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COSERIU, EUGENIO (1954)

COSERIU, EUGENIO (1954) El  llamado  “latín  vulgar” y las primeras diferenciaciones romances. Breve   introducción a     la    lingüística    románica. Montevideo,    Universidad    de la República. Facultad de Humanidades y Ciencias. Instituto  de Filología Románica. Departamento de Lingüística.

 

I. EL LATÍN “VULGAR”

 

1. Se dice a menudo que las lenguas romances no proceden del “latín, sino del “latín vulgar” o “latín popular”. Parecería que se opusiera con esto a la lengua latina, el “latín” sin adjetivos, otra lengua distinta y más o menos separada de ella. En efecto, los romanistas del siglo pasado imaginaron un latín vulgar concebido de esa manera, es decir, como “otra lengua” hablada en la República y en el Imperio Romano, una lengua “del pueblo”, opuesta a la lengua de las clases cultas, es decir, al latín de la literatura, al latín de los autores. Se basaban dichos estudiosos en toda una serie de hechos:

 

        a) en la existencia de muchas palabras que son evidentemente latinas y que se corresponden en todas las lenguas romances o, por lo menos, en algunas de ellas, pero que no se encuentran en el latín de la literatura;

 

        b) en el hecho de que entre los mismos autores latinos hay varios que se oponen al latín culto o literario (sermo urbanus) un latín más libre, más familiar (sermo cotidianus) o más popular (sermo plebeius, sermo vulgaris) o dialectal, regional (sermo rusticus);

 

        c) en palabras y formas no clásicas que se encuentran en escritores anteriores a la época clásica (por ej., en Plauto), en las inscripciones, en varios escritos de menor empeño (por ej., cartas familiares) de autores clásicos, como Cicerón.

 

2. El primero que delimitó científicamente el concepto de latín vulgar fue el fundador de la moderna gramática comparada romance, el gran romanista alemán Federico Diez. Diez, autor de la primera gramática comparada (1835) y del primer Diccionario etimológico de las lenguas románicas, derivaba, en efecto, las lenguas romances de lo que él llamaba Volkslatein (latín popular, latín del pueblo), y que identificaba con la lengua hablada de la época imperial por los legionarios, los comerciantes, los colonos, los funcionarios,; una lengua distinta del latín clásico en la fonética, en la morfología, en la sintaxis y en el vocabulario.

 

        En realidad, al establecer dicho concepto. Diez no hacía sino consagrar una tradición que venía desde la Edad Media y que oponía al latín (es decir, al latín literario de la época clásica) el habla vulgar (romance), considerada como corrupción del latín clásico o, también, como la antigua base del mismo. Y tal tradición medieval procedía, a su vez, de una tradición más antigua, que arrancaba ya en el siglo IV d. C., cuando, por primera vez, se hizo clara y neta la distinción entre latine y vulgo, entre el latín literario y el latín corriente. Contribuyó a  fortalecer el concepto de “latín vulgar” el romanticismo, con la tendencia considerar más legítimo, más genuino y más significativo lo “popular” (y no sólo en la lingüística), tanto que se llegó a considerar el “latín vulgar” como el “verdadero latín”, “todo el latín”, el latín sin adjetivos (cf. Por ej., “Los orígenes neolatinos” de Savj-Lopez), opuesto al latín más o menos “artificial” de la literatura. Las lenguas romances procederían, pues, de ese latín sin adjetivos que tendría una individualidad distinta de la del latín clásico.

 

        Eso es, naturalmente, indudable. Sólo que, al considerarse e “latín vulgar” como otra lengua, se pensó en una lengua más o menos homogénea, una lengua unitaria, hablada de manera prácticamente idéntica en las varias provincias del Imperio y a cuyas  formas podrían hacerse remontar las formas de las lenguas romances. Contribuyó a dar a ese “latín vulgar” una individualidad concreta la gran obra de Hugo Schuchardt, “Der Vokalismus des Vulgärlateins” “”El vocalismo del latín vulgar”, 1886-1869), a pesar de las sugerencias en contra que pueden encontrarse en la misma. Era ésa la época en que dominaban en la gramática comparada (indoeuropea) la idea del “árbol genealógico” de Schleicher y la de la reconstrucción de las llamadas “Ursprachen” (lenguas primitivas u originales), reconstrucción que, a pesar de la aparente y proclamada oposición a Schleicher, continuó con igual vigor en la época neogramática. Justamente como una especie de Ursprache de las lenguas romances fue considerado el “latín vulgar”, y el gran maestro de la lingüística románica, Wilhelm Meyer-Lübke (cuyo diccionario etimológico y cuya gramática han sustituido las correspondientes obras de Diez, y quedan hasta la actualidad como las obras fundamentales de esa disciplina) emprendió, en su “Einführung in die  romanische Sprachwisenschaft” (“Introducción a la lingüística románica”; hay traducción española por Américo Castro, de la 1ra. Y de la 3ra. Edición alemanas), la tarea de “reconstruirlo”, basándose en las lenguas romances, consideradas, precisamente, como fases actuales del “latín vulgar”. De todos modos, se siguió pensando en una lengua más o menos homogénea, pues se consideraba que, por  lo menos durante cierto tiempo, el continuo intercambio entre las provincias debió asegurar cierta unidad a la lengua hablada en todo el territorio romanizado del imperio.

 

        Ese concepto que, en su esencia, es todavía el de Diez, constituye la razón y la base de nuestros manuales de “latín vulgar”, como “An Introduction to Vulgar Latin” de C. H. Grandgent (hay traducción española: “Introducción al estudio del latín vulgar”, Madrid, 1929), y hasta el más reciente “Avviamento allo studio del latino volgare” de Carlo Battisti (Barim 1949), que, justamente. Define el “latín vulgar” como <<latín hablado por las clases medias en la época Imperial>>.

 

3. Un concepto distinto, de una especie de grado intermedio entre el latín clásico y el latín vulgar o del pueblo, es el que se delinea en la “Lateinische Umgangssprache” de  J. B. Hofmann, donde se opone a la lengua docta o escrita la “lengua de la conversación diaria”, la lengua oral o corrientemente hablada, distinguiéndose de esta manera un “latín corriente”, lengua del uso diario, análogo al italiano corriente (“Italianische Umgansspracche”), estudiado y descrito por Spitzer, o al español corriente (“Spanische Umgangssprache”), estudiado por Werner Beinhauer: en este caso, más bien que de “lenguas” distintas regional o socialmente, se trata de estilos, de “lenguas” diferenciadas en lo estilístico (particularmente por el grado de expresividad o efectividad), de “lenguas-estilo” (Stilprachen).

 

        Otro concepto distinto es el que aparece en el ensayo de K. Vossler, “Neue Denkformen in Vulgärlatein” (“Nuevas   formas del pensar en el latín vulgar”), en el cual se opone al latín clásico o literario un latín vulgar distinto no sólo cronológica y socialmente, sino también íntimamente, por la distinta visión del mundo y al distinto espíritu que en él se expresan.

