
l
J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
3
Después de alejarse varias calles, se dejó caer sobre un muro bajo de
la calle Magnolia, jadeando a causa del esfuerzo. Se quedó sentado, inmóvil,
todavía furioso, escuchando los latidos acelerados del corazón. Pero después
de estar diez minutos solo en la oscura calle, le sobrecogió una nueva
emoción: el pánico. De cualquier manera que lo mirara, nunca se había
encontrado en peor apuro. Estaba abandonado a su suerte y totalmente solo en el
sombrío mundo muggle, sin ningún lugar al que ir. Y lo peor de todo era que
acababa de utilizar la magia de forma seria, lo que implicaba, con toda
seguridad, que sería expulsado de Hogwarts. Había infringido tan gravemente el
Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad que
estaba sorprendido de que los representantes del Ministerio de Magia no se
hubieran presentado ya para llevárselo.
Le dio un escalofrío. Miró a ambos lados de
la calle Magnolia. ¿Qué le sucedería? ¿Lo detendrían o lo expulsarían del
mundo mágico? Pensó en Ron y Hermione, y aún se entristeció más. Harry estaba
seguro de que, delincuente o no, Ron y Hermione querrían ayudarlo, pero ambos
estaban en el extranjero, y como Hedwig se había ido, no tenía forma de
comunicarse con ellos.
Tampoco tenía dinero muggle. Le quedaba algo
de oro mágico en el monedero, en el fondo del baúl, pero el resto de la fortuna
que le habían dejado sus padres estaba en una cámara acorazada del banco
mágico Gringotts, en Londres. Nunca podría llevar el baúl a rastras hasta
Londres. A menos que...
Miró la varita mágica, que todavía tenía en
la mano. Si ya lo habían expulsado (el corazón le latía con dolorosa rapidez),
un poco más de magia no empeoraría las cosas. Tenía la capa invisible que había
heredado de su padre. ¿Qué pasaría si hechizaba el baúl para hacerlo ligero
como una pluma, lo ataba a la escoba, se cubría con la capa y se iba a Londres
volando? Podría sacar el resto del dinero de la cámara y.. comenzar su vida de
marginado. Era un horrible panorama, pero no podía quedarse allí sentado o
tendría que explicarle a la policía muggle por qué se hallaba allí a las tantas
de la noche con una escoba y un baúl lleno de libros de encantamientos.
Harry volvió a abrir el baúl y lo fue
vaciando en busca de la capa para hacerse invisible. Pero antes de que la encontrara
se incorporó y volvió a mirar a su alrededor.
Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba
la sensación de que lo estaban vigilando, pero la calle parecía desierta y no
brillaba luz en ninguna casa.
Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi
inmediatamente se incorporó de nuevo, todavía con la varita en la mano. Más que
oírlo, lo intuyó: había alguien detrás de él, en el estrecho hueco que se abría
entre el garaje y la valla. Harry entornó los ojos mientras miraba el oscuro
callejón. Si se moviera, sabría si se trataba de un simple gato callejero o de
otra cosa.
—¡Lumos! —susurró Harry. Una luz
apareció en el extremo de la varita, casi deslumbrándole. La mantuvo en alto,
por encima de la cabeza, y las paredes del nº 2, recubiertas de
guijarros, brillaron de repente. La puerta del garaje se iluminó y Harry vio
allí, nítidamente, la silueta descomunal de algo que tenía ojos grandes y
brillantes.
Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl.
Alargó el brazo para impedir la caída, la varita salió despedida de la mano y
él aterrizó junto al bordillo de la acera.
Sonó un estruendo y Harry se tapó los ojos
con las manos, para protegerlos de una repentina luz cegadora...
Dando un grito, se apartó rodando de la
calzada justo a tiempo. Un segundo más tarde, un vehículo de ruedas enormes y
grandes faros delanteros frenó con un chirrido exactamente en el lugar en que
había caído Harry Era un autobús de dos plantas, pintado de rojo vivo, que
había salido de la nada. En el parabrisas llevaba la siguiente inscripción con
letras doradas: AUTOBÚS NOCTÁMBULO Durante una fracción de segundo, Harry pensó
si no lo habría aturdido la caída. El cobrador, de uniforme rojo salto del
autobús y dijo en voz alta sin mirar a nadie:
—Bienvenido al autobús noctámbulo,
transporte de emergencia para el brujo abandonado a su suerte. Alargue la varita,
suba a bordo y lo llevaremos a donde quiera. Me llamo Stan Shunpike. Estaré a
su disposición esta no...
