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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
7
Malfoy no volvió a las aulas hasta última hora de la mañana del
jueves, cuando los de Slytherin y los de Gryffindor estaban en mitad de la
clase de Pociones, que duraba dos horas. Entró con aire arrogante en la
mazmorra, con el brazo derecho en cabestrillo y cubierto de vendajes, comportándose,
según le pareció a Harry, como si fuera el heroico superviviente de una
horrible batalla.
—¿Qué tal, Draco? —dijo Pansy Parkinson,
sonriendo como una tonta—. ¿Te duele mucho?
—Sí —dijo Malfoy, con gesto de hombre valiente. Pero Harry vio que guiñaba un ojo a Crabbe y Goyle en el instante en que Pansy apartaba la vista.
—Siéntate —le dijo el profesor Snape
amablemente.
Harry y Ron se miraron frunciendo el
entrecejo. Si hubieran sido ellos los que hubieran llegado tarde, Snape no los
habría mandado sentarse, los habría castigado a quedarse después de clase. Pero
Malfoy siempre se había librado de los castigos en las clases de Snape. Snape
era el jefe de la casa de Slytherin y generalmente favorecía a los suyos, en
detrimento de los demás.
Aquel día elaboraban una nueva pócima: una
solución para encoger. Malfoy colocó su caldero al lado de Harry y Ron, para
preparar los ingredientes en la misma mesa.
—Profesor —dijo Malfoy—, necesitaré ayuda
para cortar las raíces de margarita, porque con el brazo así no puedo.
—Weasley, córtaselas tú —ordenó Snape sin
levantar la vista.
Ron se puso rojo como un tomate.
—No le pasa nada a tu brazo —le dijo a Malfoy
entre dientes.
Malfoy le dirigió una sonrisita desde el otro
lado de la mesa.
—Ya has oído al profesor Snape, Weasley.
Córtame las raíces.
Ron cogió el cuchillo, acercó las raíces de
Malfoy y empezó a cortarlas mal, dejándolas todas de distintos tamaños.
—Profesor —dijo Malfoy, arrastrando las
silabas—, Weasley está estropeando mis raíces, señor.
Snape fue hacia la mesa, aproximó la nariz
ganchuda a las raíces y dirigió a Ron una sonrisa desagradable, por debajo de
su largo y grasiento pelo negro.
—Dele a Malfoy sus raíces y quédese usted con
las de él, Weasley.
—Pero señor...
Ron había pasado el último cuarto de hora
cortando raíces en trozos exactamente iguales.
—Ahora mismo —ordenó Snape, con su voz más
peligrosa.
Ron cedió a Malfoy sus propias raíces y
volvió a empuñar el cuchillo.
—Profesor; necesitaré que me pelen este higo
seco —dijo Malfoy, con voz impregnada de risa maliciosa.
—Potter, pela el higo seco de Malfoy —dijo
Snape, echándole a Harry la mirada de odio que reservaba sólo para él.
Harry cogió el higo seco de Malfoy mientras
Ron trataba de arreglar las raíces que ahora tenía que utilizar él. Harry peló
el higo seco tan rápido como pudo, y se lo lanzó a Malfoy sin dirigirle una
palabra. La sonrisa de Malfoy era más amplia que nunca.
—¿Habéis visto últimamente a vuestro amigo
Hagrid? —les preguntó Malfoy en voz baja.
—A ti no te importa —dijo Ron
entrecortadamente, sin levantar la vista.
—Me temo que no durará mucho como profesor
—comentó Malfoy, haciendo como que le daba pena—. A mi padre no le ha hecho
mucha gracia mi herida...
—Continúa hablando, Malfoy, y te haré una
herida de verdad —le gruñó Ron.
—... Se ha quejado al Consejo Escolar y al
ministro de Magia. Mi padre tiene mucha influencia, no sé si lo sabéis. Y una
herida duradera como ésta... —Exhaló un suspiro prolongado pero fingido—.
¿Quién sabe si mi brazo volverá algún día a estar como antes?
—¿Así que por eso haces teatro? —dijo Harry,
cortándole sin querer la cabeza a un ciempiés muerto, ya que la mano le
temblaba de furia—. ¿Para ver si consigues que echen a Hagrid?
—Bueno —dijo Malfoy, bajando la voz hasta
convertirla en un suspiro—, en parte sí, Potter. Pero hay otras ventajas.