 

4. Éstos y otros estudios han contribuido a modificar, ampliar y volver menos rígido el concepto de “latín vulgar”, al mismo tiempo que los adelantos teóricos de la lingüística general (debidos, en buena parte, a la misma lingüística romance) llevaban a una profunda modificación del concepto de lengua y a nuevas concepciones acerca de la reconstrucción y de la continuidad histórica de una lengua.

 

        En primer lugar, la “lengua” no se considera más hoy como algo completamente objetivo, casi como un organismo con vida propia que existiera fuera de los hablantes e independientemente de su actividad lingüística. El lenguaje es creación individual, es continuo movimiento, y su única realidad concreta es la de los actos lingüísticos individuales, sobre cuya base, justamente, se estructura como abstracción, como “sistema de isoglosas” (Cf. Pisani) el concepto de lengua. Los límites de una “lengua” glotológicamente constituida, de un sistema de isoglosas, son, pues, convencionales: dependen de las isoglosas con extensión máxima que se consideren. Por consiguiente, aun refiriéndonos a un solo momento histórico, podemos tomar en consideración ciertas isoglosas de amplitud máxima y considerar como una “lengua” todo el latín (incluyendo el latín literario y el popular, el escrito y el hablado, el docto y el corriente, etc.), o considerar, en cambio, otras isoglosas de amplitud menor y distinguir, dentro del mismo latín, varias “lenguas” (cada una de las cuales, naturalmente, presentará ciertas isoglosas específicas, pero, al mismo tiempo, también varias isoglosas en común con las demás “lenguas” pertenecientes al mismo sistema). La extensión del concepto de “latín vulgar” dependerá, por lo tanto, de los límites convencionales que se le impongan, pero varios fenómenos comprendidos dentro de tales límites pertenecerán también a otras  “formas” de latín (por ej., al llamado “latín clásico”).

 

        En segundo lugar, ya no se piensa más, hoy, en lenguas unitarias y perfectamente homogéneas: la unidad de una lengua es dada por las isoglosas de amplitud máxima que la constituyen, pero dentro de ellas pueden siempre  constituirse sistemas menores, todavía más unitarios. No hay lenguas no diferenciadas: el mismo indoeuropeo común, prototipo de las “lenguas” reconstruidas, no era, según indicó Meillet, sino un conjunto de dialectos que, además, aparecían diferenciados socialmente.

 

        En tercer lugar, hoy ya no se consideran los resultados de la reconstrucción lingüística como fenómenos históricamente concretos y simultáneos, y, sobre todo, no se identifica la “lengua” reconstruida con la totalidad de una lengua hablada por un a determinada comunidad de una época determinada. La reconstrucción es ella misma una abstracción y  contiene sólo aquellas formas que se continúan por las formas sucesivas consideradas y explican estas mismas  formas: así, por ej., sobre la base de las grandes lenguas romances, no podríamos reconstruir un latín octo sino sólo un oct- (la vocal final podría ser tanto o como u), y, por lo que concierne a septem, sólo podríamos llegar a una forma septe. Además, las formas reconstruidas de ninguna manera pueden considerarse como históricamente contemporáneas: mientras una eran todavía comunes, otras podían ya haberse diferenciado y entre la diferenciación de las unas y de las otras puede haber una distancia de siglos: así, por ej., una forma como flores, reconstruida sobre la base de las lenguas romances occidentales y mantenida hasta la actualidad en español, es anterior a la forma septe, pues ya tenía ese aspecto cuando septe será todavía septem o septe (con vocal <e> nasal). Por otra parte, en ciertas lenguas consideradas pueden mantenerse formas antiguas, mientras en otras las mismas formas siguen evolucionando: así, por ej., una forma como muito es común al portugués y al castellano antiguos, mientras en portugués ella sigue siendo esencialmente idéntica, en castellano ha llegado a ser mucho. Las formas reconstruidas no constituyen, por lo tanto, un sistema simultáneo sino un sistema fuera del tiempo; pero, al mismo tiempo, son formas reales porque representan estadios a través de los cuales cada una de las correspondientes formas actuales debe haber pasado en cierto momento de su historia. Además,  ellas no representan la totalidad de la lengua que se pretende reconstruir, sino sólo lo que de ella se ha conservado hasta el momento considerado, pues en la lengua reconstruida pueden haber existido otras formas, perfectamente normales y corrientes, que pueden haber desaparecido luego sin dejar ninguna huella, así como en el español actual no se conservan verbos como exir o  remanir, corrientes en español antiguo. Por ejemplo, basándonos en sólo en las lenguas romances actuales, si no fuera por el rumano y por alguna forma aislada conservada en las demás (topónimos) no podríamos reconstruir un genitivo desinencial latino, que fue sin embargo perfectamente corriente y popular en cierta época de la historia del latín y también del llamado latín “vulgar”: la reconstrucción, pues, cambia según los elementos que se empleen como punto de partida.

 

        Finalmente, la historia de las lenguas no se considera más como historia de conjuntos unitarios, sino como suma de las historias de las formas y palabras que constituyen las lenguas mismas. Además, los fenómenos fonéticos y gramaticales no se consideran más como generales y simultáneos en todo un territorio, dado que, como queda demostrado por la geografía lingüística, ellas de difunden con las palabras desde un centro que, en último análisis, es en cada caso un individuo creador e innovador. Por consiguiente, considerando las formas y las palabras en un territorio, encontramos zonas en las que todavía se mantienen las antiguas y otras  en las que ya se han difundido innovaciones. Justamente en este sentido interpreta y modifica el concepto de “latín vulgar” el lingüista italiano Mateo BartoliPer la storia del latino volgare”, Turín, 1927): no se trata tanto de una distinción entre dos “lenguas” (“latín clásico” y “latín vulgar”), o de las diferencias que siempre existen entre la lengua literaria y la lengua hablada (y que pueden haber existido desde la época más remota, pues la lengua literaria implica siempre cierta selección de formas y palabras, cierta unificación y codificación de la infinita variedad de lo hablado: en efecto, ciertos fenómenos y formas ya corrientes en el latín arcaico y que tienen su continuación hasta las lenguas romances nunca entraron en el latín literario), como de formas más antiguas y más recientes, conservaciones e innovaciones.

