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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
13
Parecía el fin de la amistad entre Ron y Hermione. Estaban tan
enfadados que Harry no veía ninguna posibilidad de reconciliarlos.
A Ron le enfurecía que Hermione no se hubiera
tomado en ningún momento en serio los esfuerzos de Crookshanks por
comerse a Scabbers, que no se hubiera preocupado por vigilarlo, y que
todavía insistiera en la inocencia de Crookshanks y en que Ron tenía
que buscar a Scabbers debajo de las camas.
Hermione, en tanto, sostenía con encono que
Ron no tenía ninguna prueba de que Crookshanks se hubiera comido a Scabbers,
que los pelos canela podían encontrarse allí desde Navidad y que Ron había
cogido ojeriza a su gato desde el momento en que éste se le había echado a la
cabeza en la tienda de animales mágicos.
En cuanto a él, Harry estaba convencido de
que Crookshanks se había comido a Scabbers, y cuando intentó que
Hermione comprendiera que todos los indicios parecían demostrarlo, la muchacha
se enfadó con Harry también.
—¡Ya sabía que te pondrías de parte de Ron!
—chilló Hermione—. Primero la Saeta de Fuego, ahora Scabbers, todo es
culpa mía, ¿verdad? Lo único que te pido, Harry, es que me dejes en paz. Tengo
mucho que hacer.
Ron estaba muy afectado por la pérdida de su
rata.
—Vamos, Ron. Siempre te quejabas de lo
aburrida que era Scabbers —dijo Fred, con intención de animarlo—. Y además
llevaba mucho tiempo descolorida. Se estaba consumiendo. Sin duda ha sido
mejor para ella morir rápidamente. Un bocado... y no se dio ni cuenta.
—¡Fred! —exclamó Ginny indignada.
—Lo único que hacía era comer y dormir; Ron.
Tú también lo decías —intervino George.
—¡En una ocasión mordió a Goyle! —dijo Ron
con tristeza—. ¿Te acuerdas, Harry?
—Sí, es verdad —respondió Harry.
—Fue su momento grandioso —comentó Fred, incapaz
de contener una sonrisa—. La cicatriz que tiene Goyle en el dedo quedará como
un último tributo a su memoria. Venga, Ron. Vete a Hogsmeade y cómprate otra
rata. ¿Para qué lamentarse tanto?
En un desesperado intento de animar a Ron,
Harry lo persuadió de que acudiera al último entrenamiento del equipo de
Gryffindor antes del partido contra Ravenclaw, y podría dar una vuelta en la
Saeta de Fuego cuando hubieran terminado. Esto alegró a Ron durante un rato
(«¡Estupendo! ¿podré marcar goles montado en ella?»). Así que se encaminaron
juntos hacia el campo de quidditch.
La señora Hooch, que seguía supervisando los
entrenamientos de Gryffindor para cuidar de Harry, estaba tan impresionada
por la Saeta de Fuego como todos los demás. La tomó en sus manos antes del comienzo
y les dio su opinión profesional.
—¡Mirad qué equilibrio! Si la serie Nimbus
tiene un defecto, es esa tendencia a escorar hacia la cola. Cuando tienen ya
unos años, desarrollan una resistencia al avance. También han actualizado el
palo, que es algo más delgado que el de las Barredoras. Me recuerda el de la
vieja Flecha Plateada. Es una pena que dejaran de fabricarlas. Yo aprendí a
volar en una y también era una escoba excelente...
Siguió hablando de esta manera durante un
rato, hasta que Wood dijo:
—Señora Hooch, ¿le puede devolver a Harry la
Saeta de Fuego? Tenemos que entrenar.
—Sí, claro. Toma, Potter —dijo la señora
Hooch—. Me sentaré aquí con Weasley...
Ella y Ron abandonaron el campo y se sentaron
en las gradas, y el equipo de Gryffindor rodeó a Wood para recibir las últimas
instrucciones para el partido del día siguiente.
—Harry, acabo de enterarme de quién será el
buscador de Ravenclaw. Es Cho Chang. Es una alumna de cuarto y es bastante
buena. Yo esperaba que no se encontrara en forma, porque ha tenido algunas
lesiones. —Wood frunció el entrecejo para expresar su disgusto ante la total
recuperación de Cho Chang, y luego dijo—: Por otra parte, monta una Cometa
260, que al lado de la Saeta de Fuego parece un juguete.
