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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
8
En muy poco tiempo, la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras se
convirtió en la favorita de la mayoría. Sólo Draco Malfoy y su banda de
Slytherin criticaban al profesor Lupin:
—Mira cómo lleva la túnica —solía decir
Malfoy murmurando alto cuando pasaba el profesor—. Viste como nuestro antiguo
elfo doméstico.
Pero a nadie más le interesaba que la túnica
del profesor Lupin estuviera remendada y raída. Sus siguientes clases fueron
tan interesantes como la primera. Después de los boggarts estudiaron a los gorros
rojos, unas criaturas pequeñas y desagradables, parecidas a los duendes,
que se escondían en cualquier sitio en el que hubiera habido derramamiento de
sangre, en las mazmorras de los castillos, en los agujeros de las bombas de los
campos de batalla, para dar una paliza a los que se extraviaban. De los gorros
rojos pasaron a los kappas, unos repugnantes moradores del agua que
parecían monos con escamas y con dedos palmeados, y que disfrutaban
estrangulando a los que ignorantes que cruzaban sus estanques.
Harry habría querido que sus otras clases
fueran igual de entretenidas. La peor de todas era Pociones. Snape estaba
aquellos días especialmente propenso a la revancha y todos sabían por qué. La
historia del boggart que había adoptado la forma de Snape y el modo en que lo
había dejado Neville, con el atuendo de su abuela, se había extendido por
todo el colegio. Snape no lo encontraba divertido. A la primera mención del
profesor Lupin, aparecía en sus ojos una expresión amenazadora. A Neville lo
acosaba más que nunca.
Harry también aborrecía las horas que pasaba
en la agobiante sala de la torre norte de la profesora Trelawney, descifrando
símbolos y formas confusas, procurando olvidar que los ojos de la profesora
Trelawney se llenaban de lágrimas cada vez que lo miraba. No le podía gustar
la profesora Trelawney, por más que unos cuantos de la clase la trataran con un
respeto que rayaba en la reverencia. Parvati Patil y Lavender Brown habían
adoptado la costumbre de rondar la sala de la torre de la profesora Trelawney a
la hora de la comida, y siempre regresaban con un aire de superioridad que
resultaba enojoso, como si supieran cosas que los demás ignoraban. Habían
comenzado a hablarle a Harry en susurros, como si se encontrara en su lecho de
muerte.
A nadie le gustaba realmente la asignatura
sobre Cuidado de Criaturas Mágicas, que después de la primera clase tan movida
se había convertido en algo extremadamente aburrido. Hagrid había perdido la
confianza. Ahora pasaban lección tras lección aprendiendo a cuidar a los
gusarajos, que tenían que contarse entre las más aburridas criaturas del
universo.
—¿Por qué alguien se preocuparía de
cuidarlos? —preguntó Ron tras pasar otra hora embutiendo las viscosas gargantas
de los gusarajos con lechuga cortada en tiras.
A comienzos de octubre, sin embargo, hubo
otra cosa que mantuvo ocupado a Harry, algo tan divertido que compensaba la
insatisfacción de algunas clases. Se aproximaba la temporada de quidditch y
Oliver Wood, capitán del equipo de Gryffindor; convocó una reunión un jueves
por la tarde para discutir las tácticas de la nueva temporada.
En un equipo de quidditch había siete
personas: tres cazadores, cuya función era marcar goles metiendo el quaffle
(un balón como el de fútbol, rojo) por uno de los aros que había en cada
lado del campo, a una altura de quince metros; dos golpeadores equipados con
fuertes bates para repeler las bludgers (dos pesadas pelotas negras que
circulaban muy aprisa, zumbando de un lado para otro, intentando derribar a los
jugadores); un guardián que defendía los postes sobre los que estaban los aros;
y el buscador; que tenía el trabajo más difícil de todos, atrapar la dorada snitch,
una pelota pequeña con alas, del tamaño de una nuez, cuya captura daba por
finalizado el juego y otorgaba ciento cincuenta puntos al equipo del buscador
que la hubiera atrapado.
Oliver Wood era un fornido muchacho de
diecisiete años que cursaba su séptimo y último curso. Había cierto tono de
desesperación en su voz mientras se dirigía a sus compañeros de equipo en los
fríos vestuarios del campo de quidditch que se iba quedando a oscuras.