 

5. La diferencia entre latín clásico y latín vulgar sería, pues, una diferencia sobre todo cronológica, de edad de las formas: el latín clásico, constituido en sus comienzos por  formas “vivas” (habladas) contendría un número cada vez mayor de conservaciones, de formas “muertas” (ya eliminadas de la lengua hablada), mientras el “latín vulgar” contendría un número cada vez mayor de innovaciones. Desde un punto de vista absoluto, un vocablo como pavor no sería ni más ni menos popular que metus, sino simplemente más nuevo en su empleo: metus era perfectamente “popular” en la época en que se difundió en Iberia (esp. Miedo), pero luego fue sustituido por pavor en Galia e Italia (peur, paura); y una palabra como pulcher fue “popular”, “viva”, hablada, en cierta época, pero luego “murió”, es decir que se eliminó de la lengua hablada: se conservó sólo en la lengua escrita y fu sustituida en el hablar corriente por formosus, vital hasta la actualidad en Iberia y Dacia (esp. hermoso, rum. frumus) y sustituida a su vez en Galia e Italia por el más nuevo bellus (fr. beau, it. bello).  Entre las mismas formas que se atribuyen al “latín vulgar” (en el sentido de que tienen su continuación en las lenguas romances) hay notables diferencias cronológicas: algunas son más recientes que otras; formas como formosus y bellus no pertenecen con el mismo título al latín vulgar: no podemos decir que al pulcher del latín clásico corresponden en el latín popular formosus y bellus, sino sólo que mientras en la lengua escrita se conservaba todavía la forma muerta pulcher, en la lengua corrientemente hablada ya se decía formosus, y que éste luego fue a su vez eliminado, en ciertas regiones, por el aún más nuevo bellus. Ello quiere decir que, según la época en la que se considera el latín corriente o hablado aparece cada vez más apartado del latín literario, que prácticamente se detiene en su evolución en los últimos años de la República y los primeros años del Imperio, y, al mismo tiempo, aparece cada vez más diferenciado, abarca un número cada vez menor de isoglosas  generales. Ahora, dado que el latín queda en un estado más bien arcaico (en comparación con las demás lenguas indoeuropeas) hasta el siglo I después de Cristo, y luego empieza a evolucionar y a diferenciarse muy rápidamente, podemos comprobar que en cierta época (por ej., el siglo I antes de Cristo) las isoglosas que diferencian al latín corriente de latín literario son de tan poca entidad y son tan importantes, en cambio, las isoglosas que las  dos  formas de latín tienen en común que, prácticamente, podemos hablar de una sola “lengua”. En una época sucesiva (siglos III-IV d.C.) las isoglosas diferenciadoras aparecen ya más importantes y numerosas que las comunes; podemos, por consiguiente, hablar de dos “lenguas” distintas: el latín literario (o escrito, docto) y el latín corriente (hablado). Por otra parte, considerando ahora sólo el “latín corriente”, podemos comprobar que hasta ese segundo momento, y aún hasta algo más tarde (comienzos del siglo VI), las isoglosas generales que lo constituyen son lo suficientemente numerosas y más importantes que las que, dentro del sistema más amplio, constituyen ya sistemas menores más o menos diferenciados, tanto que podemos  considerar el mismo latín corriente como una lengua única; en cambio, en un momento sucesivo (siglos VI-VII d.C.), este sistema ya resulta tan diferenciado internamente (es decir que ya las isoglosas que lo constituyen se vuelven menos numerosas y menos importantes que las que lo dividen en variedades regionales) que ya convienen considerar como “lenguas” los sistemas menores que de a poco se han diferenciado y han adquirido individualidad peculiar dentro del sistema mayor: los sistemas que llamamos “lenguas romances” o neolatinas.

 

        Ahora, dado que al referirnos a la época en que el latín corriente o hablado coincidía en gran parte con el latín literario, no hablábamos de dos “lenguas” sino de una lengua única aunque variamente diferenciada, como todas las lenguas, quiere decir que lo que en realidad oponemos no es el latín corriente o hablado al latín literario o escrito, sino más bien el latín en evolución y en continuo movimiento de diferenciación al latín codificado, prácticamente detenido en su evolución en el siglo I a.C., al latín clásico.

 

6. Todas esas modificaciones del concepto de “latín vulgar” son, en cierta manera, modificaciones “desde afuera”, debidas a los cambios registrados en la teoría y la metodología lingüísticas. Pero ellas  coinciden con las modificaciones surgidas “desde adentro”, del mismo análisis del concepto y de su aplicación en la gramática comparada de las lenguas romances.

 

        Colocándonos ahora en ese segundo punto de vista, debemos tener en cuenta varios factores:

 

        a) Las diferencias dialectales en Italia, es decir, por un lado, las diferencias dialectales dentro de la misma zona latina y, por otro lado, las diferencias entre el latín de la zona latina y el de la zona conquistada: entre el latín del Lacio (y principalmente de Roma) y el latín que se sobrepuso a los dialectos itálicos y a otros idiomas de varia procedencia, asimilándolos y eliminándolos pero también aceptando de ellos formas y palabras, o sea el latín  sin substratos históricamente determinables y el latín con substratos conocidos en la época histórica. Hay que tener en cuenta que el latín propiamente dicho era prácticamente la lengua de Roma, que en su misma región convivían con dialectos bastante distintos, aunque del mismo grupo (como el falisco), y que, hasta las guerras sociales (90-89 a.C.), zonas muy vastas de Italia (Italia meridional) quedaban casi enteramente oscas desde el punto de vista lingüístico. Las primeras inscripciones latinas revelan continuas oscilaciones entre el latín de Roma y otras formas dialectales “latinas” (o “latino-faliscas”), como entre el latín y los dialectos itálicos; y también una notable estratificación dialectal en varias zonas (ver, por ej., la inscripción de la Fibula prenestina. Sólo después de las guerras sociales el latín de las inscripciones aparece más unificado, más homogéneo.

 

        B) La forma particular bajo la cual el latín se impuso fuera de Italia (y también en la Italia septentrional). El latín se impuso en las provincias ya como lengua común, no mezclada con otros dialectos de la  zona latina y tampoco con dialectos itálicos (pero, sí, con elementos dialectales, debidos al origen de los colonizadores): Sobre la base de esta comprobación, ciertos estudiosos consideran que hay que hacer una neta distinción entre Italia y los demás países romanizados. Así, Mohl considera que, mientras por lo que concierne a Italia se puede hablar de un latín “popular”, para los demás países romanizados habría que hablar más bien de un latín “administrativo”, más culto que el de Italia, el latín de los funcionarios y de los militares. Quizás esta distinción no es tan neta como quisiera Mohl, pero, indudablemente, existe y probablemente dé razón, por lo menos en parte, de la notable diversidad de los dialectos italianos, con respecto a las demás lenguas romances que, en general, aparecen más homogéneas. Pero también se podría hacer la distinción desde otro punto de vista, quizás no menos importante, es decir, observando que, mientras Italia fue romanizada por romanos y latinos, las  demás provincias fueron romanizadas en buena parte por itálicos romanizados.

