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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
5
A la mañana siguiente, Tom despertó a Harry, sonriendo como de
costumbre con su boca desdentada y llevándole una taza de té. Harry se vistió,
y trataba de convencer a Hedwig de que volviera a la jaula cuando Ron
abrió de golpe la puerta y entró enfadado, poniéndose la camisa.
—Cuanto antes subamos al tren, mejor —dijo—.
Por lo menos en Hogwarts puedo alejarme de Percy. Ahora me acusa de haber
manchado de té su foto de Penelope Clearwater. —Ron hizo una mueca—. Ya sabes,
su novia. Ha ocultado la cara bajo el marco porque su nariz ha quedado
manchada...
—Tengo algo que contarte —comenzó Harry, pero
lo interrumpieron Fred y George, que se asomaron a la habitación para
felicitar a Ron por haber vuelto a enfadar a Percy.
Bajaron a desayunar y encontraron al señor
Weasley, que leía la primera página de El Profeta con el entrecejo fruncido,
y a la señora Weasley, que hablaba a Ginny y a Hermione de un filtro amoroso
que había hecho de joven. Las tres se reían con risa floja.
—¿Qué me ibas a contar? —preguntó Ron a Harry
cuando se sentaron.
—Más tarde —murmuró Harry, al mismo tiempo
que Percy irrumpía en el comedor.
Con el ajetreo de la partida, Harry tampoco
tuvo tiempo de hablar con Ron. Todos estaban muy ocupados bajando los baúles
por la estrecha escalera del Caldero Chorreante y apilándolos en la puerta, con
Hedwig y Hermes, la lechuza de Percy, encaramadas en sus jaulas.
Al lado de los baúles había un pequeño cesto de mimbre que bufaba ruidosamente.
—Vale, Crookshanks —susurró Hermione a
través del mimbre—, te dejaré salir en el tren.
—No lo harás —dijo Ron terminantemente—. ¿Y
la pobre Scabbers?
Se señaló el bolsillo del pecho, donde un
bulto revelaba que Scabbers estaba allí acurrucada.
El señor Weasley, que había aguardado fuera a
los coches del Ministerio, se asomó al interior.
—Aquí están —anunció—. Vamos, Harry.
El señor Weasley condujo a Harry a través del
corto trecho de acera hasta el primero de los dos coches antiguos de color
verde oscuro, los dos conducidos por brujos de mirada furtiva con uniforme de
terciopelo verde esmeralda.
—Sube, Harry —dijo el señor Weasley, mirando
a ambos lados de la calle llena de gente. Harry subió a la parte trasera del
coche, y enseguida se reunieron con él Hermione y Ron, y para disgusto de Ron,
también Percy
El viaje hasta King’s Cross fue muy
tranquilo, comparado con el que Harry había hecho en el autobús noctámbulo.
Los coches del Ministerio de Magia parecían bastante normales, aunque Harry vio
que podían deslizarse por huecos que no podría haber traspasado el coche nuevo
de la empresa de tío Vernon. Llegaron a King’s Cross con veinte minutos de
adelanto; los conductores del Ministerio les consiguieron carritos,
descargaron los baúles, saludaron al señor Weasley y se alejaron, poniéndose,
sin que se supiera cómo, en cabeza de una hilera de coches parados en el
semáforo.
El señor Weasley se mantuvo muy pegado a
Harry durante todo el camino de la estación.
—Bien, pues —propuso mirándolos a todos—.
Como somos muchos, vamos a entrar de dos en dos. Yo pasaré primero con Harry.
El señor Weasley fue hacia la barrera que
había entre los andenes nueve y diez, empujando el carrito de Harry y, según
parecía, muy interesado por el Intercity 125 que acababa de entrar por la vía
9. Dirigiéndole a Harry una elocuente mirada, se apoyó contra la barrera como
sin querer. Harry lo imitó.
Un instante después, cayeron de lado a través
del metal sólido y se encontraron en el andén nueve y tres cuartos. Levantaron
la mirada y vieron el expreso de Hogwarts, un tren de vapor de color rojo que
echaba humo sobre un andén repleto de magos y brujas que acompañaban al tren a
sus hijos. De repente, detrás de Harry aparecieron Percy y Ginny. Jadeaban y
parecía que habían atravesado la barrera corriendo.
—¡Ah, ahí está Penelope! —dijo Percy,
alisándose el pelo y sonrojándose.
Ginny miró a Harry, y ambos se volvieron para
ocultar la risa en el momento en que Percy se acercó sacando pecho (para que
ella no pudiera dejar de notar la insignia reluciente) a una chica de pelo
largo y rizado.
Después de que Hermione y el resto de los
Weasley se reunieran con ellos, Harry y el señor Weasley se abrieron paso hasta
el final del tren, pasaron ante compartimentos repletos de gente y llegaron
finalmente a un vagón que estaba casi vacío. Subieron los baúles, pusieron a Hedwig
y a Crookshanks en la rejilla portaequipajes, y volvieron a salir
para despedirse de los padres de Ron.
La señora Weasley besó a todos sus hijos,
luego a Hermione y por último a Harry Éste se sintió embarazado pero muy
agradecido cuando ella le dio un abrazo de más.
—Cuídate, Harry ¿Lo harás? —dijo separándose
de él, con los ojos especialmente brillantes. Luego abrió su enorme bolso y
dijo—: He preparado bocadillos para todos. Aquí los tenéis, Ron... no, no son
de conserva de buey.. Fred... ¿dónde está Fred? ¡Ah, estás ahí, cariño...!
—Harry —le dijo en voz baja el señor
Weasley—, ven aquí un momento.