—Es nuestra última oportunidad..., mi última
oportunidad... de ganar la copa de quidditch —les dijo, paseándose con paso
firme delante de ellos—. Me marcharé al final de este curso, no volveré a tener
otra oportunidad. Gryffindor no ha ganado ni una vez en los últimos siete años.
De acuerdo, hemos tenido una suerte horrible: heridos..., cancelación del
torneo el curso pasado... —Wood tragó saliva, como si el recuerdo aún le
pusiera un nudo en la garganta—. Pero también sabemos que contamos con el
mejor... equipo... de este... colegio —añadió, golpeándose la palma de una mano
con el puño de la otra y con el conocido brillo frenético en los ojos—.
Contamos con tres cazadoras estupendas. —Wood señaló a Alicia Spinnet, Angelina
Johnson y Katie Bell—. Tenemos dos golpeadores invencibles.
—Déjalo ya, Oliver; nos estás sacando los
colores —dijeron Fred y George a la vez, haciendo como que se sonrojaban.
—¡Y tenemos un buscador que nos ha hecho
ganar todos los partidos! —dijo Wood, con voz retumbante y mirando a Harry con
orgullo incontenible—. Y estoy yo —añadió.
—Nosotros creemos que tú también eres muy
bueno —dijo George.
—Un guardián muy chachi —confirmó Fred.
—La cuestión es —continuó Wood, reanudando
los paseos— que la copa de quidditch debiera de haber llevado nuestro nombre
estos dos últimos años. Desde que Harry se unió al equipo, he pensado que la
cosa estaba chupada. Pero no lo hemos conseguido y este curso es la última
oportunidad que tendremos para ver nuestro nombre grabado en ella...
Wood hablaba con tal desaliento que incluso a
Fred y a George les dio pena.
—Oliver, éste será nuestro año —aseguró Fred.
—Lo conseguiremos, Oliver —dijo Angelina.
—Por supuesto —corroboró Harry.
Con la moral alta, el equipo comenzó las
sesiones de entrenamiento, tres tardes a la semana. El tiempo se enfriaba y se
hacía más húmedo, las noches más oscuras, pero no había barro, viento ni
lluvia que pudieran empañar la ilusión de ganar por fin la enorme copa de
plata.
Una tarde, después del entrenamiento, Harry
regresó a la sala común de Gryffindor con frío y entumecido, pero contento por
la manera en que se había desarrollado el entrenamiento, y encontró la sala
muy animada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Ron y Hermione,
que estaban sentados al lado del fuego, en dos de las mejores sillas,
terminando unos mapas del cielo para la clase de Astronomía.
—Primer fin de semana en Hogsmeade —le dijo
Ron, señalando una nota que había aparecido en el viejo tablón de anuncios—.
Finales de octubre. Halloween.
—Estupendo —dijo Fred, que había seguido a
Harry por el agujero del retrato—. Tengo que ir a la tienda de Zonko: casi no
me quedan bombas fétidas.
Harry se dejó caer en una silla, al lado de
Ron, y la alegría lo abandonó. Hermione comprendió lo que le pasaba.
—Harry, estoy segura de que podrás ir la
próxima vez —le consoló—. Van a atrapar a Black enseguida. Ya lo han visto una
vez.
—Black no está tan loco como para intentar
nada en Hogsmeade. Pregúntale a McGonagall si puedes ir ahora, Harry. Pueden
pasar años hasta la próxima ocasión.
—¡Ron! —dijo Hermione—. Harry tiene que
permanecer en el colegio...
—No puede ser el único de tercero que no
vaya. Vamos, Harry, pregúntale a McGonagall...
—Sí, lo haré —dijo Harry, decidiéndose.
Hermione abrió la boca para sostener la
opinión contraria, pero en ese momento Crookshanks saltó con presteza a
su regazo.
Una araña muerta y grande le colgaba de la
boca.
—¿Tiene que comerse eso aquí delante?
—preguntó Ron frunciendo el entrecejo.
—Bravo, Crookshanks, ¿la has atrapado
tú solito? —dijo Hermione.
Crookshanks masticó y tragó despacio la
araña, con los ojos insolentemente fijos en Ron.
—No lo sueltes —pidió Ron irritado, volviendo
a su mapa del cielo—. Scabbers está durmiendo en mi mochila.
Harry bostezó. Le apetecía acostarse, pero
antes tenía que terminar su mapa. Cogió la mochila, sacó pergamino, pluma y
tinta, y empezó a trabajar.