 

        C) Las diferencias cronológicos entre las varias colonizaciones

En efecto, a pesar de que en la época imperial se llegó indudablemente a cierta unificación lingüística de la Romania (lo cual consiente o, por lo menos, justifica la ya vista identificación del latín hablado de esa época con el “latín vulgar” considerada como base de las lenguas romances), hay que tener en cuenta que el primer latín que se difundió en las varias provincias conquistadas no fue el mismo en todas y cada una de ellas. En las primeras zonas conquistadas se difundió un latín todavía preliterario, que aún no había alcanzado la unidad y era, culturalmente, más popular: así, por ej., en Cerdeña. En otras provincias se difundió un latín más unificado y más “culturalizado”, como en Galia y en Iberia; y en otras, finalmente, un latín que se estaba nuevamente diferenciando: así en Dacia. Podría pensarse que, en los últimos años de la República y los primeros años del Imperio, el latín administrativo y militar  no debía ser mucho más diferenciado que el inglés que se difundió en los Estados Unidos y en el Imperio Británico, quizá menos que el español que se difundió en América. Pero la romanización no se hizo sólo en esa época de relativa unidad lingüística, sino que abarca casi siete siglos: desde el 272 a.C. (conquista de Italia meridional) hasta el siglo IV d.C. (completa romanización de África), siempre excluyendo Grecia y el Oriente, que nunca fueron romanizados. Encuentran aquí  terreno de aplicación las conocidas normas areales de Bartoli, en particular la norma del área aislada y la norma del área serior. Así, por ejemplo, en armonía con la norma del área aislada, encontramos en Cerdeña, zona conquistada en época muy antigua, formas arcaicas que se han conservado hasta la actualidad, mientras han desaparecido en otras áreas. La misma norma puede aplicarse también a Dacia, otra área aislada, pero, naturalmente, los fenómenos de conservación que comprobamos en el rumano no serán tan arcaicos como los de Cerdeña, porque Dacia fue colonizada mucho más tarde. A Dacia se puede aplicar también la norma del área serior; en efecto, en esa zona, que fue la última provincia conquistada, se difundieron las formas latinas de la época en que se colonizó (II siglo d.C.), pero, dado que Dacia quedó luego aislada del resto de la romanidad, en rumano se conservan formas que son anteriores a las formas nuevas que surgieron en Italia y se difundieron por todo el Occidente después del siglo III.

 

        d) El hecho de que el latín nunca fue perfectamente unitario. En efecto, el latín arcaico se presenta como una lengua que admite una gran variedad de formas, y la relativa homogeneización que encontramos en el latín llamado clásico se debe, justamente, al hecho de que se trata de una lengua literaria, fijada, codificada y unificada en un período relativamente breve por unos cuantos escritores. Naturalmente, esa tendencia a la unificación y homogeneidad de las formas, perfectamente normal en una lengua literaria y de cultura, que era además lengua oficial de un poderoso estado fuertemente centralizado, habrá alcanzado, gracias a la escuela, también al habla corriente, sobre todo de las clases más cultas. Pero, indudablemente, esa tendencia no llegó a hacer coincidir el hablar corriente con la lengua docta y oficial, y buena parte de la variedad y heterogeneidad del latín arcaico se mantuvo en la lengua hablada, sobre todo entre las gentes menos cultas y en el ambiente rústico. En este sentido Grandgent considera que el latín “vulgar” es el de las clases medias, que continúa por su cuenta  al latín arcaico (mientras se apartaba de ese mismo latín la lengua “literaria”, escrita y hablada por la aristocracia social y cultural) y que termina con la formación de los idiomas romances, es decir, en el momento en que se quiebra la unidad lingüística del Imperio, dada por la intercomprensión entre los hablantes de varias regiones. Tendríamos una situación representable en el siguiente esquema, bastante aceptable:

 

                                       latín literario                    lenguas

     latín arcaico                  latín “vulgar” o   

                                                                              romances

 

                              200 a.C.                            600 d.C.

 

        e) El hecho de que el mismo latín literario no era perfectamente unitario, ni en el sentido sincrónico ni en el sentido diacrónico. En efecto, aun entre escritores de la misma época hay diferencias no sólo estilísticas sino también gramaticales, y cierta evolución, aunque limitada, en parte por perfeccionamiento “interno”, y, en parte, por la aceptación de formas del hablar corriente, puede notarse en el mismo latín de la literatura. Además, si consideramos el latín “clásico” como una lengua no sólo escrita sino también hablada, aunque sólo por una aristocracia cultural y social, debemos admitir que debía haber diferencias entre la forma escrita y la hablada. En efecto, concesiones hechas al hablar corriente o familiar pueden indicarse en las obras de menor solemnidad de los escritores más ejemplarmente “clásicos” (cf. Las cartas de Cicerón). Giros, expresiones, palabras “populares” se encuentran en todo el llamado latín clásico, justamente porque durante mucho tiempo no hubo ningún abismo entre el latín culto y el menos culto. Así, por ej., se han podido distinguir elementos “populares” en la lengua de Horacio (A. Ernout).

       

        F) La difusión de formas nuevas en la larga historia del llamado latín ”vulgar” (v. Más arriba los ejemplos de metus-pavor, pulcher-fermosus-bellus).

 

        Todas las razones hasta aquí expuestas han destruido y convencionalizado de a poco el cuadro tradicional del latín “vulgar” concebido como una lengua constantemente distinta del latín “clásico” y paralelo a éste, como “otra” lengua latina y, al mismo tiempo, como una lengua unitaria y homogénea tanto como el “otro” latín. Si consideramos el material que estudia Meyer-Lübke o el que trae Grandgent (o, también, Bourciez, en sus Élements de linguistique romane), comprobamos que no se trata de un verdadero “sistema lingüístico”, sino, más bien, de un conjunto de formas diferenciadas territorial y cronológicamente.

               

7. En realidad, en la constitución del concepto de latín “vulgar” nos encontramos con las dificultades que se hallan en la constitución del concepto de “lengua” (sobre todo de un concepto no sólo sincrónico sino también diacrónico) y en el problema de la reconstrucción. Desde el punto de vista puramente glotológico, toda “lengua” es un sistema de isoglosas limitado convencionalmente y dentro del cual se pueden distinguir sistemas menores más compactos, diferenciados en el espacio, en el tiempo o en la sociedad.

 

        Para cualquier momento de la historia del latín podemos concebir un sistema amplio que llamaríamos “latín común”, diferenciado en toda una serie de  sistemas menores: latín literario escrito, el latín literario hablado, latín de las clases medias, latín rústico, latín hablado por los itálicos, etc. (Cf. Bruno Migliorini, “Lingua letteraria e lingua d’uso”, en “Lingua e cultura”, Roma, 1948):

                  latín literario                           latín literario hablado

 

latín rústico                                           latín de las clases medias

 

 

                latín hablado                            latín reconstruido sobre

                por los itálicos                       a base de las lenguas

                                                            romances

        Cada una de esas formas presentará una serie de isoglosas comunes con todas las demás o con algunas de ellas y otras que, en cambio, le serán propias y características. ¿Llamaremos, entonces, “latín vulgar” el latín de las clases medias? Podemos hacerlo, puesto que se trata de una simple convención, pero tenemos que tener en cuenta, por un lado, que ese latín tenía un gran número de isoglosas en común con otros latines y con el mismo latín clásico, y, por otro lado, que ese latín no explica por sí solo las lenguas romances, dado que en ellas se continúan también elementos rústicos e itálicos y toda una cantidad de elementos “literarios”, pues dichas lenguas (con excepción del rumano) han continuado tomando elementos del latín docto a lo largo de toda su historia. Nos encontramos de nuevo con que no se puede hablar de un latín “vulgar” con fisonomía determinada, sino sólo de formas más bien literarias, o más bien populares, o corrientes, o rústicas.

