
Hans Christian Andersen
Al duende lo conoces, pero, ¿y a
la mujer del jardinero? Era muy leída, se sabía versos de memoria, incluso era
capaz de escribir algunos sin gran dificultad; sólo las rimas, el «remache»,
como ella decía, le costaba un regular esfuerzo. Tenía dotes de escritora y de
oradora; habría sido un buen señor rector o, cuando menos, una buena señora
rectora.
- Es hermosa la Tierra en su
ropaje dominguero - había dicho, expresando luego este pensamiento revestido de
bellas palabras y «remachándolas», es decir, componiendo una canción
edificante, bella y larga.
El señor seminarista Kisserup -
aunque el nombre no hace al caso - era primo suyo, y acertó a encontrarse de
visita en casa de la familia del jardinero. Escuchó su poesía y la encontró
buena, excelente incluso, según dijo.
- ¡Tiene usted talento, señora!
- añadió.
- ¡No diga sandeces! - atajó el
jardinero -. No le meta esas tonterías en la cabeza. Una mujer no necesita
talento. Lo que le hace falta es cuerpo, un cuerpo sano y dispuesto, y saber
atender a sus pucheros, para que no se quemen las papillas.
- El sabor a quemado lo quito
con carbón - respondió la mujer -, y, cuando tú estás enfurruñado, lo arreglo
con un besito. Creería una que no piensas sino en coles y patatas, y, sin
embargo, bien te gustan las flores - y le dio un beso -. ¡Las flores son el
espíritu! - añadió.
- Atiende a tu cocina - gruñó
él, dirigiéndose al jardín, que era el puchero de su incumbencia.
Entretanto, el seminarista tomó
asiento junto a la señora y se puso a charlar con ella. Sobre su lema «Es
hermosa la Tierra» pronunció una especie de sermón muy bien compuesto.
- La Tierra es hermosa,
sometedla a vuestro poder, se nos ha dicho, y nosotros nos hicimos señores de
ella. Uno lo es por el espíritu, otro por el cuerpo; uno fue puesto en el mundo
como signo de admiración, otro como guión mayor, y cada uno puede preguntarse:
¿cuál es mi destino? Éste será obispo, aquél será sólo un pobre seminarista,
pero todo está sabiamente dispuesto. La Tierra es hermosa, y siempre lleva su
ropaje dominguero. Vuestra poesía hace pensar, y está llena de sentimiento y de
geografía.
- Tiene usted ingenio, señor
Kisserup - respondió la mujer. - Mucho ingenio, se lo aseguro. - Hablando con
usted, veo más claro en mí misma.
Y siguieron tratando de cosas
bellas y virtuosas. Pero en la cocina había también alguien que hablaba; era el
duendecillo, el duendecillo vestido de gris, con su gorrito rojo. Ya lo
conoces.
Pues el duendecillo estaba en la
cocina vigilando el puchero; hablaba, pero nadie lo atendía, excepto el gato
negro, el «ladrón de nata», como lo llamaba la mujer.
El duendecillo estaba enojado
con la señora porque - bien lo sabía él - no creía en su existencia. Es verdad
que nunca lo había visto, pero, dada su vasta erudición, no tenía disculpa que
no supiera que él estaba allí y no le mostrara una cierta deferencia. Jamás se
le ocurrió ponerle, en Nochebuena, una buena cucharada de sabrosas papillas,
homenaje que todos sus antecesores habían recibido, incluso de mujeres privadas
de toda cultura. Las papillas habían quedado en mantequilla y nata. Al gato se
le hacía la boca agua sólo de oírlo.
- Me llama una entelequia - dijo
el duendecillo -, lo cual no me cabe en la cabeza. ¡Me niega, simplemente! Ya
lo había oído antes, y ahora he tenido que escucharlo otra vez. Allí está
charlando con ese calzonazos de seminarista. Yo estoy con el marido: «¡Atiende
a tu puchero!». ¡Pero quiá! ¡Voy a hacer que se queme la comida!
Y el duendecillo se puso a
soplar en el fuego, que se reavivó y empezó a chisporrotear. ¡Surterurre-rup!
La olla hierve que te hierve.
- Ahora voy al dormitorio a
hacer agujeros en los calcetines del padre - continuó el duendecillo -. Haré
uno grande en los dedos y otro en el talón; eso le dará que zurcir, siempre que
sus poesías le dejen tiempo para eso. ¡Poetisa, poetiza de una vez las medias
del padre!
El gato estornudó; se había
resfriado, a pesar de su buen abrigo de piel.
- He abierto la puerta de la
despensa - dijo el duendecillo -. Hay allí nata cocida, espesa como gachas. Si
no la quieres, me la como yo.
- Puesto que, sea como fuere, me
voy a llevar la culpa y los palos - dijo el gato mejor será que la saboree yo.
- Primero la dulce nata, luego los
amargos palos - contestó el duendecillo. - Pero ahora me voy al cuarto del
seminarista, a colgarle los tirantes del espejo y a meterle los calcetines en
la jofaina; creerá que el ponche era demasiado fuerte y que se le subió a la
cabeza. Esta noche me estuve sentado en la pila de leña, al lado de la perrera;
me gusta fastidiar al perro.