Weasley, córtame los ciempiés.
Unos calderos más allá, Neville afrontaba
varios problemas. Solía perder el control en las clases de Pociones. Era la
asignatura que peor se le daba y el miedo que le tenía al profesor Snape
empeoraba las cosas. Su poción, que tenía que ser de un verde amarillo
brillante, se había convertido en...
—¡Naranja, Longbottom! —exclamó Snape,
levantando un poco con el cazo y vertiéndolo en el caldero, para que lo viera
todo el mundo—. ¡Naranja! Dime, muchacho, ¿hay algo que pueda penetrar esa
gruesa calavera que tienes ahí? ¿No me has oído decir muy claro que se
necesitaba sólo un bazo de rata? ¿No he dejado muy claro que no había que echar
más que unas gotas de jugo de sanguijuela? ¿Qué tengo que hacer para que
comprendas, Longbottom?
Neville estaba colorado y temblaba. Parecía
que se iba a echar a llorar.
—Por favor; profesor —dijo Hermione—, puedo
ayudar a Neville a arreglarlo...
—No recuerdo haberle pedido que presuma,
señorita Granger —dijo Snape fríamente, y Hermione se puso tan colorada como
Neville—. Longbottom, al final de esta clase le daremos unas gotas de esta
poción a tu sapo y veremos lo que ocurre. Quizá eso te anime a hacer las cosas
correctamente.
Snape se alejó, dejando a Neville sin
respiración, a causa del miedo.
—¡Ayúdame! —rogó a Hermione.
—¡Eh, Harry! —dijo Seamus Finnigan,
inclinándose para cogerle prestada a Harry la balanza de bronce—. ¿Has oído? El
Profeta de esta mañana asegura que han visto a Sirius Black.
—¿Dónde? —preguntaron con rapidez Harry y
Ron. Al otro lado de la mesa, Malfoy levantó la vista para escuchar con
atención.
—No muy lejos de aquí —dijo Seamus, que
parecía emocionado—. Lo ha visto una muggle. Por supuesto, ella no entendía
realmente. Los muggles piensan que es sólo un criminal común y corriente,
¿verdad? El caso es que telefoneó a la línea directa. Pero cuando llegaron los
del Ministerio de Magia, ya se había ido.
—No muy lejos de aquí... —repitió Ron,
mirando a Harry de forma elocuente. Dio media vuelta y sorprendió a Malfoy
mirando.
—¿Qué, Malfoy? ¿Necesitas que te pele algo
más?
Pero a Malfoy le brillaban los ojos de forma
malvada y estaban fijos en Harry. Se inclinó sobre la mesa.
—¿Pensando en atrapar a Black tú solo,
Potter?
—Exactamente —dijo Harry.
Los finos labios de Malfoy se curvaron en una
sonrisa mezquina.
—Desde luego, yo ya habría hecho algo. No
estaría en el cole como un chico bueno. Saldría a buscarlo.
—¿De qué hablas, Malfoy? —dijo Ron con
brusquedad.
—¿No sabes, Potter...? —musitó Malfoy, casi
cerrando sus ojos claros.
—¿Qué he de saber?
Malfoy soltó una risa despectiva, apenas
audible.
—Tal vez prefieres no arriesgar el cuello
—dijo—. Se lo quieres dejar a los dementores, ¿verdad? Pero en tu caso, yo
buscaría venganza. Lo cazaría yo mismo.
—¿De qué hablas? —le preguntó Harry de mal
humor.
En aquel momento, Snape dijo en voz alta:
—Deberíais haber terminado de añadir los
ingredientes. Esta poción tiene que cocerse antes de que pueda ser ingerida.
No os acerquéis mientras está hirviendo. Y luego probaremos la de Longbottom...
Crabbe y Goyle rieron abiertamente al ver a
Neville azorado y agitando su poción sin parar. Hermione le murmuraba instrucciones
por la comisura de la boca, para que Snape no lo viera. Harry y Ron recogieron
los ingredientes no usados, y fueron a lavarse las manos y a lavar los cazos
en la pila de piedra que había en el rincón.
—¿Qué ha querido decir Malfoy? —susurró Harry
a Ron, colocando las manos bajo el chorro de agua helada que salía de una
gárgola—. ¿Por qué tendría que vengarme de Black? Todavía no me ha hecho nada.
—Cosas que inventa —dijo Ron—. Le gustaría
que hicieras una locura...
