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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
14
En la torre de Gryffindor nadie pudo dormir aquella noche. Sabían que
el castillo estaba volviendo a ser rastreado y todo el colegio permaneció
despierto en la sala común. esperando a saber si habían atrapado a Black o no.
La profesora McGonagall volvió al amanecer para decir que se había vuelto a
escapar.
Por cualquier sitio por el que pasaran al día
siguiente encontraban medidas de seguridad más rigurosas. El profesor Flitwick
instruía a las puertas principales para que reconocieran una foto de Sirius
Black. Filch iba por los pasillos, tapándolo todo con tablas, desde las
pequeñas grietas de las paredes hasta las ratoneras. Sir Cadogan fue despedido.
Lo devolvieron al solitario descansillo del piso séptimo y lo reemplazó la
señora gorda. Había sido restaurada magistralmente, pero continuaba muy
nerviosa, y accedió a regresar a su trabajo sólo si contaba con protección. Contrataron
a un grupo de hoscos troles de seguridad para protegerla. Recorrían el pasillo
formando un grupo amenazador; hablando entre gruñidos y comparando el tamaño
de sus porras.
Harry no pudo dejar de notar que la estatua
de la bruja tuerta del tercer piso seguía sin protección y despejada. Parecía
que Fred y George estaban en lo cierto al pensar que ellos, y ahora Harry, Ron
y Hermione, eran los únicos que sabían que allí estaba la entrada de un
pasadizo secreto.
—¿Crees que deberíamos decírselo a alguien?
—preguntó Harry a Ron.
—Sabemos que no entra por Honeydukes —dijo
Ron—. Si hubieran forzado la entrada de la tienda, lo habríamos oído.
Harry se alegró de que Ron lo viera así. Si
la bruja tuerta se tapara también con tablas, le intruso ya no podría volver a
Hogsmeade.
Ron se convirtió de repente en una
celebridad. Por primera vez, la gente le prestaba más atención a él que a
Harry, y era evidente que a Ron le complacía. Aunque seguía asustado por lo de
aquella noche, le encantaba contarle a todo el mundo los pormenores de lo
ocurrido.
—Estaba dormido y oí rasgar las cortinas,
pero creí que ocurría en un sueño. Entonces sentí una corriente... Me desperté
y vi que una de las cortinas de mi cama estaba caída... Me di la vuelta y lo vi
ante mí, como un esqueleto, con toneladas de pelo muy sucio... empuñando un
cuchillo largo y tremendo, debía de medir treinta centímetros, me miraba, lo
miré, entonces grité y salió huyendo.
—Pero ¿por qué se fue? —preguntó Ron a Harry
cuando se marcharon las chicas de segundo que lo habían estado escuchando.
Harry se preguntaba lo mismo. ¿Por qué Black,
que se había equivocado de cama, no había decidido silenciar a Ron y luego
dirigirse hacia la de Harry? Black había demostrado doce años antes que no le
importaba matar a personas inocentes, y en aquella ocasión se enfrentaba a
cinco chavales indefensos, cuatro de los cuales estaban dormidos.
—Quizá se diera cuenta de que le iba a costar
salir del castillo cuando gritaste y despertaste a los demás —dijo Harry
pensativamente—. Habría tenido que matar a todo el colegio para salir a través
del retrato... Y entonces se habría encontrado con los profesores...
Neville había caído en desgracia. La
profesora McGonagall estaba tan furiosa con él que le había suprimido las futuras
visitas a Hogsmeade, le había impuesto un castigo y había prohibido a los demás
que le dieran la contraseña para entrar en la torre. El pobre Neville se veía
obligado a esperar cada noche la llegada de alguien con quien entrar, mientras
los troles de seguridad lo miraban burlona y desagradablemente. Ninguno de
aquellos castigos, sin embargo, era ni sombra del que su abuela le reservaba;
dos días después de la intrusión de Black, envió a Neville lo peor que un
alumno de Hogwarts podía recibir durante el desayuno: un vociferador.
Las lechuzas del colegio entraron como
flechas en el Gran Comedor; llevando el correo como de costumbre, y Neville se
atragantó cuando una enorme lechuza aterrizó ante él, con un sobre rojo en el
pico. Harry y Ron, que estaban sentados al otro lado de la mesa, reconocieron
enseguida la carta. También Ron había recibido el año anterior un vociferador
de su madre.
