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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
12
Harry sabía que la intención de Hermione había sido buena, pero eso no
le impidió enfadarse con ella. Había sido propietario de la mejor escoba del
mundo durante unas horas y, por culpa de Hermione, ya no sabía si la volvería a
ver. Estaba seguro de que no le ocurría nada a la Saeta de Fuego, pero ¿en qué
estado se encontraría después de pasar todas las pruebas antihechizos?
Ron también estaba enfadado con Hermione. En
su opinión, desmontar una Saeta de Fuego completamente nueva era un crimen.
Hermione, que seguía convencida de que había hecho lo que debía, comenzó a
evitar la sala común. Harry y Ron supusieron que se había refugiado en la
biblioteca y no intentaron persuadirla de que saliera de allí. Se alegraron de
que el resto del colegio regresara poco después de Año Nuevo y la torre de
Gryffindor volviera a estar abarrotada de gente y de bullicio.
Wood buscó a Harry la noche anterior al
comienzo de las clases.
—¿Qué tal las Navidades? —preguntó. Y luego,
sin esperar respuesta, se sentó, bajó la voz y dijo—: He estado meditando
durante las vacaciones, Harry. Después del último partido, ¿sabes? Si los
dementores acuden al siguiente... no nos podemos permitir que tú... bueno...
Wood se quedó callado, con cara de sentirse
incómodo.
—Estoy trabajando en ello —dijo Harry
rápidamente—. El profesor Lupin me dijo que me daría unas clases para
ahuyentar a los dementores. Comenzaremos esta semana. Dijo que después de
Navidades estaría menos atareado.
—Ya —dijo Wood. Su rostro se animó—. Bueno,
en ese caso... Realmente no quería perderte como buscador; Harry. ¿Has comprado
ya otra escoba?
—No —contestó Harry.
—¿Cómo? Pues será mejor que te des prisa. No
puedes montar en esa Estrella Fugaz en el partido contra Ravenclaw.
—Le regalaron una Saeta de Fuego en Navidad
—dijo Ron.
—¿Una Saeta de Fuego? ¡No! ¿En serio? ¿Una
Saeta de Fuego de verdad?
—No te emociones, Oliver —dijo Harry con
tristeza—. Ya no la tengo. Me la confiscaron. —Y explicó que estaban revisando
la Saeta de Fuego en aquellos instantes.
—¿Hechizada? ¿Por qué podría estar hechizada?
—Sirius Black —explicó Harry sin entusiasmo—.
Parece que va detrás de mí. Así que McGonagall piensa que él me la podría
haber enviado.
Desechando la idea de que un famoso asesino
estuviera interesado por la vida de su buscador; Wood dijo:
—¡Pero Black no podría haber comprado una
Saeta de Fuego! Es un fugitivo. Todo el país lo está buscando. ¿Cómo podría
entrar en la tienda de Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch y
comprar una escoba?
—Ya lo sé. Pero aun así, McGonagall quiere
desmontarla.
Wood se puso pálido.
—Iré a hablar con ella, Harry —le prometió—.
La haré entrar en razón... Una Saeta de Fuego... ¡una auténtica Saeta de Fuego
en nuestro equipo! Ella tiene tantos deseos como nosotros de que gane
Gryffindor... La haré entrar en razón... ¡Una Saeta de Fuego...!
Las clases comenzaron al día siguiente. Lo último que deseaba nadie
una mañana de enero era pasar dos horas en una fila en el patio, pero Hagrid
había encendido una hoguera de salamandras, para su propio disfrute, y pasaron
una clase inusualmente agradable recogiendo leña seca y hojarasca para
mantener vivo el fuego, mientras las salamandras, a las que les gustaban las
llamas, correteaban de un lado para otro de los troncos incandescentes que se
iban desmoronando. La primera clase de Adivinación del nuevo trimestre fue
mucho menos divertida. La profesora Trelawney les enseñaba ahora quiromancia y
se apresuró a informar a Harry de que tenía la línea de la vida más corta que
había visto nunca.
A la que Harry tenía más ganas de acudir era
a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Después de la conversación con
Wood, quería comenzar las clases contra los dementores tan pronto como fuera
posible.