—Si quieres, puedes copiar el mío —le dijo
Ron, poniendo nombre a su última estrella con un ringorrango y acercándole el
mapa a Harry.
Hermione, que no veía con buenos ojos que se
copiara, apretó los labios, pero no dijo nada. Crookshanks seguía mirando
a Ron sin pestañear; sacudiendo el extremo de su peluda cola. Luego, sin
previo aviso, dio un salto.
—¡EH! —gritó Ron, apoderándose de la mochila,
al mismo tiempo que Crookshanks clavaba profundamente en ella sus
garras y comenzaba a rasgarla con fiereza—. ¡SUELTA, ESTÚPIDO ANIMAIAL!
Ron intentó arrebatar la mochila a Crookshanks,
pero el gato siguió aferrándola con sus garras, bufando y rasgándola.
—¡No le hagas daño, Ron! —gritó Hermione.
Todos los miraban. Ron dio vueltas a la mochila, con Crookshanks agarrado
todavía a ella, y Scabbers salió dando un salto...
—¡SUJETAD A ESE GATO! —gritó Ron en el
momento en que Crookshanks soltaba los restos de la mochila, saltaba
sobre la mesa y perseguía a la aterrorizada Scabbers.
George Weasley se lanzó sobre Crookshanks,
pero no lo atrapó; Scabbers pasó como un rayo entre veinte pares de
piernas y se fue a ocultar bajo una vieja cómoda. Crookshanks patinó y
frenó, se agachó y se puso a dar zarpazos con una pata delantera.
Ron y Hermione se apresuraron a echarse sobre
él. Hermione cogió a Crookshanks por el lomo y lo levantó. Ron se
tendió en el suelo y sacó a Scabbers con alguna dificultad, tirando de
la cola.
—¡Mírala! —le dijo a Hermione hecho una
furia, poniéndole a Scabbers delante de los ojos—. ¡Está en los huesos!
Mantén a ese gato lejos de ella.
—¡Crookshanks no sabe lo que hace!
—dijo la joven con voz temblorosa—. ¡Todos los gatos persiguen a las ratas,
Ron!
—¡Hay algo extraño en ese animal! —dijo Ron,
que intentaba persuadir a la frenética Scabbers de que volviera a
meterse en su bolsillo—. Me oyó decir que Scabbers estaba en la mochila.
—Vaya, qué tontería —dijo Hermione,
hartándose—. Lo que pasa es que Crookshanks la olió. ¿Cómo si no crees
que...?
—¡Ese gato la ha tomado con Scabbers!
—dijo Ron, sin reparar en cuantos había a su alrededor; que empezaban a
reírse—. Y Scabbers estaba aquí primero. Y está enferma.
Ron se marchó enfadado, subiendo por las
escaleras hacia los dormitorios de los chicos.
Al día siguiente, Ron seguía enfadado con Hermione. Apenas habló con
ella durante la clase de Herbología, aunque Harry, Hermione y él trabajaban
juntos con la misma Vainilla de viento.
—¿Cómo está Scabbers? —le preguntó
Hermione acobardada, mientras arrancaban a la planta unas vainas gruesas y
rosáceas, y vaciaban las brillantes habas en un balde de madera.
—Está escondida debajo de mi cama, sin dejar
de temblar —dijo Ron malhumorado, errando la puntería y derramando las habas
por el suelo del invernadero.
—¡Cuidado, Weasley, cuidado! —gritó la
profesora Sprout, al ver que las habas retoñaban ante sus ojos.
Luego tuvieron Transformaciones. Harry, que
estaba resuelto a pedirle después de clase a la profesora McGonagall que le
dejara ir a Hogsmeade con los demás, se puso en la cola que había en la puerta,
pensando en cómo convencerla. Lo distrajo un alboroto producido al principio de
la hilera. Lavender Brown estaba llorando. Parvati la rodeaba con el brazo y
explicaba algo a Seamus Finnigan y a Dean Thomas, que escuchaban muy serios.
—¿Qué ocurre, Lavender? —preguntó preocupada
Hermione, cuando ella, Harry y Ron se acercaron al grupo.
—Esta mañana ha recibido una carta de casa
—susurró Parvati—. Se trata de su conejo Binky. Un zorro lo ha matado.
—¡Vaya! —dijo Hermione—. Lo siento, Lavender.
