JARRY Y SATIE, PRECUSORES DE GENIO
Mierda!, exclama el malhumorado padre Ubú, no tan feliz con ser simple guardía del rey Wenceslao de Polonia. Su esposa, la madre Ubú , mujer particularmente horrible y feroz , lo acusa de ser un tonto cabal: a lo que el padre Ubú la amenaza con pasarla por la caserola. Pero entonces, dice ella, ¿quién te remendaría los calzones?, y qué, rezonga Ubú, ¿no tengo yo acaso un trasero como los otros?, sí, argumenta su esposa, pero ese trasero habría que ponerlo en un trono.
Y arranca ahí la ventura de Ubú hacía el trono polaco, pues su mujer lo que quiere es verlo de rey mediante un golpe de Estado. La idea prende cuanto antes en el hueco cráneo de Ubú, capitán de dragones que comanda a los soldados que lo acompañarán en el asesinato del rey, a quien el mismo padre Ubú fulmina con mano brutal.
Pero los polacos, fieles al masacrado monarca, se sublevan contra el sanguinario impostor, que les obsequia la ocasión de rendir homenaje a su simpática persona pagandole mayores impuestos. El padre Ubú, la madre Ubú y sus testaferros emprenden la huida. Al esconderse en una cueva, despierta un oso que ahí dormía y asusta al valenton regicida...
Y se prolongan las correrías desquiciadas de Ubú rey, comedia guiñol de humor arbitrario, grotesco, exesivo, estremadamente hace cien años justos, el 10 de diciembre de 1896, en el Teatro de la Obra, en París.
Su autor, Alfred Jarry, que despúes moriría por abundancia de alcohol mientras se limpiaba las muelas con un picadientes, este insólito escritor es el gigante ante quienes se inclinan a los surrealistas al considerarlo precusor paternal.
Alfred Jarry nació en 1873, de modo que tenía apenas 23 años cuando escandalizó a los solemnes con su bufonada burlista que a tantos vino a influenciar con su nihilismo, su afirmación de la inutilidad de las jerarquías morales y filosóficas, su odio al burgues. Todo esto ha nutrido al arte moderno.
Pero antes de despedirse de tan jocosa manera, Alfred Jarry escribió, publicó y vió representada la sucesión de su descomunal personaje: Ubú Cornudo, Ubú en la Loma y hasta Ubú Encadenado, en que por propia voluntad se hace esclavo para poder sentirse libre en el fondo del alma. Además, dejó novelas y cuentos sobre el mismo hilván del humor de tinte macabro.
Las generaciones siguentes beberían de sus néctares en su vital necesidad de reir de todo lo atroz.
Y si se dice que a fines de siglo, deurante la Bella Epoca, Paris era una fiesta, era ante todo una fiesta de risas,por el brote explosivo de tantos escitores y actores,cantantes y músicos de la vena chistosa, todos en busca de la nueva risa sensibles. Cuartel general de tantos inquietos fue El Gato Negro, cabaret que llegó a editar su propia revista humorística con tiraje de veinte mil ejemplares.
Lista de presentes pasaban ahí las celebridades del llamado humor 1900: Alphonse Sllais, que publicó cientos de cuentos; Charles Cros, también inventor del fonógrafo; Georges Courteline , Henry Monnier, Mac-Nab. Además de otros escritores ya consagrados como Guy de Maupassant, Jules Renard, Tristan Berbard, Paul Verlaine, aliados espirituales de esa banda risueña.
Y llegó ahí con cierto aire tímido un pequeño pianista que venía de provincia, Erik Satie. Entre retraido e ingenioso, este inovador, nacido en 1866, intentaba permear los círculos académicos de la música oficial con breves obras que titulababa con no escasa ironía: Embriones disecados, Preludio para un perro, Sueños de la infancia de Pantagruel, Piezas frías...
No muy estudiado, Erik Satie se dedicó a adquirir formación de compositor al mismo tiempo que cobraba prestigio por el aire ligero de abordar la música, frente a la solemnidad de los grandes autores. Pero figurones como Maurice Ravel decían deberle mucho por haber captado sus puntos de vista. Y todo un dios como Claude Debussy le dispensaba a Satie una amistad protectora que comprimía más al insignificante hombrecito.
Se dice que Erik Satie amó platónicamente por toda su vida a Suzanne Valadon, preciosa modelo madre del pintor impresionista Maurice Utrillo y pintora también. Ella sumó varios maridos, mientras su "amoureux" suspiraba por años. Pero depronto la poquedad de Erik Satie se transformó en relevancia al trabar amistad con el nervioso Jean Cocteau.
Era muy joven Cocteau, muy dinámico. Nada le importaba que se comentara a su espalda su amanerada actitud. El mismo Erik Satie al ser interrogado sobre si su amigo era un hombre ( un homme) respondía que más bien era un homelette...
Pero Jean Cocteau se animó con un ballet que Satie tenía no bien concluido que titulaba Parade (Desfile). Le escribió un argumento y los dos y Pablo Picasso acudieron a tratar con el empresario del teatro de los Campos Elíseos, nada más, nada menos. Querían que estrenar una coreografía muy moderna de aire ligero, chistoso.
Como proyecto, era todo un insulto para la neurosis del sufriente Paris, en 1917 sitado por los alemanes que a diario cañoneaban la Ciudad Lux con su descomunal obús Berta, que medía varios metros. Pero el objetivo era, por cierto, combatir el horror en la forma que fuera.
Jean Cocteau fue autor del texto, Pablo Picasso de la escenografía, y los rusos Diaghilev y Massine tuvieron a su cargo la coreografía, todos ellos unidos al casi invisible Erik Satie, para rescatar la alegría de vivir. Pero el estreno, en el tercer año terible de la I Guerra Mundial, en pleno 1917 causó estupor, por no decir que rencor. No hubo más que una función y Parade parecía destinado a ser arrumbado en el rincón de los recuerdo inútiles. Pero el encargado de redactar el programa de mano de fue el poeta Guillaume Apolinare (admirador de Ubú rey...), que en texto incluyó una palabra que pensó describía la novedad que el público estaba por ver : Surrealismo. Y así nació el nombre del mito.
Alfonso Loya , Jarry y Satie,Precusores de Genio
Revista de Revistas, publicación Exelsior
año 1996 , pp . 26 y 27