que matar también al
gato? Era un aliado de Black... Si estaba dispuesto a morir defendiéndolo, no
era asunto suyo. Si Black quería salvarlo, eso sólo demostraría que le
importaba más Crookshanks que los padres de Harry...
Harry levantó la varita. Había llegado el
momento de vengar a sus padres. Iba a matar a Black. Tenía que matarlo. Era su
oportunidad...
Pasaron unos segundos y Harry seguía inmóvil,
con la varita en alto. Black lo miraba fijamente, con Crookshanks sobre
el pecho. En la cama en la que estaba tendido Ron se oía una respiración
jadeante. Hermione permanecía en silencio.
Y entonces oyeron algo que no habían oído
hasta entonces.
Unos pasos amortiguados. Alguien caminaba por
el piso inferior.
—¡ESTAMOS AQUÍ ARRIBA! —gritó Hermione de
pronto—. ¡ESTAMOS AQUÍ ARRIBA! ¡SIRIUS BLACK! ¡DENSE PRISA!
Black sufrió tal sobresalto que Crookshanks
estuvo a punto de caerse. Harry apretó la varita con una fuerza irracional.
¡Mátalo ya!, dijo una voz en su cabeza. Pero los pasos que subían las
escaleras se oían cada vez más fuertes, y Harry seguía sin moverse.
La puerta de la habitación se abrió de golpe
entre una lluvia de chispas rojas y Harry se volvió cuando el profesor Lupin
entró en la habitación como un rayo. El profesor Lupin tenía la cara exangüe,
y la varita levantada y dispuesta. Miró a Ron, que yacía en la cama; a
Hermione, encogida de miedo junto a la puerta; a Harry, que no dejaba de
apuntar a Black con la varita; y al mismo Black, desplomado a los pies de Harry
y sangrando.
—¡Expeliarmo! —gritó Lupin.
La varita de Harry salió volando de su mano.
También lo hicieron las dos que sujetaba Hermione. Lupin las cogió todas
hábilmente y luego penetró en la habitación, mirando a Black, que todavía tenía
a Crookshanks protectoramente encaramado en el pecho.
Harry se sintió de pronto como vacío. No lo
había matado. Le había faltado valor. Black volvería a manos de los
dementores.
Entonces habló Lupin, con una voz extraña que
temblaba de emoción contenida:
—¿Dónde está, Sirius?
Harry
miró a Lupin. No
comprendía qué quería decir. ¿De quién hablaba? Se volvió para mirar de nuevo a
Black, cuyo rostro carecía completamente de expresión. Durante unos segundos no
se movió. Luego, muy despacio, levantó la mano y señaló a Ron. Desconcertado,
Harry se volvió hacia el sorprendido Ron.
—Pero entonces... —murmuró Lupin, mirando tan
intensamente a Black que parecía leer sus pensamientos—, ¿por qué no se ha
manifestado antes? A menos que... —De repente, los ojos de Lupin se dilataron
como si viera algo más allá de Black, algo que no podía ver ninguno de los presentes—
... a menos que fuera él quien... a menos que te transmutaras... sin
decírmelo...
Muy despacio, sin apartar los hundidos ojos
de Lupin, Black asintió con la cabeza.
—Profesor Lupin, ¿qué pasa? —interrumpió
Harry en voz alta—. ¿Qué...?
Pero no terminó la pregunta, porque lo que
vio lo dejó mudo. Lupin bajaba la varita. Un instante después, se acercó a
Black, le cogió la mano, tiró de él para incorporarlo y para que Crookshanks
cayese al suelo, y abrazó a Black
—como a un hermano.
Harry se sintió como si le hubieran
agujereado el fondo del estómago.
—¡NO LO PUEDO CREER! —gritó Hermione.
Lupin soltó a Black y se volvió hacia ella.
Hermione se había levantado del suelo y señalaba a Lupin con ojos espantados.
—Usted... usted...
—Hermione...
—¡... usted y él!
—Tranquilízate, Hermione.
—¡No se lo dije a nadie! —gritó Hermione—.
¡Lo he estado encubriendo!
—¡Hermione, escúchame, por favor! —exclamó
Lupin—. Puedo explicarlo...
Harry temblaba, no de miedo, sino de una ira
renovada.
—Yo confié en usted —gritó a Lupin,
flaqueándole la voz— y en realidad era amigo de él.
—Estáis en un error —explicó Lupin—. No he
sido amigo suyo durante estos doce años, pero ahora sí... Dejadme que os lo
explique...
—¡NO! —gritó Hermione—. Harry, no te fíes de
él. Ha ayudado a Black a entrar en el castillo. También él quiere matarte. ¡Es
un hombre lobo!
Se hizo un vibrante silencio. Todos miraban a
Lupin, que parecía tranquilo, aunque estaba muy pálido.
—Estás acertando mucho menos que de
costumbre, Hermione —dijo—. Me temo que sólo una de tres. No es verdad que
haya ayudado a Sirius a entrar en el castillo, y te aseguro que no quiero
matar a Harry... —Se estremeció visiblemente—. Pero no negaré que soy un
hombre lobo.
Ron hizo un esfuerzo por volver a levantarse,
pero se cayó con un gemido de dolor. Lupin se le acercó preocupado, pero Ron
exclamó:
—¡Aléjate de mí, licántropo!