—¡Tendría que habérmelo imaginado! —dijo
Lavender en tono trágico—. ¿Sabéis qué día es hoy?
—Eh...
—¡16 de octubre! ¡«Eso que temes ocurrirá el
viernes 16 de octubre»! ¿Os acordáis? ¡Tenía razón!
Toda la clase se acababa de reunir alrededor
de Lavender. Seamus cabeceó con pesadumbre. Hermione titubeó. Luego dijo:
—Tú, tú... ¿temías que un zorro matara a Binky?
—Bueno, no necesariamente un zorro —dijo
Lavender; alzando la mirada hacia Hermione y con los ojos llenos de lágrimas—.
Pero tenía miedo de que muriera.
—Vaya —dijo Hermione. Volvió a guardar
silencio. Luego preguntó—: ¿Era viejo?
—No... —dijo Lavender sollozando—. ¡So...
sólo era una cría!
Parvati le estrechó los hombros con más
fuerza.
—Pero entonces, ¿por qué temías que muriera?
—preguntó Hermione. Parvati la fulminó con la mirada—. Bueno, miradlo
lógicamente —añadió Hermione hacia el resto del grupo—. Lo que quiero decir es
que..., bueno, Binky ni siquiera ha muerto hoy. Hoy es cuando Lavender
ha recibido la noticia... —Lavender gimió—. Y no puede haberlo temido, porque
la ha pillado completamente por sorpresa.
—No le hagas caso, Lavender —dijo Ron—. Las
mascotas de los demás no le importan en absoluto.
La profesora McGonagall abrió en ese momento
la puerta del aula, lo que tal vez fue una suerte. Hermione y Ron se lanzaban
ya miradas asesinas, y al entrar en el aula se sentaron uno a cada lado de
Harry y no se dirigieron la palabra en toda la hora.
Harry no había pensado aún qué le iba a decir
a la profesora McGonagall cuando sonara el timbre al final de la clase, pero
fue ella la primera en sacar el tema de Hogsmeade.
—¡Un momento, por favor! —dijo en voz alta,
cuando los alumnos empezaban a salir—. Dado que sois todos de Gryffindor; como
yo, deberíais entregarme vuestras autorizaciones antes de Halloween. Sin
autorización no hay visita al pueblo, así que no se os olvide.
Neville levantó la mano.
—Perdone, profesora. Yo... creo que he
perdido...
—Tu abuela me la envió directamente,
Longbottom —dijo la profesora McGonagall—. Pensó que era más seguro. Bueno,
eso es todo, podéis salir.
—Pregúntaselo ahora —susurró Ron a Harry
—Ah, pero... —fue a decir Hermione.
—Adelante, Harry —le incitó Ron con
testarudez.
Harry aguardó a que saliera el resto de la
clase y se acercó nervioso a la mesa de la profesora McGonagall.
—¿Sí,
Potter?
Harry
tomó aire.
—Profesora, mis tíos... olvidaron... firmarme
la autorización —dijo.
La profesora McGonagall lo miró por encima de
sus gafas cuadradas, pero no dijo nada.
—Y por eso... eh... ¿piensa que podría...
esto... ir a Hogsmeade?
La profesora McGonagall bajó la vista y
comenzó a revolver los papeles de su escritorio.
—Me temo que no, Potter. Ya has oído lo que
dije. Sin autorización no hay visita al pueblo. Es la norma.
—Pero... mis tíos... ¿sabe?, son muggles. No
entienden nada de... de las cosas de Hogwarts —explicó Harry, mientras Ron le
hacía señas de ánimo—. Si usted me diera permiso...
—Pero no te lo doy —dijo la profesora
McGonagall poniéndose en pie y guardando ordenadamente sus papeles en un
cajón—. El impreso de autorización dice claramente que el padre o tutor debe
dar permiso. —Se volvió para mirarlo, con una extraña expresión en el rostro.
¿Era de pena?—. Lo siento, Potter; pero es mi última palabra. Lo mejor será que
te des prisa o llegarás tarde a la próxima clase.
No había nada que hacer. Ron llamó de todo a la profesora McGonagall y
eso le pareció muy mal a Hermione. Hermione puso cara de «mejor así», lo cual
consiguió enfadar a Ron aún más, y Harry tuvo que aguantar que todos sus
compañeros de clase comentaran en voz alta y muy contentos lo que harían al
llegar a Hogsmeade.
