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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
15
—Me ha enviado esto —dijo Hermione, tendiéndoles la carta. Harry la
cogió. El pergamino estaba húmedo; las gruesas lágrimas habían emborronado
tanto la tinta que la lectura se hacía difícil en muchos lugares.
Querida Hermione:
Hemos perdido. Me permitirán
traerlo a Hogwarts, pero van a fijar la fecha del sacrificio.
A Buckbeak le ha gustado
Londres.
Nunca olvidaré toda la ayuda
que nos has proporcionado.
Hagrid
—No pueden hacerlo —dijo Harry—. No pueden. Buckbeak
no es peligroso.
—El padre de Malfoy consiguió atemorizar a la
Comisión para que tomaran esta determinación —dijo Hermione secándose los
ojos—. Ya sabéis cómo es. Son unos viejos imbéciles y los asustó. Pero
podremos recurrir. Siempre se puede. Aunque no veo ninguna esperanza... Nada
cambiará.
—Sí, algo cambiará —dijo Ron, decidido—. En
esta ocasión no tendrás que hacer tú sola todo el trabajo. Yo te ayudaré.
—¡Ron!
Hermione le echó los brazos al cuello y
rompió a llorar. Ron, totalmente aterrado, le dio unas palmadas torpes en la
cabeza. Hermione se apartó por fin.
—Ron, de verdad, siento muchísimo lo de Scabbers
—sollozó.
—Bueno, ya era muy viejo —dijo Ron, aliviado
de que ella se hubiera soltado—. Y era algo inútil. Quién sabe, a lo mejor
ahora mis padres me compran una lechuza.
Las medidas de seguridad impuestas a los alumnos después de la segunda
intrusión de Black impedían que Harry, Ron y Hermione visitaran a Hagrid por
las tardes. La única posibilidad que tenían de hablar con él eran las clases
de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Hagrid parecía conmocionado por el veredicto.
—Todo fue culpa mía. Me quedé petrificado.
Estaban todos allí con sus togas negras, y a mí se me caían continuamente las
notas y se me olvidaron todas las fechas que me habías buscado, Hermione. Y
entonces se levantó Lucius Malfoy, soltó su discurso y la Comisión hizo
exactamente lo que él dijo...
—¡Todavía podemos apelar! —dijo Ron con
entusiasmo—. ¡No tires la toalla! ¡Estamos trabajando en ello!
Volvían al castillo con el resto de la clase.
Delante podían ver a Malfoy, que iba con Crabbe y Goyle, y miraba hacia atrás
de vez en cuando, riéndose.
—No servirá de mucho, Ron —le dijo Hagrid con
tristeza, al llegar a las escaleras del castillo—. Lucius Malfoy tiene a la
Comisión en el bolsillo. Sólo me aseguraré de que el tiempo que le queda a Buckbeak
sea el más feliz de su vida. Se lo debo...
Hagrid dio media vuelta y volvió a la cabaña,
cubriéndose el rostro con el pañuelo.
—¡Miradlo cómo llora!
Malfoy, Crabbe y Goyle habían estado
escuchando en la puerta.
—¿Habíais visto alguna vez algo tan patético?
—dijo Malfoy—. ¡Y pensar que es profesor nuestro!
Harry y Ron fueron hacia ellos, pero Hermione
llegó antes:
¡PLAF!
Dio a Malfoy una bofetada con todas sus
fuerzas. Malfoy se tambaleó. Harry; Ron, Crabbe y Goyle se quedaron atónitos
en el momento en que Hermione volvió a levantar la mano.
—¡No te atrevas a llamar «patético» a Hagrid,
so puerco... so malvado...!
—¡Hermione! —dijo Ron con voz débil,
intentando sujetarle la mano.
—Suéltame, Ron.
Hermione sacó la varita. Malfoy se echó hacia
atrás. Crabbe y Goyle lo miraron atónitos, sin saber qué hacer.
—Vámonos —musitó Malfoy. Y en un instante,
los tres desaparecieron por el pasadizo que conducía a las mazmorras.
—¡Hermione! —dijo Ron de nuevo, atónito por
la sorpresa.
—¡Harry, espero que le ganes en la final de
quidditch! —dijo Hermione chillando—. ¡Espero que ganes, porque si gana
Slytherin no podré soportarlo!
—Hay que ir a Encantamientos —dijo Ron,
mirando todavía a Hermione con los ojos como platos.
Subieron aprisa hacia la clase del profesor
Flitwick.
