
Jamás
hubo en la región un gaitero más alegre y bullanguero que Swanda. Siempre tenía
la sonrisa en los labios, siempre estaba dispuesto a organizar juergas en las
que tocaba incansablemente su gaita, ejecutando alegres melodías que encantaban
y divertían al auditorio arrancándole lágrimas de regocijo.
Hombre
dotado de óptimo corazón, siempre estaba dispuesto a socorrer al necesitado,
aunque la mayoría de las veces, sobrándole la voluntad, le faltaba el dinero,
pues todo lo que ganaba y, mucho más se lo gastaba en alegres francachelas.
A
pesar de sus buenos propósitos, el bueno de Swanda no había conseguido nunca
sustraerse a la fascinación que el vino ejercía sobre él.
Intentaba
con todas sus fuerzas no pasar nunca del primer vaso, pero, haciendo su vida en
lugares de esparcimiento donde se bebía mucho, después de apurar la primera
copa, invitado por un amigo, él tenía que corresponder invitando con otra pera
no quedar en mal lugar; el amigo repetía la invitación y Swanda hacía otro
tanto para no ser el último, con lo que al cabo de unas horas, tanto él como su
amigo tenían los bolsillos vacíos y los estómagos repletos de alcohol.
Y
en ésta situación, organizábanse partidas de naipes, y Swanda, tras tocar
algunas piececillas en su gaita y hacer la colecta, sentábase a la mesa de
juego y no se levantaba hasta que había quedado sin un céntimo o el alcohol lo
dejaba dormido como un tronco, teniendo que acostarlo entre los demás jugadores
debajo de la mesa para poder continuar la partida.
Cierta
noche se encontraba Swanda en Mokran, donde había tenido lugar una fiesta de
las grandes. El gaitero estuvo soplando desde la mañana hasta la noche en su
instrumento, contratado por el comité de festejos.
Ya
llevaba los bolsillos llenos de monedas de plata, pero tenía la boca tan seca
como si fuese de corcho. Metióse entonces en una taberna y se negó a continuar
tocando a pesar de las súplicas y dádivas de las jóvenes parejas que querían
proseguir el baile.
Pidió
dos botellas de vino para empezar, bebiéndolas en dos tragos, y cuando el
alcohol se le subió a la cabeza, experimentó un deseo ardiente de jugar.
Entonces
buscó con la vista un compañero de juego; pero no lo pudo encontrar. En la
taberna, además de él, no había más personas que el dueño y un aprendiz.
Al
darse cuenta de que tendría que pasar sin jugar, se puso de mal humor y pidió
otra botella. Entraron al poco varios clientes a los cuales invitó a jugar,
pero todos se negaron con diversos pretextos.
Exasperado,
Swanda pagó el vino y salió tambaleándose. El aire fresco de la calle lo
despejó un poco, pero no le hizo perder su deseo de jugar.
De
repente se le ocurrió una buena idea.
-
En Drazic - se dijo - hay romería y el secretario y el alcalde son dos
excelentes amigos a quienes les agradará una buena partida. Voy a buscarlos y
pasaremos agradablemente la noche.
ÉSta
era clarísima, brillando en el cielo la luna llena como un inmenso disco
plateado. Las calles del pueblo estaban iluminadas por la argentada luz y los
edificios proyectaban sobre el suelo sus negras y alargadas sombras.
Swanda
salió a la carretera, anduvo durante un kilómetro y luego la abandonó para
seguir un sendero que debía acortar considerablemente su viaje a Drazic.
Eran
las once de la noche, aproximadamente, y el gaitero contaba con llegar a su
destino alrededor de las doce.
Con
la gaita bajo el brazo describiendo pronunciadísimas curvas, Swanda avanzaba
tropezando con todas las piedras del camino, perdiendo de vez en cuando el
equilibrio y midiendo el suelo con su cuerpo. Pero él continuaba su camino
después de palparse los miembros magullados, con la tenacidad propia de los
borrachos.
De
repente oyó un rumor de alas. Levantó los ojos y vio una bandada de cuervos que
huían graznando. Dióse cuenta entonces de que se hallaba cerca de cuatro postes
de gran altura, hincados en el suelo formando un cuadrilátero. Estaban unidos
por su extremo superior por cuatro travesaños y del centro de cada uno de ellos
colgaba el cadáver de un ahorcado, ya medio devorados por los cuervos.
Haciendo
un gesto de disgusto y estremeciéndose, iba a continuar su camino, cuando vio
frente a él a un individuo vestido de negro con el rostro palidísimo y los ojos
tan brillantes que parecían carbones encendidos.
La
presencia del desconocido le hizo dar una sacudida de sorpresa, pues no lo
había oído venir, pero, en honor a la verdad, hay que reconocer que Swanda no
dio la menor señal de miedo, aunque tal vez esto se debiera a la enorme
cantidad de vino trasegado.
Inmóviles,
contempláronse los dos durante algunos segundos y en silencio, que rompió el
desconocido para decir:
-
¿A dónde vas a estas horas, amigo gaitero?
