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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
4
Harry tardó varios días en acostumbrarse a su nueva libertad. Nunca se
había podido levantar a la hora que quería, ni comer lo que le gustaba. Podía
ir donde le apeteciera, siempre y cuando estuviera en el callejón Diagon, y
como esta calle larga y empedrada rebosaba de las tiendas de brujería más
fascinantes del mundo, Harry no sentía ningún deseo de incumplir la palabra que
le había dado a Fudge ni de extraviarse por el mundo muggle.
Desayunaba por las mañanas en el Caldero
Chorreante, donde disfrutaba viendo a los demás huéspedes: brujas pequeñas y
graciosas que habían llegado del campo para pasar un día de compras; magos de
aspecto venerable que discutían sobre el último artículo aparecido en la
revista La transformación moderna; brujos de aspecto primitivo;
enanitos escandalosos; y, en cierta ocasión, una bruja malvada con un
pasamontañas de gruesa lana, que pidió un plato de hígado crudo.
Después del desayuno, Harry salía al patio de
atrás, sacaba la varita mágica, golpeaba el tercer ladrillo de la izquierda
por encima del cubo de la basura, y se quedaba esperando hasta que se abría en
la pared el arco que daba al callejón Diagon.
Harry pasaba aquellos largos y soleados días
explorando las tiendas y comiendo bajo sombrillas de brillantes colores en las
terrazas de los cafés, donde los ocupantes de las otras mesas se enseñaban las
compras que habían hecho («es un lunascopio, amigo mío, se acabó el
andar con los mapas lunares, ¿te das cuenta?») o discutían sobre el caso de
Sirius Black («yo no pienso dejar a ninguno de mis chicos que salga solo hasta
que Sirius vuelva a Azkaban»). Harry ya no tenía que hacer los deberes bajo las
mantas y a la luz de una vela; ahora podía sentarse, a plena luz del día, en la
terraza de la Heladería Florean Fortescue, y terminar todos los trabajos con
la ocasional ayuda del mismo Florean Fortescue, quien, además de saber mucho
sobre la quema de brujas en los tiempos medievales, daba gratis a Harry, cada
media hora, un helado de crema y caramelo.
Después de llenar el monedero con galeones de
oro, sickles de plata y knuts de bronce de su cámara acorazada en
Gringotts, necesitó mucho dominio para no gastárselo todo enseguida. Tenía que
recordarse que aún le quedaban cinco años en Hogwarts, e imaginarse pidiéndoles
dinero a los Dursley para libros de hechizos. Para no caer en la tentación de
comprarse un juego de gobstones de oro macizo (un juego mágico muy
parecido a las canicas, en el que las bolas lanzan un líquido de olor
repugnante a la cara del jugador que pierde un punto). También le tentaba una
gran bola de cristal con una galaxia en miniatura dentro, que habría venido a
significar que no tendría que volver a recibir otra clase de astronomía. Pero
lo que más a prueba puso su decisión apareció en su tienda favorita (Artículos
de Calidad para el Juego del Quidditch) a la semana de llegar al Caldero
Chorreante.
Deseoso de enterarse de qué era lo que
observaba la multitud en la tienda, Harry se abrió paso para entrar; apretujándose
entre brujos y brujas emocionados, hasta que vio, en un expositor; la escoba
más impresionante que había visto en su vida.
—Acaba de salir... prototipo... —le decía un
brujo de mandíbula cuadrada a su acompañante.
—Es la escoba más rápida del mundo, ¿a que
sí, papá? —gritó un muchacho más pequeño que Harry, que iba colgado del brazo
de su padre.
El propietario de la tienda decía a la gente:
—¡La selección de Irlanda acaba de hacer un
pedido de siete de estas maravillas! ¡Es la escoba favorita de los Mundiales!
