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J.K.
ROWLING
Harry
Potter
y el prisionero
de Azkaban
Por la cicatriz que lleva en la frente, sabemos que Harry Potter no es
un niño como los demás, sino el héroe que venció a lord Voldemort, el mago más
temible y maligno de todos los tiempos y culpable de la muerte de los padres de
Harry. Desde entonces, Harry no tiene más remedio que vivir con sus pesados
tíos y su insoportable primo Dudley, todos ellos muggles, o sea,
personas no magas, que desprecian a su sobrino debido a sus poderes.
Igual que en las dos primeras partes de la serie —La piedra
filosofal y La cámara secreta— Harry aguarda con impaciencia el
inicio del tercer curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Tras
haber cumplido los trece años, solo y lejos de sus amigos de Hogwarts, Harry se
pelea con su bigotuda tía Marge, a la que convierte en globo, y debe huir en un
autobús mágico. Mientras tanto, de la prisión de Azkaban se ha escapado un
terrible villano, Sirius Black, un asesino en serie con poderes mágicos que fue
cómplice de lord Voldemort y que parece dispuesto a eliminar a Harry del mapa.
Y por si esto fuera poco, Harry deberá enfrentarse también a unos terribles
monstruos, los dementores, seres abominables capaces de robarles la
felicidad a los magos y de borrar todo recuerdo hermoso de aquellos que osan
mirarlos. Lo que ninguno de estos malvados personajes sabe es que Harry, con la
ayuda de sus fieles amigos Ron y Hermione, es capaz de todo y mucho más.
Título
original: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
Traducción: Adolfo Muñoz García y Nieves Martín
Azofra
Copyright
© J.K. Rowling, 1999
Copyright
© Emecé Editores, 2000
Emecé Editores España, S.A.
Mallorca, 237 - 08008 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
ISBN: 84-7888-519-6
Depósito legal: B-36.732-2000
1ª edición, abril de 2000
5ª edición, agosto de 2000
Printed
in Spain
Impresión:
Domingraf, S.L. Impressors
Pol. Ind. Can Magarola, Pasaje Autopista, Nave 12
08100 Mollet del Vallés
A Jill Prewett y Aine Kiely,
madrinas de Swing.
1
Harry Potter era, en muchos sentidos, un muchacho diferente. Por un
lado, las vacaciones de verano le gustaban menos que cualquier otra época del
año; y por otro, deseaba de verdad hacer los deberes, pero tenía que hacerlos
a escondidas, muy entrada la noche. Y además, Harry Potter era un mago.
Era casi medianoche y estaba tumbado en la
cama, boca abajo, tapado con las mantas hasta la cabeza, como en una tienda de
campaña. En una mano tenía la linterna y, abierto sobre la almohada, había un libro
grande, encuadernado en piel (Historia de la Magia, de Adalbert
Waffling). Harry recorría la página con la punta de su pluma de águila, con el
entrecejo fruncido, buscando algo que le sirviera para su redacción sobre «La
inutilidad de la quema de brujas en el siglo XIV».
La pluma se detuvo en la parte superior de un
párrafo que podía serle útil. Harry se subió las gafas redondas, acercó la
linterna al libro y leyó:
En la Edad Media, los no magos (comúnmente denominados
muggles)
sentían hacia la magia un especial temor, pero no eran muy duchos en reconocerla.
En las raras ocasiones en que capturaban a un auténtico brujo o bruja, la quema
carecía en absoluto de efecto. La bruja o el brujo realizaba un sencillo
encantamiento para enfriar las llamas y luego fingía que se retorcía de dolor
mientras disfrutaba del suave cosquilleo. A Wendelin la Hechicera le gustaba
tanto ser quemada que se dejó capturar no menos de cuarenta y siete veces con
distintos aspectos.
Harry se puso la pluma entre los dientes y
buscó bajo la almohada el tintero y un rollo de pergamino. Lentamente y con
mucho cuidado, destapó el tintero, mojó la pluma y comenzó a escribir,
deteniéndose a escuchar de vez en cuando, porque si alguno de los Dursley, al
pasar hacia el baño, oía el rasgar de la pluma, lo más probable era que lo
encerraran bajo llave hasta el final del verano en el armario que había debajo
de las escaleras.