—Echó a la escoba una mirada de ferviente
admiración y dijo—: ¡Vamos!
Y por fin Harry montó en la Saeta de Fuego y
se elevó del suelo.
Era mejor de lo que había soñado. La Saeta
giraba al más ligero roce. Parecía obedecer más a sus pensamientos que a sus
manos. Corrió por el terreno de juego a tal velocidad que el estadio se
convirtió en una mancha verde y gris. Harry le dio un viraje tan brusco que
Alicia Spinnet profirió un grito. A continuación descendió en picado con
perfecto control y rozó el césped con los pies antes de volver a elevarse diez,
quince, veinte metros.
—¡Harry, suelto la snitch! —gritó Wood.
Harry se volvió y corrió junto a una bludger
hacia la portería. La adelantó con facilidad, vio la snitch que salía disparada
por detrás de Wood y al cabo de diez segundos la tenía en la mano.
El equipo lo vitoreó entusiasmado. Harry
soltó la snitch, le dio un minuto de ventaja y se lanzó tras ella esquivando al
resto del equipo. La localizó cerca de una rodilla de Katie Bell, dio un rodeo
y volvió a atraparla.
Fue la mejor sesión de entrenamiento que
habían tenido nunca. El equipo, animado por la presencia de la Saeta de Fuego,
realizó los mejores movimientos de forma impecable, y cuando descendieron, Wood
no tenía una sola crítica que hacer, lo cual, como señaló George Weasley, era
una absoluta novedad.
—No sé qué problema podríamos tener mañana
—dijo Wood—. Tan sólo... Harry, has resuelto tu problema con los dementores,
¿verdad?
—Sí —dijo Harry, pensando en su débil
patronus y lamentando que no fuera más fuerte.
—Los dementores no volverán a aparecer;
Oliver. Dumbledore se irritaría —dijo Fred con total seguridad.
—Esperemos que no —dijo Wood—. En cualquier
caso, todo el mundo ha hecho un buen trabajo. Ahora volvamos a la torre. Hay
que acostarse temprano...
—Me voy a quedar un ratito. Ron quiere probar
la Saeta —comentó Harry a Wood.
Y mientras el resto del equipo se encaminaba
a los vestuarios, Harry fue hacia Ron, que saltó la barrera de las tribunas y
se dirigió hacia él.
La señora Hooch se había quedado dormida en el
asiento.
—Ten —le dijo Harry entregándole la Saeta de
Fuego.
Ron montó en la escoba con cara de emoción y
salió zumbando en la noche, que empezaba a caer, mientras Harry paseaba por el
extremo del campo, observándolo. Cuando la señora Hooch despertó sobresaltada
ya era completamente de noche. Riñó a Harry y a Ron por no despertarla y los
obligó a volver al castillo.
Harry se echó al hombro la Saeta de Fuego y
los dos salieron del estadio a oscuras, comentando el suave movimiento de la
Saeta, su formidable aceleración y su viraje milimétrico. Estaban a mitad de
camino cuando Harry, al mirar hacia la izquierda, vio algo que le hizo dar un
brinco: dos ojos que brillaban en la oscuridad. Se detuvo en seco. El corazón
le latía con fuerza.
—¿Qué ocurre? —dijo Ron.
Harry señaló hacia los ojos. Ron sacó la
varita y musitó:
—¡Lumos!
Un rayo de luz se extendió sobre la hierba,
llegó hasta la base de un árbol e iluminó sus ramas. Allí, oculto en el follaje,
estaba Crookshanks.
—¡Sal de ahí! —gritó Ron, agachándose y
cogiendo una piedra del suelo. Pero antes de que pudiera hacer nada, Crookshanks
se había desvanecido con un susurro de su larga cola canela.
—¿Lo ves? —dijo Ron furioso, tirando la
piedra al suelo—. Aún le permite andar a sus anchas. Seguramente piensa
acompañar los restos de Scabbers con un par de pájaros.