Al apartar a una bruja de gran tamaño, Harry
pudo leer el letrero que había al lado de la escoba:
SAETA DE FUEGO
Este ultimísimo modelo de escoba de carreras
dispone de un palo de fresno ultra fino y aerodinámico, tratado con una cera
durísima, y está numerado a mano con su propia matrícula. Cada una de las ramitas
de abedul de la cola ha sido especialmente seleccionada y afilada hasta
conseguir la perfección aerodinámica. Todo ello otorga a la Saeta de Fuego un
equilibrio insuperable y una precisión milimétrica. La Saeta de Fuego tiene
una aceleración de 0 a 240 km/hora en diez segundos, e incorpora un sistema
indestructible de frenado por encantamiento. Preguntar precio en el interior
Preguntar el precio... Harry no quería ni
imaginar cuanto costaría la Saeta de Fuego. Nunca le había apetecido nada
tanto como aquello... Pero nunca había perdido un partido de quidditch en su
Nimbus 2.000, ¿y de qué le servía dejar vacía su cámara de seguridad de
Gringotts para comprarse la Saeta de Fuego teniendo ya una escoba muy buena?
Harry no preguntó el precio, pero regresó a la tienda casi todos los días sólo
para contemplar la Saeta de Fuego. Sin embargo, había cosas que Harry tenía que
comprar. Fue a la botica para aprovisionarse de ingredientes para pociones, y
como la túnica del colegio le quedaba ya demasiado corta tanto por las piernas
como por los brazos, visitó la tienda de Túnicas para Cualquier Ocasión de la
señora Malkin y compró otra nueva. Y lo más importante de todo: tenía que
comprar los libros de texto para sus dos nuevas asignaturas: Cuidado de
Criaturas Mágicas y Adivinación.
Harry se sorprendió al mirar el escaparate de
la librería. En lugar de la acostumbrada exhibición de libros de hechizos,
repujados en oro y del tamaño de losas de pavimentar había una gran jaula de
hierro que contenía cien ejemplares de El monstruoso libro de los monstruos.
Por todas partes caían páginas de los ejemplares que se peleaban entre sí,
mordiéndose violentamente, enzarzados en furiosos combates de lucha libre.
Harry sacó del bolsillo la lista de libros y
la consultó por primera vez. El monstruoso libro de los monstruos aparecía
mencionado como uno de los textos programados para la asignatura de Cuidado de
Criaturas Mágicas. En ese momento Harry comprendió por qué Hagrid le había
dicho que podía serle útil. Sintió alivio. Se había preguntado si Hagrid
tendría problemas con algún nuevo y terrorífico animal de compañía.
Cuando Harry entró en Flourish y Blotts, el
dependiente se acercó a él.
—¿Hogwarts? —preguntó de golpe—. ¿Vienes por
los nuevos libros?
—Sí —respondió Harry—. Necesito...
—Quítate de en medio —dijo el dependiente con
impaciencia, haciendo a Harry a un lado. Se puso un par de guantes muy
gruesos, cogió un bastón grande, con nudos, y se dirigió a la jaula de los
libros monstruosos.
—Espere —dijo Harry con prontitud—, ése ya lo
tengo.
—¿Sí? —El rostro del dependiente brilló de
alivio—. ¡Cuánto me alegro! Ya me han mordido cinco veces en lo que va de día.
Desgarró el aire un estruendoso rasguido. Dos
libros monstruosos acababan de atrapar a un tercero y lo estaban desgarrando.
—¡Basta ya! ¡Basta ya! —gritó el dependiente,
metiendo el bastón entre los barrotes para separarlos—. ¡No pienso volver a
pedirlos, nunca más! ¡Ha sido una locura! Pensé que no podía haber nada peor
que cuando trajeron los doscientos ejemplares del Libro invisible de la
invisibilidad. Costaron una fortuna y nunca los encontramos... Bueno, ¿en
qué puedo servirte?
—Necesito Disipar las nieblas del futuro,
de Cassandra Vablatsky —dijo Harry, consultando la lista de libros.
—Ah, vas a comenzar Adivinación, ¿verdad?
—dijo el dependiente quitándose los guantes y conduciendo a Harry a la parte
trasera de la tienda, donde había una sección dedicada a la predicción del
futuro. Había una pequeña mesa rebosante de volúmenes con títulos como Predecir
lo impredecible, Protégete de los fallos y accidentes, Cuando el
destino es adverso.
—Aquí tienes —le dijo el dependiente, que
había subido unos peldaños para bajar un grueso libro de pasta negra—: Disipar
las nieblas del futuro, una guía excelente de métodos básicos de adivinación:
quiromancia, bolas de cristal, entrañas de animales...
Pero Harry no escuchaba. Su mirada había ido
a posarse en otro libro que estaba entre los que había expuestos en una
pequeña mesa: Augurios de muerte: qué hacer cuando sabes que se acerca lo
peor.