—Por lo menos te queda el banquete. Ya sabes,
el banquete de la noche de Halloween.
—Sí —aceptó Harry con tristeza—. Genial.
El banquete de Halloween era siempre bueno,
pero sabría mucho mejor si acudía a él después de haber pasado el día en
Hogsmeade con todos los demás. Nada de lo que le dijeran le hacía resignarse.
Dean Thomas, que era bueno con la pluma, se había ofrecido a falsificar la
firma de tío Vernon, pero como Harry ya le había dicho a la profesora McGonagall
que no se la habían firmado, no era posible probar aquello. Ron sugirió no muy
convencido la capa invisible, pero Hermione rechazó de plano la posibilidad
recordándole a Ron lo que les había dicho Dumbledore sobre que los dementores
podían ver a través de ellas.
Percy pronunció las palabras que
probablemente le ayudaron menos a resignarse:
—Arman mucho revuelo con Hogsmeade, pero te
puedo asegurar que no es para tanto —le dijo muy serio—. Bueno, es verdad que
la tienda de golosinas es bastante buena, pero la tienda de artículos de broma
de Zonko es francamente peligrosa. Y la Casa de los Gritos merece la visita,
pero aparte de eso no te pierdes nada.
La mañana del día de Halloween, Harry se despertó al mismo tiempo que
los demás y bajó a desayunar muy triste, pero tratando de disimularlo.
—Te traeremos un montón de golosinas de
Honeydukes —le dijo Hermione, compadeciéndose de él.
—Sí, montones —dijo Ron. Por fin habían hecho
las paces él y Hermione.
—No os preocupéis por mí —dijo Harry con una
voz que procuró que le saliera despreocupada—. Ya nos veremos en el banquete.
Divertios.
Los acompañó hasta el vestíbulo, donde Filch,
el conserje, de pie en el lado interior de la puerta, señalaba los nombres en
una lista, examinando detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de
que nadie salía sin permiso.
—¿Te quedas aquí, Potter? —gritó Malfoy, que
estaba en la cola, junto a Crabbe y a Goyle—. ¿No te atreves a cruzarte con los
dementores?
Harry no le hizo caso y volvió solo por las
escaleras de mármol y los pasillos vacíos, y llegó a la torre de Gryffindor.
—¿Contraseña? —dijo la señora gorda
despertándose sobresaltada.
—«Fortuna maior» —contestó Harry con
desgana.
El retrato le dejó paso y entró en la sala
común. Estaba repleta de chavales de primero y de segundo, todos hablando, y de
unos cuantos alumnos mayores que obviamente habían visitado Hogsmeade tantas
veces que ya no les interesaba.
—¡Harry! ¡Harry! ¡Hola, Harry! —Era Colin
Creevey, un estudiante de segundo que sentía veneración por Harry y nunca
perdía la oportunidad de hablar con él—. ¿No vas a Hogsmeade, Harry? ¿Por qué
no? ¡Eh! —Colin miró a sus amigos con interés—, ¡si quieres puedes venir a
sentarte con nosotros!
—No, gracias, Colin —dijo Harry, que no
estaba de humor para ponerse delante de gente deseosa de contemplarle la
cicatriz de la frente—.Yo... he de ir a la biblioteca. Tengo trabajo.
Después de aquello no tenía más remedio que
dar media vuelta y salir por el agujero del retrato.
—¿Con qué motivo me has despertado?
—refunfuñó la señora gorda cuando pasó por allí.
Harry anduvo sin entusiasmo hacia la
biblioteca, pero a mitad de camino cambió de idea; no le apetecía trabajar. Dio
media vuelta y se topó de cara con Filch, que acababa de despedir al último de
los visitantes de Hogsmeade.
—¿Qué haces? —le gruñó Filch, suspicaz.
—Nada —respondió Harry con franqueza.
—¿Nada? —le soltó Filch, con las mandíbulas
temblando—. ¡No me digas! Husmeando por ahí tú solo. ¿Por qué no estás en
Hogsmeade, comprando bombas fétidas, polvos para eructar y gusanos silbantes,
como el resto de tus desagradables amiguitos?
Harry se encogió de hombros.
—Bueno, regresa a la sala común de tu colegio
—dijo Filch, que siguió mirándolo fijamente hasta que Harry se perdió de vista.