Señaló una columna con la cabeza y Harry lo
siguió hasta ella. Se pusieron detrás, dejando a los otros con la señora
Weasley
—Tengo que decirte una cosa antes de que te
vayas —dijo el señor Weasley con voz tensa.
—No es necesario, señor Weasley Ya lo sé.
—¿Que lo sabes? ¿Cómo has podido saberlo?
—Yo... eh... les oí anoche a usted y a su
mujer. No pude evitarlo. Lo siento...
—No quería que te enteraras de esa forma
—dijo el señor Weasley, nervioso.
—No... Ha sido la mejor manera. Así me he
podido enterar y usted no ha faltado a la palabra que le dio a Fudge.
—Harry, debes de estar muy asustado...
—No lo estoy —contestó Harry con sinceridad—.
De verdad —añadió, porque el señor Weasley lo miraba incrédulo—. No trato de
parecer un héroe, pero Sirius Black no puede ser peor que Voldemort, ¿verdad?
El señor Weasley se estremeció al oír aquel
nombre, pero no comentó nada.
—Harry, sabía que estabas hecho..., bueno, de
una pasta más dura de lo que Fudge cree. Me alegra que no tengas miedo,
pero...
—¡Arthur! —gritó la señora Weasley, que ya
hacía subir a los demás al tren—. ¡Arthur!, ¿qué haces? ¡Está a punto de irse!
—Ya vamos, Molly —dijo el señor Weasley Pero
se volvió a Harry y siguió hablando, más bajo y más aprisa—. Escucha, quiero
que me des tu palabra...
—¿De que seré un buen chico y me quedaré en
el castillo? —preguntó Harry con tristeza.
—No exactamente —respondió el señor Weasley,
más serio que nunca—. Harry, prométeme que no irás en busca de Black.
Harry lo miró fijamente.
—¿Qué?
Se oyó un potente silbido y pasaron unos
guardias cerrando todas las puertas del tren.
—Prométeme, Harry —dijo el señor Weasley
hablando aún más aprisa—, que ocurra lo que ocurra...
—¿Por qué iba a ir yo detrás de alguien que
sé que quiere matarme? —preguntó Harry, sin comprender.
—Prométeme que, oigas lo que oigas...
—¡Arthur; aprisa! —gritó la señora Weasley.
Salía vapor del tren. Éste había comenzado a
moverse. Harry corrió hacia la puerta del vagón, y Ron la abrió y se echó atrás
para dejarle paso. Se asomaron por la ventanilla y dijeron adiós con la mano a
los padres de los Weasley hasta que el tren dobló una curva y se perdieron de
vista.
—Tengo que hablaros a solas —dijo entre
dientes a Ron y Hermione en cuanto el tren cogió velocidad.
—Vete,
Ginny —dijo Ron.
—¡Qué agradable eres! —respondió Ginny de mal
humor; y se marchó muy ofendida.
Harry, Ron y Hermione fueron por el pasillo
en busca de un compartimento vacío, pero todos estaban llenos salvo uno que se
encontraba justo al final.
En éste sólo había un ocupante: un hombre que
estaba sentado al lado de la ventana y profundamente dormido. Harry, Ron y
Hermione se detuvieron ante la puerta. El expreso de Hogwarts estaba reservado
para estudiantes y nunca habían visto a un adulto en él, salvo la bruja que llevaba
el carrito de la comida.
El extraño llevaba una túnica de mago muy
raída y remendada. Parecía enfermo y exhausto. Aunque joven, su pelo castaño
claro estaba veteado de gris.
—¿Quién será? —susurró Ron en el momento en
que se sentaban y cerraban la puerta, eligiendo los asientos más alejados de la
ventana.
—Es el profesor R. J. Lupin —susurró Hermione
de inmediato.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo pone en su maleta —respondió Hermione
señalando el portaequipajes que había encima del hombre dormido, donde había
una maleta pequeña y vieja atada con una gran cantidad de nudos. El nombre,
«Profesor R. J. Lupin», aparecía en una de las esquinas, en letras medio desprendidas.
—Me pregunto qué enseñará —dijo Ron
frunciendo el entrecejo y mirando el pálido perfil del profesor Lupin.
—Está claro —susurró Hermione—. Sólo hay una
vacante, ¿no es así? Defensa Contra las Artes Oscuras.
Harry, Ron y Hermione ya habían tenido dos
profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras, que habían durado sólo un año
cada uno. Se decía que el puesto estaba gafado.
—Bueno, espero que no sea como los anteriores
—dijo Ron no muy convencido—. No parece capaz de sobrevivir a un maleficio
hecho como Dios manda. Pero bueno, ¿qué nos ibas a contar?
Harry explicó la conversación entre los
padres de Ron y las advertencias que el señor Weasley acababa de hacerle.
Cuando terminó, Ron parecía atónito y Hermione se tapaba la boca con las manos.
Las apartó para decir:
—¿Sirius Black escapó para ir detrás de ti?
¡Ah, Harry, tendrás que tener muchísimo cuidado! No vayas en busca de
problemas...
—Yo no busco problemas —respondió Harry,
molesto—. Los problemas normalmente me encuentran a mí.
—¡Qué tonto tendría que ser Harry para ir
detrás de un chalado que quiere matarlo! —exclamó Ron, temblando.
Se tomaban la noticia peor de lo que Harry
había esperado. Tanto Ron como Hermione parecían tenerle a Black más miedo que
él.
—Nadie sabe cómo se ha escapado de Azkaban
—dijo Ron, incómodo—. Es el primero. Y estaba en régimen de alta seguridad.