—¡Llegáis tarde, muchachos! —dijo en tono de
censura el profesor Flitwick, cuando Harry abrió la puerta del aula—. ¡Vamos,
rápido, sacad las varitas! Vamos a trabajar con encantamientos estimulantes.
Ya se han colocado todos por parejas.
Harry y Ron fueron aprisa hasta un pupitre
que había al fondo y abrieron las mochilas. Ron miró a su alrededor.
—¿Dónde se ha puesto Hermione?
Harry también echó un vistazo. Hermione no
había entrado en el aula, pero Harry sabia que estaba a su lado cuando había
abierto la puerta.
—Es extraño —dijo Harry mirando a Ron—.
Quizás... quizás haya ido a los lavabos...
Pero Hermione no apareció durante la clase.
—Pues tampoco le habría venido mal a ella un
encantamiento estimulante
—comentó Ron, cuando salían del aula para ir a comer; todos con una
dilatada sonrisa. La clase de encantamientos estimulantes los había dejado muy
contentos.
Hermione tampoco apareció por el Gran Comedor
durante el almuerzo. Cuando terminaron el pastel de manzana, el efecto de los
encantamientos estimulantes se estaba perdiendo, y Harry y Ron empezaban a
preocuparse.
—¿No le habrá hecho nada Malfoy? —comentó Ron
mientras subían aprisa las escaleras hacia la torre de Gryffindor.
Pasaron entre los troles de seguridad, le
dieron la contraseña («Pitapatafrita») a la señora gorda y entraron por el
agujero del retrato para acceder a la sala común.
Hermione estaba sentada a una mesa,
profundamente dormida, con la cabeza apoyada en un libro abierto de Aritmancia.
Fueron a sentarse uno a cada lado de ella. Harry le dio con el codo para que
despertara.
—¿Qué... qué? —preguntó Hermione, despertando
sobresaltada y mirando alrededor con los ojos muy abiertos—. ¿Es hora de
marcharse? ¿Qué clase tenemos ahora?
—Adivinación, pero no es hasta dentro de
veinte minutos —dijo Harry—. Hermione, ¿por qué no has estado en
Encantamientos?
—¿Qué? ¡Oh, no! —chilló Hermione—. ¡Se me
olvidó!
—Pero ¿cómo se te pudo olvidar? —le preguntó
Harry—. ¡Llegaste con nosotros a la puerta del aula!
—¡Imposible! —aulló Hermione—. ¿Se enfadó el
profesor Flitwick? Fue Malfoy. Estaba pensando en él y perdí la noción de las
cosas.
—¿Sabes una cosa, Hermione? —le dijo Ron,
mirando el libro de Aritmancia que Hermione había empleado como almohada—. Creo
que estás a punto de estallar. Tratas de abarcar demasiado.
—No, no es verdad —dijo Hermione, apartándose
el pelo de los ojos y mirando alrededor, buscando la mochila infructuosamente—.
Me he despistado, eso es todo. Lo mejor será que vaya a ver al profesor
Flitwick y me disculpe. ¡Os veré en Adivinación!
Se reunió con ellos veinte minutos más tarde,
todavía confusa, a los pies de la escalera que llevaba a la clase de la
profesora Trelawney.
—¡Aún no me puedo creer que me perdiera la
clase de encantamientos estimulantes! ¡Y apuesto a que nos sale en el examen!
¡El profesor Flitwick me ha insinuado que puede salir!
Subieron juntos y entraron en la oscura y
sofocante sala de la torre. En cada mesa había una brillante bola de cristal
llena de neblina nacarada. Harry, Ron y Hermione se sentaron juntos a la misma
mesa destartalada.
—Creía que no veríamos las bolas de cristal
hasta el próximo trimestre —susurró Ron, echando a su alrededor una mirada, por
si la profesora Trelawney estaba cerca.
—No te quejes, esto quiere decir que ya hemos
terminado con la quiromancia. Me ponía enfermo verla dar respingos cada vez
que me miraba la mano.
—¡Buenos días a todos! —dijo una voz conocida
y a la vez indistinta, y la profesora Trelawney hizo su habitual entrada
teatral, surgiendo de las sombras. Parvati y Lavender temblaban de emoción, con
el rostro encendido por el resplandor lechoso de su bola de cristal—. He
decidido que empecemos con la bola de cristal algo antes de lo planeado —dijo
la profesora Trelawney, sentándose de espaldas al fuego y mirando alrededor—.