—¡Cógelo y vete, Neville! —le aconsejó Ron.
Neville no necesitó oírlo dos veces. Cogió el
sobre y, sujetándolo como si se tratara de una bomba, salió del Gran Comedor
corriendo, mientras la mesa de Slytherin, al verlo, estallaba en carcajadas.
Oyeron el vociferador en el vestíbulo. La voz de la abuela de Neville,
amplificada cien veces por medio de la magia, gritaba a Neville que había
llevado la vergúenza a la familia.
Harry estaba demasiado absorto apiadándose de
Neville para darse cuenta de que también él tenía carta. Hedwig llamó su
atención dándole un picotazo en la muñeca.
—¡Ay! Ah, Hedwig, gracias.
Harry rasgó el sobre mientras Hedwig picoteaba
entre los copos de maíz de Neville. La nota que había dentro decía:
Queridos Harry y Ron:
¿Os apetece tornar el té
conmigo esta tarde, a eso de las seis? Iré a recogeros al castillo. ESPERADME EN EL VESTÍBULO. NO
TENÉIS PERMISO PARA SALIR SOLOS.
Un saludo,
Hagrid
—Probablemente quiere saber los detalles de
lo de Black —dijo Ron.
Así que aquella tarde, a las seis, Harry y
Ron salieron de la torre de Gryffindor, pasaron corriendo por entre los troles
de seguridad y se dirigieron al vestíbulo. Hagrid los aguardaba ya.
—Bien, Hagrid —dijo Ron—. Me imagino que
quieres que te cuente lo de la noche del sábado, ¿no?
—Ya me lo han contado —dijo Hagrid, abriendo
la puerta principal y saliendo con ellos.
—Vaya —dijo Ron, un poco ofendido.
Lo primero que vieron al entrar en la cabaña
de Hagrid fue a Buckbeak, que estaba estirado sobre el edredón de retales
de Hagrid, con las enormes alas plegadas y comiéndose un abundante plato de
hurones muertos. Al apartar los ojos de la desagradable visión, Harry vio un
traje gigantesco de una tela marrón peluda y una espantosa corbata amarilla y
naranja, colgados de la puerta del armario.
—¿Para qué son, Hagrid? —preguntó Harry.
—Buckbeak tiene que presentarse ante
la Comisión para las Criaturas Peligrosas
—dijo Hagrid—. Será este viernes. Iremos juntos a Londres. He reservado
dos camas en el autobús noctámbulo...
Harry se avergonzó. Se había olvidado por
completo de que el juicio de Buckbeak estaba próximo, y a juzgar por la
incomodidad evidente de Ron, él también lo había olvidado. Habían olvidado
igualmente que habían prometido que lo ayudarían a preparar la defensa de Buckbeak.
La llegada de la Saeta de Fuego lo había borrado de la cabeza de ambos.
Hagrid les sirvió té y les ofreció un plato
de bollos de Bath. Pero los conocían demasiado bien para aceptarlos. Ya tenían
experiencia con la cocina de Hagrid.
—Tengo algo que comentaros —dijo Hagrid,
sentándose entre ellos, con una seriedad que resultaba rara en él.
—¿Qué? —preguntó Harry.
—Hermione —dijo Hagrid.
—¿Qué le pasa? —preguntó Ron.
—Está muy mal, eso es lo que le pasa. Me ha
venido a visitar con mucha frecuencia desde las Navidades. Se encuentra sola.
Primero no le hablabais por lo de la Saeta de Fuego. Ahora no le habláis por
culpa del gato.
—¡Se comió a Scabbers! —exclamó Ron de
malhumor.
—¡Porque su gato hizo lo que todos los gatos!
—prosiguió Hagrid—. Ha llorado, ¿sabéis? Está pasando momentos muy difíciles.
Creo que trata de abarcar más de lo que puede. Demasiado trabajo. Aún encontró
tiempo para ayudarme con el caso Buckbeak. Por supuesto, me ha
encontrado algo muy útil... Creo que ahora va a tener bastantes posibilidades...