-
Dime primero quién eres y entonces te contestaré. Tengo la seguridad de que
ésta es la primera vez que te veo.
-
Es posible - repuso el desconocido; - pero mi nombre no debe preocuparte.
Contéstame y ten la seguridad de que no pretendo hacerte mal alguno.
-
Pues bien - declaró Swanda, - me dirijo a Drazic, donde me esperan.
-
¿No te gustaría ganar algún dinero tocando la gaita para unos amigos?
-
Hum... La verdad es que ya llevo el bolsillo lleno de monedas. He estado
soplando casi todo el día y ahora lo que tengo es ganas de divertirme.
-
Te advierto que mis amigos y yo no pagamos con monedas de plata, sino con oro.
Y,
uniendo la acción a la palabra, el desconocido sacó del bolsillo un puñado de
coronas que exhibió ante Swanda. La luz de la luna arrancó de las monedas
áureos reflejos.
Ante
aquel argumento, el gaitero no supo qué contestar. Miró atónito a su
interlocutor y ya le pareció un hombre distinguido y hasta simpático. Titubeó
un instante muy corto. Luego, dijo:
-
Estoy dispuesto a complaceros, señor.
-
Sígueme, pues - repuso el desconocido.
Con
la mente turbada por la sorpresa, la emoci6n y en mayor parte por el alcohol,
Swanda echó a andar detrás de su compañero con la gaita debajo del brazo, sin
fijarse en los lugares que recorría, caminando de un modo instintivo, sin
romper el silencio.
Por
fin el extraño se volvió al gaitero y habló así:
-
Creo mi deber recomendarte algo muy importante. Los amigos con quien vamos a
reunirnos te ofrecerán muchas veces vino y oro. Acepta ambas cosas y si se te
ocurre darles las gracias, guárdate muy bien de pronunciar para nada el nombre
de Dios. Di únicamente: "Buena suerte, hermano". No te olvides, porque
si no lo hicieras como te aconsejo, podría sucederte algo muy desagradable.
Swanda
comprendió perfectamente lo que le pedían, pues ya parecía haberse descorrido
un tanto el velo que nublaba su inteligencia. Sin embargo, no se dio cuenta del
lugar en que se hallaba ni de lo que le rodeaba. Vióse de repente en un
estancia lóbrega, oscurísima, donde había tres hombres tan pálidos y enlutados
como su acompañante, sentados en una mesa, jugando a las cartas. La escena
estaba iluminada únicamente por el brillo de los ojos de los jugadores.
Swanda
vio sobre la mesa tres grandes montones de monedas de oro y un enorme jarro de
vino del que los extraños personajes bebían sin cesar.
-
Hermanos - dijo con voz cavernosa el que acompañaba al gaitero, - permitidme que
os presente a mi querido amigo Swanda, a quien ya conocéis de oídas por la fama
de que disfruta. En este día en que celebramos una fiesta, me ha parecido
conveniente traerlo para que amenice nuestra noche.
-
¡Ha sido una idea magnífica! - exclamó entusiasmado uno de los jugadores.
Y
alargando el jarro al gaitero, añadió: - ¡Bebe lo que quieras, muchacho! Debes
estar sediento.
Swanda
vaciló un instante, pues no sentía gran confianza, más, al fin, decidióse y
bebió.
El
vino estaba algo caliente, pero no tenía mal sabor, por lo cual repitió la
libación. Luego, dejó el jarro sobre la mesa, quitóse el sombrero y, recordando
la recomendación de su acompañante, dijo limpiándose los labios con el revés de
la manga:
-
Buena suerte, hermano.
-
Gracias - respondi6 el jugador. - Tócanos algo alegre ahora y luego jugarás con
nosotros.
Hinchó
Swanda la gaita y empezó a interpretar música de baile, graciosa y juguetona.
Jamás, durante todo su vida, alcanzó tanto éxito como en aquella ocasión. Cada
nota estremecía de placer a los jugadores. Sus ojos lanzaban llamas y se reían
sin mover un músculo, mientras hacían tintinear los ducados sobre la mesa.
El
jarro pasaba sin cesar de una mano a otra, todos bebían y, ¡cosa extraña! el
vino no se terminaba nunca, aunque nadie se preocupaba de llenar el recipiente.
Cada
vez que Swanda terminaba de ejecutar una de sus melodías, los jugadores le
tendían el jarro y él bebía un trago larguísimo. Luego, cuando volvía a dejar
el cacharro sobre la mesa, aquellos hombres extraños le echaban sendos puñados
de monedas de oro en el sombrero, mostrando así el placer que les había
ocasionado con su música.
-
Buena suerte, hermanos - respondía él para corresponder a su generosidad,
aturdido por
su
buena fortuna. - Buena suerte, hermanos.
Inmediatamente
rompía a tocar de nuevo canciones cada vez más alegres, no solamente por sí
mismas, sino también por el estado de ánimo en que eran acogidas.