 

8. Si, en cambio, queremos convenir que el latín “vulgar” es el que se reconstruye sobre la base de las lenguas romances, tampoco se llega a una lengua con existencia histórica real, dado que, por un lado, las respectivas isoglosas no se remontan todas a un mismo momento histórico y, por otro lado, cualquier lengua real de un momento histórico determinado debió contener también elementos que no tienen continuación en los idiomas romances. De nuevo nos encontramos con que cada forma tiene su historia y sus límites en el tiempo y en el espacio y con que no se puede llegar a reconstruir el latín “vulgar” como una lengua unitaria y homogénea. Hay, naturalmente, formas que sólo se encuentran en el latín literario, que no tienen ninguna continuación en las lenguas romances y que, por lo tanto, no podrán atribuirse al “latín vulgar”. Así, por ejemplo, palabras como crus, pulcher, diu, aequor, cruor, iecur, etc. Así, también, podemos atribuir al “latín vulgar” formas como auricula, cantare, mesa, mesura porque son éstas y no las respectivas formas “clásicas” (auris, canere, mensa, mensura) las que se continúan en las  lenguas romances. Pero no podemos afirmar sin más que sidus y metus eran clásicos y stella y pavor “vulgares”, porque sidus se conserva en algún dialecto italiano y metus se conserva en español. Ni siquiera en un aspecto sistemático, como el aspecto fónico, puede reconstruirse un sistema unitario; efecto, dado que, a diferencia de la mayoría de las lenguas romances, el rumano conserva como u la u breve y el sardo conserva tanto la u breve como i breve (en las demás lenguas romances esas vocales pasan a o, e cerradas), habría que reconstruir para el “latín vulgar” no uno sino tres sistemas vocálicos: uno correspondiente al rumano, otro correspondiente al sardo, y el tercero correspondiente a las demás lenguas románicas (cf. rum. siccus > sec, pero gula > gura, furca > furca -con a breve-, y sardo filu, pira, gula, furca). Del mismo modo, no podemos decir simplemente que el “latín vulgar” (considerado como todo el latín corriente de la época imperial) palatalizó la velar en los grupos ke, ki, porque tal palatalización no ocurrió en el sardo logudorés y fue sólo parcial en Dalmacia. Y por lo que concierne a la s final comprobamos que, mientras una parte de la Romania (Italia, Dacia) la elimina totalmente, otra parte (Galia, Iberia) no sólo la conserva sino que la reintegra también en las posiciones en las que ya se apocopaba desde el latín arcaico. Y no estamos mejor por lo que concierne al sistema gramatical. Así, por ej., mientras la mayoría de las lenguas romances presenta un futuro perifrástico con habeo, el rumano tiene el futuro con volo; mientras todas las demás lenguas romances tienen el artículo derivado del demostrativo ille, el sardo lo tiene de ipse: refiriéndonos al “latín vulgar” podemos sólo hablar de tendencia a la perífrasis, tendencia a la determinación mediante artículo, y no de formas determinadas. El “latín vulgar” aparece, pues, como una abstracción constituida por formas homogéneas, formas heterogéneas pero caracterizadas por una tendencia homogénea y formas simplemente heterogéneas. Si, en cambio, queremos afirmar que el “latín vulgar” es el sistema unitario que se reconstruye sobre la base de todas las lenguas romances, el concepto se torna más abstracto aún quedando fuera de él numerosos elementos latinos  conservados en las lenguas romances sin solución de continuidad.

 

        Por otra parte, no hay ninguna razón para llamar “vulgares” formas como mare, terra, campus, fortis, portare, ligare, iocare, facere, octo, decem y otros centenares más, dado que ellas pertenecen con el mismo título al latín que llamamos “clásico”, y, si nos remontamos en el tiempo, el número de esas formas aumenta cada vez más, pues prácticamente todas las formas del latín clásico (menos las formaciones puramente literarias) fueron el algún momento populares.

 

9. Hemos llegado, por tanto, a la conclusión de que el “latín vulgar” no es ninguna lengua histórica real, sino sólo una abstracción que explica el elemento latín “heredado” por las lenguas romances (excluyendo con ese elemento latino “adquirido” por las mismas en épocas sucesivas -cf. La distinción de Bally entre langage transmis  y langage accuis). Es un concepto más amplio que el de “latín clásico”, porque, aún comprendiendo buena parte de éste, comprende también elementos que nunca pertenecieron al latín literario. Es también un concepto más amplio en el tiempo, pues contiene formas anteriores al latín clásico y que no penetraron en éste, como asimismo formas más recientes. Y es un latín mucho más diferenciado. En efecto, mientras lo que llamamos “latín clásico” puede considerarse como una lengua “standard”, en gran parte inmutable, en el “latín vulgar” distinguimos notables diferencias regionales, sociales y estilísticas, y, en cada uno de estos tres tipos de diferencias, diferencias cronológicas.

 

10. ¿En qué sentido, entonces, podemos identificar el “latín vulgar”  con el latín lengua común del Imperio Romano? Pues en el sentido de que se tarta de un conjunto de formas “vivas” (habladas) durante la época imperial. Formas que, naturalmente, no hay por qué considerar como contemporáneas: algunas de ellas son muy antiguas, pertenecían ya al latín arcaico y se mantuvieron luego en las épocas clásica y posclásica; otras surgieron más tarde, o mucho más tarde. Tampoco sería exacto considerar dichas formas como “universales”, es decir, como pertenecientes a todo el latín hablado en un determinado momento de la época imperial; muchas de ellas pueden haber pertenecido sólo a determinadas capas sociales y culturales (y ya veremos luego que tales circunstancias explican, por lo menos en parte, la diferenciación de las lenguas romances y sirve para su caracterización. Pero, evidentemente, cierto número de isoglosas (en primer lugar las que unen hasta hoy todos los idiomas romances, y muchas otras que se han quebrado en época más antigua o más reciente, por diferenciación e innovación) pertenecieron a todo el latín hablado durante la época imperial, asegurando la intercomprensión regional y social). Evidentemente, dicho número fue mayor en los primeros siglos del Imperio y luego disminuyó cada vez más en los siglos sucesivos. Haciendo un promedio entre conservaciones e innovaciones, podemos ubicar dicho sistema de isoglosas, ya bastante distinto del clásico, pero todavía suficientemente unitario, en los siglos III-IV d.C. Asimismo, desde el punto de vista social, es legítimo atribuir el sistema unitario más amplio a la clase media, cuya habla representaba, evidentemente, un grado intermedio entre el lenguaje de la aristocracia (más conservador, más culto, más cuidado estilísticamente) y el de la plebe y de los campesinos. En este sentido, justamente, se dice que el “latín vulgar” debe definirse como el latín hablado por la clase media. Pero hay que notar aquí que se trata en este caso sólo del más amplio sistema unitario, mientras que en las lenguas romances se continúan también formas que quedan fuera de dicho sistema (formas “cultas” y formas “rústicas”, desde el punto de vista del latín común de la época imperial) y formas pertenecientes a sistemas menores (socialmente y regionalmente), como también formas que pueden atribuirse a sistemas mayores (pertenecientes a todas las clases sociales; o a la clase media y al mismo tiempo a la aristocracia; o a la clase media y a la plebe). Tal consideración deberá tenerse en cuenta luego, en la caracterización y descripción del “latín vulgar”: deberá tenerse en cuenta que las isoglosas que se indicarán no tienen todas la misma extensión social, regional y estilística.