—Nosotros también tendríamos que haberte
ayudado. Hagrid, lo siento —balbuceó Harry
—¡No os culpo! —dijo Hagrid con un movimiento
de la mano—. Ya sé que habéis estado muy ocupados Os he visto entrenar día y
noche. Pero tengo que deciros que creía que valorabais más a vuestra amiga que
a las escobas o las ratas. Nada más. —Harry y Ron se miraron azorados—. Sufrió
mucho cuando se enteró de que Black había estado a punto de matarte, Ron.
Hermione tiene buen corazón. Y vosotros dos sin dirigirle la palabra...
—Si se deshiciera de ese gato, le volvería a
hablar —dijo Ron enfadado—. Pero todavía lo defiende. Está loco, y ella no
admite una palabra en su contra.
—Ah, bueno, la gente suele ponerse un poco
tonta con sus animales de compañía —dijo Hagrid prudentemente.
Buckbeak escupió unos huesos de hurón sobre la almohada
de Hagrid.
Pasaron el resto del tiempo hablando de las
crecientes posibilidades de Gryffindor de ganar la copa de quidditch. A las
nueve en punto, Hagrid los acompañó al castillo.
Cuando volvieron a la sala común, un grupo
numeroso de gente se amontonaba delante del tablón de anuncios.
—¡Hogsmeade el próximo fin de semana! —dijo
Ron, estirando el cuello para leer la nueva nota por encima de las cabezas
ajenas—. ¿Qué vas a hacer? —preguntó a Harry en voz baja, al sentarse.
—Bueno, Filch no ha tapado la entrada del
pasadizo que lleva a Honeydukes
—dijo Harry aún más bajo.
—Harry —dijo una voz en su oído derecho.
Harry se sobresaltó. Se volvió y vio a Hermione, sentada a la mesa que tenían
detrás, por un hueco que había en el muro de libros que la ocultaba—, Harry, si
vuelves otra vez a Hogsmeade... le contaré a la profesora McGonagall lo del
mapa.
—¿Oyes a alguien, Harry? —masculló Ron, sin
mirar a Hermione.
—Ron, ¿cómo puedes dejarle que vaya? ¡Después
de lo que estuvo a punto de hacerte Sirius Black! Hablo en serio. Le contaré...
—¡Así que ahora quieres que expulsen a Harry!
—dijo Ron, furioso—. ¿Es que no has hecho ya bastante daño este curso?
Hermione abrió la boca para responder, pero Crookshanks
saltó sobre su regazo con un leve bufido. Hermione se asustó de la
expresión de Ron, cogió a Crookshanks y se fue corriendo hacia los
dormitorios de las chicas.
—Entonces ¿qué te parece? —preguntó Ron a
Harry, como si no hubiera habido ninguna interrupción—. Venga, la última vez no
viste nada. ¡Ni siquiera has estado todavía en Zonko!
Harry miró a su alrededor para asegurarse de
que Hermione no podía oír sus palabras:
—De acuerdo —dijo—. Pero esta vez cogeré la
capa invisible.
El sábado por la mañana, Harry metió en la mochila la capa invisible,
guardó en el bolsillo el mapa del merodeador y bajó a desayunar con los otros.
Hermione no dejaba de mirarlo con suspicacia, pero él evitaba su mirada y se
aseguró de que ella lo viera subir la escalera de mármol del vestíbulo mientras
todos los demás se dirigían a las puertas principales.
—¡Adiós, Harry! —le dijo en voz alta—. ¡Hasta
la vuelta!
Ron se sonrió y guiñó un ojo.
Harry subió al tercer piso a toda prisa,
sacando el mapa del merodeador mientras corría. Se puso en cuclillas detrás de
la bruja tuerta y extendió el mapa. Un puntito diminuto se movía hacia él.
Harry lo examinó entornando los ojos. La minúscula inscripción que acompañaba
al puntito decía: «NEVILLE LONGBOTTOM.»
Harry sacó la varita rápidamente, musitó «Dissendio»
y metió la mochila en la estatua, pero antes de que pudiera entrar por
ella Neville apareció por la esquina:
—¡Harry! Había olvidado que tú tampoco ibas a
Hogsmeade.
—Hola, Neville —dijo Harry, separándose
rápidamente de la estatua y volviendo a meterse el mapa en el bolsillo—. ¿Qué
haces?
—Nada —dijo Neville, encogiéndose de
hombros—. ¿Te apetece una partida de snap explosivo?