El cobrador se interrumpió. Acababa de ver a
Harry que seguía sentado en el suelo. Harry cogió de nuevo la varita y se
levantó de un brinco. Al verlo de cerca, se dio cuenta de que Stan Shunpike era
tan sólo unos años mayor que él: no tendría más de dieciocho o diecinueve.
Tenía las orejas grandes y salidas, y un montón de granos.
—¿Qué hacías ahí? —dijo Stan, abandonando los
buenos modales.
—Me caí —contestó Harry.
—¿Para qué? —preguntó Stan— con risa burlona.
—No me caí a propósito —contestó Harry
enfadado.
Se había hecho un agujero en la rodillera de
los vaqueros y le sangraba la mano con que había amortiguado la caída. De
pronto recordó por qué se había caído y se volvió para mirar en el callejón,
entre el garaje y la valla. Los faros delanteros del autobús noctámbulo lo
iluminaban y era evidente que estaba vacío.
—¿Qué miras? —preguntó Stan.
—Había algo grande y negro —explicó Harry,
señalando dubitativo—. Como un perro enorme...
Se volvió hacia Stan, que tenía la boca
ligeramente abierta. No le hizo gracia que se fijara en la cicatriz de su
frente.
—¿Qué es lo que tienes en la frente?
—preguntó Stan.
—Nada —contestó Harry, tapándose la cicatriz
con el pelo. Si el Ministerio de Magia lo buscaba, no quería ponerles las
cosas demasiado fáciles.
—¿Cómo te llamas? —insistió Stan.
—Neville Longbottom —respondió Harry, dando
el primer nombre que le vino a la cabeza—. Así que... así que este autobús...
—dijo con rapidez, esperando desviar la atención de Stan—. ¿Has dicho que va a
donde yo quiera?
—Sí —dijo Stan con orgullo—. A donde quieras,
siempre y cuando haya un camino por tierra. No podemos ir por debajo del agua.
Nos has dado el alto, ¿verdad? —dijo,
volviendo a ponerse suspicaz—. Sacaste la varita y... ¿verdad?
—Sí —respondió Harry con prontitud—. Escucha,
¿cuánto costaría ir a Londres?
—Once sickles —dijo Stan—. Pero por
trece te damos además una taza de chocolate y por quince una bolsa de agua
caliente y un cepillo de dientes del color que elijas.
Harry rebuscó otra vez en el baúl, sacó el
monedero y entregó a Stan unas monedas de plata. Entre los dos cogieron el
baúl, con la jaula de Hedwig encima, y lo subieron al autobús.
No había asientos; en su lugar; al lado de
las ventanas con cortinas, había media docena de camas de hierro. A los lados
de cada una había velas encendidas que iluminaban las paredes revestidas de
madera.
Un brujo pequeño con gorro de dormir murmuró
en la parte trasera:
—Ahora no, gracias: estoy escabechando
babosas. —Y se dio la vuelta, sin dejar de dormir.
—La tuya es ésta —susurró Stan, metiendo el
baúl de Harry bajo la cama que había detrás del conductor; que estaba sentado
ante el volante—. Éste es nuestro conductor; Ernie Prang. Éste es Neville
Longbottom, Ernie.
Ernie Prang, un brujo anciano que llevaba
unas gafas muy gruesas, le hizo un ademán con la cabeza. Harry volvió a taparse
la cicatriz con el flequillo y se sentó en la cama.
—Vámonos, Ernie —dijo Stan, sentándose en su
asiento, al lado del conductor.
Se oyó otro estruendo y al momento Harry se
encontró estirado en la cama, impelido hacia atrás por la aceleración del
autobús noctámbulo. Al incorporarse miró por la ventana y vio, en medio de la
oscuridad, que pasaban a velocidad tremenda por una calle irreconocible. Stan
observaba con gozo la cara de sorpresa de Harry.
—Aquí estábamos antes de que nos dieras el
alto —explicó—. ¿Dónde estamos, Ernie? ¿En Gales?
—Sí —respondió Ernie.
—¿Cómo es que los muggles no oyen el autobús?
