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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
10
La señora Pomfrey insistió en que Harry se quedara en la enfermería el
fin de semana. El muchacho no se quejó, pero no le permitió que tirara los
restos de la Nimbus 2.000. Sabía que era una tontería y que la Nimbus no podía
repararse, pero Harry no podía evitarlo. Era como perder a uno de sus mejores
amigos.
Lo visitó gente sin parar; todos con la
intención de infundirle ánimos. Hagrid le envió unas flores llenas de
tijeretas y que parecían coles amarillas, y Ginny Weasley, sonrojada, apareció
con una tarjeta de saludo que ella misma había hecho y que cantaba con voz
estridente salvo cuando se cerraba y se metía debajo del frutero.
El equipo de Gryffindor volvió a visitarlo el
domingo por la mañana, esta vez con Wood, que aseguró a Harry con voz de
ultratumba que no lo culpaba en absoluto. Ron y Hermione no se iban hasta que
llegaba la noche. Pero nada de cuanto dijera o hiciese nadie podía aliviar a
Harry, porque los demás sólo conocían la mitad de lo que le preocupaba.
No había dicho nada a nadie acerca del Grim,
ni siquiera a Ron y a Hermione, porque sabía que Ron se asustaría y Hermione
se burlaría. El hecho era, sin embargo, que el Grim se le había
aparecido dos veces y en las dos ocasiones había habido accidentes casi
fatales. La primera casi lo había atropellado el autobús noctámbulo. La
segunda había caído de veinte metros de altura. ¿Iba a acosarlo el Grim hasta
la muerte? ¿Iba a pasar él el resto de su vida esperando las apariciones del
animal?
Y luego estaban los dementores. Harry se
sentía muy humillado cada vez que pensaba en ellos. Todo el mundo decía que
los dementores eran espantosos, pero nadie se desmayaba al verlos... Nadie más
oía en su cabeza el eco de los gritos de sus padres antes de morir.
Porque Harry sabía ya de quién era aquella
voz que gritaba. En la enfermería, desvelado durante la noche, contemplando
las rayas que la luz de la luna dibujaba en el techo, oía sus palabras una y
otra vez. Cuando se le acercaban los dementores, oía los últimos gritos de su
madre, su afán por protegerlo de lord Voldemort, y las carcajadas de lord Voldemort
antes de matarla... Harry dormía irregularmente, sumergiéndose en sueños
plagados de manos corruptas y viscosas y de gritos de terror, y se despertaba
sobresaltado para volver a oír los gritos de su madre.
Fue un alivio regresar el lunes al bullicio del colegio, donde estaba
obligado a pensar en otras cosas, aunque tuviera que soportar las burlas de
Draco Malfoy. Malfoy no cabía en sí de gozo por la derrota de Gryffindor. Por
fin se había quitado las vendas y lo había celebrado parodiando la caída de
Harry. La mayor parte de la siguiente clase de Pociones la pasó Malfoy imitando
por toda la mazmorra a los dementores. Llegó un momento en que Ron no pudo
soportarlo más y le arrojó un corazón de cocodrilo grande y viscoso. Le dio en
la cara y consiguió que Snape le quitara cincuenta puntos a Gryffindor.
—Si Snape vuelve a dar la clase de Defensa
Contra las Artes Oscuras, me pondré enfermo —explicó Ron, mientras se dirigían
al aula de Lupin, tras el almuerzo—. Mira a ver quién está, Hermione.
Hermione se asomó al aula.
—¡Estupendo!
El profesor Lupin había vuelto al aula.
Ciertamente, tenía aspecto de convaleciente. Las togas de siempre le quedaban
grandes y tenía ojeras. Sin embargo, sonrió a los alumnos mientras se sentaban,
y ellos prorrumpieron inmediatamente en quejas sobre el comportamiento de
Snape durante la enfermedad de Lupin.
—No es justo. Sólo estaba haciendo una
sustitución ¿Por qué tenía que mandarnos trabajo?
—No sabemos nada sobre los hombres lobo...
—¡... dos pergaminos!
—¿Le dijisteis al profesor Snape que todavía
no habíamos llegado ahí? —preguntó el profesor Lupin, frunciendo un poco el
entrecejo.
Volvió a producirse un barullo.
—Si, pero dijo que íbamos muy atrasados...
—... no nos escuchó...
—¡... dos pergaminos!
El profesor Lupin sonrió ante la indignación
que se dibujaba en todas las caras.
—No os preocupéis. Hablaré con el profesor
Snape. No tendréis que hacer el trabajo.
—¡Oh, no! —exclamó Hermione, decepcionada—.
¡Yo ya lo he terminado!
Tuvieron una clase muy agradable. El profesor
Lupin había llevado una caja de cristal que contenía un hinkypunk, una
criatura pequeña de una sola pata que parecía hecha de humo, enclenque y
aparentemente inofensiva.
—Atrae a los viajeros a las ciénagas —dijo el
profesor Lupin mientras los alumnos tomaban apuntes—. ¿Veis el farol que le
cuelga de la mano? Le sale al paso, el viajero sigue la luz y entonces...
El hinkypunk produjo un chirrido
horrible contra el cristal.
