Site hosted by Angelfire.com: Build your free website today!

 

 

 

Crónica de un día lluvioso.

 

Todo comenzó ese día en el que no dormí hasta las siete de la mañana del día siguiente. Llevaba días sin dormir bien, pero ayer dormí como si la  noche se hubiera apoderado de la ciudad. Solo se escuchaban las gotas caer tan fuertemente como queriendo agujerar el asfalto. Los planes de fin de semana se habían ido por el escusado. No me quedaban más que las ganas de escapar, o por lo menos despegarme de las sábanas. En cada rincón de mi casa olía la melancolía y la humedad de un día que pronto sería olvidado. Qué cosas podrían estar pasando afuera?... Lo peor del caso es que la gripa me estaba matando y la fiebre me hacía alucinar de una manera poco convencional. Solo me senté a un lado de la ventana a observar como la lluvia se burlaba de cada persona que pasaba por allí. Era muy raro que escuchara música de The Doors, puesto que yo no la había puesto y no había nadie más en casa. En las otras habitaciones parecía haber luces de colores. Y cuando miraba el techo, cada una de las grietas se movía. No quería pensar en lo que me estaba pasando, pero el hecho de no querer pensar me hacía pensar. Tenía tantas cosas que hacer y no podía hacerlas. Todo era tan raro dentro de la casa que decidí salir a dar una vuelta mientras se calmó la lluvia. Solo tomé un suéter y cerré la puerta. Comencé a caminar hacia ningún lugar, esperando que el alucine por la fiebre se calmara. Miré hacia mis zapatos y veía como esos pequeños soldaditos mojados trataban de trepar por mi ropa, yo estaba mojada, y los malditos soldados me golpeaban, yo tenía frío y mejor regresé a casa. Me acerqué a la puerta y al notar que no podía abrirla recordé que no traía llaves. Me había quedado afuera, estaba mojada y enferma. Ahora la gente que observaba melancólicamente por las ventanas se reía de mi. Qué mas podría pasar. Y es precisamente en el momento en el que dices que nada puede ser peor es cuando pasa algo. La lluvia era más intensa y no había ningún lugar al que me pudiera refugiar. Y allí, sentada en la banqueta mojada me quedé dormida. No recuerdo como es que llegué a mi habitación ese día, no supe a qué horas llegaron mis padres, ni siquiera recuerdo que día es hoy. Los días lluviosos son melancólicos, deprimentes y románticos; pero también son desesperadamente aterradores y alucinantes