—Ahora no... Iba a la biblioteca a hacer el
trabajo sobre los vampiros, para Lupin.
—¡Voy contigo! —dijo Neville con entusiasmo—.
¡Yo tampoco lo he hecho!
—Eh... ¡Pero si lo terminé anoche! ¡Se me
había olvidado!
—¡Estupendo, entonces podrás ayudarme! —dijo
Neville—. No me entra todo eso del ajo. ¿Se lo tienen que comer o...?
Neville se detuvo con un estremecimiento,
mirando por encima del hombro de Harry.
Era Snape. Neville se puso rápidamente detrás
de Harry.
—¿Qué hacéis aquí los dos? —dijo Snape,
deteniéndose y mirando primero a uno y después al otro—. Un extraño lugar para
reunirse...
Ante el desasosiego de Harry, los ojos negros
de Snape miraron hacia las puertas que había a cada lado y luego a la bruja
tuerta.
—No nos hemos reunido aquí —explicó Harry—.
Sólo nos hemos encontrado por casualidad.
—¿De veras? —dijo Snape—. Tienes la costumbre
de aparecer en lugares inesperados, Potter; y raramente te encuentras en ellos
sin motivo. Os sugiero que volváis a la torre de Gryffindor, que es donde
debéis estar.
Harry y Neville se pusieron en camino sin
decir nada. Al doblar la esquina, Harry miró atrás. Snape pasaba una mano por
la cabeza de la bruja tuerta, examinándola detenidamente. Harry se las arregló
para deshacerse de Neville en el retrato de la señora gorda, diciendo la
contraseña y simulando que se había dejado el trabajo sobre los vampiros en la
biblioteca y que volvía por él. Después de perder de vista a los troles de
seguridad, volvió a sacar el mapa.
El corredor del tercer piso parecía desierto.
Harry examinó el mapa con detenimiento y vio con alivio que la minúscula mota
con la inscripción «SEVERUS SNAPE» estaba otra vez en el despacho.
Echó una carrera hasta la estatua de la
bruja, abrió la entrada de la joroba y se deslizó hasta encontrar la mochila al
final de aquella especie de tobogán de piedra. Borró el mapa del merodeador y
echó a correr.
Completamente oculto por la capa invisible, Harry salió a la luz del
sol por la puerta de Honeydukes y dio un codazo a Ron en la espalda.
—Soy yo —susurro.
—¿Por qué has tardado tanto? —dijo Ron entre
dientes.
—Snape rondaba por allí.
Echaron
a andar por High Street.
—¿Dónde estás? —le preguntaba Ron de vez en
cuando, por la comisura de la boca—. ¿Sigues ahí? Qué raro resulta esto...
Fueron a la oficina de correos. Ron hizo como
que miraba el precio de una lechuza que iba hasta Egipto, donde estaba Bill, y
de esa manera Harry pudo hartarse de curiosear. Por lo menos trescientas
lechuzas ululaban suavemente, desde las grises grandes hasta las pequeñísimas scops
(«Sólo entregas locales»), que cabían en la palma de la mano de Harry.
Luego visitaron la tienda de Zonko, que
estaba tan llena de estudiantes de Hogwarts que Harry tuvo que tener mucho
cuidado para no pisar a nadie y no provocar el pánico. Había artículos de broma
para satisfacer hasta los sueños más descabellados de Fred y George. Harry
susurró a Ron lo que quería que le comprara y le pasó un poco de oro por debajo
de la capa. Salieron de Zonko con los monederos bastante más vacíos que cuando
entraron, pero con los bolsillos abarrotados de bombas fétidas, dulces de
hipotós, jabón de huevos de rana y una taza que mordía la nariz.
El día era agradable, con un poco de brisa, y
a ninguno de los dos le apetecía meterse dentro de ningún sitio, así que
siguieron caminando, dejaron atrás Las Tres Escobas y subieron una cuesta para
ir a visitar la Casa de los Gritos, el edificio más embrujado de Gran Bretaña.
Estaba un poco separada y más elevada que el resto del pueblo, e incluso a la
luz del día resultaba escalofriante con sus ventanas cegadas y su jardín
húmedo, sombrío y cuajado de maleza.