Al sonar el timbre, todos, Harry entre ellos,
recogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta, pero...
—Espera un momento, Harry —le dijo Lupin—, me
gustaría hablar un momento contigo.
Harry volvió sobre sus pasos y vio al
profesor cubrir la caja del hinkypunk.
—Me han contado lo del partido —dijo Lupin,
volviendo a su mesa y metiendo los libros en su maletín—. Y lamento mucho lo de
tu escoba. ¿Será posible arreglarla?
—No —contestó Harry—, el árbol la hizo
trizas.
Lupin suspiró.
—Plantaron el sauce boxeador el mismo año que
llegué a Hogwarts. La gente jugaba a un juego que consistía en aproximarse lo
suficiente para tocar el tronco. Un chico llamado Davey Gudgeon casi perdió un
ojo y se nos prohibió acercarnos. Ninguna escoba habría salido airosa.
—¿Ha oído también lo de los dementores? —dijo
Harry, haciendo un esfuerzo.
Lupin le dirigió una mirada rápida.
—Sí, lo oí. Creo que nadie ha visto nunca tan
enfadado al profesor Dumbledore. Están cada vez más rabiosos porque Dumbledore
se niega a dejarlos entrar en los terrenos del colegio... Fue la razón por la
que te caíste, ¿no?
—Sí —respondió Harry. Dudó un momento y se le
escapó la pregunta que le rondaba por la cabeza—. ¿Por qué? ¿Por qué me afectan
de esta manera? ¿Acaso soy...?
—No tiene nada que ver con la cobardía —dijo
el profesor Lupin tajantemente, como si le hubiera leído el pensamiento—. Los
dementores te afectan más que a los demás porque en tu pasado hay cosas
horribles que los demás no tienen. —Un rayo de sol invernal cruzó el aula,
iluminando el cabello gris de Lupin y las líneas de su joven rostro—. Los
dementores están entre las criaturas más nauseabundas del mundo. Infestan los
lugares más oscuros y más sucios. Disfrutan con la desesperación y la
destrucción ajenas, se llevan la paz, la esperanza y la alegría de cuanto les
rodea. Incluso los muggles perciben su presencia, aunque no pueden verlos. Si
alguien se acerca mucho a un dementor; éste le quitará hasta el último
sentimiento positivo y hasta el último recuerdo dichoso. Si puede, el dementor
se alimentará de él hasta convertirlo en su semejante: en un ser desalmado y
maligno. Le dejará sin otra cosa que las peores experiencias de su vida. Y el peor
de tus recuerdos, Harry, es tan horrible que derribaría a cualquiera de su
escoba. No tienes de qué avergonzarte.
—Cuando hay alguno cerca de mí... —Harry miró
la mesa de Lupin, con los músculos del cuello tensos— oigo el momento en que
Voldemort mató a mi madre.
Lupin hizo con el brazo un movimiento
repentino, como si fuera a coger a Harry por el hombro, pero lo pensó mejor.
Hubo un momento de silencio y luego...
—¿Por qué acudieron al partido? —preguntó
Harry con tristeza.
—Están hambrientos —explicó Lupin
tranquilamente, cerrando el maletín, que dio un chasquido—. Dumbledore no los
deja entrar en el colegio, de forma que su suministro de presas humanas se ha
agotado... Supongo que no pudieron resistirse a la gran multitud que había en
el estadio. Toda aquella emoción... El ambiente caldeado... Para ellos, tenía
que ser como un banquete.
—Azkaban debe de ser horrible —masculló Harry
Lupin asintió con melancolía.
—La fortaleza está en una pequeña isla,
perdida en el mar. Pero no hacen falta muros ni agua para tener a los presos
encerrados, porque todos están atrapados dentro de su propia cabeza, incapaces
de tener un pensamiento alegre. La mayoría enloquece al cabo de unas semanas.
—Pero Sirius Black escapó —dijo Harry
despacio—. Escapó...
El maletín de Lupin cayó de la mesa. Tuvo que
inclinarse para recogerlo:
—Sí —dijo incorporándose—. Black debe de
haber descubierto la manera de hacerles frente. Yo no lo habría creído
posible... En teoría, los dementores quitan al brujo todos sus poderes si están
con él el tiempo suficiente.
—Usted ahuyentó en el tren a aquel dementor
—dijo Harry de repente.
—Hay algunas defensas que uno puede utilizar
—explicó Lupin—. Pero en el tren sólo había un dementor. Cuantos más hay, más
difícil resulta defenderse.
—¿Qué defensas? —preguntó Harry
inmediatamente—. ¿Puede enseñarme?
—No soy ningún experto en la lucha contra los
dementores, Harry. Más bien lo contrario...
—Pero si los dementores acuden a otro partido
de quidditch, tengo que tener algún arma contra ellos.
Lupin vio a Harry tan decidido que dudó un
momento y luego dijo:
—Bueno, de acuerdo. Intentaré ayudarte. Pero
me temo que no podrá ser hasta el próximo trimestre. Tengo mucho que hacer
antes de las vacaciones. Elegí un momento muy inoportuno para caer enfermo.