Los hados me han informado de que en vuestro examen de junio saldrá la bola, y
quiero que recibáis suficientes clases prácticas.
Hermione dio un bufido.
—Bueno, de verdad... los hados le han
informado... ¿Quién pone el examen? ¡Ella! ¡Qué predicción tan asombrosa!
—dijo, sin preocuparse de bajar la voz.
Era difícil saber si la profesora Trelawney
los había oído, ya que su rostro estaba oculto en las sombras. Sin embargo,
prosiguió como si no se hubiera enterado de nada.
—Mirar la bola de cristal es un arte muy
sutil —explicó en tono soñador—. No espero que ninguno vea nada en la bola la
primera vez que mire en sus infinitas profundidades. Comenzaremos practicando
la relajación de la conciencia y de los ojos externos —Ron empezó a reírse de
forma incontrolada y tuvo que meterse el puño en la boca para ahogar el
ruido—, con el fin de liberar el ojo interior y la superconciencia. Tal vez,
si tenéis suerte, algunos lleguéis a ver algo antes de que acabe la clase.
Y entonces comenzaron. Harry; por lo menos,
se sentía muy tonto mirando la bola de cristal sin comprender; intentando
vaciar la mente de pensamientos que continuamente pasaban por ella, por ejemplo
«qué idiotez». No facilitaba las cosas el que Ron prorrumpiera continuamente en
risitas mudas ni que Hermione chascara la lengua sin parar; en señal de
censura.
—¿Habéis visto ya algo? —les preguntó Harry
después de mirar la bola en silencio durante un cuarto de hora.
—Sí, aquí hay una quemadura —dijo Ron,
señalando la mesa con el dedo—. A alguien se le ha caído la cera de la vela.
—Esto es una horrible pérdida de tiempo —dijo
Hermione entre dientes—. En estos momentos podría estar practicando algo útil.
Podría ponerme al día en encantamientos estimulantes.
Acompañada por el susurro de la falda, la
profesora Trelawney pasó por su lado.
—¿Alguien quiere que le ayude a interpretar
los oscuros augurios de la bola mágica? —susurró con una voz que se elevaba por
encima del tintineo de sus pulseras.
—Yo no necesito ayuda —susurró Ron—. Es obvio
lo que esto quiere decir: que esta noche habrá mucha niebla.
Harry y Hermione estallaron en una carcajada.
—¡Venga! —les llamó la atención la profesora
Trelawney, al mismo tiempo que todo el mundo se volvía hacia ellos. Parvati y
Lavender los miraban escandalizadas—. Estáis perjudicando nuestras vibraciones
clarividentes. —Se aproximó a la mesa de los tres amigos y observó su bola de
cristal. A Harry se le vino el mundo encima. Imaginaba lo que pasaría a
continuación—: ¡Aquí hay algo! —susurró la profesora Trelawney, acercando el
rostro a la bola, que quedó doblemente reflejada en sus grandes gafas—. Algo
que se mueve... pero ¿qué es?
Harry habría apostado todo cuanto poseía a
que, fuera lo que fuese, no serían buenas noticias. En efecto:
—Muchacho... —La profesora Trelawney suspiró
miran—do a Harry—. Está aquí, más claro que el agua. Sí, querido muchacho...
está aquí acechándote, aproximándose... el Gr...
—¡Por Dios santo! —exclamó Hermione—. ¿Otra
vez ese ridículo Grim?
La profesora Trelawney levantó sus grandes
ojos hasta la cara de Hermione. Parvati susurró algo a Lavender y ambas
miraron a la muchacha. La profesora Trelawney se incorporó y la contempló con
ira.
—Siento decirte que desde el momento en que
llegaste a esta clase ha resultado evidente que careces de lo que requiere el
noble arte de la adivinación. En realidad, no recuerdo haber tenido nunca un
alumno cuya mente fuera tan incorregiblemente vulgar.
Hubo un momento de silencio.
—Bien —dijo de repente Hermione, levantándose
y metiendo en la mochila su ejemplar de Disipar las nieblas del futuro—.
Bien —repitió, echándose la mochila al hombro y casi derribando a Ron de la
silla—, abandono. ¡Me voy!
Y ante el asombro de toda la clase, Hermione
se dirigió con paso firme hacia la trampilla, la abrió de un golpe y se perdió
escaleras abajo.