—Ah, sí —dijo Lupin, cuando Harry le recordó
su promesa al final de la clase—. Veamos... ¿qué te parece el jueves a las
ocho de la tarde? El aula de Historia de la Magia será bastante grande...
Tendré que pensar detenidamente en esto... No podemos traer a un dementor de
verdad al castillo para practicar...
—Aún parece enfermo, ¿verdad? —dijo Ron por
el pasillo, camino del Gran Comedor—. ¿Qué crees que le pasa?
Oyeron un «chist» de impaciencia detrás de
ellos. Era Hermione, que había estado sentada a los pies de una armadura,
ordenando la mochila, tan llena de libros que no se cerraba.
—¿Por qué nos chistas? —le preguntó Ron
irritado.
—Por nada —dijo Hermione con altivez,
echándose la mochila al hombro.
—Por algo será —dijo Ron—. Dije que no sabía
qué le ocurría a Lupin y tú...
—Bueno, ¿no es evidente? —dijo Hermione con
una mirada de superioridad exasperante.
—Si no nos lo quieres decir, no lo hagas
—dijo Ron con brusquedad.
—Vale —respondió Hermione, y se marchó
altivamente.
—No lo sabe —dijo Ron, siguiéndola con los
ojos y resentido—. Sólo quiere que le volvamos a hablar.
A las ocho de la tarde del jueves, Harry salió de la torre de
Gryffindor para acudir al aula de Historia de la Magia. Cuando llegó estaba a
oscuras y vacía, pero encendió las luces con la varita mágica y al cabo de
cinco minutos apareció el profesor Lupin, llevando una gran caja de embalar que
puso encima de la mesa del profesor Binn.
—¿Qué es? —preguntó Harry.
—Otro boggart —dijo Lupin, quitándose la capa—.
He estado buscando por el castillo desde el martes y he tenido la suerte de
encontrar éste escondido dentro del archivador del señor Filch. Es lo más
parecido que podemos encontrar a un auténtico dementor. El boggart se
convertirá en dementor cuando te vea, de forma que podrás practicar con él.
Puedo guardarlo en mi despacho cuando no lo utilicemos, bajo mi mesa hay un
armario que le gustará.
—De acuerdo —dijo Harry, haciendo como que no
era aprensivo y satisfecho de que Lupin hubiera encontrado un sustituto de un
dementor de verdad.
—Así pues... —el profesor Lupin sacó su
varita mágica e indicó a Harry que hiciera lo mismo—. El hechizo que trataré de
enseñarte es magia muy avanzada... Bueno, muy por encima del Nivel Corriente de
Embrujo. Se llama «encantamiento patronus».
—¿Cómo es? —preguntó Harry, nervioso.
—Bueno, cuando sale bien invoca a un patronus
para que se aparezca —explicó Lupin— y que es una especie de antidementor; un
guardián que hace de escudo entre el dementor y tú.
Harry se imaginó de pronto agachado tras
alguien del tamaño de Hagrid que empuñaba una porra gigantesca. El profesor
Lupin continuó:
—El patronus es una especie de fuerza
positiva, una proyección de las mismas cosas de las que el dementor se
alimenta: esperanza, alegría, deseo de vivir... y no puede sentir desesperación
como los seres humanos, de forma que los dementores no lo pueden herir. Pero
tengo que advertirte, Harry, de que el hechizo podría resultarte excesivamente
avanzado. Muchos magos cualificados tienen dificultades con él.
—¿Qué aspecto tiene un patronus? —dijo Harry
con curiosidad.
—Es según el mago que lo invoca.
—¿Y cómo se invoca?
—Con un encantamiento que sólo funcionará si
te concentras con todas tus fuerzas en un solo recuerdo de mucha alegría.
Harry intentó recordar algo alegre. Desde
luego, nada de lo que le había ocurrido en casa de los Dursley le serviría. Al
final recordó el instante en que por primera vez montó en una escoba.
—Ya —dijo, intentando recordar lo más
exactamente posible la maravillosa sensación de vértigo que había notado en el
estómago.