—Pero lo atraparán, ¿a que sí? —dijo Hermione
convencida—. Bueno, están buscándolo también todos los muggles...
—¿Qué es ese ruido? —preguntó de repente Ron.
De algún lugar llegaba un leve silbido.
Miraron por el compartimento.
—Viene de tu baúl, Harry —dijo Ron poniéndose
en pie y alcanzando el portaequipajes.
Un momento después, había sacado el
chivatoscopio de bolsillo de entre la túnica de Harry. Daba vueltas muy aprisa
sobre la palma de la mano de Ron, brillando muy intensamente.
—¿Eso es un chivatoscopio? —preguntó Hermione
con interés, levantándose para verlo mejor.
—Sí... Pero claro, es de los más baratos —dijo
Ron—. Se puso como loco cuando lo até a la pata de Errol para enviárselo
a Harry.
—¿No hacías nada malo en ese momento?
—preguntó Hermione con perspicacia.
—¡No! Bueno..., no debía utilizar a Errol.
Ya sabes que no está preparado para viajes largos... Pero ¿de qué otra manera
hubiera podido hacerle llegar a Harry el regalo?
—Vuélvelo a meter en el baúl —le aconsejó
Harry, porque su silbido les perforaba los oídos— o le despertará.
Señaló al profesor Lupin con la cabeza. Ron
metió el chivatoscopio en un calcetín especialmente horroroso de tío Vernon,
que ahogó el silbido, y luego cerró el baúl.
—Podríamos llevarlo a que lo revisen en
Hogsmeade —dijo Ron, volviendo a sentarse. Fred y George me han dicho que en
Dervish y Banges, una tienda de instrumentos mágicos, venden cosas de este
tipo.
—¿Sabes más cosas de Hogsmeade? —dijo
Hermione con entusiasmo—. He leído que es la única población enteramente no
muggle de Gran Bretaña...
—Sí, eso creo —respondió Ron de modo brusco—.
Pero no es por eso por lo que quiero ir. ¡Sólo quiero entrar en Honeydukes!
—¿Qué es eso? —preguntó Hermione.
—Es una tienda de golosinas —respondió Ron,
poniendo cara de felicidad—, donde tienen de todo... Diablillos de pimienta
que te hacen echar humo por la boca... y grandes bolas de chocolate rellenas de
mousse de fresa y nata de Cornualles, y plumas de azúcar que puedes
chupar en clase y parecer que estás pensando lo que vas a escribir a
continuación...
—Pero Hogsmeade es un lugar muy interesante
—presionó Hermione con impaciencia—. En Lugares históricos de la brujería se
dice que la taberna fue el centro en que se gestó la revuelta de los duendes
de 1612. Y la Casa de los Gritos se considera el edificio más embrujado de Gran
Bretaña...
—... Y enormes bolas de helado que te levantan
unos centímetros del suelo mientras les das lenguetazos —continuó Ron, que no
oía nada de lo que decía Hermione.
Hermione se volvió hacia Harry.
—¿No será estupendo salir del colegio para
explorar Hogsmeade?
—Supongo que sí—respondió Harry apesadumbrado—.
Ya me lo contaréis cuando lo hayáis descubierto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron.
—Yo no puedo ir. Los Dursley no firmaron la
autorización y Fudge tampoco quiso hacerlo.
Ron se quedó horrorizado.
—¿Que no puedes venir? Pero... hay que buscar
la forma... McGonagall o algún otro te dará permiso...
Harry se rió con sarcasmo. La profesora
McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, era muy estricta.
—Podemos preguntar a Fred y a George. Ellos
conocen todos los pasadizos secretos para salir del castillo...
—¡Ron! —le interrumpió Hermione—. Creo que
Harry no debería andar saliendo del colegio a escondidas estando suelto
Black...
—Ya, supongo que eso es lo que dirá
McGonagall cuando le pida el permiso
—observó Harry.
—Pero si nosotros estamos con él... Black no
se atreverá a...
—No digas tonterías, Ron —interrumpió
Hermione—. Black ha matado a un montón de gente en mitad de una calle
concurrida. ¿Crees realmente que va a dejar de atacar a Harry porque estemos
con él?
Mientras hablaba, Hermione enredaba las manos
en la correa de la cesta en que iba Crookshanks.
—¡No dejes suelta esa cosa! —exclamó Ron.
Pero ya era demasiado tarde. Crookshanks saltó
con ligereza de la cesta, se desperezó, bostezó y se subió de un brinco a las
rodillas de Ron; el bulto del bolsillo de Ron estaba temblando y él se quitó
al gato de encima, dándole un empujón irritado.
—¡Apártate de aquí!
—¡No, Ron! —exclamó Hermione con enfado.
Ron estaba a punto de responder cuando el profesor
Lupin se movió. Lo miraron con aprensión, pero él se limitó a volver la cabeza
hacia el otro lado, con la boca todavía ligeramente abierta, y siguió
durmiendo.
El expreso de Hogwarts seguía hacia el norte,
sin detenerse. Y el paisaje que se veía por las ventanas se fue volviendo más
agreste y oscuro mientras aumentaban las nubes.
A través de la puerta del compartimento se
veía pasar gente hacia uno y otro lado. Crookshanks se había instalado
en un asiento vacío, con su cara aplastada vuelta hacia Ron, y tenía los ojos
amarillentos fijos en su bolsillo superior.
A la una en punto llegó la bruja regordeta
que llevaba el carrito de la comida.
—¿Crees que deberíamos despertarlo? —preguntó
Ron, incómodo, señalando al profesor Lupin con la cabeza—. Por su aspecto, creo
que le vendría bien tomar algo.