La familia Dursley, que vivía en el número 4
de Privet Drive, era el motivo de que Harry no pudiera tener nunca vacaciones
de verano. Tío Vernon, tía Petunia y su hijo Dudley eran los únicos parientes
vivos que tenía Harry. Eran muggles, y su actitud hacia la magia era muy
medieval. En casa de los Dursley nunca se mencionaba a los difuntos padres de
Harry; que habían sido brujos. Durante años, tía Petunia y tío Vernon habían
albergado la esperanza de extirpar lo que Harry tenía de mago, teniéndolo bien
sujeto. Les irritaba no haberlo logrado y vivían con el temor de que alguien
pudiera descubrir que Harry había pasado la mayor parte de los últimos dos años
en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Lo único que podían hacer los
Dursley aquellos días era guardar bajo llave los libros de hechizos, la varita
mágica, el caldero y la escoba al inicio de las vacaciones de verano, y
prohibirle que hablara con los vecinos.
Para Harry había representado un grave
problema que le quitaran los libros, porque los profesores de Hogwarts le
habían puesto muchos deberes para el verano. Uno de los trabajos menos
agradables, sobre pociones para encoger; era para el profesor menos estimado
por Harry, Snape, que estaría encantado de tener una excusa para castigar a
Harry durante un mes. Así que, durante la primera semana de vacaciones, Harry
aprovechó la oportunidad: mientras tío Vernon, tía Petunia y Dudley estaban en
el jardín admirando el nuevo coche de la empresa de tío Vernon (en voz muy
alta, para que el vecindario se enterara), Harry fue a la planta baja, forzó la
cerradura del armario de debajo de las escaleras, cogió algunos libros y los
escondió en su habitación. Mientras no dejara manchas de tinta en las sábanas,
los Dursley no tendrían por qué enterarse de que aprovechaba las noches para
estudiar magia.
Harry no quería problemas con sus tíos y
menos en aquellos momentos, porque estaban enfadados con él, y todo porque
cuando llevaba una semana de vacaciones había recibido una llamada telefónica
de un compañero mago.
Ron Weasley, que era uno de los mejores
amigos que Harry tenía en Hogwarts, procedía de una familia de magos. Esto
significaba que sabía muchas cosas que Harry ignoraba, pero nunca había
utilizado el teléfono.
Por desgracia, fue tío Vernon quien
respondió:
—¿Diga?
Harry, que estaba en ese momento en la
habitación, se quedó de piedra al oír que era Ron quien respondía.
—¿HOLA? ¿HOLA? ¿ME OYE? ¡QUISIERA HABLAR CON
HARRY POTTER!
Ron daba tales gritos que tío Vernon dio un
salto y alejó el teléfono de su oído por lo menos medio metro, mirándolo con
furia y sorpresa.
—¿QUIÉN ES? —voceó en dirección al auricular—.
¿QUIÉN ES?
—¡RON WEASLEY! —gritó Ron a su vez, como si
el tío Vernon y él estuvieran comunicándose desde los extremos de un campo de
fútbol—. SOY UN AMIGO DE HARRY, DEL COLEGIO.
Los minúsculos ojos de tío Vernon se
volvieron hacia Harry; que estaba inmovilizado.
—¡AQUÍ NO VIVE NINGÚN HARRY POTTER! —gritó
tío Vernon, manteniendo el brazo estirado, como si temiera que el teléfono
pudiera estallar—. ¡NO SÉ DE QUÉ COLEGIO ME HABLA! ¡NO VUELVA A LLAMAR AQUÍ!
¡NO SE ACERQUE A MI FAMILIA!
Colgó el teléfono como quien se desprende de
una araña venenosa.
La bronca que siguió fue una de las peores
que le habían echado.
—¡CÓMO TE ATREVES A DARLE ESTE NÚMERO A GENTE
COMO... COMO TÚ! —le gritó tío Vernon, salpicándolo de saliva.
Ron, obviamente, comprendió que había puesto
a Harry en un apuro, porque no volvió a llamar. La mejor amiga de Harry en
Hogwarts, Hermione Granger, tampoco lo llamó. Harry se imaginaba que Ron le
había dicho a Hermione que no lo llamara, lo cual era una pena, porque los
padres de Hermione, la bruja más inteligente de la clase de Harry, eran
muggles, y ella sabía muy bien cómo utilizar el teléfono, y probablemente
habría tenido tacto suficiente para no revelar que estudiaba en Hogwarts.
