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17 de marzo

Acto final

Con el revés de 1952 como advertencia, en 1957, al acercarse la fecha de la sucesión pre­si­dencial, Pérez Jiménez piensa en todo, menos en una elección; así, recurre a la idea de un plebiscito bajo su control. El 15 de diciembre se lleva a cabo el llamado plebiscito con la pregunta de si el país está de acuerdo con la continuación de Pérez Jiménez en la presiden­cia y si acepta los candidatos del gobierno al Congreso Nacional, a las asambleas legislati­vas y los concejos municipales. En caso de que la respuesta fuese afirmativa, de hecho y de derecho esas personas quedan elegidas para los cargos señalados; pero si el voto mayorita­rio es negativo, no quedan señaladas en las bases del plebiscito las alternativas a seguir.

El Consejo Supremo Electoral da cifras muy altas a favor de la dictadura, evidentemente falsas. Votos azules, por el sí: Marcos Pérez Jiménez 2.374.790; votos rojos, por el no, 364.182. Nulos, 186.015. El 20 de diciembre, Marcos Pérez Jiménez es proclamado presi­dente de la República para el período 1958/1963; pero ya no está en condiciones de mane­jar la crisis.

Desde antes de la fecha del plebiscito Caracas es un campo fértil para la siembra de rumo­res. La impugnación al régimen crece, penetra en los establecimientos militares, es compar­ti­da por intelectuales y empresarios.

El 1 de enero de 1958 estalla una rebelión en la Fuerza Aérea; bombardean Miraflores; la artillería y los blindados aumentan la insurgencia. No triunfa este intento; pero pone a las claras que el apoyo militar al régimen, que se pregonaba “monolítico” se ha fracturado.

Desde el día 10 empiezan a producirse manifestaciones callejeras que desafían a la policía. La agitación en la calle es acompañada por manifestaciones de los intelectuales, los empre­sa­rios, periodistas, colegios profesionales, que exigen el retorno a la democracia. Evidente­men­te, el gobierno está impedido de controlar la situación.

El 21 de enero comienza una huelga de prensa y horas después de ésta la huelga general con­vocada por la Junta Patriótica. El 22 se reúnen altos jefes militares en la Academia Mi­litar para considerar la situación. Sus deliberaciones concluyen formando una Junta Militar de Gobierno que pide la renuncia a Pérez Jiménez. En la madrugada del día 23 éste sale al exterior como presidente depuesto.

El 1º de enero de 1958 estalla una insurrección militar al mando del teniente coronel Hugo Trejo. Bajo la dirección (clandestina) de la Junta Patriótica, presidida por el periodista Fa­bri­cio Ojeda, los partidos y la sociedad civil reaccionan de manera unánime. La dictadura llega a su fin, después de 22 días de agitación.

La madrugada del 23 de enero, el general Pérez Jiménez abandona secretamente el país, en un avión que se conoció como “La vaca sagrada”, rumbo a República Dominicana. Una pri­me­ra Junta Militar de Gobierno integrada por los coroneles RobertoCasanova, Abel Rome­ro Villate, Carlos Luis Araque, Pedro José Quevedo y por el contralmirante Wolfgang La­rra­zábal, asume el poder el 23 de enero. Sin embargo, 24 horas después las protestas popu­la­res presionan la salida de los coroneles Casanova y Romero Villate, por sus vinculaciones muy estrechas con Pérez Jiménez, siendo sustituidos por los civiles Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Larrazábal es escogido como presidente de la Junta.

Ésta promete elecciones inmediatas. Se inicia un plan de emergencia contra el desempleo. El 23 de mayo la Junta promulga el Estatuto Electoral, redactado entre otros, por el jurista Rafael Pizani. A partir de ese momento se inicia una intensa lucha política que tiene como meta aparente la búsqueda de un candidato independiente para la presidencia. Los partidos se sienten todos fuertes y optan por sus propias fórmulas.

