MISCELANEA

De Arcipreste Joan

 

CAPITULOS:

Nota a la segunda edición y Presentación   |  Oriente y Occidente  |  Introducción a los Profetas |  Sinergia y Revelación   |  Introducción a la Teología de san Pablo |  El Cantar de los Cantares - ASMA ASMATWN  |  FoV Ilarion – Dichosa Luz   |   Los escritos Joaníticos   |   La Luz Increada   |    Fundamentos de teología

 

 

 

 

NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN

(Octubre 2004)

 

En esta segunda edición de Miscelánea, hemos incluido El Cantar de los Cantares, del año 2001, que completa el ciclo de temas del canon vétero-testamentario iniciado con Introducción a los Profetas, así como dos conferencias más, Oriente y Occidente, inédita y que abre la edición, y Fundamentos de teología, pronunciada en las Jornadas de Teología del 2004, que recapitula las bases implícitas a lo largo de la obra y cierra todo el conjunto de Miscelánea.


 

PRESENTACIÓN

 

Las que aquí presentamos son las cinco últimas lecciones — o charlas como al P. Joan le gusta decir — pronunciadas con motivo de fiestas especiales del Instituto de Teología. Corresponden a la presentación de las diferentes temáticas de los cursos, desde 1999-2000 hasta el 2002-2003: los Profetas, la teología en los escritos de san Pablo y los escritos Joaníticos.

 

Hemos expresamente querido conservar la “redacción oral” del texto; reformarla por adecuarla a un registro más formal o académico sería sin duda traicionar el espíritu de las sesiones del Instituto, que queremos transmitir.

 

Aun cuando en una primera visión de los temas, pueden parecer aleatorios, son la vida práctica del Instituto y por esto responden a una necesidad concreta, a una respiración del grupo que ha ido asistiendo a las clases semana tras semana después de las vísperas del jueves; y esto deja ver claramente que la narración refleja un maduramente y un sentido que, como no podría ser de otra manera, apunta a la misma finalidad con qué trabaja el Instituto, y que estas ediciones quieren presentar.  Este libreto empieza hablando de la Revelación, de la historia de la Revelación y de la Revelación en la Historia; nos acerca a la Realidad de la Palabra de Dios que llega al mundo, y a la escucha de esta Palabra que da forma a su Pueblo.  Esta escucha queda perfectamente dibujada con el anciano Simeón y la Profetiza Ana que reciben al Emmanuel en el templo el día de la purificación cuarenta días después de la Natividad: se nos desvela la sinergia teándrica, fundamento de la teología y la práctica ortodoxa. La recepción de la Palabra trae necesariamente la transmisión del kerygma: es san Pablo quien nos acerca con una libertad extraordinaria a formular la vida en Cristo. Y ciertos otros, de este camino recorrido, nos podrían prácticamente dar testimonio de la Luz, la Dichosa Luz, himno entonado en el oficio de las vísperas, testimonio de que hemos recibido también de san Juan: san Juan, el Teólogo, el discípulo amado, que con sus cartas y su Evangelio nos conduce en este intento. Finalmente podemos hablar de la Luz increada, de las energías divinas, de la doctrina formulada por san Gregorio Palamás, patrono protector de nuestra escuela y a quien invocamos. Estas Miscelánea, pues, nos acercan a la escucha activa de la Revelación, actitud que corresponde a la voluntad con qué trabajamos en el Instituto de Teología de Barcelona.

 

Citando un fragmento tomado de una de las conferencias aquí reflejadas, expresaremos mejor el sentido de nuestro quehacer, durante ya más de 30 años, en el Instituto de Barcelona:

 

“Si la Buena Nueva (el Evangelio) no es una ley como hemos dicho, tampoco es ideología, es decir, la estructura de ideas y demostraciones del género filosófico, científico o histórico; por ello nunca estará provista de evidencia desde el punto de vista abstracto del dos más dos iguales son cuatro, del teorema de Pitágoras, de la existencia de la ciudad de Barcelona; al contrario, nuestra teología se compacta y se trenza en medio de la experiencia mística, con la razón medio perdida y extraviada en los fondos del mundo misterioso donde nunca habrá el entendimiento que nos provocara exclamar: «¡ya lo entiendo!», más bien nos hace exclamar: «¡lo tengo bastante claro!».  Las fórmulas del dogma, de la moral, del catecismo, de la teología, etc. no tienen nada más de consistente y serio (hablando en este sentido, «¡lo tengo bastante claro!») que lo que tienen ciertos datos de hecho, una vez admitidos como indudables, que no son evidentes directamente por la razón ni por el espíritu humano, ni impuestos por el instinto y donde todas las razones naturales no pueden construir no una sino ninguna demostración; pongamos como ejemplo la Encarnación, la Eucaristía, la Resurrección...  Podríamos preguntarnos, pues: ¿de qué sirven la Teología, la Apologética y otras disciplinas que estudiamos en esta y otras escuelas?  Responderíamos que estas disciplinas recogen el conjunto de nuestros conocimientos naturales, los coordinan, los subordinan, los armonizan, sin suprimir ningún oscuridad en función de la siguiente afirmación trascendental: kai o LogoV sarx egeneto (y el Verbo se hizo carne).”

 

 

P. Diácono Josep L. Moya

25 de mayo 2004

 

 

 


ORIENTE Y OCCIDENTE

(Junio 2004)

 

 

A menudo, cuando empleamos el calificativo “ortodoxo”, en estos lugares y en estos tiempos, lo aplicamos sin querer o expresamente, en el sentido antinómico al de “católico”, y algunas veces estos términos toman el significado de oriental – occidental; pero todavía se llega más lejos, hasta el desastre supino, cuando algunos se apoderan de los mismos y los tiñen de matices no excluidos de tendencias encubiertas, usándolos como sinónimos antinómicos de los términos griego-eslavo-bizantino y latino.

 

En el sentido más propio de un lenguaje más esmerado, “Ortodoxia” y “Catolicismo” toman el valor de Justo-Recto y Universal.

 

Profundizando un poco más y dentro de una primera lectura al nivel de las teologías descriptivas, nominalistas, conceptuales, si quisieramos, hablaríamos mejor de “Justa alabanza” y Oikumene-Koinonia, y ya dentro de la contemplación de la Teologopraxis, de los términos “Economía” y “Plenitud teándrica”.

 

El cristianismo in se, de se y per se no puede ser nunca ni oriental ni occidental, ni griego ni latino. La naturaleza profunda del cristianismo supone en la estricta “Economía de salvación”, “Dios rogándose a si mismo”, y en la “Sinergia teándrica”, doble movimiento en el sí del cual permanece el “Lugar del desempeño”.  Esta “Doxa” y esta Oikumene-Koinonia se insertan en nosotros, los hombres, en el espacio dónde transcurre chronos, plenamente desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Parusía, y de forma general o extensa desde el Bereshit, el Arch, o sea el Principio, hasta el “teloV kosmou”, la consumación de los tiempos.  Este espacio-tiempo, cronológico por la percepción humana del Adán no pneumatizado del todo por la inhabitación del Pentecostés perpetuo, por la santidad, se sitúa sin duda dentro del espacio del Reino y del kairos trinitario.

 

Hecha esta aclaración, básica y necesaria, tomamos licencia para poder afirmar que en un cierto sentido que teológicamente no excluye otras posibilidades, el cristianismo tiene como momento de tensión místico, culminante, central, a la vez inicial y final, el de la proclamación: CristoV anesti: AliqoV anesti!: ¡Cristo ha resucitado: En verdad, ha resucitado!  Esta proclamación es el fundamento del contenido del kerigma, transmisión, y el que se transmite en el Euaggelion, la Buena Nueva.

 

El crisol receptor de este kerigma es, en primer lugar, el Nuevo Eón, la Iglesia, a la cual le corresponderá como hito inmediato la proclamación de este kerigma al universo entero. ¿Qué es pues este kerigma?  ¿Quién y qué es este Nuevo Eón denominado Iglesia?  El kerigma es que Cristo ha resucitado, y en Él somos santos, y el Nuevo Eón es la Iglesia.  La Iglesia es el lugar de la experiencia trinitaria comunicada y comulgada, anunciada y participada.  Por esto, es también su Cuerpo Místico del cual Cristo es la única cabeza.  Y el Espíritu Santo es el único administrador de la santidad, junto con el Padre, y que, con el Hijo constituyen los dos brazos según los Padres que nos han precedido en la Fe, delimitan la única organización posible del mencionado Nuevo Eón: la trinitaria.  Esta organización tiene sus raíces profundas en medio del sentimiento del Filántropo por excelencia: Cristo, el Amigo del Hombre.

 

La enhypostatización de nuestra humanidad en la naturaleza humana de Jesucristo es la clave dinámica de la praxis, característica, fundamento, medio y fin, de lo que denominamos cristianismo, es decir, la vida en Cristo, Cristo en nosotros por el Espíritu Santo: la santidad.  ¿Por qué pues el nominativo de Cristianismo Ortodoxo?  ¿Por qué pues los calificativos desvirtuados de Cristianismo Católico?  ¿Qué es el cristianismo griego o eslavo?  ¿Qué son los cristianos orientales u occidentales?

 

¿A caso hay diferentes experiencias procedentes de este mismo fundamento?  A nivel de cada hypóstasis humana, claro está que sí, pero a nivel cualitativo in se, la santidad sólo es una.

 

¿Acaco puede ser cualitativamente diferente la vida en Cristo de Oriente en Occidente?  Una sola operación, sinergia, de Dios en el hombre y del hombre en Dios, no puede surtir experiencias distintas in se.

 

Cabría, llegados a esta conclusión, considerar paralelamente los aspectos prácticos, pneumatológicos y metahistórics de actos formales, cronológicos e históricos.  El fundamento sobre el cual se alza el kerigma es el punto inicial desde dónde se nutre la Tradición desde los tiempos apostólicos, desde los tiempos de los Padres Apostólicos, desde el periodo de los Apologetas, de los Mártires, de los Padres de la Iglesia, hasta el final del primero milenio.

 

Paralelamente y con incidencias significativas, este kerigma fue racionalizado en un esfuerzo titánico por comprenderlo a la luz de la razón humana.  Así pues, la Revelación de la Buena Nueva fue sujeto de otros tipos de recepción que no fueron aquellos transmitidos por los Apóstoles ni los Padres de la Iglesia.  En el seno del Nuevo Eón convergen diferencias durante los periodos de Nicea y Constantinopla, como sabemos, en torno a la cristología y la pneumatología. Se discutió y se resolvió pero, poco después, desembocó en la contemplación del misterio Mariano: ¿ es Theotokos o Cristotokos?  Los Arrios y Alejandro, Atanasio, Osio, y los Capadocios son sucedidos por Nestorio y Cirilo.  Éfeso no puede desatarse de Nicea ni de Constantinopla. Finalmente María, Madre de Dios, es alzada a la categoría de santo cáliz de la antinomia divino-humana.  En Calcedonia esta última proclamación, “Verdadero AnqropoV-LogoV sin confusión, mezcla, absorción ni división,” marca un salto cualitativo de capital importancia.  Nada ya será igual en el Nuevo Eón desde el punto de vista teológico.  La Cristología, la Pneumatología y la Eclesiología se funden en una sola y única experiencia: el Pentecostés renovado y mantenida hasta la Parusía.

 

Constantinopla, por segunda vez, sellaba años más tarde todo aquello que había despertado en la conciencia de la Iglesia.

 

El concilio denominado “Quinisexto in Trullo” marcará, delimitará eficazmente los modus operandi, fundamentados en la receptio in ecclesia de cuanto se proclamaba hasta aquel momento a través del espíritu de conciliaridad.  En los dominios de la santidad, la disciplina ecclesiae no puede ser nada más que el reflejo del Espíritu Santo reposando sobre su habitáculo terrenal.

 

Desgraciadamente una parte del Nuevo Eón no recibirá nunca, ni algunos incluso llegarán a conocer, el consensum patrum.  Corre el año 681.  El periodo siguiente del iconoclasma, traerá experiencias terribles y nefastas: discusión, martirio, crímenes, división, pero finalmente el triunfo de la Ortodoxia se impondrá y este triunfo es el triunfo de la Justicia, de la Economía y del Oikumene-koinonia, el Eón triunfante por la ayuda del Espíritu Santo. Es el triunfo de la Tradición.  Hacia el año 1054, tristemente el Nuevo Eón padece, lo que todavía no se ha enderezado, la pérdida de la Koinonia, pero no la de la unidad, puesto que la Esposa del Cristo sólo es una; los efectos de la pérdida de la Koinonia verdaderamente suponen las experiencias de “des-unión”, enajenamiento, pérdida de la caridad e inevitablemente incluso la hostilidad abierta o manifiesta.

 

¿Hasta dónde puede llegar el debilitamiento de la experiencia en el Anthropo-Logos?  ¿A qué niveles de conciencia tan escabrosamente oscuros debemos caer con tal de erigirnos un instrumento de rotura del Cuerpo de Cristo?  ¡Kyrie eleison!  ¡Kyrie eleison!  ¡Kyrie eleison!  Sucede que un Príncipe de la Iglesia, el Cardenal Humberto de Silva Candida pone sobre el altar de Santa Sofía la bula de excomunión de sus hermanos de Bizancio.

 

Roma locuta, causa finita

Quid sicut nos?

 

Nahash, el portador del humo de Satanás, volvía a enturbiar la amistad entre los hombres de buena voluntad, desmenuzando la experiencia irínica recibida del Señor, Jesucristo: «¡La Paz sea con vosotros!», y aun malogrando la amistad del Hombre hacia Dios, oscureciendo la experiencia teándrica hasta hacerla prisionera de categorías jurídicas muy lejanas de la naturaleza del kerigma y de la Tradición de los Padres.

 

¿Cuáles son las causas de esto relacionadas con la experiencia de la Vida en Cristo?: No hay ninguna. ¿Las causas relacionadas con la calidad de la experiencia pneumatológica?:  No hay ninguna. Abundan las causas históricas, heréticas, jurídicas, disciplinarias, sobre las que no podrá remontarse, superar y restablecer la Koinonia por la caridad: la controversia búlgara, la controversia serbia, el filioque, la praxis eclesiástica distinta, la cuestión de la primacía.

 

En época de León IX y Gregorio VIII, en época de san Focio y Miguel Cerulario, en el periodo entre el 1054 y el 1204, el Nuevo Eón fue asediado por la cuarta Cruzada, la caída de Constantinopla, la erección del Imperio Latino-Constantinopolitano y el nombramiento y imposición de los llamados Patriarcas Latinos a posteriori.  ¡He aquí una lección magistral!  He aquí las consecuencias de la pérdida de la experiencia trinitaria en su “lugar de revelación en plenitud.”  He aquí las consecuencias de someter a la “Iglesia-Experiencia del Cristo resucitado” a la esclavitud de la organización Jurídico-eclesial que se erige en lugar de los criterios: ¡sustituyendo al mismo Cristo!

 

Consecuencia inmediata: no habrán más sínodos ni concilios ecuménicos, ni más actos sinodales ni conciliares, y reducidos a este nivel, tristemente sólo a base de decretos se intentará conducir una parte del rebaño.  Las consecuencias funestas las contemplamos todavía hoy: el estado actual de esta parte del rebaño mil años después aproximadamente, un estado, a parte de excepciones, que se pueden describir como un verdadero coma espiritual.

 

Mientras que la otra parte del rebaño, los cismáticos griegos, denominados así desde la Ciudad Eterna, capital de los antiguos imperios del que sólo quedaban las cenizas del recuerdo, tampoco resultan ilesos. Desafortunadamente, aún habiendo conservado la Tradición de la Iglesia Apostólica, deben lamerse las heridas de esta situación, no deseada por Dios, que ha dejado marcas y cicatrices en la Esposa.

