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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
9
El profesor Dumbledore mandó que los estudiantes de Gryffindor
volvieran al Gran Comedor; donde se les unieron, diez minutos después, los de
Ravenclaw, Hufflepuff y Slytherin. Todos parecían confusos.
—Los demás profesores y yo tenemos que llevar
a cabo un rastreo por todo el castillo —explicó el profesor Dumbledore,
mientras McGonagall y Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor—. Me
temo que, por vuestra propia seguridad, tendréis que pasar aquí la noche.
Quiero que los prefectos monten guardia en las puertas del Gran Comedor y dejo
de encargados a los dos Premios Anuales. Comunicadme cualquier novedad
—añadió, dirigiéndose a Percy, que se sentía inmensamente orgulloso—. Avisadme
por medio de algún fantasma. —El profesor Dumbledore se detuvo antes de salir
del Gran Comedor y añadió—: Bueno, necesitareis...
Con un movimiento de la varita, envió volando
las largas mesas hacia las paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el
suelo quedó cubierto con cientos de mullidos sacos de dormir rojos.
—Felices sueños —dijo el profesor Dumbledore,
cerrando la puerta.
El Gran Comedor empezó a bullir de
excitación. Los de Gryffindor contaban al resto del colegio lo que acababa de
suceder.
—¡Todos a los sacos! —gritó Percy—. ¡Ahora
mismo, se acabó la charla! ¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!
—Vamos —dijo Ron a Hermione y a Harry.
Cogieron tres sacos de dormir y se los llevaron a un rincón.
—¿Creéis que Black sigue en el castillo?
—susurró Hermione con preocupación.
—Evidentemente, Dumbledore piensa que es
posible —dijo Ron.
—Es una suerte que haya elegido esta noche,
¿os dais cuenta? —dijo Hermione, mientras se metían vestidos en los sacos de
dormir y se apoyaban en el codo para hablar—. La única noche que no estábamos
en la torre...
—Supongo que con la huida no sabrá en qué día
vive —dijo Ron—. No se ha dado cuenta de que es Halloween. De lo contrario,
habría entrado aquí a saco.
Hermione se estremeció.
A su alrededor todos se hacían la misma
pregunta:
—¿Cómo ha podido entrar?
—A lo mejor sabe cómo aparecerse —dijo un
alumno de Ravenclaw que estaba cerca de ellos—. Cómo salir de la nada.
—A lo mejor se ha disfrazado —dijo uno de
Hufflepuff, de quinto curso.
—Podría haber entrado volando—sugirió Dean
Thomas.
—Hay que ver; ¿es que soy la única persona
que ha leído Historia de Hogwarts? —preguntó Hermione a Harry y a Ron,
perdiendo la paciencia.
—Casi seguro —dijo Ron—. ¿Por qué lo dices?
—Porque el castillo no está protegido sólo
por muros —indicó Hermione—, sino también por todo tipo de encantamientos para
evitar que nadie entre furtivamente. No es tan fácil aparecerse aquí. Y
quisiera ver el disfraz capaz de engañar a los dementores. Vigilan cada una de
las entradas a los terrenos del colegio. Si hubiera entrado volando, también lo
habrían visto. Filch conoce todos los pasadizos secretos y estarán vigilados.
—¡Voy a apagar las luces ya! —gritó Percy—.
Quiero que todo el mundo esté metido en el saco y callado.
Todas las velas se apagaron a la vez. La
única luz venía de los fantasmas de color de plata, que se movían por todas
partes, hablando con gravedad con los prefectos, y del techo encantado, tan
cuajado de estrellas como el mismo cielo exterior. Entre aquello y el
cuchicheo ininterrumpido de sus compañeros, Harry se sintió como durmiendo a la
intemperie, arrullado por la brisa.
Cada hora aparecía por el salón un profesor
para comprobar que todo se hallaba en orden. Hacia las tres de la mañana,
cuando por fin se habían quedado dormidos muchos alumnos, entró el profesor
Dumbledore. Harry vio que iba buscando a Percy, que rondaba por entre los sacos
de dormir amonestando a los que hablaban. Percy estaba a corta distancia de
Harry, Ron y Hermione, que fingieron estar dormidos cuando se acercaron los
pasos de Dumbledore.
—¿Han encontrado algún rastro de él,
profesor? —le preguntó Percy en un susurro.
—No. ¿Por aquí todo bien?
—Todo bajo control, señor.