—Hasta los fantasmas de Hogwarts la evitan
—explicó Ron, apoyado como Harry en la valla, levantando la vista hacia ella—.
Le he preguntado a Nick Casi Decapitado... Dice que ha oído que aquí residen
unos fantasmas muy bestias. Nadie puede entrar. Fred y George lo intentaron,
claro, pero todas las entradas están tapadas.
Harry, agotado por la subida, estaba pensando
en quitarse la capa durante unos minutos cuando oyó voces cercanas. Alguien
subía hacia la casa por el otro lado de la colina. Un momento después apareció
Malfoy, seguido de cerca por Crabbe y Goyle. Malfoy decía:
—... en cualquier momento recibiré una
lechuza de mi padre. Tengo que ir al juicio para declarar por lo de mi brazo.
Tengo que explicar que lo tuve inutilizado durante tres meses...
Crabbe y Goyle se rieron.
—Ojalá pudiera oír a ese gigante imbécil y
peludo defendiéndose: «Es inofensivo, de verdad. Ese hipogrifo es tan bueno
como un...» —Malfoy vio a Ron de repente. Hizo una mueca malévola—. ¿Qué haces,
Weasley? —Levantó la vista hacia la casa en ruinas que había detrás de Ron—:
Supongo que te encantaría vivir ahí, ¿verdad, Ron? ¿Sueñas con tener un
dormitorio para ti solo? He oído decir que en tu casa dormís todos en una
habitación, ¿es cierto?
Harry sujetó a Ron por la túnica para
impedirle que saltara sobre Malfoy.
—Déjamelo a mí— le susurró al oído.
La oportunidad era demasiado buena para no
aprovecharla. Harry se acercó sigilosamente a Malfoy, Crabbe y Goyle, por
detrás; se agachó y cogió un puñado de barro del camino.
—Ahora mismo estábamos hablando de tu amigo
Hagrid —dijo Malfoy a Ron—. Estábamos imaginando lo que dirá ante la Comisión
para las Criaturas Peligrosas. ¿Crees que llorará cuando al hipogrifo le
corten...?
¡PLAF!
Al golpearle la bola de barro en la cabeza,
Malfoy se inclinó hacia delante. Su pelo rubio platino chorreaba barro de
repente.
—¿Qué demo. ..?
Ron se sujetó a la valla para no revolcarse
en el suelo de la risa. Malfoy, Crabbe y Goyle se dieron la vuelta, mirando a
todas partes. Malfoy se limpiaba el pelo.
—¿Qué ha sido? ¿Quién lo ha hecho?
—Esto está lleno de fantasmas, ¿verdad?
—observó Ron, como quien comenta el tiempo que hace.
Crabbe y Goyle parecían asustados. Sus
abultados músculos no les servían de mucho contra los fantasmas. Malfoy daba
vueltas y miraba como loco el desierto paraje.
Harry se acercó a hurtadillas a un charco
especialmente sucio sobre el que había una capa de fango verdoso de olor
nauseabundo.
¡PATAPLAF!
Crabbe y Goyle recibieron algo esta vez.
Goyle saltaba sin moverse del sitio, intentando quitarse el barro de sus ojos
pequeños y apagados.
—¡Ha venido de allá! —dijo Malfoy,
limpiándose la cara y señalando un punto que estaba unos dos metros a la izquierda
de Harry
Crabbe fue hacia delante dando traspiés, estirando
como un zombi sus largos brazos. Harry lo esquivó, cogió un palo y se lo tiró a
Crabbe. Le acertó en la espalda. Harry retrocedió riendo en silencio mientras
Crabbe ejecutaba en el aire una especie de pirueta para ver quién lo había
arrojado. Como Ron era la única persona a la que Crabbe podía ver, fue a él a
quien se dirigió. Pero Harry estiró la pierna. Crabbe tropezó, trastabilló y su
pie grande y plano pisó la capa de Harry, que sintió un tirón y notó que la
capa le resbalaba por la cara.
Durante una fracción de segundo, Malfoy lo
miró fijamente.
—¡AAAH! —gritó, señalando la cabeza de Harry
Dio media vuelta y corrió colina abajo como
alma que llevara el diablo, con Crabbe y Goyle detrás.
Harry se puso bien la capa, pero ya era
demasiado tarde.