 

Aún así, sabemos que el Espíritu dador de vida, a tiempo y percance, vino sin pausa posible, en ayuda de las criaturas; y sabemos también que otros, muchos pueblos, entre ellos los Eslavos, recibieron el bautismo y crecieron y progresaron en santidad de forma extraordinaria, en secreto, aislados, de Constantinopla hasta el punto que este florecimiento dio cuerpo al concepto de la tercera y definitiva Roma.

 

Hoy en día, dónde está, pues, Roma?  ¿En Roma, en Constantinopla, o en Moscú?  ¿Dónde está hoy la capital del Imperio?

 

En Occidente, en plena ipseidad ególatra del poder, a la vez, temporal y espiritual y moral del obispo de Roma, se llega hasta el delirio de ceñirse la tripletiara, el símbolo de la triple potestad.  Esta, la tripletiara, es la triple reflexión inconsciente quizás pero no menos satánica, de sustitución de la imagen verdadera del Tri-Uno en su Iglesia.  Es el Esposo quien tiene Esposa, y el Amigo del Esposo se alegra, nunca pretende sustituirlo.  El texto evangélico incluso es sacado de contexto y utilizado como pretexto para justificarla, y de ahora en adelante super Petrum ya no será super petram sino per Petrum.

 

Los excesos, traerán sus tormentas y el trastorno de la Reforma y posterior Contrarreforma de nuevo, desgarrarán la túnica inconsútil del Cristo; en Trento, el afán de uniformar y homologar, de dar una pátina jurídica a la Fe, no tiene éxito, la consolidación de la organización eclesial en los marcos referidos continúa indefectiblemente.  La proclamación unilateral de los neo-dogmas Maríanos y la sandez de la infalibilidad pontificia hacen sentir vergüenza ajena.  Oriente conservara la Tradición de los Padres y la Praxis de los primeros siglos, un logro que persiste hasta nuestros días sin quedar exento de tensiones y problemas en el seno de la organización eclesial en su más puro sentido humano; se cerró sobre si mismo, llegando hasta al olvido del altri.  Sin embargo nunca tomó decisiones, ni convocó concilios supuestamente universales.  El debilitamiento y, en ciertos casos y momentos, la total pérdida de la “cordura eclesial”, de la inhabitación de la experiencia del Oikumene- Koinonia, en el fondo, no es otra cosa que un defecto de santidad en el hombre que en su necedad consciente o inconsciente pretende adiestrar, y por qué no, sustituir a Dios.  Una conducta que han menudeado desde siempre. Conducta que dificulta el advenimiento de la parusía, pues a la invitación filantrópica del Amigo, el Amado tarda demasiado en responder, amín.

 

Las tímidas aproximaciones correspondientes a un irinismo a menudo estéril, no pueden sustituir la toma de conciencia de los cristianos a un nivel de seriedad y de integridad total, impregnada del espíritu de penitencia absoluta, de expulsión del espíritu de orgullo, de preeminencia y de superioridad, dentro de la plegaria más ardiente en el Espíritu Santo, con tal que Éste administre aquello que nos es vital únicamente desde el punto de vista espiritual, la Vida en Cristo, haciendo que por esta experiencia se cumpla en verdad la Una Santa, Católica y Apostólica; Una porque sólo existe una Iglesia del Cristo; Santa porque es Él y sólo Él por el Espíritu Santo que la santifica; Católica, por comunión, y Apostólica porque es el fiel espejo e imagen de aquello que los Apóstoles proclaman antes del definitivo testigo: el martirio.


 

 

INTRODUCCIÓN A LOS PROFETAS

(Octubre 1999)

 

Del mismo modo que en el curso pasado el tema de la Mariología nos hizo repasar la Patrología, el Antiguo y Nuevo Testamento, la Historia de la Iglesia y la Espiritualidad, con un objetivo similar, profundizar en los diferentes temas de la teología, hemos escogido para este curso el estudio de los Profetas. También, podríamos decir que éste presenta vínculos al tema del curso pasado, la Mariología; la Madre de Dios es el cumplimiento de la santidad; los Profetas han sido portavoces de Dios, que han hablado en su Nombre y nos han conducido hacia la santidad.

 

Pero el estudio del profetismo, nos supone ir más allá de los libros de las Sagradas Escrituras conocidos por este nombre.  En primer lugar, diríamos que el profetismo no acaba con el marco geográfico de Israel, sino que es un hecho conocido en otros pueblos de su entorno cultural.  Además, el profetismo en Israel es mucho más amplio también en el tiempo: diríamos que no podremos entender los Profetas si no entendemos qué es la Revelación.  Ésta empieza ya en el momento que relata el primer capítulo del Génesis y continúa en el Nuevo Testamento, como se hace patente en el relato de la Transfiguración o en el discurso de Jesús en la Sinagoga.  Por esto, en la historia de la salud, el fenómeno de los profetas es un pilar fundamental de la Revelación.

 

La Tradición Ortodoxa, en referencia a los temas que le son propios, como por ejemplo el concepto y la experiencia de la Revelación, inevitablemente parte y se fundamenta en las fuentes bíblicas, las fuentes patrísticas y las fuentes de vida de la Iglesia.  Nuestra Teología es esencialmente bíblica, litúrgica y patrística.

 

En un primer enfoque general, en lo que la Revelación concierne, cabe hablar del Antiguo Testamento y de los “momentos de tensión”[1] de la historia de la Revelación, destacando la fijación del periodo más antiguo delimitado en eventos teofánicos[2] y oraculares.  Se trata del “momento” revelador histórico del Génesis, la Teofanía de Mambré, el anuncio del nacimiento de Isaac, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la alianza con Abrahán, Isaac y Jacob, por ejemplo.  Por otra parte, el sumo sacerdote se servía de los urim y tumim que llevaba en el efod [3] para dar sus oráculos e intentar transmitir la voluntad de Dios.  Las interpretaciones de los sueños forman parte de este momento de la Revelación.

 

La Alianza del Sinaí es un momento decisivo en la historia de la Revelación que se extiende mirando atrás y constituyendo, al mismo tiempo, el fin y la perfección de todo lo anterior.  Poco a poco, las manifestaciones, los oráculos se van transformando en palabras, en DEBARIM, y el conjunto de ellas, construye la Toráh, la Ley.

 

El profetismo, representa otro momento, un momento nuevo en la historia de la Revelación, y la Palabra toma protagonismo de forma agobiante[4].  En el Deuteronomio, encontramos un momento de Revelación que se caracteriza por los preceptos puros, los mandatos de Moisés, la Ley del Sinaí.  Ésta da paso a los decretos acompañados de referencias litúrgicas, promesas y amenazas que intentan inspirar el amor y el respeto por la Toráh.  Paralelamente, en el Deuteronomio, se desarrollarán otros momentos de Revelación como son los Jueces, Samuel, Reyes, en fin, los libros Históricos. Estos momentos, revelan al pueblo de Israel que sus fracasos y éxitos son ilustración del estado espiritual en que éste se encuentra con respeto de la Alianza.  Con la profecía de Natán (cap. 7 de 2º de Reyes según los LXX y 2º Sam. según la Vulgata), se cierra, por decirlo así, esta teología de la Alianza — Berith —, y toma categoría de teología de la Promesa, teología del futuro, de lo venidero.

 

En el momento de la Revelación del exilio, las palabras de los profetas (debarim ha nabiim), sin dejar de ser palabras vivientes, pasan cada vez más a ser escritas (recordemos que Ezequiel - concretamente en el 2º capítulo - se come el rollo de pergamino con tal de predicar su contenido, digerirlo).  El deutero-Isaías (Is. 40-55) es otro momento clave dónde el DABAR de Dios se considera en su sentido dinámico, a la vez cósmico e histórico. [5]

 

La literatura Sapiencial, representa otro momento con raíces muy antiguas en Israel[6] que en las épocas Persa y Helenística, encuentra una nueva receptividad.  En los Proverbios, se añade las experiencias de Job, Eclesiástico, Eclesiastés, y Sabiduría; es este el momento en el que se recoge la experiencia de diferentes lugares Grecia, Egipto, Babilonia, Fenicia — y que al mismo tiempo, Israel asimila, hace suya, y la hace parte de su experiencia humana; y ésta es utilizada por Dios para revelar el hombre al hombre mismo.  En Grecia, esto mismo llegará a convertirse en filosofía.

 

El libro de los Salmos, formulado poco a poco a lo largo de la historia, delimita otro momento de la historia de la Revelación que se caracteriza por la respuesta del hombre a Dios.

 

El proceso de fijación de las palabras, aunque lento, supone otro momento que aporta significativamente el carácter de duración, de eternidad, indefectibilidad, inmovilidad; pero se corre el riesgo de que ésta pierda algo del dinamismo que disfrutaba en el momento de los profetas.  La actualización y su aplicación a las nuevas situaciones de la historia de la salvación, comporta la re-lectura constante de la Tradición, el discernimiento inteligente y, sobre todo, a la luz del Espíritu Santo, el discernimiento santo.  En todo caso, el a priori ortodoxo para la lectura del Libro Santo, es siempre la lectura en Iglesia que, como dicen los Padres, evita sin duda los riesgos ya mencionados.

 

Si dejamos el Antiguo Testamento y entramos a los momentos de Revelación del Nuevo Testamento, contemplamos que estos presentan complejidad, riqueza y profundidad de tonos y matices muy superiores a los del Antiguo Testamento.  La epístola a los hebreos, se inicia con las siguientes palabras: “Después de que, antaño, Dios hubo hablado a los padres muy a menudo y de muchas maneras a través de profetas, en los últimos días nos ha hablado a través del Hijo, a Quien ha constituido heredero de todas las cosas y por el cual hizo también al mundo” (Hb. 1, 1-3).  Cristo es la culminación, la plenitud de la Revelación.  El Nuevo Testamento emplea un gran número de vocablos que dan a conocer esta economía, este “nuevo momento” de la Revelación: 

apokaluyiV, epifaneia, khrugma, marturia, euaggelion,

didaskalia, epistasiV, gnwsiV, musthrion, logoV, alhJeia.

 

Del DABAR,  DEBARIM se pasa a o logoV, oi logoi.  La Tradición de los sinópticos nos trae hasta el momento de predicar, de proclamar el Evangelio, de enseñar, de revelar; Cristo el Rabino, predica y enseña —khrussein kai didaskein —. Es Kerigma y Didascália: Kerigma, porque proclama atributos dinámicos de la Palabra de Dios; Didascália porque proclama atributos noéticos de la Palabra de Dios.  En los Hechos de los Apóstoles, Cristo da la misión de proclamar y enseñar.  Los Apóstoles son testigos de la resurrección y el momento de Revelación es la actividad apostólica.  San Pablo nos aporta dos palabras musterion y euaggelion, y nos habla de swthria, el Plan Divino que nos revela la Buena Nueva.  En san Juan, la ecuación establecida entre Jesucristo Hijo del Padre y el Logos, hace que su prólogo al evangelio sea la “gran fiesta del Logos”.  Del mismo modo, nos habla san Juan: trece veces usa la palabra marturia, y treinta y tres veces marturein.  Hablar, para san Juan, es dar testigo.  Para san Juan, la Revelación es la Palabra de Dios encarnada y realizada a través de la carne.

 

En tiempos de los Padres de la Iglesia hay momentos de Revelación: la Didajé, san Clemente de Roma, Policarpo, Papies, san Ignacio de Antioquía, san Justino, san Atanasio, Teófilo de Antioquía, la carta a Diogneto, sobre todo san Ireneo de Lyon... los alejandrinos: san Clemente, san Atanasio, Orígenes y san Cirilo; los capadocios: san Basilio, san Gregorio Nazianzeno y san Gregorio de Nisa, y san Juan Crisóstomo; en Occidente tenemos estos mismos aspectos en Tertuliano, san Cebriáno y san Agustín.

 

Estos momentos de tensión, en definitiva, son los pilares del chronos, de la historia de la Revelación, nuestras raíces que demuestran la importancia y el peso de la Palabra de Dios a su pueblo.  DABAR, de etimología discutida, se muestra llena en su uso y límite terminológicos.  DABAR es aquello que sale de la boca (Núm. 30, 13); lo que se desprende de los labios del hombre, (Jer. 17,16).  Pero DABAR tiene origen en el corazón.  Expresa, exterioriza cuanto el hombre ha dicho ya con el corazón (Gn. 17, 17)  (Sal. 14, 1) o expresa aquello de lo que su corazón está lleno.  No es pues la pura expresión de ideas abstractas, está cargada de sentido, tiene contenido noético, resultado de la concentración del corazón en un objeto, de la subida de los pensamientos que en él se dan lugar.  Al mismo tiempo DABAR se refiere a un estado de ánimo, algo que impregna, desde el alma, la palabra pronunciada, articulada. Se ha dicho que es la expresión corporal del contenido del alma, en pos de la palabra subsiste la totalidad del alma que la ha creada.  Si quien la pronuncia es de alma enérgica, la palabra expresará más realidad que si tiene el alma más débil.  Quien dirige la palabra al otro pone algo de él en el otro.  He aquí porque la palabra es realizadora, prolongación de la energía del corazón de dónde emana.  Es importante escuchar la Palabra de Dios.  No en vano en el Antiguo Testamento — y hoy en día, en el mosaismo, en la religión judía — el Shema Israel, “¡escucha, Israel!” es punto de partida de toda la religión.  Para el pueblo de Dios, la Palabra tiene doble valor, noético y dinámico.  Por una parte, es expresión de pensamientos, intenciones, proyectos, decisiones; es discurso inteligible, ilumina el sentido de los acontecimientos, nombra las cosas — el nombre es la realidad en cuanto inteligible —.  Por otra parte, es una fuerza activa, una potencia que cumple lo que significa, realiza lo que cuanto el hombre piensa y decide en su corazón.  Es palabra de deseo, de promesa, de intimidación; su acción permanece en todo el proceso que inicia.  Su eficacia es más grande cuanto más poderosa es la voluntad que la engendra, o más profunda es la fuente de dónde brota.  Si así es para el hombre, consideremos la voluntad de Dios en la Creación:  he aquí el amor sin límite de Dios, o el odio sin límite del demonio.  La palabra engendra, libera una energía que ya no se puede recuperar; su eficacia es testimoniada en los cambios de nombre que determinan una nueva pertenencia, una nueva vocación (Gen. 17, 5), y en las palabras de bendición o maldición.  El realismo de la palabra es testimoniado por el hecho que DABAR designa no sólo la palabra sino también la cosa, la realidad, el acontecimiento que origina.  La palabra es una fuerza agente con un dinamismo que se arraiga en el dinamismo de quien la pronuncia, casi sin diferenciarse de él, de quien es modus de ser y de obrar: por eso es que la palabra es reveladora; nadie habla sin revelarse.

 

La palabra de la Tradición es la Palabra de Dios noética y dinámica, discurso de verdad y hecho salvador.  Ha creado el mundo, le manifiesta al hombre la voluntad del Creador.  La Palabra de Dios es la obra inefable de Quien la ha pronunciado.  Es posible por esto que, siendo la creación de Dios, ajenos a su esencia, que por su Revelación y Gracia podamos participar de Él.  Este es el pilar fundamental de la doctrina de san Gregorio Palamás: Dios absolutamente incomprensible y totalmente "participable," el mismo san Gregorio Palamás bajo cuya advocación hemos puesto la escuela de Teología de Barcelona.

 


 

SINERGIA Y REVELACIÓN

¿Cómo es que hablan Dios y el hombre mediante el fenómeno misterioso que llamamos la Revelación?