—preguntó Harry.
—¿Ésos? —respondió Stan con desdén—. No saben
escuchar; ¿a que no? Tampoco saben mirar. Nunca ven nada.
—Vete a despertar a la señora Marsh —ordenó
Ernie a Stan—. Llegaremos a Abergavenny en un minuto.
Stan pasó al lado de la cama de Harry y subió
por una escalera estrecha de madera. Harry seguía mirando por la ventana, cada
vez más nervioso. Ernie no parecía dominar el volante. El autobús noctámbulo
invadía continuamente la acera, pero no chocaba contra nada. Cuando se
aproximaba a ellos, los buzones, las farolas y las papeleras se apartaban y
volvían a su sitio en cuanto pasaba.
Stan reapareció, seguido por una bruja ligeramente
verde arropada en una capa de viaje.
—Hemos llegado, señora Marsh —dijo Stan con
alegría, al mismo tiempo que Ernie pisaba a fondo el freno, haciendo que las
camas se deslizaran medio metro hacia delante. La señora Marsh se tapó la boca
con un pañuelo y se bajó del autobús tambaleándose. Stan le arrojó el equipaje
y cerró las portezuelas con fuerza. Hubo otro estruendo y volvieron a
encontrarse viajando a la velocidad del rayo, por un camino rural, entre
árboles que se apartaban.
Harry no habría podido dormir aunque viajara
en un autobús que no hiciera aquellos ruidos ni fuera a tal velocidad. Se le
revolvía el estómago al pensar en lo que podía ocurrirle, y en si los Dursley
habrían conseguido bajar del techo a tía Marge.
Stan había abierto un ejemplar de El
Profeta y lo leía con la lengua entre los dientes. En la primera página,
una gran fotografía de un hombre con rostro triste y pelo largo y enmarañado le
guiñaba a Harry un ojo, lentamente. A Harry le resultaba extrañamente familiar.
—¡Ese hombre! —dijo Harry, olvidando por unos
momentos sus problemas—. ¡Salió en el telediario de los muggles!
Stan volvió a la primera página y rió entre
dientes.
—Es Sirius Black —asintió—. Por supuesto que
ha salido en el telediario muggle, Neville. ¿Dónde has estado este tiempo?
Volvió a sonreír con aire de superioridad al
ver la perplejidad de Harry. Desprendió la primera página del diario y se la
entregó a Harry.
—Deberías leer más el periódico, Neville.
Harry acercó la página a la vela y leyó:
BLACK SIGUE SUELTO
El Ministerio de Magia confirmó ayer que
Sirius Black, tal vez el más malvado recluso que haya albergado la fortaleza
de Azkaban, aún no ha sido capturado.
«Estamos haciendo todo lo
que está en nuestra mano para volver a apresarlo, y rogamos a la comunidad
mágica que mantenga la calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de
Magia Cornelius Fudge. Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación
Internacional de Brujos por haber informado del problema al Primer Ministro
muggle. «No he tenido más remedio que hacerlo», ha replicado Fudge,
visiblemente enojado. «Black está loco, y supone un serio peligro para
cualquiera que se tropiece con él, ya sea mago o muggle. He obtenido del
Primer Ministro la promesa de que no revelará a nadie la verdadera identidad
de Black. Y seamos realistas, ¿quién lo creería si lo hiciera?»
Mientras que a los muggles
se les ha dicho que Black va armado con un revólver (una especie de varita de
metal que los muggles utilizan para matarse entre ellos), la comunidad mágica
vive con miedo de que se repita la matanza que se produjo hace doce años,
cuando Black mató a trece personas con un solo hechizo.
Harry observó los ojos ensombrecidos de
Black, la única parte de su cara demacrada que parecía poseer algo de vida.
Harry no había visto nunca a un vampiro, pero había visto fotos en sus clases
de Defensa Contra las Artes Oscuras, y Black, con su piel blanca como la cera,
parecía uno.
—Da miedo mirarlo, ¿verdad? —dijo Stan, que
mientras leía el artículo se había estado fijando en Harry.
—¿Mató a trece personas —preguntó Harry,
devolviéndole a Stan la página— con un hechizo?
—Sí —respondió Stan—. Delante de testigos y a
plena luz del día. Causó conmoción, ¿no es verdad, Ernie?