—Yo en tu lugar no leería eso —dijo
suavemente el dependiente, al ver lo que Harry estaba mirando—. Comenzarás a
ver augurios de muerte por todos lados. Ese libro consigue asustar al lector
hasta matarlo de miedo.
Pero Harry siguió examinando la portada del
libro. Mostraba un perro negro, grande como un oso, con ojos brillantes. Le
resultaba extrañamente familiar...
El dependiente puso en las manos de Harry el
ejemplar de Disipar las nieblas del futuro.
—¿Algo más? —preguntó.
—Sí —dijo Harry, algo aturdido, apartando los
ojos de los del perro y consultando la lista de libros—: Necesito... Transformación,
nivel intermedio y Libro reglamentario de hechizos, curso 3º.
Diez minutos después, Harry salió de Flourish
y Blotts con sus nuevos libros bajo el brazo, y volvió al Caldero Chorreante
sin apenas darse cuenta de por dónde iba, y chocando con varias personas.
Subió las escaleras que llevaban a su
habitación, entró en ella y arrojó los libros sobre la cama. Alguien la había
hecho. Las ventanas estaban abiertas y el sol entraba a raudales. Harry oía
los autobuses que pasaban por la calle muggle que quedaba detrás de él, fuera
de la vista; y el alboroto de la multitud invisible, abajo, en el callejón
Diagon. Se vio reflejado en el espejo que había en el lavabo.
—No puede haber sido un presagio de muerte
—le dijo a su reflejo con actitud desafiante—. Estaba muerto de terror cuando
vi aquello en la calle Magnolia. Probablemente no fue más que un perro
callejero.
Alzó la mano de forma automática, e intentó
alisarse el pelo.
—Es una batalla perdida —le respondió el
espejo con voz silbante.
· · ·
Al pasar los días, Harry empezó a buscar con más ahínco a Ron y a
Hermione. Por aquellos días llegaban al callejón Diagon muchos alumnos de
Hogwarts, ya que faltaba poco para el comienzo del curso. Harry se encontró a
Seamus Finnigan y a Dean Thomas, compañeros de Gryffindor; en la tienda
Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch, donde también ellos se comían
con los ojos la Saeta de Fuego; se tropezó también, en la puerta de Flourish y
Blotts, con el verdadero Neville Longbottom, un muchacho despistado de cara
redonda. Harry no se detuvo para charlar; Neville parecía haber perdido la
lista de los libros, y su abuela, que tenía un aspecto temible, le estaba
riñendo. Harry deseó que ella nunca se enterara de que él se había hecho pasar
por su nieto cuando intentaba escapar del Ministerio de Magia.
Harry despertó el último día de vacaciones
pensando en que vería a Ron y a Hermione al día siguiente, en el expreso de
Hogwarts. Se levantó, se vistió, fue a contemplar por última vez la Saeta de
Fuego, y se estaba preguntando dónde comería cuando alguien gritó su nombre.
Se volvió.
—¡Harry! ¡HARRY!
Allí estaban los dos, sentados en la terraza
de la heladería Florean Fortescue. Ron, más pecoso que nunca; Hermione, muy
morena; y los dos le llamaban la atención con la mano.
—¡Por fin! —dijo Ron, sonriendo a Harry de
oreja a oreja cuando éste se sentó—. Hemos estado en el Caldero Chorreante,
pero nos dijeron que habías salido, y luego hemos ido a Flourish y Blotts, y
al establecimiento de la señora Malkin, y...
—Compré la semana pasada todo el material
escolar. ¿Y cómo os enterasteis de que me alojo en el Caldero Chorreante?
—Mi padre —contestó Ron escuetamente.
Seguro que el señor Weasley, que trabajaba en
el Ministerio de Magia, había oído toda la historia de lo que le había
ocurrido a tía Marge.
—¿Es verdad que inflaste a tu tía, Harry?
—preguntó Hermione muy seria.
—Fue sin querer —respondió Harry, mientras
Ron se partía de risa—. Perdí el control.
—No tiene ninguna gracia, Ron —dijo Hermione
con severidad—. Verdaderamente, me sorprende que no te hayan expulsado.
—A mí también —admitió Harry—. No sólo
expulsado: lo que más temía era ser arrestado. —Miró a Ron—: ¿No sabrá tu
padre por qué me ha perdonado Fudge el castigo?