—Bien. No vale la pena moverlos a todos
ahora. He encontrado a un guarda provisional para el agujero del retrato de
Gryffindor. Mañana podrás llevarlos a todos.
—¿Y la señora gorda, señor?
—Se había escondido en un mapa de Argyllshire
del segundo piso. Parece que se negó a dejar entrar a Black sin la contraseña,
y por eso la atacó. Sigue muy consternada, pero en cuanto se tranquilice le
diré al señor Filch que restaure el lienzo.
Harry oyó crujir la puerta del salón cuando
volvió a abrirse, y más pasos.
—¿Señor director? —Era Snape. Harry se quedó
completamente inmóvil, aguzando el oído—. Hemos registrado todo el primer
piso. No estaba allí. Y Filch ha examinado las mazmorras. Tampoco ha encontrado
rastro de él.
—¿Y la torre de astronomía? ¿Y el aula de la
profesora Trelawney? ¿Y la pajarera de las lechuzas?
—Lo hemos registrado todo...
—Muy bien, Severus. La verdad es que no creía
que Black prolongara su estancia aquí.
—¿Tiene alguna idea de cómo pudo entrar;
profesor? —preguntó Snape.
Harry alzó la cabeza ligeramente, para
desobstruirse el otro oído.
—Muchas, Severus, pero todas igual de
improbables.
Harry abrió un poco los ojos y miró hacia
donde se encontraban ellos. Dumbledore estaba de espaldas a él, pero pudo ver
el rostro de Percy, muy atento, y el perfil de Snape, que parecía enfadado.
—¿Se acuerda, señor director; de la
conversación que tuvimos poco antes de... comenzar el curso? —preguntó Snape,
abriendo apenas los labios, como para que Percy no se enterara.
—Me acuerdo, Severus —dijo Dumbledore. En su
voz había como un dejo de reconvención.
—Parece... casi imposible... que Black haya
podido entrar en el colegio sin ayuda del interior. Expresé mi preocupación
cuando usted señaló...
—No creo que nadie de este castillo ayudara a
Black a entrar —dijo Dumbledore en un tono que dejaba bien claro que daba el
asunto por zanjado. Snape no contestó—. Tengo que bajar a ver a los dementores.
Les dije que les informaría cuando hubiéramos terminado el registro.
—¿No quisieron ayudarnos, señor? —preguntó
Percy.
—Sí, desde luego —respondió Dumbledore fríamente—.
Pero me temo que mientras yo sea director; ningún dementor cruzará el umbral
de este castillo.
Percy se quedó un poco avergonzado.
Dumbledore salió del salón con rapidez y silenciosamente. Snape aguardó allí un
momento, mirando al director con una expresión de profundo resentimiento.
Luego también él se marchó.
Harry miró a ambos lados, a Ron y a Hermione.
Tanto uno como otro tenían los ojos abiertos, reflejando el techo estrellado.
—¿De qué hablaban? —preguntó Ron.
Durante los días que siguieron, en el colegio no se habló de otra cosa
que de Sirius Black. Las especulaciones acerca de cómo había logrado penetrar
en el castillo fueron cada vez más fantásticas; Hannah Abbott, de Hufflepuff,
se pasó la mayor parte de la clase de Herbología contando que Black podía
transformarse en un arbusto florido.
Habían quitado de la pared el lienzo rasgado
de la señora gorda y lo habían reemplazado con el retrato de sir Cadogan y su
pequeño y robusto caballo gris. Esto no le hacía a nadie mucha gracia. Sir Cadogan
se pasaba la mitad del tiempo retando a duelo a todo el mundo, y la otra mitad
inventando contraseñas ridículamente complicadas que cambiaba al menos dos
veces al día.
—Está loco de remate —le dijo Seamus Finnigan
a Percy, enfadado—. ¿No hay otro disponible?
—Ninguno de los demás retratos quería el
trabajo —dijo Percy—. Estaban asustados por lo que le ha ocurrido a la señora
gorda. Sir Cadogan fue el único lo bastante valiente para ofrecerse voluntario.
Lo que menos preocupaba a Harry era sir Cadogan.
Lo vigilaban muy de cerca. Los profesores buscaban disculpas para acompañarlo
por los corredores, y Percy Weasley (obrando, según sospechaba Harry, por
instigación de su madre) le seguía los pasos por todas partes, como un perro
guardián extremadamente pomposo. Para colmo, la profesora McGonagall lo llamó
a su despacho y lo recibió con una expresión tan sombría que Harry pensó que se
había muerto alguien.