—El encantamiento es así —Lupin se aclaró la
garganta—: ¡Expecto patronum!
—¡Expecto patronum! —repitió Harry
entre dientes—. ¡Expecto patronum!
—¿Te estás concentrando con fuerza en el
recuerdo feliz?
—Sí... —contestó Harry, obligando a su mente
a que retrocediese hasta aquel primer viaje en escoba—. Expecto patrono,
no, patronum... perdón... ¡Expecto patronum! ¡Expecto patronum!
De repente, como un chorro, surgió algo del
extremo de su varita. Era como un gas plateado.
—¿Lo ha visto? —preguntó Harry entusiasmado—.
¡Algo ha ocurrido!
—Muy bien —dijo Lupin sonriendo—. Bien,
entonces... ¿estás preparado para probarlo en un dementor?
—Sí —dijo Harry, empuñando la varita con
fuerza y yendo hasta el centro del aula vacía. Intentó mantener su pensamiento
en el vuelo con la escoba, pero en su mente había otra cosa que trataba de
introducirse... Tal vez en cualquier instante volviera a oír a su madre...
Pero no debía pensar en ello o volvería a oírla realmente, y no quería... ¿o sí
quería?
Lupin cogió la tapa de la caja de embalaje y
tiró de ella. Un dementor se elevó despacio de la caja, volviendo hacia Harry
su rostro encapuchado. Una mano viscosa y llena de pústulas sujetaba la capa.
Las luces que había en el aula parpadearon
hasta apagarse. El dementor salió de la caja y se dirigió silenciosamente
hacia Harry, exhalando un aliento profundo y vibrante. Una hola de intenso
frío se extendió sobre él.
—¡Expecto patronum! —gritó Harry—. ¡Expecto
patronum! ¡Expecto. ..!
Pero el aula y el dementor desaparecían.
Harry cayó de nuevo a través de una niebla blanca y espesa, y la voz de su
madre resonó en su cabeza, más fuerte que nunca...
—¡A
Harry no! ¡A Harry no! Por favor... haré cualquier cosa...
—A un lado... hazte a un lado, muchacha...
—¡Harry!
Harry volvió de pronto a la realidad. Estaba
boca arriba, tendido en el suelo. Las luces del aula habían vuelto a encenderse.
No necesitó preguntar qué era lo que había ocurrido.
—Lo siento —musitó, incorporándose y notando
un sudor frío que le corría por detrás de las gafas.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Lupin.
—Sí...
Para levantarse, Harry se apoyó primero en un
pupitre y luego en Lupin.
—Toma. —Lupin le ofreció una rana de
chocolate—. Cómetela antes de que volvamos a intentarlo. No esperaba que lo
consiguieras la primera vez. Me habría impresionado mucho que lo hubieras
hecho.
—Cada vez es peor —musitó Harry, mordiendo la
cabeza de la rana—. Esta vez la he oído más alto aún. Y a él... a Voldemort...
Lupin estaba más pálido de lo habitual.
—Harry, si no quieres continuar; lo
comprenderé perfectamente...
—¡Sí quiero! —dijo Harry con energía,
metiéndose en la boca el resto de la rana—. ¡Tengo que hacerlo! ¿Y si los
dementores vuelven a presentarse en el partido contra Ravenclaw? No puedo caer
de nuevo. ¡Si perdemos este partido, habremos perdido la copa de quidditch!
—De acuerdo, entonces... —dijo Lupin—. Tal
vez quieras seleccionar otro recuerdo feliz. Quiero decir; para concentrarte.
Ése no parece haber sido bastante poderoso...
Harry pensó intensamente y recordó que se
había sentido muy contento cuando, el año anterior; Gryffindor había ganado la
Copa de las Casas. Empuñó otra vez la varita mágica y volvió a su puesto en
mitad del aula.
—¿Preparado? —preguntó Lupin, cogiendo la
tapa de la caja.
—Preparado —dijo Harry, haciendo un gran
esfuerzo por llenarse la cabeza de pensamientos alegres sobre la victoria de
Gryffindor; y no con pensamientos oscuros sobre lo que iba a ocurrir cuando la
caja se abriera.