—Probablemente, porque eres tú. ¿No puede ser
ése el motivo? —Encogió los hombros, sin dejar de reírse—. El famoso Harry Potter. No me gustaría enterarme de lo que me haría a mí el
Ministerio si se me ocurriera inflar a mi tía. Pero primero me tendrían que
desenterrar; porque mi madre me habría matado. De cualquier manera, tú mismo
le puedes preguntar a mi padre esta tarde. ¡Esta noche nos alojamos también en
el Caldero Chorreante! Mañana podrás venir con nosotros a King’s Cross. ¡Ah, y
Hermione también se aleja allí!
La muchacha asintió con la cabeza, sonriendo.
—Mis padres me han traído esta mañana, con
todas mis cosas del colegio.
—¡Estupendo! —dijo Harry, muy contento—.
¿Habéis comprado ya todos los libros y el material para el próximo curso?
—Mira esto —dijo Ron, sacando de una mochila
una caja delgada y alargada, y abriéndola—: una varita mágica nueva. Treinta y
cinco centímetros, madera de sauce, con un pelo de cola de unicornio. Y tenemos
todos los libros. —Señaló una mochila grande que había debajo de su silla—. ¿Y
qué te parecen los libros monstruosos? El librero casi se echó a llorar cuando
le dijimos que queríamos dos.
—¿Y qué es todo eso, Hermione? —preguntó
Harry, señalando no una sino tres mochilas repletas que había a su lado, en
una silla.
—Bueno, me he matriculado en más asignaturas
que tú, ¿no te acuerdas? —dijo Hermione—. Son mis libros de Aritmancia, Cuidado
de Criaturas Mágicas, Adivinación, Estudio de las Runas Antiguas, Estudios
Muggles...
—¿Para qué quieres hacer Estudios Muggles?
—preguntó Ron volviéndose a Harry y poniendo los ojos en blanco—. ¡Tú eres de
sangre muggle! ¡Tus padres son muggles! ¡Ya lo sabes todo sobre los muggles!
—Pero será fascinante estudiarlos desde el
punto de vista de los magos —repuso Hermione con seriedad.
—¿Tienes pensado comer o dormir este curso en
algún momento, Hermione?
—preguntó Harry mientras Ron se reía.
Hermione no les hizo caso:
—Todavía me quedan diez galeones —dijo
comprobando su monedero—. En septiembre es mi cumpleaños, y mis padres me han
dado dinero para comprarme el regalo de cumpleaños por adelantado.
—¿Por qué no te compras un libro? —dijo Ron
poniendo voz cándida.
—No, creo que no —respondió Hermione sin
enfadarse—. Lo que más me apetece es una lechuza. Harry tiene a Hedwig y
tú tienes a Errol...
—No, no es mío. Errol es de la
familia. Lo único que poseo es a Scabbers. —Se sacó la rata del
bolsillo—. Quiero que le hagan un chequeo —añadió, poniendo a Scabbers en
la mesa, ante ellos—. Me parece que Egipto no le ha sentado bien.
Scabbers estaba más delgada de lo normal y tenía mustios
los bigotes.
—Ahí hay una tienda de animales mágicos —dijo
Harry, que por entonces conocía ya bastante bien el callejón Diagon—. Puedes
mirar a ver si tienen algo para Scabbers. Y Hermione se puede comprar
una lechuza.
Así que pagaron los helados, cruzaron la
calle para ir a la tienda de animales.
No había mucho espacio dentro. Hasta el
último centímetro de la pared estaba cubierto por jaulas. Olía fuerte y había
mucho ruido, porque los ocupantes de las jaulas chillaban, graznaban, silbaban
o parloteaban. La bruja que había detrás del mostrador estaba aconsejando a un
cliente sobre el cuidado de los tritones de doble cola, así que Harry, Ron y
Hermione esperaron, observando las jaulas.
Un par de sapos rojos y muy grandes estaban
dándose un banquete con moscardas muertas; cerca del escaparate brillaba una
tortuga gigante con joyas incrustadas en el caparazón; serpientes venenosas de
color naranja trepaban por las paredes de su urna de cristal; un conejo gordo y
blanco se transformaba sin parar en una chistera de seda y volvía a su forma
de conejo haciendo «¡plop!». Había gatos de todos los colores, una escandalosa
jaula de cuervos, un cesto con pelotitas de piel del color de las natillas que
zumbaban ruidosamente y, encima del mostrador; una enorme jaula de ratas negras
de pelo lacio y brillante que jugaban a dar saltos sirviéndose de la cola
larga y pelada.