 

11. Es evidente, pues, que el nombre de “latín vulgar” (o “latín popular”) es un nombre equivocado, desde el punto de vista de las investigaciones y convenciones más recientes, y no tiene de por sí carácter definitorio, pues no se refiere a un latín propiamente “vulgar”. El término puede sólo conservarse por concesión a la tradición, como nombre convencional del complejo concepto que acabamos de delinear.

       

12. Se plantea ahora el problema de cómo podemos conocer esas formas más corrientes, o más populares, o más vitales, o más recientes que las formas clásicas y que constituyen lo que llamamos “latín vulgar”. Evidentemente, dado el concepto que hemos esbozado, sería absurdo pensar en textos escritos en “latín vulgar” (por oposición a los textos clásicos). Por otra parte, la lengua escrita aparece siempre más cuidada, más “culta”, que la lengua oral: hasta en los individuos más incultos tiende siempre a adaptarse a  cierto modelo. Y para los Romanos de la época imperial el modelo supremo fue siempre el latín “clásico” por excelencia, el latín ciceroniano. Lo único que podemos esperar es encontrar aisladamente en los textos formas que llamamos “vulgares” o indicaciones acerca de ellas. Según la cultura de los autores o de los escribientes y según  la índole de los textos considerados, dichas formas pueden ser más o menos numerosas; en algunos casos son tan numerosas que justifican, en todas las salvedades que hasta ahora se han hecho, el rótulo de “textos vulgares”: son éstos, justamente, los que se han reunido en las varias antologías y crestomatías del “latín vulgar”.

 

        He aquí las principales  fuentes que nos proporcionan formas “vulgares”:

 

        a) Las inscripciones. En las inscripciones se emplea a menudo un lenguaje que se aleja de la lengua literaria y se acerca al habla corriente. Son muy importantes, en particular, las vacilaciones y los errores de los grabadores: excluidos los simples lapsus, se trata a menudo de concesiones hechas al lenguaje hablado. Un carácter de particular espontaneidad presentan, entre otras, las inscripciones murales de Pompeya.

 

        B) Las gramáticas, que señalan a menudo formas “incorrectas”, populares, dialectales, etc., o nos informan acerca de la pronunciación corriente que se aleja de la que se refleja en la ortografía fijada en la época clásica.

 

        C) Diplomas y documentos medievales, en los que disminuye cada vez más el conocimiento de la lengua ciceroniana y se sustituyen formas clásicas por formas corrientes.

 

        D) Errores en las copias de manuscritos: como en el caso de las inscripciones, los copistas incultos o de cultura insegura suelen introducir deformaciones que reflejan su pronunciación y formas que les son más familiares que las clásicas que deberían reproducir.

 

        E) Escritores arcaicos. En los escritores anteriores a la fijación del latín clásico se encuentran a menudo formas que la lengua clásica rechazó para que se conservaran en la lengua hablada, o, por lo menos, en el lenguaje más popular, y que a menudo tienen su continuación hasta los idiomas romances. Así, por ej., en Plauto se encuentran narrare, fabulari (‘hablar’), en lugar del clásico loqui.

 

        F) Ciertas obras menores de autores clásicos. Formas “vulgares” (corrientes, habladas) aparecen también en ciertas obras de menor cuidado estilístico de autores de la más pura clasicidad como, por ejemplo, las cartas de Cicerón, en particular las  familiares.

 

        G) Escritores cristianos. Entre ellos hay algunos muy cultos, como San Agustín, pero los hay también que emplean a menudo un lenguaje que se  aleja de los modelos clásicos, acercándose  a un lenguaje más corriente y más comprensible para las masas a las que se dirigen. Así, por ej., Tertuliano, Lactancio, Comodiano. El mismo San Agustín en sus prédicas hace varias concesiones al habla corriente. En efecto, hay que tener en cuenta que el cristianismo, sobre todo en sus comienzos, fue una doctrina que se dirigía particularmente a las masas, un movimiento del pueblo más humilde.

 

        H) Glosarios y listas de formas “incorrectas” (desde el punto de vista del latín clásico).

 

        I) Textos “vulgares” (v.s.), es decir, textos que, por la incultura de los autores o deliberadamente (para presentar con mayor realismo ciertos personajes plebeyos o rústicos), emplean un lenguaje corriente o popular que se aleja notablemente de los modelos clásicos.

 

        J) Las lenguas romances. Además de numerosas formas que se encuentran en las fuentes hasta aquí enumeradas, las lenguas romances continúan también formas que deben haber sido vitales en todo o en una parte del latín imperial, pero que no se encuentran documentadas en las fuentes de que disponemos. Tales formas, “vulgares” con igual derecho que las anteriores, se reconstruyen. (Por convención las formas reconstruidas se señalan mediante un asterisco; por ej., *plattus, *toccare).

 

        Evidentemente, entre las formas que nos proporcionan los textos hay varias que son solecismos, particularismos del autor o del escribiente y que nunca habrán logrado difusión; otras formas, de las que se conservan luego en los idiomas romances o que se encuentran en textos ulteriores, pueden representar modalidades ya generales en el latín de la época, o modalidades ya aceptadas por una capa social o por toda una región, como también puede tratarse de innovaciones recientes que apenas empezaban a difundirse. Establecer la cronología exacta de esas formas es prácticamente imposible: filológicamente, lo único que se puede establecer es el primer término de documentación de cada forma (la fecha, segura o aproximada, del primer texto en que se encuentra). La cronología relativa de las formas se establece por medios filológicos pero también con medios puramente lingüísticos, como el método comparativo y la geografía lingüística. En el caso de  formas reconstruidas, sólo se puede tratar de establecer la cronología relativa (es decir, establecer que una forma es más antigua o más reciente que otra) y eso  con medios exclusivamente lingüísticos, mientras la atribución de una forma a cierta época histórica aparece sumamente arriesgada, particularmente cuando no se trate de zonas que se han separado del resto de la romanidad en una fecha determinada (puesto que, por ej., de una forma conservada en español y en rumano, o en francés y en rumano, podemos afirmar por lo menos que es anterior al aislamiento de la Dacia).