Pocas veces se había dado en Venezuela un ambiente de euforia como el del 23 de enero de 1958. Los periódicos dan rienda suelta a los titulares represados por diez años de censura: disfru­tan a plenitud de la libertad de expresión y comienzan a contar la historia oculta de los diez años. Se hacen protestas de unidad, abundan los golpes de pecho, los propósitos de enmien­da, las autocríticas de los sectores democráticos. Tal es la euforia que durante años se conti­núa hablando del “espíritu del 23 de Enero”, como de un momento excepcional en la políti­ca del país.

La caída de la dictadura tiene un alto precio. La prensa calcula en 300 los muertos durante los desórdenes de esos días. Es asaltada la Seguridad Nacional y los presos retenidos allí son liberados. De las cárceles salen todos los presos políticos. Simultáneamente se inicia el retorno de los cientos de exiliados que durante diez años habían sido obligados a abandonar el país. Entre los primeros en regresar está Jóvito Villalba, luego Rafael Caldera y, por últi­mo Rómulo Betancourt, el 10 de febrero. De México regresan el ex presidente Rómulo Ga­lle­gos y el líder comunista Gustavo Machado, y de Madrid, el escritor Mario Briceño Irago­rry. La dictadura perezjimenista es el único régimen que aplica el destierro masivo en la his­toria venezolana.

Una grave crisis se presenta entre el 22 y el 23 de julio de 1958 cuando el ministro de la De­fensa, general Jesús María Castro León, pide la postergación de las elecciones por tres años, la supresión de los partidos AD y PCV y el establecimiento de la censura de prensa. Castro León es enviado al exterior el 24 de julio, con otros siete oficiales, rumbo a Miami; lo sustituye el general Josué López Henríquez. Las conspiraciones y los intentos de golpe de Estado son frecuentes durante ese año: el domingo 7 de septiembre, 45 días después del intento de Castro León, estalla uno de los más serios, con un considerable número de víc­timas.

Plan de Emergencia

La dictadura no sólo deja grandes deudas, sino también un desempleo capitalino que El Na­cio­nal calcula en 60.000 desocupados que mantenían en zozobra una ciudad que apenas con­­ta­ba millón y medio de habitantes. La Junta quiere contratar un empréstito exterior, pero la opinión pública rechaza la idea: paga la deuda de 2.351 millones de bolívares (al comer­cio y a los constructores) comprometiendo las reservas. Se improvisa un gran Plan de E­mer­gencia para dar trabajo a los desocupados, el cual se prolonga hasta agosto de 1959. El ministro Hernández Ron (de Obras Públicas) informa que éste ha costado 1.000 millones de bolívares en un año, y que “se habían acogido a él 22.500 trabajadores, de los cuales 18.500 trabajaban y 4.000 cobraban sin trabajar”.

Elecciones y pacto de entendimiento

En medio de un clima tenso, los partidos se lanzan a sus campañas presidenciales. Se ensa­yan y se queman nombres de independientes y se busca el “candidato ideal”. Como no se en­cuentra, se concibe el Pacto de “Punto Fijo” que se suscribe el 31 de octubre de 1958 en la residencia de Caldera que llevaba ese nombre. El pacto establece el compromiso de civi­li­zar las relaciones partidistas, la defensa de la constitucionalidad y el derecho a gobernar de acuerdo con el resultado electoral; gobierno de unidad nacional, no hegemonía partidista y presentación de un programa mínimo común. Lo suscriben Rómulo Betancourt, Raúl Leo­ni, Gonzalo Barrios, de AD; Jóvito Villalba, Ignacio Luis Arcaya y Manuel López Ri­vas, de URD; y Rafael Caldera, Pedro del Corral y Lorenzo Fernández, por Copei. Se reco­no­cían así las amenazas aún latentes contra el régimen democrático y se echaban las bases de gobiernos de unidad, sin precedentes en el país.

El 14 de noviembre Larrazábal renuncia a la presidencia de la Junta para aceptar la candi­da­tura de URD y del PCV. Lo sustituye Edgar Sanabria, profesor de derecho romano du­ran­te medio siglo. En Consejo de Ministros, la víspera de las elecciones, Sanabria promulga una nueva ley de Universidades, consagrando la autonomía universitaria, y crea la Univer­si­dad de Oriente. Los otros candidatos son: Betancourt, por AD, y Caldera, por Copei. La víspera del día de las elecciones, los tres candidatos suscriben un “Programa Mínimo de Go­bierno”. Las elecciones del 7 de diciembre dan el siguiente resultado: Betancourt, 1.284.092 votos; Larrazábal, 903.479, y Caldera, 423.262.