Pero Harry no regresó a la sala común; subió
una escalera, pensando en que tal vez podía ir a la pajarera de las lechuzas, e
iba por otro pasillo cuando dijo una voz que salía del interior de un aula:
—¿Harry? —Harry retrocedió para ver quién lo
llamaba y se encontró al profesor Lupin, que lo miraba desde la puerta de su
despacho—. ¿Qué haces? —le preguntó Lupin en un tono muy diferente al de
Filch—. ¿Dónde están Ron y Hermione?
—En Hogsmeade —respondió Harry; con voz que
fingía no dar importancia a lo que decía.
—Ah —dijo Lupin. Observó a Harry un momento—.
¿Por qué no pasas? Acabo de recibir un grindylow para nuestra próxima
clase.
—¿Un qué? —preguntó Harry.
Entró en el despacho siguiendo a Lupin. En un
rincón había un enorme depósito de agua. Una criatura de un color verde
asqueroso, con pequeños cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal,
haciendo muecas y doblando sus dedos largos y delgados.
—Es un demonio de agua —dijo Lupin,
observando el grindylow ensimismado—. No debería darnos muchas dificultades,
sobre todo después de los kappas. El truco es deshacerse de su tenaza.
¿Te das cuenta de la extraordinaria longitud de sus dedos? Fuertes, pero muy
quebradizos.
El grindylow enseñó sus dientes verdes
y se metió en una espesura de algas que había en un rincón.
—¿Una taza de té? —le preguntó Lupin, buscando
la tetera—. Iba a prepararlo.
—Bueno —dijo Harry, algo embarazado.
Lupin dio a la tetera un golpecito con la
varita y por el pitorro salió un chorro de vapor.
—Siéntate —dijo Lupin, destapando una caja
polvorienta—. Lo lamento, pero sólo tengo té en bolsitas. Aunque me imagino
que estarás harto del té suelto.
Harry lo miró. A Lupin le brillaban los ojos.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Harry
—Me lo ha dicho la profesora McGonagall
—explicó Lupin, pasándole a Harry una taza descascarillada—. No te preocupa, ¿verdad?
—No —respondió Harry
Pensó por un momento en contarle a Lupin lo
del perro que había visto en la calle Magnolia, pero se contuvo. No quería que
Lupin creyera que era un cobarde y menos desde que el profesor parecía suponer
que no podía enfrentarse a un boggart.
Algo de los pensamientos de Harry debió de
reflejarse en su cara, porque Lupin dijo:
—¿Estás preocupado por algo, Harry?
—No —mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio
que el grindylow lo amenazaba con el puño—. Sí —dijo de repente, dejando
el té en el escritorio de Lupin—. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al
boggart?
—Sí —respondió Lupin.
—¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? —le
preguntó.
Lupin alzó las cejas.
—Creí que estaba claro —dijo sorprendido.
Harry, que había imaginado que Lupin lo
negaría, se quedó atónito.
—¿Por qué? —volvió a preguntar.
—Bueno —respondió Lupin frunciendo un poco el
entrecejo—, pensé que si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma
de lord Voldemort.
Harry se le quedó mirando, impresionado. No
sólo era aquélla la respuesta que menos esperaba, sino que además Lupin había
pronunciado el nombre de Voldemort. La única persona a la que había oído
pronunciar ese nombre (aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore.
—Es evidente que estaba en un error —añadió
Lupin, frunciendo el entrecejo—. Pero no creí que fuera buena idea que
Voldemort se materializase en la sala de profesores. Pensé que se
aterrorizarían.
—El primero en quien pensé fue Voldemort
—dijo Harry con sinceridad—. Pero luego recordé a los dementores.
—Ya veo —dijo Lupin pensativamente—. Bien,
bien..., estoy impresionado.
—Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry—. Eso
sugiere que lo que más miedo te da es... el miedo. Muy sensato, Harry.
Harry no supo qué contestar; de forma que dio
otro sorbo al té.
—¿Así que pensabas que no te creía capaz de
enfrentarte a un boggart? —dijo Lupin astutamente.
—Bueno..., sí —dijo Harry. Estaba mucho más
contento—. Profesor Lupin, usted conoce a los dementores...
Le interrumpieron unos golpes en la puerta.
—Adelante —dijo Lupin.
Se abrió la puerta y entró Snape. Llevaba una
copa de la que salía un poco de humo y se detuvo al ver a Harry. Entornó sus
ojos negros.