(Febrero 2000)

 

En la conferencia inaugural del curso de Teología Ortodoxa que trató de los Profetas y del Profetismo, intentamos centrar y ubicar el tema dentro de su contexto natural habitual, es decir, la Revelación.  Durante la primer mitad del estudio, desfilaron delante nuestro, con sus particularidades y también con sus afinidades, los profetas de los siglos VIII y VII antes de Jesucristo, y sos anuncios y advertencias para Judá e Israel, los oráculos a otras naciones, la denuncia de la corrupción religiosa, política y social de aquella época, el anuncio de la Justicia de Dios, la proclamación de su misericordia — Tiferet —, también la proclamación del rigor del castigo y las calamidades; aun así, no carecen las llamadas al arrepentimiento y a la penitencia, los pronósticos de la destrucción y la restauración de Jerusalén, el amor de Dios por los justos que aseguran la continuidad del Berith entre Dios y su pueblo, en fin, y en particular en Isaías, la proclamación del hecho fundamental mesiánico: el Emmanuel.

 

Recordemos aquí el binomio DABAR – DEBARIM como eje y sustrato de la Revelación que se desarrolla en el Chronos, en la historia de la humanidad, sin perder esta sinergia teándrica que tiene lugar en la inserción de Kairos y Chronos, y que culmina con el diálogo, en el momento de los Evangelismos, del anuncio del Arcángel Gabriel a María, y la respuesta y actitud de María, que marca el inicio del Nuevo Testamento, Nueva Alianza, Nuevo Pacto.

 

El Urim y el Tumim que llevaba en el efod el sumo sacerdote, en la época de la teocracía sacerdotal, y los Debarim de los profetas por referencia al Dabar divino, entendidos en el contexto de las Teofanías de épocas anteriores, suponen para la contemplación del estudio de la Teología Ortodoxa cierta situación de interrogación y, a la vez, de confrontación o examen de aspectos fundamentales y trascendentales de la Revelación, en general.

 

Dichos aspectos fundamentalmente son los siguientes: el lugar (espacio/tiempo) de la Revelación; el particularismo de Israel; el cómo de la Revelación.

 

El misterio de la historia como lugar de la Revelación:

Contemplemos las características de la concepción del tiempo del pueblo de Israel.  Con referencia a sus contemporáneos vecinos, es el único que tiene un concepto lineal del tiempo; es decir, el tiempo tiene un origen, un pasado, un presente, un futuro, y, lo que es más importante, todos orientados hacia un acontecimiento que todavía debe precipitarse: Aquel que es el Alpha y el Omega, pasa y vuelve en sí mismo, siendo la acción del Kairos dentro el Chronos.

 

El momento de la Revelación, el lugar de la Revelación, ya no es cronológico ni geográfico, no es un pueblo, una etnia ni una geografía, sino que el lugar real de la Revelación de Dios en el corazón del hombre.

 

El tiempo cronológico y el espacio geográfico, para la Revelación, se trascienden a si mismos, en un estado, en la ciudad santa, que deviene lugar kairiwthroV (el momento más oportuno).  Y el trayecto indicado para abrir el corazón y recibir este tiempo se denomina Pascua.  Por lo tanto, si los contemplamos desde el Nuevo Testamento, la Toráh (Pentateuco), los Kethubim (Escrituras), los Nebiim (Profetas), culminan en lo que la Iglesia denomina la Corona del Dogma, la experiencia del Espíritu Santo, y que contemplamos en María, la Madre de Dios.

 

El particularismo de Israel:

Otra cuestión, mal entendida a veces por la Tradición, es el concepto del particularismo de Israel.  ¿Por qué Dios se reveló en Israel y no en otro pueblo?  En el antiguo Testamento, la idea de Israel, el pueblo escogido por Dios, queda clara.  En san Pablo, empieza a aparecer la nueva dimensión del Israel del Nuevo Testamento que denomina el pueblo de Dios.  Antes de los padres pos-niceanos, Orígenes — en Adversus Celsum — explica al hereje que él y los cristianos son una élite cerrada, los sucesores del pueblo de Israel.  Según san Pablo, no hay ni extranjero ni nativo, no hay élite, todos somos iguales ante de Dios, unidos por la caridad.  Solo, a la luz del Nuevo Testamento y de la contemplación de la Encarnación y de María, alcanzaremos ver y entender que Israel no ha gozado de ningún privilegio entre las otras naciones sino que, por su status histórico, se ha encontrado en el lugar y en el tiempo divino.

 

El Espíritu Santo, desde el comienzo de la creación, según el Génesis, aletea por encima de todas las naciones.  La respuesta a su aliento, sin embargo, no es igual en todos los pueblos.  Vemos como la antigua civilización hindú, tras la época mitológica, elaboró una respuesta psicológica intentando la adaptación ecológica, repuesta que no admite el padecimiento del concepto del tiempo, un respuesta distinta a la de Israel.  En la India, el tiempo es cíclico, diferencia fundamental de madurez teológica, de escucha del Espíritu Santo y de respuesta a Dios.  Ante ciertas corrientes sincretistas que querrían identificar la plegaria cristiana y la meditación a estilo de las filosofías hinduistas, cabe afirmar que nuestra meditación es profundamente penitencial, pero no psicológica.

 

En cuanto al pueblo griego culto, helenizado, su respuesta es intelectual, consistente en esquemas matemáticos, ideas y manipulación de conceptos abstractos (con la excepción de Sócrates, que aporta aspecto moral).  Sus dioses se comportan como hombres o peor todavía.

 

En Egipto, encontramos el sentido cíclico del pasaje del mundo de los vivos al de los muertos, dónde nos debemos traer todo para que no nos falte de nada. Sólo Akenatón, durante un breve periodo, sustituye el culto a Amón, pero su concepción monoteísta en torno a Atón se ve frustrada.

 

Israel recibe este aliento del Espíritu, y no responde ni psicológicamente ni con un tiempo cíclico (eterno devenir), ni con politeísmo ni especulación de ideas, lo hace por la praxis, el servicio.  ¿Qué pueblo sale de Egipto al desierto y, una vez recibida la Ley, erige el templo y en éste, los levitas y el pueblo sirve a Dios y responde a Dios y se constituye en portavoz ante las naciones?  Del monoteísmo ético del Antiguo Testamento, Cristo se encarna para servir.  Cristo enseña: debemos servir nosotros a los demás, como Él ha venido a servir y la Iglesia está hecha para servir al mundo.  Hemos sido creados, pues, para el ejercicio profético, real y sacerdotal, peregrino, que enseña, que bautiza a las naciones.  Por lo tanto, somos Israel, pero no el Israel étnico, sino los profetas alzan la voz contra la corrupción de todo tipo.  Sólo para el justo es que Dios conserva el pacto, y el verdadero Israel son estos justos.  Escuchar a Dios y recibir el DABAR en el corazón.  Cuando nos denominamos pueblo de Dios, somos los justos en qué Dios se complace.  Deberíamos dejar cualquier idea de élite, de particularismo que no sea el servicio a perfecto imitación del Cristo.  El cántico del siervo que sufre en Isaías, es la prefiguración del justo, de los cristianos en Iglesia.  Para pertenecer a esta élite, es imprescindible la experiencia de santidad, la praxis que el Espíritu Santo nos da.  Además, según la Tradición, los Magos eran cuatro y llegaron de lejos al lugar de la Encarnación.  El astro, no lo dudéis, es el Espíritu Santo que los guió.  Asimismo Cristo, escandaliza porque habla a publicanos, samaritanos, gentiles, desarraigados, impíos y pecadores.  Envía a bautizar y predicar a las naciones, porque hay ovejas de otro rebaño.  La Encarnación fue la epifanía Revelación — a todos, no solo a cierta élite que había por allí.  A los que intentaron ser justos los usó de hermanos mayores para predicar, enseñar y bautizar a imagen del perfecto siervo, co-redentores y ayudantes jamás  sustitutos — suyos.  La clave para aquel que crea denominarse pueblo escogido es la “palabra–paradigma” servicio.

 

El cómo de la Revelación

El tiempo y el lugar de la Revelación y las personas a quienes se dirige, se delimitan claramente.  Nos queda aclarar el cómo de la Revelación.  ¿Dios se revela repentinamente? ¿Mediante teofanías, visiones, locuciones, oráculos con cibeles, estados parecidos al trance de medium, poseyendo los profetas?  ¿O es de otra manera?  A la luz del kerigma, esta cuestión queda muy clara, y hemos escogido el pasaje de Lucas (2, 22-38) correspondiente al Evangelio de la solemnidad de la Presentación en el Templo, porque es extremadamente revelador y describe de forma definitiva el cómo de la Revelación de Dios a su pueblo, en su forma más usual, sin excluir el hecho que en la intimidad de Dios y el hombre, en el fondo del corazón, pueda existir otras formas extraordinarias de revelación, pero nunca sobrenaturales, porque lo único sobrenatural es Dios, y la experiencia de Dios empieza en nuestro corazón.

 

El relato de la presentación en el templo, reza así:

«Cuando llegó el día de la purificación, según la Ley de Moisés, lo subieron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está prescrito por la Ley del Señor: todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio, según la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones. Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. El Espíritu Santo, pues, le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo...»

 

 

Según esta narración: ¿acaso se asemeja el anciano a un autómata, a un iluminado de pronto, o alguien traído a una situación "mediúmica"? La justicia, la esperanza, la piedad, no constituyen la santidad.  Debemos hablar de la Revelación progresiva, que supone la santidad progresiva: además la Revelación, más santidad; además la santidad, más la Revelación.  Dios va al encuentro del Hombre, el Hombre va al encuentro de Dios.  Hablamos, pues, aquí de la antropología de los Padres, de la sinergia entre el Creador y la criatura.  Se trata de la filantropía de Dios más el recuerdo de su imagen grabada en el corazón, y el praxis de volver a acercarse al parecido.

 

«... y, cuando los padres llevaron el niño Jesús para cumplir lo que sobre él prescribía la Ley, lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, dejad marchar en paz a vuestro siervo según vuestra palabra; porque mis ojos han visto la salvación que habéis dispuesto para todos los pueblos, luz que se revelará a las naciones y la gloria de vuestro pueblo, Israel...»

 

¿Qué catalizador le hace entonar este cántico?  ¿Qué ve Simeón?  Simeón ve a unos padres que vienen a presentar al hijo, al varón primogénito ofrecido a través del rito de la purificación.  Reconoce la vida de un niño y la actitud de unos padres que ofrecen, devolviendo a Dios lo que Él les ha dado; es esto lo que le provoca reconocer al Mesías.  Dios no anula su inteligencia, le mantiene la capacidad de discernir.  ¿Quién es el que revela?  El Espíritu Santo, evidentemente.  ¿Quien recibe la Revelación?  Adán, evidentemente.  ¿Por qué se revela Dios?  Por filantropía.  ¿Por qué acoge Adán a la Revelación?  Por amor a Dios.  Dios se revela a través del hombre, y así lo santifica, lo incorpora a la participación plena en el seno de la acción de sus Energías Increadas, y así deviene “dios” el hombre.

 

«Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que decían de él, y Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, éste está destinado a ser la causa de que muchos caigan o se levanten en Israel, y como señal que encontrará contradicción — y a ti misma te traspasará el alma una espada — para que así se descubran los pensamientos de muchos corazones”.»

 

Los padres, José y María, se maravillan de lo que dice Simeón.  María — ¿acaso no conocía a Emmanuel por el ángel? — parece no entender a Simeón.  San José también fue advertido por el ángel, pero en el chronos “pierden” esta conciencia.  Debemos entender que en ciertas plegarias por la inteligencia, se pide la claridad para ver que ya estamos en la economía de Emmanuel, Dios en nosotros.

 

«…estaba también la profetiza, Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, que había vivido siete años con su marido y había quedado viuda hasta la edad de ochenta y cuatro años, que no se movía del templo, sirviendo a Dios día y noche, con ayunos y plegarias.  A la misma hora llegó ella y alababa a Dios y hablaba del niño a todos cuantos esperaban la redención de Jerusalén

 

Había también Ana, la profetiza.  ¿Qué tipo de profecía ejercía?  La profecía del servicio, el icono perfecto del siervo de Dios.  Por su praxis profetizaba, daba testimonio.  Ella hubo devenido litúrgica, adquirido — con las limitaciones que marca el tiempo antes de la resurrección— lo que sería deseable para todos, ser denominados litúrgicos; es el icono del cristiano perfecto.  Simeón santo, lleno de Espíritu, y Ana litúrgica, están ahí presente y contemplan lúcidamente la escena de la buena nueva, y proclaman la vanguardia de la Pascua; es la forma menos desarrollada de lo que hacemos cuando decimos:  ¡Cristo ha resucitado!

 

No en vano en Occidente antiguamente, se denominaba la solemnidad de la Santa Presentación la fiesta de la luz, y era tradición bendecir velas de color verde.

 

¡Gloria a Vos, Cristo, Señor nuestro, gloria a Vos!

 

¡O Dios, venís en nuestra ayuda, porque hemos esperado en Vos!

 


 

INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA DE SAN PABLO

(Octubre 2000)

 

En el curso que hoy iniciamos, tocaremos el tema de la teología de san Pablo, pese a que habitualmente se percibe como un tema problemático, poco ameno diríamos, por causa de la dificultad de la sistematización de la materia y también porque la teología Paulina brota directamente enlazada con la Vida, obras misionales, viajes, etc. del Apóstol, y pertenece más al fruto de la praxis que no traduce en el fruto del discurso estrictamente de razonamiento filosófico.

 

Nos damos cuenta de qué en el conjunto que denominamos Nuevo Testamento a nivel morfológico y descriptivo, contemplamos la biografía de Cristo contenida en los Evangelios seguida de la biografía de san Pablo relatada en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas que le atribuimos. En lo que a él concierne, viene a representar la segunda parte, es decir la mitad del Nuevo Testamento.  El peso específico del mismo, dentro del canon del Nuevo Testamento, ya nos señala la importancia de la teología Paulina, sacado del contenido, claro está.

 

* * *

 

Puestos a punto en nuestra exposición, cabría recordar que nuestra Tradición teológica hace patente que la Buena Nueva, su transmisión, el Kerigma, no es un sistema de ideas o prácticas, no es una ley, una tradición, no es un sistema teórico o cosmológico, no es una teoría del pensamiento, ni tampoco un sistema de vida social o individual.

 

La Buena Nueva no es una ley impuesta “desde fuera”, impersonal, a estilo del judaísmo fariséico o del Islam.  Tal ley, tal código escrito, tal conducta, no sería más que la “letra que mata” aunque más conmovedora, pero aún así la “letra muerta”, como dice el mismo san Pablo, pese a nuestra convicción intelectual en lo que a su legitimidad concierne; porque la convicción de obligación requiere que emane de una fuente interior mucho más íntima y cálida que la asepsia de la ley, desde el trasfondo de nosotros mismos, vivificada por el contacto de la experiencia de otra realidad que nos envuelve y que es principio y fin de nuestra existencia y razón de ser, la realidad no externa a nosotros mismos, que nos transforma por la fe, la esperanza y la caridad; es decir por impulsos inmanentes, interiores y personales desde nosotros mismos, constituye la verdadera medida del hombre: La Libertad.