De manera que Harry había permanecido cinco
largas semanas sin tener noticia de sus amigos magos, y aquel verano estaba
resultando casi tan desagradable como el anterior. Sólo había una pequeña
mejora: después de jurar que no la usaría para enviar mensajes a ninguno de sus
amigos, a Harry le habían permitido sacar de la jaula por las noches a su
lechuza Hedwig. Tío Vernon había transigido debido al escándalo que
armaba Hedwig cuando permanecía todo el tiempo encerrada.
Harry terminó de escribir sobre Wendelin la
Hechicera e hizo una pausa para volver a escuchar. Sólo los ronquidos lejanos y
ruidosos de su enorme primo Dudley rompían el silencio de la casa. Debía de
ser muy tarde. A Harry le picaban los ojos de cansancio. Sería mejor terminar
la redacción la noche siguiente...
Tapó el tintero, sacó una funda de almohada
de debajo de la cama, metió dentro la linterna, la Historia de la Magia,
la redacción, la pluma y el tintero, se levantó y lo escondió todo debajo de la
cama, bajo una tabla del entarimado que estaba suelta. Se puso de pie, se
estiró y miró la hora en la esfera luminosa del despertador de la mesilla de
noche.
Era la una de la mañana. Harry se sobresaltó:
hacía una hora que había cumplido trece años y no se había dado cuenta.
Harry aún era un muchacho diferente en otro
aspecto: en el escaso entusiasmo con que aguardaba sus cumpleaños. Nunca había
recibido una tarjeta de felicitación. Los Dursley habían pasado por alto sus
dos últimos cumpleaños y no tenía ningún motivo para suponer que fueran a
acordarse del siguiente.
Harry atravesó a oscuras la habitación,
pasando junto a la gran jaula vacía de Hedwig, y llegó hasta la ventana,
que estaba abierta. Se apoyó en el alféizar y notó con agrado en la cara,
después del largo rato pasado bajo las mantas, el frescor de la noche. Hacía dos
noches que Hedwig se había ido. Harry no estaba preocupado por ella (en
otras ocasiones se había ausentado durante períodos equivalentes), pero esperaba
que no tardara en volver. Era el único ser vivo en aquella casa que no se
asustaba al verlo.
Aunque Harry seguía siendo demasiado pequeño
y esmirriado para su edad, había crecido varios centímetros durante el último
año. Sin embargo, su cabello negro azabache seguía como siempre: sin dejarse
peinar. No importaba lo que hiciera con él, el pelo no se sometía. Tras las
gafas tenía unos ojos verdes brillantes, y sobre la frente, claramente visible
entre el pelo, una cicatriz alargada en forma de rayo.
Aquella cicatriz era la más extraordinaria de
todas las características inusuales de Harry. No era, como le habían hecho
creer los Dursley durante diez años, una huella del accidente de automóvil que
había acabado con la vida de los padres de Harry, porque Lily y James Potter
no habían muerto en un accidente de tráfico, sino asesinados. Asesinados por el
mago tenebroso más temido de los últimos cien años: lord Voldemort. Harry había
sobrevivido a aquel ataque sin otra secuela que la cicatriz de la frente cuando
el hechizo de Voldemort, en vez de matarlo, había rebotado contra su agresor.
Medio muerto, Voldemort había huido...
Pero Harry había tenido que vérselas con él
desde el momento en que llegó a Hogwarts. Al recordar junto a la ventana su
último encuentro, Harry pensó que si había cumplido los trece años era porque
tenía mucha suerte.
Miró el cielo estrellado, por si veía a Hedwig,
que quizá regresara con un ratón muerto en el pico, esperando sus elogios.
Harry miraba distraído por encima de los tejados y pasaron algunos segundos
hasta que comprendió lo que veía.
Perfilada contra la luna dorada y creciendo a
cada instante se veía una figura de forma extrañamente irregular que se
dirigía hacia Harry batiendo las alas. Se quedó quieto viéndola descender.
Durante una fracción de segundo, Harry no supo, con la mano en la falleba, si
cerrar la ventana de golpe. Pero entonces la extraña criatura revoloteó sobre
una farola de Privet Drive, y Harry, dándose cuenta de lo que era, se hizo a un
lado.
Tres lechuzas penetraron por la ventana, dos
sosteniendo a otra que parecía inconsciente. Aterrizaron suavemente sobre la
cama de Harry, y la lechuza que iba en medio, y que era grande y gris, cayó y
quedó allí inmóvil. Llevaba un paquete atado a las patas.