Harry no respondió. Respiró aliviado. Durante
unos segundos había creído que aquellos ojos eran los del Grim. Siguieron
hacia el castillo. Avergonzado por su instante de terror, Harry no explicó nada
a su amigo. Tampoco miró a derecha ni a izquierda hasta que llegaron al bien
iluminado vestíbulo.
· · ·
Al día siguiente, Harry bajó a desayunar con los demás chicos de su
dormitorio, que por lo visto pensaban que la Saeta de Fuego era merecedora de
una especie de guardia de honor. Al entrar Harry en el Gran Comedor; todos se
volvieron a mirar la Saeta de Fuego, murmurando emocionados. Harry vio con
satisfacción que los del equipo de Slytherin estaban atónitos.
—¿Le has visto la cara? —le preguntó Ron con
alegría, volviéndose para mirar a Malfoy—. ¡No se lo puede creer! ¡Es
estupendo!
Wood también estaba orgulloso de la Saeta de
Fuego.
—Déjala aquí, Harry —dijo, poniendo la escoba
en el centro de la mesa y dándole la vuelta con cuidado, para que el nombre
quedara visible. Los de Ravenclaw y Hufflepuff se acercaron para verla. Cedric
Diggory fue a felicitar a Harry por haber conseguido un sustituto tan soberbio
para su Nimbus. Y la novia de Percy, Penelope Clearwater, de Ravenclaw, pidió
permiso para cogerla.
—Sin sabotajes, ¿eh, Penelope? —le dijo
efusivamente Percy mientras la joven examinaba detenidamente la Saeta de
Fuego—. Penelope y yo hemos hecho una apuesta —dijo al equipo—. Diez galeones a
ver quién gana.
Penelope dejó la Saeta de Fuego, le dio las
gracias a Harry y volvió a la mesa.
—Harry, procura ganar —le dijo Percy en un
susurro apremiante—, porque no tengo diez galeones. ¡Ya voy, Penelope! —Y fue
con ella al terminarse la tostada.
—¿Estás seguro de que puedes manejarla,
Potter? —dijo una voz fría y arrastrada.
Draco Malfoy se había acercado para ver
mejor; y Crabbe y Goyle estaban detrás de él.
—Sí, creo que sí —contestó Harry.
—Muchas características especiales, ¿verdad?
—dijo Malfoy, con un brillo de malicia en los ojos—. Es una pena que no incluya
paracaídas, por si aparece algún dementor.
Crabbe y Goyle se rieron.
—Y es una pena que no tengas tres brazos —le
contestó Harry—. De esa forma podrías coger la snitch.
El equipo de Gryffindor se rió con ganas.
Malfoy entornó sus ojos claros y se marchó ofendido. Lo vieron reunirse con los
demás jugadores de Slytherin, que juntaron las cabezas, seguramente para
preguntarle a Malfoy si la escoba de Harry era de verdad una Saeta de Fuego.
A las once menos cuarto el equipo de
Gryffindor se dirigió a los vestuarios. El tiempo no podía ser más distinto del
que había imperado en el partido contra Hufflepuff. Hacía un día fresco y
despejado, con una brisa muy ligera. Esta vez no habría problemas de
visibilidad, y Harry, aunque estaba nervioso, empezaba a sentir la emoción que
sólo podía producir un partido de quidditch. Oían al resto del colegio que se
dirigía al estadio. Harry se quitó las ropas negras del colegio, sacó del
bolsillo la varita y se la metió dentro de la camiseta que iba a llevar bajo
las ropas de quidditch. Esperaba no necesitarla. Se preguntó de repente si el
profesor Lupin estaría entre el público viendo el partido.
—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Wood
cuando se disponían a salir del vestuario—. Si perdemos este partido, estamos
eliminados. Sólo... sólo tenéis que hacerlo como en el entrenamiento de ayer y
todo irá de perlas.
Salieron al campo y fueron recibidos con un
aplauso tumultuoso. El equipo de Ravenclaw, de color azul, aguardaba ya en el
campo. La buscadora, Cho Chang, era la única chica del equipo y a pesar de los
nervios, no pudo dejar de notar que era muy guapa. Ella le sonrió cuando los
equipos se alinearon uno frente al otro, detrás de sus capitanes, y sintió una
ligera sacudida en el estómago que no creyó que tuviera nada que ver con los
nervios.