 

Si la Buena Nueva (el Evangelio) no es la ley como hemos dicho, tampoco es ideología, es decir, la estructura de ideas y demostraciones del género filosófico, científico o histórico; por ello nunca estará provista de evidencia desde el punto de vista abstracto del dos más dos iguales son cuatro, del teorema de Pitágoras, de la existencia de la ciudad de Barcelona; al contrario, nuestra teología se compacta y se trenza en medio de la experiencia mística, con la razón medio perdida y extraviada en los fondos del mundo misterioso donde nunca habrá el entendimiento que nos provocara exclamar: «¡ya lo entiendo!», más bien nos hace exclamar: «¡lo tengo bastante claro!».  Las fórmulas del dogma, de la moral, del catecismo, de la teología, etc. no tienen nada más de consistente y serio (hablando en este sentido, «¡lo tengo bastante claro!») que lo que tienen ciertos datos de hecho, una vez admitidos como indudables, que no son evidentes directamente por la razón ni por el espíritu humano, ni impuestos por el instinto y donde todas las razones naturales no pueden construir no una sino ninguna demostración; pongamos como ejemplo la Encarnación, la Eucaristía, la Resurrección...  Podríamos preguntarnos, pues: ¿de qué sirven la Teología, la Apologética y otras disciplinas que estudiamos en esta y otras escuelas?  Responderíamos que estas disciplinas recogen el conjunto de nuestros conocimientos naturales, los coordinan, los subordinan, los armonizan, sin suprimir ningún oscuridad en función de la siguiente afirmación trascendental: kai o LogoV sarx egeneto (y el Verbo se hizo carne).

 

* * *

 

A la luz de esta última afirmación y recordando el curso anterior, vimos esta verdad como los profetas anunciaron y, por tanto, se revela la acción de Dios hacia el hombre: Facere et docere.  Es fácil comprender, pues, que el evento por excelencia que constituye el primer peldaño de la recepción de la experiencia por el hombre es: Auditus et fides = Shema Israel.

 

Del facere et docere por parte de Dios y el auditus et fides del hombre nace la relación teándrica tan apreciada por los Padres de la Iglesia y fundamento de la tradición apofática.  La acción sinérgica no es más que la Fusión – amistad, la Filantropía de Dios y la conversión del hombre

 

¿Por qué hemos llegado hasta aquí en nuestra exposición?  Pues porque san Pablo es, antes de todo, UN CONVERSO y su conversión nos muestra la calidad y los límites dónde se incardina, es decir en el terreno de la Encarnación, en el terreno de la coincidencia, del encuentro, de la vida divina y la vida humana, es decir en medio de la experiencia mística del Cristo, que conlleva la inhabitación del Espíritu Santo, la correspondencia de la Luz Increada, o sea la Santidad.

 

La fusión de amistad, la experiencia crística, es sencillamente la VIDA EN CRISTO que llevó a san Pablo a exclamar y afirmar: «Ya no soy yo quien vive sino es Cristo Quien vive en mí.»

 

Nuestra fe, según san Pablo, presupone la praxis, la acción dinámica conducida por la gracia de Dios y nuestra libertad, constituyendo la fuerza realizadora de la hypóstasis que nos convierte en cristianos. Ser cristianos es pues devenir persona según la terminología de los Padres Capadocios; la persona no es una máscara según los filósofos griegos.

 

Los entendidos catalogan a san Pablo de:

el exponente de la caridad llena de luz intelectual,

el abanderado de la libertad,

el exponente de la humildad,

el Doctor de las naciones,

el fundador del denominado catolicismo,

el revelador del mundo venidero,

el Apóstol de los incrédulos.

 

Pero ante de todo, san Pablo es el icono perfecto de todos nosotros, es el icono de la Humanidad convertida: viviendo en Cristo y, por ello, en Iglesia.  Con este sentido, algunos exegetas del Nuevo Testamento llegan a decir de él que es: el Primero después del Único.

 


EL CANTAR DE LOS CANTARES

ASMA ASMATWN

(Octubre 2001)

 

La aprehensión del texto de las Sagradas Escrituras, más concretamente en el texto del Antiguo Testamento, escrito en lason ‘ibrit según la denominación  talmúdica, o bien en sefat keni-an, el dialecto cananéo según Isaías, en ebraisti según el prólogo griego del Eclesiástico, el lenguaje que los rabinos denominarían más tarde como lason ha-qodesh, el lenguaje santo, presenta diferentes formas, expresiones más o menos marcadas, entre las cuales la expresión lírica o poética no falta.  Cabe recordar al menos el particular estilo de algunos libros proféticos — Nabiim — como Isaías, Jeremías, y Ezequiel entre otros que contienen muchos fragmentos así conformados; cabe también hacer mención de los oráculos de Joél, Nahum y Habacuc como hitos capitales de la poesía hebráica.  Los Nabiim fueron objeto de profundización en esta escuela ahora hace ya dos años, y esto nos permitirá disfrutar de base suficiente, junto con las referencias correspondientes de la Toráh y los libros Históricos, para poder, este año, si Dios lo quiere, adentrarnos en la tercera parte del canon Masorético, el denominado Ketubim, o lo que es igual, la tercera parte del Canon de los LXX que encontramos situada entre los libros Históricos y los Nabiim o Profetas.  Esta parte del canon, conocido habitualmente como los libros Didácticos por su contenido, también como libros Poéticos por su forma y estilo, aunque la opinión actual es denominarlos libros Sapienciales debido al tema recurrente, por no decir central de estos escritos, es decir, que tratan de la Sabiduría.

 

Son, como recordaréis, los siguientes Iob, Tehillim, Mishe le Salomon, Qohelet, Shir ha-shirim, Sirach, Hocmah le-Salomon (Job, los Salmos, los Proverbios, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, el Eclesiástico, la Sabiduría de Salomón).

 

Son libros, en su mayor parte configurados en el estilo mencionado aunque cabe remarcar que los textos poéticos no son pertenencia exclusiva del Antiguo Testamento, recordemos los fragmentos del Nuevo Testamento, como son los Cánticos de María, de Ana, de Simeón, por ejemplo; no es nada extraño tampoco encontrarlos en el ámbito posterior de la Patrología, en particular en san Efrén Siríaco, que compuso entre otros, sus Sermones, Enseñanzas y Plegarias de la misma forma probablemente, como los profetas mencionados que componían sus oráculos en forma versificada, con el fin de qué su pueblo los aprendiera y los cantara.  En actualidad, contamos con partes del Menologio y del Sinaxario, así como oficios y plegarias particulares a la Virgen María y a los Santos, además de la atmósfera santa de algunas solemnidades, puntualizadas por los paraclisis, acathistos, e himnos y canones...

 

Para la apertura de este curso escolar, hemos escogido una pequeña aproximación para contemplar el campo dónde se delimita la primera observación de uno de los libros Sapienciales, el Shir ha-shirim.  Éste, aparte de contenidos fundamentales en el sentido puro de estilo literario, en sí constituye la pieza maestra del liricismo sofisticadísimo, la clave de la Lason ‘Ibrit.  A su vez, su exegesis ha planteado y, en actualidad, sigue planteando numerosos interrogantes a la hermenéutica.

 

A primer vistazo, generalizando además, se trata del texto del Antiguo Testamento conservado entre los Sapienciales y atribuido tradicionalmente a Salomón.  Sabemos que el manuscrito del texto hebreo es el más antiguo conservado, perteneciendo al siglo III a.C.  Estructuralmente, está fundamentado y construido en forma de colección de breves poemas.  Plantearemos discreta y delicadamente su autoría, la fecha de su redacción, su forma estructural, su destinatario, incluso el entorno social del periodo histórico que le corresponde, los elementos que intervienen en el contexto, mar tenebrossum discussionis; aunque sean interrogantes propios del campo de las denominadas ciencias bíblicas, cabe añadir que estos breves poemas, las paredes maestras de la edificio, parecen entonar el amor humano a través del diálogo entre el Esposo y su Desposada que aspiran al amor y a la mutua posesión.

 

Falta decir, señalar, que el sentido directo del texto no ofrece ningún indicio de contenido directamente teológico, teofánico, profético, histórico ni siquiera religioso.

 

¿Cómo y por qué camino, o atajo, nos adentraremos en la exegesis preliminar para situarnos adecuadamente ante el texto?

 

En los tiempos modernos y contemporáneos, las tendencias exegéticas se inclinan desde el siglo XVI, por la fidelidad de los cristianos reformados de principio, del protestantismo, a la interpretación alegórica tradicional judeo-cristiana, pasando por Castalion (1547) que vuelve a las posiciones de Teodoreto de Mopsuesta (s. V) interpretando el Cantar strictu sensu como un cántico del amor humano.  Hasta la mitad de Reforma de los siglos XVII – XVIII, el periodo intermedio dónde, por una parte, se aplica la alegoría tradicional de manera metódica y minuciosa (Cornelius A. Lapide) y, por la otra, empiezan a aparecer nuevas tendencias exegéticas sobre el Cantar.  En el contexto de la influencia romana, en el simbolismo del texto del Cantar, Bussuet y Dom Calmet intentan entrever un doble sentido: por una parte, la descripción de las bodas de Salomón y, por otra, el icono de la vía de la persona hacia Dios.  También abundan los que como Panigadola (1691), vislumbran en el Cantar el drama que relata el amor entre el pastor anónimo y la pastora sulamita.  En 1771, Jacobi cree divisar el drama poético entre tres personas: Salomón que pretende seducir a la sulamita, ésta que se resiste y vuelve con el pastor anónimo; es la “Tesis del pastor” a la que subscribe también Renan.

 

Llegamos al siglo XX, volviéndose a reproducir todas las mismas tendencias: desde la tesis alegórica tradicional y las bodas de Salomón con la Sabiduría (Rossenmüller XIX); la “tesis del pastor” de Jacobi; Pouget y Queston (1956) y Kamtachov añaden la visión de las raíces del sacramento del matrimonio, la indisolubilidad, la fidelidad, la monogamia, pero tipológicamente la unión Dios-Israel.

 

Yoüon (1909) señala que el Cantar representa las etapas del Berith entre Dios y su pueblo después de Egipto hasta los hechos mesiánicos.  Ricciotti (1928) apuntando a la descripción de la doctrina bíblica en lo referente a Dios, el Esposo de Israel, hace de las descripciones poéticas poco menos que ornamentos literarios.  D. Buzy (1950) afirma que las imágenes del Cantar no proporcionan ningún sentido simbólico, sólo aportan al poema una atmósfera amorosa.  Queda claro que el Cantar es una obra cumbre de la poesía hebráica.

 

Las tesis naturalistas de Budde (1898) basadas sobre las observaciones de Wetzestein, cónsul de Prúsia en Damasco por aquella época, señalan que el Cantar describe exactamente el rito de bodas beduino del Líbano, en la Transcisjordánia.  El Cantar transmite fielmente la atmósfera e incluso alguno de los mismos cánticos milenarios que tienen forma dialogada.  Coincidiendo, pues, con Teodoreto de Mopsuesta (s.V), Zapletal en 1907 opina lo mismo. Miller (1927), sin embargo afirma la visión del matrimonio perfecto que prefigura típológicamente la unión de Dios y el hombre.

 

Kartachov, por otro lado, avanza una teoría compuesta de las últimas dos. A. Meek (1922) y Wittekind (1927) nos aportan la tesis arqueológica como punto final del viaje exegético.  Inspirados por un escrito cuneiforme que contiene un himno al dios Tammouz, explican el Cantar como una liturgia en honor de la deidad de la fecundidad y la vegetación.

 

Evidenciamos esta pléyade y multiplicidad de opiniones paralelas, convergentes, a veces divergentes, que concurren hasta el día de hoy sin que las tesis simbolistas, ni naturalistas, ni mucho menos las arqueológicas, se aproximen por si solas a descifrar exegéticamente el verdadero sentido del Shir ha-shirim.  Las tesis naturalistas no pueden borrar totalmente las trazas simbólicas que se intuyen dentro del contexto – extra libris – bíblicamente hablando, y las tesis simbolistas sólo parecen tomar cuerpo cuando, con la descripción del amor humano, se acepta a fortiori que los doctores rabínicos lo habrían interpretado tardíamente y le habrían dado las matizaciones y contenidos simbolistas, aun alegóricas.  Ante este hecho, a nuestra teología se le impone una visión exegética fundamentada en un pragmatismo, en el sentido estrictamente tradicional, en busca del “sensus receptus” económico.  El sensus económico, la Tradición, la Revelación por lo tanto, las raíces y su actualización, deben ser los ejes que permitan la recepción del texto in ecclesia, reportándonos en el a priori ortodoxo de la lectura del Libro Santo: Per experientia in persona.

 

Las raíces cristianas de la exegesis del libro, se encuentran sobre todo en la época patrística en la que Hipólito, Orígenes y san Gregorio de Nisa contemplan la unión del Cristo y María.  El periodo medieval bizantino tras el Gran Cisma continúa, en general, con esta visión y recepción.  El periodo medieval en Occidente desde el siglo XIII hace marcada referencia a la interpretación mariológica del tema (san Bernardo de Claraval).  En nuestras latitudes, el texto tuvo fuerte influencia; cabe sólo mencionar nuestro beato Ramón Llull, y, entre otros, san Juan de la Cruz.  Desde el siglo V, la tesis de Teodoreto de Mopsuesta entreve que el libro no hace más que relatar la expresión del amor humano — posición que no desarmonizó con tendencias claramente de la escuela antioquena.

 

Tengamos en cuenta que el texto del Lason ‘Ibrit, exhibe aspectos de sus raíces, de la recepción hecha por Israel, impregnada de la cultura, la revelación, la teología, la praxis y los derivados de algunos arameismos, helenismos, y parsismos.

 

¿Qué aportan a la exegesis actual las raíces hebráicas del Shir ha-shirim?  El aparente silencio del Shir ha-shirim sobre la Toráh, el Berith, el Debarim ha Nabiim, al menos sobre los grandes acontecimientos de la historia de Israel, incluso para algunos rabinos, pone en duda su inspiración.  Aún así, el texto formaba parte de los cinco Megillot que se leían públicamente en ciertas solemnidades de Israel.

 

Sin ir más lejos, y no sin cierta perplejidad, el Sínodo de Jammia creyó conveniente no incorporarlo al Canon, sino sencillamente mantenerlo.  Uno de sus avalistas más insignes y ardiente del siglo I, fue el rabí Aquiba, personalidad mística y religiosa, plenamente alineado con la corriente cabalística de tendencia Haggádica de su época.

 

¿Qué nos aporta la recepción del texto en cuestión, visto a través del susodicho prisma?  Por ejemplo, la composición del libro obedece a un ritmo de letras, sílabas y vocablos en base al número 9, estructurado en ocho capítulos de entre los cuales el más extenso es el noveno.  El primer versículo del primer capítulo consiste de cuatro palabras: Shir ha-shirim   asher le-Shalomon.  El vocablo Shir representa el icono del rey David y las otras tres, los iconos de los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob.  El cuaternario, en el cual cada una de sus palabras empieza por la letra shin, simboliza las cuatro direcciones del universo infinito donde se mueve el Carro Sagrado del Altísimo y su Misterio.  Nos muestra un icono conocido  representando al mismo Carro de Ezequiel, es el mismo relato del Mashé Merkavá, que es el Mindá de los cielos y la tierra y sobre el cual reposa la morada del Rey de la gloria.  La palabra Shalomon escribe el icono de Aquel que está sentado sobre el carro de la Paz (Merkavá ha Shalomon), pues el Shalomo del Shin es el icono del Melek-Tsadé, Melek-Shalom, del Rey de la paz.

 

Asher y Shin son palabras contenidas en el Bereshit, y señalan la correspondencia exacta, según la exegesis rabínica de esta escuela, la igualdad y la simultaneidad del Mashé Merkavá y del Mashé Bereshit.  El primer versículo del Shir ha-shirim, expresa exactamente lo mismo que el primer versículo del Sepher Bereshit y muestra la particular sinergia entre Dios y lo creado, en especial con los que han recibido la Paz de parte del Rey de la gloria y no la han rechazado: a cuantos la han conocido y dan testimonio de la misma.