Con la promesa de que Lupin le daría clases antidementores, la
esperanza de que tal vez no tuviera que volver a oír la muerte de su madre, y
la derrota que Ravenclaw infligió a Hufflepuff en el partido de quidditch de
finales de noviembre, el estado de ánimo de Harry mejoró mucho. Gryffindor no
había perdido todas las posibilidades de ganar la copa, aunque tampoco podían
permitirse otra derrota. Wood recuperó su energía obsesiva y entrenó al equipo
con la dureza de costumbre bajo la fría llovizna que persistió durante todo el
mes de diciembre. Harry no vio la menor señal de los dementores dentro del
recinto del colegio. La ira de Dumbledore parecía mantenerlos en sus puestos,
en las entradas.
Dos semanas antes de que terminara el
trimestre, el cielo se aclaró de repente, volviéndose de un deslumbrante blanco
opalino, y los terrenos embarrados aparecieron una mañana cubiertos de
escarcha. Dentro del castillo había ambiente navideño. El profesor Flitwick,
que daba Encantamientos, ya había decorado su aula con luces brillantes que
resultaron ser hadas de verdad, que revoloteaban. Los alumnos comentaban
entusiasmados sus planes para las vacaciones. Ron y Hermione habían decidido
quedarse en Hogwarts, y aunque Ron dijo que era porque no podía aguantar a Percy
durante dos semanas, y Hermione alegó que necesitaba utilizar la biblioteca,
no consiguieron engañar a Harry: se quedaban para hacerle compañía y él se
sintió muy agradecido.
Para satisfacción de todos menos de Harry,
estaba programada otra salida a Hogsmeade para el último fin de semana del
trimestre.
—¡Podemos hacer allí todas las compras de
Navidad! —dijo Hermione—. ¡A mis padres les encantaría el hilo dental mentolado
de Honeydukes!
Resignado a ser el único de tercero que no
iría, Harry le pidió prestado a Wood su ejemplar de El mundo de la escoba,
y decidió pasar el día informándose sobre los diferentes modelos. En los
entrenamientos había montado en una de las escobas del colegio, una antigua
Estrella Fugaz muy lenta que volaba a trompicones; estaba claro que necesitaba
una escoba propia.
La mañana del sábado de la excursión, se
despidió de Ron y de Hermione, envueltos en capas y bufandas, y subió solo la
escalera de mármol que conducía a la torre de Gryffindor. Habla empezado a
nevar y el castillo estaba muy tranquilo y silencioso.
—¡Pss, Harry!
Se dio la vuelta a mitad del corredor del
tercer piso y vio a Fred y a George que lo miraban desde detrás de la estatua
de una bruja tuerta y jorobada.
—¿Qué hacéis? —preguntó Harry con
curiosidad—. ¿Cómo es que no estáis camino de Hogsmeade?
—Hemos venido a darte un poco de alegría
antes de irnos —le dijo Fred guiñándole el ojo misteriosamente—. Entra aquí...
Le señaló con la cabeza un aula vacía que
estaba a la izquierda de la estatua de la bruja. Harry entró detrás de Fred y
George. George cerró la puerta sigilosamente y se volvió, mirando a Harry con
una amplia sonrisa.
—Un regalo navideño por adelantado, Harry
—dijo.
Fred sacó algo de debajo de la capa y lo puso
en una mesa, haciendo con el brazo un ademán rimbombante. Era un pergamino
grande, cuadrado, muy desgastado. No tenía nada escrito. Harry, sospechando que
fuera una de las bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento.
—¿Qué es?
—Esto, Harry, es el secreto de nuestro éxito
—dijo George, acariciando el pergamino.
—Nos cuesta desprendernos de él —dijo Fred—.
Pero anoche llegamos a la conclusión de que tú lo necesitas más que nosotros.
—De todas formas, nos lo sabemos de memoria.
Tuyo es. A nosotros ya no nos hace falta.
—¿Y para qué necesito un pergamino viejo?
—preguntó Harry.
—¡Un pergamino viejo! —exclamó Fred, cerrando
los ojos y haciendo una mueca de dolor; como si Harry lo hubiera ofendido
gravemente—. Explícaselo, George.
—Bueno,
Harry.. cuando
estábamos en primero.. y éramos jóvenes, despreocupados e inocentes... —Harry
se rió. Dudaba que Fred y George hubieran sido inocentes alguna vez—. Bueno,
más inocentes de lo que somos ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch.
—Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se
molestó.
—Así que nos llevó a su despacho y empezó a
amenazarnos con el habitual...
—... castigo...
—... de descuartizamiento...
—... y fue inevitable que viéramos en uno de
sus archivadores un cajón en que ponía «Confiscado y altamente peligroso».
—No me digáis... —dijo Harry sonriendo.
—Bueno, ¿qué habrías hecho tú? —preguntó
Fred— George se encargó de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a
toda prisa el cajón y cogí... esto.
—No fue tan malo como parece —dijo George—.
Creemos que Filch no sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era,
porque si no, no lo habría confiscado.
—¿Y sabéis utilizarlo?
—Si —dijo Fred, sonriendo con complicidad—.
Esta pequeña maravilla nos ha enseñado más que todos los profesores del
colegio.
—Me estáis tomando el pelo —dijo Harry,
mirando el pergamino.