—Harry —dijo Ron, avanzando a trompicones y
mirando hacia el lugar en que había aparecido la cabeza de su amigo—. Más vale
que huyas. Si Malfoy se lo cuenta a alguien... lo mejor será que regreses
rápidamente al castillo...
—¡Nos vemos más tarde! —le dijo Harry, y
volvió hacia el pueblo a todo correr.
¿Creería Malfoy lo que había visto? ¿Creería
alguien a Malfoy? Nadie sabía lo de la capa invisible. Nadie excepto
Dumbledore. Harry sintió un retortijón en el estómago. Si Malfoy contaba algo,
Dumbledore comprendería perfectamente lo ocurrido.
Volvió a Honeydukes, volvió a bajar a la
bodega, por el suelo de piedra, volvió a meterse por la trampilla, se quitó la
capa, se la puso debajo del brazo y corrió todo lo que pudo por el pasadizo...
Malfoy llegaría antes. ¿Cuánto tiempo le costaría encontrar a un profesor?
Jadeando, notando un pinchazo en el costado, Harry no dejó de correr hasta que
alcanzó el tobogán de piedra. Tendría que dejar la capa donde antes. Era
demasiado comprometida, en caso de que Malfoy se hubiera chivado a algún
profesor. La ocultó en un rincón oscuro y empezó a escalar con rapidez. Sus
manos sudorosas resbalaban en los flancos del tobogán. Llegó a la parte
interior de la joroba de la bruja, le dio unos golpecitos con la varita, asomó
la cabeza y salió. La joroba se cerró y precisamente cuando Harry salía por la
estatua, oyó unos pasos ligeros que se aproximaban.
Era Snape. Se acercó a Harry con paso rápido,
produciendo un frufrú con la toga negra, y se detuvo ante él.
—¿Y..? —preguntó.
Había en el profesor un aire contenido de
triunfo. Harry trató de disimular, demasiado consciente de que tenía el rostro
sudoroso y las manos manchadas de barro, que se apresuró a esconder en los
bolsillos.
—Ven conmigo, Potter —dijo Snape.
Harry lo siguió escaleras abajo, limpiándose
las manos en el interior de la túnica sin que Snape se diera cuenta. Bajaron
hasta las mazmorras y entraron en el despacho de Snape. Harry sólo había
entrado en aquel lugar en una ocasión y también entonces se había visto en un
serio aprieto. Desde aquella vez, Snape había comprado más seres viscosos y
repugnantes, y los había metido en tarros. Estaban todos en estanterías, detrás
de la mesa, brillando a la luz del fuego de la chimenea y acentuando el aire
amenazador de la situación.
—Siéntate —dijo Snape.
Harry se sentó. Snape, sin embargo,
permaneció de pie.
—El señor Malfoy acaba de contarme algo muy
extraño, Potter —dijo Snape.
Harry no abrió la boca.
—Me ha contado que se encontró con Weasley
junto a la Casa de los Gritos. Al parecer; Weasley estaba solo.
Harry siguió sin decir nada.
—El señor Malfoy asegura que estaba hablando
con Weasley cuando una gran cantidad de barro le golpeó en la parte posterior
de la cabeza. ¿Cómo crees que pudo ocurrir?
Harry trató de parecer sorprendido:
—No lo sé, profesor.
Snape taladraba a Harry con los ojos. Era
igual que mirar a los ojos a un hipogrifo: Harry hizo un gran esfuerzo para no
parpadear.
—Entonces, el señor Malfoy presenció una
extraordinaria aparición. ¿Se te ocurre qué pudo ser; Potter?
—No —contestó Harry, intentando aparentar una
curiosidad inocente.
—Tu cabeza, Potter. Flotando en el aire.
Hubo un silencio prolongado.
—Tal vez debería acudir a la señora Pomfrey.
Si ve cosas como...
—¿Qué estaría haciendo tu cabeza en Hogsmeade,
Potter? —dijo Snape con voz suave—. Tu cabeza no tiene permiso para ir a
Hogsmeade. Ninguna parte de tu cuerpo, en realidad.
—Lo sé —dijo Harry, haciendo un esfuerzo para
que ni la culpa ni el miedo se reflejaran en su rostro—. Parece que Malfoy
tiene alucina...