—¡Ah, Severus! —dijo Lupin sonriendo—. Muchas
gracias. ¿Podrías dejarlo aquí, en el escritorio? —Snape posó la copa
humeante. Sus ojos pasaban de Harry a Lupin—. Estaba enseñando a Harry mi grindylow
—dijo Lupin con cordialidad, señalando el depósito.
—Fascinante —comentó Snape, sin mirar a la
criatura—. Deberías tomártelo ya, Lupin.
—Sí, sí, enseguida —dijo Lupin.
—He hecho un caldero entero. Si necesitas
más...
—Seguramente mañana tomaré otro poco. Muchas
gracias, Severus.
—De nada —respondió Snape. Pero había en sus
ojos una expresión que a Harry no le gustó. Salió del despacho retrocediendo,
sin sonreír y receloso.
Harry miró la copa con curiosidad. Lupin
sonrió.
—El profesor Snape, muy amablemente, me ha
preparado esta poción —dijo—. Nunca se me ha dado muy bien lo de preparar
pociones y ésta es especialmente difícil. —Cogió la copa y la olió—. Es una
pena que no admita azúcar —añadió, tomando un sorbito y torciendo la boca.
—¿Por qué...? —comenzó Harry.
Lupin lo miró y respondió a la pregunta que
Harry no había acabado de formular:
—No me he encontrado muy bien —dijo—. Esta
poción es lo único que me sana. Es una suerte tener de compañero al profesor
Snape; no hay muchos magos capaces de prepararla.
El profesor Lupin bebió otro sorbo y Harry
tuvo el impulso de quitarle la copa de las manos.
—El profesor Snape está muy interesado por
las Artes Oscuras —barbotó.
—¿De verdad? —preguntó Lupin, sin mucho
interés, bebiendo otro trago de la poción.
—Hay quien piensa... —Harry dudó, pero se
atrevió a seguir hablando—, hay quien piensa que sería capaz de cualquier cosa
para conseguir el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Lupin vació la copa e hizo un gesto de
desagrado.
—Asqueroso —dijo—. Bien, Harry. Tengo que
seguir trabajando. Nos veremos en el banquete.
—De acuerdo —dijo Harry, dejando su taza de
té. La copa, ya vacía, seguía echando humo.
—Aquí tienes —dijo Ron—. Hemos traído todos los que pudimos.
Un chaparrón de caramelos de brillantes
colores cayó sobre las piernas de Harry. Ya había anochecido, y Ron y Hermione
acababan de hacer su aparición en la sala común, con la cara enrojecida por el
frío viento y con pinta de habérselo pasado mejor que en toda su vida.
—Gracias —dijo Harry, cogiendo un paquete de
pequeños y negros diablillos de pimienta—. ¿Cómo es Hogsmeade? ¿Dónde habéis
ido?
A juzgar por las apariencias, a todos los
sitios. A Dervish y Banges, la tienda de artículos de brujería, a la tienda de
artículos de broma de Zonko, a Las Tres Escobas, para tomarse unas cervezas de
mantequilla caliente con espuma, y a otros muchos sitios...
—¡La oficina de correos, Harry! ¡Unas
doscientas lechuzas, todas descansando en anaqueles, todas con claves de colores
que indican la velocidad de cada una!
Honeydukes tiene un nuevo caramelo: daban
muestras gratis. Aquí tienes un poco, mira.
—Nos ha parecido ver un ogro. En Las Tres
Escobas hay todo tipo de gente...
—Ojalá te hubiéramos traído cerveza de
mantequilla. Realmente te reconforta.
—¿Y tú que has hecho? —le preguntó Hermione—.
¿Has trabajado?
—No —respondió Harry—. Lupin me invitó a un
té en su despacho. Y entró Snape...
Les contó lo de la copa. Ron se quedó con la
boca abierta.
—¿Y Lupin se la bebió? —exclamó—. ¿Está loco?
Hermione miró la hora.
—Será mejor que vayamos bajando El banquete
empezará dentro de cinco minutos Pasaron
por el retrato entre la multitud, todavía hablando de Snape.
—Pero si él..., ya sabéis... —Hermione bajó
la voz, mirando a su alrededor con cautela—. Si intentara envenenar a Lupin,
no lo haría delante de Harry.