—¡Ya! —dijo Lupin, levantando la tapa.
El aula volvió a enfriarse y a quedarse a
oscuras. El dementor avanzó con su violenta respiración, abriendo una mano
putrefacta en dirección a Harry.
—¡Expecto patronum! —gritó Harry—. ¡Expecto
patronum! ¡Expecto pat...!
Una niebla blanca le oscureció el sentido. En
tomo a él se movieron unas formas grandes y borrosas... Luego oyó una voz
nueva, de hombre, que gritaba aterrorizado:
—¡Lily, coge a Harry y vete! ¡Es él!
¡Vete! ¡Corre! Yo lo detendré.
El ruido de alguien dentro de una habitación,
una puerta que se abría de golpe, una carcajada estridente.
—¡Harry!
Harry, despierta...
Lupin le abofeteaba las mejillas. Esta vez le
costó un minuto comprender por qué estaba tendido en el suelo polvoriento del
aula.
—He oído a mi padre —balbuceó Harry—. Es la
primera vez que lo oigo. Quería enfrentarse a Voldemort para que a mi madre le
diera tiempo de escapar.
Harry notó que en su rostro había lágrimas
mezcladas con el sudor. Bajó la cabeza todo lo que pudo para limpiarse las
lágrimas con la túnica, haciendo como que se ataba el cordón del zapato, para
que Lupin no se diera cuenta de que había llorado.
—¿Has oído a James? —preguntó Lupin con voz
extraña.
—Sí... —Con la cara ya seca, volvió a levantar
la vista—. ¿Por qué? Usted no conocía a mi padre, ¿o sí?
—Lo... lo conocí, sí —contestó Lupin—. Fuimos
amigos en Hogwarts. Escucha, Harry. Tal vez deberíamos dejarlo por hoy Este
encantamiento es demasiado avanzado... No debería haberte puesto en este trance...
—No —repuso Harry. Se volvió a levantar—. ¡Lo
volveré a intentar! No pienso en cosas bastante alegres, por eso... ¡espere!
Hizo un gran esfuerzo para pensar. Un
recuerdo muy feliz..., un recuerdo que pudiera transformarse en un patronus
bueno y fuerte...
¡El momento en que se enteró de que era un
mago y de que tenía que dejar la casa de los Dursley para ir a Hogwarts! Si
eso no era un recuerdo feliz, entonces no sabía qué podía serlo. Concentrado en
los sentimientos que lo habían embargado al enterarse de que se iría de Privet
Drive, Harry se levantó y se puso de nuevo frente a la caja de embalaje.
—¿Preparado? —dijo Lupin, como si fuera a
obrar en contra de su criterio—. ¿Te estás concentrando bien? De acuerdo. ¡Ya!
Levantó la tapa de la caja por tercera vez y
el dementor volvió a salir de ella. El aula volvió a enfriarse y a oscurecerse.
—¡EXPECTO PATRONUM! —gritó Harry—. ¡EXPECTO PATRONUM! ¡EXPECTO
PATRONUM!
De nuevo comenzaron los gritos en la mente de
Harry, salvo que esta vez sonaban como si procedieran de una radio mal
sintonizada. El sonido bajó, subió y volvió a bajar... Todavía seguía viendo
al dementor. Se había detenido... Y luego, una enorme sombra plateada salió
con fuerza del extremo de la varita de Harry y se mantuvo entre él y el
dementor; y aunque Harry sentía sus piernas como de mantequilla, seguía de
pie, sin saber cuánto tiempo podría aguantar.
—¡Riddíkulo! —gritó Lupin, saltando
hacia delante.
Se oyó un fuerte crujido y el nebuloso
patronus se desvaneció junto con el dementor. Harry se derrumbó en una silla,
con las piernas temblando, tan cansado como si acabara de correr varios
kilómetros. Por el rabillo del ojo vio al profesor Lupin obligando con la
varita al boggart a volver a la caja de embalaje. Se había vuelto a convertir
en una esfera plateada.
—¡Estupendo! —dijo Lupin, yendo hacia donde
estaba Harry sentado—. ¡Estupendo, Harry! Ha sido un buen principio.