Cuando faltaba poco para que terminara la
clase, Snape se dirigió con paso firme a Neville, que se encogió de miedo al
lado de su caldero.
—Venid todos y poneos en corro —dijo Snape.
Los ojos negros le brillaban—. Y ved lo que le sucede al sapo de Longbottom.
Si ha conseguido fabricar una solución para encoger, el sapo se quedará como un
renacuajo. Si lo ha hecho mal (de lo que no tengo ninguna duda), el sapo
probablemente morirá envenenado.
Los de Gryffindor observaban con aprensión y
los de Slytherin con entusiasmo. Snape se puso el sapo Trevor en la
palma de la mano izquierda e introdujo una cucharilla en la poción de Neville,
que había recuperado el color verde. Echó unas gotas en la garganta de Trevor.
Se hizo un silencio total, mientras Trevor
tragaba. Luego se oyó un ligero «¡plop!» y el renacuajo Trevor serpenteó
en la palma de la mano de Snape. Los de Gryffindor prorrumpieron en aplausos.
Snape, irritado, sacó una pequeña botella del bolsillo de su toga, echó unas
gotas sobre Trevor y éste recobró su tamaño normal.
—Cinco puntos menos para Gryffindor —dijo
Snape, borrando la sonrisa de todas las caras—. Le dije que no lo ayudara,
señorita Granger. Podéis retiraraos.
Harry, Ron y Hermione subieron las escaleras
hasta el vestíbulo. Harry todavía meditaba lo que le había dicho Malfoy, en
tanto que Ron estaba furioso por lo de Snape.
—¡Cinco puntos menos para Gryffindor porque
la poción estaba bien hecha! ¿Por qué no mentiste, Hermione? ¡Deberías haber
dicho que lo hizo Neville solo!
Ella no contestó. Ron miró a su alrededor.
—¿Dónde está Hermione?
Harry también se volvió. Estaban en la parte
superior de las escaleras, viendo pasar al resto de la clase que se dirigía al
Gran Comedor para almorzar.
—Venía detrás de nosotros —dijo Ron, frunciendo
el entrecejo.
Malfoy los adelantó, flanqueado por Crabbe y
Goyle. Dirigió a Harry una sonrisa de suficiencia y desapareció.
—Ahí está —dijo Harry
Hermione jadeaba un poco al subir las
escaleras a toda velocidad. Con una mano sujetaba la mochila; con la otra sujetaba
algo que llevaba metido en la túnica.
—¿Cómo lo hiciste? —le preguntó Ron.
—¿El qué? —preguntó a su vez Hermione,
reuniéndose con ellos.
—Hace un minuto venías detrás de nosotros y
un instante después estabas al pie de las escaleras.
—¿Qué? —Hermione parecía un poco confusa—.
¡Ah, tuve que regresar para coger una cosa! ¡Oh, no...!
En la mochila de Hermione se había abierto
una costura. A Harry no le sorprendía; contenía al menos una docena de libros
grandes y pesados.
—¿Por qué llevas encima todos esos libros?
—le preguntó Ron.
—Ya sabes cuántas asignaturas estudio —dijo
Hermione casi sin aliento—. ¿No me podrías sujetar éstos?
—Pero... —Ron daba vueltas a los libros que
Hermione le había pasado y miraba las tapas—. Hoy no tienes estas asignaturas.
Esta tarde sólo hay Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Ya —dijo Hermione, pero volvió a meter todos
los libros en la mochila, como si no la hubieran comprendido—. Espero que haya
algo bueno para comer. Me muero de hambre —añadió, y continuó hacia el Gran
Comedor.
—¿No tienes la sensación de que Hermione nos
oculta algo? —preguntó Ron a Harry.
El profesor Lupin no estaba en el aula cuando llegaron a su primera
clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Todos se sentaron, sacaron los libros,
las plumas y los pergaminos, y estaban hablando cuando por fin llegó el
profesor. Lupin sonrió vagamente y puso su desvencijado maletín en la mesa.
Estaba tan desaliñado como siempre, pero parecía más sano que en el tren, como
si hubiera tomado unas cuantas comidas abundantes.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Podríais, por favor;
meter los libros en la mochila? La lección de hoy será práctica. Sólo necesitaréis
las varitas mágicas.