—Sí —confirmó Ernie sombríamente.
Para ver mejor a Harry, Stan se volvió en el
asiento, con las manos en el respaldo.
—Black era un gran partidario de Quien Tú
Sabes —dijo.
—¿Quién? ¿Voldemort? —dijo Harry sin pensar.
Stan palideció hasta los granos. Ernie dio un
giro tan brusco con el volante que tuvo que quitarse del camino una granja
entera para esquivar el autobús.
—¿Te has vuelto loco? —gritó Stan—. ¿Por qué
has mencionado su nombre?
—Lo siento —dijo Harry con prontitud—. Lo
siento, se... se me olvidó.
—¡Que se te olvidó! —exclamó Stan con voz
exánime—. ¡Caramba, el corazón me late a cien por hora!
—Entonces... entonces, ¿Black era seguidor de
Quien Tú Sabes? —soltó Harry como disculpa.
—Sí —confirmó Stan, frotándose todavía el
pecho—. Sí, exactamente. Muy próximo a Quien Tú Sabes, según dicen... De
cualquier manera, cuando el pequeño Harry Potter acabó con Quien Tú Sabes
(Harry volvió a aplastarse el pelo contra la cicatriz), todos los seguidores de
Quien Tú Sabes fueron descubiertos, ¿verdad, Ernie? Casi todos sabían que la
historia había terminado una vez vencido Quien Tú Sabes, y se volvieron muy
prudentes. Pero no Sirius Black. Según he oído, pensaba ser el lugarteniente de
Quien Tú Sabes cuando llegara al poder. El caso es que arrinconaron a Black en
una calle llena de muggles, Black sacó la varita y de esa manera hizo saltar
por los aires la mitad de la calle. Pilló a un mago y a doce muggles que
pasaban por allí. Horrible, ¿no? ¿Y sabes lo que hizo Black entonces?
—prosiguió Stan con un susurro teatral.
—¿Qué? —preguntó Harry
—Reírse —explicó Stan—. Se quedó allí
riéndose. Y cuando llegaron los refuerzos del Ministerio de Magia, dejó que se
lo llevaran como si tal cosa, sin parar de reír a mandíbula batiente. Porque
está loco, ¿verdad, Ernie? ¿Verdad que está loco?
—Si no lo estaba cuando lo llevaron a
Azkaban, lo estará ahora —dijo Ernie con voz pausada—. Yo me maldeciría a mí
mismo si tuviera que pisar ese lugar, pero después de lo que hizo le estuvo
bien empleado.
—Les dio mucho trabajo encubrirlo todo,
¿verdad, Ernie? —dijo Stan—. Toda la calle destruida y todos aquellos muggles
muertos. ¿Cuál fue la versión oficial, Ernie?
—Una explosión de gas —gruñó Ernie.
—Y ahora está libre —dijo Stan volviendo a
examinar la cara demacrada de Black, en la fotografía del periódico—. Es la
primera vez que alguien se fuga de Azkaban, ¿verdad, Ernie? No entiendo cómo lo
ha hecho. Da miedo, ¿no? No creo que los guardias de Azkaban se lo pusieran
fácil, ¿verdad, Ernie?
Ernie se estremeció de repente.
—Sé buen chico y cambia de conversación. Los
guardias de Azkaban me ponen los pelos de punta.
Stan retiró el periódico a regañadientes, y
Harry se reclinó contra la ventana del autobús noctámbulo, sintiéndose peor
que nunca. No podía dejar de imaginarse lo que Stan contaría a los pasajeros
noches más tarde: «¿Has oído lo de ese Harry Potter? Hinchó a su tía como si
fuera un globo. Lo tuvimos aquí, en el autobús noctámbulo, ¿verdad, Ernie?
Trataba de huir...»
Harry había infringido las leyes mágicas,
exactamente igual que Sirius Black. ¿Inflar a tía Marge sería considerado lo
bastante grave para ir a Azkaban? Harry no sabía nada acerca de la prisión de
los magos, aunque todos a cuantos había oído hablar sobre ella empleaban el
mismo tono aterrador. Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, había pasado allí
dos meses el curso anterior. Tardaría en olvidar la expresión de terror que
puso cuando le dijeron adónde lo llevaban, y Hagrid era una de las personas más
valientes que conocía.