—Ah, ¿sí? ¿Te estamos tomando el pelo? —dijo
George.
Sacó la varita, tocó con ella el pergamino y
pronunció:
—Juro solemnemente que mis intenciones no son
buenas.
E inmediatamente, a partir del punto en que
había tocado la varita de George, empezaron a aparecer unas finas líneas de
tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se
abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron
a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes,
verdes y floreados que proclamaban:
Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y
Cornamenta
proveedores de artículos para magos traviesos
están orgullosos de presentar
EL MAPA DEL MERODEADOR
Era un mapa que mostraba cada detalle del
castillo de Hogwarts y de sus terrenos. Pero lo más extraordinario eran las
pequeñas motas de tinta que se movían por él, cada una etiquetada con un nombre
escrito con letra diminuta. Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una
mota de la esquina superior izquierda, etiquetada con el nombre del profesor
Dumbledore, lo mostraba caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora
Norris, patrullaba por la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento
en la sala de los trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían
los pasillos que conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una
serie de pasadizos en los que él no había entrado nunca. Muchos parecían
conducir...
—Exactamente a Hogsmeade —dijo Fred,
recorriéndolos con el dedo—. Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce
estos cuatro. —Los señaló—. Pero nosotros estamos seguros de que nadie más
conoce estos otros. Olvídate de éste de detrás del espejo de la cuarta planta.
Lo hemos utilizado hasta el invierno pasado, pero ahora está completamente
bloqueado. Y en cuanto a éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca,
porque el sauce boxeador está plantado justo en la entrada. Pero éste de aquí
lleva directamente al sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de
veces. Y la entrada está al lado mismo de esta aula, como quizás hayas notado,
en la joroba de la bruja tuerta.
—Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta
—suspiró George, señalando la cabecera del mapa—. Les debemos tanto...
—Hombres nobles que trabajaron sin descanso
para ayudar a una nueva generación de quebrantadores de la ley —dijo Fred
solemnemente.
—Bien —añadió George—. No olvides borrarlo
después de haberlo utilizado.
—De lo contrario, cualquiera podría leerlo
—dijo Fred en tono de advertencia.
—No tienes más que tocarlo con la varita y
decir: «¡Travesura realizada!», y se quedará en blanco.
—Así que, joven Harry —dijo Fred, imitando a
Percy admirablemente—, pórtate bien.
—Nos veremos en Honeydukes —le dijo George,
guiñándole un ojo.
Salieron del aula sonriendo con satisfacción.
Harry se quedó allí, mirando el mapa
milagroso. Vio que la mota de tinta que correspondía a la Señora Norris se
volvía a la izquierda y se paraba a olfatear algo en el suelo. Si realmente
Filch no lo conocía, él no tendría que pasar por el lado de los dementores.
Pero incluso mientras permanecía allí, emocionado, recordó algo que en una
ocasión había oído al señor Weasley: «No confíes en nada que piense si no ves dónde
tiene el cerebro.»
Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos
objetos mágicos contra los que el señor Weasley les advertía. «Artículos para
magos traviesos...» Ahora bien, meditó Harry, él sólo quería utilizarlo para ir
a Hogsmeade. No era lo mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo
habían utilizado durante años sin que ocurriera nada horrible.
Harry recorrió con el dedo el pasadizo
secreto que llevaba a Honeydukes.
Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera
una orden, enrolló el mapa, se lo escondió en la túnica y se fue a toda prisa
hacia la puerta del aula. La abrió cinco centímetros. No había nadie allí
fuera. Con mucho cuidado, salió del aula y se colocó detrás de la estatua de la
bruja tuerta.
¿Qué tenía que hacer? Sacó de nuevo el mapa y
vio con asombro que en él había aparecido una mota de tinta con el rótulo
«Harry Potter». Esta mota se encontraba exactamente donde estaba el verdadero
Harry, hacia la mitad del corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención.
Su otro yo de tinta parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente,
Harry extrajo su varita y le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió.
Volvió a mirar el mapa. Al lado de la mota había un diminuto letrero, como un
bocadillo de tebeo. Decía: «Dissendio.»
—¡Dissendio! —susurró Harry, volviendo
a golpear con la varita la estatua de la bruja.
Inmediatamente, la joroba de la estatua se
abrió lo suficiente para que pudiera pasar por ella una persona delgada. Harry
miró a ambos lados del corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el
agujero y se impulsó hacia delante. Se deslizó por un largo trecho de lo que
parecía un tobogán de piedra y aterrizó en una tierra fría y húmeda. Se puso en
pie, mirando a su alrededor. Estaba totalmente oscuro. Levantó la varita,
murmuró ¡Lumos!, y vio que se encontraba en un pasadizo muy estrecho,
bajo y cubierto de barro. Levantó el mapa, lo golpeó con la punta de la varita
y dijo: «¡Travesura realizada!» El mapa se quedó inmediatamente en blanco. Lo
dobló con cuidado, se lo guardó en la túnica, y con el corazón latiéndole con
fuerza, sintiéndose al mismo tiempo emocionado y temeroso, se puso en camino.
