AMOR A PRIMERA VISTA


Amor a primera vista

 

La pregunta es eterna y parece banal, pero sin embargo sigue siendo discutida por lo bajo o entre amigos en un café ¿existe el amor a primera vista o sólo es un mito romántico e inútil?

 

“Entré a una fiesta a la que no quería ir, porque estaba en esa especie de depresión de hoy no salgo. Mis amigas no me habían dado bola y me llevaron ahí a la fuerza” relata Marisa P., de 24 años “hice un paneo

general y lo vi. Parecía que tenía murcielaguitos alrededor, que estaba triste; y me encantó. Me senté al lado y empezamos a charlar” y sonríe. Tras el refresh de una historia que comenzó hace un par de años, redondea “no sé si fue a amor a primera vista -yo no creo mucho en eso-, pero con el Flaco estamos muy bien”.

¿Existe o no? ¿alguien –acaso- tiene la “posta”? En definitiva ¿qué es el amor? Nada resulta más complicado que hablar de ciertos temas cuando no se los puede –ni podrá, por suerte- definir a ciencia cierta. La idea del “amor a primera vista” posee una larga tradición enraizada tanto en literatura y filosofía, como medicina y otras disciplinas que abarca diversos siglos y culturas y que, a pesar que en cada momento histórico tuvo sus peculiaridades (no es la misma en pleno romanticismo gótico que en los albores de la era industrial), aún hoy continúa gozando de cierta vigencia entre los distintos espacios sociales.

Basta rememorar los peliculones asquerosamente almibarados elucubrados de manera meticulosa en la soledad de la alcoba adolescente –sí, alcoba ¿acaso no se está aludiendo al trazado del príncipe azul?-, al ritmo del lento en boga. Imaginar una y otra vez que en el pub al que se va a ingresar el sábado a medianoche aparecerá “la” persona con la que con sólo cruzar unas miradas ya se estará en estado de levitación al mejor estilo Subiela y en armonía redonda como cítrico perfumado.

“El amor a primera vista suele ser un estado de encuentro maravilloso”, sostiene el psicólogo Gabriel Espiño, “aquello que muchos llaman química, flechazo, etc. Pero no se halla en el afuera, sino en la persona misma que lo siente y depende de su historia personal. El sujeto se encuentra con aquello que soñaba”. Y por ese lado viene un poco el quid de la cuestión “es la idealización que cada uno elabora sobre el amor y que se encarna en un ser en particular”, dirá más adelante.

 Claudia Ch. tiene 29 años y una basta experiencia con el género opuesto “el amor a primera vista no existe, dejémonos de joder. Es la calentura extrema que te hace sentir un tipo. Lo mirás, te morís y te habla y

desfallecés. Si hay onda, curtís increíble. Pero después de la magia del primer mes, todo decanta y ya está”, dice cruda y naturalmente.

“Entonces, debiera denominarse ´enamoramiento a primera vista´ pues éste es un estado de fascinación generado por la creencia de haber encontrado a la persona que da cuerpo al ideal de amor”, argumenta el psicólogo. Típica sensación que se experimenta en un principio –que puede durar unos meses- cuando el otro cumple con todos los “requisitos” deseados. Pero también, típica consecuencia no buscada: el tiempo pasa y los defectos emergen en la superficie. El ideal cae. Cosa que a más de uno provoca desencanto y desvanecimiento, mientras que a otro lo impulsa a seguir adelante.

“Yo creo en el amor a primera vista porque con Lore me pasó. Estaba en la facu sentado atrás de ella”, cuenta Enrique, de 19 años, estudiante de la UBA. “En un momento dado, unos pibes de no sé qué partido de izquierda interrumpieron la clase y ella se dio vuelta para oírlos. Nos quedamos como suspendidos en la nada y todo el alrededor desapareció. Fue muy fuerte, hablamos de boludeces pero no sé por qué ya estaba todo dicho. Pasaron un par de semanas hasta que nos dimos el primer beso. Y de ahí en más, tuvimos nuestras vueltas, pero siempre seguimos juntos, la amo y no tengo palabras para describir lo que siento”. Y se le nota. Queda en silencio y sonrisa.

Desde la psicología el discurso sostiene que “el amor es un sentimiento más profundo que se vincula con el plano de lo real, más que de lo ideal”, reflexiona el especialista y agrega: “es una relación en la que se aceptan las diferencias del otro, donde no hay media naranja que se encuentra con otra mitad igual. Pues si no hay diferencia, entonces tampoco hay falta ¿cómo se motoriza la pareja? El deseo se sostiene de las cosas que no tenemos y que nunca vamos a terminar de tener porque nadie suple la falta en su totalidad”.

“Resulta recomendable desechar la noción de la naranja incompleta que al juntarse con su par, llena el vacío y vive feliz para siempre”, sintetiza Espiño. ¿Por qué no pensar en un vínculo entre dos seres que quieren compartir lo que son con otro, aceptando que no se van a encastrar de forma precisa en un ciento por ciento y no exigiendo colmar su falta? Quizás una punta para ir tirando en esta vida que poco tiene de redonda...