 

La acción creadora, la sinergia recíproca, la realeza, la santidad, el profetismo; el Amor de Dios, el amor de los hombres.

 

Esta aproximación rabínica, forzosamente convergente en las aproximaciones de los citados Padres de la Iglesia, deja bastante claro la obligación de cuantos pretenden un acercamiento al texto, de la lectura dentro del contexto global de las Escrituras apoyada firmemente en la Tradición y la tensión ascética, el podvig, la hesiquía.

 

Esta aproximación interpretativa parece reposar sobre el sentido típico tradicional dado al texto por los rabinos y los Padres de la Iglesia, con sus matices pertinentes.  Sin embargo, la verdadera aprehensión del texto no sólo no es exenta, sino que comporta, y es la conditio sine qua non de la incorporación y participación activa, la actualización aquí y ahora, la encarnación de la Palabra, la Sinergia por parte del lector, por parte del pueblo de Dios.  Nos encontramos en el “mar adentro” de la experiencia teándrica.  Somos personajes en un periplo espiritual, señalado por el relato y por la interpretación tipológica mencionadas, insertados dentro del contexto mucho más amplio del transcurso y dirección de la Economía Divina en el ámbito de la Revelación y Historia de la Salud, periplo que se reconoce fácilmente.  Es decir que es fácilmente identificable en el ámbito bíblico-histórico en el que nos encontramos:

 

-         Tema central: Los esponsales de Dios con Israel, la prefiguración anunciada de las esponsales de Cristo con la Iglesia.

 

-         Fundamento real:  La base sobre la cual reposa el Shir ha-shirim, es decir, sobre la base escripturística, teológica, bíblica, de la que no es la expresión exigua, sino la expresión que precede al clímax final de la unión en Cristo, el clímax objeto de la Revelación progresiva dentro del contexto general bíblico, y con fuerte interdependencia y correlación entre la Toráh y los Nabiim y el Berith, tanto el viejo Berith como el nuevo Berith; el momento teológico del Bereshit bará hasta el momento teológico de la parusía.

 

La dinámica de Revelación progresiva, en cuanto que nos ocupa el texto, se resume en forma de diferentes etapas que se ordenan proféticamente hasta el clímax final, a continuación:

 

1.ª -   El Señor desposa a Israel (Os. 2 , 18; Ez. 16, 8)

2.ª -   Israel le es infiel (Os. 2, 7; Jer. 2, 3, 6 y 13; Ez. 16, 23)

3.ª -   El repudio de Dios por adulterio (Os. 2; Jer. 3)

4.ª -   El repudio no irreversible, pues Dios continúa estimando su obra. (Os. 2, 8, 9 11-13; Ez. 16, 35-41; y 23)

5.ª -   Dios desea rehacer la unión (Os. 2, Jer, 3)

6.ª -   Dios conoce que el pueblo culpable suspira por la unión (Os. 2, 9; Jer. 3, 1 y 4 y 5)

7.ª -   La intuición del perdón (Jer. 3...)

8.ª -   La intuición por parte del pueblo de su insuficiencia para sellar el perdón (Jer. 31, 19; Is. 63, 15 – 64, 11)

9.ª -   La necesidad de la intervención del Poder y la Misericordia de Dios (Os. 11, 8-9)

10-    Dios mismo opera la reconciliación y restablece los derechos a su pueblo (Os. 2, 16-25; Jer. 31, 20-40; Is. 51, 54, 60, 61, 62)

11-    El florecimiento del idilio del desierto (Os. 2, 16-17 y 21-32)         

12-    El Desposado y la Esposa se poseen por siempre jamás

 

Hemos visto, en el contexto del Shir ha-shirim, florecer desperdigado al pardes, al Paraíso bíblico; reconocemos que el Shir ha-shirim es un manojo de su follaje en un solo ramo; en él reconocemos la síntesis de la unión teándrica, el eje que irgue la realidad creada.

 

He aquí la pequeña aproximación preliminar al Shir ha-shirim, al Asma asmatwn: el texto, el contexto, la finalidad, pero sobre todo la utilidad de este libro vetero-testamentario de entre los Sapienciales, y probablemente el por qué de su presencia y continuidad en el canon Masorético y en el canon cristiano hasta nuestros días.

 

Hoy en hoy, la Desposada, como en el Cantar, espera durante largas temporadas, suspirando y sollozando, antes de realizarse la última disposición, la unión que Dios acabará por el gesto de poder y misericordia, porque hace del deseo y la entrega de su pueblo, aunque tocado de la impotencia humana, la fuerza motriz de la conversión definitiva, es decir la santificación, la vida en Cristo, la pneumatización.

 

A su vez, el Shir ha-shirim es tal vez, el prototipo de la Escala de san Juan Clímaco, de la asunción a lo Alto, del ascenso al Tabor, de la subida al Carmel; es prototipo de la ascensión al Sinaí y de la ascensión de Abrahán y Isaac a la montaña del sacrificio, de la santa escala de Jacob; las atisbamos todas ellas, las ascensiones y subidas, actualizadas y presentes en la única ascensión que nos importa, que nos sobreviene en la santa Pascua cristiana: el monte Calvario, el lugar de la Calavera, la tumba de Adán, el lugar de Muerte, el lugar de Resurrección, la clave de la vida perdurable.

 

La tensión del cortejo, del encuentro con el Amado, la atracción, los sollozos, cada vez el infierno al que alude el bienaventurado Silvano, la angustia y el temor, sí que pueden conducir al reposo de la enhypostatización, al gozo infinito de la posesión mutua, el acontecimiento del Reino:  ¡Veníd, Señor Jesús!  No tardéis. ¡Veníd!  Amín.


 

 

FoV Ilarion – DICHOSA LUZ

(Octubre 2002)

 

En el primer momento del día litúrgico, coincidiendo con las últimas claridades del día natural, la comunidad cristiana, sobreviene litúrgica propia y conscientemente, litúrgica en el sentido propio del término por la salmodia y la escucha atenta del salmo 103, el denominado salmo cósmico. En él, alabamos toda la obra de la creación, extasiados en la manifestación real de la Gloria Divina, por su acción eficiente.

 

Mediante el canto y la atención del salmo, la plegaria, tomamos posición, por un lado, en la acción sinérgica teantrópica-antropoteándrica, y por lo tanto nos incorporamos consciente y voluntariamente en el misterio del diálogo divino-humano.

 

Poco después, durante el rito de entrada, el himno FoV Ilarion (en adelante Fos Hilarion) o bien  Dichosa Luz, desgrana calificativos a la gloria del Padre en términos de Santidad, y se denomina también Santo al bienaventurado Jesucristo. Este himno afirma además la dignidad del Cristo a través del Espíritu Santo de ser celebrado por las voces santas, adorándolos junto con el Padre, siendo magnificados por el mundo, glorificándolos.

 

La experiencia plenamente vivida de la recitación y la escucha de este salmo y la inhabitación de la dicha de la Luz del Cristo, el Unigénito de la Santa Trinidad, expresada en este himno doxológico, aportan a los creyentes la plena comunión con una creación que es la obra de la acción de la Gloria de Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo, Gracia Increada, creación aparecida de la nada, en medio de las energías increadas por la vía de la perichoresis ad extra — las procesiones externas — las economías de la Segunda y Tercera Hypóstases, Ambas procediendo del Padre.

 

El himno vesperal Fos Hilarion, exalta la acción dadora de Vida de Dios, exalta la gloria de Dios calificándola de Santa, califica a Dios Mismo con el término de Santo y atribuye también santidad a las voces que lo celebran junto con la glorificación de todo el mundo entero hacia la santidad.

 

Para nosotros, los creyentes ortodoxos, la santidad de Dios es patente: encontramos innumerables ejemplos de esta afirmación en el Antiguo Testamento (Santo es uno de los nombres de Dios en Israel); “Santo, Santo, Santo” es la expresión de los ángeles en la Teofanía de la visión de Isaías; “Santo y Amigo del hombre” es la expresión de muchas ecfónesis al final de las ectenias (Santo es el Señor, Dios nuestro) (AgioV o KurioV o qeoV  umon) (Свиати Господи Вож наш); recordemos además la estrofa de las vísperas: Vos sois Santo, Señor...

 

Por ello, podemos deducir que, del mismo modo que el artista humano se ve reflejado en toda su obra y manifiesta el sello del autor, asimismo la obra de Dios, toda la Creación, refleja y manifiesta la Santidad de su Gloria.

 

¿Qué es entonces la santidad sino la participación en la divinidad, en la Gloria de Dios manifestándose a través de la creación?  Es Dios plenamente "participable" en sus energías, según la exacta delimitación de la doctrina palamita, el fundamento y pilar de la Ortodoxia.

 

Dios se manifiesta en los reinos mineral, vegetal y animal, y estos participan de la Gloria de Dios en el Hombre que les da nombre y los domina según el relato del Génesis, convirtiéndose éste en el rey de la creación por naturaleza. (Los ángeles no son ajenos a estos mundos.)  El mundo, que junto a las voces santas mencionadas glorifica el Hijo de Dios, significa bastante bien toda esta creación que ensalza a Dios en el silencio.

 

¿Pero de quienes son las voces santas que celebran la dignidad de Dios en todo momento?  No son otras que toda la otra creación susceptible de santidad, la visible y la invisible.

 

Las siete palabras que forman el primero versículo del Sepher Bereshit atestiguan a nuestra afirmación, y en particular la sexta y séptima precedidas de la partícula (te): Bereshit Bará Elohim te ha-shamaim va te ha eretz.  Tanto la exegesis rabínica como la exegesis de los Padres de la Iglesia, afirman que la combinación shamaim – eretz expresa la totalidad de la creación, los ángeles y la humanidad.

 

Los ángeles son perfectamente santos. Cada uno de ellos, roza el límite de perfección otorgado a la creación, solo Dios es Santo por si mismo, sofiánicamente hablando (Boulgakoff).  La santidad de los ángeles y la de toda criatura, como hemos dicho antes, depende de su participación en la santidad de Dios.  Para alcanzar la santidad, las criaturas dependen de que se la sea dada, de la que puedan recibirla y de la manera en la que la realicen.  La santidad de la criatura, depende no solamente de su proximidad a Dios, de la altura o segmento de la creación que le corresponde (y que no puede rebasar por sus propias fuerzas), sino también de su libertad, a la cual le es confiada un grado de santidad no como justificación sino como calidad de la obra creadora.  Los ángeles por creación, ocupan el segmento más alto: No es posible estar, llegar, más cerca de Dios “por esencia” que las “luces segundas”, los “espejos de la luz divina”.

 

Los ángeles no poseen naturaleza, siendo su vida una participación en la divinidad son “dioses creados”.  La Esencia divina pertenece a la Trinidad. Esta esencia es fuente de vida para las hypóstases creadas, los ángeles, por participación de la gracia.  Su “modus de santificación” es diferente al de otros seres inteligentes.  Los ángeles son denominados “hijos de Dios” por naturaleza y, si teológicamente afirmamos que son creados como hypóstasis, no podemos denominar gracia a lo que es sobrenatural.  Por ello, “esencia-naturaleza” y “don de gracia” se confunden.  De esto resulta que su santidad natural no puede crecer.  Por eso, la Encarnación de la Segunda Hypóstasis de la Santísima Trinidad no influye sobre su esencia.

 

Kai o LogoV sarx egeneto kai eskhnwsen en hmin

 

 Comparemos estas líneas tomadas del primer capítulo del Evangelio de san Juan con el primer versículo del Sepher Bereshit.  Ontológicamente, la Encarnación presupone la “Existencia” y la “diferencia” de la naturaleza divina y la naturaleza humana que, aunque creada, tiene su propio ser (Sepher Bereshit, cap. 1, 2 y 3).  Por ello, en Calcedonia la Iglesia proclama que las dos naturalezas del Cristo son inseparables e inconfundibles.

 

La santidad en el hombre, su “modus de santificación” es a través de la gracia.  La santidad, la vida en Dios, de los ángeles resulta de la esencia angélica.  El mismo maligno no estuvo tocado por la muerte.  La caída es para él una muerte espiritual en cuanto que condición de vida, modus vivendi, pero no hay nada en él que pueda ser la cesación de vida.

 

La vida en Dios, la santidad del hombre antes de la caída era solamente una posibilidad: posse non morire. No era non posse morire, es decir, inmortalidad.  Por la caída, resultó casi en non posse non morire.  Sólo se endereza en el hombre la vida en Dios, la santidad, en virtud de la Resurrección del Cristo.  La naturaleza del Hombre, posee la capacidad de la santidad en potencia de ser y la adquiere por la gracia.  Los ángeles, poseen la santidad no en potencia sino en acto de una creación por naturaleza.  Tal es la santidad de los hombres, tal es la santidad de los ángeles, tal es la santidad de toda la creación hasta su ipseidad.

 

Toda resistencia activa, pasiva, consciente o inconsciente por acción o por omisión, constituye un enajenamiento y por tan un alejamiento de la vida divina de la santidad.

 

La santidad de la Creación, particularmente en el hombre, constituye la “utopía realizable”, no por evolución, sino por la gracia.

 

Sé, por todas estas consideraciones expuestas, que en los Evangelios, Cristo nos invita a ser santos, como nuestro Padre en el cielo, el Santo, lo es, cuyo Nombre Santo santificamos y a Quien pedimos el advenimiento del Reino.

 

Sé, por esto, que el pueblo de Reyes, Profetas y Sacerdotes constituido en Iglesia, prueba las primicias de la santidad en los sacramentos y en las plegarias actualizadas día a día, oficio a oficio, liturgia a liturgia, momentos lúcidamente vividos y experimentados místicamente en el proceso de inhabitación del Espíritu Santo, en el proceso de enhypostatizarse en el Cuerpo de Cristo.  San Pablo nos denomina miembros de este Cuerpo en su epístola a los corintios; nos llama santos en la epístola a los romanos; y para finalizar, nos nombra pueblo de Dios en otra de sus cartas.

 

Por ello, este pueblo de Dios, llora a orillas de los ríos de Babilonia y suspira por volver a la casa del Padre.  Por eso, por la mañana y por la tarde, y en todo momento y en todo lugar, alabamos al Dios de los espíritus y de toda la carne, para que nos conceda la gracia de la participación en su gloria, la santidad.  Por tanto, ante el milagro del Cristo encarnado, cantamos con los ángeles:  ¡Gloria a Dios en los cielos y en la tierra!  Es por esto que, tras la Noche de las noches, en la Aurora de las auroras, gritamos llorando de júbilo:  ¡Cristo ha resucitado!

 

Pero también, por esto, por nuestra lenta, difícil, tortuosa y agónica aprehensión de la voluntad para el combate espiritual, al empezar el día litúrgico, recitamos el salmo cósmico actualizando en nosotros la conciencia de la santidad de la gloria de Dios y, ante la inmensidad percibida intuitivamente por el corazón y no por la razón, cantamos: 

Dichosa Luz de la Santa Gloria del Padre Inmortal; el celeste, Santo, y bienaventurado, Jesucristo. Llegados a la puesta de sol y contemplando la luz vesperal, adoramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Dios.  Sois digno en todas las edades de ser celebrados por las voces santas, Hijo de Dios y Dador de vida.  Por ello, el mundo os glorifica.

 

A menudo, centrados en los grandes acontecimiento litúrgicos, las grandes solemnidades, en la Divina Liturgia en sus diferentes expresiones canónicas y tradicionales, en la celebración de los sacramentos, sucedee que la gente que no somos vigilantes seamos imperceptiblemente invadidos por el espíritu de la rutina, primer síntoma de la debilidad en el combate espiritual, y mermando nuestro grado de celo, dejemos de saborear la experiencia de Dios contenida en pequeñas plegarias, troparios, himnos y catavásias, en el Amín de las plegarias iniciales y de conclusión de los oficios, que incluso en algunos casos especiales como en el Trisagio, las doxologías o los teotoquios se alberga valor dogmático, en el sentido estricto del término.