—Wood, Davies, daos la mano —ordenó la señora
Hooch.
Y Wood le estrechó la mano al capitán de
Ravenclaw.
—Montad en las escobas... Cuando suene el
silbato... ¡Tres, dos, uno!
Harry despegó del suelo y la Saeta de Fuego
se levantó más rápido que ninguna otra escoba. Planeó por el estadio y empezó a
buscar la snitch, escuchando todo el tiempo los comentarios de Lee Jordan, el
amigo de los gemelos Fred y George:
—Han empezado a jugar y el objeto de
expectación en este partido es la Saeta de Fuego que monta Harry Potter, del
equipo de Gryffindor. Según la revista El mundo de la escoba, la Saeta
es la escoba elegida por los equipos nacionales para el campeonato mundial de
este año.
—Jordan, ¿te importaría explicar lo que
ocurre en el partido? —interrumpió la voz de la profesora McGonagall.
—Tiene razón, profesora. Sólo daba algo de
información complementaria. La Saeta de Fuego, por cierto, está dotada de
frenos automáticos y...
—¡Jordan!
—Vale, vale. Gryffindor tiene la pelota.
Katie Bell se dirige a la meta...
Harry pasó como un rayo al lado de Katie y en
dirección contraria, buscando a su alrededor un resplandor dorado y notando que
Cho Chang le pisaba los talones. La jugadora volaba muy bien. Continuamente se
le cruzaba, obligándolo a cambiar de dirección.
—Enséñale cómo se acelera, Harry —le gritó
Fred al pasar velozmente por su lado en persecución de una bludger que se
dirigía hacia Alicia.
Harry aceleró la Saeta al rodear los postes
de la meta de Ravenclaw, seguido de Cho. La vio en el momento en que Katie
conseguía el primer tanto del partido y las gradas ocupadas por los de
Gryffindor enloquecían de entusiasmo: la snitch, muy próxima al suelo, cerca de
una de las barreras.
Harry descendió en picado; Cho lo vio y salió
rápidamente tras él. Harry aumentó la velocidad. Estaba embargado de emoción.
Su especialidad eran los descensos en picado. Estaba a tres metros de
distancia...
Entonces, una bludger impulsada por uno de
los golpeadores de Ravenclaw surgió ante Harry veloz como un rayo. Harry viró.
La esquivó por un centímetro. Tras esos escasos y cruciales segundos, la snitch
desapareció.
Los seguidores de Gryffindor dieron un grito
de decepción y los de Ravenclaw aplaudieron a rabiar a su golpeador. George
Weasley desfogó su rabia enviando la segunda bludger directamente contra el
golpeador que había lanzado contra Harry. El golpeador tuvo que dar en el aire
una vuelta de campana para esquivarla.
—¡Gryffindor gana por ochenta a cero! ¡Y
miren esa Saeta de Fuego! Potter le está sacando partido. Vean cómo gira. La
Cometa de Chang no está a su altura. La precisión y equilibrio de la Saeta es
realmente evidente en estos largos...
—¡JORDAN! ¿TE PAGAN PARA QUE HAGAS PUBLICIDAD
DE LAS SAETAS DE FUEGO? ¡SIGUE COMENTANDO EL PARTIDO!
Ravenclaw jugaba a la defensiva. Ya habían
marcado tres goles, lo cual había reducido la distancia con Gryffindor a
cincuenta puntos. Si Cho atrapaba la snitch antes que él, Ravenclaw ganaría.
Harry descendió evitando por muy poco a un cazador de Ravenclaw y buscó la
snitch por todo el campo, desesperadamente. Vio un destello dorado y un aleteo
de pequeñas alas: la snitch rodeaba la meta de Gryffindor.
Harry aceleró con los ojos fijos en la mota
de oro que tenía delante. Pero un segundo después surgió Cho, bloqueándole.
—¡HARRY, NO ES MOMENTO PARA PORTARSE COMO UN
CABALLERO! —gritó Wood cuando Harry viró para evitar una colisión—. ¡SI ES
NECESARIO, TÍRALA DE LA ESCOBA!