—No hay razón para que te lo ocultemos por
más tiempo, Potter —dijo muy seriamente—. Sé que esto te va a afectar; pero
Sirius Black...
—Ya sé que va detrás de mí —dijo Harry, un
poco cansado—. Oí al padre de Ron cuando se lo contaba a su mujer. El señor
Weasley trabaja para el Ministerio de Magia.
La profesora McGonagall se sorprendió mucho.
Miró a Harry durante un instante y dijo:
—Ya veo. Bien, en ese caso comprenderás por
qué creo que no debes ir por las tardes a los entrenamientos de quidditch. Es
muy arriesgado estar ahí fuera, en el campo, sin más compañía que los miembros
del equipo...
—¡El sábado tenemos nuestro primer partido
—dijo Harry, indignado—. ¡Tengo que entrenar; profesora!
La profesora McGonagall meditó un instante.
Harry sabía que ella deseaba que ganara el equipo de Gryffindor; al fin y al
cabo, había sido ella la primera que había propuesto a Harry como buscador.
Harry aguardó conteniendo el aliento.
—Mm... —la profesora McGonagall se puso en
pie y observó desde la ventana el campo de quidditch, muy poco visible entre
la lluvia—. Bien, te aseguro que me gustaría que por fin ganáramos la copa...
De todas formas, Potter; estaría más tranquila si un profesor estuviera
presente. Pediré a la señora Hooch que supervise tus sesiones de entrenamiento.
· · ·
El tiempo empeoró conforme se acercaba el primer partido de quidditch. Impertérrito,
el equipo de Gryffindor entrenaba cada vez más, bajo la mirada de la señora
Hooch. Luego, en la sesión final de entrenamiento que precedió al partido del
sábado, Oliver Wood comunicó a su equipo una noticia no muy buena:
—¡No vamos a jugar contra Slytherin! —les
dijo muy enfadado—. Flint acaba de venir a verme. Vamos a jugar contra
Hufflepuff.
—¿Por qué? —preguntaron todos.
—La excusa de Flint es que su buscador aún
tiene el brazo lesionado —dijo Wood, rechinando con furia los dientes—. Pero
está claro el verdadero motivo: no quieren jugar con este tiempo, porque
piensan que tendrán menos posibilidades...
Durante todo el día había soplado un
ventarrón y caído un aguacero, y mientras hablaba Wood se oía retumbar a los
truenos.
—¡No le pasa nada al brazo de Malfoy! —dijo
Harry furioso—. Está fingiendo.
—Lo sé, pero no lo podemos demostrar —dijo
Wood con acritud—. Y hemos practicado todos estos movimientos suponiendo que
íbamos a jugar contra Slytherin, y en su lugar tenemos a Hufflepuff, y su
estilo de juego es muy diferente. Tienen un nuevo capitán buscador; Cedric
Diggory...
De repente, Angelina, Alicia y Katie soltaron
una carcajada.
—¿Qué? —preguntó Wood, frunciendo la frente
anta aquella actitud.
—Es ese chico alto y guapo, ¿verdad? —preguntó
Angelina.
—¡Y tan fuerte y callado! —añadió Katie, y
volvieron a reírse.
—Es callado porque no es lo bastante
inteligente para juntar dos palabras —dijo Fred—. No sé qué te preocupa,
Oliver. Los de Hufflepuff son pan comido. La última vez que jugamos con ellos,
Harry cogió la snitch al cabo de unos cinco minutos, ¿no os acordáis?
—¡Jugábamos en condiciones muy distintas!
—gritó Wood, con los ojos muy abiertos—. Diggory ha mejorado mucho el equipo.
¡Es un buscador excelente! ¡Ya sospechaba que os lo tomaríais así! ¡No debemos
confiarnos! ¡Hay que tener bien claro el objetivo! ¡Slytherin intenta pillarnos
desprevenidos! ¡Hay que ganar!
—Tranquilízate, Oliver —dijo Fred alarmado—.
Nos tomamos muy en serio a Hufflepuff. Muy en serio.
El día anterior al partido, el viento se convirtió en un huracán y la
lluvia cayó con más fuerza que nunca. Estaba tan oscuro dentro de los
corredores y las aulas que se encendieron más antorchas y faroles. El equipo
de Slytherin se daba aires, especialmente Malfoy
—¡Ah, si mi brazo estuviera mejor! —suspiraba
mientras el viento golpeaba las ventanas.