Hermione se aproximó cautelosamente al
profesor Lupin.
—Eeh... ¿profesor? —dijo—. Disculpe...
¿profesor?
El dormido no se inmutó.
—No te preocupes, querida —dijo la bruja,
entregándole a Harry unos pasteles con forma de caldero—. Si se despierta con
hambre, estaré en la parte delantera, con el maquinista.
—Está dormido, ¿verdad? —dijo Ron en voz
baja, cuando la bruja cerró la puerta del compartimento—. Quiero decir que...
no está muerto, claro.
—No, no: respira —susurró Hermione, cogiendo
el pastel en forma de caldero que le alargaba Harry
Tal vez no fuera un ameno compañero de viaje,
pero la presencia del profesor Lupin en el compartimento tenía su lado bueno. A
media tarde, cuando empezó a llover y la lluvia emborronaba las colinas,
volvieron a oír a alguien por el pasillo, y las tres personas a las que tenían
menos aprecio aparecieron en la puerta: Draco Malfoy y sus dos amigotes,
Vincent Crabbe y Gregory Goyle.
Draco Malfoy y Harry se habían convertido en
enemigos desde que se conocieron, en su primer viaje en tren a Hogwarts.
Malfoy, que tenía una cara pálida, puntiaguda y como de asco, pertenecía a la
casa de Slytherin. Era buscador en el equipo de quidditch de Slytherin, el
mismo puesto que tenía Harry en el de Gryffindor. Crabbe y Goyle parecían no
tener otro objeto en la vida que hacer lo que quisiera Malfoy. Los dos eran
corpulentos y musculosos. Crabbe era el más alto, y llevaba un corte de pelo
de tazón y tenía el cuello muy grueso. Goyle llevaba el pelo corto y erizado,
y tenía brazos de gorila.
—Bueno, mirad quiénes están ahí —dijo Malfoy
con su habitual manera de hablar; arrastrando las palabras. Abrió la puerta del
compartimento—. El chalado y la rata.
Crabbe y Goyle se rieron como bobos.
—He oído que tu padre por fin ha tocado oro
este verano —dijo Malfoy—. ¿No se habrá muerto tu madre del susto?
Ron se levantó tan aprisa que tiró al suelo
el cesto de Crookshanks. El profesor Lupin roncó.
—¿Quién es ése? —preguntó Malfoy, dando un
paso atrás en cuanto se percató de la presencia de Lupin.
—Un nuevo profesor —contestó Harry, que se
había levantado también por si tenía que sujetar a Ron—. ¿Qué decías, Malfoy?
Malfoy entornó sus ojos claros. No era tan
idiota como para pelearse delante de un profesor.
—Vámonos —murmuró a Crabbe y Goyle, con
rabia.
Y desaparecieron.
Harry y Ron volvieron a sentarse. Ron se
frotaba los nudillos.
—No pienso aguantarle nada a Malfoy este
curso —dijo enfadado—. Lo digo en serio. Si hace otro comentario así sobre mi
familia, le cogeré la cabeza y...
Ron hizo un gesto violento.
—Cuidado, Ron —susurró Hermione, señalando al
profesor Lupin—. Cuidado...
Pero el profesor Lupin seguía profundamente
dormido.
La lluvia arreciaba a medida que el tren
avanzaba hacia el norte; las ventanillas eran ahora de un gris brillante que se
oscurecía poco a poco, hasta que encendieron las luces que había a lo largo del
pasillo y en el techo de los compartimentos. El tren traqueteaba, la lluvia
golpeaba contra las ventanas, el viento rugía, pero el profesor Lupin seguía
durmiendo.
—Debemos de estar llegando —dijo Ron,
inclinándose hacia delante para mirar a través del reflejo del profesor Lupin
por la ventanilla, ahora completamente negra.
Acababa de decirlo cuando el tren empezó a
reducir la velocidad.
—Estupendo —dijo Ron, levantándose y yendo
con cuidado hacia el otro lado del profesor Lupin, para ver algo fuera del
tren—. Me muero de hambre. Tengo unas ganas de que empiece el banquete...
—No podemos haber llegado aún —dijo Hermione
mirando el reloj.
—Entonces, ¿por qué nos detenemos?
El tren iba cada vez más despacio. A medida
que el ruido de los pistones se amortiguaba, el viento y la lluvia sonaban con
más fuerza contra los cristales.
Harry, que era el que estaba más cerca de la
puerta, se levantó para mirar por el pasillo. Por todo el vagón se asomaban
cabezas curiosas. El tren se paró con una sacudida, y distintos golpes
testimoniaron que algunos baúles se habían caído de los portaequipajes. A
continuación, sin previo aviso, se apagaron todas las luces y quedaron sumidos
en una oscuridad total.
—¿Qué sucede? —dijo detrás de Harry la voz de
Ron.
—¡Ay! —gritó Hermione—. ¡Me has pisado, Ron!
Harry volvió a tientas a su asiento.
—¿Habremos tenido una avería?
—No sé...
Se oyó el sonido que produce la mano frotando
un cristal mojado, y Harry vio la silueta negra y borrosa de Ron, que limpiaba
el cristal y miraba fuera.
—Algo pasa ahí fuera —dijo Ron—. Creo que
está subiendo gente...
La puerta del compartimento se abrió de
repente y alguien cayó sobre las piernas de Harry, haciéndole daño.
—¡Perdona! ¿Tienes alguna idea de lo que
pasa? ¡Ay! Lo siento...
—Hola, Neville —dijo Harry, tanteando en la
oscuridad, y tirando hacia arriba de la capa de Neville.