La clase cambió miradas de curiosidad
mientras recogía los libros. Nunca habían tenido una clase práctica de Defensa
Contra las Artes Oscuras, a menos que se contara la memorable clase del año
anterior, en que el antiguo profesor había llevado una jaula con duendecillos y
los había soltado en clase.
—Bien —dijo el profesor Lupin cuando todo el
mundo estuvo listo—. Si tenéis la amabilidad de seguirme...
Desconcertados pero con interés, los alumnos
se pusieron en pie y salieron del aula con el profesor Lupin. Este los condujo
a lo largo del desierto corredor. Doblaron una esquina. Al primero que vieron
fue a Peeves el poltergeist, que flotaba boca abajo en medio del aire y
tapaba con chicle el ojo de una cerradura. Peeves no levantó la mirada hasta
que el profesor Lupin estuvo a medio metro. Entonces sacudió los pies de dedos
retorcidos y se puso a cantar una monótona canción:
—Locatis lunático Lupin, locatis lunático
Lupin, locatis lunático Lupin...
Aunque casi siempre era desobediente y
maleducado, Peeves solía tener algún respeto por los profesores. Todos miraron
de inmediato al profesor Lupin para ver cómo se lo tomaría. Ante su sorpresa,
el mencionado seguía sonriendo.
—Yo en tu lugar quitaría ese chicle de la
cerradura, Peeves —dijo amablemente—. El señor Filch no podrá entrar a por sus
escobas.
Filch era el conserje de Hogwarts, un brujo
fracasado y de mal genio que estaba en guerra permanente con los alumnos y por
supuesto con Peeves. Pero Peeves no prestó atención al profesor Lupin, salvo
para soltarle una sonora pedorreta.
El profesor Lupin suspiró y sacó la varita
mágica.
—Es un hechizo útil y sencillo —dijo a la
clase, volviendo la cabeza—. Por favor; estad atentos.
Alzó la varita a la altura del hombro, dijo ¡Waddiwasi!
y apuntó a Peeves.
Con la fuerza de una bala, el chicle salió
disparado del agujero de la cerradura y fue a taponar la fosa nasal izquierda
de Peeves; éste ascendió dando vueltas como en un remolino y se alejó como un
bólido, zumbando y echando maldiciones.
—¡Chachi, profesor! —dijo Dean Thomas, asombrado.
—Gracias, Dean —respondió el profesor Lupin,
guardando la varita—. ¿Continuamos?
Se pusieron otra vez en marcha, mirando al
desaliñado profesor Lupin con creciente respeto. Los condujo por otro corredor
y se detuvo en la puerta de la sala de profesores.
—Entrad, por favor —dijo el profesor Lupin
abriendo la puerta y cediendo el paso.
En la sala de profesores, una estancia larga,
con paneles de madera en las paredes y llena de sillas viejas y dispares, no
había nadie salvo un profesor. Snape estaba sentado en un sillón bajo y observó
a la clase mientras ésta penetraba en la sala. Los ojos le brillaban y en la
boca tenía una sonrisa desagradable. Cuando el profesor Lupin entró y cerró la
puerta tras él, dijo Snape:
—Déjela abierta, Lupin. Prefiero no ser
testigo de esto. —Se puso de pie y pasó entre los alumnos. Su toga negra ondeaba
a su espalda. Ya en la puerta, giró sobre sus talones y dijo—: Posiblemente no
le haya avisado nadie, Lupin, pero Neville Longbottom está aquí. Yo le
aconsejaría no confiarle nada difícil. A menos que la señorita Granger le esté
susurrando las instrucciones al oído.
Neville se puso colorado. Harry echó a Snape
una mirada fulminante; ya era desagradable que se metiera con Neville en
clase, y no digamos delante de otros profesores.
El profesor Lupin había alzado las cejas.
—Tenía la intención de que Neville me ayudara
en la primera fase de la operación, y estoy seguro de que lo hará muy bien.
El rostro de Neville se puso aún más
colorado. Snape torció el gesto, pero salió de la sala dando un portazo.
—Ahora —dijo el profesor Lupin llamando la
atención del fondo de la clase, donde no había más que un viejo armario en el
que los profesores guardaban las togas y túnicas de repuesto. Cuando el
profesor Lupin se acercó, el armario tembló de repente, golpeando la pared.
»No hay por qué preocuparse —dijo con
tranquilidad el profesor Lupin cuando algunos de los alumnos se echaron hacia
atrás, alarmados—. Hay un boggart ahí dentro.
