Del protopresbítero

Alexander

Schmemann

 

 

 

La Eucaristía, Sacramento del Reino

 Cap. X  El sacramento de la conmemoración

 

Traducción al castellano

 

 

 

“...y os encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó: para que comáis y bebáis entorno a mi mesa, en  mi reino.”  (Lc. 22, 29,30)

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Por la proclamación del Sanctus, o sea la doxologia angelical, la plegaria de acción de gracias alcanza su propósito que es la ascensión de la Iglesia al cielo, delante del trono de Dios, a la gloria del Reino de los Cielos.  Pero he aquí que habiendo englobado todo lo creado, el universo visible e invisible y habiéndose manifestado la Iglesia como el cielo en la tierra, la plegaria de acción de gracias, desde las alturas que ha llegado, en esta plenitud de comunión, de conocimiento y de delicias divinas, se transforma, por así decirlo, ella misma en la conmemoración de un acontecimiento: de la Cena Mística que Cristo hubo cumplido con sus discípulos cuando fue a padecer los sufrimientos y la muerte. (...)

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A la luz de la experiencia eucarística, la primera cosa que nos aparece en la conmemoración de la Santa Cena, es justamente que, todo haciéndose parte de la acción de gracias, no sólo no se lo puede separar de la misma, sino que adquiere por nosotros su pleno significado en el sí de esta misma acción de gracias.   Sabemos de ella que cumple la Eucaristía como ascenso de la Iglesia hacia el altar celestial, como sacramentoo del Reino.  Sabemos también que toda la Liturgia conduce por su realización gradual, como sacramentoo de la asamblea, como sacramentoo de la entrada, sacramentoo de la palabra, sacramentoo de la ofrenda, en fin como sacramentoo de la acción de gracias.   Sabemos también que en este aspecto toda la Liturgia es la conmemoración del Cristo, que es el sacramento y la experiencia de su presencia: la del Hijo de Dios que ha bajado del cielo y que se ha encarnado por levantarnos en Él al cielo. Es Él quien “nos reúne en Iglesia,” quien hace de nuestra asamblea una entrada y una elevación, quien “obro nuestra inteligencia”, para escuchar su Palabra; es Él “quien aporta y que es aportado”, quien hace suya nuestra ofrenda, quien hace de nuestra unión una unión en su amor y, en fin, quien nos levanta hasta el cielo y nos da acceso cerca de su Padre...  ¿Qué significa todo esto, sino que la conmemoración a la que ha pasado ahora la acción de gracias, después de conseguir su objetivo de levantar la Iglesia al cielo, es la realidad misma del Reino? Y si podemos conmemorarlo, y por lo tanto ser conscientes de qué es real, que está “entre nosotros”, es que entonces, aquella misma noche, en aquella cena, Cristo la había manifestado y nos la había legado.  Y  os encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó, para que comáis y bebáis entorno a mi mesa, en mi Reino” (Lc. 22, 29 – 30)  La noche del mundo caído, atado al pecado y a la muerte, la Santa Cena había revelado la luz que está fuera de este mundo, divina, la del Reino de Dios.  Estos son el sentido y la realidad eternos de este acontecimiento único, absolutamente incomparable e irreductible a cualquier otro cosa.  Es justamente este sentido de la Santa Cena que se descubre en la experiencia eucarística de la Iglesia.  Este accede por su ascenso mismo hacia la realidad celeste que Cristo en la tierra, una vez y por todas, había revelado y nos había dado.  Y cuando acercándonos a la comunión, rogamos: “En tu Cena mística, Hijo de Dios, recíbeme hoy,” esta identificación entre la que se efectúa hoy y la que cumplió entonces es exactamente real, porque son reunidos hoy en el mismo Reino, en la misma Cena que Cristo había efectuado entonces, la noche de la fiesta, con “los suyos.”   “Los amó hasta el extremo (eiV teloV)”(Jn. 13, 1).  En la experiencia eucarística, como en la Iglesia, la Cena Mística es el extremo (es decir, la plenitud del amor del Cristo, de aquel que realiza la substancia de su ministerio, de su predicación, de sus milagros y por el cual se da ahora él mismo como el mismo Amor.  Tras las primeras palabras: “He deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc. 22, 15), hasta la salida al jardín de Getsemaní, todo lo que sucedió en la Cena Mística, no sólo el lavado de los pies, sino la distribución del pan y del cáliz a los discípulos, y la última conversación, no sólo revelan el Amor: es el Amor mismo.   También la Cena Mística es “telos”, la realización del fin, porque es la manifestación del Reino de la Amor por el cual el mundo había sido creado y que es su final.  Dios ha creado el mundo por amor.  Y por amor no la ha abandonado a su caída mortal.  Por amor, ha enviado al mundo a su Hijo Único, su Amor. Y ahora, en esta mesa, manifiesta y concede este Amor como en su Reino, y su Reino, como la permanencia “en el amor”: “Del mismo modo que él Padre me amó, yo os amo.  Manteneos en mi amor” (Jn. 15, 9).  