—¿Harry?
¿Eres tú? ¿Qué
sucede?
—¡No tengo ni idea! Siéntate...
Se oyó un bufido y un chillido de dolor.
Neville había ido a sentarse sobre Crookshanks.
—Voy a preguntarle al maquinista qué sucede.
—Harry notó que pasaba por su lado, oyó abrirse de nuevo la puerta, y después
un golpe y dos fuertes chillidos de dolor.
—¿Quién eres?
—¿Quién eres?
—¿Ginny?
—¿Hermione?
—¿Qué haces?
—Buscaba a Ron...
—Entra y siéntate...
—Aquí no —dijo Harry apresuradamente—. ¡Estoy
yo!
—¡Ay! —exclamó Neville.
—¡Silencio! —dijo de repente una voz ronca.
Por fin se había despertado el profesor
Lupin. Harry oyó que algo se movía en el rincón que él ocupaba. Nadie dijo
nada.
Se oyó un chisporroteo y una luz parpadeante
iluminó el compartimento. El profesor Lupin parecía tener en la mano un puñado
de llamas que le iluminaban la cansada cara gris. Pero sus ojos se mostraban
cautelosos.
—No os mováis —dijo con la misma voz ronca, y
se puso de pie, despacio, con el puñado de llamas enfrente de él. La puerta se
abrió lentamente antes de que Lupin pudiera alcanzarla.
De pie, en el umbral, iluminado por las
llamas que tenía Lupin en la mano, había una figura cubierta con capa y que
llegaba hasta el techo. Tenía la cara completamente oculta por una capucha.
Harry miró hacia abajo y lo que vio le hizo contraer el estómago. De la capa
surgía una mano gris, viscosa y con pústulas. Como algo que estuviera muerto y
se hubiera corrompido bajo el agua...
Sólo estuvo a la vista una fracción de segundo.
Como si el ser que se ocultaba bajo la capa hubiera notado la mirada de Harry,
la mano se metió entre los pliegues de la tela negra.
Y entonces aspiró larga, lenta, ruidosamente,
como si quisiera succionar algo más que aire.
Un frío intenso se extendió por encima de
todos. Harry fue consciente del aire que retenía en el pecho. El frío penetró
más allá de su piel, le penetró en el pecho, en el corazón...
Los ojos de Harry se quedaron en blanco. No
podía ver nada. Se ahogaba de frío. Oyó correr agua. Algo lo arrastraba hacia
abajo y el rugido del agua se hacía más fuerte...
Y entonces, a lo lejos, oyó unos
aterrorizados gritos de súplica. Quería ayudar a quien fuera. Intentó mover los
brazos, pero no pudo. Una niebla espesa y blanca lo rodeaba, y también estaba
dentro de él...
—¡Harry! ¡Harry! ¿Estás bien?
Alguien le daba palmadas en la cara.
—¿Qué?
Harry abrió los ojos. Sobre él había algunas
luces y el suelo temblaba... El expreso de Hogwarts se ponía en marcha y la
luz había vuelto. Por lo visto había resbalado del asiento y caído al suelo.
Ron y Hermione estaban arrodillados a su lado, y por encima de ellos vio a
Neville y al profesor Lupin, mirándolo. Harry sentía ganas de vomitar. Al levantar
la mano para subirse las gafas, notó su cara cubierta por un sudor frío.
Ron y Hermione lo ayudaron a levantarse y a
sentarse en el asiento.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Ron,
asustado.
—Sí —dijo Harry, mirando rápidamente hacia la
puerta. El ser encapuchado había desaparecido—. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está
ese... ese ser? ¿Quién gritaba?
—No gritaba nadie —respondió Ron, aún más
asustado.
Harry examinó el compartimento iluminado.
Ginny y Neville lo miraron, muy pálidos.
—Pero he oído gritos...
Todos se sobresaltaron al oír un chasquido.
El profesor Lupin partía en trozos una tableta de chocolate.
—Toma —le dijo a Harry, entregándole un trozo
especialmente grande—. Cómetelo. Te ayudará.
Harry cogió el chocolate, pero no se lo
comió.
—¿Qué era ese ser? —le preguntó a Lupin.
—Un dementor —respondió Lupin,
repartiendo el chocolate entre los demás—. Era uno de los dementores de Azkaban.
Todos lo miraron. El profesor Lupin arrugó el
envoltorio vacío de la tableta de chocolate y se lo guardó en el bolsillo.
—Coméoslo —insistió—. Os vendrá bien. Disculpadme,
tengo que hablar con el maquinista...
Pasó por delante de Harry y desapareció por
el pasillo.
—¿Seguro que estás bien, Harry? —preguntó
Hermione con preocupación, mirando a Harry
—No entiendo... ¿Qué ha sucedido? —preguntó
Harry, secándose el sudor de la cara.
—Bueno, ese ser... el dementor... se quedó
ahí mirándonos (es decir; creo que nos miraba, porque no pude verle la cara),
y tú, tú...
—Creí que te estaba dando un ataque o algo
así —dijo Ron, que parecía todavía asustado—. Te quedaste como rígido, te
caíste del asiento y empezaste a agitarte...
—Y entonces el profesor Lupin pasó por encima
de ti, se dirigió al dementor y sacó su varita —explicó Hermione—. Y dijo:
«Ninguno de nosotros esconde a Sirius Black bajo la capa. Vete.» Pero el dementor
no se movió, así que Lupin murmuró algo y de la varita salió una cosa plateada
hacia el dementor. Y éste dio media vuelta y se fue...