Harry volvió la cabeza y vio a Cho. La
muchacha sonreía. La snitch había desaparecido de nuevo. Harry ascendió con la
Saeta y enseguida se encontró a siete metros por encima del nivel de juego. Por
el rabillo del ojo vio que Cho lo seguía... Prefería marcarlo a buscar la
snitch. Bien, pues... si quería perseguirlo, tendría que atenerse a las
consecuencias...
Volvió a bajar en picado; Cho, creyendo que
había vuelto a ver la snitch, quiso seguirle. Harry frenó muy bruscamente. Cho
se precipitó hacia abajo. Harry, una vez más, ascendió veloz como un rayo y
entonces la vio por tercera vez: la snitch brillaba por encima del medio campo
de Ravenclaw. Aceleró; también lo hizo Cho, muchos metros por debajo. Harry iba
delante, acercándose cada vez más a la snitch. Entonces...
—¡Ah! —gritó Cho, señalando hacia abajo.
Harry se distrajo y bajó la vista. Tres
dementores altos, encapuchados y vestidos de negro lo miraban.
No se detuvo a pensar. Metió la mano por el
cuello de la ropa, sacó la varita y gritó:
—¡Expecto patronum!
Algo blanco y plateado, enorme, salió de la
punta de la varita. Sabía que había disparado hacia los dementores, pero no se
entretuvo en comprobarlo. Con la mente aún despejada, miró delante de él. Ya
casi estaba. Alargó la mano, con la que aún empuñaba la varita, y pudo hacerse
con la pequeña y rebelde snitch.
Se oyó el silbato de la señora Hooch. Harry
dio media vuelta en el aire y vio seis borrones rojos que se le venían encima.
Al momento siguiente, todo el equipo lo abrazaba tan fuerte que casi lo
derribaron de la escoba. De abajo llegaba el griterío de la afición de
Gryffindor.
—¡Éste es mi valiente! —exclamaba Wood una y
otra vez.
Alicia, Angelina y Katie besaron a Harry, y
Fred le dio un abrazo tan fuerte que Harry creyó que se le iba a salir la
cabeza. En completo desorden, el equipo se las ingenió para abrirse camino y
volver al terreno de juego. Harry descendió de la escoba y vio a un montón de
seguidores de Gryffindor saltando al campo, con Ron en cabeza. Antes de que se
diera cuenta, lo rodeaba una multitud alegre que le ovacionaba.
—¡Sí! —gritó Ron, subiéndole a Harry el
brazo—. ¡Sí!
—Bien hecho, Harry —le dijo Percy muy
contento—. Acabo de ganar diez galeones. Tengo que encontrar a Penelope.
Disculpa.
—¡Estupendo, Harry! —gritó Seamus Finnigan.
—¡Muy bien! —dijo Hagrid con voz de trueno,
por encima de las cabezas de los de Gryffindor.
—Fue un patronus bastante bueno —susurró una
voz a Harry junto al oído.
Harry se volvió y vio al profesor Lupin, que
estaba encantado y sorprendido.
—Los dementores no me afectaron en absoluto
—dijo Harry emocionado—. No sentí nada.
—Eso sería porque... porque no eran
dementores —dijo el profesor Lupin—. Ven y lo verás.
Sacó a Harry de la multitud para enseñarle el
borde del terreno de juego.
—Le has dado un buen susto al señor Malfoy
—dijo Lupin.
Harry se quedó mirando. Tendidos en confuso
montón estaban Malfoy, Crabbe, Goyle y Marcus Flint, el capitán del equipo de
Slytherin, todos forcejeando por quitarse unas túnicas largas, negras y con
capucha. Parecía como si Malfoy se hubiera puesto de pie sobre los hombros de
Goyle. Delante de ellos, muy enfadada, estaba la profesora McGonagall.
—¡Un truco indigno! —gritaba—. ¡Un intento
cobarde e innoble de sabotear al buscador de Gryffindor! ¡Castigo para todos y
cincuenta puntos menos para Slytherin! Pondré esto en conocimiento del profesor
Dumbledore, no os quepa la menor duda. ¡Ah, aquí llega!