 

        Entre los textos que nos proporcionan mayor cantidad de material “vulgar”, y que son los indicados bajo h) e i), algunos merecen especial atención:

 

        A) El Appendix Probi. Es una lista de formas “incorrectas”, una especie de guía del “buen decir”, que se recopiló, probablemente, en Roma, en el siglo III o IV d.C. El manuscrito que poseemos es un palimsesto del siglo VII u VIII que se conserva en Viena. Se llama “Appendix Probi” porque se encuentra como apéndice a un texto gramatical de Probo. Indica las formas “correctas”, es decir, clásicas, al lado de las formas “incorrectas”, evidentemente corrientes. O sea, indica cómo “hay que decir” en buen latín clásico en lugar de cómo se dice o de como muchos dicen: auricula non oricla, oculos non oclos, etc.

 

        B) Las glosas de Reichenau, manuscrito que perteneció a Reichenau y se conserva actualmente en la biblioteca de Karlsruhe (Alemania). Contiene dos glosarios, uno bíblico y otro bíblico-patrístico, recopilados probablemente en Galia en el siglo VIII (según otros, mucho antes). Dichos glosarios explican las formas clásicas que se consideran de difícil comprensión mediante formas más “populares” o usuales: imber-pluvia, ictus-colpus, flere-plorare, etc.

 

        C) La Cena Trimalchionis, amplio fragmento de la conocida novela Satyricon de Petronio (es dudoso que se trate del Petronio Arbiter de la época de Nerón, m. En 66 d.C.), en el que se describe un banquete en una localidad cerca de Nápoles, probablemente en Cuma, durante el cual, mientras algunos personajes hablan el latín literario, otros, y en primer lugar el liberto Trimalción, hablan un lenguaje “incorrecto” y vulgar que refleja, por lo menos hasta cierto punto, el latín de las clases sin cultura.

 

        D) La Mulomedicina Chironis, tratado veterinario traducido y adaptado del griego, probablemente en el siglo IV d.C., atribuido a un tal Chirón, hombre, evidentemente, de poca cultura, que emplea numerosos  vulgarismos. Se conserva en la biblioteca de Munich, en un manuscrito del siglo XV.

 

        E) La Peregrinatio ad Loca sancta o Peregrinatio Aetheriae (Egheriae), que, por error, se ha llamado también Peregrinatio Silviae. Es una obra compuesta en España entre 381 y 388 (o entre 380 y 420; según investigaciones más recientes, hacia el 418), por una monja llamada Eteria o Egeria y en la que narra una peregrinación a los lugares recordados en la Biblia. La narración tiene interés histórico, por ser la primera obra sobre peregrinaciones a Palestina. La autora es persona de cierta cultura, por lo cual su lenguaje es corriente y más bien libre con respecto al latín clásico, pero no propiamente  vulgar.

 

13. Breve descripción del latín vulgar.

 

        Trataremos de indicar en lo que sigue las principales isoglosas del “latín vulgar”, preocupándonos en particular por aquellas que lo diferencian del latín clásico, pero dejando de lado, por ahora, su diferenciación interna. )Queda establecido, naturalmente, que, de las isoglosas que se indicarán, ciertas son generales y otras sólo parciales).

       

        En la caracterización de una lengua se empieza comúnmente con el aspecto fónico. Sin  embargo, dado que se trata de un sistema fónico en evolución y falto de unidad históricamente limitable, y dado, por otro lado, que los sonidos lingüísticos sólo existen en palabras y se difunden con las palabras, preferimos empezar por el

    

 

 

A) Vocabulario

 

        a) Naturalmente, hay, en primer lugar, un gran número de palabras que son comunes al latín literario (clásico) y al latín corriente de la época imperial: son palabras que constituyen isoglosas latinas generales, que, desde el punto de vista social, pertenecen a todas las clases sociales, y, desde el punto de vista cronológico, mantienen su vitalidad en la lengua comúnmente hablada a través de todo el período que atribuimos al latín vulgar y hasta las lenguas romances. Así, por ejemplo: homo, filius, manus, aqua, panis, ferrum, rota, asinus, cervus, caelum, arbor, vita, dolor, bonitas, habere, dormire, videre, credere, rotundus, plenus, calidus, siccus, niger, novus, bonus, mater, pater, puteus, vacca, altus, longus, viridis, amare, audire, dicere, vendere, bene, male, si, in, etc. etc. Estas palabras y otras muchas pertenecen hasta la actualidad a la serie de isoglosas que determinan la unidad románica y, al mismo tiempo, la unidad del romance y el latín, todo el latín: en efecto, son palabras perfectamente clásicas, pero al mismo tiempo “vulgares”, y, con alguna excepción, se conservan hasta hoy en todas las lenguas neolatinas.

 

        B) En una segunda categoría agrupamos otra serie de palabras que se encuentran en la misma situación de las anteriores, es decir, que también son clásicas (literarias) y al mismo tiempo corrientes (“vulgares”) pero que en latín clásico tienen sinónimos ya exclusivamente literarios en la época a que nos referimos. Se trata, pues, en cada caso, de una pareja de palabras del latín literario de las cuales una siguió manteniendo su vitalidad en toda la lengua hablada mientras la otra o no perteneció nunca a todo el latín (es decir, al latín de todas las regiones y de todas las clases sociales) o ya había muerto, desde el punto de vista del hablar corriente, en la época en que situamos al “latín vulgar”; una es una palabra perfectamente vital de todo el latín, mientras la otra es un fenómeno de conservación característico de la lengua literaria, una palabra docta o culta o que se ha vuelto tal en la época imperial. Evidentemente, en las lenguas romances se conservarán sin solución de continuidad sólo las palabras clásico-vulgares (vitales tanto en la lengua literaria como en la corriente), mientras no se conservarán del mismo modo sus sinónimos exclusivamente literarios.

       

        Así, por ejemplo:

       

        (palabras sólo clásicas)              (palabras clásico-vulgares)       

 

                aequor                      -                      mare

                tellus                        -                      terra

                sidus                        -                      stella

                letum                       -                      mors

                vulnus                       -                      plaga

                cruor                               -                      sanguis

                tergum                     -                      dorsum

                alvus                        -                      venter

                ager                         -                      campus

                tuba                         -                      bucina

                lorum                       -                      corrigia

                formido                    -                      pavor

                pulcher                     -                      fermosus. bellus

                magnus                     -                      grandis

                validus                      -                      fortis

                alius                         -                      alter

                omnis                       -                      totus

                edere                       -                      manducare

                potare                      -                      bibere

                ludere                      -                      iocare

                ferre                       -                      portare

                vincire                      -                      ligare

                equus                       -                      caballus

                os                            -                      bucca

                domus                      -                      casa, mansio,

                                                                       hospitale

                aestus                      -                      calor

                agere                       -                      facere

                amittere                   -                      perdere

                anguis                       -                      serpens

                armilla                      -                      brachiale

                ater                         -                      niger

                balteus                     -                      cingulus

                brassica                   -                      caulis

                brevis                       -                      curtus

                esurire                     -                      famem habere

                fluere                      -                      currere

                gramen                     -                      herba

                imber                       -                      pluvia

                ianua                        -                      porta

                lapis                         -                      petra

                linquere                    -                      laxare

                plaustrum                 -                      carrus

                sus                           -                      porcus

                diu                           -                      longe, longum

                                                                       tempus

                cum                          -                      cuando

                ob                            -                      pro,propter, per

                sero                         -                      tarde

                ut                            -                      quomodo

                ab                            -                      de

       

        Del mismo modo, son exclusivamente clásicos (“muertos”, desde el punto de vista de la lengua corrientemente hablada) toda una serie de elementos funcionales (adverbios, preposiciones, conjunciones), como an, at, autem, donec, enim, ergo, etiam, haud, igitur, ita, , nam, posteuam, quidem, quin, quoad, quoque, sed, sive, ut, utrum, vel, etc.

