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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más temible
y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de Harry.
Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados tíos y su
insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea, personas no
magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
2
Cuando Harry bajó a desayunar a la mañana siguiente, se encontró a los
tres Dursley ya sentados a la mesa de la cocina. Veían la televisión en un
aparato nuevo, un regalo que le habían hecho a Dudley al volver a casa después
de terminar el curso, porque se había quejado a gritos del largo camino que
tenía que recorrer desde el frigorífico a la tele de la salita. Dudley se
había pasado la mayor parte del verano en la cocina, con los ojos de cerdito
fijos en la pantalla y sus cinco papadas temblando mientras engullía sin parar.
Harry se sentó entre Dudley y tío Vernon, un
hombre corpulento, robusto, que tenía el cuello corto y un enorme bigote. Lejos
de desearle a Harry un feliz cumpleaños, ninguno de los Dursley dio muestra
alguna de haberse percatado de que Harry acababa de entrar en la cocina, pero
él estaba demasiado acostumbrado para ofenderse. Se sirvió una tostada y miró
al presentador de televisión, que informaba sobre un recluso fugado.
«Tenemos que advertir a los telespectadores
de que Black va armado y es muy peligroso. Se ha puesto a disposición del
público un teléfono con línea directa para que cualquiera que lo vea pueda
denunciarlo.»
—No hace falta que nos digan que no es un
buen tipo —resopló tío Vernon echando un vistazo al fugitivo por encima del
periódico—. ¡Fijaos qué pinta, vago asqueroso! ¡Fijaos qué pelo!
Lanzó una mirada de asco hacia donde estaba
Harry, cuyo pelo desordenado había sido motivo de muchos enfados de tío Vernon.
Sin embargo, comparado con el hombre de la televisión, cuya cara demacrada
aparecía circundada por una revuelta cabellera que le llegaba hasta los codos,
Harry parecía muy bien arreglado.
Volvió a aparecer el presentador.
«El ministro de Agricultura y Pesca anunciará
hoy
—¡Un momento! —ladró tío Vernon, mirando
furioso a] presentador—. ¡No nos has dicho de dónde se ha escapado ese enfermo!
¿Qué podemos hacer? ¡Ese lunático podría estar acercándose ahora mismo por la
calle!
Tía Petunia, que era huesuda y tenía cara de
caballo, se dio la vuelta y escudriñó atentamente por la ventana de la cocina.
Harry sabía que a tía Petunia le habría encantado llamar a aquel teléfono
directo. Era la mujer más entrometida del mundo, y pasaba la mayor parte del
tiempo espiando a sus vecinos, que eran aburridísimos y muy respetuosos con las
normas.
—¡Cuándo aprenderán —dijo tío Vernon,
golpeando la mesa con su puño grande y amoratado— que la horca es la única
manera de tratar a esa gente!
—Muy cierto —dijo tía Petunia, que seguía
espiando las judías verdes del vecino.
Tío Vernon apuró la taza de té, miró el reloj
y añadió:
—Tengo que marcharme. El tren de Marge llega
a las diez.
Harry, cuya cabeza seguía en la habitación
con el equipo de mantenimiento de escobas voladoras, volvió de golpe a la
realidad.
—¿Tía Marge? —barbotó—. No... no vendrá aquí,
¿verdad?
Tía Marge era la hermana de tío Vernon.
Aunque no era pariente consanguíneo de Harry (cuya madre era hermana de tía
Petunia), desde siempre lo habían obligado a llamarla «tía». Tía Marge vivía en
el campo, en una casa con un gran jardín donde criaba bulldogs. No iba con
frecuencia a Privet Drive porque no soportaba estar lejos de sus queridos perros,
pero sus visitas habían quedado vívidamente grabadas en la mente de Harry.
En la fiesta que celebró Dudley al cumplir
cinco años, tía Marge golpeó a Harry en las espinillas con el bastón para
impedir que ganara a Dudley en el juego de las estatuas musicales. Unos años
después, por Navidad, apareció con un robot automático para Dudley y una caja
de galletas de perro para Harry. En su última visita, el año anterior a su
ingreso en Hogwarts, Harry le había pisado una pata sin querer a su perro
favorito. Ripper persiguió a Harry, obligándole a salir al jardín y a
subirse a un árbol, y tía Marge no había querido llamar al perro hasta pasada
la medianoche. El recuerdo de aquel incidente todavía hacía llorar a Dudley de
la risa.
