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“...y os encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó: para que comáis
y bebáis entorno a mi mesa, en mi
reino.” (Lc. 22, 29,30)
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1
Por
la proclamación del Sanctus, o sea la doxologia angelical, la plegaria de acción
de gracias alcanza su propósito que es la ascensión de la Iglesia al cielo,
delante del trono de Dios, a la gloria del Reino de los Cielos. Pero he aquí que habiendo englobado todo lo
creado, el universo visible e invisible y habiéndose manifestado la Iglesia
como el cielo en la tierra, la plegaria de acción de gracias, desde las alturas
que ha llegado, en esta plenitud de comunión, de conocimiento y de delicias
divinas, se transforma, por así decirlo, ella misma en la conmemoración de un
acontecimiento: de la Cena Mística que Cristo hubo cumplido con sus
discípulos cuando fue a padecer los sufrimientos y la muerte. (...)
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A
la luz de la experiencia eucarística, la primera cosa que nos aparece en la conmemoración
de la Santa Cena, es justamente que, todo haciéndose parte de la acción de
gracias, no sólo no se lo puede separar de la misma, sino que adquiere por
nosotros su pleno significado en el sí de esta misma acción de gracias. Sabemos de ella que cumple la Eucaristía como ascenso de la Iglesia hacia
el altar celestial, como sacramentoo del Reino.
Sabemos también que toda la Liturgia
conduce por su realización gradual, como sacramentoo de la asamblea,
como sacramentoo de la entrada,
sacramentoo de la palabra, sacramentoo de la ofrenda, en fin como sacramentoo de la acción
de gracias. Sabemos también que en
este aspecto toda la Liturgia es la conmemoración del Cristo, que es el sacramento y la experiencia de su
presencia: la del Hijo de Dios que ha
bajado del cielo y que se ha encarnado por
levantarnos en Él al cielo. Es Él quien “nos reúne en Iglesia,” quien hace de
nuestra asamblea una entrada y una elevación, quien “obro nuestra inteligencia”,
para escuchar su Palabra; es Él “quien aporta y que es aportado”, quien hace
suya nuestra ofrenda, quien hace de nuestra unión una unión en su amor y, en
fin, quien nos levanta hasta el cielo y nos da acceso cerca de su Padre... ¿Qué significa todo esto, sino que la
conmemoración a la que ha pasado ahora la acción de gracias, después de conseguir
su objetivo de levantar la Iglesia al cielo, es la realidad misma del Reino?
Y si podemos conmemorarlo, y por lo tanto ser conscientes de qué es real, que
está “entre nosotros”, es que entonces, aquella misma noche, en aquella cena,
Cristo la había manifestado y nos la había legado. “Y os encomiendo el reino como mi Padre me lo
encomendó, para que comáis y bebáis entorno a mi mesa, en mi Reino” (Lc. 22,
29 – 30) La noche del mundo caído, atado al
pecado y a la muerte, la Santa Cena había revelado la luz que está fuera de
este mundo, divina, la del Reino de Dios. Estos son el sentido y la realidad eternos de
este acontecimiento único, absolutamente incomparable e irreductible a
cualquier otro cosa. Es justamente
este sentido de la Santa Cena que se descubre en la experiencia eucarística
de la Iglesia. Este accede por su
ascenso mismo hacia la realidad celeste que Cristo en la tierra, una vez y por
todas, había revelado y nos había dado. Y cuando acercándonos a la comunión,
rogamos: “En tu Cena mística, Hijo de Dios, recíbeme hoy,” esta
identificación entre la que se efectúa hoy y la que cumplió entonces es
exactamente real, porque son reunidos hoy en el mismo Reino, en la misma Cena
que Cristo había efectuado entonces, la noche de la fiesta, con “los suyos.” “Los amó hasta el extremo (eiV teloV)”(Jn. 13, 1). En la experiencia eucarística, como en la Iglesia, la Cena
Mística es el extremo (es decir, la plenitud del amor del Cristo, de aquel
que realiza la substancia de su ministerio, de su predicación, de sus
milagros y por el cual se da ahora él mismo como el mismo Amor. Tras las primeras palabras: “He deseado comer
esta Pascua con vosotros” (Lc. 22, 15), hasta la salida al jardín de
Getsemaní, todo lo que sucedió en la Cena Mística, no sólo el lavado de los
pies, sino la distribución del pan y del cáliz a los discípulos, y la última
conversación, no sólo revelan el Amor: es el Amor mismo. También la Cena Mística es “telos”, la
realización del fin, porque es la
manifestación del Reino de la Amor por
el cual el mundo había sido creado y que es su final. Dios ha creado el mundo por amor. Y por amor no la ha abandonado a su caída
mortal. Por amor, ha enviado al mundo a
su Hijo Único, su Amor. Y ahora, en esta mesa, manifiesta y concede este Amor
como en su Reino, y su
Reino, como la permanencia “en el amor”: “Del mismo modo que él Padre
me amó, yo os amo. Manteneos en mi
amor” (Jn. 15, 9).