Harry no tenía sitio en la cabeza para
preocuparse por otra cosa que el partido del día siguiente. Entre clase y
clase, Oliver Wood se le acercaba a toda prisa para darle consejos. La tercera
vez que sucedió, Wood habló tanto que Harry se dio cuenta de pronto de que
llegaba diez minutos tarde a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y
echó a correr mientras Wood le gritaba:
—¡Diggory tiene un regate muy rápido, Harry!
Tendrás que hacerle una vaselina...
Harry frenó al llegar a la puerta del aula de
Defensa Contra las Artes Oscuras, la abrió y entró apresuradamente.
—Lamento llegar tarde, profesor Lupin. Yo...
Pero no era Lupin quien lo miraba desde la
mesa del profesor; era Snape.
—La clase ha comenzado hace diez minutos,
Potter. Así que creo que descontaremos a Gryffindor diez puntos. Siéntate.
Pero Harry no se movió.
—¿Dónde está el profesor Lupin? —preguntó.
—No se encuentra bien para dar clase hoy
—dijo Snape con una sonrisa contrahecha—. Creo que te he dicho que te sientes.
Pero Harry permaneció donde estaba.
—¿Qué le ocurre?
A Snape le brillaron sus ojos negros.
—Nada que ponga en peligro su vida —dijo como
si deseara lo contrario—. Cinco puntos menos para Gryffindor y si te tengo que
volver a decir que te sientes serán cincuenta.
Harry se fue despacio hacia su sitio y se
sentó. Snape miró a la clase.
—Como decía antes de que nos interrumpiera
Potter, el profesor Lupin no ha dejado ninguna información acerca de los temas
que habéis estudiado hasta ahora...
—Hemos estudiado los boggarts, los gorros
rojos, los kappas y los grindylows —informó Hermione rápidamente—, y estábamos a punto de
comenzar...
—Cállate —dijo Snape fríamente—. No te he
preguntado. Sólo comentaba la falta de organización del profesor Lupin.
—Es el mejor profesor de Defensa Contra las
Artes Oscuras que hemos tenido —dijo
Dean Thomas con atrevimiento, y la clase expresó su conformidad con murmullos.
Snape puso el gesto más amenazador que le habían visto.
—Sois
fáciles de complacer. Lupin apenas os exige esfuerzo... Yo daría por hecho que los de primer
curso son ya capaces de manejarse con los gorros rojos y los grindylows.
Hoy veremos...
Harry lo vio hojear el libro de texto hasta
llegar al último capítulo, que debía de imaginarse que no habían visto.
—... los hombres lobo —concluyó Snape.
—Pero profesor —dijo Hermione, que parecía
incapaz de contenerse—, todavía no podemos llegar a los hombres lobo. Está
previsto comenzar con los hinkypunks...
—Señorita Granger —dijo Snape con voz
calmada—, creía que era yo y no tú quien daba la clase. Ahora, abrid todos el
libro por la página 394.—Miró a la clase—: Todos. Ya.
Con miradas de soslayo y un murmullo de
descontento, abrieron los libros.
—¿Quién de vosotros puede decirme cómo
podemos distinguir entre el hombre lobo y el lobo auténtico?
Todos se quedaron en completo silencio. Todos
excepto Hermione, cuya mano, como de costumbre, estaba levantada.
—¿Nadie? —preguntó Snape, sin prestar
atención a Hermione. La sonrisa contrahecha había vuelto a su rostro—. ¿Es que
el profesor Lupin no os ha enseñado ni siquiera la distinción básica entre...?
—Ya se lo hemos dicho —dijo de repente
Parvati—. No hemos llegado a los hombres lobo. Estamos todavía por...
—¡Silencio! —gruñó Snape—. Bueno, bueno,
bueno... Nunca creí que encontraría una clase de tercero que ni siquiera fuera
capaz de reconocer a un hombre lobo. Me encargaré de informar al profesor
Dumbledore de lo atrasados que estáis todos...
—Por favor, profesor —dijo Hermione, que
seguía con la mano levantada—. El hombre lobo difiere del verdadero lobo en
varios detalles: el hocico del hombre lobo...
—Es la segunda vez que hablas sin que te
corresponda, señorita Granger —dijo Snape con frialdad—. Cinco puntos menos
para Gryffindor por ser una sabelotodo insufrible.