—Marge pasará aquí una semana —gruñó tío
Vernon—. Y ya que hablamos de esto —y señaló a Harry con un dedo amenazador—,
quiero dejar claras algunas cosas antes de ir a recogerla.
Dudley sonrió y apartó la vista de la tele.
Su entretenimiento favorito era contemplar a Harry cuando tío Vernon lo
reprendía.
—Primero —gruñó tío Vernon—, usarás un
lenguaje educado cuando te dirijas a tía Marge.
—De acuerdo —contestó Harry con
resentimiento—, si ella lo usa también conmigo.
—Segundo —prosiguió el tío Vernon, como si no
hubiera oído la puntualización de Harry—: como Marge no sabe nada de tu
anormalidad, no quiero ninguna exhibición extraña mientras esté aquí.
Compórtate, ¿entendido?
—Me comportaré si ella se comporta —contestó
Harry apretando los dientes.
—Y tercero —siguió tío Vernon, casi cerrando
los ojos pequeños y mezquinos, en medio de su rostro colorado—: le hemos dicho
a Marge que acudes al Centro de Seguridad San Bruto para Delincuentes Juveniles
Incurables.
—¿Qué? —gritó Harry.
—Y eso es lo que dirás tú también, si no
quieres tener problemas —soltó tío Vernon.
Harry permaneció sentado en su sitio, con la
cara blanca de ira, mirando a tío Vernon, casi incapaz de creer lo que oía.
Que tía Marge se presentase para pasar toda una semana era el peor regalo de
cumpleaños que los Dursley le habían hecho nunca, incluido el par de
calcetines viejos de tío Vernon.
—Bueno, Petunia —dijo tío Vernon,
levantándose con dificultad—, me marcho a la estación. ¿Quieres venir; Dudders?
—No —respondió Dudley, que había vuelto a
fijarse en la tele en cuanto tío Vernon acabó de reprender a Harry
—Duddy tiene que ponerse elegante para
recibir a su tía —dijo tía Petunia alisando el espeso pelo rubio de Dudley—.
Mamá le ha comprado una preciosa pajarita nueva.
Tío Vernon dio a Dudley una palmadita en su
hombro porcino.
—Vuelvo enseguida —dijo, y salió de la
cocina. Harry, que había quedado en una especie de trance causado por el
terror; tuvo de repente una idea. Dejó la tostada, se puso de pie rápidamente y
siguió a tío Vernon hasta la puerta.
Tío Vernon se ponía la chaqueta que usaba
para conducir:
—No te voy a llevar —gruñó, volviéndose hacia
Harry; que lo estaba mirando.
—Como si yo quisiera ir —repuso Harry—.
Quiero pedirte algo. —Tío Vernon lo miró con suspicacia—. A los de tercero, en
Hog... en mi colegio, a veces los dejan ir al pueblo.
—¿Y qué? —le soltó tío Vernon, cogiendo las
llaves de un gancho que había junto a la puerta.
—Necesito que me firmes la autorización —dijo
Harry apresuradamente.
—¿Y por qué habría de hacerlo? —preguntó tío
Vernon con desdén.
—Bueno —repuso Harry, eligiendo
cuidadosamente las palabras—, será difícil simular ante tía Marge que voy a ese
Centro... ¿cómo se llamaba?
—¡Centro de Seguridad San Bruto para Delincuentes
Juveniles Incurables! —bramó
tío Vernon.
Y a Harry le encantó percibir una nota de
terror en la voz de tío Vernon.
—Ajá —dijo Harry mirando a tío Vernon a la
cara, tranquilo—. Es demasiado largo para recordarlo. Tendré que decirlo de manera
convincente, ¿no? ¿Qué pasaría si me equivocara?
—Te lo haría recordar a golpes —rugió tío
Vernon, abalanzándose contra Harry con el puño en alto. Pero Harry no
retrocedió.
—Eso no le hará olvidar a tía Marge lo que yo
le haya dicho —dijo Harry en tono serio.
Tío Vernon se detuvo con el puño aún
levantado y el rostro desagradablemente amoratado.
—Pero si firmas la autorización, te juro que
recordaré el colegio al que se supone que voy, y que actuaré como un mug...
como una persona normal, y todo eso.