El autobús noctámbulo circulaba en la oscuridad
echando a un lado los arbustos, las balizas, las cabinas de teléfono, los
árboles, mientras Harry permanecía acostado en el colchón de plumas, deprimido.
Después de un rato, Stan recordó que Harry había pagado una taza de chocolate
caliente, pero lo derramó todo sobre la almohada de Harry con el brusco
movimiento del autobús entre Anglesea y Aberdeen. Brujos y brujas en camisón y
zapatillas descendieron uno por uno del piso superior; para abandonar el
autobús. Todos parecían encantados de bajarse.
Al final sólo quedó Harry.
—Bien, Neville —dijo Stan, dando palmadas—,
¿a que parte de Londres?
—Al callejón Diagon —respondió Harry.
—De acuerdo —dijo Stan—, agárrate fuerte...
PRUMMMMBBB.
Circularon por Charing Cross como un rayo.
Harry se incorporó en la cama, y vio edificios y bancos apretujándose para
evitar al autobús. El cielo aclaraba. Reposaría un par de horas, llegaría a
Gringotts a la hora de abrir y se iría, no sabía dónde.
Ernie pisó el freno, y el autobús noctámbulo
derrapó hasta detenerse delante de una taberna vieja y algo sucia, el Caldero
Chorreante, tras la cual estaba la entrada mágica al callejón Diagon.
—Gracias —le dijo a Ernie. Bajó de un salto y
con la ayuda de Stan dejó en la acera el baúl y la jaula de Hedwig—.
Bueno —dijo Harry—, entonces, ¡adiós!
Pero Stan no le prestaba atención. Todavía en
la puerta del autobús, miraba con los ojos abiertos de par en par la entrada
enigmática del Caldero Chorreante.
—Conque estás aquí, Harry —dijo una voz.
Antes de que Harry se pudiera dar la vuelta,
notó una mano en el hombro. Al mismo tiempo, Stan gritó:
—¡Caray! ¡Ernie, ven aquí! ¡Ven aquí!
Harry miró hacia arriba para ver quién le
había puesto la mano en el hombro y sintió como si le echaran un caldero de
agua helada en el estómago. Estaba delante del mismísimo Cornelius Fudge, el
ministro de Magia.
Stan saltó a la acera, tras ellos.
—¿Cómo ha llamado a Neville, señor ministro?
—dijo nervioso.
Fudge, un hombre pequeño y corpulento vestido
con una capa larga de rayas, parecía distante y cansado.
—¿Neville? —repitió frunciendo el entrecejo—.
Es Harry Potter.
—¡Lo sabía! —gritó Stan con alegría—. ¡Ernie!
¡Ernie! ¡Adivina quién es Neville! ¡Es Harry Potter! ¡Veo su cicatriz!
—Sí —dijo Fudge irritado—. Bien, estoy muy
orgulloso de que el autobús noctámbulo haya transportado a Harry Potter; pero
ahora él y yo tenemos que entrar en el Caldero Chorreante...
Fudge apretó más fuerte el hombro de Harry, y
Harry se vio conducido al interior de la taberna. Una figura encorvada, que
portaba un farol, apareció por la puerta de detrás de la barra. Era Tom, el
dueño desdentado y lleno de arrugas.
—¡Lo ha atrapado, señor ministro! —dijo Tom—.
¿Querrá tomar algo? ¿Cerveza? ¿Brandy?
—Tal vez un té —contestó Fudge, que aún no
había soltado a Harry.
Detrás de ellos se oyó un ruido de arrastre y
un jadeo, y aparecieron Stan y Ernie acarreando el baúl de Harry y la jaula de Hedwig,
y mirando emocionados a su alrededor.
—¿Por qué no nos has dicho quién eras,
Neville? —le preguntó Stan sonriendo, mientras Ernie, con su cara de búho,
miraba por encima del hombro de Stan con mucho interés.
—Y un salón privado, Tom, por favor —pidió
Fudge lanzándoles una clara indirecta.
—Adiós —dijo Harry con tristeza a Stan y
Ernie, mientras Tom indicaba a Fudge un pasadizo que salía del bar.
—¡Adiós, Neville! —dijo Stan.
Fudge llevó a Harry por el estrecho pasadizo,
tras el farol de Tom, hasta que llegaron a una pequeña estancia. Tom chascó
los dedos, y se encendió un fuego en la chimenea. Tras hacer una reverencia, se
fue.