—Malfoy no tiene alucinaciones —gruñó Snape,
y se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los brazos del asiento de
Harry, para que sus caras quedasen a un palmo de distancia—. Si tu cabeza
estaba en Hogsmeade, también estaba el resto.
—He estado arriba, en la torre de Gryffindor
—dijo Harry—. Como usted me mandó.
—¿Hay alguien que pueda testificarlo?
Harry no dijo nada. Los finos labios de Snape
se torcieron en una horrible sonrisa.
—Bien —dijo, incorporándose—. Todo el mundo,
desde el ministro de Magia para abajo, trata de proteger de Sirius Black al
famoso Harry Potter. Pero el famoso Harry Potter hace lo que le da la gana.
¡Que la gente vulgar se preocupe de su seguridad! El famoso Harry Potter va
donde le apetece sin pensar en las consecuencias.
Harry guardó silencio. Snape le provocaba
para que revelara la verdad. Pero no iba a hacerlo. Snape aún no tenía
pruebas.
—¡Cómo te pareces a tu padre! —dijo de
repente Snape, con los ojos relampagueantes—. También él era muy arrogante. No
era malo jugando al quidditch y eso le hacía creerse superior a los demás. Se
pavoneaba por todas partes con sus amigos y admiradores. El parecido es
asombroso.
—Mi padre no se pavoneaba —dijo Harry, sin
poderse contener—. Y yo tampoco.
—Tu padre tampoco respetaba mucho las normas
—prosiguió Snape, en sus trece, con el delgado rostro lleno de malicia—. Las
normas eran para la gente que estaba por debajo, no para los ganadores de la
copa de quidditch. Era tan engreído...
—¡CÁLLESE!
Harry se puso en pie. Lo invadía una rabia
que no había sentido desde su última noche en Privet Drive. No le importaba
que Snape se hubiera puesto rígido ni que sus ojos negros lo miraran con un
fulgor amenazante:
—¿Qué has dicho, Potter?
—¡Le he dicho que deje de hablar de mi padre!
Conozco la verdad. Él le salvó a usted la vida. ¡Dumbledore me lo contó! ¡Si
no hubiera sido por mi padre, usted ni siquiera estaría aquí!
La piel cetrina de Snape se puso del color de
la leche agria.
—¿Y el director te contó las circunstancias
en que tu padre me salvó la vida?
—susurró—. ¿O consideró que esos detalles eran demasiado desagradables
para los delicados oídos de su estimadísimo Potter?
Harry se mordió el labio. No sabía cómo había
ocurrido y no quería admitir que no lo sabía. Pero parecía que Snape había
adivinado la verdad.
—Lamentaría que salieras de aquí con una
falsa idea de tu padre —añadió con una horrible mueca—. ¿Imaginabas algún acto
glorioso de heroísmo? Pues permíteme que te desengañe. Tu santo padre y sus
amigos me gastaron una broma muy divertida, que habría acabado con mi vida si
tu padre no hubiera tenido miedo en el último momento y no se hubiera echado
atrás. No hubo nada heroico en lo que hizo. Estaba salvando su propia piel
tanto como la mía. Si su broma hubiera tenido éxito, lo habrían echado de
Hogwarts.
Snape enseñó los dientes, irregulares y
amarillos.
—¡Da la vuelta a tus bolsillos, Potter! —le
ordenó de repente.
Harry no se movió. Oía los latidos que le
retumbaban en los oídos.
—¡Da la vuelta a tus bolsillos o vamos
directamente al director! ¡Dales la vuelta, Potter!
Temblando de miedo, Harry sacó muy lentamente
la bolsa de artículos de broma de Zonko y el mapa del merodeador.
Snape cogió la bolsa de Zonko.
—Todo me lo ha dado Ron —dijo Harry,
esperando tener la posibilidad de poner a Ron al corriente antes de que Snape
lo viera—. Me lo trajo de Hogsmeade la última vez...
—¿De verdad? ¿Y lo llevas encima desde
entonces? ¡Qué enternecedor...! ¿Y esto qué es?
Snape acababa de coger el mapa. Harry hizo un
enorme esfuerzo por mantenerse impasible.
—Un trozo de pergamino que me sobró —dijo
encogiéndose de hombros.
Snape le dio la vuelta, con los ojos puestos
en Harry.