Hermione se puso muy colorada, bajó la mano y
miró al suelo, con los ojos llenos de lágrimas. Un indicio de hasta qué punto
odiaban todos a Snape era que lo estaban fulminando con la mirada. Todos, en
alguna ocasión, habían llamado sabelotodo a Hermione, y Ron, que lo hacia por
lo menos dos veces a la semana, dijo en voz alta:
—Usted nos ha hecho una pregunta y ella le ha
respondido. ¿Por qué pregunta si no quiere que se le responda?
Sus compañeros comprendieron al instante que
había ido demasiado lejos.
—Te quedarás castigado, Weasley —dijo Snape
con voz suave y acercando el rostro al de Ron—. Y si vuelvo a oírte criticar mi
manera de dar clase, te arrepentirás.
Nadie se movió durante el resto de la clase.
Siguió cada uno en su sitio, tomando notas sobre los hombres lobo del libro de
texto, mientras Snape rondaba entré las filas de pupitres examinando el
trabajo que habían estado haciendo con el profesor Lupin.
—Muy pobremente explicado... Esto es
incorrecto... El kappa se encuentra sobre todo en Mongolia... ¿El
profesor Lupin te puso un ocho? Yo no te habría puesto más de un tres.
Cuando el timbre sonó por fin, Snape los
retuvo:
—Escribiréis una redacción de dos pergaminos
sobre las maneras de reconocer y matar a un hombre lobo. Para el lunes por la
mañana. Ya es hora de que alguien meta en cintura a esta clase. Weasley,
quédate, tenemos que hablar sobre tu castigo.
Harry y Hermione abandonaron el aula con los
demás alumnos, que esperaron a encontrarse fuera del alcance de los oídos de
Snape para estallar en críticas contra él.
—Snape nunca ha actuado así con ninguno de
los otros profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras, aunque quisiera el
puesto —comentó Harry a Hermione—. ¿Por qué la tiene tomada con Lupin? ¿Será
por lo del boggart?
—No sé—dijo Hermione pensativamente—. Pero
espero que el profesor Lupin se recupere pronto.
Ron los alcanzó cinco minutos más tarde, muy
enfadado.
—¿Sabéis lo que ese... (llamó a Snape algo
que escandalizó a Hermione) me ha mandado? Tengo que lavar los orinales de la
enfermería. ¡Sin magia! —dijo con la respiración alterada. Tenía los puños
fuertemente cerrados—. ¿Por qué no podía haberse ocultado Black en el despacho
de Snape, eh? ¡Podía haber acabado con él!
Al día siguiente, Harry se despertó muy temprano. Tan temprano que
todavía estaba oscuro. Por un instante creyó que lo había despertado el ruido
del viento. Luego sintió una brisa fría en la nuca y se incorporó en la cama.
Peeves flotaba a su lado, soplándole en la oreja.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Harry
enfadado.
Peeves hinchó los carrillos, sopló muy fuerte
y salió del dormitorio hacia atrás, a toda prisa, riéndose.
Harry tanteó en busca de su despertador y lo
miró: eran las cuatro y media. Echando pestes de Peeves, se dio la vuelta y
procuró volver a dormirse. Pero una vez despierto fue difícil olvidar el ruido
de los truenos que retumbaban por encima de su cabeza, los embates del viento
contra los muros del castillo y el lejano crujir de los árboles en el bosque
prohibido. Unas horas después se hallaría allí fuera, en el campo de quidditch,
batallando en medio del temporal. Finalmente, renunció a su propósito de volver
a dormirse, se levantó, se vistió, cogió su Nimbus 2.000 y salió
silenciosamente del dormitorio.
Cuando Harry abrió la puerta, algo le rozó la
pierna. Se agachó con el tiempo justo de coger a Crookshanks por el extremo
de la cola peluda y sacarlo a rastras.
—¿Sabes? Creo que Ron tiene razón sobre ti
—le dijo Harry receloso—. Hay muchos ratones por aquí. Ve a cazarlos. Vamos
—añadió, echando a Crookshanks con el pie, para que bajara por la
escalera de caracol—. Deja en paz a Scabbers.
El ruido de la tormenta era más fuerte en la
sala común. Harry tenía demasiada experiencia para creer que se cancelaría el
partido. Los partidos de quidditch no se cancelaban por nimiedades como una
tormenta. Sin embargo, empezaba a preocuparse. Wood le había indicado quién era
Cedric Diggory en el corredor; Diggory estaba en quinto y era mucho mayor que
Harry. Los buscadores solían ser ligeros y veloces, pero el peso de Diggory
sería una ventaja con aquel tiempo, porque tendría muchas menos posibilidades
de que el viento le desviara el rumbo.