—¿Podemos volver a probar? Sólo una vez más.
—Ahora no —dijo Lupin con firmeza—. Ya has
tenido bastante por una noche. Ten...
Ofreció a Harry una tableta del mejor
chocolate de Honeydukes.
—Cómetelo todo o la señora Pomfrey me matará.
¿El jueves que viene a la misma hora?
—Vale —dijo Harry. Dio un mordisco al
chocolate y vio que Lupin apagaba las luces que se habían encendido con la
desaparición del dementor. Se le acababa de ocurrir algo—: ¿Profesor Lupin?
—preguntó—. Si conoció a mi padre, también conocería a Sirius Black.
Lupin se volvió con rapidez:
—¿Qué te hace pensar eso? —dijo severamente.
—Nada. Quiero decir... me he enterado de que
eran amigos en Hogwarts.
El rostro de Lupin se calmó.
—Sí, lo conocí —dijo lacónicamente—. O creía
que lo conocía. Será mejor que te vayas, Harry. Se hace tarde.
Harry salió del aula, atravesó el corredor;
dobló una esquina, dio un rodeo por detrás de una armadura y se sentó en la
peana para terminar el chocolate, lamentando haber mencionado a Black, dado que
a Lupin, obviamente, no le había hecho gracia. Luego volvió a pensar en sus
padres.
Se sentía extrañamente vacío, a pesar de
haber comido tanto chocolate. Aunque era terrible oír dentro de su cabeza los
últimos instantes de vida de sus padres, eran las únicas ocasiones en que había
oído sus voces, desde que era muy pequeño. Nunca sería capaz de crear un patronus
de verdad si en parte deseaba volver a oír la voz de sus padres...
—Están muertos —se dijo con firmeza—. Están
muertos y volver a oír el eco de su voz no los traerá a la vida. Será mejor
que me controle si quiero la copa de quidditch.
Se puso en pie, se metió en la boca el último
pedazo de chocolate y volvió hacia la torre de Gryffindor.
Ravenclaw jugó contra Slytherin una semana después del comienzo del
trimestre. Slytherin ganó, aunque por muy poco. Según Wood, eran buenas
noticias para Gryffindor; que se colocaría en segundo puesto si ganaba también
a Ravenclaw. Por lo tanto, aumentó los entrenamientos a cinco por semana. Esto
significaba que, junto con las clases antidementores de Lupin, que resultaban
más agotadoras que seis sesiones de entrenamiento de quidditch, a Harry le
quedaba tan sólo una noche a la semana para hacer todos los deberes. Aun así,
no parecía tan agobiado como Hermione, a la que le afectaba la inmensa cantidad
de trabajo. Cada noche, sin excepción, veían a Hermione en un rincón de la
sala común, con varias mesas llenas de libros, tablas de Aritmancia, diccionarios
de runas, dibujos de muggles levantando objetos pesados y carpetas amontonadas
con apuntes extensísimos. Apenas hablaba con nadie y respondía de malos modos
cuando alguien la interrumpía.
—¿Cómo lo hará? —le preguntó Ron a Harry una
tarde,. mientras el segundo terminaba un insoportable trabajo para Snape sobre Venenos
indetectables. Harry alzó la vista. A Hermione casi no se la veía detrás
de la torre de libros.
—¿Cómo hará qué?
—Ir a todas las clases —dijo Ron—. Esta
mañana la oí hablar con la profesora Vector, la bruja que da Aritmancia.
Hablaban de la clase de ayer. Pero Hermione no pudo ir, porque estaba con
nosotros en Cuidado de Criaturas Mágicas. Y Ernie McMillan me dijo que no ha
faltado nunca a una clase de Estudios Muggles. Pero la mitad de esas clases
coinciden con Adivinación y tampoco ha faltado nunca a éstas.
Harry no tenía tiempo en aquel momento para
indagar el misterio del horario imposible de Hermione. Tenía que seguir con el
trabajo para Snape. Dos segundos más tarde volvió a ser interrumpido, esta vez
por Wood.