—Ha sido horrible —dijo Neville, en voz más
alta de lo normal—. ¿Notasteis el frío cuando entró?
—Yo tuve una sensación muy rara —respondió
Ron, moviendo los hombros con inquietud—, como si no pudiera ya volver a
sentirme contento...
Ginny, que estaba encogida en su rincón y
parecía sentirse casi tan mal como Harry, sollozó. Hermione se le acercó y le
pasó un brazo por detrás, para reconfortaría.
—Pero ¿no os habéis caído del asiento?
—preguntó Harry, extrañado.
—No —respondió Ron, volviendo a mirar a Harry
con preocupación—. Ginny temblaba como loca, aunque...
Harry no conseguía entender. Estaba débil y
tembloroso, como si se estuviera recuperando de una mala gripe. También sentía
un poco de vergüenza. ¿Por qué había perdido el control de aquella manera,
cuando los otros no lo habían hecho?
El profesor Lupin regresó. Se detuvo al
entrar; miró alrededor y dijo con una breve sonrisa:
—No he envenenado el chocolate, ¿sabéis?
Harry le dio un mordisquito y ante su
sorpresa sintió que algo le calentaba el cuerpo y que el calor se extendía
hasta los dedos de las manos y de los pies.
—Llegaremos a Hogwarts en diez minutos —dijo
el profesor Lupin—. ¿Te encuentras bien, Harry?
Harry no preguntó cómo se había enterado el
profesor Lupin de su nombre.
—Sí —dijo, un poco confuso.
No hablaron apenas durante el resto del
viaje. Finalmente se detuvo el tren en la estación de Hogsmeade, y se formó
mucho barullo para salir del tren: las lechuzas ululaban, los gatos maullaban y
el sapo de Neville croaba debajo de su sombrero. En el pequeño andén hacía un
frío que pelaba; la lluvia era una ducha de hielo.
—¡Por aquí los de primer curso! —gritaba una
voz familiar. Harry, Ron y Hermione se volvieron y vieron la silueta gigante
de Hagrid en el otro extremo del andén, indicando por señas a los nuevos
estudiantes (que estaban algo asustados) que se adelantaran para iniciar el
tradicional recorrido por el lago.
—¿Estáis bien los tres? —gritó Hagrid, por
encima de la multitud.
Lo saludaron con la mano, pero no pudieron
hablarle porque la multitud los empujaba a lo largo del andén. Harry, Ron y
Hermione siguieron al resto de los alumnos y salieron a un camino embarrado y
desigual, donde aguardaban al resto de los alumnos al menos cien diligencias,
todas tiradas (o eso suponía Harry) por caballos invisibles, porque cuando
subieron a una y cerraron la portezuela, se puso en marcha ella sola, dando
botes.
La diligencia olía un poco a moho y a paja.
Harry se sentía mejor después de tomar el chocolate, pero aún estaba débil.
Ron y Hermione lo miraban todo el tiempo de reojo, como si tuvieran miedo de
que perdiera de nuevo el conocimiento.
Mientras el coche avanzaba lentamente hacia
unas suntuosas verjas de hierro flanqueadas por columnas de piedra coronadas
por estatuillas de cerdos alados, Harry vio a otros dos dementores encapuchados
y descomunales, que montaban guardia a cada lado. Estuvo a punto de darle otro
frío vahído. Se reclinó en el asiento lleno de bultos y cerró los ojos hasta
que hubieron atravesado la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y
empinado camino que llevaba al castillo; Hermione se asomaba por la ventanilla
para ver acercarse las pequeñas torres. Finalmente, el carruaje se detuvo y
Hermione y Ron bajaron.
Al bajar; Harry oyó una voz que arrastraba
alegremente las sílabas:
—¿Te has desmayado, Potter? ¿Es verdad lo que
dice Longbottom? ¿Realmente te desmayaste?
Malfoy le dio con el codo a Hermione al pasar
por su lado, y salió al paso de Harry, que subía al castillo por la escalinata
de piedra. Sus ojos claros y su cara alegre brillaban de malicia.
—¡Lárgate, Malfoy! —dijo Ron con las mandíbulas
apretadas.
—¿Tú también te desmayaste, Weasley?
—preguntó Malfoy, levantando la voz—. ¿También te asustó a ti el viejo
dementor; Weasley?
—¿Hay algún problema? —preguntó una voz
amable. El profesor Lupin acababa de bajarse de la diligencia que iba detrás de
la de ellos.
Malfoy dirigió una mirada insolente al
profesor Lupin, y vio los remiendos de su ropa y su maleta desvencijada. Con
cierto sarcasmo en la voz, dijo:
—Oh, no, eh... profesor...
Entonces dirigió a Crabbe y Goyle una
sonrisita, y subieron los tres hacia el castillo.
Hermione pinchaba a Ron en la espalda para
que se diera prisa, y los tres se unieron a la multitud apiñada en la parte
superior; a través de las gigantescas puertas de roble, y en el interior del
vestíbulo, que estaba iluminado con antorchas y acogía una magnífica escalera
de mármol que conducía a los pisos superiores.
A la derecha, abierta, estaba la puerta que
daba al Gran Comedor. Harry siguió a la multitud, pero apenas vislumbró el
techo encantado, que aquella noche estaba negro y nublado, cuando lo llamó una
voz:
—¡Potter, Granger, quiero hablar con
vosotros!