El pasadizo se doblaba y retorcía, más
parecido a la madriguera de un conejo gigante que a ninguna otra cosa. Harry
corrió por él, con la varita por delante, tropezando de vez en cuando en el
suelo irregular.
Tardó mucho, pero a Harry le animaba la idea
de llegar a Honeydukes. Después de una hora más o menos, el camino comenzó a
ascender. Jadeando, aceleró el paso. Tenía la cara caliente y los pies muy
fríos.
Diez minutos después, llegó al pie de una
escalera de piedra que se perdía en las alturas. Procurando no hacer ruido,
comenzó a subir. Cien escalones, doscientos... perdió la cuenta mientras subía
mirándose los pies... Luego, de improviso, su cabeza dio en algo duro. Parecía
una trampilla. Aguzó el oído mientras se frotaba la cabeza. No oía nada. Muy
despacio, levantó ligeramente la trampilla y miró por la rendija.
Se encontraba en un sótano lleno de cajas y
cajones de madera. Salió y volvió a bajar la trampilla. Se disimulaba tan bien
en el suelo cubierto de polvo que era imposible que nadie se diera cuenta de
que estaba allí. Harry anduvo sigilosamente hacia la escalera de madera. Ahora
oía voces, además del tañido de una campana y el chirriar de una puerta al
abrirse y cerrarse.
Mientras se preguntaba qué haría, oyó abrirse
otra puerta mucho más cerca de él. Alguien se dirigía hacia allí.
—Y coge otra caja de babosas de gelatina,
querido. Casi se han acabado —dijo una voz femenina.
Un par de pies bajaba por la escalera. Harry
se ocultó tras un cajón grande y aguardó a que pasaran. Oyó que el hombre movía
unas cajas y las ponía contra la pared de enfrente. Tal vez no se presentara
otra oportunidad...
Rápida y sigilosamente, salió del escondite y
subió por la escalera. Al mirar hacia atrás vio un trasero gigantesco y una
cabeza calva y brillante metida en una caja. Harry llegó a la puerta que estaba
al final de la escalera, la atravesó y se encontró tras el mostrador de
Honeydukes. Agachó la cabeza, salió a gatas y se volvió a incorporar.
Honeydukes estaba tan abarrotada de alumnos
de Hogwarts que nadie se fijó en Harry. Pasó por detrás de ellos, mirando a su
alrededor; y tuvo que contener la risa al imaginarse la cara que pondría
Dudley si pudiera ver dónde se encontraba. La tienda estaba llena de estantes
repletos de los dulces más apetitosos que se puedan imaginar. Cremosos trozos
de turrón, cubitos de helado de coco de color rosa trémulo, gruesos caramelos
de café con leche, cientos de chocolates diferentes puestos en filas. Había un
barril enorme lleno de alubias de sabores y otro de Meigas Fritas, las bolas de
helado levitador de las que le había hablado Ron. En otra pared había dulces
de efectos especiales: el chicle droobles, que hacía los mejores globos
(podía llenar una habitación de globos de color jacinto que tardaban días en
explotar), la rara seda dental con sabor a menta, diablillos negros de pimienta
(«¡quema a tus amigos con el aliento!»); ratones de helado («¡oye a tus dientes
rechinar y castañetear!»); crema de menta en forma de sapo («¡realmente saltan
en el estómago!»); frágiles plumas de azúcar hilado y caramelos que
estallaban.
Harry se apretujó entre una multitud de
chicos de sexto, y vio un letrero colgado en el rincón más apartado de la
tienda («Sabores insólitos»). Ron y Hermione estaban debajo, observando una
bandeja de pirulíes con sabor a sangre. Harry se les acercó a hurtadillas por
detrás.
—Uf, no, Harry no querrá de éstos. Creo que
son para vampiros —decía Hermione.
—¿Y qué te parece esto? —dijo Ron acercando
un tarro de cucarachas a la nariz de Hermione.
—Aún peor —dijo Harry.
A Ron casi se le cayó el bote.
—¡Harry! —gritó Hermione—. ¿Qué haces aquí?
¿Cómo... como lo has hecho...?
—¡Ahí va! —dijo Ron muy impresionado—. ¡Has
aprendido a materializarte!
—Por supuesto que no —dijo Harry. Bajó la voz
para que ninguno de los de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del
merodeador.
—¿Por qué Fred y George no me lo han dejado
nunca? ¡Son mis hermanos!
—¡Pero Harry no se quedará con él! —dijo
Hermione, como si la idea fuera absurda—. Se lo entregará a la profesora
McGonagall. ¿A que sí, Harry?
—¡No! —contestó Harry
—¿Estás loca? —dijo Ron, mirando a Hermione
con ojos muy abiertos—. ¿Entregar algo tan estupendo?
—¡Si lo entrego tendré que explicar dónde lo
conseguí! Filch se enteraría de que Fred y George se lo cogieron.
—Pero ¿y Sirius Black? —susurró Hermione—.
¡Podría estar utilizando alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el
castillo! ¡Los profesores tienen que saberlo!
—No puede entrar por un pasadizo —dijo
enseguida Harry—. Hay siete pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y
George saben que Filch conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está
bloqueado y nadie lo puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el
sauce boxeador; de forma que no se puede salir; y el que acabo de atravesar
yo..., bien..., es realmente difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el
sótano... Así que a menos que supiera que se encontraba allí...