—Malas noticias, Harry. Acabo de ver a la
profesora McGonagall por lo de la Saeta de Fuego. Ella... se ha puesto algo
antipática conmigo. Me ha dicho que mis prioridades están mal. Piensa que me
preocupa más ganar la copa que tu vida. Sólo porque le dije que no me importaba
que la escoba te tirase al suelo, siempre que cogieras la snitch. —Wood
sacudió la cabeza con incredulidad—. Realmente, por su forma de gritarme...
cualquiera habría pensado que le había dicho algo terrible. Luego le pregunté
cuánto tiempo la tendría todavía. —Hizo una mueca e imitó la voz de la
profesora McGonagall—: «El tiempo que haga falta, Wood.» Me parece que tendrás
que pedir otra escoba, Harry. Hay un cupón de pedido en la última página de El
mundo de la escoba. Podrías comprar una Nimbus 2.001 como la que tiene
Malfoy.
—No voy a comprar nada que le guste a Malfoy
—dijo taxativamente.
Enero dio paso a febrero sin que se notara, persistiendo en el mismo
frío glaciar. El partido contra Ravenclaw se aproximaba, pero Harry seguía sin
solicitar otra escoba. Al final de cada clase de Transformaciones, le
preguntaba a la profesora McGonagall por la Saeta de Fuego, Ron expectante
junto a él, Hermione pasando a toda velocidad por su lado, con la cara vuelta.
—No, Potter; todavía no te la podemos
devolver —le dijo la profesora McGonagall el duodécimo día de interrogatorio,
antes de que el muchacho hubiera abierto la boca—. Hemos comprobado la mayoría
de los hechizos más habituales, pero el profesor Flitwick cree que la escoba
podría tener un maleficio para derribar al que la monta. En cuanto hayamos terminado
las comprobaciones, te lo diré. Ahora te ruego que dejes de darme la lata.
Para empeorar aún más las cosas, las clases
antidementores de Harry no iban tan bien como esperaba, ni mucho menos.
Después de varias sesiones, era capaz de crear una sombra poco precisa cada
vez que el dementor se le acercaba, pero su patronus era demasiado débil para
ahuyentar al dementor. Lo único que hacía era mantenerse en el aire como una
nube semitransparente, vaciando de energía a Harry mientras éste se esforzaba
por mantenerlo. Harry estaba enfadado consigo mismo. Se sentía culpable por su
secreto deseo de volver a oír las voces de sus padres.
—Esperas demasiado de ti mismo —le dijo
severamente el profesor Lupin en la cuarta semana de prácticas—. Para un brujo
de trece años, incluso un patronus como éste es una hazaña enorme. Ya no te
desmayas, ¿a que no?
—Creí que el patronus embestiría contra los
dementores —dijo Harry desalentado—, que los haría desaparecer...
—El verdadero patronus los hace desaparecer
—contestó Lupin—. Pero tú has logrado mucho en poco tiempo. Si los dementores
hacen aparición en tu próximo partido de quidditch, serás capaz de tenerlos a
raya el tiempo necesario para volver al juego.
—Usted dijo que es más dificil cuando hay
muchos —repuso Harry
—Tengo total confianza en ti —aseguró Lupin
sonriendo—. Toma, te has ganado una bebida. Esto es de Las Tres Escobas y
supongo que no lo habrás probado antes...
Sacó dos botellas de su maletín.
—¡Cerveza de mantequilla! —exclamó Harry
irreflexivamente—. Sí, me encanta. —Lupin alzó una ceja—. Bueno... Ron y
Hermione me trajeron algunas cosas de Hogsmeade —mintió Harry a toda prisa.
—Ya veo —dijo Lupin, aunque parecía algo
suspicaz—. Bien, bebamos por la victoria de Gryffindor contra Ravenclaw.
Aunque en teoría, como profesor no debo tomar partido —añadió inmediatamente.
Bebieron en silencio la cerveza de
mantequilla, hasta que Harry mencionó algo en lo que llevaba algún tiempo meditando.
—¿Qué hay debajo de la capucha de un
dementor?
El profesor Lupin, pensativo, dejó la
botella.
—Mmm..., bueno, los únicos que lo saben no
pueden decimos nada. El dementor sólo se baja la capucha para utilizar su
última arma.