Harry vio que tío Vernon meditaba lo que le
acababa de decir; aunque enseñaba los dientes, y le palpitaba la vena de la
sien.
—De acuerdo —atajó de manera brusca—, te
vigilaré muy atentamente durante la estancia de Marge. Si al final te has
sabido comportar y no has desmentido la historia, firmaré esa cochina
autorización.
Dio media vuelta, abrió la puerta de la casa
y la cerró con un golpe tan fuerte que se cayó uno de los cristales de arriba.
Harry no volvió a la cocina. Regresó por las escaleras
a su habitación. Si tenía que obrar como un auténtico muggle, mejor empezar en
aquel momento. Muy despacio y con tristeza, fue recogiendo todos los regalos y
tarjetas de cumpleaños y los escondió debajo de la tabla suelta, junto con sus
deberes. Se dirigió a la jaula de Hedwig. Parecía que Errol se
había recuperado. Hedwig y él estaban dormidos, con la cabeza bajo el
ala. Suspiró. Los despertó con un golpecito.
—Hedwig —dijo un poco triste—, tendrás
que desaparecer una semana. Vete con Errol. Ron cuidará de ti. Voy a
escribirle una nota para darle una explicación. Y no me mires así.
Hedwig lo miraba con sus grandes ojos ambarinos, con
reproche.
—No es culpa mía. No hay otra manera de que
me permitan visitar Hogsmeade con Ron y Hermione.
Diez minutos más tarde, Errol y Hedwig
(ésta con una nota para Ron atada a la pata) salieron por la ventana y volaron
hasta perderse de vista. Harry, muy triste, cogió la jaula y la escondió en el
armario.
Pero no tuvo mucho tiempo para entristecerse.
Enseguida tía Petunia le empezó a gritar para que bajara y se preparase para
recibir a la invitada.
—¡Péinate bien! —le dijo imperiosamente tía
Petunia en cuanto llegó al vestíbulo.
Harry no entendía por qué tenía que
aplastarse el pelo contra el cuero cabelludo. A tía Marge le encantaba criticarle,
así que cuanto menos se arreglara, más contenta estaría ella.
Oyó crujir la gravilla bajo las ruedas del
coche de tío Vernon. Luego, los golpes de las puertas del coche y pasos por el
camino del jardín.
—¡Abre la puerta! —susurró tía Petunia a
Harry
Harry abrió la puerta con un sentimiento de
pesadumbre.
En el umbral de la puerta estaba tía Marge.
Se parecía mucho a tío Vernon: era grande, robusta y tenía la cara colorada.
Incluso tenía bigote, aunque no tan poblado como el de tío Vernon. En una mano
llevaba una maleta enorme; y debajo de la otra se hallaba un perro viejo y con
malas pulgas.
—¿Dónde está mi Dudders? —rugió tía Marge—.
¿Dónde está mi sobrinito querido?
Dudley se acercó andando como un pato, con el
pelo rubio totalmente pegado al gordo cráneo y una pajarita que apenas se veía
debajo de las múltiples papadas. Tía Marge tiró la maleta contra el estómago de
Harry (y le cortó la respiración), estrechó a Dudley fuertemente con un solo
brazo, y le plantó en la mejilla un beso sonoro.
Harry sabía bien que Dudley soportaba los
abrazos de tía Marge sólo porque le pagaba muy bien por ello, y con toda
seguridad, al separarse después del abrazo, Dudley encontraría un billete de
veinte libras en el interior de su manaza.
—¡Petunia! —gritó tía Marge pasando junto a
Harry sin mirarlo, como si fuera un perchero.
Tía Marge y tía Petunia se dieron un beso, o
más bien tía Marge golpeó con su prominente mandíbula el huesudo pómulo de tía
Petunia.
Entró tío Vernon sonriendo jovialmente
mientras cerraba la puerta.
—¿Un té, Marge? —preguntó—. ¿Y qué tomará Ripper?
—Ripper sorberá el té que se me derrame en el plato —dijo tía Marge mientras
entraban todos en tropel en la cocina, dejando a Harry solo en el vestíbulo
con la maleta. Pero Harry no lo lamentó; cualquier cosa era mejor que estar con
tía Marge. Subió la maleta por las escaleras hasta la habitación de invitados
lo más despacio que pudo.