La clase tardó unos minutos en volver a
apaciguarse. Parecía que la profesora Trelawney se había olvidado por completo
del Grim. Se volvió de repente desde la mesa de Harry y Ron, respirando
hondo a la vez que se subía el chal transparente.
—¡Aaaaah! —exclamó de repente Lavender;
sobresaltando a todo el mundo—. ¡Aaaah, profesora Trelawney, acabo de
acordarme! Usted la ha visto salir; ¿no es así, profesora? «En torno a Semana
Santa, uno de vosotros nos dejará para siempre.» Lo dijo usted hace milenios,
profesora.
La profesora Trelawney le dirigió una amable
sonrisa.
—Sí, querida. Ya sabía que nos dejaría la
señorita Granger. Una siempre tiene la esperanza, sin embargo, de haber
confundido los signos... El ojo interior puede ser una cruz, ¿sabéis?
Lavender y Parvati parecían muy impresionadas
y se apartaron para que la profesora Trelawney pudiera ponerse en su mesa.
—Hermione se la está buscando, ¿verdad?
—susurró Ron a Harry, con expresión sobrecogida.
—Sí...
Harry miró en la bola de cristal, pero no vio
nada salvo niebla blanca formando remolinos. ¿De verdad había vuelto a ver al Grim
la profesora Trelawney? ¿Lo vería él? Lo que menos falta le hacía era otro
accidente casi mortal con la final de quidditch cada vez más cerca.
Las vacaciones de Semana Santa no resultaron lo qué se dice relajantes.
Los de tercero nunca habían tenido tantos deberes. Neville Longbottom parecía
encontrarse al borde del colapso nervioso y no era el único.
—¿A esto lo llaman vacaciones? —gritó Seamus
Finnigan una tarde, en la sala común—. Los exámenes están a mil años de
distancia, ¿qué es lo que pretenden?
Pero nadie tenía tanto trabajo como Hermione.
Aun sin Adivinación, cursaba más asignaturas que ningún otro. Normalmente era
la última en abandonar por la noche la sala común y la primera en llegar al día
siguiente a la biblioteca. Tenía ojeras como Lupin y parecía en todo momento
estar a punto de echarse a llorar.
Ron se estaba encargando de la apelación en
el caso de Buckbeak. Cuando no hacía sus propios deberes estaba enfrascado
en enormes volúmenes que tenían títulos como Manual de psicología
hipogrífica o ¿Ave o monstruo? Un estudió de la brutalidad del hipogrifo.
Estaba tan absorto en el trabajo que incluso se olvidó de tratar mal a Crookshanks.
Harry, mientras tanto, tenía que combinar sus
deberes con el diario entrenamiento de quidditch, por no mencionar las
interminables discusiones de tácticas con Wood. El partido entre Gryffindor y
Slytherin tendría lugar el primer sábado después de las vacaciones de Semana
Santa. Slytherin iba en cabeza y sacaba a Gryffindor doscientos puntos
exactos.
Esto significaba, como Wood recordaba a su
equipo constantemente, que necesitaban ganar el partido con una ventaja
mayor; si querían ganar la copa. También significaba que la responsabilidad de
ganar caía sobre Harry en gran medida, porque capturar la snitch se
recompensaba con ciento cincuenta puntos.
—Así, si les sacamos una ventaja de cincuenta
puntos, no tienes más que cogerla —decía Wood a Harry todo el tiempo—. Sólo si
les llevamos más de cincuenta puntos, Harry, porque de lo contrario ganaremos
el partido pero perderemos la copa. Lo has comprendido, ¿verdad? Tienes que
atrapar la snitch sólo si estamos...
—¡YA LO SÉ, OLIVER! —gritó Harry.
Toda la casa de Gryffindor estaba obsesionada
por el partido. Gryffindor no había ganado la copa de quidditch desde que el
legendario Charlie Weasley (el segundo de los hermanos de Ron) había sido
buscador. Pero Harry dudaba de que alguien de Gryffindor; incluido Wood,
tuviera tantas ganas de ganar como él. Harry y Malfoy se odiaban más que nunca.
A Malfoy aún le dolía el barro que había recibido en Hogsmeade, y le había
puesto furioso que Harry se hubiera librado del castigo. Harry no había
olvidado el intento de Malfoy de sabotearle en el partido contra Ravenclaw,
pero era el asunto de Buckbeak lo que le daba más ganas de vencer a
Malfoy delante de todo el colegio.