Si algo podía ponerle la guinda a la victoria
de Gryffindor era aquello. Ron, que se había abierto camino para llegar junto a
Harry, se partía de la risa mientras veían a Malfoy forcejeando para quitarse
la túnica, con la cabeza de Goyle todavía dentro.
—¡Vamos, Harry! —dijo George, abriéndose
camino—. ¡Vamos a celebrarlo ahora en la sala común de Gryffindor!
—Bien —contestó Harry.
Y más contento de lo que se había sentido en
mucho tiempo, acompañó al resto del equipo hacia la salida del estadio y otra
vez al castillo, vestidos aún con túnica escarlata.
Era como si hubieran ganado ya la copa de quidditch; la fiesta se
prolongó todo el día y hasta bien entrada la noche. Fred y George Weasley
desaparecieron un par de horas y volvieron con los brazos cargados con botellas
de cerveza de mantequilla, refresco de calabaza y bolsas de dulces de
Honeydukes.
—¿Cómo lo habéis hecho? —preguntó Angelina
Johnson, mientras George arrojaba sapos de menta a todos.
—Con la ayuda de Lunático, Colagusano, Canuto
y Cornamenta —susurró Fred al oído de Harry.
Sólo había una persona que no participaba en
la fiesta. Hermione, inverosímilmente sentada en un rincón, se esforzaba por
leer un libro enorme que se titulaba Vida doméstica y costumbres sociales
de los muggles británicos. Harry dejó la mesa en que Fred y George habían
empezado a hacer juegos malabares con botellas de cerveza de mantequilla, y se acercó
a ella.
—¿No has venido al partido? —le preguntó.
—Claro que sí —respondió Hermione, con voz
curiosamente aguda, sin levantar la vista—. Y me alegro mucho de que
ganáramos, y creo que tú lo hiciste muy bien, pero tengo que terminar esto para
el lunes.
—Vamos, Hermione, ven a tomar algo —dijo
Harry, mirando hacia Ron y preguntándose si estaría de un humor lo bastante
bueno para enterrar el hacha de guerra.
—No puedo, Harry, aún tengo que leer
cuatrocientas veintidós páginas —contestó Hermione, que parecía un poco
histérica—. Además... —también miró a Ron—, él no quiere que vaya.
No pudo negarlo, porque Ron escogió aquel
preciso momento para decir en voz alta:
—Si Scabbers no hubiera muerto, podría
comerse ahora unas cuantas moscas de café con leche, le gustaban tanto...
Hermione se echó a llorar. Antes de que Harry
pudiera hacer o decir nada, se puso el mamotreto en la axila y, sin dejar de
sollozar, salió corriendo hacia la escalera que conducía al dormitorio de las
chicas, y se perdió de vista.
—¿No puedes darle una oportunidad? —preguntó
Harry a Ron en voz baja.
—No —respondió Ron rotundamente—. Si al menos
lo lamentara, pero Hermione nunca admitirá que obró mal. Es como si Scabbers
se hubiera ido de vacaciones o algo parecido. La fiesta de Gryffindor sólo
terminó cuando la profesora McGonagall se presentó a la una de la madrugada,
con su bata de tela escocesa y la redecilla en el pelo, para mandarles que se
fueran a dormir. Harry y Ron subieron al dormitorio, todavía comentando el
partido. Al final, exhausto, Harry se metió en la cama de dosel, corrió las
cortinas para tapar un rayo de luna, se acostó y se durmió inmediatamente.
Tuvo un sueño muy raro. Caminaba por un
bosque, con la Saeta de Fuego al hombro, persiguiendo algo de color blanco
plateado. El ser serpenteaba por entre los árboles y Harry apenas podía
vislumbrarlo entre las hojas. Con ganas de alcanzarlo, apretó el paso, pero al
ir más aprisa, su presa lo imitó. Harry echó a correr y oyó un ruido de cascos
que adquirían velocidad. Harry corría con desesperación y oía un galope
delante de él. Entró en un claro del bosque y...
—¡AAAAAAAAAAAAAAGH! ¡NOOOOOOOOOOOO!
Harry despertó tan de repente como si le
hubieran golpeado en la cara. Desorientado en medio de la total oscuridad,
buscó a tientas las cortinas de la cama. Oía ruidos a su alrededor; y la voz de
Seamus Finnigan desde el otro extremo del dormitorio:
—¿Qué ocurre?