Harry reconoció enseguida a la lechuza
inconsciente. Se llamaba Errol y pertenecía a la familia Weasley Harry
se lanzó inmediatamente sobre la cama, desató los cordeles de las patas de Errol,
cogió el paquete y depositó a Errol en la jaula de Hedwig. Errol
abrió un ojo empañado, ululó débilmente en señal de agradecimiento y
comenzó a beber agua a tragos.
Harry volvió al lugar en que descansaban las
otras lechuzas. Una de ellas (una hembra grande y blanca como la nieve) era su
propia Hedwig. También llevaba un paquete y parecía muy satisfecha de sí
misma. Dio a Harry un picotazo cariñoso cuando le quitó la carga, y luego
atravesó la habitación volando para reunirse con Errol. Harry no
reconoció a la tercera lechuza, que era muy bonita y de color pardo rojizo,
pero supo enseguida de dónde venía, porque además del correspondiente paquete
portaba un mensaje con el emblema de Hogwarts. Cuando Harry le cogió la carta
a esta lechuza, ella erizó las plumas orgullosamente, estiró las alas y emprendió
el vuelo atravesando la ventana e internándose en la noche.
Harry se sentó en la cama, cogió el paquete
de Errol, rasgó el papel marrón y descubrió un regalo envuelto en papel
dorado y la primera tarjeta de cumpleaños de su vida. Abrió el sobre con dedos
ligeramente temblorosos. Cayeron dos trozos de papel: una carta y un recorte de
periódico.
Supo que el recorte de periódico pertenecía
al diario del mundo mágico El Profeta porque la gente de la fotografía
en blanco y negro se movía. Harry recogió el recorte, lo alisó y leyó:
FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE MAGIA
RECIBE EL GRAN PREMIO
Arthur Weasley, director del Departamento
Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles, ha ganado el gran premio anual
Galleon Draw que entrega el diario El Profeta.
El señor Weasley, radiante
de alegría, declaró a El Profeta: «Gastaremos el dinero en unas vacaciones estivales en
Egipto, donde trabaja Bill, nuestro hijo mayor, deshaciendo hechizos para el
banco mágico Gringotts.»
La familia Weasley pasará un
mes en Egipto, y regresará para el comienzo del nuevo curso escolar de
Hogwarts, donde estudian actualmente cinco hijos del matrimonio Weasley.
Observó la fotografía en movimiento, y una
sonrisa se le dibujó en la cara al ver a los nueve Weasley ante una enorme
pirámide, saludándolo con la mano. La pequeña y rechoncha señora Weasley, el
alto y calvo señor Weasley, los seis hijos y la hija tenían (aunque la
fotografía en blanco y negro no lo mostrara) el pelo de un rojo intenso. Justo
en el centro de la foto aparecía Ron, alto y larguirucho, con su rata Scabbers
sobre el hombro y con el brazo alrededor de Ginny, su hermana pequeña.
Harry no sabía de nadie que mereciera un
premio más que los Weasley, que eran muy buenos y pobres de solemnidad. Cogió
la carta de Ron y la desdobló.
Querido Harry:
¡Feliz cumpleaños!
Siento mucho lo de la llamada
de teléfono. Espero que los muggles no te dieran un mal rato. Se lo he dicho a
mi padre y él opina que no debería haber gritado.
Egipto es estupendo. Bill
nos ha llevado a ver todas las tumbas, y no te creerías las maldiciones que
los antiguos brujos egipcios ponían en ellas. Mi madre no dejó que Ginny
entrara en la última. Estaba llena de esqueletos mutantes de muggles que habían
profanado la tumba y tenían varias cabezas y cosas así.
Cuando mi padre ganó el
premio de El
Profeta no me lo podía creer. ¡Setecientos galeones! La mayor parte se nos
ha ido en estas vacaciones, pero me van a comprar otra varita mágica para el
próximo curso.
Harry recordaba muy bien cómo se le había
roto a Ron su vieja varita mágica. Fue cuando el coche en que los dos habían
ido volando a Hogwarts chocó contra un árbol del parque del colegio.
Regresaremos más o menos una semana antes de
que comience el curso. Iremos a Londres a comprar la varita mágica y los nuevos
libros. ¿Podríamos vernos allí?
¡No dejes que los muggles te
depriman!
Intenta venir a Londres.