Nadie recordaba un partido precedido de una
atmósfera tan cargada. Cuando las vacaciones terminaron, la tensión entre los
equipos y entre sus respectivas casas estaba al rojo. En los corredores
estallaban pequeñas peleas que culminaron en un desagradable incidente en el
que un alumno de cuarto de Gryffindor y otro de sexto de Slytherin terminaron
en la enfermería con puerros brotándoles de las orejas.
Harry lo pasaba especialmente mal. No podía
ir a las aulas sin que algún Slytherin sacara la pierna y le pusiera la
zancadilla. Crabbe y Goyle aparecían continuamente donde estaba él, y se
alejaban arrastrando los pies, decepcionados, al verlo rodeado de gente. Wood
había dado instrucciones para que Harry fuera acompañado a todas partes, por
si los de Slytherin trataban de quitarlo de en medio. Toda la casa de
Gryffindor aceptó la misión con entusiasmo, de forma que a Harry le resultaba
imposible llegar a tiempo a las clases porque estaba rodeado de una inmensa y
locuaz multitud. Estaba más preocupado por la seguridad de su Saeta de Fuego
que por la suya propia. Cuando no volaba en ella, la tenía guardada con llave
en su baúl, y a menudo volvía corriendo a la torre de Gryffindor para comprobar
que seguía allí.
La víspera del partido por la noche, en la sala común de Gryffindor, se
abandonaron todas las actividades habituales. Incluso Hermione dejó sus
libros.
—No puedo trabajar; no me puedo concentrar
—dijo nerviosa.
Había mucho ruido. Fred y George Weasley
habían reaccionado a la presión alborotando y gritando más que nunca. Oliver
Wood estaba encogido en un rincón, encima de una maqueta del campo de
quidditch, y con su varita mágica movía figurillas mientras hablaba consigo
mismo. Angelina, Alicia y Katie se reían de las gracias de Fred y George. Harry
estaba sentado con Ron y Hermione, algo alejado del barullo, tratando de no
pensar en el día siguiente, porque cada vez que lo hacía le acometía la
horrible sensación de que algo grande se esforzaba por salir de su estómago.
—Vas a hacer un buen partido —le dijo
Hermione, aunque en realidad estaba aterrorizada.
—¡Tienes una Saeta de Fuego! —dijo Ron.
—Sí —admitió Harry.
Fue un alivio cuando Wood, de repente, se
puso en pie y gritó:
—¡Jugadores! ¡A la cama!
Harry no durmió bien. Primero soñó que se había quedado dormido y que
Wood gritaba: «¿Dónde te habías metido? ¡Tuvimos que poner a Neville en tu
puesto!» Luego soñó que Malfoy y el resto del equipo de Slytherin llegaban al
terreno de juego montados en dragones. Volaba a una velocidad de vértigo,
tratando de evitar las llamaradas de fuego que salían de la boca de la
cabalgadura de Malfoy, cuando se dio cuenta de que había olvidado la Saeta de
Fuego. Se cayó en el aire y se despertó con un sobresalto.
Tardó unos segundos en comprender que el
partido aún no había empezado, que él estaba metido en la cama, y que al equipo
de Slytherin no lo dejarían jugar montado en dragones. Tenía mucha sed. Lo más
en silencio que pudo, se levantó y fue a servirse un poco de agua de la jarra
de plata que había al pie de la ventana.
Los terrenos del colegio estaban tranquilos y
silenciosos. Ni un soplo de viento azotaba la copa de los árboles del bosque
prohibido. El sauce boxeador estaba quieto y tenía un aspecto inocente. Las
condiciones para el partido parecían perfectas.
Harry dejó el vaso y estaba a punto de
volverse a la cama cuando algo le llamó la atención. Un animal que no podía
distinguir bien rondaba por el plateado césped.
Harry corrió hasta su mesilla, cogió las
gafas, se las puso y volvió a la ventana a toda prisa. Esperaba que no se tratara
del Grim. No en aquel momento, horas antes del partido.
Miró los terrenos con detenimiento y tras un
minuto de ansiosa búsqueda volvió a verlo. Rodeaba el bosque... no era el Grim
ni mucho menos: era un gato. Harry se apoyó aliviado en el alféizar de la
ventana al reconocer aquella cola de brocha. Sólo era Patizambo.
Pero... ¿sólo era Crookshanks? Harry
aguzó la vista y pegó la nariz al cristal de la ventana. Crookshanks estaba
inmóvil. Harry estaba seguro de que había algo más moviéndose en la sombra de
los árboles.