—Siéntate, Harry —dijo Fudge, señalando una
silla que había al lado del fuego.
Harry se sentó. Se le había puesto carne de
gallina en los brazos, a pesar del fuego. Fudge se quitó la capa de rayas y la
dejó a un lado. Luego se subió un poco los pantalones del traje verde botella y
se sentó enfrente de Harry.
—Soy Cornelius Fudge, ministro de Magia.
Por supuesto, Harry ya lo sabía. Había visto
a Fudge en una ocasión anterior, pero como entonces llevaba la capa invisible
que le había dejado su padre en herencia, Fudge no podía saberlo.
Tom, el propietario, volvió con un delantal
puesto sobre el camisón y llevando una bandeja con té y bollos. Colocó la
bandeja sobre la mesa que había entre Fudge y Harry, y salió de la estancia
cerrando la puerta tras de sí.
—Bueno, Harry —dijo Fudge, sirviendo el té—,
no me importa confesarte que nos has traído a todos de cabeza. ¡Huir de esa
manera de casa de tus tíos! Había empezado a pensar... Pero estás a salvo y eso
es lo importante.
Fudge se untó un bollo con mantequilla y le
acercó el plato a Harry.
—Come, Harry, pareces desfallecido. Ahora...
te agradará oír que hemos solucionado la hinchazón de la señorita Marjorie
Dursley Hace unas horas que enviamos a Privet Drive a dos miembros del
departamento encargado de deshacer magia accidental. Han desinflado a la
señorita Dursley y le han modificado la memoria. No guarda ningún recuerdo del
incidente. Así que asunto concluido y no hay que lamentar daños.
Fudge sonrió a Harry por encima del borde de
la taza. Parecía un tío contemplando a su sobrino favorito. Harry, que no podía
creer lo que oía, abrió la boca para hablar; pero no se le ocurrió nada que
decir; así que la volvió a cerrar.
—¡Ah! ¿Te preocupas por la reacción de tus
tíos? —añadió Fudge—. Bueno, no te negaré que están muy enfadados, Harry, pero
están dispuestos a volver a recibirte el próximo verano, con tal de que te
quedes en Hogwarts durante las vacaciones de Navidad y de Semana Santa.
Harry carraspeó.
—Siempre me quedo en Hogwarts durante la
Navidad y la Semana Santa
—observó—. Y no quiero volver nunca a Privet Drive.
—Vamos, vamos. Estoy seguro de que no
pensarás así cuando te hayas tranquilizado —dijo Fudge en tono de preocupación—.
Después de todo, son tu familia, y estoy seguro de que sentís un aprecio
mutuo... eh... muy en el fondo.
No se le ocurrió a Harry desmentir a Fudge.
Quería oír cuál sería su destino.
—Así que todo cuanto queda por hacer —añadió
Fudge untando de mantequilla otro bollo— es decidir dónde vas a pasar las dos
últimas semanas de vacaciones. Sugiero que cojas una habitación aquí, en el
Caldero Chorreante, y...
—Un momento —interrumpió Harry—. ¿Y mi
castigo?
Fudge parpadeó.
—¿Castigo?
—¡He infringido la ley! ¡El Decreto para la
moderada limitación de la brujería en menores de edad!
—¡No te vamos a castigar por una tontería
como ésa! —gritó Fudge, agitando con impaciencia la mano que sostenía el
bollo—. ¡Fue un accidente! ¡No se envía a nadie a Azkaban sólo por inflar a su
tía!
Pero aquello no cuadraba del todo con el
trato que el Ministerio de Magia había dispensado a Harry anteriormente.
—¡El año pasado me enviaron una amonestación
oficial sólo porque un elfo doméstico tiró un pastel en la casa de mi tío!
—exclamó Harry arrugando el entrecejo—.
¡El Ministerio de Magia me comunicó que me expulsarían de Hogwarts si volvía a
utilizarse magia en aquella casa!
Si a Harry no le engañaban los ojos, Fudge
parecía embarazado.
—Las circunstancias cambian, Harry... Tenemos
que tener en cuenta... Tal como están las cosas actualmente... No querrás que
te expulsemos, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Harry.