Casi todos pensaban que un boggart era algo
preocupante. Neville dirigió al profesor Lupin una mirada de terror y Seamus
Finnigan vio con aprensión moverse el pomo de la puerta.
—A los boggarts les gustan los lugares
oscuros y cerrados —prosiguió el profesor Lupin—: los roperos, los huecos
debajo de las camas, el armario de debajo del fregadero... En una ocasión vi a
uno que se había metido en un reloj de pared. Se vino aquí ayer por la tarde,
y le pregunté al director si se le podía dejar donde estaba, para utilizarlo
hoy en una clase de prácticas. La primera pregunta que debemos contestar es:
¿qué es un boggart?
Hermione levantó la mano.
—Es un ser que cambia de forma —dijo—. Puede
tomar la forma de aquello que más miedo nos da.
—Yo no lo podría haber explicado mejor
—admitió el profesor Lupin, y Hermione se puso radiante de felicidad—. El
boggart que está ahí dentro, sumido en la oscuridad, aún no ha adoptado una
forma. Todavía no sabe qué es lo que más miedo le da a la persona del otro
lado. Nadie sabe qué forma tiene un boggart cuando está solo, pero cuando lo
dejemos salir; se convertirá de inmediato en lo que más temamos. Esto
significa —prosiguió el profesor Lupin, optando por no hacer caso de los
balbuceos de terror de Neville— que ya antes de empezar tenemos una enorme
ventaja sobre el boggart. ¿Sabes por qué, Harry?
Era difícil responder a una pregunta con
Hermione al lado, que no dejaba de ponerse de puntillas, con la mano levantada.
Pero Harry hizo un intento:
—¿Porque somos muchos y no sabe por qué forma
decidirse?
—Exacto —dijo el profesor Lupin. Y Hermione
bajó la mano algo decepcionada—.
Siempre es mejor estar acompañado cuando uno se enfrenta a un boggart, porque
se despista. ¿En qué se debería convertir; en un cadáver decapitado o en una
babosa carnívora? En cierta ocasión vi que un boggart cometía el error de
querer asustar a dos personas a la vez y el muy imbécil se convirtió en media
babosa. No daba ni gota de miedo. El hechizo para vencer a un boggart es sencillo,
pero requiere fuerza mental. Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa.
Lo que tenéis que hacer es obligarle a que adopte una forma que vosotros
encontréis cómica. Practicaremos el hechizo primero sin la varita. Repetid
conmigo: ¡Riddíkulo!
—¡Riddíkulo! —dijeron todos a la vez.
—Bien —dijo el profesor Lupin—. Muy bien.
Pero me temo que esto es lo más fácil. Como veis, la palabra sola no basta. Y
aquí es donde entras tú, Neville.
El armario volvió a temblar. Aunque no tanto
como Neville, que avanzaba como si se dirigiera a la horca.
—Bien, Neville —prosiguió el profesor Lupin—.
Empecemos por el principio: ¿qué es lo que más te asusta en el mundo? —Neville
movió los labios, pero no dijo nada—. Perdona, Neville, pero no he entendido
lo que has dicho —dijo el profesor Lupin, sin enfadarse.
Neville miró a su alrededor; con ojos
despavoridos, como implorando ayuda. Luego dijo en un susurro:
—El profesor Snape.
Casi todos se rieron. Incluso Neville se
sonrió a modo de disculpa. El profesor Lupin, sin embargo, parecía pensativo.
—El profesor Snape... mm... Neville, creo que
vives con tu abuela, ¿es verdad?
—Sí —respondió Neville, nervioso—. Pero no
quisiera tampoco que el boggart se convirtiera en ella.
—No, no. No me has comprendido —dijo el
profesor Lupin, sonriendo—. Lo que quiero saber es si podrías explicarnos
cómo va vestida tu abuela normalmente.
Neville estaba asustado, pero dijo:
—Bueno, lleva siempre el mismo sombrero:
alto, con un buitre disecado encima; y un vestido largo... normalmente verde; y
a veces, una bufanda de piel de zorro.
—¿Y bolso? —le ayudó el profesor Lupin.
—Sí, un bolso grande y rojo —confirmó
Neville.
—Bueno, entonces —dijo el profesor Lupin—,
¿puedes recordar claramente ese atuendo, Neville? ¿Eres capaz de verlo
mentalmente?