El cliente de los tritones de doble cola salió
de la tienda y Ron se aproximó al mostrador.
—Se trata de mi rata —le explicó a la bruja—.
Desde que hemos vuelto de Egipto está descolorida.
—Ponla en el mostrador —le dijo la bruja,
sacando unas gruesas gafas negras del bolsillo.
Ron sacó a Scabbers y la puso junto a
la jaula de las ratas, que dejaron sus juegos y corrieron a la tela metálica
para ver mejor. Como casi todo lo que Ron tenía, Scabbers era de segunda
mano (antes había pertenecido a su hermano Percy) y estaba un poco estropeada.
Comparada con las flamantes ratas de la jaula, tenía un aspecto muy
desmejorado.
—Hum —dijo la bruja, cogiendo y levantando a
Scabbers—, ¿cuántos años tiene?
—No lo sé —respondió Ron—. Es muy vieja. Era
de mi hermano.
—¿Qué poderes tiene? —preguntó la bruja examinando
a Scabbers de cerca.
—Bueenoooo... —dijo Ron.
La verdad era que Scabbers nunca había
dado el menor indicio de poseer ningún poder que mereciera la pena. Los ojos de
la bruja se desplazaron desde la partida oreja izquierda de la rata a su pata
delantera, a la que le faltaba un dedo, y chascó la lengua en señal de
reprobación.
—Ha pasado lo suyo —comentó la bruja.
—Ya estaba así cuando me la pasó Percy —se
defendió Ron.
—No se puede esperar que una rata ordinaria,
común o de jardín como ésta viva mucho más de tres años —dijo la bruja—. Ahora
bien, si buscas algo un poco más resistente, quizá te guste una de éstas...
Señaló las ratas negras, que volvieron a dar
saltitos. Ron murmuró:
—Presumidas.
—Bueno, si no quieres reemplazarla, puedes
probar a darle este tónico para ratas —dijo la bruja, sacando una pequeña
botella roja de debajo del mostrador.
—Vale —dijo Ron—. ¿Cuánto...? ¡Ay!
Ron se agachó cuando algo grande de color
canela saltó desde la jaula más alta, se le posó en la cabeza y se lanzó contra
Scabbers, bufando sin parar.
—¡No, Crookshanks, no! —gritó la
bruja, pero Scabbers salió disparada de sus manos como una pastilla de
jabón, aterrizó despatarrada en el suelo y huyó hacia la puerta.
—¡Scabbers! —gritó Ron, saliendo de la
tienda a toda velocidad, detrás de la rata; Harry lo siguió.
Tardaron casi diez minutos en encontrar a Scabbers,
que se había refugiado bajo una papelera, en la puerta de la tienda de
Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch. Ron volvió a guardarse la rata,
que estaba temblando. Se estiró y se rascó la cabeza.
—¿Qué ha sido?
—O un gato muy grande o un tigre muy pequeño
—respondió Harry.
—¿Dónde está Hermione?
—Supongo que comprando la lechuza.
Volvieron por la calle abarrotada de gente
hasta la tienda de animales mágicos. Llegaron cuando salía Hermione, pero no
llevaba ninguna lechuza: llevaba firmemente sujeto el enorme gato de color
canela.
—¿Has comprado ese monstruo? —preguntó Ron
pasmado.
—Es precioso, ¿verdad? —preguntó Hermione,
rebosante de alegría.
«Sobre gustos no hay nada escrito», pensó
Harry. El pelaje canela del gato era espeso, suave y esponjoso, pero el animal
tenía las piernas combadas y una cara de mal genio extrañamente aplastada, como
si hubiera chocado de cara contra un tabique. Sin embargo, en aquel momento en
que Scabbers no estaba a la vista, el gato ronroneaba suavemente, feliz
en los brazos de Hermione.
—¡Hermione, ese ser casi me deja sin pelo!
—No lo hizo a propósito, ¿verdad, Crookshanks?
—dijo Hermione.