Harry pasó ante la chimenea las horas que
quedaban hasta el amanecer. De vez en cuando se levantaba para evitar que Crookshanks
volviera a escabullirse por la escalera que llevaba al dormitorio de los
chicos. Al cabo de un tiempo le pareció a Harry que ya era la hora del desayuno
y se dirigió él solo hacia el retrato.
—¡En guardia, malandrín! —lo retó sir
Cadogan.
—«Cállate ya» contestó Harry, bostezando.
Se reanimó algo tomando un plato grande de
gachas de avena y cuando ya había empezado con las tostadas, apareció el resto
del equipo.
—Va a ser difícil —dijo Wood, sin probar
bocado.
—Deja de preocuparte, Oliver —lo tranquilizó
Alicia—. No nos asustamos por un poquito de lluvia.
Pero era bastante más que un poquito de
lluvia. El quidditch era tan popular que todo el colegio salió a ver el partido,
como de costumbre. Corrían por el césped hasta el campo de quidditch, con la
cabeza agachada contra el feroz viento que arrancaba los paraguas de las manos.
Poco antes de entrar en el vestuario, Harry vio a Malfoy, a Crabbe y a Goyle
camino del campo de quidditch; cubiertos por un enorme paraguas, lo señalaban
y se reían.
Los miembros del equipo se pusieron la túnica
escarlata y aguardaron la habitual arenga de Wood, pero ésta no se produjo.
Wood intentó varias veces hablarles, tragó saliva con un ruido extraño, cabeceó
desesperanzado y les indicó por señas que lo siguieran.
El viento era tan fuerte que se tambalearon
al entrar en el campo. A causa del retumbar de los truenos, no podían saber si
la multitud los aclamaba. La lluvia rociaba los cristales de las gafas de
Harry ¿Cómo demonios iba a ver la snitch en aquellas condiciones?
Los de Hufflepuff se aproximaron desde el
otro extremo del campo, con la túnica amarillo canario. Los capitanes de ambos
equipos se acercaron y se estrecharon la mano. Diggory sonrió a Wood, pero
Wood parecía tener ahora la mandíbula encajada y se limitó a hacer un gesto
con la cabeza. Harry vio que la boca de la señora Hooch articulaba:
—Montad en las escobas.
Harry sacó del barro el pie derecho y pasó la
pierna por encima de la Nimbus 2.000. La señora Hooch se llevó el silbato a los
labios y dio un pitido que sonó distante y estridente... Dio comienzo el
partido.
Harry se elevó rápidamente, pero la Nimbus
2.000 oscilaba a causa del viento. La sostuvo tan firmemente como pudo y dio
media vuelta de cara a la lluvia, con los ojos entornados.
Al cabo de cinco minutos, Harry estaba calado
hasta los huesos y helado de frío. Apenas podía ver a sus compañeros de equipo
y menos aún la pequeña snitch. Atravesó el campo de un lado a otro,
adelantando bultos rojos y amarillos, sin idea de lo que sucedía. El viento no
le permitía oír los comentarios. La multitud estaba oculta bajo un mar de
capas y de paraguas maltrechos. En dos ocasiones estuvo a punto de ser
derribado por una bludger. Su visión estaba tan limitada por el agua de las
gafas que no las vio acercarse.
Perdió la noción del tiempo. Era cada vez más
difícil sujetar la escoba con firmeza. El cielo se oscureció, como si hubiera
llegado la noche en plena mañana. Dos veces estuvo a punto de chocar contra
otro jugador; que no sabía si era de su equipo o del oponente. Todos estaban
ahora tan calados, y la lluvia era tan densa, que apenas podía distinguirlos...
Con el primer relámpago llegó el pitido del
silbato de la señora Hooch. Harry sólo pudo ver a través de la densa lluvia la
silueta de Wood, que le indicaba por señas que descendiera. Todo el equipo
aterrizó en el barro, salpicando.
—¡He pedido tiempo muerto! —gritó a sus
jugadores—. Venid aquí debajo.
Se apiñaron en el borde del campo, debajo de
un enorme paraguas. Harry se quitó las gafas y se las limpió con la túnica.
—¿Cuál es la puntuación?
—Cincuenta puntos a nuestro favor. Pero si no
atrapamos la snitch, seguiremos jugando hasta la noche.
—Con esto me resulta imposible —respondió
Harry, blandiendo las gafas.
En ese instante apareció Hermione a su lado.