Harry y Hermione dieron media vuelta,
sorprendidos. La profesora McGonagall, que daba clase de Transformaciones y
era la jefa de la casa de Gryffindor; los llamaba por encima de las cabezas de
la multitud. Tenía una expresión severa y un moño en la nuca; sus penetrantes
ojos se enmarcaban en unas gafas cuadradas. Harry se abrió camino hasta ella
con cierta dificultad y un poco de miedo. Había algo en la profesora McGonagall
que solía hacer que Harry sintiera que había hecho algo malo.
—No tenéis que poner esa cara de asustados,
sólo quiero hablar con vosotros en mi despacho —les dijo—. Ve con los demás,
Weasley.
Ron se les quedó mirando mientras la
profesora McGonagall se alejaba con Harry y Hermione de la bulliciosa multitud;
la acompañaron a través del vestíbulo, subieron la escalera de mármol y
recorrieron un pasillo.
Ya en el despacho (una pequeña habitación que
tenía una chimenea en la que ardía un fuego abundante y acogedor), hizo una
señal a Harry y a Hermione para que se sentaran. También ella se sentó, detrás
del escritorio, y dijo de pronto:
—El profesor Lupin ha enviado una lechuza
comunicando que te sentiste indispuesto en el tren, Potter.
Antes de que Harry pudiera responder; se oyó
llamar suavemente a la puerta, y la señora Pomfrey, la enfermera, entró con
paso raudo. Harry se sonrojó. Ya resultaba bastante embarazoso haberse
desmayado o lo que le hubiera pasado, para que encima armaran aquel lío.
—Estoy bien —dijo—, no necesito nada...
—Ah, eres tú —dijo la señora Pomfrey, sin
escuchar lo que decían e inclinándose para mirarlo de cerca—. Supongo que has
estado otra vez metiéndote en algo peligroso.
—Ha sido un dementor; Poppy ——dijo la profesora
McGonagall.
Cambiaron una mirada sombría y la señora
Pomfrey chascó la lengua con reprobación.
—Poner dementores en un colegio —murmuró
echando para atrás la silla de Harry y apoyando una mano en su frente—. No será
el primero que se desmaya. Sí, está empapado en sudor. Son seres terribles, y
el efecto que tienen en la gente que ya de por sí es delicada...
—¡Yo no soy delicado! —repuso Harry,
ofendido.
—Por supuesto que no —admitió distraídamente
la señora Pomfrey, tomándole el pulso.
—¿Qué le prescribe? —preguntó resueltamente
la profesora McGonagall—. ¿Guardar cama? ¿Debería pasar esta noche en la
enfermería?
—¡Estoy bien! —repuso Harry, poniéndose en
pie de un brinco. Le atormentaba pensar en lo que diría Malfoy si lo enviaban
por aquello a la enfermería.
—Bueno. Al menos tendría que tomar chocolate
—dijo la señora Pomfrey, que intentaba examinar los ojos de Harry.
—Ya he tomado un poco. El profesor Lupin me
lo dio. Nos dio a todos.
—¿Sí? —dijo con aprobación la señora
Pomfrey—. ¡Así que por fin tenemos un profesor de Defensa Contra las Artes
Oscuras que conoce los remedios!
—¿Estás seguro de que te sientes bien,
Potter? —preguntó la profesora McGonagall.
—Sí —dijo Harry.
—Muy bien. Haz el favor de esperar fuera
mientras hablo un momento con la señorita Granger sobre su horario. Luego
podremos bajar al banquete todos juntos.
Harry salió al corredor con la señora
Pomfrey, que se marchó hacia la enfermería murmurando algo para sí. Harry sólo
tuvo que esperar unos minutos. A continuación salió Hermione, radiante de
felicidad, seguida por la profesora McGonagall, y los tres bajaron las
escaleras de mármol, hacia el Gran Comedor.
Estaba lleno de capirotes negros. Las cuatro
mesas largas estaban llenas de estudiantes. Sus caras brillaban a la luz de
miles de velas. El profesor Flitwick, que era un brujo bajito y con el pelo
blanco, salió con un viejo sombrero y un taburete de tres patas.
—¡Nos hemos perdido la selección! —dijo
Hermione en voz baja.
Los nuevos alumnos de Hogwarts obtenían casa
por medio del Sombrero Seleccionador; que iba gritando el nombre de la casa
más adecuada para cada uno (Gryffindor; Ravenclaw, Hufflepuff, Slytherin). La
profesora McGonagall se dirigió con paso firme a su asiento en la mesa de los
profesores, y Harry y Hermione se encaminaron en sentido contrario, hacia la
mesa de Gryffindor, tan silenciosamente como les fue posible. La gente se
volvía para mirarlos cuando pasaban por la parte trasera del Comedor y algunos
señalaban a Harry. ¿Había corrido tan rápido la noticia de su desmayo delante
del dementor?
Él y Hermione se sentaron a ambos lados de
Ron, que les había guardado los asientos.
—¿De qué iba la cosa? —le preguntó a Harry.
Comenzó a explicarse en un susurro, pero
entonces el director se puso en pie para hablar y Harry se calló.
El profesor Dumbledore, aunque viejo, siempre
daba la impresión de tener mucha energía. Su pelo plateado y su barba tenían
más de medio metro de longitud; llevaba gafas de media luna; y tenía una nariz
extremadamente curva. Solían referirse a él como al mayor mago de la época,
pero no era por eso por lo que Harry le tenía tanto respeto. No se podía menos
de confiar en Albus Dumbledore, y cuando Harry lo vio sonreír con franqueza a
todos los estudiantes, se sintió tranquilo por vez primera desde que el
dementor había entrado en el compartimento del tren.
—¡Bienvenidos! —dijo Dumbledore, con la luz
de la vela reflejándose en su barba—. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en
Hogwarts! Tengo algunas cosas que deciros a todos, y como una es muy seria, la
explicaré antes de que nuestro excelente banquete os deje aturdidos.