Un instante después apareció: un perro negro,
peludo y gigante que caminaba con sigilo por el césped. Crookshanks corría
a su lado. Harry observó con atención. ¿Qué significaba aquello? Si Crookshanks
también veía al perro, ¿cómo podía ser un augurio de la muerte de Harry?
—¡Ron! —susurró Harry—. ¡Ron, despierta!
—¿Mmm?
—¡Necesito que me digas si puedes ver una
cosa!
—Está todo muy oscuro, Harry —dijo Ron con
esfuerzo—. ¿A qué te refieres?
—Ahí abajo...
Harry volvió a mirar por la ventana.
Crookshanks y el perro habían
desaparecido. Harry se subió al alféizar para ver si estaban debajo, junto al
muro del castillo. Pero no estaban allí. ¿Dónde se habrían metido?
Un fuerte ronquido le indicó que Ron había
vuelto a dormirse.
Harry y el resto del equipo de Gryffindor fueron recibidos con una
ovación al entrar por la mañana en el Gran Comedor. Harry no pudo dejar de
sonreír cuando vio que los de las mesas de Ravenclaw y Hufflepuff también les
aplaudían. Los de Slytherin les silbaron al pasar. Malfoy estaba incluso más
pálido de lo habitual.
Wood se pasó el desayuno animando a sus
jugadores a que comieran, pero él no probó nada. Luego les metió prisa para ir
al campo antes de que los demás terminaran. Así podrían hacerse una idea de
las condiciones. Cuando salieron del Gran Comedor; volvieron a oír aplausos.
—¡Buena suerte, Harry! —le gritó Cho Chang.
Harry se puso colorado.
—Muy bien..., el viento es insignificante. El
sol pega algo fuerte y puede perjudicarnos la visión. Tened cuidado. El suelo
está duro, nos permitirá un rápido despegue.
Wood recorrió el terreno de juego, mirando a
su alrededor y con el equipo detrás. Vieron abrirse las puertas del castillo a
lo lejos y al resto del colegio aproximándose al campo.
—¡A los vestuarios! —dijo Wood escuetamente.
Nadie habló mientras se cambiaban y se ponían la túnica escarlata. Harry se
preguntó si se sentirían como él: como si hubiera desayunado algo vivo. Antes
de que se dieran cuenta, Wood les dijo:
—¡Ha llegado el momento! ¡Adelante...!
Salieron al campo entre el rugido de la
multitud. Tres cuartas partes de los espectadores llevaban escarapelas rojas,
agitaban banderas rojas con el león de Gryffindor o enarbolaban pancartas con
consignas como «ÁNIMO, GRYFFINDOR» y «LA COPA PARA LOS LEONES». Detrás de la
meta de Slytherin, sin embargo, unas doscientas personas llevaban el verde; la
serpiente plateada de Slytherin brillaba en sus banderas. El profesor Snape se
sentaba en la primera fila, de verde como todos los demás y con una sonrisa
macabra.
—¡Y aquí llegan los de Gryffindor! —comentó
Lee Jordan, que hacía de comentarista, como de costumbre—. ¡Potter, Bell, Johnson, Spinnet, los hermanos Weasley y Wood! Ampliamente reconocido como
el mejor equipo que ha visto Hogwarts desde hace años. —Los comentarios de Lee
fueron ahogados por los abucheos de la casa de Slytherin—. ¡Y ahora entra en
el terreno de juego el equipo de Slytherin, encabezado por su capitán Flint!
Ha hecho algunos cambios en la alineación y parece inclinarse más por el tamaño
que por la destreza. —Más abucheos de los hinchas de Slytherin. Harry, sin
embargo, pensó que Lee tenía razón. Malfoy era el más pequeño del equipo de
Slytherin. Los demás eran enormes.
—¡Capitanes, daos la mano! —ordenó la señora
Hooch.
Flint y Wood se aproximaron y se estrecharon
la mano con mucha fuerza, como si intentaran quebrarle al otro los dedos.
—¡Montad en las escobas! —dijo la señora
Hooch—. Tres... dos... uno...
El silbato quedó ahogado por el bramido de la
multitud, al mismo tiempo que se levantaban en el aire catorce escobas. Harry
sintió que el pelo se le disparaba hacia atrás. Con la emoción del vuelo se le
pasaron los nervios. Miró a su alrededor. Malfoy estaba exactamente detrás.
Harry se lanzó en busca de la snitch.
