Ayuda angelical...

    Durante el verano de 1942 una joven llamada María Futcher estaba trabajando en Nueva York, enseñando catequesis. Al fin de una jornada especialmente recargada, se encontraba en el barrio de Brooklyn atendiendo su última entrevista del día a las 6:30 de la tarde.

    Había varias personas presentes y tenían muchas preguntas, así que la sesión se alargó hasta las 11:30 de la noche. A esa hora se despidió y tomó el metro para volver a su casa. Al salir de la estación comenzó a caminar hacia su hogar que estaba a varias cuadras de distancia. Apresuró el paso porque estaba oscuro y el barrio era bastante peligroso. Mientras caminaba recordaba feliz la clase que había hecho y las decisiones positivas que habían tomado varios jóvenes, a quienes ella había aclarado dudas profundas de la religión.

    De pronto, cuenta María, al pasar por un estrecho espacio entre dos edificios, una mano fuerte la tomó del brazo y la arrastró hacia el estrecho pasaje. La mujer se quedó paralizada por la sorpresa y el miedo. Sólo atinó a sujetar con fuerza su cartera y en silencio pensó: "Señor, ayúdame!".

    Dice María que tan pronto como pensó esto, la mano que la sujetaba se abrió y ella cayó al suelo. El asaltante, mientras tanto, lanzó un grito de espanto y salió corriendo hacia la calle, donde fue a parar directamente en manos de un policía. La joven se levantó del suelo y se dirigió hacia ellos. El asaltante era un hombre de cerca de 1.90 mt de alto, quien le dijo al policía que había sentido como si un rayo le hubiera caído encima y que por eso había soltado a la mujer. En esto, ella le contó al policía cómo había ocurrido todo y éste le contestó si quería denunciar formalmente a su atacante. Sin embargo, este hombre estaba tan aterrado y arrepentido, que ella desistió y lo dejaron ir.

    El policía, entonces, se ofreció para acompañar a María hasta su casa. Al llegar hasta su puerta, ella se dio vuelta para agradecerle... y no había nadie. Lamentablemente, en el estado de confusión que estaba, la joven nunca le preguntó su nombre y lo único que pudo hacer para ubicarlo fue llamar al día siguiente a la comisaría encargada de la zona. Ahí le informaron que el área donde ocurrió el incidente no se le había asignado a ningún oficial esa noche. Entonces ella creyó firmemente que un ángel la había ayudado.



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