 

Hemos examinado una pequeña parte del oficio de las vísperas, puesto que su análisis teológico nos ha traído a verificar la importancia de la asistencia

a la plegaria “oficial,” de la praxis de las horas canónicas, para la consecución de la santificación del tiempo (chronos) para el acontecimiento en nosotros del Kairos (inmersión en el Reino de Dios).

 

Nos refírimos, claro, al salmo cósmico (103) y más concretamente al himno vesperal:  Fos Hilarion, o Dichosa Luz.

 


LOS ESCRITOS JOANÍTICOS

(Octubre 2002)

 

Cuando en la apertura del año lectivo de nuestra escuela de teología Ortodoxa, hace ya un par de cursos, presentamos en el estudio exegético y, a la luz de la contemplación, el denominado himno vesperal Sviati Tichie, FoV Ilarion, o Dichosa Luz, delimitando y discerniendo delante del texto mismo en uso diariamente en el oficio de vísperas, Quién es el alabado y quienes son los que expresan la alabanza.  Es decir, la aplicación de las tareas hermenéuticas que nos permiten profundizar en la plena recepción de esta doxología Trinitaria cantada por los ángeles y por el Hombre, deslumbrados todos ellos por la “Dichosa Luz del Padre Inmortal Celeste, Santo, y Bienaventurado, Jesucristo.”  Nos adentramos en las cercanías de las teologías de la Luz y llegamos a probar por un instante, ¡vaya maravilla!, la aprehensión apofática, gracias al trabajo de ahora hará un año, el esplendor glorioso de la experiencia palamita: la Luz Increada, la Gracia Increada, fundamentando entonces nuestra exposición en una corta exégesis de los dos primeros capítulos del Sepher Bereshit ha Moshé, contrastándolos con la lectura esmerada del prologoV del denominado Cuarto Evangelio según san Juan o TeologoV, de san Juan Evangelista.

 

Esta profundización de la Teología de la Luz, nos conduce inevitablemente, este año escolar que comenzamos, a situarnos ante los escritos Joaníticos, es decir frente a las tres epístolas atribuidas a la mano o a la inspiración de san Juan, frente al Cuarto Evangelio y, como no, frente al Apocalipsis canónico, las muletas que nos ayudarán a profundizar mejor en la Tradición Ascética Ortodoxa que nos invita a la participación en el trabajo personal y comunitario, el trabajo inseparable bipolar presidido y administrado por el Espíritu Santo, que se realiza en Adán-Eva y que comporta la dinámica, el tropismo misterioso, profundo, íntimo de la aprehensión divina, la mística de la acción bilateral, sinérgica del teantropismo vivificador al cual responde la Anthropotheosis, la kenosis humana que responde a la kenosis divina.  En otros términos, a la THEORIA de la PRAXIS que comportará indisolublemente la PRAXIS de la THEORIA, la antinomia fundamental de dos términos encontrados por la teoría del conocimiento de la mayoría del corpus filosófico conocido, pero no en la Tradición de los Padres, desde los padres del desierto, Antonio y Pacomio, Macario, pasando por los Capadocios, los Antioquenos, los Siríacos, los Alejandrinos, en particular el gran Dionisio pseudo-Aeropagita, Juan Damasceno, pero sobre todo Gregorio Palamás y Máximo el Confesor, todos ellos hermanos mayores en la fe que nos han precedido en la plenitud de la entelequia humana: la santidad, entelequia real exigible a todo cristiano ortodoxo por la ayuda de Dios, si esta es su voluntad.

 

¿Por qué esta búsqueda en los escritos Joaníticos?  Sobre todo y en gran parte, por su contraste con los sinópticos, por la dimensión, diríamos teológicamente vertical, menos histórica, exenta de una pretensión clara de exposición “Vita Jesus”, — ¿podríamos tomar la licencia, en lenguaje común, para denominarla más mística quizás? — También por la particularidad de ciertos giros lingüísticos y la aparición de una terminología más reiterativa que en los citados sinópticos, pero también y concretamente por la repetición del término Luz, FwV, veintitrés veces, que nos hace apreciar el texto Joanítico como determinante y concluyente para la tarea que nos proponemos.

 

En definitiva, el lenguaje de Juan el Teólogo, a primera vista, resulta algo pobre, técnicamente hablando. Tan sólo se vale de un vocabulario de exactamente 1011 palabras, frente a las 1691 utilizadas por Mateo, a las 1345 de Marco y a las 2065 empleadas por Lucas.  Pero en todo caso, el texto en Juan no resulta intranscendente, trivial o inexpresivo, pues el vocabulario de los escritos Joaníticos, en particular, el del Cuarto Evangelio, muestra una originalidad de pensamiento en su redactor remarcable, pese a que el estilo sea más inconcreto y descriptivo que el que tenemos en san Marcos, y mucho menos esmerado literariamente que en san Lucas.

 

A título anecdótico, cuantifiquemos las expresiones reiterativas del Cuarto Evangelio que resultan escasas por comparación con los sinópticos:

 

Vocablos

Mateo

Marco

Lucas

Juan

Amor

agaph - agapan

9.

6 (5)

14.

44.

Verdad

alhqeia - alhqhV - alhqhnoV

2.

4.

4.

46.

Yo soy

egw eimi

14.

4.

16.

54.

Vida

Zwh

7.

4.

5.

35 (36)

Mundo

KosmoV

5.

6.

5.

67 (66)

Testigo

Marturuon - marturia - marturein

4.

6.

5.

47.

Vivir / experimentar

menein

3.

2.

7.

40 (39)

Padre

Pathr

45 (44)

4.

17 (16)

118.

 

 

Cabe señalar también obligatoriamente y en sentido contrario, que algunas palabras frecuentes en los sinópticos, se encuentran poco en Juan, de entre otras y a manera de ejemplo: laoV (3), basileia, daimonion (6).  En el marco actual de la hermenéutica, el lenguaje de Juan es el lenguaje de los Setenta (LXX), contemporáneo de Claudius Josephus, tampoco muy lejos de los herméticos y de Philon.  En algunas expresiones, quiza se aproxima también al estilo de Qumram.

 

La palabra Luz – FwV – repetida veintitrés veces por san Juan cómo hemos dicho hace unos instantes, junto con “fainw”, brillar y “Fotizw”, iluminar (dos y una sola vez respectivamente), las tomaremos como apunte de conclusión de esta exposición, como recordatorio de la existencia de la Teología de la Luz en nuestra Tradición, en el contexto del texto Joanítico.

 

“En Él, era la vida, y la vida era la Luz de los hombres” (Jn. 1, 4): No existe una luz anterior, es la vida misma, que se impone y se evidencia por ser conocida (posse essere).

 

La Luz-Vida precede a las tinieblas (Jn. 1,5) “La Luz resplendece en las tinieblas”, la identidad de Luz-Vida muestra la identidad encontrada como tiniebla-muerte.

 

La Luz brilla, ilumina, puede ser conocida y esta “vivificación-iluminación” es la expresión de la Voluntad Divina, es el proyecto divino, como lo justifica el siguiente texto de san Juan:

 

“Los hombres Lo han rechazada”, no han querido la Vida no han querido la iluminación; la recepción de la Luz implica aprehensión del conocimiento. Este es el pecado del mundo (Jn. 1, 10).

 

Juan Bautista nos lo recordaba, él (el Bautista) no era la Luz, sino aquel que da testigo de la Luz, el que guardaba el recuerdo de esta Luz y la buscaba a su vez, invitándonos por su bautismo penitencial a esperar en Aquel que sí era la Luz y nos iluminaría por el Espíritu, y por este nuevo bautismo finalmente en la Iglesia, en la santidad, — ¡aliluia! — en la Pasión de la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo. (Jn. 1, 9).

 

La Luz-Vida es el equivalente teológico de la Verdad; es la experiencia exigible como condición para el logro de la plenitud de las criaturas humanas y angélicas injertadas al Cuerpo místico de Cristo, en la Iglesia; es el lugar de recepción, de incorporación, de comunión, y de la experiencia de la Trinidad Santísima; es la única realidad trascendente a las sombras de la muerte, de la falsa luz tenebrosa, de la falsa vida, de la falsa iluminación ofrecida por el mundo, la carne y el demonio, resistentes inútiles, abocados al fracaso final del proyecto trinitario, de la parusía, de la Luz del mundo, de la Verdad, de la Vida, del Camino que no es otro que Quien dio testimonio de Si Mismo con estas mismas palabras.

 

He aquí, pues, esta reflexión, ni exclusiva ni excluyente, de una primera aproximación a los escritos Joaníticos, los pilares fundamentales de nuestra Tradición, porque son aclaratorios, no solamente de la raíz de nuestra fe sino también, porque señalan los principios dinámicos en el Hombre que lo traerán a la realización en él de la ascesis, que le conducirá a la pneumatización.

 

¡Maranathá!  ¡Venid, Señor, no tardeis!  Amín. Amín. Amín.

 

 


LA LUZ INCREADA 

(Febrero 2002)

Los fundamentos teológicos de la doctrina de la Luz proclamada por los Padres de la Iglesia y en particular por los Padres Capadocios y más tarde por san Máximo el Confesor pero sobre todo por san Gregorio Palamás y los concilios llamados palamitas, encuentran sus raíces en el testimonio de la Tradición Escrita, las fuentes escripturísticas bíblicas, las Antigua y Nueva Alianzas en primer lugar, y en la experiencia de la ascesis mística en segundo término como experiencia “teológicopráctica”.  Con respecto a la primera, el libro del Génesis de Moisés (Sepher Bereshit ha Moshe), nos muestra estos fundamentos nada más empezar (Gén. 1, 1): “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

De la exégesis patrística y rabínica, concluimos que la expresión Bereshit (en el principio) muestra el momento de tensión inicial, creador de Dios, y marca junto con el verbo Bara (creó) la acción eficiente de Dios.  Dios crea de la  nada, ex nihilo, no de Él mismo –es decir por emanación–, no recreando –de una sustancia primordial–, y por lo tanto este verbo sólo lo ha conjugado Dios en el seno de kairos — el tiempo divino —, y en cuanto ha sido creado consiste la ipseidad del mundo espiritual y la ipseidad del mundo material.

“Y la tierra era confusa y desierta – caótica y vacía – y oscuridad sobre el abismo y el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.  Y dijo Dios: haya luz, y fue la luz.  Y vio Dios que la luz era buena y apartó Dios la luz de la oscuridad y Dios llamó a la luz día y a la  oscuridad la denominó noche.  Y fue el atardecer y el alba: el primer día.”

La contemplación exegética nos hará concluir, por muy poco atentos que estemos al relato de la creación, el Mashe bereshit, que podemos distinguir: el mundo divino, la tiniebla divina, Dios en sí mismo, la preexistencia del mundo divino; la acción creativa de Dios de la nada; la inmanencia/persistencia del Ruah Elohim (el Espíritu de Dios) sobre las aguas primordiales, la acción de Dios persistente sobre el caos, la vacuidad, la oscuridad, la presencia, pues, de esta acción en la creación; la iluminación-vivificación de lo creado por la acción-energía divina; la fusión participativa, sinérgica de la acción-energía, la inmanencia del Ruah Elohim increado en la realidad creada.

De forma especial y totalmente paralela, tipológicamente en exégesis, si así lo queremos, (Gén. 2, 1–7):  los cielos —shamaim— y la tierra —arets— creados nos aparecen también desiertos y vacíos pero también:“un manantial –we ur— brotaba de la tierra –ha areth— y regaba toda la superficie del suelo – Adamah”.  Aquí lo que persiste y vivifica o energiza es un manantial, we—ur que brota de la tierra – ha areth – y riega el suelo — ha adamah —. De este suelo –adamah – esta tierra roja, viviente, toma después Dios, en el mismo relato.

(Gén 2, 7):  Entonces Dios formó al hombre con polvo de la tierra e insufló a sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente”.

Acto seguido, leemos (Gén 2, 8):

“y plantó Dios un jardín a Edén”, y otra vez constatamos que el neshamah divino penetra y es indispensable para  hacerse  viviente, li . nefesh – y poder situarse en el jardín de Dios según la  expresión del profeta Isaïes, paradusoV según los LXX.  Con respecto a la Nueva Alianza, en el primer capítulo del Evangelio de san Juan podemos también contemplar (Jn. 1, 4):

 

“En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” 

En autw zwh hn, kai h zwh hn to fwV twn anqropwn.

 

En el Logos, el Verbo que es Dios y desde antes está con Dios y en el cual está la Vida, y la Vida es Luz de los hombres. Estas fuentes bíblicas tomadas como testimonio de la Tradición Patrística, delimitan una de las bases de la teología de la Luz, como hemos dicho más arriba. Tal y como se ha mencionado, la otra base es la praxis personal de la Luz, la Luz de medianoche de los monjes, la Luz tabórica, la Luz de la Resurrección.

La mística ortodoxa o, lo que es lo mismo, la verdadera teología, la teologopraxis, se experimenta pues en la contemplación incomprensible, a-racional de Dios en sí mismo, en la que se distinguen por la Revelación la perichoresis ad intra : Dios un-triúnico; las tres Hypóstases, Padre, Hijo, Espíritu Santo.  Perichoresis que denominamos agápicas, de amor, de comunión, de descripción de la intimidad divina.  Sin embargo, además, contemplamos activamente y entramos en sinergia con la acción vivificante, inmanente, permanente, energética, que permanece y sostiene toda la creación, en especial como hemos visto en el Hombre.  Somos y estamos pues en sinergia, en participación con la acción de Dios.

Los Padres Capadocios han discernido esta teologipraxis a su vez presentándola como antinomia fundamental de la teología de la Luz: Dios totalmente inaccesible, inalcanzable en su esencia.  Dios totalmente "participable" en sus energías.  San Basiliomagno enseña: “Al afirmar que conocemos a Dios en sus energías, no prometemos la aproximación a su esencia, puesto que si éstas aun así bajan hasta nosotros, su esencia permanece inaccesible”.   Por la participación real en las Energías divinas, la unión a la Persona Divina es posible, puesto que es Dios mismo que procede de si mismo y no crea esta Energía, Luz, Poder, Gracia, que constituye el fundamento real de la santidad o la deificación o la iluminación.

La inconmensurabilidad absoluta de lo creado y de lo increado, de Dios y la creación, de Dios y el Hombre es sobrepasada por Dios mismo.  La teología o mística, la teologopraxis discierne pues entre: Dios; la acción creadora inmanente y persistente en la creación; y la creación.  Dicho de otra manera, se distingue entre:

 

1. La Naturaleza o la esencia de Dios; las tres Hypóstases con sus perichoreses ad intra y ad extra, las perichoreses personales, Padre, Hijo y Espíritu Santo;

2. Las Energías, la Luz, las Gracia, la perichoresis natural ad extra.

3. la creación.

Las Energías son inseparables de la Naturaleza.  La Naturaleza es inseparable de las Personas.  Las Energías no son pues una relación entre Dios y la Creación; Dios insemina, vivifica, ilumina, energiza nunc et semper la creación para llevarla con el hombre, si éste lo desea, a la plenitud, a la entelequia dispuesta por la Providencia.