Cuando regresó a la cocina, a tía Marge le
habían servido té y pastel de frutas, y Ripper lamía té en un rincón,
haciendo mucho ruido. Harry notó que tía Petunia se estremecía al ver a Ripper
manchando el suelo de té y babas. Tía Petunia odiaba a los animales.
—¿Has dejado a alguien al cuidado de los
otros perros, Marge? —inquirió tío Vernon.
—El coronel Fubster los cuida —dijo tía Marge
con voz de trueno—. Está jubilado. Le viene bien tener algo que hacer. Pero no
podría dejar al viejo y pobre Ripper. ¡Sufre tanto si no está
conmigo...!
Ripper volvió a gruñir cuando se sentó Harry. Tía
Marge se fijó en él por primera vez.
—Conque todavía estás por aquí, ¿eh? —bramó.
—Sí —respondió Harry
—No digas sí en ese tono maleducado —gruñó
tía Marge—. Demasiado bien te tratan Vernon y Petunia teniéndote aquí con
ellos. Yo en su lugar no lo hubiera hecho. Si te hubieran abandonado a la
puerta de mi casa te habría enviado directamente al orfanato.
Harry estuvo a punto de decir que hubiera
preferido un orfanato a vivir con los Dursley, pero se contuvo al recordar la
autorización para ir a Hogsmeade. Se le dibujó en la cara una triste sonrisa.
—¡No pongas esa cara! —rugió tía Marge—. Ya
veo que no has mejorado desde la última vez que te vi. Esperaba que el colegio
te hubiera enseñado modales. —Tomó un largo sorbo de té, se limpió el bigote y
preguntó—: ¿Adónde me has dicho que lo enviáis, Vernon?
—Al colegio San Bruto —dijo con prontitud tío
Vernon—. Es una institución de primera categoría para casos desesperados.
—Bien —dijo tía Marge—. ¿Utilizan la vara en
San Bruto, chico? —dijo, orientando la boca hacia el otro lado de la mesa.
—Bueeenooo...
Tío Vernon asentía detrás de tía Marge.
—Sí —dijo Harry, y luego, pensando que era
mejor hacer las cosas bien, añadió—: sin parar.
—Excelente —dijo tía Marge—. No comprendo
esas ñoñerías de no pegar a los que se lo merecen. Una buena paliza es lo que
haría falta en el noventa y nueve por ciento de los casos. ¿Te han sacudido con
frecuencia?
—Ya lo creo —respondió Harry—, muchísimas
veces.
Tía Marge arrugó el entrecejo.
—Sigue sin gustarme tu tono, muchacho. Si
puedes hablar tan tranquilamente de los azotes que te dan, es que no te
sacuden bastante fuerte. Petunia, yo en tu lugar escribiría. Explica con
claridad que con este chico admites la utilización de los métodos más enérgicos.
Tal vez a tío Vernon le preocupara que Harry
pudiera olvidar el trato que acababan de hacer; de cualquier forma, cambió
abruptamente de tema:
—¿Has oído las noticias esta mañana, Marge?
¿Qué te parece lo de ese preso que ha escapado?
Con tía Marge en casa, Harry empezaba a echar de menos la vida en el
número 4 de Privet Drive tal como era antes de su aparición. Tío Vernon y tía
Petunia solían preferir que Harry se perdiera de vista, cosa que ponía a Harry
la mar de contento. Tía Marge, por el contrario, quería tener a Harry
continuamente vigilado, para poder lanzar sugerencias encaminadas a mejorar su
comportamiento. A ella le encantaba comparar a Harry con Dudley, y le producía
un placer especial entregarle a éste regalos caros mientras fulminaba a Harry
con la mirada, como si quisiera que Harry se atreviera a preguntar por qué no
le daba nada a él. No dejaba de lanzar indirectas sobre los defectos de Harry.
—No debes culparte por cómo ha salido el
chico, Vernon —dijo el tercer día, a la hora de la comida—. Si está podrido por
dentro, no hay nada que hacer.
Harry intentaba pensar en la comida, pero le
temblaban las manos y el rostro le ardía de ira.
«Tengo que recordar la autorización, tengo
que pensar en Hogsmeade, no debo decir nada, no debo levantarme.»
Tía Marge alargó el brazo para coger la copa
de vino.
—Es una de las normas básicas de la crianza,
se ve claramente en los perros: de tal palo, tal astilla.