Ron
Posdata: Percy ha ganado el Premio Anual.
Recibió la notificación la semana pasada.
Harry volvió a mirar la foto. Percy, que
estaba en el séptimo y último curso de Hogwarts, parecía especialmente orgulloso.
Se había colocado la medalla del Premio Anual en el fez que llevaba
graciosamente sobre su pelo repeinado. Las gafas de montura de asta reflejaban
el sol egipcio.
Luego Harry cogió el regalo y lo desenvolvió.
Parecía una diminuta peonza de cristal. Debajo había otra nota de
Ron:
Harry:
Esto es un chivatoscopio de
bolsillo. Si hay alguien cerca que no sea de fiar, en teoría tiene que dar
vueltas y encenderse. Bill dice que no es más que una engañifa para turistas
magos, y que no funciona, porque la noche pasada estuvo toda la cena sin
parar. Claro que él no sabía que Fred y George le habían echado escarabajos en
la sopa.
Hasta pronto,
Ron
Harry puso el chivatoscopio de bolsillo sobre
la mesita de noche, donde permaneció inmóvil, en equilibrio sobre la punta,
reflejando las manecillas luminosas del reloj. Lo contempló durante unos
segundos, satisfecho, y luego cogió el paquete que había llevado Hedwig.
También contenía un regalo envuelto en papel,
una tarjeta y una carta, esta vez de Hermione:
Querido Harry:
Ron me escribió y me contó
lo de su conversación telefónica con tu tío Vernon. Espero que estés bien.
En estos momentos estoy en
Francia de vacaciones y no sabía cómo enviarte esto (¿y si lo abrían en la
aduana?), ¡pero entonces apareció Hedwig! Creo que quería asegurarse de que, para
variar, recibías un regalo de cumpleaños. El regalo te lo he comprado por
catálogo vía lechuza. Había un anuncio en El Profeta (me he suscrito,
hay que estar al tanto de lo que ocurre en el mundo mágico). ¿Has visto la foto
que salió de Ron y su familia hace una semana? Apuesto a que está aprendiendo
montones de cosas, me muero de envidia... los brujos del antiguo Egipto eran
fascinantes.
Aquí también tienen un
interesante pasado en cuestión de brujería. He tenido que reescribir completa
la redacción sobre Historia de la Magia para poder incluir algunas cosas que he
averiguado. Espero que no resulte excesivamente larga: comprende dos
pergaminos más de los que había pedido el profesor Binns.
Ron dice que irá a Londres
la última semana de vacaciones. ¿Podrías ir tú también? ¿Te dejarán tus tíos?
Espero que sí. Si no, nos veremos en el expreso de Hogwarts el 1 de septiembre.
Besos de
Hermione
Posdata: Ron me ha dicho que Percy ha
recibido el Premio Anual. Me imagino que Percy estará en una nube. A Ron no
parece que le haga mucha gracia.
Harry volvió a sonreír mientras dejaba a un
lado la carta de Hermione y cogía el regalo. Pesaba mucho. Conociendo a
Hermione, estaba convencido de que sería un gran libro lleno de difíciles
embrujos, pero no. El corazón le dio un vuelco cuando quitó el papel y vio un
estuche de cuero negro con unas palabras estampadas en plata: EQUIPO DE MANTENIMIENTO
DE ESCOBAS VOLADORAS.
—¡Ostras, Hermione! —murmuró Harry, abriendo
el estuche para echar un vistazo.
Contenía un tarro grande de abrillantador de
palo de escoba marca Fleetwood, unas tijeras especiales de plata para recortar
las ramitas, una pequeña brújula de latón para los viajes largos en escoba y un
Manual de mantenimiento de la escoba voladora.
Después de sus amigos, lo que Harry más
apreciaba de Hogwarts era el quidditch, el deporte que contaba con más
seguidores en el mundo mágico. Era muy peligroso, muy emocionante, y los
jugadores iban montados en escoba. Harry era muy bueno jugando al quidditch.
Era el jugador más joven de Hogwarts de los últimos cien años. Uno de sus
trofeos más estimados era la escoba de carreras Nimbus 2.000.
Harry dejó a un lado el estuche y cogió el
último paquete. Reconoció de inmediato los garabatos que había en el papel
marrón: aquel paquete lo había enviado Hagrid, el guardabosques de Hogwarts.