Se tapaba la cabeza con la capa e, inexplicablemente, estaba sonriendo.
—¡Tengo una idea, Harry! ¡Dame tus gafas,
rápido!
Se las entregó, y ante la mirada de sorpresa
del equipo, golpeó las gafas con su varita y dijo:
—Impervius. —Y se las devolvió a Harry
diciendo—: Ahí las tienes: ¡repelerán el agua!
Wood la hubiera besado:
—¡Magnífico! —exclamó emocionado, mientras
ella se alejaba—. ¡De acuerdo, vamos a ello!
El hechizo de Hermione funcionó. Harry seguía
entumecido por el frío y más empapado que nunca en su vida, pero podía ver.
Lleno de una renovada energía, aceleró la escoba a través del aire turbulento
buscando en todas direcciones la snitch, esquivando una bludger; pasando por
debajo de Diggory, que volaba en dirección contraria...
Brilló otro rayo, seguido por el retumbar de
un trueno. La cosa se ponía cada vez más peligrosa. Harry tenía que atrapar la
snitch cuanto antes...
Se volvió, intentando regresar hacia la mitad
del campo, pero en ese momento otro relámpago iluminó las gradas y Harry vio
algo que lo distrajo completamente: la silueta de un enorme y lanudo perro
negro, claramente perfilada contra el cielo, inmóvil en la parte superior y
más vacía de las gradas.
Las manos entumecidas le resbalaron por el
palo de la escoba y la Nimbus descendió varios metros. Retirándose de los ojos
el flequillo empapado, volvió a mirar hacia las gradas: el perro había
desaparecido.
—¡Harry! —gritó Wood angustiado, desde los
postes de Gryffindor—. ¡Harry, detrás de ti!
Harry miró hacia atrás con los ojos abiertos
de par en par. Cedric Diggory atravesaba el campo a toda velocidad, y entre
ellos, en el aire cuajado de lluvia, brillaba una diminuta bola dorada...
Con un sobresalto, Harry pegó el cuerpo al
palo de la escoba y se lanzó hacia la snitch como una bala.
—¡Vamos! —gritó a la Nimbus, al mismo tiempo
que la lluvia le azotaba la cara—. ¡Más rápido!
Pero algo extraño pasaba. Un inquietante
silencio caía sobre el estadio. Ya no se oía el viento, aunque soplaba tan
fuerte como antes. Era como si alguien hubiera quitado el sonido, o como si
Harry se hubiera vuelto sordo de repente. ¿Qué sucedía?
Y entonces le penetró en el cuerpo una ola de
frío horrible y ya conocida, exactamente en el momento en que veía algo que se
movía por el campo, debajo de él. Antes de que pudiera pensar, Harry había
apartado la vista de la snitch y había mirado hacia abajo. Abajo había al menos
cien dementores, con el rostro tapado, y todos señalándole. Fue como si le
subiera agua helada por el pecho y le cortara por dentro. Y entonces volvió a
oírlo... Alguien gritaba dentro de su cabeza..., una mujer...
—A
Harry no. A Harry no. A Harry no, por favor.
—Apártate, estúpida... apártate...
—A
Harry no. Te
lo ruego, no. Cógeme a mí. Mátame a mí en su lugar...
A Harry se le había enturbiado el cerebro con
una especie de niebla blanca. ¿Qué hacía? ¿Por qué montaba una escoba
voladora? Tenía que ayudarla. La mujer iba a morir; la iban a matar...
Harry caía, caía entre la niebla helada.
—A Harry no, por favor. Ten piedad, te lo
ruego, ten piedad...
Alguien de voz estridente estalló en
carcajadas. La mujer gritaba y Harry no se enteró de nada más.
—Ha tenido suerte de que el terreno estuviera blando.
—Creí que se había matado.
—¡Pero si ni siquiera se ha roto las gafas!
Harry oía las voces, pero no encontraba
sentido a lo que decían. No tenía ni idea de dónde se hallaba, ni de por qué se
encontraba en aquel lugar; ni de qué hacia antes de aquel momento. Lo único que
sabía era que le dolía cada centímetro del cuerpo como si le hubieran dado una
paliza.
—Es lo más pavoroso que he visto en mi vida.
Horrible... Lo más pavoroso... Figuras negras
con capucha... Frío... Gritos...
Harry abrió los ojos de repente. Estaba en la
enfermería. El equipo de quidditch de Gryffindor, lleno de barro, rodeaba la
cama. Ron y Hermione estaban allí también y parecían haber salido de la ducha.