Harry dudó. ¿Y si Black sabía que la entrada
del pasadizo estaba allí? Ron, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un
rótulo que estaba pegado en la parte interior de la puerta de la tienda:
POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA
Se recuerda a los clientes que hasta nuevo
aviso los dementores patrullarán las calles cada noche después de la puesta de
sol. Se ha tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de
Hogsmeade y se levantará tras la captura de Sirius Black. Es aconsejable, por
lo tanto, que los ciudadanos finalicen las compras mucho antes de que se haga
de noche.
¡Felices Pascuas!
—¿Lo veis? —dijo Ron en voz baja—. Me
gustaría ver a Black tratando de entrar en Honeydukes con los dementores por
todo el pueblo. De cualquier forma, los propietarios de Honeydukes lo oirían
entrar, ¿no? Viven encima de la tienda.
—Sí, pero... —Parecía que Hermione se
esforzaba por hallar nuevas objeciones—. Mira, a pesar de lo que digas, Harry
no debería venir a Hogsmeade porque no tiene autorización. ¡Si alguien lo
descubre se verá en un grave aprieto! Y todavía no ha anochecido: ¿qué
ocurriría si Sirius Black apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora?
—Pues que las pasaría moradas para localizar
aquí a Harry —dijo Ron, señalando con la cabeza la nieve densa que formaba
remolinos al otro lado de las ventanas con parteluz. Vamos, Hermione, es
Navidad. Harry se merece un descanso.
Hermione se mordió el labio. Parecía muy
preocupada.
—¿Me vas a delatar? —le preguntó Harry con
una sonrisa.
—Claro que no, pero, la verdad...
—¿Has visto las Meigas Fritas, Harry?
—preguntó Ron, cogiéndolo del brazo y llevándoselo hasta el tonel en que estaban—.
¿Y las babosas de gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando
tenía siete años. Me hizo un agujero en la lengua. Recuerdo que mi madre le dio
una buena tunda con la escoba. —Ron se quedó pensativo, mirando la caja de
píldoras—. ¿Creéis que Fred picaría y cogería una cucaracha si le dijera que
son cacahuetes?
Después de pagar los dulces que habían
cogido, salieron los tres a la ventisca de la calle.
Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las
tiendas y casitas con techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de
nieve crujiente. En las puertas había adornos navideños y filas de velas
embrujadas que colgaban de los árboles.
A Harry le dio un escalofrío. A diferencia de
Ron y Hermione, no había cogido su capa. Subieron por la calle, inclinando la
cabeza contra el viento. Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la
bufanda.
—Ahí está correos.
—Zonko está allí.
—Podríamos ir a la cabaña de los gritos.
—Os propongo otra cosa —dijo Ron,
castañeteando los dientes—. ¿Qué tal si tomamos una cerveza de mantequilla en
Las Tres Escobas?
A Harry le apetecía muchísimo, porque el
viento era horrible y tenía las manos congeladas. Así que cruzaron la calle y
a los pocos minutos entraron en el bar.
Estaba calentito y lleno de gente, de
bullicio y de humo. Una mujer guapa y de buena figura servía a un grupo de
pendencieros en la barra.
—Ésa es la señora Rosmerta —dijo Ron—. Voy
por las bebidas, ¿eh? —añadió sonrojándose un poco.
Harry y Hermione se dirigieron a la parte
trasera del bar; donde quedaba libre una mesa pequeña, entre la ventana y un
bonito árbol navideño, al lado de la chimenea. Ron regresó cinco minutos más
tarde con tres jarras de caliente y espumosa cerveza de mantequilla.
—¡Felices Pascuas! —dijo levantando la jarra,
muy contento.
Harry bebió hasta el fondo. Era lo más
delicioso que había probado en la vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo.
Una repentina corriente de aire lo despeinó.
Se había vuelto a abrir la puerta de Las Tres Escobas. Harry echó un vistazo
por encima de la jarra y casi se atragantó.
El profesor Flitwick y la profesora
McGonagall acababan de entrar en el bar con una ráfaga de copos de nieve. Los
seguía Hagrid muy de cerca, inmerso en una conversación con un hombre
corpulento que llevaba un sombrero hongo de color verde lima y una capa de
rayas finas: era Cornelius Fudge, el ministro de Magia. En menos de un segundo,
Ron y Hermione obligaron a Harry a agacharse y esconderse debajo de la mesa,
empujándolo con las manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas,
empuñando con fuerza la jarra vacía, Harry observó los pies de los tres
adultos, que se acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban
hacia donde él estaba.
Hermione susurró:
—¡Mobiliarbo!
El árbol de Navidad que había al lado de la
mesa se elevó unos centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se
volvió a posar delante de ellos, ocultándolos. Mirando a través de las ramas
más bajas y densas, Harry vio las patas de cuatro sillas que se separaban de la
mesa de al lado, y oyó a los profesores y al ministro resoplar y suspirar
mientras se sentaban.
Luego vio otro par de pies con zapatos de
tacón alto y de color turquesa brillante, y oyó una voz femenina:
—Una tacita de alhelí...