 

        Hay que notar, sin embargo, que algunas de las  formas “clásicas” mantienen cierta vitalidad regional, conservándose esporádicamente, en particular en zonas de colonización muy antigua, en áreas aisladas o laterales. Así, sidus se conserva todavía en cierto dialecto del antiguo italiano (aunque con distinto significado); ager > rum. agru y ant. fr. aire; ianua > sardo yanna; lorum > sardo (logudorés) loru y port. loro; magnus > ant esp. maño (cf. También tan magnus > tamaño) y logud. mannu, domus > sard. domu. (Obsérvese, en particular, el caso de Cerdeña, área aislada, donde palabras como loru, mannu, domu, yanna, son perfectamente vitales hasta hoy día). Entre esas formas, es interesante el caso de equus, del cual no se conserva el masculino (sustituido por caballus) mientras se mantiene vital el femenino equa > esp. yegua, sard. ebba, rum. iapa, ant. fr. ive. Tales formas de conservación esporádica deberían, pues, considerarse como clásico-vulgares en ciertas regiones y como exclusivamente clásicas en otras. De todos modos, en la época imperial, ellas ya no constituían isoglosas generales del latín corrientemente hablado.

 

        Otras palabras “clásicas” (como esp. pulcro, válido, magno, etc.) no pertenecen al fondo heredado de las lenguas neolatinas, sino que son cultismos, elementos “doctos” introducidos muchos más tarde en el romance, del latín literario.

 

        C) Por fin, en una tercera categoría agrupamos una vasta serie de palabras específicamente “vulgares”, que no se encuentran en el latín clásico. Se trata en la mayoría de los casos, de innovaciones surgidas en el latín corriente después de la época clásica, aunque, a veces, también de palabras muy antiguas pero populares, o dialectales, o pertenecientes al lenguaje familiar, etc. Que no fueron aceptadas en el latín literario, aun conservando íntegra su  vitalidad en la lengua corrientemente hablada. Pertenecen a esta tercera categoría palabras como amma, atta, battalia, branca, (mano, miembro), mamma, nonnus, nonna, *finis adj. (surgido en expresiones como honorum finis, pudoris finis), *gentis (surgido por cruzamiento de genitus y gentilis), cucina (lat. cl. culina), tina, bastum, planca (atest. en Paladio) bilancia  (lat. cl. libra) bisaccia (docum. en Petronio; lat. cl. pera), drappus, rancor, pisinnus (del lenguaje infantil; lat. cl. parvus), bassus, *plattus, praestus (lat. cl. paratus), battuere (docum. en Plauto), *toccare (lat. cl. tangere), titio (docum. en Varrón),  cortina (docum. en Augusto; lat. cl. aulaeum), grossus, septimana (lat. cl. hebdomas), camisia (lat. cl. linea), carricare, carcare, (lat. cl. enerare), carcatus (lat. cl. enustus), *auca (<*avica; lat. cl. anser), *matraster (lat. cl. noverca); filiaster (lat. cl. privianus), patraster (lat. cl. vitricus), cattus (lat. cl. feles), etc. También en este caso las  formas clásicas se conservan a veces, pero sólo esporádicamente (por ej., tangere > esp. tañer, vitricus > rum. vitreg), mientras las  formas “vulgares” son las que se mantienen en los varios romances:

 

        Los fenómenos que diferencian el  vocabulario “vulgar” del vocabulario “clásico” pueden reducirse prácticamente a dos: selección  (entre formas más o menos sinónimas, el lenguaje hablado “elige” una que sigue manteniendo, mientras abandona la otra o las otras) e innovación (en el lenguaje hablado, el léxico se renueva, mediante derivación, composición, préstamos).

 

        Por lo que concierne a la selección, hay que observar que, en general, el lenguaje hablado considera menos matices, menos sutilezas, por lo cual entre los llamados sinónimos -que nunca son totalmente tales. Mantiene algunos, ampliando su significación, en perjuicio de otros que deja de lado. Así lacrimare, plorare elimina los verbos semánticamente afines adspicare, intueri, carnere; grandis (‘grande materialmente’) asume también el significado de magnus (‘grande’), pero, sobre todo, moralmente, espiritualmente); alter (el otro entre dos) asume también el significado de alius (otro, diferente). Del mismo modo, iocus (burla), casa (cabaña, choza), apprehendere (asir, captar) no eran exactamente sinónimos  de ludus (juego), domus (casa), discere (aprender), pero llegaron a sustituirlos.

 

        Por otro lado y, de cierta manera, en sentido contrario, el lenguaje hablado  presenta una tendencia constante hacia una mayor expresividad, por lo cual prefiere formas jergales, imágenes, formas irónicas y metafóricas, o sea formas de mayor eficacia afectiva. Así edere es sustituido por manducare, de Manducus, personaje comilón de la antigua comedia latina (pero el derivado comedere se conserva en español: comer); equus se sustituye por caballus (propiamente ‘rocín’), caput por testa (olla, tiesto), crus por gamba (pata) o perna (jamón), domus por casa (cabaña), todos sinónimos estilísticos, aunque no conceptuales.

 

        Por lo que concierne a la innovación, hay que observar, en primer lugar, que el latín corrientemente hablado de la época imperial, por las mismas razones de expresividad y afectividad, prefirió cada vez las  formas derivadas (en particular, formas diminutivas y aumentativas, en los nombres; formas frecuentativas e incoativas, en los verbos). Así avis se sustituye por avicellus > aucellus (it. ucello, fr. oiseau), avus por *aviolus (esp. abuelo), vetus por vetulus (esp. viejo), auris por auricula, culter por cultellus (esp. cuchillo, it. cultello), agnus por agnellus, canero por cantare, adiuvare por adiutare, genu por genuculum, sol por soliculum (por lo menos parcialmente: cf. fr. soleil), mane por maneana (esp. mañana, ptg. manha) o por matutinum fr. matin, it. mattina), dies por el adjetivo diurnus (it. giorno, fr. jour), talus por *talonem (por razones que se verán luego, se suele a menudo dar en acusativo  las formas populares, particularmente las reconstruidas).

 

 

(Continuar en II)