—Bueno, entonces, ¿por qué protestas? —dijo
Fudge riéndose, sin darle importancia—. Ahora cómete un bollo, Harry, mientras
voy a ver si Tom tiene una habitación libre para ti.
Fudge salió de la estancia con paso firme, y
Harry lo siguió con la mirada. Estaba sucediendo algo muy raro. ¿Por qué lo
había esperado Fudge en el Caldero Chorreante si no era para castigarlo por lo
que había hecho? Y pensando en ello, seguro que no era normal que el mismísimo
ministro de Magia se encargara de problemas como la utilización de la magia por
menores de edad.
Fudge regresó acompañado por Tom, el
tabernero.
—La habitación 11 está libre, Harry —le
comunicó Fudge—. Creo que te encontrarás muy cómodo. Sólo una petición (y
estoy seguro de que lo entenderás): no quiero que vayas al Londres muggle, ¿de
acuerdo? No salgas del callejón Diagon. Y tienes que estar de vuelta cada tarde
antes de que oscurezca. Supongo que lo entiendes. Tom te vigilará en mi nombre.
—De acuerdo —respondió Harry—. Pero ¿por
qué...?
—No queremos que te vuelvas a perder —explicó
Fudge, riéndose con ganas—. No, no... mejor saber dónde estás... Lo que quiero
decir...
Fudge se aclaró ruidosamente la garganta y
recogió su capa.
—Me voy. Ya sabes, tengo mucho que hacer.
—¿Han atrapado a Black? —preguntó Harry.
Los dedos de Fudge resbalaron por los broches
de plata de la capa.
—¿Qué? ¿Has oído algo? Bueno, no. Aún no,
pero es cuestión de tiempo. Los guardias de Azkaban no han fallado nunca, hasta
ahora... Y están más irritados que nunca. —Fudge se estremeció ligeramente—.
Bueno, adiós. Alargó la mano y Harry, al estrecharla, tuvo una idea repentina.
—¡Señor ministro! ¿Puedo pedirle algo?
—Por supuesto —sonrió Fudge.
—Los de tercer curso, en Hogwarts, tienen
permiso para visitar Hogsmeade, pero mis tíos no han firmado la autorización.
¿Podría hacerlo usted?
Fudge parecía incómodo.
—Ah —exclamó—. No, no, lo siento mucho,
Harry. Pero como no soy ni tu padre ni tu tutor...
—Pero usted es el ministro de Magia —repuso
Harry—. Si me diera permiso...
—No. Lo siento, Harry, pero las normas son
las normas —dijo Fudge rotundamente—. Quizá puedas visitar Hogsmeade el
próximo curso. De hecho, creo que es mejor que no... Sí. Bueno, me voy. Espero
que tengas una estancia agradable aquí, Harry.
Y con una última sonrisa, salió de la
estancia. Tom se acercó a Harry sonriendo.
—Si quiere seguirme, señor Potter... Ya he
subido sus cosas...
Harry siguió a Tom por una escalera de madera
muy elegante hasta una puerta con un número 11 de metal colgado en ella. Tom
la abrió con la llave para que Harry pasara.
Dentro había una cama de aspecto muy cómodo,
algunos muebles de roble con mucho barniz, un fuego que crepitaba alegremente
y, encaramada sobre el armario...
—¡Hedwig!
—exclamó Harry.
La blanca lechuza dio un picotazo al aire y
se fue volando hasta el brazo de Harry.
—Tiene una lechuza muy lista —dijo Tom con
una risita—. Ha llegado unos cinco minutos después de usted. Si necesita
algo, señor Potter; no dude en pedirlo.
Volvió a hacer una inclinación, y abandonó la
habitación.
Harry se sentó en su cama durante un rato,
acariciando a Hedwig y pensando en otras cosas. El cielo que veía por la
ventana cambió rápidamente del azul intenso y aterciopelado a un gris frío y
metálico, y luego, lentamente, a un rosa con franjas doradas. Apenas podía
creer que acabara de abandonar Privet Drive hacía sólo unas horas, que no
hubiera sido expulsado y que tuviera por delante la perspectiva de pasar dos
semanas sin los Dursley.
—Ha sido una noche muy rara, Hedwig —dijo
bostezando.
Y sin siquiera quitarse las gafas, se
desplomó sobre la almohada y se quedó dormido.