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17 de marzo

CONDICIONES PARA EL DIÁLOGO

 

20 de abril de 2002


No es la primera vez que es convocado el diálogo por parte del presidente Chávez.  Desde antes de ser elegido presidente lo ha hecho constantemente, invocando el sentimiento patriótico para que todos los sectores actúen de manera urgente y desinteresada para sacar el país adelante.  De hecho, el propósito que se ha impuesto es el de proveer una democracia participativa.

 

Magnánimo en exceso se ha mostrado después de los sucesos del 11 de abril de 2002 al, no solamente perdonar a sus enemigos, sino implorarles una vez más el cambio de actitud y hacerles un llamado a  la concordia, al diálogo.

 

Estamos dispuestos a secundar al presidente Chávez en su ofrecimiento, pero vamos a exponer aquí nuestras reservas.

 

¿Acaso los venezolanos no hemos sido testigos de cómo han respondido esas fieras rabiosas a los intentos anteriores? ¡Han mordido la mano que se les extendía de manera amistosa!  Pero tenía que ser así necesariamente.  Todos sabemos que no se trata de participación.  Sabemos los venezolanos, y muy bien, quiénes los dirigen y cuáles son sus únicos fines.  Esos fines no son negociables, no solamente porque están en contra de los principios de la revolución bolivariana, su constitución y sus leyes, sino en contra de la dignidad del pueblo venezolano.  Se trata de su soberanía.

 

No quepa la menos duda.  Pruebas de ello nos dieron en abundancia durante las pocas horas que ostentaron el poder mediante el golpe de estado.  Ahora hacen toda clase de malabarismos para tratar de quitarse la raya y dejársela a Carmona solo.  Pero no pueden hacerlo, porque todo el tiempo les estuvimos advirtiendo que eso iba a pasar y ellos se hicieron los sordos y siguieron adelante transmitiendo el mensaje fascista que luego se expresó vivamente durante el golpe de estado con gran accionar de los medios de comunicación instando a la violación de los derechos y a las posiciones más extremas, al tiempo que fabricaban el gran escenario para la farsa que se presentó a la comunidad internacional.  Habían patentado el término “Sociedad Civil” para referirse a los grupos de privilegiados que se prestaron para la componenda, a sabiendas o engañados, de tal manera que en el exterior, haciendo correcta interpretación del término, se pensaba que el pueblo estaba sacando a Chávez del poder.  Luego la comunidad internacional se quedó estupefacta al enterarse que el verdadero pueblo, la parte ignorada de la sociedad civil, había retomado el poder para su legítimo presidente.  El desprestigio de los medios no tiene parangón en ningún país ni en ninguna época de la historia.

 

Así que nuestra posición es muy clara.  Si alguien quiere dialogar es bienvenido, en el entendido de que actúa de buena fe motivado por el deseo de aportar algo por el país, que respeta la opinión de las mayorías y, sobre todo, que respeta las reglas del juego impuestas por el sistema democrático.  Creemos que bajo estas condiciones es factible incluso la participación en el gobierno puesto que sería absurdo descartar talentos, buena ayuda, buenas ideas.  Advertimos, eso sí, que estaremos recelosos porque hemos sido testigos de muy malas experiencias.  Acuérdense de Puchi, Lameda o Alfredo Peña, solo para citar tres casos.  Personajes que se han valido de sus cargos en el gobierno para actuar como saboteadores.

 

Sin embargo, todavía no hemos mencionado la condición principal para que la participación y el diálogo funcionen: el pueblo exige justicia como primer paso para lograr el entendimiento.  Mientras perdure la impunidad seguirá la zozobra y la fe se seguirá perdiendo.  Si no hay justicia se les estará dando luz verde a los abusadores de oficio, a los vendepatria, a los traidores, a los subversivos y terroristas para seguir imponiendo su ley, la ley del más fuerte, la ley del dinero.

Sabiéndose dueños de la impunidad, los canales de televisión han seguido y seguirán su desvergonzada campaña de difamación y deterioro de la imagen del país, de terrorismo mediático.  Los empresarios ya comenzaron un nuevo reetiquetado de sus productos para facturarle al consumidor los costos de los paros que ellos mismos promovieron.  Las campañas seguirán para conseguir ya no un muerto, sino miles de muertos que sirvan para justificar sus fines.

 

 


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