A Harry le pareció que se cerraba la puerta
del dormitorio. Tras encontrar la separación de las cortinas, las abrió al
mismo tiempo que Dean Thomas encendía su lámpara.
Ron estaba incorporado en la cama, con las
cortinas echadas a un lado y una expresión de pánico en el rostro.
—¡Black!
¡Sirius Black! ¡Con
un cuchillo!
—¿Qué?
—¡Aquí! ¡Ahora mismo! ¡Rasgó las cortinas!
¡Me despertó!
—¿No estarías soñando, Ron? —preguntó Dean.
—¡Mirad las cortinas! ¡Os digo que estaba
aquí!
Todos se levantaron de la cama; Harry fue el
primero en llegar a la puerta del dormitorio. Se lanzaron por la escalera. Las
puertas se abrían tras ellos y los interpelaban voces soñolientas:
—¿Quién ha gritado?
—¿Qué hacéis?
La sala común estaba iluminada por los
últimos rescoldos del fuego y llena de restos de la fiesta. No había nadie
allí.
—¿Estás seguro de que no soñabas, Ron?
—¡Os digo que lo vi!
—¿Por qué armáis tanto jaleo?
—¡La profesora McGonagall nos ha mandado
acostarnos!
Algunas chicas habían bajado poniéndose la
bata y bostezando.
—Estupendo, ¿continuamos? —preguntó Fred Weasley con animación.
—¡Todo el mundo a la cama! —ordenó Percy,
entrando aprisa en la sala común y poniéndose, mientras hablaba, su insignia de
Premio Anual en el pijama.
—Percy... ¡Sirius Black! —dijo Ron, con voz
débil—. ¡En nuestro dormitorio! ¡Con un cuchillo! ¡Me despertó!
Todos contuvieron la respiración.
—¡Absurdo! —dijo Percy con cara de susto—.
Has comido demasiado, Ron. Has tenido una pesadilla.
—Te digo que...
—¡Venga, ya basta!
Llegó la profesora McGonagall. Cerró la
puerta de la sala común y miró furiosa a su alrededor.
—¡Me encanta que Gryffindor haya ganado el
partido, pero esto es ridículo! ¡Percy, no esperaba esto de ti!
—¡Le aseguro que no he dado permiso,
profesora! —dijo Percy, indignado—. ¡Precisamente les estaba diciendo a todos
que regresaran a la cama! ¡Mi hermano Ron tuvo una pesadilla.. .!
—¡NO FUE UNA PESADILLA! —gritó Ron—.
PROFESORA, ME DESPERTÉ Y SIRIUS BLACK ESTABA DELANTE DE MÍ, CON UN CUCHILLO EN
LA MANO!
La profesora McGonagall lo miró fijamente.
—No digas tonterías, Weasley. ¿Cómo iba a
pasar por el retrato?
—¡Hay que preguntarle! —dijo Ron, señalando
con el dedo la parte trasera del cuadro de sir Cadogan—. Hay que preguntarle si
ha visto...
Mirando a Ron con recelo, la profesora
McGonagall abrió el retrato y salió. Todos los de la sala común escucharon conteniendo
la respiración.
—Sir Cadogan, ¿ha dejado entrar a un hombre
en la torre de Gryffindor?
—¡Sí, gentil señora! —gritó sir Cadogan.
Todos, dentro y fuera de la sala común, se
quedaron callados, anonadados.
—¿De... de verdad? —dijo la profesora
McGonagall—. Pero ¿y la contraseña?
—¡Me la dijo! —respondió altanero sir
Cadogan—. Se sabía las de toda la semana, señora. ¡Las traía escritas en un
papel!
La profesora McGonagall volvió a pasar por el
retrato para encontrarse con la multitud, que estaba estupefacta. Se había
quedado blanca como la tiza.
—¿Quién ha sido? —preguntó con voz
temblorosa—. ¿Quién ha sido el tonto que ha escrito las contraseñas de la
semana y las ha perdido?
Hubo un silencio total, roto por un leve
grito de terror. Neville Longbottom, temblando desde los pies calzados con
zapatillas de tela hasta la cabeza, levantó la mano muy lentamente.