—Dumbledore se aclaró la garganta y continuó—: Como todos sabéis después del registro
que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro
colegio a algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos
relacionados con el Ministerio de Magia. —Se hizo una pausa y Harry recordó que
el señor Weasley había dicho sobre que a Dumbledore no lo le agradaba que los
dementores custodiaran el colegio—. Están apostados en las entradas a los
terrenos del colegio —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que
mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no
se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles
—añadió como quien no quiere la cosa, y Harry y Ron se miraron—. No está en la
naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, os
advierto a todos y cada uno de vosotros que no debéis darles ningún motivo para
que os hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los
Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de
los dementores.
Percy, que se sentaba a unos asientos de
distancia de Harry, volvió a sacar pecho y miró a su alrededor orgullosamente.
Dumbledore hizo otra pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie
movió un dedo ni dijo nada.
—Por hablar de algo más alegre —continuó—,
este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos
profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a
enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras.
Hubo algún aplauso aislado y carente de
entusiasmo. Sólo los que habían estado con él en el tren aplaudieron con ganas,
Harry entre ellos. El profesor Lupin parecía un adán en medio de los demás
profesores, que iban vestidos con sus mejores togas.
—¡Mira a Snape! —le susurró Ron a Harry en el
oído.
El profesor Snape, el especialista en
Pociones, miraba al profesor Lupin desde el otro lado de la mesa de los profesores.
Era sabido que Snape anhelaba aquel puesto, pero incluso a Harry, que
aborrecía a Snape, le asombraba la expresión que tenía en aquel momento,
crispando su rostro delgado y cetrino. Era más que enfado: era odio. Harry conocía
muy bien aquella expresión: era la que Snape adoptaba cada vez que lo veía a
él.
—En cuanto al otro último nombramiento
—prosiguió Dumbledore cuando se apagó el tibio aplauso para el profesor
Lupin—, siento deciros que el profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado
de Criaturas Mágicas, se retiró al final del pasado curso para poder
aprovechar en la intimidad los miembros que le quedan. Sin embargo, estoy
encantado de anunciar que su lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que
ha accedido a compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques.
Harry, Ron y Hermione se miraron atónitos.
Luego se unieron al aplauso, que fue especialmente caluroso en la mesa de
Gryffindor. Harry se inclinó para ver a Hagrid, que estaba rojo como un tomate
y se miraba las enormes manos, con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.
—¡Tendríamos que haberlo adivinado! —dijo
Ron, dando un puñetazo en la mesa—. ¿Qué otro habría sido capaz de mandarnos
que compráramos un libro que muerde?
Harry, Ron y Hermione fueron los últimos en
dejar de aplaudir; y cuando el profesor Dumbledore volvió a hablar, pudieron
ver que Hagrid se secaba los ojos con el mantel.
—Bien, creo que ya he dicho todo lo
importante —dijo Dumbledore—. ¡Que comience el banquete!
Las fuentes doradas y las copas que tenían
delante se llenaron de pronto de comida y bebida. Harry, que de repente se dio
cuenta de que tenía un hambre atroz, se sirvió de todo lo que estaba a su
alcance, y empezó a comer.
Fue un banquete delicioso. El Gran Comedor se
llenó de conversaciones, de risas y del tintineo de los cuchillos y tenedores.
Harry, Ron y Hermione, sin embargo, tenían ganas de que terminara para hablar
con Hagrid. Sabían cuánto significaba para él ser profesor. Hagrid no era un
mago totalmente cualificado; había sido expulsado de Hogwarts en tercer curso
por un delito que no había cometido. Fueron Harry, Ron y Hermione quienes,
durante el curso anterior; habían limpiado el nombre de Hagrid.
Finalmente, cuando los últimos bocados de
tarta de calabaza desaparecieron de las bandejas doradas, Dumbledore anunció
que era hora de que todos se fueran a dormir y ellos vieron llegado su momento.
—¡Enhorabuena, Hagrid! —gritó Hermione muy
alegre, cuando llegaron a la mesa de los profesores.
—Todo ha sido gracias a vosotros tres —dijo
Hagrid mientras los miraba, secando su cara brillante en la servilleta—. No
puedo creerlo... Un gran tipo, Dumbledore... Vino derecho a mi cabaña después
de que el profesor Kettleburn dijera que ya no podía más. Es lo que siempre
había querido.
Embargado de emoción, ocultó la cara en la
servilleta y la profesora McGonagall les hizo irse.
Harry, Ron y Hermione se reunieron con los
demás estudiantes de la casa Gryffindor que subían en tropel la escalera de
mármol y, ya muy cansados, siguieron por más corredores y subieron más
escaleras, hasta que llegaron a la entrada secreta de la torre de Gryffindor.
Los interrogó un retrato grande de señora gorda, vestida de rosa:
—¿Contraseña?
—¡Dejadme pasar; dejadme pasar! —gritaba
Percy desde detrás de la multitud—. ¡La última contraseña es «Fortuna Maior»!
—¡Oh, no! —dijo con tristeza Neville
Longbottom. Siempre tenía problemas para recordar las contraseñas.
Después de cruzar el retrato y recorrer la
sala común, chicos y chicas se separaron hacia las respectivas escaleras. Harry
subió la escalera de caracol sin otro pensamiento que la alegría de estar otra
vez en Hogwarts. Llegaron al conocido dormitorio de forma circular; con sus
cinco camas con dosel, y Harry, mirando a su alrededor; sintió que por fin
estaba en casa.