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Monólogos de traductora esquizofrénica

 

 

Dedicado a Flavia,

que nunca reconoció que estaba colada por el jefe

 

Bueno, que ya me dirás lo que hago, cómo quieres que lo presente. Tú ya sabes que yo me ajusto a lo que tú me digas, que para eso pagas, para eso eres el que manda. ¿A doble espacio, en fuente del doce? Lo que tú me digas, que a mí me da lo mismo.

(Y se me ocurre que si fuera yo la que mandara, a ti no te daría lo mismo.)

 

¿Que tenga más cuidado que con el último? ¡Si me habías dicho que estaba bien! Hombre, quéjate en su momento, háblame claro cuando es oportuno. No me vayas a salir con ésas ahora, cuando ya no puedo arreglar nada.

(A mí siempre me dice que le gusta lo que hago, pero si le preguntan otros, pone cara de que ni fu ni fa.)

 

Sí, me quedo lo que haya que quedarse. Ya sabes que puedes contar conmigo. Me quedé hasta las dos de la mañana cuando lo de la revista, ¿te acuerdas? Me quedé solita en el edificio, que hasta miedo me daba. Pero lo hice, y no te puse pegas. Así que ahora no te creas que me voy a poner melindrosa.

(Conmigo aquí me gustaría verte; hasta las dos. Bah, no aguantarías. Me mirarías con esa cara tierna que gastas para los compromisos y acabarías por ponerme alguna excusa para largarte. Y dejarme sola, claro.)

 

Claro que lo sé, ya me lo han dicho. Además, no te creas que soy novata en estas cosas. No es la primera vez que trabajo para los del laboratorio. Sé el lenguaje que gastan y conozco mi trabajo, ¿o es que lo dudas? ¡Parece mentira! Llevo años en esto, me conoces, y todavía me tratas como si fuera una inútil.

(De otra forma me tratarías si yo te hubiera demostrado en su momento lo que valgo. Más que tú, por supuesto, que en el fondo no eres más que un pobrecito bobo, un falso. Pero de tan bobo, tierno.)

 

A veces creo que esa manía tuya de repetirme las cosas tantas veces es simple incompetencia, majo. De plantas sé más que tú, rico. A ver quién te ayudó a ti con lo del virus del tabaco. Y los pimientos, pues lo mismo. No sé qué te has creído, cómo te imaginas que puedes tratarme así.

(Pero es que supongo que eres así de necio, así de engreído y de estúpido. Antes no eras así conmigo. Y si yo lo hubiera llevado bien, seguro que ahora serías de otra forma. Más humano, más persona. Te darías cuenta de lo que te estás perdiendo conmigo.)

 

¿Tú es que te crees que a mí me puedes tratar de cualquier manera? ¿Tú es que te piensas que a mí me puedes manejar como a una de tus muñequitas? ¡Que no soy imbécil! Y no me largo ya mismo porque no sabrías qué hacer sin mí, que si no...

(Si no, ya verías. Si yo tuviera la fuerza, el coraje que hace falta para plantarse delante de ti y decirte cualquier cosa... Pero yo te diría las cosas que te hacen falta, como en las pelis.)

 

Además, jamás he visto a nadie tan necio, ahora que me pongo a pensarlo. Se cree que es alguien, y en realidad, no tiene ni idea. De este asunto sé yo más que tú, porque soy mejor traductora, mejor ejecutiva y, si me apuras, mejor persona.

(Y mejor amiga, y mejor amante, y más simpática, y más graciosa. Que lo tuyo es todo fachada. Ni una embestida mía resistirías.)

 

¡Pimientos! ¡Me pregunta si sé de virus de pimientos! Y me levanta la ceja cuando me habla, articula con cuidado, como si tuviera miedo de que yo no lo fuera a entender. ¡Será imbécil!

(Ya verías si me tuvieras más cerca; te agarraría por la cintura y te pediría que me explicases las cosas; que me hablases de pimientos, sí es que te atrevías y te quedaban ganas. Pero no te quedarían, que me da risa de pensar en tu cara de asombro al verme así, tan distinta a como te crees que soy.)

 

Si en lugar de hacer el paripé dándotelas de jefe te preocuparas un poco más por el trabajo, otro gallo nos cantaría.

(Otro gallo me cantaría a mí también si hubiera hecho lo que tenía que hacer entonces, aquel día en que no aproveché. Qué pena, no haberte acariciado entonces, el día en que me rozaste la mano, como sin querer. Y haberme echado hacia adelante, haberte mordido por algún sitio, haberme reído, haberte agarrado sin dejar que te soltaras. Y haberme decidido a decirte que sí, que quedo contigo, que me da igual que se sepa...)

 

Cuando pienso que te gastas esos humos, que vas de gran especialista precisamente conmigo, me pregunto qué hago aquí yo, aguantando al más insoportable. Hasta pidiéndote a veces consejo, como si lo necesitara. Que tú eres el gran especialista en el tema, que me supervises mi traducción, que necesito tu ayuda...

(Después de cenar, haber ido paseando por ahí, haberte dejado hablar, escucharte. Escucharte los dos, en realidad, porque tú te escuchas tanto como yo pueda escucharte. Y luego, lo decisivo, mirarte a los ojos y decirte «Tú esta noche te quedas conmigo». Y me habrías dicho que sí, claro, porque no eres de los que desperdician oportunidades.)

 

Pues estoy pensando que te lo voy a pedir, te voy a decir que necesito tu ayuda, que me ayudes con el tema de los pimientos, gran gurú de la traducción. Y ya verás qué risa, qué ridículo haces. Te preguntaré al final que cómo quieres que llame a los pimientos de Malasia. ¿Te parece mejor que los llame chiles? Y te miraré a los ojos con cara de circunstancias, para que no notes que me estoy riendo de ti y de tus ridiculeces.

(Enroscadita a ti, con mi oreja sobre tu cuerpo y oyéndote el corazón palpitar. La felicidad completa. Sin hablar ninguno de los dos, sabiendo sólo que tú estás conmigo y yo contigo. Sin pensar en trabajo, sin pensar en nadie. Siendo, por una vez, personas. Que hace mucho que no lo soy y me parece a ratos que sólo contigo puedo serlo.)

 

Me parece que la traducción te la va a hacer Rita. O, mejor, la haré yo, como siempre, como suelo. Con eficacia, con rapidez, con exactitud.

(Con la misma eficacia te querría, te mimaría, cuidaría de ti si me dejaras.)

 

Para que te diga el cliente, como siempre: «Frau Provitina es una excelente profesional.» Y tú dirás que en tu equipo sólo tienes a los mejores. Y yo lo aguantaré. ¡Maldita sea, si es que soy imbécil!

(Pero te levantarás en algún momento y me dirás que no, que no puede ser, que somos mayores para esas cosas. Y aunque me rompas el alma al decírmelo, casi te estoy oyendo: «Por favor, no empieces así, no seas imbécil.»)

 

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Flavia, excelente traductora, hizo una magnífica traducción sobre virología vegetal. El jefe acabó casándose con una rubia a botellazos.

Y colorín colorado.