El gnomo
bigotudo
y el
caballo blanco
Cuento
Ruso
En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un
Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó
que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco
como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna.
Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países,
prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el
sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes,
boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo
interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por
fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:
- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En
ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu
dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar
a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.
- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes
decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?
- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de
extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al
oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso
los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka . Nadie puede igualárseles en fuerza
y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el
caballo.
- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro
cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo
le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.
Al día siguiente muy temprano, los tres bravos
hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero
tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el
tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron
ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más
profunda reverencia, antes de decir:
- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años
sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino
para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese
extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te
apareció en sueños.
- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué
necesitáis para el camino?
- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides
a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para
vivir.
- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios.
Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de
lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi
guardarropa y los colmaré de atenciones.
Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno,
dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas
y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en
una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron
una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.
- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar
donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.
Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron
dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la
noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y
Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:
- Quédate y prepáranos la comida.
El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña,
fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo
sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto
a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de
trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo
pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la
cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus
espesas cejas y chilló con voz terrible:
- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si
fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis
carneros?
Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió
diciendo:
- Habías de crecer un poco más para chillarme así.
Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un
pellizco de pan v haga una gelatina de tus ojos.
- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy
valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo
arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra
la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el
carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los
hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza
vendada?
A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan
insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y
por eso no he podido asar ni hervir nada.
Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de
caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.
Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque
un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo
pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo
zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y
desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos
trapos en la cabeza?
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego,
hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no
pude prepararos la comida.
Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar
y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:
- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han
quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.
Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un
momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo
degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de
trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció
el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo.
Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el
cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus
carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se
arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al
Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes,
mientras gritaba:
Si no conoces el
vado
No camines por el río.
El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka,
aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr.
De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una
pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se
sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos. Éstos se
sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada.
Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al
monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:
- Hermanos míos,
permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se
ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues,
sólo en busca del caballo prodigioso.
Vosotros podéis
volver a la aldea a cavar la tierra.
Se despidió de
sus hermanos y prosiguió el viaje solo.
Estaba a punto
de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos
dolorosos.
- A quien me dé
de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.
El compasivo
joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de
gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó
quién era.
- Has de saber
que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los
carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi
vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te
diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.
- Dímelo, buen
hombre; te lo ruego.
- Ve al río que
pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta
durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y...
verás lo que sucede.
Zorka llegó al
río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla
opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de
pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus
alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas
puras y el tercero las piedras más preciosas.
- Toma esto para
ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.
- Nada puedo
aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de
pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.
- ¿Entonces por
qué haces esto?
- Busco al
caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata,
y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero
y esperase los acontecimientos.
- Has hecho
perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que
puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor.
No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus
deseos.
Apenas los tres
ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:
- ¡Quiero estar
inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a
su caballo!
Inmediatamente
lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una
profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo
divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de
largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la
lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su
crin colgaban muchas estrellas.
- Bien venido,
joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?
- Vengo a
quitarte el caballo.
- Ni tú ni nadie
puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de
estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se
esfuerce.
- Siendo así,
hagamos un trato.
- Con mucho
gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás
llevarte caballo.
- Trato hecho
-dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación.
Cambió el anillo de dedo y dijo:
- Quiero que la
hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.
En un santiamén
la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le
imploró:
- Buen joven,
¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna
juventud!
Pero Zorka le susurró:
- Quiero sacar
ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te
dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras
volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero
transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que
sucede.
Y sucedió tal
como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo
prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el
Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:
- ¡Está bien,
buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!
Apenas se había
alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa.
Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo
y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la
volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó
galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al
Zar de muy mal humor.
- No me causa
ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el
caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.
- ¿Y por qué, mi
querido padre el Zar?
- Porque, amigo
mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.
- Ruégote, mi
soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de
darme la bienvenida en el patio de armas.
El Zar corrió
enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo
al lado del joven.
- Aquí está tu
recompensa y mi alegría.
Y el Zar tomó el
caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según
promesa. Y
Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada
día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.
Fin.