San Máximo dice: “Dios nos ha creado para que nos convirtamos en participantes de la Naturaleza divina, para que entremos en la eternidad, para que permanezcamos semejantes a Él, siendo deificados por la Gracia que crea y produce todos los seres existentes y trae a la existencia todo aquello que no existe.”  Las Energías contienen implícitamente, mantienen la acción creadora que permanece y persiste en el seno de la creación en general y en el Hombre en particular, casándose, en el sentido bíblico, conociendo, haciendo sinergia con las energías creadas. Esta descripción sinérgica es la descripción del modus unionis y del “modus de interpenetración” de las dos naturalezas, divina y humana en la única Persona del Cristo (Jesucristo).  Es el modus sanctificationis del Hombre: por sinergia.  Es el modus de la transfiguración de todo el cosmos y su asunción en la humanidad deificada.  Diremos pues que, por la Luz increada, por las Energías divinas increadas, el ser creado participa del ser increado.

Por la teologopraxis ortodoxa, la Luz-Energía-Gracia increada de Dios mantiene, ilumina, vivifica, deifica al Hombre ontológicamente y lo convierte en auténtica nueva criatura, justa y santa en sí misma por la Gracia.  La afirmación fundamental se mantiene, la esencia de Dios es radicalmente trascendente; sólo son inmanentes y por lo tanto "participables" las operaciones divinas, o sea, la Gracia-Energías-Luz.

No se trata de una simple abstracción mental o intelectual, de una banalidad pseudo-mística.  Es, como nos recuerda el salmo 103, una cuestión de vida o muerte. Si  hay aliento y hay permanencia, hay vida; si nos lo retira, hay ausencia de la misma.  Es la expresión del agape divino–humano, es el banquete real, es la permanencia en el gan-bi Heden, el denominado jardín de Dios; o por lo contrario, el desierto, y el caos/oscuridad.  Es el Shir ha-Shirim (Cantar de los cantares), las bodas místicas, es el bereshit bara, es la misma comunión, el conocimiento, entre el Hombre y Dios, es en definitiva Teología.  Es el fundamento del modus de presencia en los sacramentos.

El hombre hace sinergia con Dios, entra en comunión viviente, real y experimental con las Operaciones divinas, es decir, las manifestaciones de Dios en el mundo, en la creación.   Aun así en el misterio eucarístico, los que han recibido una operación divina han recibido a Dios completo, completamente.  La comunión no es sustancial (panteísmo), ni hypostática (el único caso es Jesucristo), no es simbólica (Reforma), no es transubstancial (Tomismo), sino que es eminentemente sinérgica, energética, luminosa, gratificante, y Dios está totalmente presente en sus Energías, su Luz, su Gracia.

Esta es la teologopraxis de san Gregorio Palamás y del palamismo centrada en la mística correctamente ortodoxa, mística de la oscuridad divina, mística de las tinieblas divinas, el caudal de su luz.

Del conocimiento a nivel humano, el Espíritu por participación traslada al conocimiento a nivel divino.  Una prueba la tenemos en la teognosis de san Juan el Teólogo que describe la inhabitación del Verbo y la iluminación interior por el Espíritu Santo.

Nuestra experiencia mística, nos enseña desde su intimidad, el aspecto oculto, hasta su irradiación exterior (los nimbus de los santos, la Luz tabórica, la Luz de la Resurrección) percibidos, vistos, por unos ojos corporales pero transfigurados a la vez, colmados del Espíritu Santo.  Según san Gregorio Palamás la Transfiguración del Señor es, a la vez, la de sus Apóstoles, que tuvieron la oportunidad y, por lo tanto, la capacidad real y eficiente de contemplar la Gloria del Señor escondida en la realidad de su kenosis.  Esta Luz o Gloria de Dios es la Gracia o la Energía en la que Dios, se hace totalmente presente y su contemplación, su teologopraxis, su visión es una auténtica y real contemplación “cara a cara ” del misterio del Octavo Día, el estado perfecto de deificación, vivificación, iluminación, energización perfecta y cumplida.

En Occidente, la teología de Tomás Aquino, Barlaam y toda la esfera de la filosofía nominalista, Ockham, etc., niega la distinción de la doctrina de san Gregorio Palamás entre la Esencia divina y las Operaciones o las Energías, Gracia, Luz, Poder...  Para esta filosofía son únicamente válidos los argumentos de la razón, y toda penetración, experiencia, intuición mística, teologopraxis, son consideradas fuente de error.  La denominada iluminación, gracia inmanente, interior, energía perseverante es así mismo acusada de materialización de Dios.  Tomás Aquino rechaza la tesis del bienaventurado Agustín sobre el conocimiento por la iluminación divina e intuición mística, y exalta y pontifica la razón como el único instrumento para “pensar” en Dios.

El concepto lógico de Dios, expresa adecuadamente su ser.  Del concepto del ser, se deducen por análisis los atributos de Dios: simplicidad y unidad.  En tanto ser, se aplican a Dios las leyes ontológicas.  Se rechaza cualquier antinomia porque de facto contradice la panalógica.  La noción panalógica de Dios se convierte en órgano, medio de comunión con el ser divino.

Para san Gregorio Palamás, la Esencia divina es real y radicalmente sine qua non trascendental en la creación y en el Hombre, y nos delimita estrictamente a una afirmación antinómica, pero nunca contradictoria, de la completa inaccesibilidad e inabarcabilidad de Dios en sí mismo, en su Esencia y también de sus inmanencias en el mundo.  Pero en cuanto que las inmanencias se convierten en Luz, Gracia, Energías, Dios continúa estando presente, perseverando en ellas, y por lo tanto, este adviento nunca es una parte de Dios.  Es Dios mismo manifestándose, es Dios revelándose sin perder nada de su Esencia, no acontecida, no exteriorizada, no salida de su intimidad.  Las Energías-Gracias-Luz, son patrimonio común de las tres Hypóstases de la Santísima Trinidad; son increadas y accesibles a la creación y a la criatura.  De ninguna manera, son un atentado a la unidad, indivisibilidad y simplicidad divinas, del mismo modo que, como sabemos, las distinciones hypostáticas no constituyen ni construyen un Dios compuesto.

El bienaventurado Agustín lo denomina simpliciter – multiplex.  Dios es más y antes que el ser, y nunca bajo su percepción por la lógica, por lo tanto, por definición Escolástica, está más allá y por encima de cualquier concepto racional.

La simplicidad de Dios es completamente ajena a nuestra idea racional de simplicidad.  De hecho la simplicidad a la luz racional, no sabemos que es, ontológicamente hablando.

De ahí que cualquier definición dogmática es metalógica, antinómica, pero nunca contradictoria.

La diferencia, que acabamos de exponer, hace divergir irremediablemente, en el campo de la filosofía, la teología catafática típica del Tomismo de la teología apofática o la teologopraxis ortodoxa.

Para el Tomismo, la Luz, la Gracia, las Energías son una realidad trascendente pero creada, pese a las fuentes bíblicas mencionadas, y nos presenta el aspecto o la condición que permite la imputación incluso jurídica de la justificación.

Haciendo una breve pausa, de todo lo que hemos expuesto, resulta que la Luz, la Gracia, la Energía de Dios no es un don creado de Dios, sino que la Luz, la Gracia, la Energía de Dios es un don increado de Dios.  No existen dos creaciones embutidas, cabalgando una sobre la otra, donde una sería “natural” y la otra “sobrenatural”.   En la creación todo es natural.  Sin embargo, existe un doble movimiento natural, la sinergia entre las energías creadas de la creación, en general; del hombre, en particular; y las Energías Increadas de Dios.   Esto es lo que permitirá, si Dios lo quiere, la santificación, la pneumatización de la creación, del Hombre.

Para acabar esta exposición, no hemos de olvidar que el hombre nace con las consecuencias, no en su imagen pero sí en su semejanza, de la caída.  Las Energías creadas en él, no actúan en su estado normal, tal y como fue creado.  Esto nos transporta a contemplar el aspecto filantrópico y misericordioso del don que Dios nos hace de si mismo por sus Energías, Luz, Revelación, Gracia.  La teologopraxis contempla el Dios incognoscible y experimenta el Dios que se comunica.

San Gregorio Palamás enseña: la naturaleza divina debe ser considerada a la vez "imparticipable" y, en un cierto sentido concreto, también "participable."  Llegamos a la participación de la naturaleza divina que, a su vez, es totalmente inalcanzable en su esencia.  Debemos afirmar las dos cosas al mismo tiempo, a la vez, y conservar la antinomia como criterio de fe, de piedad y tradición.

En Dios, discernimos Esencia, o bien las Energías naturales u Operaciones de la divinidad a través de las cuales Dios se hace "participable" en la creación y en la criatura.

Estas energías-operaciones increadas, son denominadas Luz-Gracia.  Este es el fundamento de la Tradición ortodoxa de la Gracia.  Para la Tradición, la mística ortodoxa, la teologopraxis, la iluminación o la gracia divina vivificante y deificante no es la esencia de Dios. En todo caso es la Energía u Operación de Dios.  San Gregorio Palamás dice: cuando decimos que la naturaleza divina es "participable" en sus operaciones o energías permanecemos en la tradición, la fe y la piedad (Capítulos filosóficos y teológicos).  Esta distinción, este discernimiento entre Esencia y Energías no introduce ningún sentido de composición en Dios, en el ser divino.  Añade san Gregorio Palamás: “Dios opera sin padecer por la operación” (op. cit.) Esencia / Energía, Esencia / Gracia, Esencia / Luz, Esencia / Operación, no son pues dos partes de Dios sino dos “modos” de existencia de Dios:

1. Dios en su naturaleza o Esencia inalcanzable, y incognoscible, y

2. Dios fuera de su naturaleza, manifestándose: Energías, Luz, Gracia, Luz increada, Operación divina.

El mismo ser divino permanece totalmente inaccesible esencialmente, comunicándose totalmente por sus Energías.

Leyendo y escuchando bien a san Gregorio Palamás, vemos que toda teología que desee respetar la Tradición, las Escrituras, la piedad en sí misma, debe afirmar que la primera afirmación es verdad; que la otra también es verdad; y que ambas afirmaciones son verdaderas.

La dogmática en su verdadero sentido, nos libera de los límites de la racionalidad.  Dilata y alarga nuestra inteligencia hasta las alturas y profundidades, espacio-tiempo, de la lógica divina; nos hace tocar aquello que por la lógica es imposible comprender: la armonía o la conciliación de contrarios.  Para el status quo de la lógica humana, creada y limitada, la creación manchada, pecaminosa, perturbada, padece la ilusión de los contrarios.  Es precisamente esta ilusión (limitativa, perturbada) que trascendemos por el dogma.  Según san Gregorio Palamás: “Accediendo a esta visión de la realidad real, nuestra inteligencia interacciona con la Gracia, Luz increada y Luz divina o Dios dándose como Luz o Energía, haciéndonos luminosos por su Luz; las Energías divinas "inter-penetrando" nuestras energías creadas hasta nuestro acceso al Reino” (Contra Akyndinos).  Dios es denominado Luz no según su sustancia sino según sus Energías.

En el tiempo de Cuaresma, el sábado de la luz increada, pedimos según la Tradición Ortodoxa: “Os rogamos Padre Todopoderoso, Dios escondido en nuestras miradas, conceded a nuestras almas durante esta Cuaresma saludable que nos elevemos hasta vuestro Santo Monte.  Que contemplemos según nuestras fuerzas, la Luz de vuestra Gloria pre-eterna, que ella nos ayude a soportar, sin caer en la rebeldía, el yugo de la Cruz.  Que entremos con júbilo puro y radiante en la noche luminosa de la Resurrección de vuestro Hijo, Nuestro Señor Jesucristo en quien ponéis toda vuestra complacencia, ya que por Él, en el Espíritu Santo os pertenecen la gloria, la adoración y el honor por los siglos de los siglos.  AMÍN.

 

 

FUNDAMENTOS DE TEOLOGÍA

(Junio 2004)

 

Cuando hablamos de Teología Fundamental, no nos queremos referir a los principios descriptivos referenciales de la Fe y a su aprehensión conceptual y formal, es decir lo que podríamos denominar ETHOS, sino a la experiencia propiamente dicho de los pilares que sustentan el misterio de la Realidad creada, corolario de la cual, la constituyen la interrelación entre el Hombre y el Cosmos, el Hombre y Dios.  

 

San Ireneo de Lyon nos ha dicho: No os pertenece el Símbolo de la Fe si no lo vivís.

 

 ¿Qué nos quiere decir san Ireneo?  ¿Cuál es el alcance de sus palabras? Podríamos afirmar que lamentablemente en nuestros días, sí que tienen alcance y sentido.  Pues, el enfoque teodicéico de algunos tratados de teología, o, en otros, el enfoque meramente cognitivo de los diferentes puntos de referencia teológicos mencionados, en muchos casos, hace que el elemento co-sinérgico pasivo, el hombre, el creyente, piense y viva convencidísimo que el conocimiento conceptual de diferentes principios referenciales de la Fe y su desarrollo y aplicaciones, de lo que constituye el ethos, es la verdadera experiencia del conocimiento, no solo intelectual sino también emocional, de lo que tradicionalmente denominamos la sinergia teantrópica, la co-dinamía entre Dios y el Hombre.

 

Si esto fuera así, si fuera cierto, el conocimiento conceptual, intelectual que no está exento, como hemos dicho antes, de ser acompañado de las pertinentes sensibilidades y emociones, tendríamos que encontrar en el discurso intelectivo y en el cumplimiento del ethos que se deriva de ello, no la justificación por la Fe o las obras, sino algo más, evidentemente — incluso un mejor y mayor acercamiento a Dios y al prójimo — hecho que se constata débilmente realizado por esta praxis.

 

Cuando menos, ni los catecismos ni las epítomes morales, por si mismos, han conseguido mejorar las conductas, en el sentido largo y ancho del término.  Contemplando el conjunto de referencias esenciales del Símbolo de Fe y el ethos que se deriva de él, abarcamos un periodo cronológico que transcurre a lo largo del primero milenio.  Durante este milenio, la transmisión oral desde su inicio, desde los Apóstoles hasta los Padres Apostólicos, padece ya un mezcolanza de influencias gnósticas helénicas y romanas, entre otras.  ¿Hasta qué punto?  Alrededor del 325, el Emperador se ve obligado a convocar el Concilio, el primer Concilio de Nicea, para imponer paz en las discusiones entre los eclesiásticos de aquel momento, discusiones que trasegan la Paz Constantiniana.  

 

En Nicea, la afirmación final de la igualdad desde antes de los siglos del Cristo y el Padre, se impone frente a la afirmación arriana de un Logos creado.  Los alejandrinos y capadocios significados en Alejandro, Atanasio Magno, Basilio, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, entre otros, sin olvidar Nicolás, Spiridón, también Osio de Córdoba, trabajaron a fin de que, a la conclusión del primer concilio de Constantinopla y segundo Ecuménico, cada una de las Tres Divinas Hypóstases, fueran puestas en un mismo plano de plena antigüedad, igualdad, santidad —, a excepción de la monarquía del Padre de Quien proceden las otras Dos por engendramiento y por espiración, respectivamente.  Creer pues en un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Hypóstases, constituye el primer paradigma, el punto esencial de referencia del Símbolo de Nicea-Constantinopla que hoy en día profesamos y debemos profesar hasta la parusía.  Ahora bien, ¿qué significa esta afirmación, creencia inalcanzable para el entendimiento humano?  Si creer es vivir, experimentar, ¿podemos experimentar lo que no entendemos?  ¿Podemos hacer nuestro el Símbolo de Fe?  

 

Por razones obvias, es imposible un acercamiento teológico a través del método catafático, positivo, y definitivo.  El acercamiento apofático, la teología caracterizada por la negación, por lo “que no es”, tampoco sirve para acercar nuestra razón aunque mejora la situación del que contempla, por que no obliga [constriñe], no encierra el objeto de aprehensión en base de su nivel de capacidad dilucidatoria, mientras que Dios-Trinidad, en esencia, permanece inalcanzable.