—Y Gryffindor tiene el quaffle. Alicia
Spinnet, de Gryffindor; con el quaffle, se dirige hacia la meta de Slytherin.
Alicia va bien encaminada. Ah, no. Warrington intercepta el quaffle.
Warrington, de Slytherin, rasgando el aire. ¡ZAS! Buen trabajo con la bludger
por parte de George Weasley. Warrington deja caer el quaffle Lo coge Johnson.
Gryffindor vuelve a tenerlo. Vamos, Angelina. Un bonito quiebro a Montagne.
¡Agáchate, Angelina, eso es una bludger! ¡HA MARCADO! ¡DIEZ A CERO PARA
GRYFFINDOR!
Angelina golpeó el aire con el puño, mientras
sobrevolaba el extremo del campo. El mar escarlata que se extendía debajo de
ella vociferaba de entusiasmo.
—¡AY!
Angelina casi se cayó de la escoba cuando
Marcus Flint chocó contra ella.
—¡Perdón! —se disculpó Flint, mientras la
multitud lo abucheaba—. ¡Perdona, no te vi!
Un momento después, Fred Weasley lanzó el
bate hacia la nuca de Flint. La nariz de Flint dio en el palo de su propia
escoba y comenzó a sangrar.
—¡Basta! —gritó la señora Hooch, metiéndose
en medio a toda velocidad—. ¡Penalti para Gryffindor por un ataque no provocado
sobre su cazadora! ¡Penalti para Slytherin por agresión deliberada contra su
cazador!
—¡No diga tonterías, señora! —gritó Fred.
Pero la señora Hooch pitó y Alicia retrocedió para lanzar el penalti.
—¡Vamos, Alicia! —gritó Lee en medio del
silencio que de repente se había hecho entre el público— SÍ, HA BATIDO AL
GUARDAMETA! ¡VEINTE A CERO PARA GRYFFINDOR!
Harry se dio la vuelta y vio que Flint, que
seguía sangrando, volaba hacia delante para ejecutar el penalti. Wood estaba
delante de la portería de Gryffindor; con las mandíbulas apretadas.
—¡Wood es un soberbio guardameta! —dijo Lee
Jordan a la multitud, mientras Flint aguardaba el silbato de la señora Hooch—.
¡Soberbio! Será muy difícil parar este golpe, realmente muy difícil... ¡SÍ! ¡NO
PUEDO CREERLO! ¡LO HA PARADO!
Aliviado, Harry se alejó como una bala,
buscando la snitch, pero asegurándose al mismo tiempo de que no se perdía ni
una palabra de lo que decía Lee. Era esencial mantener a Malfoy apartado de la
snitch hasta que Gryffindor sacara a Slytherin más de cincuenta puntos.
—Gryffindor tiene el quaffle, no, lo tiene
Slytherin. ¡No! ¡Gryffindor vuelve a tenerlo, y es Katie Bell, Katie Bell lleva
el quaffle! Va rápida como un rayo... ¡ESO HA SIDO INTENCIONADO!
Montague, un cazador de Slytherin, había
hecho un quiebro delante de Katie y en vez de coger el quaffle, le había
cogido a ella la cabeza. Katie dio una voltereta en el aire y consiguió
mantenerse en la escoba, pero dejó caer el quaffle.
El silbato de la señora Hooch volvió a sonar;
mientras se dirigía a Montague gritándole. Un minuto después, Katie metía otro
gol de penalti al guardameta de Slytherin.
—¡TREINTA A CERO! ¡CHÚPATE ÉSA, TRAMPOSO!
—¡Jordan, si no puedes comentar de manera
neutral...!
—¡Lo cuento como es, profesora!
Harry sintió un vuelco de emoción. Acababa de
ver la snitch. Brillaba a los pies de uno de los postes de la meta de
Gryffindor. Pero aún no debía cogerla. Y si Malfoy la veía...
Simulando una expresión de concentración
repentina, dio la vuelta con la Saeta de Fuego y se dirigió a toda velocidad
hacia el extremo de Slytherin. Funcionó. Malfoy fue tras él como un bólido,
creyendo que Harry había visto la snitch en aquel punto.
¡ZUUUM!
Una de las bludgers, desviada por Derrick, el
gigantesco golpe ador de Slytherin, se aproximó y le pasó a Harry rozando el
oído derecho. Al momento siguiente...
¡ZUUUM!
La segunda bludger le había arañado el codo.
El otro golpeador; Bole, se aproximaba.