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Cristo ha sido crucificado por “este mundo”, por su pecado, su odio, su lucha contra Dios.  En la historia, en nuestro tiempo terrestrte, la iniciativa de la Cruz pertenecía al pecado, como continúa perteneciente hasta ahora, en cada cual de nosotros, cuando, por nuestros pecados, volvemos a poner en nosotros mismos el Hijo de Dios en la Cruz y la insultamos (Heb. 6, 6).  Ahora bien, si la Cruz, herramienta de ejecución y de infamia, se ha convertido en el símbolo sagrado de la nuestro fe, de esperanza y de amor, si la Iglesia no deja de glorificar su poder inconcebible e infalible, de ver “la belleza de la Universo” y la “guarición de lo creado”, de confesar que “la alegría ha venido por la Cruz a la Universo”, por esta misma Cruz que había encarnado la esencia misma del pecado —la lucha contra Dios— el pecado ha sido vencido; porque por la muerte en la Cruz, dónde la muerte misma reinaba sobre el mundo y parecía celebrar su triunfo definitivo, la muerte ha sido destruída; en fin, porque de esta victoria de la cruz irradiaría el júbilo de la resurrección.  ¿Qué es lo que había transformado la Cruz en una victoria parecida, y que no deja de hacerlo, sino la amor del Cristo, este Amor divino que en la Cena Mística, Cristo ha revelado como la substancia misma y la gloria del Reino de Dios?  ¿Y dónde sino en la Cena Mística, ha sido revelado el don integral de este Amor, el don que había hecho que la Cruz, es decir, la traición, los padecimientos, la crucufixión, y la muerte, serían inevitables en este mundo? Precisamente es de esta relación entre la Cena y la Cruz, de su relación como manifestación del Reino y de su victoria, que atestimonian tanto el Evangelio como la Liturgia (sobre todo los oficios de la Gran Semana Santa de la Pasión, de una profundidad prodigiosa).  La Cena es constantemente referida por la noche que la rodea en todas partes y dónde la luz de la fiesta de la Amor irradía con una fuerza particular, cuando en la cámara “alta”, “amplia y parada” (Mc. 14, 15), Cristo la celebra con sus discípulos. Es la noche del pecado, la esencia misma de  este mundo”.  Y he aquí que la noche se oscurece al extremo, hasta el punto de engullir esta última luz que brilla en ella.  Ya los príncipes del pueblo se reúnen contra el Señor y su Cristo.  Ya los denarios infames son tirados, el precio de la traición. Ya la multitud excitada por sus dirigentes, armada con espadas y bastones, se congrega por el camino de Getsemaní.  Ahora bien (y esto es de una importancia primordial para la concepción eclesial de la Cruz) las tinieblas de esta noche pesan sobre la Cena Mística misma.  Cristo sabe que la mano de quien lo entrega está con él en la mesa (Lc. 22, 21).  Justamente es de la Cena, de su luz, que “después de haber comido de su mano” (Jn. 13, 30), que Judas sale en esta noche terrible, bien pronto seguido del Cristo.  Y si los oficios del Jueves Santo, día en qué la Santa Cena es especialmente conmemorada, mezclan constantemente el júbilo y la aflicción, si la Iglesia se acuerda siempre y sin cesar no sólo de la luz sino también de las tinieblas que la han oscurecido, es porque en estas dos salidas sucesivas, de Judas y del Cristo, fuera de la misma claridad, hacia la misma noche. La Iglesia ve y sabe que es el comienzo de la Cruz como misterio del pecado y como misterio de la victoria sobre el pecado.

El misterio del pecado.  El Éxodo de Judas es en efecto la extremidad, la final del pecado del cual el inicio se sitúa en el paraíso: el amor de Dios por el hombre abandono, se elige a si mismo y no a Dios.  Este elección de caída empieza y determina interiormente toda la vida, toda la historia del mundo, de  este mundo” caído, que yace en el mal, bajo el dominio de su príncipe. En ese momento, con la salida de Judas, apóstol y traidor, en la noche, la historia del pecado, la historia del amor cegado, pervertido, caído y convertido en rapto, porque arrastra “para él mismo” la vida dada para ser comunión con Dios, esta historia se acaba.  El sentido referido místicamente de esta salida, es precisamente que Judas deja el mismo paraíso, que huye de el mismo, que no es expulsado.  Había asistido a la Santa Cena, sus pies habían sido lavados por el Cristo, había recibido en sus manos el pan de la amor del Cristo, el Señor se había dado a Él en este pan.  Había visto, escuchado, había tocado con sus manos el Reino de Dios.  Y he aquí que como Adán, perpetrando el pecado original del primer hombre, portando en el límite la lógica terrible del pecado, no había querido este Reino.  En Judas “este mundo”, con su voluntad “anti-thèica” (contra Dios) y su amor caído, había triunfado.  Desde semillas, en razón de esta misma lógica, esta voluntad no podía dejar de ser la de matar a Dios.  Tras la Cena Mística, Judas no tiene dónde ir, sino a las tinieblas del deicidio.   En cuanto esto quedase hecho, cuando esta volunatad fuese satisfecha, con la vida “para si” que la anima, ni habría otra salida para Judas, sino la destrucción de si mismo.

El misterio de la victoria.  En el Cristo que, por el don de si mismo en la Cena Mística, manifiesta su Reino y su gloria, es este Reino al que sale por la noche de  este mundo”.   Tras la Cena Cristo Mismo, no tiene dónde ir, sino al encuentro, al duelo hasta el final con el Pecado y la Muerte.  Y esto porque estos dos reinos, el de Dios y el del príncipe de este mundo, no pueden “coexistir;” porque para destruir el poder del pecado y de la muerte, para recuperar Él la criatura robada por el diablo y para salvar el mundo, Dios ha dado a su Hijo unigéntio.  Así, por su Cena Mística, por la manifestación del Reino de la Amor, Cristo se condena a la Cruz.   Por la misma, el Reino de Dios, secretamente manifestado en la Cena, irrumpe “en este mundo”.  Y por esta entrada, se hace combate y victoria.

 

 

 

Esta traducción al castellano fue realizada por la Parroquia Ortodoxa de san Marcos, c/Santa clara, 8 bajo ,  20.100 Errenteria, Gipuzkoa. Tel. 685 725 812.