—¿Y qué pasa con Scabbers? —preguntó
Ron, señalando el bolsillo que tenía a la altura del pecho—. ¡Necesita
descanso y tranquilidad! ¿Cómo va a tenerlos con ese ser cerca?
—Eso me recuerda que te olvidaste el tónico
para ratas —dijo Hermione, entregándole a Ron la botellita roja—. Y deja de
preocuparte. Crookshanks dormirá en mi dormitorio y Scabbers en
el tuyo, ¿qué problema hay? El pobre Crookshanks... La bruja me dijo que
llevaba una eternidad en la tienda. Nadie lo quería.
—Me pregunto por qué —dijo Ron
sarcásticamente, mientras emprendían el camino del Caldero Chorreante.
Encontraron al señor Weasley sentado en el bar leyendo El Profeta.
—¡Harry! —dijo levantando la vista y
sonriendo—, ¿cómo estás?
—Bien, gracias —dijo Harry en el momento en
que él, Ron y Hermione llegaban con todas sus compras.
El señor Weasley dejó el periódico, y Harry
vio la fotografía ya familiar de Sirius Black, mirándole.
—¿Todavía no lo han cogido? —preguntó.
—No —dijo el señor Weasley con el semblante
preocupado—. En el Ministerio nos han puesto a todos a trabajar en su busca,
pero hasta ahora no se ha conseguido nada.
—¿Tendríamos una recompensa si lo
atrapáramos? —preguntó Ron—. Estaría bien conseguir algo más de dinero...
—No seas absurdo, Ron —dijo el señor Weasley,
que, visto más de cerca, parecía muy tenso—. Un brujo de trece años no va a
atrapar a Black. Lo cogerán los guardianes de Azkaban. Ya lo verás.
En ese momento entró en el bar la señora
Weasley cargada con compras y seguida por los gemelos Fred y George, que iban
a empezar quinto curso en Hogwarts, Percy, último Premio Anual, y Ginny, la
menor de los Weasley.
Ginny, que siempre se había sentido un poco
cohibida en presencia de Harry, parecía aún más tímida de lo normal. Tal vez
porque él le había salvado la vida en Hogwarts durante el último curso. Se puso
colorada y murmuró «hola» sin mirarlo. Percy, sin embargo, le tendió la mano de
manera solemne, como si él y Harry no se hubieran visto nunca, y le dijo:
—Es un placer verte, Harry.
—Hola, Percy —contestó Harry, tratando de contener
la risa.
—Espero que estés bien —dijo Percy
ceremoniosamente, estrechándole la mano. Era como ser presentado al alcalde.
—Muy bien, gracias...
—¡Harry! —dijo Fred, quitando a Percy de en
medio de un codazo, y haciendo ante él una profunda reverencia—. Es estupendo
verte, chico...
—Maravilloso —dijo George, haciendo a un lado
a Fred y cogiéndole la mano a Harry—. Sencillamente increíble.
Percy frunció el entrecejo.
—Ya vale —dijo la señora Weasley.
—¡Mamá! —dijo Fred, como si acabara de verla,
y también le estrechó la mano—. Esto es fabuloso...
—He dicho que ya vale —dijo la señora
Weasley, depositando sus compras sobre una silla vacía—. Hola, Harry, cariño.
Supongo que has oído ya todas nuestras emocionantes noticias. —Señaló la
insignia de plata recién estrenada que brillaba en el pecho de Percy—. El
segundo Premio Anual de la familia —dijo rebosante de orgullo.
—Y último —dijo Fred en un susurro.
—De eso no me cabe ninguna duda —dijo la
señora Weasley, frunciendo de repente el entrecejo—. Ya me he dado cuenta de
que no os han hecho prefectos.
—¿Para qué queremos ser prefectos? —dijo
George, a quien la sola idea parecía repugnarle—. Le quitaría a la vida su lado
divertido.
Ginny se rió.
—¿Quieres hacer el favor de darle a tu
hermana mejor ejemplo? —dijo cortante la señora Weasley.
—Ginny tiene otros hermanos para que le den
buen ejemplo —respondió Percy con altivez—. Voy a cambiarme para la cena...
Se fue y George dio un suspiro.
—Intentamos encerrarlo en una pirámide —le
dijo a Harry—, pero mi madre nos descubrió.
Aquella noche la cena resulto muy agradable. Tom, el tabernero, junto
tres mesas del comedor; y los siete Weasley, Harry y Hermione tomaron los cinco
deliciosos platos de la cena.