Lupin se paró en seco. Y entonces, con un
esfuerzo evidente, se volvió a Hermione y le dijo:
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Siglos —contestó Hermione—. Desde que hice
el trabajo para el profesor Snape.
—Estará encantado —dijo Lupin con poco
entusiasmo—. Os puso ese trabajo para que alguno de vosotros se percatara de
mis síntomas. ¿Comprobaste el mapa lunar y te diste cuenta de que yo siempre
estaba enfermo en luna llena? ¿Te diste cuenta de que el boggart se
transformaba en luna al verme?
—Las dos cosas —respondió Hermione en voz
baja.
Lupin lanzó una risa forzada.
—Nunca he conocido una bruja de tu edad tan
inteligente, Hermione.
—No soy tan inteligente —susurró Hermione—.
¡Si lo fuera, le habría dicho a todo el mundo lo que es usted!
—Ya lo saben —dijo Lupin—. Al menos, el
personal docente lo sabe.
—¿Dumbledore lo contrató sabiendo que era
usted un licántropo? —preguntó Ron con voz ahogada—. ¿Está loco?
—Hay profesores que opinan que sí —admitió
Lupin—. Le costó convencer a ciertos profesores de que yo era de fiar.
—¡Y ESTABA EN UN ERROR! —gritó Harry—. ¡HA
ESTADO AYUDÁNDOLO TODO ESTE TIEMPO!
Señalaba a Black, que se había dirigido hacia
la cama adoselada y se había echado encima, ocultando el rostro con mano
temblorosa. Crookshanks saltó a su lado y se subió en sus rodillas
ronroneando. Ron se alejó, arrastrando la pierna.
—No he ayudado a Sirius —dijo Lupin—. Si me
dejáis, os lo explicaré. Mirad...
—Separó las varitas de Harry, Ron y Hermione y las lanzó hacia sus
respectivos dueños. Harry cogió la suya asombrado—. Ya veis —prosiguió Lupin,
guardándose su propia varita en el cinto—. Ahora vosotros estáis armados y
nosotros no. ¿Queréis escucharme?
Harry no sabía qué pensar. ¿Sería un truco?
—Si no lo ha estado ayudando —dijo mirando
furiosamente a Black—, ¿cómo sabía que se encontraba aquí?
—Por el mapa —explicó Lupin—. Por el mapa del
merodeador. Estaba en mi despacho examinándolo...
—¿Sabe utilizarlo? —le preguntó Harry con
suspicacia.
—Por supuesto —contestó Lupin, haciendo con
la mano un ademán de impaciencia—. Yo colaboré en su elaboración. Yo soy
Lunático... Es el apodo que me pusieron mis amigos en el colegio.
—¿Usted hizo...?
—Lo importante es que esta tarde lo estaba
examinando porque tenía la idea de que tú, Ron y Hermione intentaríais salir
furtivamente del castillo para visitar a Hagrid antes de que su hipogrifo fuera
ejecutado. Y estaba en lo cierto, ¿a que sí? —Comenzó a pasear sin dejar de
mirarlos, levantando el polvo con los pies—. Supuse que os cubriríais con la
vieja capa de tu padre, Harry.
—¿Cómo sabe lo de la capa?
—¡La de veces que vi a James desaparecer bajo
ella! —dijo Lupin, repitiendo el ademán de impaciencia—. Que llevéis una capa
invisible no os impide aparecer en el mapa del merodeador. Os vi cruzar los
terrenos del colegio y entrar en la cabaña de Hagrid. Veinte minutos más tarde
dejasteis a Hagrid y volvisteis hacia el castillo. Pero en aquella ocasión os
acompañaba alguien.
—¿Qué dice? —interrumpió Harry—. Nada de eso.
No nos acompañaba nadie.
—No podía creer lo que veía —prosiguió Lupin,
todavía paseando, sin escuchar a Harry—. Creía que el mapa estaría estropeado.
¿Cómo podía estar con vosotros?
—¡No había nadie con nosotros!
—Y entonces vi otro punto que se os acercaba
rápidamente, con la inscripción «Sirius Black». Vi que chocaba con vosotros,
vi que arrastraba a dos de vosotros hasta el interior del sauce boxeador.
—¡A uno de nosotros! —dijo Ron enfadado.
—No, Ron —dijo Lupin—. A dos.
Dejó de pasearse y miró a Ron.
—¿Me dejas echarle un vistazo a la rata?
—dijo con amabilidad.
—¿Qué? —preguntó Ron—. ¿Qué tiene que ver Scabbers
en todo esto?
—Todo —respondió Lupin—. ¿Podría echarle un
vistazo, por favor?
Ron dudó. Metió la mano en la túnica. Scabbers
salió agitándose como loca. Ron tuvo que agarrarla por la larga cola sin
pelo para impedirle escapar. Crookshanks, todavía en las rodillas de
Black, se levantó y dio un suave bufido.
Lupin se acercó más a Ron. Contuvo el aliento
mientras examinaba detenidamente a Scabbers.
—¿Qué? —volvió a preguntar Ron, con cara de
asustado y manteniendo a Scabbers junto a él—. ¿Qué tiene que ver la
rata en todo esto?
—No es una rata —graznó de repente Sirius
Black.
—¿Qué quiere decir? ¡Claro que es una rata!
—No lo es —dijo Lupin en voz baja—. Es un
mago.
—Un animago —aclaró Black— llamado Peter
Pettigrew.