En aquel momento estalló la copa de vino que
tía Marge tenía en la mano. En todas direcciones salieron volando fragmentos
de cristal, y tía Marge parpadeó y farfulló algo. De su cara grande y encarnada
caían gotas de vino.
¡Marge! —chilló tía Petunia—. ¡Marge!, ¿te
encuentras bien?
—No te preocupes —gruñó tía Marge secándose
la cara con la servilleta—. Debo de haber apretado la copa demasiado fuerte.
Me pasó lo mismo el otro día, en casa del coronel Fubster. No tiene
importancia, Petunia, es que cojo las cosas con demasiada fuerza...
Pero tanto tía Petunia como tío Vernon
miraban a Harry suspicazmente, de forma que éste decidió quedarse sin tomar el
pudín y levantarse de la mesa lo antes posible.
Se apoyó en la pared del vestíbulo,
respirando hondo. Hacía mucho tiempo que no perdía el control de aquella manera,
haciendo estallar algo. No podía permitirse que aquello se repitiera. La
autorización para ir a Hogsmeade no era lo único que estaba en juego... Si
continuaba así, tendría problemas con el Ministerio de Magia.
Harry era todavía un brujo menor de edad y
tenía prohibido por la legislación del mundo mágico hacer magia fuera del
colegio. Su expediente no estaba completamente limpio. El verano anterior le
habían enviado una amonestación oficial en la que se decía claramente que si
el Ministerio volvía a tener constancia de que se empleaba la magia en Privet
Drive, expulsarían a Harry del colegio.
Oyó a los Dursley levantarse de la mesa y se
apresuró a desaparecer escaleras arriba.
Harry soportó los tres días siguientes obligándose a pensar en el Manual
de mantenimiento de la escoba voladora cada vez que tía Marge se metía con
él. El truco funcionó bastante bien, aunque debía de darle aspecto de atontado
y tía Marge había empezado a decir que era subnormal.
Por fin llegó la última noche que había de
pasar tía Marge en la casa. Tía Petunia preparó una cena por todo lo alto y tío
Vernon descorchó varias botellas de vino. Tomaron la sopa y el salmón sin hacer
ninguna referencia a los defectos de Harry; durante el pastel de merengue de
limón, tío Vernon aburrió a todos con un largo discurso sobre Grunnings, la
empresa de taladros para la que trabajaba; luego tía Petunia preparó café y tío
Vernon sacó una botella de brandy.
—¿Puedo tentarte, Marge?
Tía Marge había bebido ya bastante vino. Su
rostro grande estaba muy colorado.
—Sólo un poquito —dijo con una sonrisita—.
Bueno, un poquito más... un poco mas... ya vale.
Dudley se comía su cuarta ración de pastel.
Tía Petunia sorbía el café con el dedo meñique estirado. Harry habría querido
subir a su habitación, pero tropezó con los ojos pequeños e iracundos de tío
Vernon y supo que debía quedarse allí.
—¡Aaah! —dijo tía Marge lamiéndose los labios
y dejando la copa vacía en la mesa—. Una comilona estupenda, Petunia. Por las
noches me contento con cualquier frito. Con doce perros que cuidar... —Eructó a
sus anchas y se dio una palmada en la voluminosa barriga—. Perdón. Pero me
gusta ver a un buen mozo —prosiguió guiñándole el ojo a Dudley—. Serás un
hombre de buen tamaño, Dudders, como tu padre. Sí, tomaré una gota más de
brandy, Vernon... En cuanto a éste...
Señaló a Harry con la cabeza. El muchacho
sintió que se le encogía el estómago.
«El manual», pensó con rapidez.
—Éste no tiene buena planta, ha salido
pequeñajo. Pasa también con los perros. El año pasado tuve que pedirle al coronel
Fubster que asfixiara a uno, porque era raquítico. Débil. De mala raza.
Harry intentó recordar la página 12 de su
libro: «Encantamiento para los que van al revés.»
—Como decía el otro día, todo se hereda. La
mala sangre prevalece. No digo nada contra tu familia, Petunia. —Con su mano de
pala dio una palmadita sobre la mano huesuda de tía Petunia—. Pero tu hermana
era la oveja negra. Siempre hay alguna, hasta en las mejores familias. Y se
escapó con un gandul. Aquí tenemos el resultado.