—¿Cuál es?
—Lo llaman «Beso del dementor» —dijo Lupin
con una amarga sonrisa—. Es lo que hacen los dementores a aquellos a los que
quieren destruir completamente. Supongo que tendrán algo parecido a una boca,
porque pegan las mandíbulas a la boca de la víctima y... le sorben el alma.
Harry escupió, sin querer; un poco de cerveza
de mantequilla.
—¿Las matan?
—No —dijo Lupin—. Mucho peor que eso. Se
puede vivir sin alma, mientras sigan funcionando el cerebro y el corazón. Pero
no se puede tener conciencia de uno mismo, ni memoria, ni nada. No hay ninguna
posibilidad de recuperarse. Uno se limita a existir. Como una concha vacía. Sin
alma, perdido para siempre. —Lupin bebió otro trago de cerveza de mantequilla y
siguió diciendo—: Es el destino que le espera a Sirius Black. Lo decía El
Profeta esta mañana. El Ministerio ha dado permiso a los dementores para
besarlo cuando lo encuentren.
Harry se quedó abstraído unos instantes,
pensando en la posibilidad de sorber el alma por la boca de una persona. Pero
luego pensó en Black.
—Se lo merece —dijo de pronto.
—¿Eso piensas? —dijo, como sin darle
importancia—. ¿De verdad crees que alguien se merece eso?
—Sí —dijo Harry con altivez—. Por varios
motivos.
Le habría gustado hablar con Lupin sobre la
conversación que había oído en Las Tres Escobas, sobre Black traicionando a
sus padres, aunque aquello habría supuesto revelar que había ido a Hogsmeade
sin permiso. Y sabía que a Lupin no le haría gracia. De forma que terminó su
cerveza de mantequilla, dio a Lupin las gracias y salió del aula de Historia de
la Magia.
Harry casi se arrepentía de haberle
preguntado qué había debajo de la capucha de un dementor. La respuesta había
sido tan horrible y lo había sumido hasta tal punto en horribles pensamientos
sobre almas sorbidas que se dio de bruces con la profesora McGonagall mientras
subía por las escaleras.
—Mira por dónde vas, Potter.
—Lo siento, profesora.
—Fui a buscarte a la sala común de
Gryffindor. Bueno, aquí la tienes. Hemos hecho todas las comprobaciones y parece
que está bien. En algún lugar tienes un buen amigo, Potter.
Harry se quedó con la boca abierta. La
profesora McGonagall sostenía su Saeta de Fuego, que tenía un aspecto tan
magnífico como siempre.
—¿Puedo quedármela? —dijo Harry con voz
desmayada—. ¿De verdad?
—De verdad —dijo sonriendo la profesora
McGonagall—. Tendrás que familiarizarte con ella antes del partido del sábado,
¿no? Haz todo lo posible por ganar; porque si no quedaremos eliminados por
octavo año consecutivo, como me acaba de recordar muy amablemente el profesor
Snape.
Harry subió por las escaleras hacia la torre
de Gryffindor; sin habla, llevando la Saeta de Fuego. Al doblar una esquina,
vio a Ron, que se precipitaba hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Te la ha dado? ¡Estupendo! ¿Me dejarás que
monte en ella? ¿Mañana?
—Sí, por supuesto —respondió Harry con un
entusiasmo que no había experimentado desde hacía un mes—. Tendríamos que
hacer las paces con Hermione. Sólo quería ayudar...
—Sí, de acuerdo. Está en la sala común,
trabajando, para variar.
Llegaron al corredor que llevaba a la torre
de Gryffindor; y vieron a Neville Longbottom que suplicaba a sir Cadogan que
lo dejara entrar.
—Las escribí, pero se me deben de haber caído
en alguna parte.
—¡Id a otro con ese cuento! —vociferaba sir
Cadogan.
Luego, viendo a Ron y Harry—: ¡Voto a bríos,
mis valientes y jóvenes vasallos! ¡Venid a atar a este demente que trata de
forzar la entrada!
—Cierra la boca —dijo Ron al llegar junto a
Neville.