—Supongo que no necesitarás un trozo de
pergamino tan viejo —dijo—. ¿Puedo tirarlo?
Acercó la mano al fuego.
—¡No! —exclamó Harry rápidamente.
—¿Cómo? —dijo Snape. Las aletas de la nariz
le vibraban—. ¿Es otro precioso regalo del señor Weasley? ¿O es... otra cosa?
¿Quizá una carta escrita con tinta invisible? ¿O tal vez... instrucciones para
llegar a Hogsmeade evitando a los dementores?
Harry parpadeó. Los ojos de Snape brillaban.
—Veamos, veamos... —susurró, sacando la
varita y desplegando el mapa sobre la mesa—. ¡Revela tu secreto! —dijo,
tocando el pergamino con la punta de la varita.
No ocurrió nada. Harry enlazó las manos para
evitar que temblaran.
—¡Muéstrate! —dijo Snape, golpeando el mapa
con energía.
Siguió en blanco. Harry respiró aliviado.
—¡Severus Snape, profesor de este colegio, te
ordena enseñar la información que ocultas! —dijo Snape, volviendo a golpear el
mapa con la varita.
Como si una mano invisible escribiera sobre
él, en la lisa superficie del mapa fueron apareciendo algunas palabras: «El
señor Lunático presenta sus respetos al profesor Snape y le ruega que aparte la
narizota de los asuntos que no le atañen.»
Snape se quedó helado. Harry contempló el
mensaje estupefacto. Pero el mapa no se detuvo allí. Aparecieron más cosas
escritas debajo de las primeras líneas: «El señor Cornamenta está de acuerdo
con el señor Lunático y sólo quisiera añadir que el profesor Snape es feo e
imbécil.»
Habría resultado muy gracioso en otra
situación menos grave. Y había más: «El señor Canuto quisiera hacer constar su
estupefacción ante el hecho de que un idiota semejante haya llegado a
profesor.»
Harry cerró los ojos horrorizado. Al
abrirlos, el mapa había añadido las últimas palabras: «El señor Colagusano saluda
al profesor Snape y le aconseja que se lave el pelo, el muy guarro.»
Harry aguardó el golpe.
—Bueno... —dijo Snape con voz suave—. Ya
veremos.
Se dirigió al fuego con paso decidido, cogió
de un tarro un puñado de polvo brillante y lo arrojó a las llamas.
—¡Lupin! —gritó Snape dirigiéndose al fuego—.
¡Quiero hablar contigo!
Totalmente asombrado, Harry se quedó mirando
el fuego. Una gran forma apareció en él, revolviéndose muy rápido.
Unos segundos más tarde, el profesor Lupin
salía de la chimenea sacudiéndose las cenizas de la toga raída.
—¿Llamabas, Severus? —preguntó Lupin,
amablemente.
—Sí —respondió Snape, con el rostro crispado
por la furia y regresando a su mesa con amplias zancadas—. Le he dicho a
Potter que vaciara los bolsillos y llevaba esto.
Snape señaló el pergamino en el que todavía
brillaban las palabras de los señores Lunático, Colagusano, Canuto y
Cornamenta. En el rostro de Lupin apareció una expresión extraña y hermética.
—¿Qué te parece? —dijo Snape. Lupin siguió
mirando el mapa. Harry tenía la impresión de que Lupin estaba muy concentrado—.
¿Qué te parece? —repitió Snape—. Este pergamino está claramente encantado con
Artes Oscuras. Entra dentro de tu especialidad, Lupin. ¿Dónde crees que lo pudo
conseguir Potter?
Lupin levantó la vista y con una mirada de
soslayo a Harry, le advirtió que no lo interrumpiera.
—¿Con Artes Oscuras? —repitió con voz
amable—. ¿De verdad lo crees, Severus? A mí me parece simplemente un pergamino
que ofende al que intenta leerlo. Infantil, pero seguramente no peligroso.
Supongo que Harry lo ha comprado en una tienda de artículos de broma.
—¿De verdad? —preguntó Snape. Tenía la
quijada rígida a causa del enfado—. ¿Crees que una tienda de artículos de
broma le vendería algo como esto? ¿No crees que es más probable que lo
consiguiera directamente de los fabricantes?
Harry no entendía qué quería decir Snape. Y daba la impresión de que Lupin t