Harry miraba su plato, sintiendo un extraño
zumbido en los oídos. «Sujétese la escoba por el palo.» No podía recordar cómo
seguía. La voz de tía Marge parecía perforar su cabeza como un taladro de tío
Vernon.
—Ese Potter —dijo tía Marge en voz alta,
cogiendo la botella de brandy y vertiendo más en su copa y en el mantel—,
nunca me dijisteis a qué se dedicaba.
Tío Vernon y tía Petunia estaban
completamente tensos. Incluso Dudley había retirado los ojos del pastel y miraba
a sus padres boquiabierto.
—No... no trabajaba —dijo tío Vernon, mirando
a Harry de reojo—. Estaba parado.
—¡Lo que me imaginaba! —comentó tía Marge
echándose un buen trago de brandy y limpiándose la barbilla con la manga—. Un
inútil, un vago y un gorrón que...
—No era nada de eso —interrumpió Harry de
repente. Todos se callaron. Harry temblaba de arriba abajo. Nunca había estado
tan enfadado.
—¡MÁS BRANDY! —gritó tío Vernon, que se había
puesto pálido. Vació la botella en la copa de tía Marge—. Tú, chico —gruñó a
Harry—, vete a la cama.
—No, Vernon —dijo entre hipidos tía Marge,
levantando una mano. Fijó en los de Harry sus ojos pequeños y enrojecidos—.
Sigue, muchacho, sigue. Conque estás orgulloso de tus padres, ¿eh? Van y se
matan en un accidente de coche... borrachos, me imagino...
—No murieron en ningún accidente de coche
—repuso Harry, que sin darse cuenta se había levantado.
—¡Murieron en un accidente de coche, sucio
embustero, y te dejaron para que fueras una carga para tus decentes y
trabajadores tíos! —gritó tía Marge, inflándose de ira—. Eres un niño
insolente, desagradecido y...
Pero tía Marge se cortó en seco. Por un
momento fue como si le faltasen las palabras. Se hinchaba con una ira indescriptible...
Pero la hinchazón no se detenía. Su gran cara encarnada comenzó a aumentar de tamaño.
Se le agrandaron los pequeños ojos y la boca se le estiró tanto que no podía
hablar. Al cabo de un instante, saltaron varios botones de su chaqueta de
mezclilla y golpearon en las paredes... Se inflaba como un globo monstruoso.
El estómago se expandió y reventó la cintura de la falda de mezclilla. Los
dedos se le pusieron como morcillas...
—¡MARGE! —gritaron a la vez tío Vernon y tía
Petunia, cuando el cuerpo de tía Marge comenzó a elevarse de la silla hacia el
techo. Estaba completamente redonda, como un inmenso globo con ojos de
cerdito. Ascendía emitiendo leves ruidos como de estallidos. Ripper entró
en la habitación ladrando sin parar.
—¡NOOOOOOO!
Tío Vernon cogió a Marge por un pie y trató
de bajarla, pero faltó poco para que se elevara también con ella. Un instante
después, Ripper dio un salto y hundió los colmillos en la pierna de tío
Vernon.
Harry salió corriendo del comedor, antes de
que nadie lo pudiera detener; y se dirigió al armario que había debajo de las
escaleras. Por arte de magia, la puerta del armario se abrió de golpe cuando
llegó ante ella. En unos segundos arrastró el baúl hasta la puerta de la casa.
Subió las escaleras rápidamente, se echó bajo la cama, levantó la tabla suelta
y sacó la funda de almohada llena de libros y regalos de cumpleaños. Salió de
debajo de la cama, cogió la jaula vacía de Hedwig, bajó las escaleras
corriendo y llegó al baúl en el instante en que tío Vernon salía del comedor
con la pernera del pantalón hecha jirones.
—¡VEN AQUÍ! —bramó—. ¡REGRESA Y ARREGLA LO
QUE HAS HECHO!
Pero una rabia imprudente se había apoderado
de Harry. Abrió el baúl de una patada, sacó la varita y apuntó con ella a tío
Vernon.
—Tía Marge se lo merecía —dijo Harry
jadeando—. Se merecía lo que le ha pasado. No te acerques.
Tentó a sus espaldas buscando el tirador de
la puerta.
—Me voy —añadió—. Ya he tenido bastante.
Momentos después arrastraba el pesado baúl,
con la jaula de Hedwig debajo del brazo, por la oscura y silenciosa
calle.