—¿Cómo iremos a King’s Cross mañana, papá?
—preguntó Fred en el momento en que probaban un suculento pudín de chocolate.
—El Ministerio pone a nuestra disposición un
par de coches —respondió el señor Weasley.
Todos lo miraron.
—¿Por qué? —preguntó Percy con curiosidad.
—Por ti, Percy —dijo George muy serio—. Y
pondrán banderitas en el capó, con las iniciales «P. A.» en ellas...
—Por «Presumido del Año» —dijo Fred.
Todos, salvo Percy y la señora Weasley,
soltaron una carcajada.
—¿Por qué nos proporciona coches el
Ministerio, padre? —preguntó Percy con voz de circunstancias.
—Bueno, como ya no tenemos coche, me hacen
ese favor; dado que soy funcionario.
Lo dijo sin darle importancia, pero Harry
notó que las orejas se le habían puesto coloradas, como las de Ron cuando se
azoraba.
—Menos mal —dijo la señora Weasley con voz
firme—. ¿Os dais cuenta de la cantidad de equipaje que lleváis entre unos y
otros? Qué buena estampa haríais en el metro muggle... Lo tenéis ya todo
listo, ¿verdad?
—Ron no ha metido aún las cosas nuevas en el
baúl —dijo Percy con tono de resignación—. Las ha dejado todas encima de mi
cama.
—Lo mejor es que vayas a preparar el
equipaje, Ron, porque mañana por la mañana no tendremos mucho tiempo —le
reprendió la señora Weasley.
Ron miró a Percy con cara de pocos amigos.
Después de la cena todos se sentían algo
pesados y adormilados. Uno por uno fueron subiendo las escaleras hacia las
habitaciones, para ultimar el equipaje del día siguiente. La habitación de Ron
y Percy era contigua a la de Harry. Acababa de cerrar su baúl con llave cuando
oyó voces de enfado a través de la pared, y fue a ver qué ocurría.
La puerta de la habitación 12 estaba
entreabierta, y Percy gritaba.
—Estaba aquí, en la mesita. Me la quité para
sacarle brillo.
—No la he tocado, ¿te enteras? —gritaba Ron a
su vez.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry.
—Mi insignia de Premio Anual ha desaparecido
—dijo Percy volviéndose a Harry.
—Lo mismo ha ocurrido con el tónico para
ratas de Scabbers —añadió Ron, sacando las cosas de su baúl para
comprobarlas—. Puede que me lo haya olvidado en el bar...
—¡Tú no te mueves de aquí hasta que aparezca
mi insignia! —gritó Percy.
—Yo iré por lo de Scabbers, ya he
terminado de preparar el equipaje —dijo Harry a Ron.
Harry se hallaba en mitad de las escaleras,
que estaban muy oscuras, cuando oyó dos voces airadas que procedían del
comedor. Tardó un segundo en reconocer que eran las de los padres de Ron. Se
quedó dudando, porque no quería que ellos se dieran cuenta de que los había
oído discutiendo, y el sonido de su propio nombre le hizo detenerse y luego
acercarse a la puerta del comedor.
—No tiene ningún sentido ocultárselo —decía
acaloradamente el señor Weasley—. Harry tiene derecho a saberlo. He intentado
decírselo a Fudge, pero se empeña en tratar a Harry como a un niño. Tiene trece
años y...
—¡Arthur, la verdad le aterrorizaría! —dijo
la señora Weasley en voz muy alta—. ¿Quieres de verdad enviar a Harry al
colegio con esa espada de Damocles? ¡Por Dios, está muy tranquilo sin saber
nada!
—No quiero asustarlo, ¡quiero prevenirlo!
—contestó el señor Weasley—. Ya sabes cómo son Harry y Ron, que se escapan por
ahí. Se han internado en el bosque prohibido dos veces. ¡Pero Harry no debe
hacer lo mismo en este curso! ¡Cada vez que pienso lo que podía haberle
sucedido la otra noche, cuando se escapó de casa...! Si el autobús noctámbulo
no lo hubiera recogido, me juego lo que sea a que el Ministerio lo hubiera
encontrado muerto.
—Pero no está muerto, está bien, así que ¿de
qué sirve...?