Harry vio fugazmente a Bole y a Derrick, que
se acercaban muy aprisa con los bates en alto.
En el último segundo viró con la Saeta, y
Bole y Derrick se dieron un batacazo.
—¡Ja,ja,ja! —rió Lee Jordan mientras los dos
golpeadores de Slytherin se separaban y alejaban, tambaleándose y agarrándose
la cabeza—. Es una lástima, chicos. ¡Tendréis que espabilar mucho para vencer a
una Saeta de Fuego! Y Gryffindor vuelve a tener el quaffle, porque Johnson lo
ha recogido. Flint va a su lado. ¡Métele el dedo en el ojo, Angelina! ¡Era una
broma, profesora, era una broma! ¡Oh, no! ¡Flint lleva el quaffle, va volando
hacia la meta de Gryffindor! ¡Ahora, Wood, párala!
Pero Flint ya había marcado. Hubo un ovación
en la parte de Slytherin y Lee lanzó una expresión tan malsonante que la
profesora McGonagall quiso quitarle el megáfono mágico.
—¡Perdón, profesora, perdón! ¡No volverá a
ocurrir! Veamos, Gryffindor va ganando por treinta a diez y ahora Gryffindor
está en posesión del quaffle.
Se estaba convirtiendo en el partido más
sucio que Harry había jugado. Indignados porque Gryffindor se hubiera adelantado
tan pronto en el marcador; los de Slytherin estaban recurriendo a cualquier
medio para apoderarse del quaffle. Bole golpeó a Alicia con el bate y arguyó
que la había confundido con una bludger. George Weasley, para vengarse, dio a
Bole un codazo en la cara. La señora Hooch castigó a los dos equipos con sendos
penaltis, y Wood logró evitar otro tanto espectacular; consiguiendo que la
puntuación quedara en 40 a 10 a favor de Gryffindor.
La snitch había vuelto a desaparecer. Malfoy
seguía de cerca a Harry, mientras éste sobrevolaba el campo de juego
buscándola. En cuanto Gryffindor le sacara a Slytherin cincuenta puntos...
Katie marcó: 50 a 10. Fred y George Weasley
bajaron en picado para situarse a su lado, con los bates en alto por si a
alguno de Slytherin se le ocurría tomar represalias. Bole y Derrick
aprovecharon la ausencia de Fred y George para lanzar a Wood las dos bludgers.
Le dieron en el estómago, primero una y después la otra. Wood dio una vuelta en
el aire, sujetándose a la escoba, sin resuello.
La señora Hooch estaba fuera de sí.
—¡Sólo se puede atacar al guardameta cuando
el quaffle está dentro del área!
—gritó a Boyle y a Derrick—. ¡Penalti para Gryffindor!
Y Angelina marcó: 60 a 10. Momentos después,
Fred Weasley lanzaba a Warrington una bludger, quitándole el quaffle de las
manos. Alicia la cogió y volvió a marcar: 70 a 10.
La afición de Gryffindor estaba ronca de
tanto gritar. Gryffindor sacaba sesenta puntos de ventaja. Y si Harry cogía la
snitch, la copa era suya. Harry notaba que cientos de ojos seguían sus
movimientos mientras sobrevolaba el campo por encima del nivel de juego, con
Malfoy siguiéndolo a toda velocidad.
Y entonces la vio: la snitch brillaba a siete
metros por encima de él.
Harry aceleró con el viento rugiendo en sus
orejas. Estiró la mano, pero de repente la Saeta de Fuego redujo la velocidad.
Horrorizado, miró alrededor. Malfoy se había
lanzado hacia delante, había cogido la cola de la Saeta y tiraba de ella.
—¡Serás...!
Harry estaba lo bastante enfadado para
golpear a Malfoy, pero no lo podía alcanzar. Malfoy jadeaba por el esfuerzo de
sujetar la Saeta de Fuego, pero tenía un brillo de malicia en los ojos. Había
logrado lo que quería: la snitch había vuelto a desaparecer.
—¡Penalti! ¡Penalti a favor de Gryffindor!
¡Nunca he visto tácticas semejantes!
—chilló la señora Hooch, saliendo disparada hacia el punto donde Malfoy
volvía montar en su Nimbus 2.001.
~¡SO CERDO, SO TRAMPOSO! —gritaba Lee Jordan
por el megáfono, alejándose de la profesora McGonagall—. ¡ASQUEROSO HIJ. ..!