—Para mí —indicó la voz de la profesora
McGonagall.
—Dos litros de hidromiel caliente con especias...
—Gracias, Rosmerta —dijo Hagrid.
—Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y
sombrilla.
—¡Mmm! —dijo el profesor Flitwick,
relamiéndose.
—El ron de grosella tiene que ser para usted,
señor ministro.
—Gracias, Rosmerta, querida —dijo la voz de
Fudge—. Estoy encantado de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y
únete a nosotros...
—Muchas gracias, señor ministro.
Harry vio alejarse y regresar los llamativos
tacones. Sentía los latidos del corazón en la garganta. ¿Cómo no se le había
ocurrido que también para los profesores era el último fin de semana del
trimestre? ¿Cuánto tiempo se quedarían allí sentados? Necesitaba tiempo para
volver a entrar en Honeydukes a hurtadillas si quería volver al colegio aquella
noche... A la pierna de Hermione le dio un tic.
—¿Qué le trae por estos pagos, señor
ministro? —dijo la voz de la señora Rosmerta.
Harry vio girarse la parte inferior del
grueso cuerpo de Fudge, como si estuviera comprobando que no había nadie cerca.
Luego dijo en voz baja:
—¿Qué va a ser; querida? Sirius Black. Me
imagino que sabes lo que ocurrió en el colegio en Halloween.
—Sí, oí un rumor —admitió la señora Rosmerta.
—¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo
la profesora McGonagall enfadada.
—¿Cree que Black sigue por la zona, señor
ministro? —susurró la señora Rosmerta.
—Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente.
—¿Sabe que los dementores han registrado ya
dos veces este local? —dijo la señora Rosmerta—. Me espantaron a toda la
clientela. Es fatal para el negocio, señor ministro.
—Rosmerta querida, a mí no me gustan más que
a ti —dijo Fudge con incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un
mal necesario. Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore
porque no los deja entrar en los terrenos del castillo.
—Menos mal —dijo la profesora McGonagall
tajantemente.
—¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos
rondando por allí?
—Bien dicho, bien dicho —dijo el pequeño
profesor Flitwick, cuyos pies colgaban a treinta centímetros del suelo.
—De todas formas —objetó Fudge—, están aquí
para defendernos de algo mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...
—¿Sabéis? Todavía me cuesta creerlo —dijo
pensativa la señora Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso,
Sirius Black era el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo
recuerdo cuando era un raño en Hogwarts. Si me hubierais dicho entonces en qué
se iba a convertir; habría creído que habíais tomado demasiado hidromiel.
—No sabes la mitad de la historia, Rosmerta
—dijo Fudge con aspereza—. La gente desconoce lo peor.
—¿Lo peor? —dijo la señora Rosmerta con la
voz impregnada de curiosidad—. ¿Peor que matar a toda esa gente?
—Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.
—No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?
—Dices que te acuerdas de cuando estaba en
Hogwarts, Rosmerta —susurró la profesora McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor
amigo?
—Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo
ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La de veces que estuvieron
aquí! Siempre me hacían reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!
A Harry se le cayó la jarra de la mano,
produciendo un fuerte ruido de metal. Ron le dio con el pie.
—Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter. Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes.
Excepcionalmente inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores
como ellos.
—No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—.
Fred y George Weasley podrían dejarlos atrás.
—¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter
eran hermanos! —terció el profesor Flitwick—. ¡Inseparables!
—¡Por supuesto que lo eran! —dijo Fudge—.
Potter confiaba en Black más que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando
dejaron el colegio. Black fue el padrino de boda cuando James se casó con
Lily. Luego fue el padrino de Harry. Harry no sabe nada, claro. Ya te puedes
imaginar cuánto se impresionaría si lo supiera.
—¿Porque Black se alió con Quien Ustedes
Saben? —susurró la señora Rosmerta.
—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y
continuó en un susurro casi inaudible—. Los Potter no ignoraban que Quien Tú
Sabes iba tras ellos. Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien Tú
Sabes, tenía cierto número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó
inmediatamente a James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto
que Quien Tú Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente.
Dumbledore les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.
—¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora
Rosmerta, muerta de curiosidad.
El profesor Flitwick carraspeó.
—Es un encantamiento tremendamente complicado
—dijo con voz de pito— que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una
sola mente. La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el
guardián secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a
menos que el guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto
se negara a hablar, Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban
James y Lily sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la
ventana de la salita de estar de la pareja.
—¿Así que Black era el guardián secreto de
los Potter? —susurró la señora Rosmerta.
—Naturalmente —dijo la profesora McGonagall—.
James Potter le dijo a Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar
dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y
aun así, Dumbledore seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto
de los Potter.
—¿Sospechaba de Black? —exclamó la señora
Rosmerta.
—Dumbledore estaba convencido de que alguien
cercano a los Potter había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos —dijo
la profesora McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo
sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba información a
Quien Tú Sabes.
—¿Y a pesar de todo James Potter insistió en
que el guardián secreto fuera Black?
—Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana
después de que se hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...
—¿Black los traicionó? —musitó la señora
Rosmerta.