Duró
de este modo la fiesta largo rato, sin que los personajes pálidos dejaran de
mostrar su agrado con sus repetidas dádivas ni se fatigaran por la diversión
continuada.
Swanda
empezó a tocar un vals, y a sus notas cadenciosas, los enlutados, frenéticos y
enloquecidos, se levantaron y, agarrándose unos con otros, formando parejas, se
pusieron a danzar con una exaltación que contrastaba singularmente con sus
rostros helados e inexpresivos.
De
pronto, uno de los que bailaban junto a la mesa tomó el oro que quedaba y llenó
con él los bolsillos y el sombrero del gaitero,
-
¡Quédate con todo eso! - dijo. - Todo el oro del mundo no sería suficiente para
pagar el placer que nos estás proporcionando.
Swanda,
deslumbrado, fuera de sí ante aquella inmensa riqueza, tan grande como
inesperada, dejó de tocar y, olvidando la recomendación de su acompañante,
exclamó lleno de gratitud y respeto:
-
¡Qué Dios os bendiga, bondadosos señores!
A
aquellas palabras, los extraños danzantes, la mesa, las sillas, todo cuanto
había en la estancia y la estancia misma, desaparecieron sin dejar rastro.
No
obstante, él, sin darse cuenta de nada, prosiguió tocando con gran ardor,
creyendo que todavía estaban escuchando.
Un
campesino que pasaba cerca de allí a la mañana siguiente, oyó los sones de la
gaita y se aproximó diciéndose:
-
Debe de ser Swanda el que toca. Pero, ¿por qué diablos se le ocurrirá hacer
música a estas horas?
Un
momento más tarde descubría al gaitero y el labriego quedó pasmado de asombro
al contemplar la extraña escena.
No
era para menos. Swanda, a horcajadas en lo más alto del patíbulo, de donde
colgaban los cuatro cadáveres, proseguía sus acordes con el mayor entusiasmo,
mientras el viento agitaba los ahorcados, dando la impresión de que bailaban.
-
¿Qué diablos haces ahí, Swanda? ¿Desde cuándo te has convertido en cuclillo? -
le apostrofó el aldeano cuando se recobró de la sorpresa.
Estas
palabras tuvieron la virtud de despertar al gaitero del extraño sueño en que se
encontraba. Apartó de sus labios la caña de la gaita, abrió los ojos y,
sorprendido, giró la vista a su alrededor, clavando finalmente la mirado en el
campesino que le había dirigido la palabra.
Estremeciéndose
de pavor, recordó lo sucedido y se palpó los bolsillos. Alargándose su rostro a
medida que lo hacía, al comprobar con dolorosa sorpresa que no sólo habían
desaparecido las coronas, sino que ni siquiera conservaba una sola moneda de
plata.
El
descubrimiento le hizo palidecer; miró la horca, en la que continuaban
balanceándose los cadáveres, se santiguó apresuradamente y, volviéndose al
campesino, que lo contemplaba pasmado, le dijo:
-
Vámonos inmediatamente de aquí, por Dios.
Alejáronse
apresuradamente de aquel lugar macabro y Swanda no abrió la boca mientras no
perdió de vista la fatídica horca. Luego, acosado a preguntas por su compañero,
le refirió su aventura.
El
campesino le dijo:
-
Creo, Swanda, que Dios te ha dado al diablo por compañero a causa de tu
desmedida afición por el vino y por el juego.
-
Es posible - respondió Swanda sin poder contener un estremecimiento. - Pero te
juro que no volveré a beber ni a jugar más en lo que me queda de vida.
Cuando
llegaron al pueblo, el gaitero, que quería liberar su alma del¡ peso que la
oprimía, fue a confesarse con el párroco y a pedirle su opinión.
El
ministro de Dios, después de escucharle con gran atención, le dijo:
-
Hijo mío. Veo la mano del Altísimo en lo que te ha sucedido. Él, con su
infinita sabiduría, ha querido demostrarte la senda equivocada que seguías. Que
te sirva de escarmiento y te dé fuerzas para perseverar en tu arrepentimiento.
El
gaitero reiteró su promesa de corregirse y, no queriendo continuar soplando en
una gaita que había hecho bailar al diablo, la ofreció, por consejo del
sacerdote, al templo del lugar, donde todavía puede verse colgada ante el altar
de la Virgen.
Swanda
no faltó jamás a su promesa. Continuó siendo el alegre gaitero que todos
conocían, pero cuando notaba su boca seca, después de haber estado tocando
durante mucho tiempo, no bebía nunca más que agua o a lo sumo, un vaso de
cerveza.
Llegó
a ser un hombre respetado por la pureza de sus costumbres, ganando mucho
dinero, que, como ya no lo malgastaba en francachelas ni vicios, pudo ahorrar
en gran parte y llevar una vida cómoda y regalada, gozando, por su generosidad
y sus obras de caridad, del respeto sincero y el agradecimiento de amigos y
conocidos.
Del
libro: Cuentos de Hadas Bohemios
narrados
a los niños por H. C. Granch
Ed.
Molino, Buenos Aires - 1944
Fin.