—¡Harry! —exclamó Fred, que parecía
exageradamente pálido bajo el barro—. ¿Cómo te encuentras?
La memoria de Harry fue recuperando los
acontecimientos por orden: el relámpago..., el Grim..., la snitch..., y
los dementores.
—¿Qué sucedió? —dijo incorporándose en la
cama, tan de repente que los demás ahogaron un grito.
—Te caíste —explicó Fred—. Debieron de ser...
¿cuántos? ¿Veinte metros?
—Creímos que te habías matado —dijo Alicia,
temblando.
Hermione dio un gritito. Tenía los ojos
rojos.
—Pero el partido —preguntó Harry—, ¿cómo
acabó? ¿Se repetirá?
Nadie respondió. La horrible verdad cayó
sobre Harry como una losa.
—¿No habremos... perdido?
—Diggory atrapó la snitch —respondió George—
poco después de que te cayeras. No se dio cuenta de lo que pasaba. Cuando miró
hacia atrás y te vio en el suelo, quiso que se anulara. Quería que se repitiera
el partido. Pero ganaron limpiamente. Incluso Wood lo ha admitido.
—¿Dónde está Wood? —preguntó Harry de
repente, notando que no estaba allí.
—Sigue en las duchas —dijo Fred—. Parece que
quiere ahogarse.
Harry acercó la cara a las rodillas y se
cogió el pelo con las manos. Fred le puso la mano en el hombro y lo zarandeó
bruscamente.
—Vamos, Harry, es la primera vez que no
atrapas la snitch.
—Tenía que ocurrir alguna vez —dijo George.
—Todavía no ha terminado —dijo Fred—. Hemos
perdido por cien puntos, ¿no? Si Hufflepuff pierde ante Ravenclaw y nosotros
ganamos a Ravenclaw, y Slytherin...
—Hufflepuff tendrá que perder al menos por
doscientos puntos —dijo George.
—Pero si ganan a Ravenclaw...
—Eso no puede ser. Los de Ravenclaw son muy
buenos.
—Pero si Slytherin pierde frente a
Hufflepuff..
—Todo depende de los puntos... Un margen de
cien, en cualquier caso...
Harry guardaba silencio. Habían perdido. Por
primera vez en su vida, había perdido un partido de quidditch.
Después de unos diez minutos, la señora
Pomfrey llegó para mandarles que lo dejaran descansar.
—Luego vendremos a verte —le dijo Fred—. No
te tortures, Harry. Sigues siendo el mejor buscador que hemos tenido.
El equipo salió en tropel, dejando el suelo
manchado de barro. La señora Pomfrey cerró la puerta detrás del último, con
cara de mal humor. Ron y Hermione se acercaron un poco más a la cama de Harry.
—Dumbledore estaba muy enfadado —dijo
Hermione con voz temblorosa—. Nunca lo había visto así. Corrió al campo
mientras tú caías, agitó la varita mágica y entonces se redujo la velocidad de
tu caída. Luego apuntó a los dementores con la varita y les arrojó algo
plateado. Abandonaron inmediatamente el estadio... Le puso furioso que hubieran
entrado en el campo... lo oímos...
—Entonces te puso en una camilla por arte de
magia —explicó Ron—. Y te llevó al colegio flotando en la camilla. Todos
pensaron que estabas...
Su voz se apagó, pero Harry apenas se dio
cuenta. Pensaba en lo que le habían hecho los dementores, en la voz que
suplicaba. Alzó los ojos y vio a Hermione y a Ron tan preocupados que
rápidamente buscó algo que decir.
—¿Recogió alguien la Nimbus?
Ron y Hermione se miraron.
—Eh...
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—Bueno, cuando te caíste... se la llevó el
viento —dijo Hermione con voz vacilante.
—¿Y?
—Y chocó... chocó... contra el sauce
boxeador.
Harry sintió un pinchazo en el estómago. El
sauce boxeador era un sauce muy violento que estaba solo en mitad del terreno
del colegio.
—¿Y? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Bueno, ya sabes que al sauce boxeador —dijo
Ron— no le gusta que lo golpeen.
—El profesor Flitwick la trajo poco antes de
que recuperaras el conocimiento
—explicó Hermione en voz muy baja.
Se agachó muy despacio para coger una bolsa
que había a sus pies, le dio la vuelta y puso sobre la cama una docena de
astillas de madera y ramitas, lo que quedaba de la fiel y finalmente abatida
escoba de Harry.