—Desde luego. Black estaba cansado de su
papel de espía. Estaba dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú
Sabes. Y parece que tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran
los Potter. Pero como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño
Harry Potter. Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y
esto dejó a Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo
momento en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que
escapar...
—Sucio y asqueroso traidor —dijo Hagrid, tan
alto que la mitad del bar se quedó en silencio.
—Chist —dijo la profesora McGonagall.
—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente
fui yo el último que lo vio antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo
quien rescató a Harry de la casa de Lily y James, después de su asesinato! Lo
saqué de entre las ruinas, pobrecito. Tenía una herida grande en la frente y
sus padres habían muerto... Y Sirius Black apareció en aquella moto voladora
que solía llevar. No se me ocurrió preguntarme lo que había ido a hacer allí.
No sabia que él había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se
había enterado del ataque de Quien Vosotros Sabéis y había acudido para ver en
qué podía ayudar. Estaba pálido y tembloroso. ¿Y sabéis lo que hice? ¡ME PUSE A
CONSOLAR A AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.
—Hagrid, por favor —dijo la profesora
McGonagall—, baja la voz.
—¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se
debía a lo que les había pasado a Lily y a James? ¡Lo que le turbaba era la
suerte de Quien Vosotros Sabéis! Y entonces me dijo: «Dame a Harry, Hagrid. Soy
su padrino. Yo cuidaré de él...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le
dije a Black que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de
sus tíos. Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su
moto para llevar a Harry hasta la casa de los Dursley. «No la necesito ya», me
dijo. Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello.
Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la necesitaba?
La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil de seguir.
Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía que huir
aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero ¿y si
le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la moto
en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se pasa al
lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...
Tras la perorata de Hagrid hubo un largo
silencio. Luego, la señora Rosmerta dijo con cierta satisfacción:
—Pero no consiguió huir; ¿verdad? El
Ministerio de Magia lo atrapó al día siguiente.
—¡Ah, si lo hubiéramos encontrado
nosotros...! —dijo Fudge con amargura—. No fuimos nosotros, fue el pequeño
Peter Pettigrew: otro de los amigos de Potter. Enloquecido de dolor; sin duda,
y sabiendo que Black era el guardián secreto de los Black, él mismo lo persiguió.
—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía
a todas partes? —preguntó la señora Rosmerta.
—Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes
—dijo la profesora McGonagall—. No era tan inteligente como ellos y a menudo yo
era brusca con él. Podéis imaginaros cómo me pesa ahora... —Su voz sonaba como
si tuviera un resfriado repentino.
—Venga, venga, Minerva —le dijo Fudge
amablemente—. Pettigrew murió como un héroe. Los testigos oculares (muggles,
por supuesto, tuvimos que borrarles la memoria...) nos contaron que Pettigrew
había arrinconado a Black. Dicen que sollozaba: «¡A Lily y a James, Sirius!
¿Cómo pudiste...?» Y entonces sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más
rápido. Hizo polvo a Pettigrew.
La profesora McGonagall se sonó la nariz y
dijo con voz llorosa:
—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre
fue muy malo en los duelos. Tenía que habérselo dejado al Ministerio...
—Os digo que si yo hubiera encontrado a Black
antes que Pettigrew, no habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado,
miembro por miembro —gruñó Hagrid.
—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge
con brusquedad—. Nadie salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de
Operaciones Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black,
después de haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del
Departamento de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros
en personarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente.
Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el
centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había
cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los
restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos
trozos de su cuerpo.
La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco
narices se sonaron.
—Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge
con la voz tomada—. A Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de
Operaciones Mágicas Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera
clase de la Orden de Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre
madre. Black ha estado desde entonces en Azkaban.
La señora Rosmerta dio un largo suspiro.
—¿Es cierto que está loco, señor ministro?
—Me gustaría poder asegurar que lo estaba
—dijo Fudge—. Ciertamente creo que la derrota de su amo lo trastornó durante
algún tiempo. El asesinato de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la
acción de un hombre acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin
embargo, en mi última inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los
presos que hay allí hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el
juicio... Pero me quedé sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo
hablando conmigo con total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión
de que se aburría. Me preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan
sereno como os podáis imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas.
Sí, me quedé estupefacto al comprobar el escaso efecto que los dementores
parecían tener sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en
Azkaban, ¿sabéis? Tenía dementores ante la puerta día y noche.
—Pero ¿qué pretende al fugarse? —preguntó la
señora Rosmerta—. ¡Dios mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien
Usted Sabe, ¿verdad?
—Me atrevería a afirmar que es su... su...
objetivo final —respondió Fudge evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes.
Tengo que decir que Quien Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con
su más devoto seguidor, me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver
a alzarse...
Hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio
golpea la madera. Alguien había dejado su vaso.
—Si tiene que cenar con el director,
Cornelius, lo mejor será que nos vayamos acercando al castillo.
Todos los pies que había ante Harry volvieron
a soportar el cuerpo de sus propietarios. La parte inferior de las capas se
balanceó y los llamativos tacones de la señora Rosmerta desaparecieron tras el
mostrador. Volvió a abrirse la puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de
nieve y los profesores desaparecieron.
—¿Harry?
Las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo
la mesa. Los dos lo miraron fijamente, sin saber qué decir.