 

Sólo quien haya visto a Cristo, ha visto el Padre, y por enseñanza directa del mismo Cristo, hemos aprendido a decir Padre Nuestro, “Abba”.  Cristo mismo ha dirigido hasta nosotros a Aquel que, en Pentecostés, procede del Padre, o ParaklitoV.  La experiencia, pues, el conocimiento del Cristo, de Aquel que se denomina Emmanuel, “Dios con nosotros”, es la experiencia y el conocimiento que se traduce en una incorporación, una participación consciente y voluntaria, un amín, en la Economía de Salud que Él dirige y de la cual el Espíritu Santo es el único administrador.

 

Esta participación e incorporación, ¿cómo es posible realizarla?  ¿No nos encontramos, otra vez, ante lo Inconmensurable, lo Inalcanzable, lo Irracional, humanamente hablando?  Es realizable solo mediante el teolugnema desarrollado en Calcedonia.  Esta descripción necesaria de la realidad de la Encarnación de la Segunda Hypóstasis, implica la dualidad de las dos naturalezas en la única Persona Jesús el Cristo, la dualidad de naturalezas complementada en Constantinopla II con la dualidad de voluntades.  Así se rompe definitivamente la crisis nestoriana, a nivel doctrinal, de todo cuanto sucedió en Éfeso, en el tercer concilio Ecuménico, en torno al paradigma María, Madre de Dios y del dilema entre Nestorio y Cirilo: THEOTOKOS — CRISTOTOKOS.

 

La afirmación de dos naturalezas y dos voluntades sin mezcla, absorción, superposición o confusión, sin embargo implicaría que, por primera vez en la historia de la Iglesia, una multitud de cristianos permanecerá ajeno a la plena OIKUMENE – KOINONIA

 

 

Lo que tenemos en común nosotros y Jesucristo,el nuevo Adán, es la naturaleza común, la humana.  Por la in-hypóstasis, la enhypostatización de todos y cada uno de nosotros, por la incorporación en esta naturaleza humana renovada, vivificada por la resurrección de Jesucristo, nos constituimos en miembros integrantes de la misma naturaleza humana que, a la vez, es común.  Ésta es la incorporación y permanencia que se efectúa por la actualización consciente, voluntaria, por el amín de nuestro bautizo, crismación y eucaristía, por los misterios de nuestra iniciación cristiana; de esta manera, participamos en la naturaleza divina del Cristo. 

 

¿Cómo es posible esta participación?  Sí, es posible, sin mezcla, superposición, absorción ni confusión.  

 

Es la tercera forma de unión mística descrita por san Gregorio Palamás: KOINONIA, la unión por participación, por las energías, por la gracia.

 

De manera semejante y análogamente a los ángeles, pero no igual, la naturaleza humana en Cristo es bañada, iluminada, vivificada por las energías divinas increadas que compenetran toda la realidad creada desde el primer día del tiempo. Así pues, este baño de gracia increada, esta inhabitación del Espíritu Santo, la santidad, es la única forma posible de experimentar en plenitud lo que confesamos en el Símbolo de Fe, pese a que nuestra luz racional no capta la realidad vivida.   

 

El hombre racional y su naturaleza no captan la experiencia de las esencias de la fe, sino que es Dios mismo, en sus energías increadas, que arrebata sus santos y los transfigura en la entelequia para la cual son creados: la santidad.

 

La voz del Padre en el Jordán y sobre la montaña de la Transfiguración; el Espíritu Santo en “forma de paloma”, en “lenguas de fuego”; las afirmaciones, las enseñanzas, los milagros del Cristo; la santificación del Espíritu en su Iglesia; las FANIAS recibidas y, no tan sólo dentro del periodo de la Nueva Alianza, sino también desde Moisés hasta Zacarías; todas constituyen la piedra de toque por la que darnos cuenta de que la experiencia de Dios en nosotros es a-racional.  Sólo el método empírico de los Padres y Ascetas que nos han precedido, constituye la sola tradición válida.  Prefigura una THEORIA que, curiosa y esencialmente es PRAXIS.  Esta PRAXIS, cuando se limita a la simplicidad del puro raciocinio lógico despojada de la “experiencia del corazón”, de la KOINONIA con otros y todos juntos hacia Dios, lleva indefectiblemente a la esterilidad espiritual.

 

Llevamos ya rato, queriendo encerrar a Dios dentro de las categorías lógicas del aristotelismo, quiza inconscientemente.  

 

La confesión, en primer lugar, de la experiencia del Tri-Único, de la Maternidad divina de María, de las dos naturalezas del Cristo, y la experiencia, la in-habitación de estas realidades en nosotros mismos, la adquisición de la santidad — es el único camino posible para hacer nuestro lo es esencial del Cristianismo: Cristo vivo en nosotros.  

 

Si no somos capaces de cobijar al divino Niño; si no lo ayudamos a crecer en nosotros; si no actualizamos los misterios recibidos; si no vencemos las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne; si no salimos a la vida enseñando, proclamando, y bautizando — el Evangelio del Cristo —, de nada, o de muy poco, nos valdrán nuestros actos, nuestras vidas.  Pasaremos de la posibilidad de ser a la total imposibilidad de ser, a la muerte espiritual.  

 

Todo lo que se vuelva muerte pasará; solo Él no pasará.  Él es el arch kai teloV.  Él es la Verdad, el Camino y la Vida.

 

Por lo tanto, la Tradición nos ha legado las descripciones de las referencias fundamentales, en forma de dicotomías a-racionales, de pronunciamientos dogmáticos para que los ultrapasemos, yendo de la razón hacia la vida.  Son, al mismo tiempo, información y materia de trabajo.  La praxis, la luz del Espíritu Santo, la ayuda de la Tradición, constituyen el trípode dónde se apoya la experiencia de la Fe; ésta, no es creer en lo que no se ve, como a menudo se dice, sino conocer en el sentido bíblico tradicional.  Es la experiencia basada en la comunión plena en el Cuerpo Místico del Cristo. San Pablo nos lo apunta y los Padres de la Iglesia nos lo confirman.  El “creced y multiplicad” toma aquí su sentido más profundo y llega al paroxismo de su desarrollo posible en el “amaros cómo Yo os he amado”.  

 

Ninguna organización eclesial, en el sentido restrictivo del término; ningún príncipe eclesiástico; ningún teólogo ni teología; ningún cristiano que no esté impregnado por la efusión del Espíritu Santo; todo aquel que carezca de santidad, de vida en Cristo, todo aquello dónde Cristo y el Espíritu Santo, los dos brazos del Padre, no permanezcan en su fondo; nada de esto tiene consistencia, excepción hecha por aquello que Dios mismo sustituya en vez de la experiencia de las bodas entre el Cordero y la Iglesia, entre el Esposo y la Esposa.   

 

Entonces la aprehensión — no conceptual sino práctica, espiritual, y santa — del Símbolo de Nicea-Constantinopla, es la noche de boda, como describe el relato del Shir ha-Shirim, el “Cantar de los cantares”.  

 

Es el don de Conocimiento, de Sabiduría, de Santidad.  Encarna en nosotros, por el Espíritu Santo, cuanto hace posible discernir lo que la razón y el intelecto no pueden comprender ni definir.  

 

Los dones de Dios en nosotros, aportan el cumplimiento en el Hombre de su entelequia: el AMÍN.  Son la participación voluntaria y libre en el sentido teológico ortodoxo, co-conduciendo la creación toda, co-partícipes, rey y servidor a la vez, dirigiendo todo y todos a los pies del Trono del PANTOCRATOR, a los pies del CORDERO, el día de la PARUSIA.

 

El Conocimiento y la Libertad ortodoxas residen en el Corazón; a menudo, la Razón y el Intelecto manifiestamente no van más allá del cerebro y de aquí, las limitaciones corolarias.  A duras penas, logran alcanzar, de manera  horizontal, plana, y epidérmica, la realidad trascendente.  Solamente “la escucha del corazón” puede llegar a oír tras largo tiempo practicando el “silencio interior”, la hesiquía, el podvig, periodo en el cual el hombre calla con tal de oír.  El silencio da paso a la voz inconfundible del Espíritu que habla a su “pequeña iglesia”, al “corazón del hombre”, el templo dónde hace morada, el lugar por excelencia de la intimidad de los amigos de siempre, el Hombre y Dios.  Y Espíritu Santo, lo dirige imperturbablemente hacia la gran Iglesia donde ya no hay templo porque el “templo es Dios”; y como referencia, las líneas finales del Apocalipsis de san Juan, cuando el nuevo cielo y la nueva tierra son instaurados.  Cuando menos, cabe actualizar la memoria y la conciencia, por parte de los cristianos de la justa alabanza, los llamados a convertirse en la sal “de la tierra”, los que anuncian la Buena Nueva, la Resurrección.  No disolvamos las referencias tradicionales legadas a nosotros por los Padres: la simple aprehensión conceptual, intelectiva, del conocimiento doctrinal, bíblico, litúrgico, incluso moral, dogmático, formal, sin la ayuda de la actitud penitencial, del espíritu de paciencia, de humildad y de caridad.  Sin el trabajo constante de ascensión por la Escala Santa; sin la renuncia al poder; sin la integridad personal en todo y por todos; sin el espíritu de discreción, se potencia primero el enquilosamiento.  Luego, sobreviene el oscurecimiento del “discernimiento de espíritus” y consecuentemente su cristalización en un estado “de coma espiritual” dónde por el temor atávico y la ausencia de amistad con Dios, el alma compensa con obras expiatorias, compensatorias, la carencia de fe, la ausencia de Dios en su vida.

 

La autoexigencia en la adquisición sin pausa del Paráclito y dador de Vida, personal y comunitaria, universal, de toda la humanidad, la exigencia urbi et orbi de la santidad, es el sello de nuestra verdadera libertad, la aprehensión de la entelequia que nos pertenece por creación.

 

Por la comunión con el prójimo en Jesucristo, actualizamos el Pentecostés y nos convertimos en Iglesia, en comunión; la comunión litúrgica y la acción de gracias, eucaristia; el muro infranqueable de las antinomias irracionales, se convierte en la plataforma que impulsa el ser a la participación por la gracia increada, hacia Dios.  Los conceptos dogmáticos se vuelven vida, experiencia, e, incluso, ultrapasan su aparente contradicción racional; devenimos nosotros como almas en un barco conducido al final de sus singladuras hacia puerto seguro.  Se trata del Arca de Noé, la embarcación de los Apóstoles pilotada por el Cristo, tal y como aparece ilustrada en el Phdalion de san Nicodemo Hagiorita; todos son iconos reveladores de la exposición desarrollada hasta este punto. “Vivir los dogmas es ultrapasarlos.”  Este ir más allá, por tanto, es la tarea a realizar por “todo teólogo” en el proceso de pneumatización que le conducirá indefectiblemente a la santificación.  Por constitución "biofisioquímica", estamos obligados a hacer la aprehensión de las cosas tanto materiales como abstractas mediante las facultades intelectuales: esto constituye el conocimiento intelectual.  Este conocimiento, sólo se constituye en conocimiento sofiánico y verdadero, por la inhabitación de la gracia que transfigura.  Nos hace “sentir bien”, como a Pedro, Santiago y Juan en la montaña que contemplaron a Aquel que es el cumplimiento de la Toráh y de los Nebiim y se volvieron teólogos por la participación.  No hicieron una aprehensión intelectual del Cristo; vivieron una experiencia después difícil de explicarla lógica e intelectualmente.  He aquí la diferencia de los hechos, en sí misma.

 

La aprehensión intelectual en el sentido estricto de conceptos y terminologías; la capacidad de especulación con las ideas; el intento de intelectualizar, de limitar, de definir las emociones consecuentes surgidas, excitadas en el proceso cognitivo, no comportan la plenitud del conocimiento teológico.  Ni esta aprehensión, ni la más refinada especulación filosófica pueden traspasar sus propios límites.  Solamente la adquisición de la santidad, puede dar verdaderas alas a aquellos cultivadores de las ciencias escripturísticas, litúrgicas, históricas, dogmáticas, etc.  Solo la verdadera Sabiduría es el principio de la inteligencia del teólogo, y el principio de esta sabiduría es el temor de Dios (Prov. 9, 10).  Teológicamente hablando y según la Tradición que nos es propia, el “conocimiento” es sinónimo de la “comunión”.  

 

La falsa teología se ha convertido, se ha escondido sigilosa y astutamente como Nahash en el Paraíso, prometiendo el conocimiento verdadero que hará del hombre un dios; el conocimiento en forma de análisis estructural, estilístico, histórico, arqueológico, del contexto escripturístico de ambas Alianzas; la contemplación moral y psicológica; el revisionismo histórico y litúrgico; la "contemporanización" con el tiempo; una larga lista de otros males carecentes de la “sal y la levadura” que aportan la gracia de la vía unitiva hacia Dios; todas desembocan finalmente en la esterilidad espiritual más supina.  Sólo las palabras de un Padre de la Iglesia sitúan la verdadera descripción del teólogo:

 

“Teólogo es aquel que ora”.

 

La verdadera Teología consiste en la escucha, la comunión, la co-incorporación en la Economía de Jesucristo, la participación en su Cuerpo Místico administrado por el Espíritu Santo, en la única Eterna Divina Liturgia que se viene celebrando sin cesar desde el alba del Primer día de la Creación.

 

 

 

 

Published on internet: 08 April 2007



[1] De la manera que nos ha llegado el relato de la Revelación, observamos que se producen “momentos de tensión” en el sentido del fenómeno denominado por los Padres teandrismo, momentos en qué Dios habla al hombre y el hombre habla con Dios, una tensión que también significa Pascua.  De aquí en adelante, utilizaremos la expresión en este sentido.

[2]  Manifestaciones de Dios.

[3] Vestidura del sumo sacerdote con un pequeño bolso que contenía los instrumentos oraculares, el urim y el tumim.

[4] El nombre hebreo de los libros que en el canon cristiano denominamos Históricos, es nebiim rishonim, los primeros profetas.  El canon cristiano divide los Profetas en Mayores (4) y Menores (12); el canon judío hace la división en Anteriores y Posteriores, teniendo como referencia el exilio en Babilonia. Movimiento profético: Al reino de Israel: Elíass y Eliseo (s. IX, correspondiente 1º y 2º Reyes según la Vulgata), Amós y Oseas. Al reino de Judà: Isaías,  (2º de Reyes según la Vulgata) y Miquéas (s. VIII), Nahum y Sofonías (s. VII), Habacuc y Jeremías (fin del s. VII).  El cautiverio en Babilonia: (del 586 al 538 a. C.) Esdras y Nehemías, Ezequiel, (520 – 515), Ageo y Zacarías, después Malaquías y Joél.

[5] “Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo y no vuelven sin haber regado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé semilla al sembrador y el pan para el alimento del hombre, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sin haber hecho todo lo que yo quería y haber tenido exito en su misión.” (Is. 55, 10-12)

[6] 3º de Reyes (1º de Reyes según la Vulgata) 5, 9-14; 10, 1-13; 23-25, referentes al Rey Salomón.

 


Spanish-language translation by Raúl Zúñiga.  Copyright © 2007, Parroquia Ortodoxa San Marcos C/ Santa Clara, 8 - 20.100 Errenteria, Gipuzkoa (Serbian Patriarchate).  The original Catalan-language text is Copyright © 2005, Instituto de Teología Ortodoxa Sant Gregori Palamás C/ Aragón 181 - 08011 Barcelona.  3ª edición Mayo 2005, Depósito Legal B-25809-2005.  Used with permission.