—Sí, quizá tengas razón —dijo Harry mientras
llegaban al vestíbulo y lo cruzaban para entrar en el Gran Comedor. Lo habían
decorado con cientos de calabazas con velas dentro, una bandada de murciélagos
vivos que revoloteaban y muchas serpentinas de color naranja brillante que
caían del techo como culebras de río.
La comida fue deliciosa. Incluso Hermione y
Ron, que estaban que reventaban de los dulces que habían comido en Honeydukes,
repitieron. Harry no paraba de mirar a la mesa de los profesores. El profesor
Lupin parecía alegre y más sano que nunca. Hablaba animadamente con el
pequeñísimo profesor Flitwick, que impartía Encantamientos. Harry recorrió la
mesa con la mirada hasta el lugar en que se sentaba Snape. ¿Se lo estaba
imaginando o Snape miraba a Lupin y parpadeaba más de lo normal?
El banquete terminó con una actuación de los
fantasmas de Hogwarts. Saltaron de los muros y de las mesas para llevar a cabo
un pequeño vuelo en formación. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor;
cosechó un gran éxito con una representación de su propia desastrosa decapitación.
Fue una noche tan estupenda que Malfoy no
pudo enturbiar el buen humor de Harry al gritarle por entre la multitud,
cuando salían del Gran Comedor:
—¡Los dementores te envían recuerdos, Potter!
Harry, Ron y Hermione siguieron al resto de
los de su casa por el camino de la torre de Gryffindor, pero cuando llegaron
al corredor al final del cual estaba el retrato de la señora gorda, lo
encontraron atestado de alumnos.
—¿Por qué no entran? —preguntó Ron intrigado.
Harry miró delante de él, por encima de las
cabezas. El retrato estaba cerrado.
—Dejadme pasar; por favor —dijo la voz de
Percy. Se esforzaba por abrirse paso a través de la multitud, dándose
importancia—. ¿Qué es lo que ocurre? No es posible que nadie se acuerde de la
contraseña. Dejadme pasar, soy el Premio Anual.
La multitud guardó silencio entonces,
empezando por los de delante. Fue como si un aire frío se extendiera por el
corredor. Oyeron que Percy decía con una voz repentinamente aguda:
—Que alguien vaya a buscar al profesor
Dumbledore, rápido.
Las cabezas se volvieron. Los de atrás se
ponían de puntillas.
—¿Qué sucede? —preguntó Ginny, que acababa de
llegar. Al cabo de un instante hizo su aparición el profesor Dumbledore,
dirigiéndose velozmente hacia el retrato. Los alumnos de Gryffindor se
apretujaban para dejarle paso, y Harry; Ron y Hermione se acercaron un poco
para ver qué sucedía.
—¡Anda, mi madr...! —exclamó Hermione,
cogiéndose al brazo de Harry.
La señora gorda había desaparecido del
retrato, que había sido rajado tan ferozmente que algunas tiras del lienzo
habían caído al suelo. Faltaban varios trozos grandes.
Dumbledore dirigió una rápida mirada al
retrato estropeado y se volvió. Con ojos entristecidos vio a los profesores
McGonagall, Lupin y Snape, que se acercaban a toda prisa.
—Hay que encontrarla —dijo Dumbledore—. Por
favor; profesora McGonagall, dígale enseguida al señor Filch que busque a la
señora gorda por todos los cuadros del castillo.
—¡Apañados vais! —dijo una voz socarrona.
Era Peeves, que revoloteaba por encima de la
multitud y estaba encantado, como cada vez que veía a los demás preocupados
por algún problema.
—¿Qué quieres decir, Peeves? —le preguntó
Dumbledore tranquilamente. La sonrisa de Peeves desapareció. No se atrevía a
burlarse de Dumbledore. Adoptó una voz empalagosa que no era mejor que su
risa.
—Le da vergüenza, señor director. No quiere
que la vean. Es un desastre de mujer. La vi correr por el paisaje, hacia el
cuarto piso, señor; esquivando los árboles y gritando algo terrible —dijo con
alegría—. Pobrecita —añadió sin convicción.
—¿Dijo quién lo ha hecho? —preguntó
Dumbledore en voz baja.
—Sí, señor director —dijo Peeves, con pinta
de estar meciendo una bomba en sus brazos—. Se enfadó con ella porque no le
permitió entrar, ¿sabe? —Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a
Dumbledore una sonrisa por entre sus propias piernas—. Ese Sirius Black tiene
un genio insoportable.