—He perdido las contraseñas —les confesó
Neville abatido—. Le pedí que me dijera las contraseñas de esta semana, porque
las está cambiando continuamente, y ahora no sé dónde las tengo.
—«Rompetechos» —dijo Harry a sir Cadogan, que
parecía muy decepcionado y reacio a dejarlos pasar. Hubo murmullos repentinos
y emocionados cuando todos se dieron la
vuelta y rodearon a Harry para admirar su Saeta de Fuego.
—¿Cómo la has conseguido, Harry?
—¿Me dejarás dar una vuelta?
—¿Ya la has probado, Harry?
—Ravenclaw no tiene nada que hacer. Todos van
montados en Barredoras 7.
—¿Puedo cogerla, Harry?
Después de unos diez minutos en que la Saeta
de Fuego fue pasando de mano en mano y admirada desde cada ángulo, la multitud
se dispersó y Harry y Ron pudieron ver a Hermione, la única que no había
corrido hacia ellos y había seguido estudiando. Harry y Ron se acercaron a su
mesa y la muchacha levantó la vista.
—Me la han devuelto —le dijo Harry sonriendo
y levantando la Saeta de Fuego.
—¿Lo ves, Hermione? ¡No había nada malo en
ella!
—Bueno... Podía haberlo —repuso Hermione—.
Por lo menos ahora sabes que es segura.
—Sí, supongo que sí —dijo Harry—. Será mejor
que la deje arriba.
—¡Yo la llevaré! —se ofreció Ron con
entusiasmo—. Tengo que darle a Scabbers el tónico para ratas.
Cogió la Saeta de Fuego y, sujetándola como
si fuera de cristal, la subió hasta el dormitorio de los chicos.
—¿Me puedo sentar? —preguntó Harry a
Hermione.
—Supongo que sí —contestó Hermione, retirando
un montón de pergaminos que había sobre la silla.
Harry echó un vistazo a la mesa abarrotada,
al largo trabajo de Aritmancia, cuya tinta todavía estaba fresca, al todavía
más largo trabajo para la asignatura de Estudios Muggles («Explicad por qué los
muggles necesitan la electricidad»), y a la traducción rúnica en que Hermione
se hallaba enfrascada.
—¿Qué tal lo llevas? —preguntó Harry
—Bien. Ya sabes, trabajando duro —respondió
Hermione. Harry vio que de cerca parecía casi tan agotada como Lupin.
—¿Por qué no dejas un par de asignaturas?
—preguntó Harry, viéndola revolver entre libros en busca del diccionario de
runas.
—¡No podría! —respondió Hermione
escandalizada.
—La Aritmancia parece horrible —observó
Harry, cogiendo una tabla de números particularmente abstrusa.
—No, es maravillosa —dijo Hermione con
sinceridad—. Es mi asignatura favorita. Es...
Pero Harry no llegó a enterarse de qué tenía
de maravilloso la Aritmancia. En aquel preciso instante resonó un grito
ahogado en la escalera de los chicos. Todos los de la sala común se quedaron en
silencio, petrificados, mirando hacia la entrada. Se acercaban unos pasos
apresurados que se oían cada vez más fuerte. Y entonces apareció Ron arrastrando
una sábana.
—¡MIRA! —gritó, acercándose a zancadas a la
mesa de Hermione—. ¡MIRA! —repitió,
sacudiendo la sábana delante de su cara.
—¿Qué pasa, Ron?
—¡SCABBERS! ¡MIRA! ¡SCABBERS!
Hermione se apartó de Ron, echándose hacia
atrás, muy asombrada. Harry observó la sábana que sostenía Ron. Había algo
rojo en ella. Algo que se parecía mucho a...
—¡SANGRE! —exclamó Ron en medio del
silencio—. ¡NO ESTÁ! ¿Y SABES LO QUE HABÍA EN EL SUELO?
—No, no —dijo Hermione con voz temblorosa.
Ron tiró algo encima de la traducción rúnica de Hermione. Ella y Harry se
inclinaron hacia delante. Sobre las inscripciones extrañas y espigadas había
unos pelos de gato, largos y de color canela.