—Sí —dijo Neville, con inseguridad,
preguntándose qué pasaría a continuación.
—Cuando el boggart salga de repente de este
armario y te vea, Neville, adoptará la forma del profesor Snape —dijo Lupin—.
Entonces alzarás la varita, así, y dirás en voz alta: ¡Riddíkulo!,
concentrándote en el atuendo de tu abuela. Si todo va bien, el boggart-profesor
Snape tendrá que ponerse el sombrero, el vestido verde y el bolso grande y
rojo.
Hubo una carcajada general. El armario tembló
más violentamente.
—Si a Neville le sale bien —añadió el
profesor Lupin—, es probable que el boggart vuelva su atención hacia cada uno
de nosotros, por turno. Quiero que ahora todos dediquéis un momento a pensar en
lo que más miedo os da y en cómo podríais convertirlo en algo cómico...
La sala se quedó en silencio. Harry meditó...
¿qué era lo que más le aterrorizaba en el mundo?
Lo primero que le vino a la mente fue lord
Voldemort, un Voldemort que hubiera recuperado su antigua fuerza. Pero antes de
haber empezado a planear un posible contraataque contra un boggart-Voldemort,
se le apareció una imagen horrible: una mano viscosa, corrompida, que se
escondía bajo una capa negra..., una respiración prolongada y ruidosa que salía
de una boca oculta... luego un frío tan penetrante que le ahogaba...
Harry se estremeció. Miró a su alrededor,
deseando que nadie lo hubiera notado. La mayoría de sus compañeros tenía los
ojos fuertemente cerrados. Ron murmuraba para sí:
—Arrancarle las patas.
Harry adivinó de qué se trataba. Lo que más
miedo le daba a Ron eran las arañas.
—¿Todos preparados? —preguntó el profesor
Lupin.
Harry se horrorizó. Él no estaba preparado.
Pero no quiso pedir más tiempo. Todos los demás asentían con la cabeza y se
arremangaban.
—Nos vamos a echar todos hacia atrás, Neville
—dijo el profesor Lupin—, para dejarte el campo despejado. ¿De acuerdo? Después
de ti llamaré al siguiente, para que pase hacia delante... Ahora todos hacia
atrás, así Neville podrá tener sitio para enfrentarse a él.
Todos se retiraron, arrimándose a las
paredes, y dejaron a Neville solo, frente al armario. Estaba pálido y asustado,
pero se había arremangado la túnica y tenía la varita preparada.
—A la de tres, Neville —dijo el profesor
Lupin, que apuntaba con la varita al pomo de la puerta del armario—. A la
una... a las dos... a las tres... ¡ya!
Un haz de chispas salió de la varita del
profesor Lupin y dio en el pomo de la puerta. El armario se abrió de golpe y el
profesor Snape salió de él, con su nariz ganchuda y gesto amenazador. Fulminó a
Neville con la mirada.
Neville se echó hacia atrás, con la varita en
alto, moviendo la boca sin pronunciar palabra. Snape se le acercaba, ya estaba
a punto de cogerlo por la túnica...
—¡Ri... Riddíkulo! —dijo Neville.
Se oyó un chasquido como de látigo. Snape
tropezó: llevaba un vestido largo ribeteado de encaje y un sombrero alto
rematado por un buitre apolillado. De su mano pendía un enorme bolso rojo.
Hubo una carcajada general. El boggart se
detuvo, confuso, y el profesor Lupin gritó:
—¡Parvati! ¡Adelante!
Parvati avanzó, con el rostro tenso. Snape se
volvió hacia ella. Se oyó otro chasquido y en el lugar en que había estado
Snape apareció una momia cubierta de vendas y con manchas de sangre; había
vuelto hacia Parvati su rostro sin ojos, y comenzó a caminar hacia ella, muy
despacio, arrastrando los pies y alzando sus brazos rígidos...
—¡Riddíkulo! —gritó Parvati.
Se soltó una de las vendas y la momia se
enredó en ella, cayó de bruces y la cabeza salió rodando.
—¡Seamus! —gritó el profesor Lupin.
Seamus pasó junto a Parvati como una flecha.
¡Crac! Donde había estado la momia se
encontraba ahora una mujer de pelo negro tan largo que le llegaba al suelo,
con un rostro huesudo de color verde: una banshee. Abrió la boca
completamente y un sonido sobrenatural llenó la sala: un prolongado aullido que
le puso a Harry los pelos de punta.