Desprendió la capa superior de papel y vislumbró una cosa verde y como de piel,
pero antes de que pudiera desenvolverlo del todo, el paquete tembló y lo que estaba
dentro emitió un ruido fuerte, como de fauces que se cierran.
Harry se estremeció. Sabía que Hagrid no le
enviaría nunca nada peligroso a propósito, pero es que las ideas de Hagrid
sobre lo que podía resultar peligroso no eran muy normales: Hagrid tenía
amistad con arañas gigantes; había comprado en las tabernas feroces perros de
tres cabezas; y había escondido en su cabaña huevos de dragón (lo cual estaba
prohibido).
Harry tocó el paquete con el dedo, con temor.
Volvió a hacer el mismo ruido de cerrar de fauces. Harry cogió la lámpara de
la mesita de noche, la sujetó firmemente con una mano y la levantó por encima
de su cabeza, preparado para atizar un golpe. Entonces cogió con la otra mano
lo que quedaba del envoltorio y tiró de él.
Cayó un libro. Harry sólo tuvo tiempo de ver
su elegante cubierta verde, con el título estampado en letras doradas, El
monstruoso libro de los monstruos, antes de que el libro se levantara sobre
el lomo y escapara por la cama como si fuera un extraño cangrejo.
—Oh...
ah —susurró Harry.
Cayó de la cama produciendo un golpe seco y
recorrió con rapidez la habitación, arrastrando las hojas. Harry lo persiguió
procurando no hacer ruido. Se había escondido en el oscuro espacio que había
debajo de su mesa. Rezando para que los Dursley estuvieran aún profundamente
dormidos, Harry se puso a cuatro patas y se acercó a él.
—¡Ay!
El libro se cerró atrapándole la mano y huyó
batiendo las hojas, apoyándose aún en las cubiertas. Harry gateó, se echó hacia
delante y logró aplastarlo. Tío Vernon emitió un sonoro ronquido en el
dormitorio contiguo.
Hedwig y Errol lo observaban con interés
mientras Harry sujetaba el libro fuertemente entre sus brazos, se iba a toda
prisa hacia los cajones del armario y sacaba un cinturón para atarlo. El libro
monstruoso tembló de ira, pero ya no podía abrirse ni cerrarse, así que Harry
lo dejó sobre la cama y cogió la carta de Hagrid.
Querido Harry:
¡Feliz cumpleaños!
He pensado que esto te podría
resultar útil para el próximo curso. De momento no te digo nada más. Te lo diré
cuando nos veamos.
Espero que los muggles te
estén tratando bien.
Con mis mejores deseos,
Hagrid
A Harry le dio mala espina que Hagrid pensara
que podía serle útil un libro que mordía, pero dejó la tarjeta de Hagrid
junto a las de Ron y Hermione, sonriendo con más ganas que nunca. Ya sólo le
quedaba la carta de Hogwarts.
Percatándose de que era más gruesa de lo
normal, Harry rasgó el sobre, extrajo la primera página de pergamino y leyó:
Estimado señor Potter:
Le rogamos que no olvide que
el próximo curso dará comienzo el 1 de septiembre. El expreso de Hogwarts
partirá a las once en punto de la mañana de la estación de King’s Cross, anden
nueve y tres cuartos.
A los alumnos de tercer
curso se les permite visitar determinados fines de semana el pueblo de Hogsmeade.
Le rogamos que entregue a sus padres o tutores el documento de autorización
adjunto para que lo firmen.
También se adjunta la lista
de libros del próximo curso.
Atentamente,
Profesora M. McGonagall
Subdirectora
Harry extrajo la autorización para visitar el
pueblo de Hogsmeade, y la examinó, ya sin sonreír. Sería estupendo visitar
Hogsmeade los fines de semana; sabía que era un pueblo enteramente dedicado a
la magia y nunca había puesto en él los pies. Pero ¿cómo demonios iba a
convencer a sus tíos de que le firmaran la autorización?
Miró el despertador. Eran las dos de la
mañana.
Decidió pensar en ello al día siguiente, se
metió en la cama y se estiró para tachar otro día en el calendario que se había
hecho para ir descontando los días que le quedaban para regresar a Hogwarts. Se
quitó las gafas y se acostó para contemplar las tres tarjetas de cumpleaños.
Aunque era un muchacho diferente en muchos
aspectos, en aquel momento Harry Potter se sintió como cualquier otro:
contento, por primera vez en su vida, de que
fuera su cumpleaños.