Dejé colgar las piernas y venga
balancearlas, y el mastín no podía alcanzarlas, aunque saltaba con todas sus
fuerzas.
Aquello lo sacaba de quicio, y
venga ladrar y más ladrar, y yo venga balancearme; se armó un ruido infernal.
Despertamos al seminarista, el cual se levantó tres veces, asomándose a la
ventana a ver qué ocurría, pero no vio nada, a pesar de que llevaba puestas las
gafas; siempre duerme con gafas.
- Di «¡miau!» si viene la mujer
- interrumpióle el gato - Oigo mal hoy, estoy enfermo.
- Te regalaste demasiado -
replicó el duendecillo -. Vete al plato y saca el vientre de penas. Pero ten
cuidado de secarte los bigotes, no se te vaya a quedar nata pegada en ellos.
Anda, vete, yo vigilaré.
Y el duendecillo se quedó en la
puerta, que estaba entornada; aparte la mujer y el seminarista, no había nadie
en el cuarto. Hablaban acerca de lo que, según expresara el estudiante con
tanta elegancia, en toda economía doméstica debería estar por encima de ollas y
cazuelas: los dones espirituales.
- Señor Kisserup - dijo la mujer
-, ya que se presenta la oportunidad, voy a enseñarle algo que no he mostrado a
ningún alma viviente, y mucho menos a mi marido: mis ensayos poéticos, mis
pequeños versos, aunque hay algunos bastante largos. Los he llamado
«Confidencias de una dueña honesta». ¡Doy tanto valor a las palabras castizas
de nuestra lengua!
- Hay que dárselo - replicó el
seminarista -. Es necesario desterrar de nuestro idioma todos los
extranjerismos.
- Siempre lo hago - afirmó la
mujer -. Jamás digo «merengue» ni «tallarines», sino «rosquilla espumosa» y
«pasta de sopa en cintas». Y así diciendo, sacó del cajón un cuaderno de
reluciente cubierta verde, con dos manchurrones de tinta.
- Es un libro muy grave y
melancólico - dijo -. Tengo cierta inclinación a lo triste. Aquí encontrará «El
suspiro en la noche», «Mi ocaso» y «Cuando me casé con Clemente», es decir, mi
marido. Todo esto puede usted saltarlo, aunque está hondamente sentido y
pensado. La mejor composición es la titulada «Los deberes del ama de casa»;
toda ella impregnada de tristeza, pues me abandono a mis inclinaciones. Una
sola poesía tiene carácter jocoso; hay en ella algunos pensamientos alegres, de
esos que de vez en cuando se le ocurren a uno; pensamientos sobre - no se ría
usted - la condición de una poetisa. Sólo la conocemos yo, mi cajón, y ahora
usted, señor Kisserup. Amo la Poesía, se adueña de mí, me hostiga, me domina,
me gobierna. Lo he dicho bajo el título «El duendecillo». Seguramente usted
conoce la antigua superstición campesina del duendecillo, que hace de las suyas
en las casas. Pues imaginé que la casa era yo, y que la Poesía, las impresiones
que siento, eran el duendecillo, el espíritu que la rige. En esta composición
he cantado el poder y la grandeza de este personaje, pero debe usted prometerme
solemnemente que no lo revelará a mi marido ni a nadie. Lea en voz alta para
que yo pueda oírla, suponiendo que pueda descifrar mi escritura.
Y el seminarista leyó y la mujer
escuchó, y escuchó también el duendecillo. Estaba al acecho, como bien sabes, y
acababa de deslizarse en la habitación cuando el seminarista leyó en alta voz
el titulo.
- ¡Esto va para mí! - dijo -.
¿Qué debe haber escrito sobre mi persona? La voy a fastidiar. Le quitaré los
huevos y los polluelos, y haré correr a la ternera hasta que se le quede en los
huesos. ¡Se acordará de mí, ama de casa!
Y aguzó el oído, prestando toda
su atención; pero cuanto más oía de las excelencias y el poder del duendecillo,
de su dominio sobre la mujer - y ten en cuenta que al decir duendecillo ella
entendía la Poesía, mientras aquél se atenía al sentido literal del título -,
tanto más se sonreía el minúsculo personaje. Sus ojos centelleaban de gozo, en
las comisuras de su boca se dibujaba una sonrisa, se levantaba sobre los
talones y las puntas de los pies, tanto que creció una pulgada. Estaba
encantado de lo que se decía acerca del duendecillo.
- Verdaderamente, esta señora
tiene ingenio y cultura. ¡Qué mal la había juzgado! Me ha inmortalizado en sus
«Confidencias»; irá a parar a la imprenta y correré en boca de la gente. Desde
hoy no dejaré que el gato se zampe la nata; me la reservo para mi. Uno bebe
menos que dos, y esto es siempre un ahorro, un ahorro que voy a introducir,
aparte que respetaré a la señora.
- Es exactamente como los
hombres este duende - observó el viejo gato -. Ha bastado una palabra zalamera
de la señora, una sola, para hacerle cambiar de opinión. ¡Qué taimada es
nuestra señora!
Y no es que la señora fuera
taimada, sino que el duende era como, son los seres humanos.
Si no entiendes este cuento,
dímelo. Pero guárdate de preguntar al duendecillo y a la señora.
Fin.