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Cristo ha sido
crucificado por “este mundo”, por su pecado, su odio, su lucha contra Dios. En la historia, en nuestro tiempo
terrestrte, la iniciativa de la Cruz pertenecía al pecado, como continúa
perteneciente hasta ahora, en cada cual de nosotros, cuando, por nuestros
pecados, volvemos a poner en nosotros mismos el Hijo de Dios en la Cruz y la insultamos
(Heb. 6, 6). Ahora bien, si la Cruz,
herramienta de ejecución y de infamia, se ha convertido en el símbolo sagrado
de la nuestro fe, de esperanza y de amor, si la Iglesia no deja de glorificar
su poder inconcebible e infalible, de ver “la belleza de la Universo” y la
“guarición de lo creado”, de confesar que “la alegría ha venido por la Cruz a
la Universo”, por esta misma Cruz que había encarnado la esencia misma del
pecado —la lucha contra Dios— el pecado ha sido vencido; porque por la muerte
en la Cruz, dónde la muerte misma reinaba sobre el mundo y parecía celebrar
su triunfo definitivo, la muerte ha sido destruída; en fin, porque de esta
victoria de la cruz irradiaría el júbilo de la resurrección. ¿Qué es lo que había transformado la Cruz en
una victoria parecida, y que no deja de hacerlo, sino la amor del Cristo,
este Amor divino que en la Cena Mística, Cristo ha revelado como la substancia misma y
la gloria del Reino de Dios? ¿Y dónde sino en la Cena Mística, ha sido
revelado el don integral de este Amor, el don que había hecho que la Cruz, es
decir, la traición, los padecimientos, la crucufixión, y la muerte, serían
inevitables en este mundo? Precisamente es de esta relación entre la Cena y
la Cruz, de su relación como manifestación del
Reino y de su victoria, que atestimonian tanto el Evangelio como la Liturgia (sobre
todo los oficios de la Gran Semana Santa de la Pasión, de una profundidad
prodigiosa). La Cena es constantemente
referida por la noche que la rodea en todas partes y dónde la luz de la
fiesta de la Amor irradía con una fuerza particular, cuando en la cámara
“alta”, “amplia y parada” (Mc. 14, 15), Cristo la celebra con sus discípulos.
Es la noche del pecado, la esencia
misma de ”este
mundo”. Y he aquí que la noche se oscurece
al extremo, hasta el punto de engullir esta última luz que brilla en ella. Ya los príncipes del pueblo se reúnen contra
el Señor y su Cristo. Ya los denarios infames
son tirados, el precio de la traición. Ya la multitud excitada por sus
dirigentes, armada con espadas y bastones, se congrega por el camino de
Getsemaní. Ahora bien (y esto es de
una importancia primordial para la concepción eclesial de la Cruz) las
tinieblas de esta noche pesan sobre la Cena Mística misma. Cristo sabe que la mano de quien lo entrega
está con él en la mesa (Lc. 22, 21). Justamente es de la Cena, de su luz, que
“después de haber comido de su mano” (Jn. 13, 30), que Judas sale en esta
noche terrible, bien pronto seguido del Cristo. Y si los oficios del Jueves Santo, día en
qué la Santa Cena es especialmente conmemorada, mezclan constantemente el júbilo
y la aflicción, si la Iglesia se acuerda siempre y sin cesar no sólo de la
luz sino también de las tinieblas que la han oscurecido, es porque en estas
dos salidas sucesivas, de Judas y del Cristo, fuera de la misma claridad,
hacia la misma noche. La Iglesia ve y sabe que es el comienzo de la Cruz como misterio del pecado y como misterio de la
victoria sobre el pecado.
El misterio del pecado. El Éxodo de Judas es en efecto la extremidad,
la final del pecado del cual el inicio se
sitúa en el paraíso: el amor de Dios por el hombre abandono, se elige a si
mismo y no a Dios. Este elección de
caída empieza y determina interiormente toda la vida, toda la historia del mundo, de “este mundo”
caído, que yace en el mal, bajo el dominio de su príncipe. En ese momento,
con la salida de Judas, apóstol y traidor, en la noche, la historia del pecado,
la historia del amor cegado, pervertido, caído y convertido en rapto, porque
arrastra “para él mismo” la vida dada para ser comunión con Dios, esta
historia se acaba. El sentido referido
místicamente de esta salida, es precisamente que Judas deja el mismo paraíso,
que huye de el mismo, que no es expulsado. Había asistido a la Santa Cena, sus pies
habían sido lavados por el Cristo, había recibido en sus manos el pan de la amor
del Cristo, el Señor se había dado a Él en este pan. Había visto, escuchado, había tocado con sus
manos el Reino de Dios. Y he aquí que como Adán, perpetrando el
pecado original del primer hombre, portando
en el límite la lógica terrible del pecado, no había
querido este Reino. En Judas “este
mundo”, con su voluntad “anti-thèica” (contra Dios) y su amor caído, había
triunfado. Desde semillas, en razón de
esta misma lógica, esta voluntad no podía dejar de ser la de matar a Dios. Tras la Cena Mística, Judas no tiene dónde
ir, sino a las tinieblas del deicidio. En cuanto esto quedase hecho, cuando esta
volunatad fuese satisfecha, con la vida “para si” que la anima, ni habría otra
salida para Judas, sino la destrucción de si mismo.
El misterio de la victoria. En el Cristo que, por el don de si mismo en
la Cena Mística, manifiesta su Reino y su gloria, es este Reino al que sale
por la noche de “este
mundo”. Tras la Cena Cristo Mismo, no
tiene dónde ir, sino al encuentro, al duelo hasta el final con el Pecado y la
Muerte. Y esto porque estos dos
reinos, el de Dios y el del príncipe de este
mundo, no pueden “coexistir;” porque para destruir el poder del pecado y de la muerte,
para recuperar Él la criatura robada por el diablo y para salvar el mundo,
Dios ha dado a su Hijo unigéntio. Así,
por su Cena Mística, por la manifestación del Reino de la Amor,
Cristo se condena a la Cruz. Por la
misma, el Reino de Dios, secretamente manifestado en la Cena, irrumpe “en
este mundo”. Y por esta entrada, se
hace combate y victoria.
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