—Molly: dicen que Sirius Black está loco, y
quizá lo esté, pero fue lo bastante inteligente para escapar de Azkaban, y se
supone que eso es imposible. Han pasado tres semanas y no le han visto el pelo.
Y me da igual todo lo que declara Fudge a El Profeta: no estamos más
cerca de pillarlo que de inventar varitas mágicas que hagan los hechizos
solas. Lo único que sabemos con seguridad es que Black va detrás...
—Pero Harry estará a salvo en Hogwarts.
—Pensábamos que Azkaban era una prisión
completamente segura. Si Black es capaz de escapar de Azkaban, será capaz de
entrar en Hogwarts.
—Pero nadie está realmente seguro de que
Black vaya en pos de Harry...
Se oyó un golpe y Harry supuso que el señor
Weasley había dado un puñetazo en la mesa.
—Molly, ¿cuántas veces te tengo que decir
que... que no lo han dicho en la prensa porque Fudge quería mantenerlo en
secreto? Pero Fudge fue a Azkaban la noche que Black se escapó. Los guardias le
dijeron a Fudge que hacía tiempo que Black hablaba en sueños. Siempre decía las
mismas palabras: «Está en Hogwarts, está en Hogwarts.» Black está loco, Molly,
y quiere matar a Harry. Si me preguntas por qué, creo que Black piensa que con
su muerte Quien Tú Sabes volvería al poder. Black lo perdió todo la noche en
que Harry detuvo a Quien Tú Sabes. Y se ha pasado diez años solo en Azkaban,
rumiando todo eso...
Se hizo el silencio. Harry pegó aún más el
oído a la puerta.
—Bien, Arthur. Debes hacer lo que te parezca
mejor. Pero te olvidas de Albus Dumbledore. Creo que nada le podría hacer daño
en Hogwarts mientras él sea el director. Supongo que estará al corriente de
todo esto.
—Por supuesto que sí. Tuvimos que pedirle
permiso para que los guardias de Azkaban se apostaran en los accesos al
colegio. No le hizo mucha gracia, pero accedió.
—¿No le hizo gracia? ¿Por qué no, si están
ahí para atrapar a Black?
—Dumbledore no les tiene mucha simpatía a los
guardias de Azkaban —respondió el señor Weasley con disgusto—. Tampoco yo se
la tengo, si nos ponemos así... Pero cuando se trata con alguien como Black,
hay que unir fuerzas con los que uno preferiría evitar.
—Si salvan a Harry...
—En ese caso, no volveré a decir nada contra
ellos —dijo el señor Weasley con cansancio—. Es tarde, Molly. Será mejor que
subamos...
Harry oyó mover las sillas. Tan sigilosamente
como pudo, se alejó para no ser visto por el pasadizo que conducía al bar.
La puerta del comedor se abrió y segundos
después el rumor de pasos le indicó que los padres de Ron subían las escaleras.
La botella de tónico para las ratas estaba
bajo la mesa a la que se habían sentado. Harry esperó hasta oír cerrarse la
puerta del dormitorio de los padres de Ron y volvió a subir por las escaleras,
con la botella.
Fred y George estaban agazapados en la sombra
del rellano de la escalera, partiéndose de risa al oír a Percy poniendo patas
arriba la habitación que compartía con Ron, en busca de la insignia.
—La tenemos nosotros —le susurró Fred al
oído—. La hemos mejorado.
En la insignia se leía ahora: Premio Asnal.
Harry lanzó una risa forzada. Le llevó a Ron
el tónico para ratas, se encerró en la habitación y se echó en la cama.
Así que Sirius Black iba tras él. Eso lo
explicaba todo. Fudge había sido indulgente con él porque estaba muy contento
de haberlo encontrado con vida. Le había hecho prometer a Harry que no saldría
del callejón Diagon, donde había un montón de magos para vigilarle. Y había
mandado dos coches del Ministerio para que fueran todos a la estación al día
siguiente, para que los Weasley pudieran proteger a Harry hasta que hubiera
subido al tren.
Harry estaba tumbado, escuchando los gritos amortiguados que provenían de la habitación de al lado, y se preguntó por qué no estaría más asustado. Sirius Black había matado a trece personas con un hechizo; los padres de Ron, obviamente, pensaban que Harry se aterrorizaría al enterarse de la verdad. Pero Harry estaba completamente de acuerdo con la señora Weasle