Rómulo Betancourt, Presidente

Betancourt se posesiona el 13 de febrero de 1959. Periodista y político, tiene entonces 51 a­ños de edad, y no menos de 30 en las luchas políticas. Integra un gabinete de coalición (se­gún Punto Fijo) con tres ministros de URD: Ignacio Luis Arcaya, Relaciones Exteriores; Ma­nuel López Rivas, Comunicaciones, y Luis Hernández Solís, Trabajo. Dos de Copei: Lo­renzo Fernández, en Fomento, y Víctor Giménez Landínez, en Agricultura y Cría. Dos de AD: Luis Augusto Dubuc, Relaciones Interiores, y Juan Pablo Pérez Alfonzo, en Minas. El resto del gabinete lo forman los independientes Rafael Pizani, en Educación; Santiago Her­nández Ron, en Obras Públicas; José Antonio Mayobre, en Hacienda; Arnoldo Gabaldón, en Sanidad y Asistencia Social; y Andrés Aguilar, en Justicia. Ramón J. Velásquez es designado secretario general de la Presidencia, entonces un cargo clave.

Betancourt debe enfrentar otro intento de Castro León, quien invade por el Táchira el 20 de abril de 1960.

A ésta le siguen otras rebeliones militares, como el Barcelonazo (25 de junio de 1961), el Carupanazo (el 4 de mayo de 1962) y el Porteñazo (el 2 de junio). En el mundo político, confronta al mismo tiempo las divisiones de AD, primero la del MIR, y luego la del Grupo ARS. El 24 de junio de 1960 ocurre el atentado de Los Próceres en el cual estuvo a punto de ser asesinado: se salva milagrosamente, pero sufre quemaduras en sus manos. Venezuela acusa al régimen de Trujillo ante la OEA, y todos los países rompen o suspenden relaciones con el dictador dominicano, aislamiento que conduce a la crisis final de aquel régimen.

El martes 13 de mayo de 1958 llega de visita el vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Las relaciones entre este país y la dictadura habían sido visiblemente cordiales. Ni­xon es recibido por las manifestaciones más violentas que se hayan visto en Caracas: se sal­va milagrosamente, como él lo confesará en su libro Seis crisis. La tensión llega a tal extre­mo que hay amenazas de invasión por los marines. Días después de la visita de Nixon, re­nun­cian a la Junta Eugenio Mendoza y Blas Lamberti, y su lugar es ocupado por Edgar Sa­na­bria y Arturo Sosa.


Por el contrario, la visita de Fidel Castro genera un enorme entusiasmo popular. Llega a Ca­ra­cas el 23 de enero de 1959, pocos días después de su entrada triunfal en La Habana. Habla en el Congreso y en la UCV, y agradece el respaldo de Venezuela. Una inmensa multitud lo escucha en El Silencio. Su encuentro con Betancourt no es tan afortunado: la falta de empatía es manifiesta desde el primer momento y las relaciones entre ambos go­bier­nos se dificultarán hasta llegar a la ruptura.

También la presencia del presidente de los Es­ta­dos Unidos, John Fitzgerald Kennedy, en diciembre de 1961, crea expectativas y curio­sidad entre la gente.

Kennedy viene acompañado de su esposa Jackeline. La pareja norteamericana despierta simpatías en el país, a pesar de las disputas políticas en boga, y de la crisis en el Caribe.

Un mes antes, Venezuela había roto relaciones con Cuba. Betancourt invita a los visitantes a La Morita para que asistan a un reparto de tierras.

También visitan Venezuela Adolfo López Mateos de México, y Manuel Prado Ugarteche de Perú.

Tomado de Historia de Venezuela en Imágenes FUNDACIÓN POLAR - EL NACIONAL


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