—¡Riddíkulo! —gritó Seamus.
La banshee emitió un sonido ronco y se llevó la mano al cuello.
Se había quedado afónica.
¡Crac! La banshee se convirtió en una
rata que intentaba morderse la cola, dando vueltas en círculo; a continuación...
¡crac!, se convirtió en una serpiente de cascabel que se deslizaba
retorciéndose, y luego... ¡crac!, en un ojo inyectado en sangre.
—¡Está despistado! —gritó Lupin—. ¡Lo estamos
logrando! ¡Dean!
Dean se adelantó.
¡Crac! El ojo se convirtió en una mano
amputada que se dio la vuelta y comenzó a arrastrarse por el suelo como un
cangrejo.
—¡Riddíkulo! —gritó Dean.
Se oyó un chasquido y la mano quedó atrapada
en una ratonera.
—¡Excelente! ¡Ron, te toca!
Ron se dirigió hacia delante.
¡Crac!
Algunos gritaron. Una araña gigante, de dos
metros de altura y cubierta de pelo, se dirigía hacia Ron chascando las pinzas
amenazadoramente. Por un momento, Harry pensó que Ron se había quedado
petrificado. Pero entonces...
—¡Riddíkulo! —gritó Ron.
Las patas de la araña desaparecieron y el
cuerpo empezó a rodar. Lavender Brown dio un grito y se apartó de su camino a
toda prisa. El cuerpo de la araña fue a detenerse a los pies de Harry. Alzó la
varita, pero...
—¡Aquí! —gritó el profesor Lupin de pronto,
avanzando rápido hacia la araña.
¡Crac!
La araña sin patas había desaparecido.
Durante un segundo todos miraron a su alrededor con los ojos bien abiertos,
buscándola. Entonces vieron una esfera de un blanco plateado que flotaba en el aire,
delante de Lupin, que dijo ¡Riddíkulo! casi con desgana.
¡Crac!
—¡Adelante, Neville, y termina con él! —dijo
Lupin cuando el boggart cayó al suelo en forma de cucaracha. ¡Crac! Allí
estaba de nuevo Snape. Esta vez, Neville avanzó con decisión.
—¡Riddíkulo! —gritó, y durante una
fracción de segundo vislumbraron a Snape vestido de abuela, antes de que
Neville emitiera una sonora carcajada y el boggart estallara en mil volutas de
humo y desapareciera.
—¡Muy bien! —gritó el profesor Lupin mientras
la clase prorrumpía en aplausos—. Muy bien, Neville. Todos lo habéis hecho muy
bien. Veamos... cinco puntos para Gryffindor por cada uno de los que se han
enfrentado al boggart... Diez por Neville, porque lo hizo dos veces. Y cinco
por Hermione y otros cinco por Harry.
—Pero yo no he intervenido —dijo Harry.
—Tú y Hermione contestasteis correctamente a
mis preguntas al comienzo de la clase —dijo Lupin sin darle importancia—. Muy
bien todo el mundo. Ha sido una clase estupenda. Como deberes, vais a tener que
leer la lección sobre los boggart y hacerme un resumen. Me lo entregaréis el lunes.
Eso es todo.
Los alumnos abandonaron entusiasmados la sala
de profesores. Harry, sin embargo, no estaba contento. El profesor Lupin le
había impedido deliberadamente que se enfrentara al boggart. ¿Por qué? ¿Era
porque había visto a Harry desmayarse en el tren y pensó que no sería capaz?
¿Había pensado que Harry se volvería a desmayar?
Pero nadie más se había dado cuenta.
—¿Habéis visto cómo he podido con la banshee?
—decía Seamus.
—¿Y la mano? —dijo Dean, imitándola con la
suya.
—¿Y Snape con el sombrero?
—¿Y mi momia?
—Me pregunto por qué al profesor Lupin le dan
miedo las bolas de cristal
—preguntó Lavender.
—Ha sido la mejor clase de Defensa Contra las
Artes Oscuras que hemos tenido. ¿No es verdad? —dijo Ron, emocionado, mientras
regresaban al aula para coger las mochilas.
—Parece un profesor muy bueno —dijo
Hermione—. Pero me habría gustado haberme enfrentado al boggart yo también.
—¿En qué se habría convertido el boggart? —le
preguntó Ron, burlándose—, ¿en un trabajo de clase en el que sólo te pusieran
un nueve?